jueves, 28 de febrero de 2019

la noche


Abajo estaban el matrimonio, que ese día pasaba la noche en la pensión, y la patrona; alargaban la tertulia después de la cena, y al oir que Romero bajaba de su habitación lo llamaron para que se uniese con ellos.




-¡Romero, venga con nosotras a tomar una copita de ajenjo y a escuchar un poquito la radio antes de irse a la cama!



La tertulia era amenizada por una radio marconi de válvulas, en la que se oía una pieza musical de la "canción del olvido" del maestro Pablo Serrano, que se oía de fondo.

           ya la ronda llega aquí
              FIRULIRULI
            a cantares amores va
           FIRULIRULA

Romero se asomó en la puerta del comedor para no levantar sospechas.

  - Señores, les agradezco la invitación pero para no molestar con el olor a tabaco, voy a salir a tomar el aire y fumar en la calle.
  Al ver que los presentes no decían nada, continuó:
 - Mi sobrino queda en la habitación durmiendo y yo, con el permiso de ustedes y sin despreciar la invitación, voy a salir a tomar un poco el aire y si es el caso tomaré un café o alguna cosa fuera antes de regresar -  y con esto se despidió.
Es uds. muy malo con nosotras, nos tiene abandonadas a las mujeres de su grata presencia - le dijo la patrona de la pensión, mientras veía como este salía a la calle.

Una vez fuera de la pensión, Romero sabía bien donde tenía que ir y sin más perdida se dirigió a la estación del ferrocarril de Monforte; allí había una cantina donde con frecuencia, aunque prohibidas, se jugaba dinero a las cartas.

La cantina olía a café

En la cantina había poca gente, solo algunos clientes echando una partida de domino sobre un tapete verde extendido en una mesa de mármol; en una esquina de la barra del bar, dos ferroviarios del turno de noche, hablaban entre ellos mientras tomaban dos cafés fríos* licor café; y el humo del tabaco que fumaban los presentes llenaba el local.
Detrás de la barra un camarero estirado, con camisa blanca y pajarita, que mataba su aburrimiento sacando brillo a un vaso de cristal, con el trapo de limpiar el mostrador; fue el único que mostró interés por el recién llegado.
Romero saludó a los presentes y se acercó junto al camarero para pedirle una copa de aguardiente de caña. Este, indiferente, continuó girando su trapo hasta que su rito de limpieza finalizo levantando el vaso, para contemplar a través de el la escasa luz de la bombilla del local; satisfecho lo posó junto a otros vasos que se veían enfrente a un espejo decó, detrás del mostrador; entonces sirvió al nuevo cliente, sin decir nada; guardó la botella y cogió otro vaso de debajo del mostrador para empezar de nuevo a girar el trapo dentro del.
Bebió la copa  sin que nadie le prestase atención.
En la mesa del dominó había comenzado otra partida; los dos ferroviarios que estaban en la esquina del mostrador continuaban su cháchara y el humo permanecía flotando en el local.
Al terminar la copa sacó del bolsillo unas monedas que depositó en el mostrador y cuando le iban a cobrar dejó ver en sus manos unos billetes de tal manera que el camarero entendió enseguida lo que quería decir y le respondió haciendo seña de que le siguiese; entonces el camarero le condujo a un apartado del bar, al que se accedía después de cruzar una puerta tapada con una cortina; allí dentro, sin que nadie les molestase, jugaban cinco personas alrededor de una mesa; en el centro de la mesa había un plato viejo de porcelana con varios billetes de peseta que estaban en juego.
Jugaban al julepe un juego de cartas que se jugaba como el tute y en el que el ganador de la mano se llevaba la cantidad que había depositada en el plato.
Romero se mantuvo a unos pasos de los jugadores y esperó en silencio a que terminasen la mano que estaban jugando, solo entonces se acercó junto a ellos y mostrándoles el dinero que llevaba, preguntó de cuanto era la apuesta; al recibir respuesta depositó una peseta en el plato y se sentó.

mvf.

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