jueves, 6 de junio de 2019

los regresados

Regresaron la primera semana de octubre, en un turismo azul cargado de maletas.
-¿Aquí es? - dijo la hija cuando, después de dar varios rodeos para llegar con el coche, se detuvieron delante de la casa de la ministra.
Bajaron del coche.
-¡Hija, la casa está como siempre!-  exclamó la madre.
El hijo abrió el maletero del coche y después de sacar un par de pesadas maletas continuó detrás de su madre y su hermana que corrían en dirección a la casa.
Al abrir la vieja puerta de nogal de la entrada, un aire gélido les dio en la cara.
- ¡Abra que abrir todas las ventanas para que se airee la casa! - exclamó la hija, sorprendida por el olor rancio y mohoso de la corriente de aire.
A los dos días llegó un camión cargado de muebles viejos y dos hombres fornidos que pasaron todo el día descargando el camión y metiendo los muebles dentro de la casa. Cuando se marcharon, dejaron enterados a algunos curiosos, que paseaban por delante de la casa por ver a que era debido tanto ajetreo, que los tres vecinos venían de la Coruña y eran del pueblo
Pasaron los días y el panadero, mientras hacía el reparto, fue contando de un sitio a otro que había quedado de dejar pan en casa de la ministra, y se había enterado que los de la Coruña eran familia de la ministra y habían regresado, para vivir en el pueblo, al quedar libre la casa.
La madre de los regresados era hija de la ministra, "el mote  le venía a la familia, o a la casa, porque la ministra había sido sirvienta en la casa del cura, donde se encargaba de los conejos y las ovejas de la rectoral; y alguien había comentado que todo iba muy bien hasta que llegado un tiempo, para evitar habladurías, el cabeza de familia de la parroquia, había tenido que deshacerse de la gobernantaduría* de la rectoral abriendo una mercería en la Coruña.
La nieta de la ministra había sido la última regenta del negocio puesto por su tío abuelo, y al haberse jubilado traspasó la mercería y decidieron venirse a vivir para el pueblo; porque la hija de la bruja, que les tenía la casa alquilada, se había mudado a la casa que había comprado dejando libre la casa de la ministra.

Las zarzas, estuvieron una tarde sentadas en el banco del cruce que está al lado del puente; por donde empezó a verse pasear las tardes de otoño, con las manos cogidas por detrás de la espalda y la cabeza gacha cejijunto, el hijo, osea el nieto de la ministra, al cabo de unos dias de su llegada; y aunque pasó varias veces por delante de donde estaban, sin pararse para hablar con ellas y saludar a las decanas de la región, confirmaron que este tenía la misma nariz y un peculiar andar, ladeando su cadera a los lados, idéntico al andar del antiguo cura del pueblo; aunque se veía que le faltaba un soplo.




continuara.
* No rae. La uso como trajimaneje o trapicheo que desgobierna.








viernes, 12 de abril de 2019

La reunión en el sotano

 * se modificó la entrada anterior y se continua con el añadido

Al ver aparecer Romero todos pusieron cara de satisfacción pues sabían que era el de más fiar. Romero se daría muerte antes que dejarse coger para ser torturado y morir en el garrote vil por sus multiples crimenes. Y que mataría a cualquiera de ellos que se fuera de la lengua o supusiera un peligro, para él o para los demás.
Con su aparición todos callaron pues era el último que faltaba para dar comienzo la reunión; entonces, asomó un hombre que hasta ahora había estado escondido en la obscuridad, escuchando a los presentes sin dejarse ver.

-¿Para que nos has reunido?- preguntó uno de los asistentes

-Os he hecho reunir a todos para saber cuantos seguis en la lucha, y daros un mensaje que traigo de Francia- respondió el hombre.

-Estamos todos, menos el herrero; hace un mes lo detuvieron y lo mataron, torturandolo en el cuartelillo.

-¿Hablaría antes de morir?

- Lo que podía contar se lo llevó con él al otro mundo; si hubiese hablado, nosotros no estaríamos aquí.

-¿Y su familia ?

- A su familia le han confiscado todas sus propiedades y después los han echado del pueblo como indeseables. La herrería se la han dado a un hombre que trabajó en la fabrica de armas de la Coruña; pertenece al sindicato vertical del metal y odía a los comunistas.

- El herrero no era comunista- dijo uno de los ferroviarios - el herrero era tan camarada como tu y como yo; además, un tio suyo murío en el levantamiento cuando los anarquistas nos movilizamos contra el gobierno socialista y los republicanos.
- Bueno, señores, por favor- dijo alguien devolviendole la palabra al viajero.

- Como ya sabéis, los rusos han entrado en Berlin y Hitler a muerto, el ejercito aliado ha vencido a los alemanes; – dijo el hombre a los presentes que asintieron, con signos de satisfacción, a sus palabras. - El gobierno está ahora en Francia y ordenan que espereis sin haceros notar, se están organizando y pronto vendrán a ayudarnos.

No! - exclamó uno de los presentes - no podemos quedarnos quietos; ahora más que nunca debemos hacer que todos sepan que la lucha contra el fascismo se mantiene viva en España, de lo contrario se olvidaran de nosotros enseguida.

- El mensaje de Francia es claro, para vosotros y para los maquis: teneis que permanecer quietos, sin hacer nada, hasta recibir nuevas instrucciones.

Esperó hasta obtener respuesta.
Aunque algunos no estaban de acuerdos todos asintieron.

Después continuó - como sabéis nadie puede saber que he estado aquí; mañana continuare mi viaje en el tren expreso de la Coruña, para hablar con los compañeros de los astilleros y darle las últimas consignas que vienen de Irun. Si quedase más tiempo levantaría sospechas.
 Y con esto terminó la reunión.
 Los asistentes se despidieron y fueron saliendo por la parte trasera de la bodega, al patio de atrás de la casa, y de allí, amparados por la obscuridad, escaparon por las huertas de regreso a sus casas.

Al día siguiente, Romero salió a primera hora de la mañana de la pensión, quería comprar tabaco en el estanco de la estación, para sus compañeros; picadura y papel de liar antes de marchar y cuando caminaba por la calle, sin que él los notase, se acercaron dos ciclistas por detras y al llegar a su altura bajaron de sus bicicletas y lo empujaron con sus bicicletas acorralandolo contra la pared.

Romero se echó la mano al bolsillo y quitó su navaja en señal de que sabía defenderse, pero uno de los hombres le dijo: 

- guarda eso, tenemos un recado para ti.
- No podemos quedarnos quietos, tenemos que volar la estación. así se enteraran todos de que aquí no nos hemos rendido, sino no haran nada por nosotros, y los sacrificios de todos los compañeros muertos estos últimos ocho años de lucha contra Franco habran sido inutiles.

Romero se atusó el bigote. y después de responderles con una sonrisa dijo:

- La estación está muy vigilada y detienen a cualquier sospechoso que se aparte de los andenes y ande por las vias, para cachaerlo.

- Podemos poner una bomba en los talleres, o en los areneros, los depositos del agua de las locomotoras de vapor; allí es más facil y no tendrían agua las locomotoras de vapor para repostar.

- Y si la hacemos explotar cuando coincidan varios trenes de viajeros la noticia se trasladará rapidamente a todas partes de España – dijo el compañero.
Romero, no tardó en responder que estaba de acuerdo y que él se encargaría de volar los depositos, cuando fuera el mejor momento, siempre y cuando le facilitasen los explosivos.
 - Nosotros te conseguiremos la dinamita - le respondieron - pero ahora no te podemos decir nada más- y después de decir esto, los dos hombres montaron en sus bicis y continuaron su camino.

 mvf.


sábado, 30 de marzo de 2019

El sotano


Después de jugar varias manos, en la partida se oyó un griterio que provenía del exterior. Los jugadores se miraron entre ellos preguntandose que podría estar ocurriendo fuera; entonces se levantó uno de los más veteranos de las partidas clandestinas que se hacían en el bar y después de advertir a sus compañeros de que se mantuviesen en silencio, poniendo su dedo delante de la boca con los labios apretados, salió con precaución de donde estaban a mirar que pasaba. Al cabo de un rato regresó acompañado con el camarero, quien les dijo que podían seguir jugando tranquilamente, porque los gritos que escucharon solo eran los guardas jurados del ferrocarril, que habían echado a la calle a los vagabundos que dormían en los bancos del vestibulo de la estación.
La partida continuó. 
Llegada las dos de la noche, como era costumbre para terminar, esperaron a la última mano que ganase el dinero que había en la mesa en ese momento; ganada la mano y recogido el dinero, fueron saliendo uno a uno del reservado, dirigiendose al mostrador para pagar al camarero las bebidas que habían consumido mientras jugaban, y según iban pagando marchaban sin hacer ruido.
 Romero era un habil jugador de las cartas y aunque sabía muchas triquiñuelas para desplumar al más pintado, se dejó perder dos pesetas para no levantar sospechas; pero en vez de seguir a sus compañeros de partida y marchar también, se quedó en la cafetería acompañando al camarero en el cierre del local.
El camarero recogió las sillas, que fue dejando por encima de las mesas, y después de barrer asomó la cabeza a la calle para ver que no había nadie; entonces cerró la puerta y apagó luz. Y sin mediar palabra condujo a Romero al sotano de la casa donde esperaban los otros asistentes a la reunión clandestina que, extremando todas las precauciones y sin que ninguno se hubiera visto, habían ido llegando para encontrarse todos en el lugar en que tendría la reunión.
Un quinque de petroleo iluminaba excasamente la negrura del sotano. Tenía el suelo de tierra humeda y hacía las veces de bodega y de almacen.
Había tres cubas de roble, una pequeña mesa de pino, algunas cajas de bebidas y un viejo banco que algunos de los asistentes utilizaban mientras esperaban a que llegasen todos para  dar comienzo la reunión. Al llegar Romero se levantaron para saludarle y darle la mano.
Asistían a la reunión algunos obreros de las industrías de Monforte de aquella epoca, porque además de ser un nucleo ferroviario, tenía importantes fabricas de calzado; un hombre de pelo blanco, de apariencia discreta, era comerciante y tenía varios negocios en el pueblo. Entre los asistentes también estaban los dos ferroviarios que hablaban en la esquina del bar, cuando Romero llegó al bar; los ferroviarios trabajaban en los talleres del ferrocarril.  
Algunos estaban allí por sus ideas politicas, pero otros estaban allí para tomarse venganza por el asesinato de algún familiar próximo por la justicia franquista, amigos o seres queridos detenidos por la policía y de los que nunca se supo nada más; aún hoy, sabiendo quienes tienen propiedades que fueron usurpadas a familias inocentes en aquella epoca, nadie les ha pedido reparación. 
  Al ver aparecer a Romero, todos sonrieron con satisfacción pues sabían que era el de más fiar. Romero se daría muerte antes que dejarse coger para ser toruturado y morir en el garrote vil por sus multiples crimenes. Y que mataría a cualquiera de ellos que se fuera de la lengua o supusiera un peligro para él o para los demás.

 
mvf.

jueves, 28 de febrero de 2019

la noche


Abajo estaban el matrimonio, que ese día pasaba la noche en la pensión, y la patrona; alargaban la tertulia después de la cena, y al oir que Romero bajaba de su habitación lo llamaron para que se uniese con ellos.




-¡Romero, venga con nosotras a tomar una copita de ajenjo y a escuchar un poquito la radio antes de irse a la cama!



La tertulia era amenizada por una radio marconi de válvulas, en la que se oía una pieza musical de la "canción del olvido" del maestro Pablo Serrano, que se oía de fondo.

           ya la ronda llega aquí
              FIRULIRULI
            a cantares amores va
           FIRULIRULA

Romero se asomó en la puerta del comedor para no levantar sospechas.

  - Señores, les agradezco la invitación pero para no molestar con el olor a tabaco, voy a salir a tomar el aire y fumar en la calle.
  Al ver que los presentes no decían nada, continuó:
 - Mi sobrino queda en la habitación durmiendo y yo, con el permiso de ustedes y sin despreciar la invitación, voy a salir a tomar un poco el aire y si es el caso tomaré un café o alguna cosa fuera antes de regresar -  y con esto se despidió.
Es uds. muy malo con nosotras, nos tiene abandonadas a las mujeres de su grata presencia - le dijo la patrona de la pensión, mientras veía como este salía a la calle.

Una vez fuera de la pensión, Romero sabía bien donde tenía que ir y sin más perdida se dirigió a la estación del ferrocarril de Monforte; allí había una cantina donde con frecuencia, aunque prohibidas, se jugaba dinero a las cartas.

La cantina olía a café

En la cantina había poca gente, solo algunos clientes echando una partida de domino sobre un tapete verde extendido en una mesa de mármol; en una esquina de la barra del bar, dos ferroviarios del turno de noche, hablaban entre ellos mientras tomaban dos cafés fríos* licor café; y el humo del tabaco que fumaban los presentes llenaba el local.
Detrás de la barra un camarero estirado, con camisa blanca y pajarita, que mataba su aburrimiento sacando brillo a un vaso de cristal, con el trapo de limpiar el mostrador; fue el único que mostró interés por el recién llegado.
Romero saludó a los presentes y se acercó junto al camarero para pedirle una copa de aguardiente de caña. Este, indiferente, continuó girando su trapo hasta que su rito de limpieza finalizo levantando el vaso, para contemplar a través de el la escasa luz de la bombilla del local; satisfecho lo posó junto a otros vasos que se veían enfrente a un espejo decó, detrás del mostrador; entonces sirvió al nuevo cliente, sin decir nada; guardó la botella y cogió otro vaso de debajo del mostrador para empezar de nuevo a girar el trapo dentro del.
Bebió la copa  sin que nadie le prestase atención.
En la mesa del dominó había comenzado otra partida; los dos ferroviarios que estaban en la esquina del mostrador continuaban su cháchara y el humo permanecía flotando en el local.
Al terminar la copa sacó del bolsillo unas monedas que depositó en el mostrador y cuando le iban a cobrar dejó ver en sus manos unos billetes de tal manera que el camarero entendió enseguida lo que quería decir y le respondió haciendo seña de que le siguiese; entonces el camarero le condujo a un apartado del bar, al que se accedía después de cruzar una puerta tapada con una cortina; allí dentro, sin que nadie les molestase, jugaban cinco personas alrededor de una mesa; en el centro de la mesa había un plato viejo de porcelana con varios billetes de peseta que estaban en juego.
Jugaban al julepe un juego de cartas que se jugaba como el tute y en el que el ganador de la mano se llevaba la cantidad que había depositada en el plato.
Romero se mantuvo a unos pasos de los jugadores y esperó en silencio a que terminasen la mano que estaban jugando, solo entonces se acercó junto a ellos y mostrándoles el dinero que llevaba, preguntó de cuanto era la apuesta; al recibir respuesta depositó una peseta en el plato y se sentó.

mvf.

miércoles, 30 de enero de 2019

La cita en Monforte

Durante un tiempo la banda estuvo sin efectuar ningún robo, por que así simulaban que lo acontecido en la fería de Chantada, era cosa ocasional de gente transeunte y no de una banda que tuviera su paradero en la zona.
Al aproximarse la fecha de la reunión en Monforte, Romero decidió ir a la cita acompañado de Max, como tio y sobrino, para no levantar sospechas.
Max estaba sentado cerca de la  fuente de la explanada del colegio de la compañía, en un jardincillo  rodeado de  mirtos donde se podía estar sentado a la sombra mientras abrevaban las caballerizas; esperaba a Romero que había ido en busqueda de noticias o cotilleos, al bar de la parada de los autobuses que hacían las rutas de la zona. Era viernes y algunos soldados de la tropa acuartelada en Monforte marchaban de permiso y mientras esperaban para ir a sus casas, bebían copas de aguardiente de orujo o de caña y se les aflojaba la lengua contando las azañas que habían hecho mientras estaban de servicio en el cuartel; hablando con bravuconería de las batidas que daban en busqueda de bandidos o de los rojos perseguidos por la justicia por ser enemigos del regimen. Y así, con el oido fino, se enteró de que se habían doblado las patrullas en los puestos de Sober, Escairon y Ferreria, pueblos del partido judicial de Monforte, y de que la guardía civil estaba alertada, porque  los hermanos de Vimianzo habían sido vistos merodeando el ultramarinos de Chantada y que era cierto de que al menor movimiento que se detectase se les daría caza, vivos o muertos.
Cuando Romero regresó, desataron los caballos y echaron a caminar a pie al lado de sus monturas, hasta llegar al puente de hierro del rio Cabe; allí, sin cruzar el rio, montaron en sus caballos y siguieron por el camino de tierra, que pasaba por las huertas que bordeaban la ribera del Cabe en dirección al puente de piedra, donde espolearon sus caballos y continuaron al trote por el malecón del rio, hacia la estación del ferrocarril, para buscar una pensión y pasar la noche en Monforte.
Se alojaron cerca de la estación, en una pensión llamada la ferroviaria regentada por la viuda de un maquinista de locomotoras. Con frecuencia la señora hospedaba viajeros o trabajadores de los trenes que hacían la ruta de la meseta, y que pedían alojamiento para recuperarse del cansancio del viaje y regresar al día siguiente con la maquina para el destino del que habían partido, pues con frecuencia hacían rutas que les llevaba más de medio día llegar hasta Monforte.
La señora, confiada en que Romero y Max eran tio y sobrino, como se habían presentado, les dió alojamiento sin pedir más explicaciones y después de acompañarles a su habitación, los dos  pasaron el resto de la tarde sin salir de la pensión.
La habitación tenía dos camas cubiertas cada una con un edredon de ganchillo de color beis.
Era una habitación soleada, con un pequeño balcón en el que había varios tiestos repletos de geranios, cargados de flores, que colgaban a la calle con su vistoso color rojo, por una barandilla de hierro forjado.
 A la derecha de la puerta, por la que se salía al balcón, había un mueble de castaño, que tenía un espejo y un lavabo, con una toalla colgada a uno de sus lados, cerca, en una banqueta, reposaba una jarra, que contenía el agua para lavarse; del otro lado de la salida al balcon, había en la pared el cuadro de unas flores y un pequeño armario que servía para colgar la ropa en su interior y guardar en el las pertenencias pequeñas con las que se hubiera podido venir.
 Al llegar la noche les sorprendieron los golpes de unos nudillos que golpeaba en la puerta de la habitación; no tardaron en abrir tomando precauciones: era la señora de la pensión que les llamaba para bajaran a cenar todos juntos en el comedor. 
 El comedor tenía una mesa grande, alargada, en la que cambían doce personas, aunque la pensión rara vez alojaba más de seis huespedes, y un chinero en el que se podía  ver a traves del cristal de sus puertas, la loza, algunos tarros con galletas y la porcelana blanca del café; en sus cajones se guardaba la cuberteria y los manteleles de la mesa. De la viga del techo colgaba una lampara de seis brazos con bombillas de vela que daban una luz mortecina que subía y bajaba a veces.

 Cuando se presentaron para cenar en el comedor, la señora de la pensión les invitó a sentarse junto a un matrimonio de Quiroga, que había venido a arreglar las propiedades de unas tierras y se habían alojado en la pensión por que no habían podido coger el tren para San Clodio, en dirección a Ponferrada, y de allí regresar a su casa. Tras unas presentaciones, la viuda hizó sonar una campanilla y apareció la criada, una joven del caurel, que había venido a trabajar a Monforte para ayudar con un escaso sueldo que ganaba en la pensión, a su familia. La joven sin parar de ir y volver a la cocina, donde también era la cocinera, les sirvió la cena consistente en una sopa de gallina, y una tortilla de patatas con chorizo, acompañada de vino abundante.
Al terminar de cenar, para evitar así el irse de la lengua o decir algo indebido durante la tertulia y levantar sospechas innecesarias, estuvieron lo justo para despedirse de la dueña de la pensión y el matrimonio hospedado, alegando el cansancio del viaje que habían hecho, para regresar a la habitación. Llegadas las once de la noche Romero le dijo a Max que iba salir y que durante su ausencia si oyese disparos en los alrededores o algún ruido extraño de gentes que viniese a la pensión, escapase con la mayor rapidez; y después de recoger los caballos, se alejase del lugar, en dirección a Lugo, hasta llegar a Ribasaltas, donde encontraría un puente por el que cruza el ferrocarril el rio, y que allí, debajo del puente del tren, sin dejarse notar, le esperase hasta el amanecer.

mvf. 

martes, 1 de enero de 2019

Si mediase una buena apuesta

El gitano, era un consumado carterista que se atrevía a birlarle la cartera al mismísimo sargento de la guardia civil, si mediase una buena apuesta, y el cojo anduvieron por los puestos de venta donde se abarrotaba la gente y la multitud, y al cabo de unas horas ya habían robado en la feria varias carteras, obteniendo más de cien pesetas.
Como no querían correr riesgos, pues cuantas más carteras afanaban más alertada empezaba a estar la gente de la presencia de carteristas en la feria, decidieron dar por finalizada su campaña. Entonces fueron a buscar a Romero y le entregaron el dinero que habían  obtenido, quedándose para ellos, con el consentimiento del jefe, unas pesetas para beber y divertirse durante el tiempo que quedaba hasta la hora de regreso.
Romero hizo una señal a los hermanos, que estaban próximos y cuando se acercaron junto a él les entregó cincuenta pesetas para que fueran a comprar provisiones en la tienda de ultramarinos del pueblo. Aunque la autentica misión de los hermanos, sin saberlo sus compañeros, era estudiar el local del ultramarinos pues con frecuencia en la tienda se hacían prestamos a los vecinos para pagarse el pasaje a América y cubrir los primeros gastos, y a veces sus dueños tenían importantes cantidades de dinero en la tienda.

A primeras horas de la tarde, cuando los feriantes empezaron a recoger sus puestos y la feria iba llegando a su fin, los miembros de la banda, se juntaron a las afueras del pueblo para su regreso, incluidos los dos frustrados asaltantes que recibieron todo tipo de mofas cuando contaron el fracaso de su robo.

Ya de regreso para su escondite, Romero le dijo a sus hombres que se esperaban importantes noticias y que dentro de un mes tendría que estar en Monforte para asistir a una reunión secreta.


mvf.

domingo, 23 de diciembre de 2018

el robo en la feria

Al llegar a la feria de Chantada, Romero y sus hombres, se separaron para tener más posibilidades de obtener un buen botín; la intención era mezclarse entre la multitud y vigilar los tratos que se hacían con el ganado, hasta encontrar una victima fácil, con el bolsillo lleno de dinero de alguna buena venta, para robarle.
Elegida la victima, la seguían con disimulo hasta que en la ocasión que les era propicia, simulaban un empujón y con sus hábiles manos vaciaban cualquier bolsillo que se pusiera delante. 

Después de dar vueltas descubrieron la venta de una buena yunta de bueyes: eran dos machos castrados que por su corpulencia y musculatura podían arrastrar una piedra de más cinco mil kilos cada uno. El hombre después de cerrar el trato se había ido a comer el pulpo con el tratante de ganado, y al marchar este para llevar los animales recién comprados, había continuado bebiendo con ostentación innecesaria del dinero que había logrado con la venta.
Cuando salió de la feria, el gaitero y el zamorano, fueron detrás de él, siguiéndole disimuladamente; el hombre tomó la dirección hacia el río, donde la gente, después de beber copiosamente, bajaba para orinar a escondidas entre los árboles, y cuando estaba lo suficiente mente alejado de la multitud, se aproximaron junto a él, rodeándolo por los dos lados, y lo empujaron hacía un lugar donde no podían ser vistos; entonces, el zamorano que era el más fuerte de los dos asaltantes, lo arrimó dejándolo con la espalda pegada contra el grueso tronco de un árbol y le puso una navaja en el cuello amenazándole con degollarlo allí mismo si hacía el más mínimo movimiento; mientras que el gaitero, el otro asaltante, le comenzaba a cachear los bolsillos hasta que le sacó una abultada cartera y una navaja que llevaba para defenderse y que afortunadamente, dado la rapidez del asalto, no le había dado tiempo a sacarla, pues sin vacilar lo más mínimo, le habrían dado muerte para robarle.
Al terminar el cacheo, el zamorano, que mantenía a la victima contra el árbol, le puso la mano en la boca para que no chillase y después de mostrarle la hoja de la navaja delante de sus ojos, le dio un certero golpe, con ella en una pierna, hiriéndolo para que no los pudiera perseguir mientras huían; al caer el hombre al suelo por la cuchillada recibida, los asaltantes se dieron a la fuga.
Ya más tarde, cuando se supusieron seguros, fueron detrás de los puestos de pulpo, y allí el gaitero sacó la cartera robada, para ver entre los dos el botín conseguido, pero al abrirla no encontraron el fajo de billetes esperados, solo había unas cartas y algo de dinero: un billetes de peseta, algunos reales y varias perras* céntimos.

Seguramente la victima llevaba el dinero de la venta de los bueyes en algún bolsillo secreto del forro de la chaqueta o del pantalón, que no habían sabido encontrar cuando le cachearon.

En un ataque de rabia, el zamorano arrancó la cartera de la mano del gaitero y después de meterse en el bolsillo, el escaso dinero que tenía, maldiciendo la suerte que tuvieron, la tiro lejos de donde estaban; y aunque el primer impulso era ir a ajustar las cuentas con la victima, al final decidieron que ya era tarde para volver al lugar del robo; después de darse a la fuga la victima, habría gritado pidiendo ayuda y a estas horas ya habría sido socorrido por cualquiera y estarían siendo buscados por la guardia civil.
 

Después de su fracaso, no les quedaba más remedio que ocultarse y esperar hasta que apareciesen los demás.


mvf.

domingo, 2 de diciembre de 2018

con una holgaza de pan y un trozo de salchichón


Al llegar la noche los miembros de la banda se reunieron alrededor de una pequeña hoguera y se repartieron alimentos para cenar cada uno. Entonces el bandido que lo había traído al refugio se acercó junto a Max con una hogaza de pan y un trozo de salchichón; después de entregárselo se sentó a su lado y se presentó: se llamaba Alonso, aunque todos le llamaban zamorano, y mientras devoraban la porción de alimento que les había tocado, le fue contando como se llamaban los demás; aunque la mayoría llevaban nombres que no eran como habían sido bautizados sino motes o alias que podían cambiar en cualquier momento para dificultar ser encontrados por la justicia.

El gaitero, que ya conocía de la romería, se llamaba Melias y como pudo enterarse era de Celanova. El gitano era de un pueblo del Norte de Lugo; le llamaban así a pesar de que todas las trazas de su fisonomía: su nariz aguileña, ojos negros y piel morena, apuntaban a que entre sus antepasados había tenido sangre árabe. El hombre que salió de la casa, cuando el zamorano con dos fuertes silbidos diera la señal de la banda de que todo estaba bien, le apodaban el abuelo; no tendría más de cuarenta años pero la dura vida del campo y la miseria de la postguerra que vino después, había envejecido prematuramente a mucha gente del campo; muchos de ellos no llegaban a vivir mas allá de los cincuenta años de edad. El cojo era conocido por ese nombre por la secuela que tenía en una pierna de un accidente ocurrido en su juventud, cuando trabajaba para los alemanes en las minas de Freixo. Los hermanos, Mateo y Martín, eran de la coruña y estaban perseguidos por la justicia por prender fuego al pazo de uno de los señores de las tierras de Vimianzo, y por asesinos.
Por último, el jefe de la banda era asturiano y se llamaba Romero. Romero era hijo de un alcalde republicano fusilado tras la victoria de Franco, y para no sufrir la represión franquista y seguir el mismo destino que su padre, se había echado al monte, donde formó, con otra gente como él, una banda para mantener la resistencia antifascista; durante más de una década pudieron vivir protegidos por la gente de los pueblos que les daban comida y chivatazos de las patrullas que andaban buscándolos, escondiéndose por entre los montes de León y Asturias, dando pequeños golpes y manteniendo viva la lucha anti-franquista; hasta que una vez, la guardia civil dio con la amante de uno de la banda y después de violarla y someterla a todo tipo de vejaciones, consiguieron saber su paradero y tenderles una trampa, de la que apenas pudieron escapar de la banda un puñado de hombres, uno de ellos Romero que consiguió huir a los montes de Galicia mal herido; allí, escondidos como él, ocultándose de la justicia en el monte, conoció a los hermanos, Mateo y Martín, y con ellos volvió a dar múltiples robos, formando la pequeña banda que tenían ahora. Romero, mantenía orgulloso su nombre sin tomar ninguna prudencia en ocultarlo; y junto a los hermanos, estaba buscado y perseguido con ahínco por la guardia civil, por criminal y por rojo. 

Después de varios días dedicados a haraganear y a beber se agotaron los víveres que tenían, y entonces no les quedaba más remedio que abandonar el refugio, donde estaban a salvo, para volver a sus fechorías. 
Romero le dijo a los hombres que partirían al día siguiente, antes de que amaneciese, para estar el mediodía en la feria de Chantada. Después de deliberar entre ellos, pues todos querían salir del escondite de la banda para ir de tropelías, acordaron que solo quedase uno de ellos y el nuevo; el abuelo permanecería en el puesto de vigía y Max se encargaría de los caballos que quedaban en el corral y que guardaban de repuesto.

mvf.

viernes, 9 de noviembre de 2018

la banda


-¡Vuélvete muy despacio sin hacer ninguna tontería!

Al oír esto, se dio la vuelta con las manos en alto y descubrió que tras él había un hombre montado a caballo, apuntándole con una escopeta de cartuchos.

- ¿ Que haces aquí ? -  le  preguntó el hombre.

Max, escondiendo parte de la verdad, empezó a contar como había caído al río y que se había perdido y vagado toda la noche por la ribera del río. Al final había cruzado por el puente de los caballos y  andando por el camino empedrado había llegado hasta donde estaban ahora.

-¿Eres pescador?- le preguntó de nuevo el hombre sin dejar de apuntarle con la escopeta.

Max asintió con la cabeza, mintiendo, pues no quería contar nada de lo que había ocurrido la noche anterior en la que había matado a un hombre de una pedrada.

-¿Como puedo saber que dices la verdad ? - preguntó de nuevo el hombre, sin dejar de encañonarle con la escopeta, pero esta vez, al ver el nerviosismo de Max, sin esperar respuesta continuó - ya entiendo; tu tienes algo que ver con lo ocurrido anoche en la casa del puente del pueblo.

Entonces al verse descubierto, agotado por el cansancio y todo lo pasado durante la noche anterior,  Max se vino abajo cayendo de rodillas al suelo, y desesperado contó todo lo que todo lo que le había sucedido, explicando entre sollozos que de ningún modo había pretendido matar a nadie.

Al terminar de contar la verdad se hizo el silencio y durante un tenso instante vio en el rostro meditabundo, del hombre que le encañonaba, que su vida pendía de un hilo pero finalmente este guardó su escopeta en la funda de cuero que llevaba en la montura del caballo; y le echó un brazo para que se cogiera a el; después de agarrarse, de un golpe lo subió a la grupa del caballo, sentándolo a sus espaldas; entonces el hombre encaminó el caballo hacia la espesura del bosque que había detenido a Max, y ante ellos se descubrió un estrecho sendero que estaba oculto entre la maleza, para cualquier persona que no supiese de su existencia. Lentamente comenzaron a ascender por el sendero, teniendo que cruzar en al algunos tramos entre las piedras que el agua había dejado descubiertas al caer torrencialmente. Al cabo de un buen rato, con la montura extenuada por el peso de los dos, llegaron al alto del monte, donde había oculta una vieja casa de piedra que en su día fuera usada por los pastores de cabras para pasar allí la noche; la casa tenía unos pequeños ventanucos y una puerta de madera y su tejado estaba cubierto con losas de piedras, y por lo inaccesible del lugar era idonea para albergar gente que buscaba esconderse.

El hombre metió dos dedos, de su mano, en la boca y dio dos largos silbidos.

Al oír la señal, se abrió la puerta de la casa piedra asomando un hombre que saludo al recién llegado, mostrando su sorpresa por su acompañante.

Cuando bajaron de la grupa del caballo, Max observó que desde lo más alto de los risco que rodeaban la casa, había otro hombre que había permanecido escondido hasta oír la señal, desde donde estaba podía ver la gente que subía por el camino y alertar a los de la casa antes de su llegada. Al ver allí los dos hombres que estaban vigilando el lugar, enseguida supuso que el sitio era el refugio de una banda de asaltadores de caminos y que en algún momento aparecería más gente.

A medía tarde el hombre que estaba subido en el risco hizo una señal desde donde estaba, advirtiendo que subía gente, y al cabo de un rato, aparecieron por donde habían llegado ellos por la mañana,  cuatro jinetes que traían con ellos otros tres caballos más y comida: chorizos y pan de viaje que se suponía que habían sido de los propietarios de los caballos, que habían asaltado en alguna parte. Entre los recién llegados Max reconoció al gaitero que había encontrado durmiendo en la iglesia después del día de la procesión, y que le había enseñado el himno de Galicia. Pero este no hizo señal de conocerle.

Uno de ellos, un hombre bajito y nervioso, con el rostro lleno de surcos hechos por el sol y la tierra; que tenía un bigote negro y una mirada cenicienta que imponía pavor; preguntó, mirando a Max:

-¿Quien es este y que hace aquí?

El hombre que le había traído explicó que lo había encontrado cerca de la entrada del camino que conducía al escondite que tenía la banda, y  repitió la historia que Max le había contado.

 - ¿Y como sabemos si podemos fiarnos de él?- preguntó alguien que estaba más atrás.

- No le queda otro remedio o es amigo nuestro o de la guardia civil.

Después de oír esto, el hombre de la mirada cenicienta, que sin ninguna duda era el jefe de todos, dijo:

 - Creo que este joven nos podría ayudar en nuestro trabajo

Al oír esto descabalgaron de sus monturas y todos dieron por bien llegado a Max. Entonces le entregaron las cinchas de sus monturas y de los animales que habían traído, para que los llevase a las caballerizas: un pequeño corral próximo a la casa, hecho con troncos de árboles de los alrededores, les límpiese el sudor de la jornada y les diera de comer.

mvf







jueves, 18 de octubre de 2018

La huida

Al oir los gritos de las mujeres Max salió de debajo del árbol donde estaba escondido, cerca de la casa, y echó a correr en dirección al rio, ocultandose entre la maleza próxima a la orilla para desde allí, sin riesgo de ser descubierto, poder enterarse de lo que pasaba en las inmediaciones de la casa. Cuando los gritos de las mujeres se trasladaron a la carretera, pidiendo auxilio a quien pudiera pasar a esas horas, salió de su escondite y amparado por la obscuridad se alejó corriendo.


-¿Dónde iría ahora? - se dijo para si - al molino no podría regresar, allí sería el primer lugar donde irían a buscarlo, si alguien sospechase, pues por la mañana había estado preguntando en el pueblo por el paradero de la joven.


 Al cabo de un buen rato, agotado por la carrera que había echado huyendo del lugar, se detuvo sudoroso y jadeante, para recuperar la respiración; tenía todo su cuerpo arañado pues había escapado ocultandose entre  la vegetación poblada de zarzas que había a lo largo del curso del rio, precaviendose de que cualquiera pudiera notar su presencia en la noche mientras huía.

La luna brillaba en la noche.
Su pecho subía y bajaba para recuperar la respiración del esfuerzo que acababa de realizar. Entonces se dió cuenta de que a su alrededor todo había quedado en silencio y pensó que el silencio podría deberse a que escondida en la obscuridad, en medio de la noche, acechaba algún peligro: podría ser una loba llena de rabía, porque sin saberlo se había acercado a su madriguera y creyendo que su presencia era un peligro para los lobeznos de su camada, estaba esperando el momento idoneo para abalanzarse sobre él y protegerlos; también podría ser, se dijo acordandose que en el molino había oido contar que en la ladera del monte, de este lado del rio, aparecieran destrozadas y devorados sus panales cargados de miel, de algunas colmenas de abejas, y que se achacaba la culpa a algún oso hambriento que merodease por estos lugares; esta fiera bien podría haber bajado a beber al rio, a estas horas de la noche, y tras haberle descubierto, hambriento y furioso, estuviese esperando el momento idoneo para atacarle. Con estos nefastos pensamientos, acompañados por el fuerte palpitar de su corazón en el silencio de la noche, le entró el panico y volvió a echar a correr de nuevo, tan desesperadamente que en su carrera resbaló entre las zarzas y rodando con su cuerpo, acabó cayendo al rio, perdiendo el petate donde llevaba su gaita.


Braceó desesperademente dentro del agua durante un interminable instante en que temió perder la vida allí ahogado, hasta que finalmente consiguiò salir a flote y al asomar su cabeza en el agua, iluminada por la luz de la Luna, pudo vislumbrar una enorme roca que sobresalía en medio del rio; viendo en ella su salvación decidió echar a nadar en su dirección; consiguió subir a ella a duras penas, y se quedó echado de espaldas, jadeante, tirado encima de su duro suelo. 


Cuando la Luna trazó su arco sobre la boveda celeste y finalmente desapareció tras la cima del monte, la noche quedó más fria. Max tenía la ropa calada de agua y sus dientes castañeaban de frio, pero aún así, rodeado por las mansas aguas del rio, lejos del alcance de cualquier alimaña, recuperó su serenidad y decidió pasar allí la noche hasta el amanecer.
 
Al día siguiente, con la llegada de los primeros rayos de luz Max abandonó la roca y a nado, regresó de nuevo a la orilla rio. Allí, se desnudó para escurrir el agua de su ropa y con ella aún mojada se volvió a vestir y continuó su fuga. Ya había perdido la noción de donde estaba cuando dió con un viejo camino de tierra y piedras que le llevó hasta el puente de los caballos: era  un puente de piedra lleno de maleza que solo conservaba sus dos arcos desnudos y que la gente había usado en otro tiempo para pasar con las caballerizas de un lado al otro del rio.


Al cruzar al otro lado, continuó la senda del viejo camino de tierra y piedras, vigilando a los lados por si tuviese que ocultarse para evitar ser visto por alguna gente que podría sospechar algo al cruzarse y verle con su ropa mojada.
Era un camino poco frecuentado, pues la gente creía que por esta zona vivía alguna bruja, o algún diablo, o algun tipo de ser maligno que hacían que los viajeros que osaban andar por este lugar desaparecieran y nunca más se volviese a saber de ellos; el camino le condujo a la entrada de una fraga, de dificil acceso por lo cerrado de la espesura del bosque que aparecía frente a él, y al verse obligado a detenerse sintío de repente un golpe en su hombro y una voz grave y firme a sus espaldas:


-¡Alto. Levanta las manos y no te muevas!


mvf.






martes, 11 de septiembre de 2018

Nueva historia de Marisé

* esta historia salió al blog sin permiso, siendo todavía un borrador; la he completado rapidamente. y  vuelto a editar.



Es verano,la mañana del día está fresca y soleada; la tarde seguramente sea muy calurosa.
Salimos de casa a tomar un café mi madre y yo.
Caminamos juntas. La calle está llena de gente que viene, de no se sabe donde, para disfrutar unos dias de vacaciones en el pueblo, con los suyos, y reencontrarse con las amistades de juventud.

Nos paramos delante del escaparate de una tienda de ropa y de repente oimos que alguien grita detras nuestra.
- ¡Dolores de Marise!
Nos girmaos y nos encontramos con unas amigas de mi madre. Son tres y vienen vestidas con prendas ligeras para soportar el calor de la mañana.
 Una de ellas, la más alta, gesticula y mueve sus brazos huesudos, envuelve a mi madre con ellos y le estampa dos sonoros besos. 
Las otras dos, unas primas de esta, quedan detrás de ella viendo como suelta a mi madre y se lanza a buscar otra victima.

No da tiempo a responder, ya han sonado otros dos besos en mis mejillas.

- ¿Y esta? - pregunta mirando para mi.
-¿ Eres marise? ¡Hay, estas como siempre; no has cambiado nada!
Se hace un corro entre todas, se vuelve a los besos, a modo de saludo, con las que falta y tal.
- Pues ibamos a tomar un café- dice mi madre colapsada por la alegría- ¿Si quereis venir con nosotras ... ? 
La fiesta está servida. Aceptan la invitación.

Son las doce y media y estamos tomando sentadas en una de las terrazitas de las cafeterias del centro.

- Con el tiempo se descubre que la pasión es una idiotez; lo importante son las cotidianedades que te acompañan siempre - decía la amiga soltera de mi madre -
Con la soltería se descubre la buena vida, lo que pasa, es que a las mujeres nos han adecudado con miedo a vivir libremente. ¡Ni que hubiera que ser un hombre para ser libre!

Risas

- Afortunadamente la naturaleza es muy sabía y ha inventado la menopausia para que descubramos
, aunque tarde, que los hombres no sirven para nada, y si una se empecina en no ser descubridora,  queda la viuded para bajar de la burra, por que el burro se murió; eso, sino has preferido morirte antes que descubrir lo que te digo.

Nos reimos todas. 

Mientras nos reiamos sentía la idea que rondaba la cabeza de mi madre:

- Una hija sin casar.
una hija sin casar.
una hija sin casar ...


- ¡Que suerte tienes tu, hija, estar soltera!- salió su amiga en el momento oportuno - sin tener a nadie esperando que regreses a casa porque es inutil para `poner una lavadora.

Pensé en mi padre, que quedó en casa buscando la manga de la camisa.

 - ¿Seguramente que has tenido muchos novios?

En ese momento me vino a la memoria ... 

- Si. Varios - respondí sin titubear, poniendome a la defensiva 

 Cogí el pocillo y dí un sonoro sorbo de café con leche, poniendo punto y aparte; y la amiga solterona calló, sorprendida.

Al ver lo ocurrido mi madre me lanzó una mirada, ladeando la cabeza, diciendome que no quedara mal delante de sus amigas. 

En las piedras del puente viejo de mi pueblo, no se puede encerrojar un candado, pero entre sus huecos está escondido el candado secreto del primer amor de Marise.


- ¿Y qué ? - le devolví la mirada, diciendole-  no iba entrar en mis años oscuros.




mvf.



jueves, 9 de agosto de 2018

La noche

Max había regresado al molino con su madre y continuó encargandose de los trabajos habituales de  la molienda y las labores del campo, sin que entre los dos mediase ninguna palabra sobre su escapada. Pero la madre sabía que su hijo estaba despertando a la vida y aunque hubiera regresado al molino, de un momento a otro, volvería a desaparecer.
No tardó en ocurrir lo que la madre fingía ignorar delante de su hijo y una mañana Max regresó al pueblo para enterarse de quien era la joven que había visto el día de la procesión y que se había adueñado de su pensamiento.
La joven se llamaba Laura y vivía a solas con su madre, en una de las casas a las afueras del pueblo, pues su padre había desaparecido sin dejar rastro cuando los republicanos habían perdido la guerra. 
Trás enterarse del paradero de la joven Max estuvo merodeando por las inmediaciones del pueblo, esperando que anocheciera, y entonces se dirigió a la casa de la joven con la intención de tocar bajo su habitación y hacerla asomar a la ventana para volverla a ver.
La casa estaba próxima al rio y era una vivienda de dos plantas, de paredes blancas, encalada, con algunos desconchones por el que se entreveían las piedras de la construcción de sus muros. Tenía un balcón de madera, a lo largo de su fachada, desde donde se podía ver, después del cruzar el puente que había a doscientos metros de la casa, a la gente que pasaba por el camino para ir al pueblo, o la gente que pasaba de regreso para sus casas, en dirección al otro lado del rio; delante de la casa se erguía un viejo roble centenario que daba sombra durante el día a la vivienda, bajo el que se habían puesto dos bancos de madera y una pequeña mesa de piedra para merendar en las tardes de verano, próximo a ellos y pegado a los lados del portón que cerraba la entrada de la casa, tenían modesto jardincillo, que se veía cuidado con esmero, lleno de geranios y malvas reales. Por la parte de atras, la casa tenía una huerta donde se cultivaban hortalizas, y una finca con árboles frutales, que se extendía hasta alcanzar la orilla del rio. 


Llegada la noche, amparandose en la obscuridad Max, se había acercado por la parte de atrás de la casa y escondido trás uno de los árboles cercanos a la a las ventanas de las habitaciones donde suponía que dormía la joven; para desde allí tocar la gaita y esperar que al oirle, la joven que le tenía hechizado, asomará a una de las ventanas de las habitaciones.

Cuando se apagaron las luces de la casa, Max sacó la gaita de su petate y cuando la Luna llena iluminaba la noche estrellada empezó a tocar una dulce melodía que había inventado mientras suspiraba por la joven.

No pasó inadvertido el embeleso de su gaita enamorada, tras sonar las primeras notas, y la ventana como había previsto se abrió al oirse la musica, pero en vez de asomar la joven, como esperaba, asomó la silueta negra, recortada en el fondo de luz de la habitación, de un hombre armado con una escopeta de perdigones, preguntando quien era el que entrada la noche tocaba en la oscuridad despertando a los de la casa.
Y dicho esto, sin mediar más palabra, el hombre disparó dos cartuchazos en la obscuridad para amedrentar a quien fuese que estaba tocando la gaita.
Al oir los tiros y los golpes que los perdigones dieron en las ramas de los árboles, por encima de su cabeza, Max se asustó e instintivamente cogió una piedra en el suelo, para defenderse, lanzandosela al hombre con tal buena puntería y mala fortuna que la piedra, después de volar en el aire, terminó dando de lleno contra la frente de este, produciendo un ruido sordo en ella. El hombre después de recibir la pedrada, se balanceo de pie unos instantes y finalmente su cuerpo cayó en el suelo de la habitación.
Al empezar a oirse los gritos que daban las mujeres en el interior de la casa Max supo que algo tragico había ocurrido y que le perseguiría la justicia por ello.

 mvf

viernes, 27 de julio de 2018

La resaca.

Después de tocar en el campo de la iglesia, Max regresó con su amigo al lugar donde había pasado la noche. Al llegar ya no encontraron a nadie, hacía rato que los que habían quedado allí se habían despertado y marchado; pero hasta donde estaban llegaba el ruido distante de alguien que golpeaba de manera ritmica en la corteza de un árbol, y  como si fuera una señal que les llamara se dirigieron en esa direcciòn. Tuvieron que vadear el rio y a medida que se aproximaban al lugar de donde provenían los golpes, les fue llegando un olor a carne asada, que recordó a sus estomagos lo vacios que estaban, y entonces empezaron a oir las voces de sus compañeros. Cuando llegaron descubrieron que sus amigos habían robado un cordero, como pago de sus servicios gratuitos por haber amenizado con su presencia la fiesta del dia anterior; y después de desollarlo y asarlo encima de las brasas de una hoguera, lo estaban devorando avidamente. Y así que estos les vieron llegar les alzaron una bota de vino en señal de amistad, invitandoles a que comieran con ellos lo poco que quedaba.
El tamborilero, no se sabe si por que era hombre de poco apetito o por que se había saciado, con el remordimiento de los últimos balidos que diera el animal pidiendo socorro a su amo, al verse acorralado y próxima su muerte; repiqueteaba con sus baquetas encima del tronco de un árbol, haciendo bailar con su ritmo los pies de los presentes mientras estos comían y bebían sentados en el suelo.
Al mediodía ya no quedaba nada más que comer del sacrificio que se habían regalado y antes de que algún vecino del lugar viniese a preguntar por el paradero del cordero, ofrendado al hambre que moraba permanentemente en sus estomagos vacios, los musicos de los caminos se despidieron, dandose cita en las próximas fiestas y ferias venideras que conocían, e invitando a Max a que fuese a ellas para tocar juntos. 
Al terminar cada uno marchó para su lugar.

mvf.