martes, 11 de septiembre de 2018

Nueva historia de Marisé

* esta historia salió al blog sin permiso, siendo todavía un borrador; la he completado rapidamente. y  vuelto a editar.



Es verano,la mañana del día está fresca y soleada; la tarde seguramente sea muy calurosa.
Salimos de casa a tomar un café mi madre y yo.
Caminamos juntas. La calle está llena de gente que viene, de no se sabe donde, para disfrutar unos dias de vacaciones en el pueblo, con los suyos, y reencontrarse con las amistades de juventud.

Nos paramos delante del escaparate de una tienda de ropa y de repente oimos que alguien grita detras nuestra.
- ¡Dolores de Marise!
Nos girmaos y nos encontramos con unas amigas de mi madre. Son tres y vienen vestidas con prendas ligeras para soportar el calor de la mañana.
 Una de ellas, la más alta, gesticula y mueve sus brazos huesudos, envuelve a mi madre con ellos y le estampa dos sonoros besos. 
Las otras dos, unas primas de esta, quedan detrás de ella viendo como suelta a mi madre y se lanza a buscar otra victima.

No da tiempo a responder, ya han sonado otros dos besos en mis mejillas.

- ¿Y esta? - pregunta mirando para mi.
-¿ Eres marise? ¡Hay, estas como siempre; no has cambiado nada!
Se hace un corro entre todas, se vuelve a los besos, a modo de saludo, con las que falta y tal.
- Pues ibamos a tomar un café- dice mi madre colapsada por la alegría- ¿Si quereis venir con nosotras ... ? 
La fiesta está servida. Aceptan la invitación.

Son las doce y media y estamos tomando sentadas en una de las terrazitas de las cafeterias del centro.

- Con el tiempo se descubre que la pasión es una idiotez; lo importante son las cotidianedades que te acompañan siempre - decía la amiga soltera de mi madre -
Con la soltería se descubre la buena vida, lo que pasa, es que a las mujeres nos han adecudado con miedo a vivir libremente. ¡Ni que hubiera que ser un hombre para ser libre!

Risas

- Afortunadamente la naturaleza es muy sabía y ha inventado la menopausia para que los hombres no nos sirvan para nada, y sino siempre queda la viuded para bajar de la burra, por que el burro se murió.

Nos reimos todas.

Mientras tanto mi madre tomaba su café y leía en su pensamiento:

- Una hija sin casar.
Una hija sin casar.
Una hija sin casar


- ¡Que suerte tienes hija, estar soltera!- salió su amiga en mi ayuda - sin tener a nadie esperando porque no sabe hacer las cosas más ridiculas de los quehaceres de una casa.

Pensé en mi padre, que quedó en casa buscando la manga de la camisa.

 - ¿Seguramente que has tenido muchos novios?

En ese momento me vino a la memoria ... 

- Si. Varios - respondí sin titubear, poniendome a la defensiva 

 Cogí el pozillo y tomé un sorbo de café con leche, para poner punto y aparte. Dejando a la amiga solterona sorprendida.

Mi madre ladeaba la cabeza, temiendo que quedase mal delante de sus amigas. 

En las piedras del puente viejo de mi pueblo, no se puede encerrojar un candado, pero entre sus huecos está escondido el candado secreto del primer amor de Marise.

- ¿Y qué ? - dije para mi - no iba entrar en mis años oscuros.




mvf.



jueves, 9 de agosto de 2018

La noche

Max había regresado al molino con su madre y continuó encargandose de la molienda y las labores del campo, sin que entre los dos mediase ninguna palabra sobre su escapada. Pero la madre sabía que su hijo estaba despertando a la vida y aunque hubiera regresado al molino, de un momento a otro, volvería a desaparecer.
No tardó en ocurrir lo que la madre fingía ignorar delante de su hijo y una mañana Max regresó al pueblo para enterarse de quien era la joven que había visto el día de la procesión y que se había adueñado de su pensamiento.
La joven se llamaba Laura y vivía a solas con su madre, en una de las casas a las afueras del pueblo, pues su padre había desaparecido sin dejar rastro cuando los republicanos habían perdido la guerra. 
Trás enterarse del paradero de la joven Max estuvo merodeando por las inmediaciones del pueblo, esperando que anocheciera, y entonces se dirigió a la casa de la joven con la intención de tocar bajo su habitación y hacerla asomar a la ventana para volverla a ver.
La casa estaba próxima al rio y era una vivienda de dos plantas, de paredes blancas, encalada, con algunos desconchones por el que se entreveían las piedras de la construcción de sus muros. Tenía un balcón de madera, a lo largo de su fachada, desde donde se podía ver, después del cruzar el puente que había a doscientos metros de la casa, a la gente que pasaba por el camino para ir al pueblo, o la gente que pasaba de regreso para sus casas, en dirección al otro lado del rio; delante de la casa se erguía un viejo roble centenario que daba sombra durante el día a la vivienda, bajo el que se habían puesto dos bancos de madera y una pequeña mesa de piedra para merendar en las tardes de verano, próximo a ellos y pegado a los lados del portón que cerraba la entrada de la casa, tenían modesto jardincillo, que se veía cuidado con esmero, lleno de geranios y malvas reales. Por la parte de atras, la casa tenía una huerta donde se cultivaban hortalizas, y una finca con árboles frutales, que se extendía hasta alcanzar la orilla del rio. 
Amparandose en la obscuridad Max se había acercado lo suficiente a la casa y escondido trás un árbol cercano a la ventana donde suponía que estaba la habitación de la joven que le había hechizado. Allí sacó la gaita de su petate y cuando la Luna llena iluminaba la noche estrellada empezó a tocar una dulce melodía que había inventado mientras suspiraba por la joven.

No pasó inadvertido el embeleso de su gaita enamorada, tras sonar las primeras notas, y la ventana como había previsto se abrió al oirse la musica, pero en vez de asomar la joven, como esperaba, asomó la silueta negra, recortada en el fondo de luz de la habitación, de un hombre armado con una escopeta de perdigones, preguntando quien era el que entrada la noche tocaba en la oscuridad despertando a los de la casa.
Y dicho esto, sin mediar más palabra, el hombre disparó dos cartuchazos en la obscuridad para amedrentar a quien fuese que estaba tocando la gaita.
Al oir los tiros y los golpes que los perdigones dieron en las ramas de los árboles, por encima de su cabeza, Max se asustó e instintivamente cogió una piedra en el suelo, para defenderse, lanzandosela al hombre con tal buena puntería y mala fortuna que la piedra, después de volar en el aire, terminó dando de lleno contra la frente de este, produciendo un ruido sordo en ella. El hombre después de recibir la pedrada, se balanceo de pie unos instantes y finalmente su cuerpo cayó en el suelo de la habitación.
Al empezar a oirse los gritos que daban las mujeres en el interior de la casa Max supo que algo tragico había ocurrido y que le perseguiría la justicia por ello.

 mvf

viernes, 27 de julio de 2018

La resaca.

Después de tocar en el campo de la iglesia, Max regresó con su amigo al lugar donde había pasado la noche. Al llegar ya no encontraron a nadie, hacía rato que los que habían quedado allí se habían despertado y marchado; pero hasta donde estaban llegaba el ruido distante de alguien que golpeaba de manera ritmica en la corteza de un árbol, y  como si fuera una señal que les llamara se dirigieron en esa direcciòn. Tuvieron que vadear el rio y a medida que se aproximaban al lugar de donde provenían los golpes, les fue llegando un olor a carne asada, que recordó a sus estomagos lo vacios que estaban, y entonces empezaron a oir las voces de sus compañeros. Cuando llegaron descubrieron que sus amigos habían robado un cordero, como pago de sus servicios gratuitos por haber amenizado con su presencia la fiesta del dia anterior; y después de desollarlo y asarlo encima de las brasas de una hoguera, lo estaban devorando avidamente. Y así que estos les vieron llegar les alzaron una bota de vino en señal de amistad, invitandoles a que comieran con ellos lo poco que quedaba.
El tamborilero, no se sabe si por que era hombre de poco apetito o por que se había saciado, con el remordimiento de los últimos balidos que diera el animal pidiendo socorro a su amo, al verse acorralado y próxima su muerte; repiqueteaba con sus baquetas encima del tronco de un árbol, haciendo bailar con su ritmo los pies de los presentes mientras estos comían y bebían sentados en el suelo.
Al mediodía ya no quedaba nada más que comer del sacrificio que se habían regalado y antes de que algún vecino del lugar viniese a preguntar por el paradero del cordero, ofrendado al hambre que moraba permanentemente en sus estomagos vacios, los musicos de los caminos se despidieron, dandose cita en las próximas fiestas y ferias venideras que conocían, e invitando a Max a que fuese a ellas para tocar juntos. 
Al terminar cada uno marchó para su lugar.

mvf.

jueves, 19 de julio de 2018

nación de Breogan.



Mientras los fieles en el interior de la iglesia hacían las últimas manifestaciones de devoción al santo, fuera, la gente comenzaba a dirigirse para el lugar de la feria. 
Los musicos de la banda de tambores y cornetas, después de dar por terminado su trabajo, se dirigieron hacia la salida del campo de la iglesia para subir al autobus, un hispano-suiza de aquella epoca, que les estaba esperando para llevarles de regreso a la capital, de donde habían venido.
 Por su parte los gaiteros partían también con la gente en dirección a la carballeira*robledal, donde tenía lugar la feria, dispuestos a tocar por unas monedas o simplemente por un vaso de vino, un rabo de pulpo o un trozo de empanada.
El resto de la  gente que aún quedaba en la iglesia ya vendrían detras de ellos.

Es verdad que Max desentonaba entre los gaiteros: hombres correosos y flacos, curtidos por los caminos y el sol; pero desde el primer momento fue tratado como uno más y por ello a lo largo de la jornada, durante la fiesta, todo el mundo fue a invitarlo a que bebiera aguardiente para probar su hombria, sin preguntarle quien era ni de donde venía. Y Max feliz de tanto agasajo bebió y tocó hasta bien entrada la noche, en que los ruidos de la fiesta se fueron apagando, y rendidos por el alcohol y el cansancio acabó durmiendo en un pajar, junto con otros que como él habían pasado toda la jornada bebiendo y tocando.
Al día siguiente, con los primeros rayos del sol, Max se despertó y descubró que había gente durmiendo al lado de él. 
Sin hacer ruido salió fuera del pajar y vió que cerca había un pozo de donde se sacaba el agua con roldana, con un caldero de zinc atado a una cuerda. Echó el caldero al pozo y sacó agua para lavarse y beber. El agua estaba fresca y limpia, y bebió abundantemente; después se mojó la cara para terminar de despertar. A continuacíon se quitó su chaleco y se abrió su camisa, mostrando un pecho joven y vigoroso, de piel blanca, limpio de pelo; para echarse agua por encima y limpiar el sudor de su cuerpo. Luego se volvió a abotonar la camisa y a ponerse el chaleco, y sacudiendose los restos de paja que aún llevaba encima, remató su aseo mesando sus cabellos con las manos mojadas con agua.

Una vez hecho esto, Max regresó de nuevo al pajar y descubrió que encima de la paja, tirada por el suelo a modo de cama, aún permanecían dormidas tres personas más: eran dos gaiteros y un tamborilero, que junto con él habían pasado allí la noche, metidos entre la hierba seca, para protegerse del frio del alcohol y de la noche. 

 No sabía como había terminado durmiendo en un pajar, lo único que recordaba eran los ojos verdes de la joven que había visto en la procesión, y ese recuerdo le hacía sentir un gran vacio que solo se llenaría volviendo a verla. 

 Se puso a revolver entre la paja buscando el petate en el que guardaba su instrumento y despues de encontrarlo, volvió a salir del pajar y se encaminó para el campo de la Iglesia, donde había visto a la joven por última vez.

El lugar estaba desolado, y el silencio reinaba allí después de haber soportado la multitud el día anterior, y al acercarse a la iglesia descubrió que uno de los gaiteros, que habían estado a su lado acompañando al santo en su procesión, había regresado también al lugar y había pasado allí la noche durmiendo, refugiandose bajo el portico de la iglesia.

Trató de no hacer ruido pero este despertó al sentir su proximidad y se levantó. Después de desperezarse se dieron las presentaciones que no habían hecho el día anterior, preocupados más en el festejo que en la vida social; pues los gaiteros venían de todas partes a la feria de San Isidro para tocar y beber el día entero del santo hasta el amanecer.

El gaitero se llamaba Toribio y había nacido en un pueblo proximo a la frontera con Asturia y sin saber en que día estaba, ni quitarse la mugre de haber dormido en el suelo; como si no hubiera terminado la fiesta, con los ojos entrecerrados se llevó el puntero a la boca y empezó a tocar su gaita haciendo sonar el himno de Galicia.

Al oir sonar las primeras estrofas Max se puso a tocar con él y al cabo de un rato, bajo las columnas que apoyaban el portico de la iglesia, los dos juntos tocaban el himno de Galicia.

Max que nada sabía de politica se había olvidado que era molinero y se había convertido en un gaitero de la nación de Breogan.



mvf.









sábado, 7 de julio de 2018

Las bendiciones

Al terminar de dar las bendiciones para que la tierra fuera generosa y fecunda, y los animales procreasen abundantemente, la procesión volvió a ponerse en marcha para descender de la cima del monte. Ahora la gente que acompañaba al santo, cargada con sus bendiciones, iba más ligera en la procesión de regreso a la iglesia. Cuando llegaron, el paso del santo se detuvo y los músicos se apartaron para colocarse en lado izquierdo de la entrada de la iglesia desde donde seguirían tocando desde allí; mientras los costaleros, entre la multitud que había vuelto a agolparse alrededor de ellos, iniciaban la ardua tarea de regresar, con el paso al hombro, al interior de la iglesia.
Ya habían abocado el santo a la entrada de la iglesia, cuando entre tanto gentio Max descubrió una joven que tendría la misma edad que él; llevaba un traje verde, adornado con piezas de azabache, que al recibir los rayos del sol destellaban en medio de la multitud. La joven, tal vez sitiendo que era mirada, giró su cabeza y cuando sus miradas se encontraron, Max quedó sin respiración al ver sus ojos clavados en él.
De repente Max no pudo seguir tocando y empezó a sentir que un ardor recorría todo su cuerpo y que la sangre golpeaba bajo sus sienes al ritmo del latido de su corazón desbocado. Solo volvió a recuperar su tranquilidad cuando la joven desapareció consiguiendo entrar en la iglesia tras el santo.
Lo que había sentido le había dejado perplejo pues nunca hasta ahora sintiera nada parecido. Sin saberlo había quedado prendado de esa joven que en nada se parecía a las jóvenes curtidas en el campo, lozanas y fuertes, que él conocía.




mvf


martes, 26 de junio de 2018

La procesión de San Isidro.

El día comenzó con una ligera neblina que con los primeros rayos del sol se transformó en un rocio brillante y transparente sobre la hierba del campo.
Max había terminado de dar de comer a los animales de la granja y de llevar al campo a la burra del molino para que pastase.
 Se lavó en el rio y regresó a casa. 
Tenía encima de la cama la ropa con la que se vestiría para ir a la feria: una camisa blanca, un chaleco negro por el que sobresalían las mangas blancas, al ponerlo por encima de la camisa, y unos calcetines largos, de color blanco, que se dejarían ver entre el calzado, unos zuecos de cuero, betuneados de negro, hechos de madera de chopo; y los pantalones, del mismo color que el chaleco, que terminaban a la altura de los tobillos.
 Complementaba su vestimenta un sombrero chacó de color  azul de prusia, ribeteado de blanco, que en alguna época podría haber pertenecido a algún soldado. 
Cuando terminó de vestirse se dirigió a un pequeño mueble de madera, que estaba cerca de la ventana, donde recogió una saca, en la que había guardado la gaita para protegerla de los posibles avatares que pudieran ocurrirle en la feria, y colgándosela al hombro, sin hacer ningún ruido que despertara a su madre, cerró la puerta de la casa del molino y tomó el camino del pueblo para ir al campo de la iglesia, donde de otros años que había ido con su madre sabía que a primera hora se juntaban los músicos que acompañarían al Santo en la procesión.

Formaban el grupo de los músicos: una banda de tambores, cornetas y trompetas,  y varios gaiteros que habían llegado de distintos lugares para acompañar al santo y hacerse unas pesetas que acaso pudieran ganar. Al ver llegar aquel joven rubio engalanado, con su traje de gaitero y su gorro azul prusiano, los  gaiteros hicieron señas a Max para que se colocase junto a ellos, seguros de que vestido de esa manera les iba traer buena fortuna.
El lugar estaba abarrotado pues la gente ya había empezado a llegar desde primeras horas de la mañana para coger los primeros bancos de la iglesia para ellos y sus familiares.

Sonaron las campanas y aunque alguna gente logró entrar aún en el  abarrotado interior de la iglesia, la gran mayoría tuvo que esperar fuera, desde donde tendrían que ir imaginándose  lo que se decía dentro. 
Al terminar de tocar las campanas la misa comenzó. Y mientras fuera se espera que saliera el Santo de la procesión aún fue llegando más gente que vendrían de los lugares más lejanos.
Tocaron las campanas de nuevo y la gente que estaba dentro comenzó a salir arremolinándose delante de la boca de entrada de la Iglesia; entonces asomó el Santo del interior de la iglesia, llevado a hombros por seis hombres fornidos del campo, que apenas podía avanzar en lenta lucha contra la multitud. Llegado un momento unos y otros se fueron haciendo a sus lugares, como antes habían hecho los abuelos y antes los bisabuelos  y antes los tatarabuelos de la multitud; como se había hecho desde siempre. Los músicos y los gaiteros irían en la cabecera, abriendo el paso, detrás de ellos irían el santo patrón, con su buey y su vara , y después toda la demás gente.

Se tiraron tres bombas al aire seguida de otra que reventó produciendo un sonido atronador que se alejó en la lejanía de los campos. Era la señal.
Los tambores empezaron a redoblar, sonaron cuatro golpes del bombo; las cornetas, las trompetas comenzaron también y tras las primeras estrofas de la banda las gaitas empezaron a sonar. Y la procesión, comenzó su andar en dirección al monte que daba nombre a la comarca; desde su cima se podía ver todas las tierras de los alrededores.
Tardaron apenas unos cuarenta minutos en llegar y se esperó, casi otro tanto tiempo, en que la gente del final llegase y se congregase alrededor del santo. Entonces se hizo el silencio para poder oír al párroco oficiar las bendiciones de Santo Patrón a las tierras, hasta donde podía llegar la vista y la fe; cuando terminó de bendecir los campos continuó con las bendiciónes de San Isidro a los acompañantes de la procesión que estaban allí, la gran mayoría de los presentes labradores de la tierras con sus familias. 

mvf. 

viernes, 8 de junio de 2018

El gaitero del molino



Al ver la gaita frente a él, los ojos de Max se iluminaron completamente. Entonces se irguió de la silla y echando una larga sonrisa cogió la gaita colocándosela con el roncón por encima del hombro y el odre bajo el brazo, como había visto que la llevaba el gaitero de la feria; después, tapando los agujeros del puntero con sus dedos, metió el soplete de la gaita en la boca y sopló sin obtener apenas sonido.
 Sorprendido lo volvió a intentar de nuevo, soplando ahora mas fuerte, pero la gaita se le resistió nuevamente, para su decepción, dejando escapar unicamente un ruido ronco y sordo por el roncón.

-Esto- se dijo para si- era más difícil de lo que creía.

Volvió a llenar de aire sus pulmones y sopló con todas sus fuerzas; sus carrillos se hincharon con el esfuerzo y el odre que sujetaba bajo el brazo se llenó medianamente, consiguiendo que la gaita produjera un sonido agudo, que apenas se mantuvo en el tiempo.
 
Max no estaba dispuesto a rendirse y ahora volvió a soplar fuertemente por el soplete de la gaita, pero esta vez lo hizo varias veces hasta que llenó el odre de aire, y apretando suavemente el odre colocado entre su brazo y su costado, el puntero de la gaita empezó a sonar, alzando en el aire un sonido agudo semejante al que hacían las ruedas de madera de los viejos carros de bueyes, que se mantuvo durante un tiempo, hasta que el odre se deshinchó.
 Acababa de descubrir como funcionaba el instrumento.

 Acompañado del sonido del triquitraque del molino, que repiqueteaba como un tambor, mientras iba empujando el grano para caer entre las dos piedras del molino, Max no tardó en coger el ritmo y a sacar las distintas notas de los agujeros del puntero de la gaita, con sus dedos.

Al oirle tocar la gaita, mientras esperaban que se hiciera la molienda, la gente que venía a moler el grano acabó pidiendole que se uniera con ellos a la hora de la comida o la merienda para que después tocase la gaita y juntos bailar o cantar haciendo más grato esperar que el molino hiciera su trabajo.

El ruido del triquitraque del molino y el sonido del agua que lo movía, en aquellos tiempos podría ser suficiente para hacer feliz a cualquier persona con pocas necesidades y escasos vicios de la vida, pero admirados de la rapidez con que Max aprendía a tocar la gaita y viendo las gentes como iba creciendo su repertorio, con las muiñeiras gallegas que con solo oírlas tararear acababa aprendiendo a tocarlas completamente, fueron llevando su fama  a los distintos lugares de donde venían con el grano para moler en el molino, y llegado un momento, la gente empezó a animarle a que fuera al pueblo a tocar la gaita a la feria de San Isidro para que lo escuchasen los que no le habían oído tocar.


mvf.

lunes, 14 de mayo de 2018

La feria




Cada dos o tres semanas la molinera y su hijo bajaban al pueblo para vender en la feria los sacos de  harina que habían obtenido con la molienda del grano de cereal, pues en la mayoría de las veces cobraban en pago una porción de la harina molida - era costumbre cobrar una doceava parte de la harina conseguida después de moler el grano - usaban para ello un carro tirado por la burra que tenían en la casa.  Después, con los beneficios obtenidos de la venta de la harina, compraban productos de los que no podían abastecerse mediante la huerta y el corral que tenían en la casa o cualquier otra cosa necesaria para continuar con la vida que madre e hijo llevaban en el molino.


La feria del pueblo tenía lugar en un viejo robledal al que sin más delimitación se accedía a través de un arco de piedra centenario de cuatro metros de altura y anchura suficiente para pasar por debajo del los carros y el ganado. Una vez se cruzaba el arco se abría una pequeña explanada en la que se encontraba uno con una fuente de piedra, con cuatro caños de agua, rodeada por un estanque en el que abrevaban por turnos los animales de tiro; desde allí, avanzando, partían dos caminos de tierra: uno a la derecha de la fuente, que se extendía  bordeando la arboleda, en el que se colocaban los puestos de pulpos, con sus toldos montados, sus mesas y bancos;  enfrente de cada uno había una pulpera con su enorme perola de cobre donde se cocía el pulpo; en el otro camino, a la izquierda de la fuente, se colocaban los puestos de venta de los vendedores ambulantes que iban de lugar a lugar, de feria en feria, vendiendo aperos de labranza, cueros curtidos, simiente para el campo según la temporada ... Ambos caminos de tierra, que partían a los lados de la fuente, abrazaban la sombra de los robles centenarios bajo los que se entremezclaban los tratantes del ganado con la gente de la comarca, dandose cita allí, unos para comprar y otros para vender a buen precio los animales criados en los corrales de las haciendas.

Ese dia la feria estaba muy concurrida. La molinera y su hijo habían bajado para vender la harina acumulada y comprar unas gallinas ponedoras de huevos.
¡Max!! - le dijo la madre a su hijo - tu vete a ver que hay en la fería, que yo voy a vender la harina al almacen. Al medio día quedamos en la entrada de la feria; al lado del arco de piedra, frente a la fuente y después compramos un par de gallinas ponedoras.

El hijo asintió y los dos se separaron. 

A esas horas ya había gente apoyada en los mostradores de pino, lustrados de lavar con los cepillos de madera. Eran los primeros que habían realizado sus ventas y compras y estaban allí para celebrarlo cerrando el trato con una jarra de vino y una ración de pulpo.

La molinera se dirigió con el carro al almacén del pueblo y allí tras pesar los sacos que llevaba obtuvo por ello cuatrocientas pesetas; aunque era una cantidad nada despreciable para la epoca era un precio irrisorio pues en el mercado negro llegaba a alcanzar un precio exhorbitante, maxime cuando la harina escaseba, porque se hacia acopio de ella para ser vendida en el extranjero pues europa acababa de salir de la segunda guerra mundial.

Cuando regresó la molinera al lugar de la feria, su hijo no estaba esperandole donde habían convenido, frente a la fuente a la salida del arco de piedra. Al cabo de un rato de espera empezó a impacientarse por la tardanza de su hijo, y entonces decidió meterse en el bullicio de la fería e ir en su busqueda. Después de dar varias vueltas, la molinera encontró a su hijo, estaba metido en un corro de gente que bailaba y aplaudía al ritmo de la gaita de un hombre menudo y flaco, de barba blanca y ojos vivaraces, que tocaba en la feria por unas monedas.

Max estaba allí, junto a otras personas presentes, coreando con sus palmas el ritmo del gaitero.

Al verlo, la molinera llamó varias veces a su hijo que no se enteró de su presencia pues, sin perder de vista el gaitero y el instrumento que tocaba, estaba hipnotizado oyendo la musica de la gaita.
Su madre, ya enfadada, con gesto malhumorado, se acercó junto a él y lo cogió de la mano, y de un tirón lo sacó del corro de gente que seguía aplaudiendo y bailando alrededor del gaitero.

La molinera y su hijo volvieron al lugar donde habían quedado de encontrarse y después de recoger el carro que había quedado, con la burra atada, a la entrada de la fería, terminaron de comprar un par de gallinas camperas y tomaron el camino para el molino, dejando atras los gritos de las gentes y los buhoneros que ascendían hacia el cielo danzando al son de la melodía de la gaita que se había echo dueña del bullicio de la feria.

Al día siguiente tuvieron mucho trabajo, pues les habían traido para moler, entre trigo y centeno, una partida de sesenta fanegas de grano - la fanega, muy popular en su tiempo, como medida de peso es diferente según sea el cereal, y el lugar del que se trate; no obstante para tener una idea aproximada una fanega equivaldría a un saco de unos treinta o cuarenta kilos de grano.

Durante los siguientes dias Max se mostró ensimismado y no había ningún trabajo que pudiera distraerle de sus pensamientos, a pesar de que su madre, al verlo de esta manera, le mandaba realizar todo tipo de trabajos para entretenerlo y sacarlo de su pensamiento absorto; y así lo mando subir al tejado de la casa a cambiar las tejas rotas por donde podría entrar el agua cuando llovía, reponer el cristal agrietado de alguna ventana de la casa o picar leña para la cocina; pero su hijo languidecia con la vista perdida en el pueblo.
El domingo, dia en que por lo general no se realizaba actividad en el molino, después de la hora del mediodia, la molinera, no pudiendo soportar más la aflicción de su hijo, subió al desván de la casa y  bajó con un viejo saco de esparto lleno de polvo, que puso delante de su hijo y después de abrirlo sacó de su interior una gaita negra que durante mucho tiempo había estado olvidada en la guardilla.

- ¡Toma| - dijo entregando la gaita a su hijo - ¡tu padre era gaiteiro y tu serás también gaiteiro!.


mvf.

viernes, 30 de marzo de 2018

El molino


Llovía y por momentos las ráfagas de viento arreciaban la intensidad de la lluvia.

En el recodo del rio había construida una presa con rocas y tierra creando una pequeña laguna en la que se retenía el agua para ser utilizada por un molino. El agua tenía como única salida una acequia por la que transcurría cerca de trescientos metros para llegar al depósito del molino; allí se colaba en el interior de la construcción de piedra, por un conducto hecho de silleria, para salir por la parte inferior del molino, regresando al rio en ese lugar.
El agua salía por una abertura en la parte inferior del molino golpeando las aspas del rodezno o rodicio, haciéndolo girar con el golpe de su fueza, antes de regresar al cauce del rio. 

El rodezno y la muela de piedra que estaba en la sala del molino, se movían a la vez, pues uno y otra estaban unidos a los extremos del  un tronco de roble que como un eje vertical subía desde el nivel del rio hasta el interior de la sala del molino; el tronco pasaba por el interior del mueble del molino y por la piedra fija que descansaba encima de el, y se ensartaba en la piedra volandera a la que hacía girar esclava con la rueda con aspas que estaba en contacto con el agua.

Así, cuando escapaba el agua, al mover la rueda del molino para volver al rio, hacia girar la piedra volandera deslizándose encima de la muela fija, en la sala del molino, y al ir cayendo el grano y pasar por entre las dos lo molían convirtiéndolo en harina.

Fuera seguía lloviendo a raudales.


El molino era una construcción de piedra con tejado de pizarra y tenía en su interior la sala del molino y un  almacén donde se guardaba con llave la harina. A pocos metros del molino, unidos por un pequeño sendero de tierra encharcado por la lluvia, estaba la casa de la molinera una vivienda de planta baja, hecha también de piedra con tejado de pizarra. En el interior de esta vivienda estaba la cocina, en donde se hacía el fuego, que daba luz y calor a sus moradores; encima del fuego
colgaba una pota grande del techo; alrededor de la cocina estaban las habitaciones de los habitantes del molino. Por detrás de la casa había un pajar y un establo, donde dormían juntas una vaca y una burra, que con frecuencia se usaba para tirar de un pequeño carro con el que se bajaba hacer las compras al pueblo.
La molinera, una mujer de manos grandes, llevaba recogido el pelo con una pañoleta y estaba sentada en una pequeña banqueta de madera, frente al fuego, mientras revolvía con un cucharon de cobre en el interior de la pota donde se estaba haciendo un cocido con verdura y unto. 
Cerca de ella, con las piernas recogidas, dormitaba encima de una estera pegada al lado del fuego, el hijo de la molinera.

A la molinera en sus buenos tiempos no le habían faltado pretendientes pero ella los había desdeñado a todos. Decían las malas lenguas que una  mañana de marzo la molinera había ido a ver a la mujer que hacía de comadrona en el pueblo, con dos sacos de harina, y había regresado al molino con un niño en el regazo.

Era un joven rudo de ojos azules y pelo de color amarillento pajizo. Las gentes del lugar decían que el hijo de la molinera era hijo del trigo y que había crecido en el interior de la molinera mientras esta dormía con el ruido del agua y el golpe del triquitraque que empujaba el grano entre las muelas del molino


El hijo de la molinera creció en el molino hasta que a la edad de ocho años, por las moliendas que se había hecho sin cobrar a la casa del cura de la parroquia, fue mandado a estudiar al seminario menor, pero no tardó mucho tiempo en regresar a su lugar en el molino, pues, como habían dicho, su naturaleza no daba signo de interesarle los estudios ni la mortificación.


Fuera seguía lloviendo y en el lugar del rio donde estaba la presa el agua rebosaba escapando por encima de las piedras.

De repente la cocina se iluminó dejando ver las paredes anegradas por el humo del fuego; la obscuridad regresó acompañada del ruido del trueno y esta historia comenzó.


 mvf.

martes, 13 de febrero de 2018

era un mundo frio y viejo



Por la ventana de la clase entraba la primavera en forma de luz.
La clase, es la clase de literatura castellana de doña Matilde.

Doña Matilde es muy puntillosa y lleva cuentas de todo.
   
- ¡Marise, tienes tres faltas de asistencia!
- No puede ser profesora, este mes solo he faltado dos veces a clases.
 - ¡Tres!.

Marise desde su pupitre, sentada al lado de la ventana, se frota el mentón con la mano izquierda y mientras la vista se le escapa por la ventana para recorrer las viejas casas de piedra con balconadas y galerias de cristal que hay enfrente del colegio, trata de recordar.

- A ver, falté a clases cuando fui al dentista; el segundo miércoles del mes hice huelga... y nada más.

- ¡Pues estoy segura de que vine a clases y que falté solo dos veces, doña Matilde!

- ¡Pues piensa bien, que a mi clase no viniste tres días! - le responde la profesora sentada frente a su mesa de cerezo.

- ¿Pues usted dirá profe, por qué yo no me acuerdo?

- ¿Y no será que marchaste con alguien y no volviste?

Marise sigue haciendo memoria -  bueno, la otra semana acompañé a Luis al medico.

Doña Matilde repasa su libreta.

- Aquí está. Luis trajo justificante de haber ido al medico el jueves.
¿Y tú, trajiste justificante?
 
- ¡No! – Marise calló
 
Desde la ventana se veía el vallado que delimitaba el recinto del centro. Fuera del recinto estaba el mundo exterior. Era un mundo sin nada. Un mundo por hacer en el que había que buscar un lugar del que nos protegían con la puerta cerrada del recinto, pasada la hora de entrada al colegio.

Marise cogió el bolígrafo y escribió en su libreta:

- Era un mundo frio y viejo, cargado de ambivalencias ... que estaba por comerse a base de disgustos, y de esfuerzos, y de riñas en casa...

Sonó el timbre y todos los alumnos salieron de clases.


- ¡Ainda nos vos dixe que a clase rematou! 

Gritó quedandose sola, doña Matilde y su libreta de alumnos.



mvf.



Siento mucho no estar más aquí, pero a veces
 no puede ser.






















viernes, 12 de enero de 2018

Correos : ensayo sobre la novela de Adelaida




Dias después de nuestro ensayo sobre la novela de Adelaida recibimos correos de algunos lectores interesandose por el título de la obra en cuestión.

 Tenemos que decir que guardamos silencio sobre el nombre de la obra para evitar que se relacionase la escasa venta y difusión de lo novela de Adelaida con nuestras sanas advertencias sobre los riesgos de su lectura. 

 Desafortunadamente y a pesar de que honestamente creemos que sin la contribución de este modesto ensayo literario, la obra de Adelaida no hubiera transcendido del pequeño circulo de sus amistades; tenemos que decir, respondiendo a vuestras amables cartas y esperando no defraudaros, que en beneficio del lector nos vemos obligados a mantener el mismo criterio anterior, guardando con celo el silencio sobre el titulo de la obra, para eludir así reclamaciones que nos pudieran impedir el olvido de la novela más alla de su lectura.

Para nuestra sorpresa, algunos lectores se han interesado por la pelea que mantuvo la protagonista con los amigos de la victima. Suponemos que Adeladia hace referencia a cuando zurró a sus primos Caramalo por no haberse dejado meter un gol por su ex en un partido de fútbol local. No vamos a dar más pistas.



Algunos lectores nos han escrito preguntando por el wasapeo de los vecinos cuando aparece la policía. Pensamos que la asesina podría haber enviado a los vecinos una fake new para entretenerlos mientras llegaba el paquete mortal a su destino.

 ¿Que si la novela tendrá segunda parte? 
Aunque no sabemos en que estaría pensando Adelaida cuando escribió su obra. La respuesta es si, antes de comenzar la lectura de su obra la autora pone en conocimiento del lector que tiene en sus manos la primera edición de la novela por lo que, a más tardar, esperamos enseguida la segunda parte.


Adelaida tendrá muchos defectos pero no el de mentirosa .

 
mvf

martes, 2 de enero de 2018

Final del ensayo sobre la novela de Adelaida




Después de varios intentos, en la lectura de la novela, se descubría el móvil del crimen.

La asesina, como se describe en la novela y del mismo nombre que la autora, debía ser como Adelaida porque sus compañeros de trabajo, en la ficción, le regalan un frasco de perfume y su jefe manda poner en su puerta un ambientador de limón solo para ella.

La víctima, un joven con importantes posibilidades de ascender en la vida, acababa de ser fichado por un equipo de fútbol local con la promesa de recibir una prima de cinco euros por gol metido; había tenido durante un par de años relación con la asesina y él la había dejado después de una pelea que ella tuvo con dos de sus mejores amigos, dejando a uno de ellos K.O.
 Cuando se separaron, la víctima colgó en el facebook las fotos que ella le había mandado desde su habitación por el waspp y además fue contando a las amistades de la asesina lo mal que hablaba de cada una de ellas.

En esto yo estoy con Adelaida

"No había que ser muy perspicaza para entender los sentimientos naturales de la asesina"

La asesina ignorando lo ocurrido, queda con su mejor amiga en un bar del parque.
 Hacía sol y su luz rebotaba en las mesas metálicas, mientras ella espera tomando una horchata.
Cuando llega, su amiga se sienta frente a ella, pide otra horchata y comienzan a hablar, y cuando esta le dice:

 -Yo también hubiera preferido otra amiga, pero tu eras la que estaba siempre conmigo.

la asesina descubre lo que había hecho su ex y jura vengarse de él. 


En este momento la lectura se hace fácil y ágil, y saltando unas decenas de paginas, lo más recomendable para no volver a perderse, se llegaba al desenlace, cuando el cartero descubre a la asesina echando matarratas en una docena de pasteles y pregunta:


- ¿Para quien son esos pasteles?

- ¡Son para el perro de mi ex!

- ¡Pero tu ex no tiene perro!

O algo a así.







mvf.

martes, 26 de diciembre de 2017

3 Ensayo sobre la novela de Adelaida



La primera lectura de la novela vino de su mejor amiga, que quiso leer lo que escribió Adelaida Fuertes para criticarla.

El libro, escrito en gallego, venía lleno de faltas y además, para la perplejidad del lector, usaba palabras como fiasta o miou  porque  había sido corregido al vuelo por el linotipista, de la imprenta de Albacete, que casualmente era de Tomiño, provincia de Pontevedra.
Sorprendentemente, a pesar de lo inéditas que pudieran parecer  las palabras con las que se expresaban los personajes en la novela, frases como:
- ¡Acercate miou que hoy voy hacer una fiasta!
Se hicieron prontamente famosas en todas las fiastas.
 No obstante no vamos a profundizar aquí en el idioma original de la novela que queremos pormenorizar.

 Adelaida se había valido de notas pegadas por la paredes de la habitación, que le servían de guía para teclear sobre el papel en blanco, con una vieja maquina olivetti, durante las largas horas pasadas en su habitación. 
En algún momento, los padres habían decidido pintar la habitación de Adelaida, para darle más luz, y con ello la autora se vio obligada a despegar de la pared, las notas amarillas en las que tenía las principales ideas de la novela, para meterlas en una caja de zapatos y dejar paso a los pintores.
Cuando ya terminó de pasar la brocha y aún no se había marchada el olor de pintura de la habitación, Adelaida volvió a colocar sus notas amarillas por las paredes.
Al estar fresca la pintura, las notas se despegaron de la pared cayendo al suelo, y seguramente no fueron vueltas a ordenar debidamente, porque cuando las recogió y las iba pegando  con celo, para que no cayesen nuevamente de la pared, estaba pendiente de varias conversaciónes por el waspp.

Esto daba lugar a giros inesperados de la trama en la novela, que obligaban a reflexionar al lector:

 - ¿Me habré equivocado leyendo?

reflexiones que se iban repitiendo según se avanzaba en la lectura:

-¡Pero si la historia empezaba de otra manera!


El misterio en la novela comienza en las primeras hojas del libro. 

La victima no se había muerto, la habían matado echando matarratas en unos chorizos que recibió por paquete exprés. 

Al llegar a la casa del cadáver, la policía se encontró con una fuerte oposición  de los probables testigos a colaborar porque todo el mundo tenía un teléfono móvil en la mano. Cuando se les amenazaba, todos declaraban lo mismo:  alrededor de las horas en que se cometió el asesinato, estaban mirando para sus móviles, wasseando. 

Surgen los primeros momentos de misterio de la novela:

¿ quien o quienes estaban al otro lado del teléfono?

En el siguiente capitulo se da paso a la escena, en la casa funeraria, antes de trasladar a la víctima para su descanso final en el cementerio y, por falta de experiencia de Adelaida Fuertes en la novelas detectivescas, se desvela quien es la asesina, porque es la única que se presenta maquillada al velatorio de la víctima.



mvf.