domingo, 23 de diciembre de 2018

el robo en la feria

Al llegar a la feria de Chantada, Romero y sus hombres, se separaron para tener más posibilidades de obtener un buen botín; la intención era mezclarse entre la multitud y vigilar los tratos que se hacían con el ganado, hasta encontrar una victima fácil, con el bolsillo lleno de dinero de alguna buena venta, para robarle.
Elegida la victima, la seguían con disimulo hasta que en la ocasión que les era propicia, simulaban un empujón y con sus hábiles manos vaciaban cualquier bolsillo que se pusiera delante. 

Después de dar vueltas descubrieron la venta de una buena yunta de bueyes: eran dos machos castrados que por su corpulencia y musculatura podían arrastrar una piedra de más cinco mil kilos cada uno. El hombre después de cerrar el trato se había ido a comer el pulpo con el tratante de ganado, y al marchar este para llevar los animales recién comprados, había continuado bebiendo con ostentación innecesaria del dinero que había logrado con la venta.
Cuando salió de la feria, el gaitero y el zamorano, fueron detrás de él, siguiéndole disimuladamente; el hombre tomó la dirección hacia el río, donde la gente, después de beber copiosamente, bajaba para orinar a escondidas entre los árboles, y cuando estaba lo suficiente mente alejado de la multitud, se aproximaron junto a él, rodeándolo por los dos lados, y lo empujaron hacía un lugar donde no podían ser vistos; entonces, el zamorano que era el más fuerte de los dos asaltantes, lo arrimó dejándolo con la espalda pegada contra el grueso tronco de un árbol y le puso una navaja en el cuello amenazándole con degollarlo allí mismo si hacía el más mínimo movimiento; mientras que el gaitero, el otro asaltante, le comenzaba a cachear los bolsillos hasta que le sacó una abultada cartera y una navaja que llevaba para defenderse y que afortunadamente, dado la rapidez del asalto, no le había dado tiempo a sacarla, pues sin vacilar lo más mínimo, le habrían dado muerte para robarle.
Al terminar el cacheo, el zamorano, que mantenía a la victima contra el árbol, le puso la mano en la boca para que no chillase y después de mostrarle la hoja de la navaja delante de sus ojos, le dio un certero golpe, con ella en una pierna, hiriéndolo para que no los pudiera perseguir mientras huían; al caer el hombre al suelo por la cuchillada recibida, los asaltantes se dieron a la fuga.
Ya más tarde, cuando se supusieron seguros, fueron detrás de los puestos de pulpo, y allí el gaitero sacó la cartera robada, para ver entre los dos el botín conseguido, pero al abrirla no encontraron el fajo de billetes esperados, solo había unas cartas y algo de dinero: un billetes de peseta, algunos reales y varias perras* céntimos.

Seguramente la victima llevaba el dinero de la venta de los bueyes en algún bolsillo secreto del forro de la chaqueta o del pantalón, que no habían sabido encontrar cuando le cachearon.

En un ataque de rabia, el zamorano arrancó la cartera de la mano del gaitero y después de meterse en el bolsillo, el escaso dinero que tenía, maldiciendo la suerte que tuvieron, la tiro lejos de donde estaban; y aunque el primer impulso era ir a ajustar las cuentas con la victima, al final decidieron que ya era tarde para volver al lugar del robo; después de darse a la fuga la victima, habría gritado pidiendo ayuda y a estas horas ya habría sido socorrido por cualquiera y estarían siendo buscados por la guardia civil.
 

Después de su fracaso, no les quedaba más remedio que ocultarse y esperar hasta que apareciesen los demás.


mvf.

domingo, 2 de diciembre de 2018

con una holgaza de pan y un trozo de salchichón


Al llegar la noche los miembros de la banda se reunieron alrededor de una pequeña hoguera y se repartieron alimentos para cenar cada uno. Entonces el bandido que lo había traído al refugio se acercó junto a Max con una hogaza de pan y un trozo de salchichón; después de entregárselo se sentó a su lado y se presentó: se llamaba Alonso, aunque todos le llamaban zamorano, y mientras devoraban la porción de alimento que les había tocado, le fue contando como se llamaban los demás; aunque la mayoría llevaban nombres que no eran como habían sido bautizados sino motes o alias que podían cambiar en cualquier momento para dificultar ser encontrados por la justicia.

El gaitero, que ya conocía de la romería, se llamaba Melias y como pudo enterarse era de Celanova. El gitano era de un pueblo del Norte de Lugo; le llamaban así a pesar de que todas las trazas de su fisonomía: su nariz aguileña, ojos negros y piel morena, apuntaban a que entre sus antepasados había tenido sangre árabe. El hombre que salió de la casa, cuando el zamorano con dos fuertes silbidos diera la señal de la banda de que todo estaba bien, le apodaban el abuelo; no tendría más de cuarenta años pero la dura vida del campo y la miseria de la postguerra que vino después, había envejecido prematuramente a mucha gente del campo; muchos de ellos no llegaban a vivir mas allá de los cincuenta años de edad. El cojo era conocido por ese nombre por la secuela que tenía en una pierna de un accidente ocurrido en su juventud, cuando trabajaba para los alemanes en las minas de Freixo. Los hermanos, Mateo y Martín, eran de la coruña y estaban perseguidos por la justicia por prender fuego al pazo de uno de los señores de las tierras de Vimianzo, y por asesinos.
Por último, el jefe de la banda era asturiano y se llamaba Romero. Romero era hijo de un alcalde republicano fusilado tras la victoria de Franco, y para no sufrir la represión franquista y seguir el mismo destino que su padre, se había echado al monte, donde formó, con otra gente como él, una banda para mantener la resistencia antifascista; durante más de una década pudieron vivir protegidos por la gente de los pueblos que les daban comida y chivatazos de las patrullas que andaban buscándolos, escondiéndose por entre los montes de León y Asturias, dando pequeños golpes y manteniendo viva la lucha anti-franquista; hasta que una vez, la guardia civil dio con la amante de uno de la banda y después de violarla y someterla a todo tipo de vejaciones, consiguieron saber su paradero y tenderles una trampa, de la que apenas pudieron escapar de la banda un puñado de hombres, uno de ellos Romero que consiguió huir a los montes de Galicia mal herido; allí, escondidos como él, ocultándose de la justicia en el monte, conoció a los hermanos, Mateo y Martín, y con ellos volvió a dar múltiples robos, formando la pequeña banda que tenían ahora. Romero, mantenía orgulloso su nombre sin tomar ninguna prudencia en ocultarlo; y junto a los hermanos, estaba buscado y perseguido con ahínco por la guardia civil, por criminal y por rojo. 

Después de varios días dedicados a haraganear y a beber se agotaron los víveres que tenían, y entonces no les quedaba más remedio que abandonar el refugio, donde estaban a salvo, para volver a sus fechorías. 
Romero le dijo a los hombres que partirían al día siguiente, antes de que amaneciese, para estar el mediodía en la feria de Chantada. Después de deliberar entre ellos, pues todos querían salir del escondite de la banda para ir de tropelías, acordaron que solo quedase uno de ellos y el nuevo; el abuelo permanecería en el puesto de vigía y Max se encargaría de los caballos que quedaban en el corral y que guardaban de repuesto.

mvf.