sábado, 3 de octubre de 2015

Mis primeras letras






Pasaban de las tres y media de la tarde y estábamos aburridos, sentados en un banco, bajo la sombra de los soportales de las casas de la plaza.

- ¿Que os parece si jugamos un partido de fútbol, y yo hago de Zamora de portera?
- ¡No!

Una golondrina laboriosa, que estaba reparando su nido de barro bajo el alero de algún tejado próximo, pasó planeando frente a nosotros, seguramente en busqueda de agua y tierra para su construcción.

- ¿Y ahora?
- ¡No!

La apatía se debería al sol plomizo de las primeras horas de la tarde, seguramente.

Los niños del puerto

Los niños del puerto venían a pie, unos dos kilometros desde su casa, para jugar con nosotros.

- ¿Echáis un partido de fútbol contra los del puerto?
- ¡Sí!

Los del puerto venían capitaneados por un gigante de 1.30 de estatura; y lo acompañaba su lugarteniente, un renacuajo cilíndrico como un tonel que bizqueaba y se le escapaba el aire, ceceando al hablar, por el lugar vacío donde había estado un diente.

 - ¡Si marise hace de portera que no se ponga los marcos de la portería pegados en los tobillos, que eso es trampa! - dijo el que hacía de capitán.
-¡Ezo!

Y dos pecosos, con muy mala catadura, que eran hermanos; eran muy parecidos pero uno de ellos traía un ojo morado amenazante.
La pelota bajó el brazo de uno de ellos, indicaba que llegaban preparados para tomarse la venganza del partido anterior, que nos dejamos ganar.
 
- ¡Os vamos a dar una paliza!- dijo uno de los hermanos botando la pelota en el suelo.

Empezamos a jugar.

El partido: ¡fatal
Hubiéramos ganado si mis compañeros me hubieran apoyado.

- ¡Marise, pasa la pelota que no es tuya!
- ¡Te vas a quedar tu sola!
- ¡No vamos jugar más contigo!

Y con tanta distracción era imposible dar pie con bola y la pelota siempre acababa fuera, o pasaba por encima de la portería
-¡Vamos a perder por tu culpa! - dijo uno - y mis compañeros, decidieron no pasarme la pelota.
Eso no podía ser así y tuve que echar a correr tras mis compañeros para quitarles la pelota, y poder jugar.
 Y como era yo sola contra mis compañeros, al final los del puerto decidieron ponerse de mi parte.

Nos metimos un par de goles y así ganamos todos. Mejor.

La tarde tenía dos partes: la primera jugábamos un partido hasta que nos cansábamos; la segunda, falta arriba, golpe abajo, peleábamos a ganar discutiendo quien había ganado.
A veces terminabamos a pedradas y el partido se ganaba según los moratones que llevaba cada uno.


A última hora de la tarde la plaza donde jugabamos quedaba para nosotros porque ellos tenían que marchar antes para estar a la hora en sus casas. Y así los dias.


- ¡Marise! Quieres dejar lo que estés haciendo y venir ayudarme a colocar las cortinas.
- Ya voy mama, que estaba probando como escribía el ordenador nuevo y viendo cómo va la ñ.
- ¿Y va?

                  - ¡Ñes!



mvf.