viernes, 24 de abril de 2020

la gata 3 - final

El rata empezó a fumar muy temprano; vendía cigarrillos en el recreo de clases para pagarse su vicio y ganó el nombre por el que le conoció todo el mundo.

Cuando fue expulsado del colegio se levantaba a media mañana. Siempre se le pegaron las sabanas en la piel pero en algún momento dejó de oír los gritos de su madre.
Desayunaba y marchaba para fumar a la salida del colegio con sus ex-compañeros. 
Era bueno para gestionar lo poco que tenían en el fondo de sus bolsillos y poder fumar unos porros y eso …
Compraba librillos de papel, y siempre estaba el rata para pedírselo, a cambio de fumar él también.

El rata descubrió pronto que en el trapicheo podía obtener algún beneficio. Ahora vendía la china para poder hacer un porro y daba gratis el papel para liar; fumando él también. 

Le seguían tres jóvenes que habían seguido el mismo camino en el colegiro que él. Fumaban juntos y deambulaban por los alrededores del vecindario y se daban la compañía que necesitaban para ser felices en el barrio de extrarradio donde crecían.

Pero el rata no era como ellos, el rata sabía obtener beneficios.

 Cuando el rata descubrió la heroína ...

El salto lo dio con uno de sus amigos, que era primo de alguien, que conocía a alguien que trabajaba en las bateas, o eso, y al que le podían comprar heroína a mejor precio y menos adulterada. Aunque él cortaba la droga en su casa, para recuperar el dinero invertido y hacer mayor su beneficio.

El rata se paseaba por el parque del barrio con un perro mestizo, cruce de mastín y pastor alemán; y después de cerciorarse que la gente que venía a comprar droga no iban a dar problemas, mientras uno de sus amigos vigilaba, otro de ellos se acercaba en bici para recoger el dinero y más tarde aparecía el tercero, en otra bici, entregando las papelinas pagadas. Lo habían sacado de algún videojuego.

Eran los tiempos de la heroína.

Los tres amigos no tuvieron suerte. Uno de ellos falleció de una sobredosis. Otro desapareció sin saber nadie de su paradero, aunque alguna gente decía que lo habían matado de una paliza, y lo habían tirado al mar. El tercero seguía hoy en día con el rata, con su cara cruzada por un navajazo en una reyerta de drogas.



Cuando regresó de la cárcel, el rata volvió a su misma rutina, levantándose tarde por las mañanas y después de termniar de desayunar, salía a pasear con un Rottweiler, cogido con una correa metálica; el barrio en el que había crecido apenas había cambiado. Por las tardes iba al pub cerca del barrio, y allí pasaba un par de horas, sentado en su esquina habitual, con su perro musculoso y bravucón, tumbado a sus pies, mirando mal encaradamente a los presentes. Después de unas cervezas marchaba hasta el parque de su barrio, y allí, sin ninguna prisa, mientras su perro corría, sin que nadie se atreviera a molestarles, se fumaba un peta antes de regresar para casa. El vecindario tenía miedo al rata y a la memoria de muerte que había tras él.



Eran las nueve y, a pesar de la hora de la cena, la gente había empezado a llegar al pub. El rata también había llegado, estaba en su esquina con su jarra de cerveza y su perro, acostado a sus pies, con su mirada peligrosa siguiendo todo lo que se movía a su alrededor. Después de cambiar de música, el barman fue a poner una caña para uno de los clientes recién llegados, y cuando tiró del grifo para llenar la jarra empezó a salir espuma de cerveza por su boca. Se había terminado el barril. Sin más perder tiempo, dejó la jarra sobre el fregadero que había, escondido de la vista bajo el mostrador, y después de desenganchar el barril vacío del surtidor de cerveza salió de la barra con el. Al abrir la puerta del patio para cambiarlo por otro lleno, la gata asomó la cabeza en el interior del pub, con sus pupilas agrandadas para ver en la penumbra del local. Cuando el Rottweiler la vio,  se echó a correr, desde la esquina en que estaba con su amo, hacia ella, para atraparla con sus fuertes mandíbulas y mostrar su fiereza, zarandeándola en el aire hasta romperle el espinazo; pero la gata, al verle venir, saltó de donde estaba y las mandíbulas del perro se cerraron en el vacío. Entonces este se dio media vuelta para saber a dónde había ido a parar su presa y al ver que estaba a unos metros frente a el, se abalanzó de nuevo hacia ella, pero la gata burló otra vez sus fauces. De nuevo volvió a atacarla, pero esta vez la gata saltó encima del perro. Ahora el perro, ante la sorpresa de la gente, que se apartaban a toda prisa para dejar lugar a la pelea giraba sobre si mismo y brincaba por el local para zafarse la gata de encima, pero por más que lo intentó la gata permaneció encima de el, con sus uñas hundidas profundamente sobre su lomo, hasta que finalmente, agotado, se rindió. Entonces, la gata se soltó del perro y de un salto acabó encima de la mesa del rata, quien al ver a su perro, manso y humillado, respirando agitadamente, con la lengua fuera colgando a un lado de su enorme boca, se irguió para golpear a la gata; pero esta después de arañarle la mano de un zarpazo, se encaramó sobre él y de un último salto acabó encima del mostrador de la cervecería, paseándose, ufana, con su cola inhiesta. Entonces, el rata, cogiéndose la mano que sangraba abundantemente pues en su arañazo la zarpa de la gata había debido rasgarle alguno de los vasos sanguíneos de su mano, al ver las miradas burlonas que le echaban los presentes, avergonzado por la humillación recibida, salió huyendo del local, empujando a puntapiés a su perro.



Ese día se celebró con varias rondas de cerveza la victoria de la gata y la huida del rata,

 La puerta estaba abierta esperando que salieran los últimos clientes; y la persiana de hierro del exterior, levantada poco más de dos palmos del suelo, impedía la entrada al local advirtiendo a los de fuera de que ya habían cerrado,

Al ver que mi compañero terminó, apuré la bebida de un solo trago y después de pagar hice una señal de partir y nos dirigimos a la salida. El barman salió de la barra y vino tras nosotros para subir a media altura la persiana del local, lo suficiente para que pudiéramos salir agachando la cabeza. Mientras salíamos, la gata asomó la cabeza a la calle, a nuestros pies, para respirar el aire fresco del exterior. 

Nos despedimos y al empezar a bajar la persiana, regresó corriendo hacia el interior del local. Echamos a caminar, calle arriba, en dirección al aparcamiento, próximo a la estación de trenes.

El coche estaba, encima de uno de los rectángulos solitarios pintados de blanco en el suelo. 

Cuando nos pusimos en marcha empezó a sonar en la radio del salpicadero del coche, el rey del blues.

Paramos para ver el océano y al bajar las ventanillas, el aire entró dentro del coche; era húmedo y salitrado, como la soledad de la noche.

- Me acercas hasta casa?

- ¡Si!; Pronto va amanecer.

El coche se puso en marcha, en dirección al final de la avenida, para ser engullido por la niebla densa que llegaba del océano.


No hay nada perfecto, ni siquiera la verdad.

jueves, 19 de marzo de 2020

La gata. 2


 La música, era un oleaje embravecido de ritmo y voces, que lo llenaba todo, y el barman se entendía a gritos con los clientes, mientras llenaba jarras de cerveza, hasta cubrir el final de espuma.

La gata estaba acurrucada encima de unos periódicos viejos, donde el mostrador remataba contra la pared y colgaba un cuadro con la foto de algún músico de jazz; parecía dormir, pero sus ojos, brillantes en la penumbra del local, nos miraban. Quise acariciarla, pero al ver mi intención, se levantó y saltó al interior de la barra, lejos de mí.

Auto lavado para mascotas.

La tienda funcionó bastante bien, durante los primeros meses de apertura en el barrio. El negocio iba de viento en popa y había que pedir cita previa para llevar los animales de compañía a lavar, cortarse las uñas, o hacer peluquería. Eran los buenos tiempos de la ciudad, antes de la crisis de los astilleros; después la economía se desplomó y la gente empezó a llevar a su mascota y a no regresar para recogerla.

                                           " Se venden gatos montaraces"

Una mañana apareció un nuevo letrero. Era una idea original y un buen recurso para protegerse de las ratas que subían de las cloacas por la noche, a comer en la basura, y como la crisis lo empezaba a invadir todo. Los dueños, un matrimonio de Argentina y Pontedeume, habían invertido lo poco que tenían en la tienda, y no estaban dispuestos a rendirse. Fueron tirando.

Parecía una cosa de mil que ocurren diariamente. Una mañana el periódico contó la siguiente noticia: había fallecido alguien en la calle y los transeúntes le habían robado lo que llevaba encima. Sin documentación tardaron en reconocerle. Era del barrio; vivía en un 7º f, de uno de los edificios ... Pero el barrio, ya golpeado por la crisis, se volvió aún más gris, y los días de negocio empeoraron. Fue, cuando antes de asfixiarse con las deudas, decidieron echar el cierre. Al abrirse la cancilla, corredera plegable de hierro, que protegía la puerta de la entrada del negocio, la mayor parte de las pertenencias de la tienda ya habían quedado empaquetadas del día anterior. No tardó en llegar la furgoneta que tenían, con sus rótulos de publicidad a los lados; aparcó con dificultad enfrente de la tienda. Bajó el conductor, entró, y él, y la mujer que terminaba de abrir y esperaba su llegada, empezaron a sacar las cajas de cartón en las que habían recogido las pertenencias de la tienda, para meterlas en la parte de atrás del vehículo.

Ya solo quedaban, pegada a una pared encalada de blanco, al lado derecho de la entrada de la tienda, las jaulas, en las que, pese al ruido, ajenos a lo que ocurría, dormían algunos gatos dentro de ellas. El hombre abrió sus puertas, para que salieran y escapasen, pero apenas se molestaron en abrir sus ojos. El pequeño mundo en el que vivían enjaulados no les había dejado traspasar lo que pasaba en la tienda. Impacientado, empujó la estantería en las que descansaban las jaulas, haciéndolas caer al suelo; pero los animales, que despertaron sobresaltados por el estrépito de la caída, en vez de salir y escapar, aturdidos y sin comprender lo que había ocurrido, se acurrucaron en el interior de sus jaulas. Entonces cogió una escoba cercana a él, y comenzó a dar fuertes golpes encima de las jaulas para que saliesen de sus jaulas y escapasen por la puerta abierta de la calle. No iba perder tiempo con ellos.

Finalmente, los animales salieron de sus jaulas y echaron a correr por el interior del local. Al verse acosado, uno de ellos se abalanzó sobre el hombre para defenderse y arañarlo, con sus uñas, pero recibió una fuerte patada que lo lanzó contra la pared y cayó agonizante en el suelo. Los otros gatos, al ver lo ocurrido, escaparon por la salida abierta a la calle, y uno de ellos, un gato de pelo largo y atigrado, al querer cruzar al otro lado de la calle, fue atropellado en su huida por los coches que circulaban en ese momento. Delante de la furgoneta, aparcada enfrente de la tienda, había un taxi, parado que esperaba por alguien; cuando la gata se encontró en el exterior, al ver lo ocurrido al otro gato, en vez de echarse a cruzar la calle, buscó refugio corriéndose y escondiéndose, debajo del taxi.

Vio llegar unos pies, la puerta se abrió y estos desaparecieron acompañados del portazo de la puerta al cerrar.

La gata escapaba, ya, por debajo de otros coches, hasta que se detuvo, cincuenta metros calle abajo, a la altura de unos contenedores de basura. Arrimados a los contenedores, habían quedado, sin recoger de la noche anterior, un montón de cartones de embalaje. Al verlos salió debajo del coche en que estaba y se escondió entre ellos, le parecía un lugar seguro; desde allí, ya más tranquila, con la cabeza gacha, pegada al suelo, y las orejas tiesas, para escuchar todo lo que pasaba alrededor; vio por primera vez este mundo desconocido, al que había salido hoy. En la calle, los coches subían y bajaban, había nacido en la tienda y no conocía más mundo que las cuatro paredes de su jaula, y solo conocía el tráfico por un ruido sordo que empezaba a las seis de la mañana y continuaba ronroneado hasta el comienzo de la noche, cuando empezaba a decrecer; y veía por primera, vez los edificios enormes de la ciudad, sin saber que peligros se podía encontrar.

Oyó el ruido que hizo al levantarse la persiana que guardaba el acceso a un pub; oculta entre los cartones, cambió de posición para no perderse detalle de lo que ocurría en esa dirección.

La persiana estaba entreabierta, lo suficiente para mostrar que el pub estaba cerrado a la gente. Pero terminó de abrirse para salir un hombre llevaba, apiladas en una carretilla, cajas de botellas vacías. Pasó cerca de ella.

Apenas se veía el interior del pub, pero la obscuridad que ofrecía, le hizo pensar que seguramente allí podría esconderse mejor.  Esperó hasta que el hombre se alejó lo suficiente y al tener la certeza de que no había ningún peligro echó a correr para allí.

Tan pronto entró se fue a esconder entre uno de los sillones del local y una mesa de cristal, en la que reposaban aún algunos vasos vacíos del día anterior.  El interior del pub era un mundo oscuro, con las paredes impregnadas de un olor rancio y dulzón, de bebida y tabaco, apenas iluminado por una bombilla que había dejado encendida el hombre al salir. Desde donde estaba, apartada de la barra, había una puerta entreabierta que mostraba la claridad del día, al ver la claridad del día que asomaba por ella, se lanzó de nuevo a la carrera y después de cruzar entre su resquicio, llegó a un pequeño patio, utilizado de almacén, donde se guardaban las cajas de bebidas y los barriles de cervezas. Oyó algunas voces distantes que llegaban hasta ella, pero al aguzar el oído para escuchar con más claridad, oyó de nuevo el ruido de la carretilla y el hombre, dentro del local que terminaba de cruzar para llegar a donde estaba. La gata se escondió precipitadamente, entre las cajas que había en el patio, que ofrecían muchas posibilidades para ocultarse.

El hombre apareció con una torre de cajas llenas de bebida. Y sin descargar, dejó la carretilla, arrimada a la pared, a un lado de la puerta, se dio media vuelta y desapareció de nuevo cerrando la puerta del patio tras él.

La gata levantó la cabeza para ver el nuevo lugar al que terminaba de llegar, y vio que por encima de ella, perdido en la altura, había un trocito de cielo azul, húmedo y lúgubre, prisionero de cuatro paredes irregulares, con sus ventanucos que asomaban al patio, y se elevaban hasta el piso cuarenta y cuatro.



Había conseguido escapar





mvf















lunes, 30 de diciembre de 2019

La gata -1

Pequeña historía  escuchando  ...
En el local la luz raya la penumbra; suena un blues lento y grave, y la poca gente que había eramos nosotros dos y el camarero.
Levanto mi copa y deslizo en la boca un trago frio y picante de alcohol; después paladeo su sabor mientras doy vueltas con el hielo, dentro del liquido cristalino y amarillo, en el vaso.
Escucho la musica.
 Una trompeta chillona, vuela sobre el fondo ritmico del bajo y la bateria, como si fuera una gaviota que vuela solitaria sobre el atlantico. El piano, que la estaba oyendo en silencio, echa a volar tras ella; repitiendo sus notas, remarcando el batir de sus alas que se eschucha sobre el aire marino, pero la trompeta le ignora; es una dama solitaria. Él la quiere cortejar, pero esta hace burla de él. Después de una larga voluta sonora la trompeta calla: el piano abatido lamenta su ausencia; él es el rey de la noche ahora y llora con notas cristalinas su amor no correspondido. Sigue la musica, y se escucha como sus lagrimas se rompen llenando de estrellas un cielo sin Luna sobre la noche del atlántico. Las estrellas caen sobre las olas, que producen en unisona hermandad, el bajo y la bateria, mientras la noche se apaga.
La trompeta, que se había quedado dormida hasta ahora, bosteza su aburrimiento y empieza a hablar en una sexualidad distinta; hasta que todo queda en silencio.

¿Bueno, y ahora que podemos a hacer?
- Es muy tarde. Parece que estos quieren cerrar
- ¿Quien te espera en casa?
- Ya es muy tarde
- ¿Donde podemos ir?
- No creo que encontremos ya nada abierto. Mejor nos vamos a casa. 
Dejaron sus sillas, que estaban pegadas cerca de la barra.

Una gata de color chocolate saltó encima del mostrador y se paseó ronroneando. mientras uno de ellos pedía la cuenta para pagar.
Había estado durmiendo encima del cojín de uno de los sillones pegados a la pared, detras, de ellos; o eso parecía que había estado haciendo mientras ellos bebían.

Con el ruido del cierre de la caja, que estaba detras de dos grifos surtidores de cerveza, alargados como el cuello de una oca, de ceramica blanca llena de tatuajes de color azul de prusia; la gata saltó hacia la puerta para asomar la cabeza a la calle.

No había ningún movimiento en la noche de la ciudad.
Cuando se encaminaron a la puerta, la gata se apartó para dejarles salir.
Salieron a la calle. Hacia frio y soledad, y el aire marino llegaba hasta ellos.
Se levantaron los cuellos de sus chaquetas y miraron para atras.
La gata había desaparecido, corriendo hacia el interior del local.


a mis amigos

mvf

lunes, 4 de noviembre de 2019

El rescate - Final - 6melquiades

Cuando se aproximaban a la altura de la casa del herrero, el veterinario creyó que melquiades le llevaba a a la casa de sus amos; entonces adelantó al perro y paró con la moto delante de la casa, y después de aparcar frente a ella fue a llamar a la puerta para enterarse de lo que podía haber ocurrido. Pero antes de que pulsase el timbre, el perro, que venía corriendo detras de él, se interpuso ante la puerta impidiendo que lo hiciese No era allí donde tenían que ir y además no podía despertar a sus amos, que lo podían dejar sin volver a salir.

- ¿Pero este perro que rayos querrá?

Estaba claro, el animal le llevaba a alguna parte pero no era a la casa del herrero. No tenía más remedio que seguir tras el para ver a donde quería conducirle.

Ahora iban más aprisa. El perro delante y el veterinario, en su moto, detrás. Finalmente llegaron a la finca de la campanera. Allí, melquiades se puso al lado de la valla, mostrando al veterinario por donde tenía que pasar; tendrían que continuar a pie por el otro lado. El veterinario cogió el bolso de cuero con las herramientas medicas de su oficio, y separando los alambres de espino de la valla pasó para el interior, sin preocuparle invadir la propiedad de la campanera, a altas horas de la noche, convencido de que algo grave debía estar ocurriendo dentro. 

Cuando llegaron al gallinero y vío al zorro, en la extraña posición en que había quedado atascado después haber estado forcejando por el hueco por el que pretendía salir, el veterinario abrió sus ojos sorprendido; entendiendo en ese mismo momento por que le habían ido a buscar.

- Desde luego, el perro del herrero era un animal de sorpresas.

Posó su bolso en el suelo y se aproximó con cautela, no fuera que recibiera una dentellada en la mano; pero el zorro comprendía bien que estaba allí para sacarle del apuro y, sin hacer ningún movimiento, dejó que el hombre se acercase a el e inspeccionase el agujero en el que había quedado atascado.

Tras varias intentos, haciendo palanca con un palo en una de las tablas de la pared del gallinero, el veterinario consiguió que esta cediera y sacar al zorro de su prisión, tirando de el, de una de las patas, sin que este recibiera ningún daño.

Sin echarse a escapar inmediatamente, el zorro, animal salvaje y huidizo, se dejó acariciar por la mano que le había ayudado, mientras esta, inspeccionaba en su cuerpo si tenía alguna herida o algún hueso roto; cuando esta terminó lamio la mano del veterinario. Y después de reponerse del susto, y desentumecerse su cuerpo y sus huesos de haber estado tanto tiempo atorado boca arriba, echó a andar alejandose en dirección a la carretera.

Acto seguido, melquiades dió dos sonoros ladridos, en señal de agradecimiento, despidiéndose también del veterinario, para seguir al zorro.

 Después de tomar varios senderos por el que se acortaban las distancias, melquiades y el zorro, llegaron al lugar donde tienen la frontera los animales del bosque con los del pueblo. Allí se detuvieron y se miraron mutuamente. Entonces el zorro se acercó a Melquiades, y restregó su cuerpo contra el perro, para impregnarlo con su olor; lo cual quería decir, en el idioma de los animales, que cualquier zorro que lo oliese a lo lejos, sabría que melquiades había socorrido a un congénere en apuros y en cualquier sitió que fuese, que se viese en problemas,  melquiades sería ayudado por los zorros. Y al terminar de despedirse, el uno en persecución del otro, bajo la luz de la Luna, echaron a correr como era su costumbre; oyéndose los ladridos en la noche, que daban prueba de como melquiades defendía que nadie se acercase a la frontera de los animales. Por su parte, el veterinario regresó a su clínica, y decidió no contar nunca esta historia, en la que había librado al zorro de pagar con una buena tunda el festín que se había dado en el gallinero de la campanera; no por que nadie le fuera a creer sino para que no le reclamasen a él, el pago de las gallinas devoradas en el menú.

La luz del sol fue entrando por el firmamento devolviendo a la tierra sus colores: el primero en regresar fue el azul de la lejanía seguido del azul del verde de los árboles en las montañas; tras ellos se iluminó, el marrón de los campos segados y el amarillo naciente del otoño, en los verdes arboles del valle; el rojo de los tejados de las casas y el blanco de las volutas de humo, de las cocinas que se empezaban a encender, al nacer el día.

 

mvf

miércoles, 23 de octubre de 2019

los dos hermanos - 5melquiades

Trás varios intentos, arañando el suelo con sus patas alrededor del zorro, melquiades comprendió que por más que lo intentase no iba conseguir nada, así que decidió marchar en busca de ayuda.
El tiempo apuraba. Regresó al sitio por donde había entrado, y arrastrandose por debajo de la alambrada volvió al otro lado de la valla; después continuó en dirección al pueblo.
¿Pero a quien iba a pedir ayuda?
Iría a la clinica veterinaria. Allí siempre había alguien para atender alguna urgencia: un parto de una vaca ...
Cuando llegó aún se veía luz dentro, a traves de la puerta de cristal de la entrada de la clinica; pero la puerta estaba cerrada y se puso a ladrar para que le oyesen.
Al poco, asomó tras la puerta, una mujer joven, en bata, que miraba a traves del cristal quien podía estar montando el escandalo a esas horas de la noche; y se sorprendió al ver frente de ella, en la calle un perro, que la miraba fijamente, jadeante, con la lengua fuera. Abrió la puerta para ver que le pasaba al perro, pero melquiades, sin más, entró para dentro de la clinica. El no necesitaba ninguna ayuda, el lo que venía era a buscar al veterinario para llevarlo junto al zorro.  La mujer agarró una revista de encima del mostrador, de la entrada de la clinica, y fue tras él, que había ido directamente, hacia el interior, donde el veterinario hacía las curas de sus pacientes; para echar al perro de la clinica.
Con los ladridos que daba melquiades y la riña de la mujer, que quería echarlo, los animales que había esa noche empezaron a gritar también, en sus voces, y entonces apareció el veterinario.
Al verlo, melquiades le dió dos ladridos y se sentó en el suelo, esperando la atención del veterinario.
- ¿Pero a este animal que le pasa?- preguntó a la mujer
- No sé. Tal vez este queriendo decir algo.

El veterinario dió dos palmadas con su mano, y señaló la puerta para que marchase, pero Melquiades no se iba ir sin la ayuda que venía buscando; así que, incorporandose de su posición, le respondió dando dos ladridos de nuevo, ahora para que entendiese que fuese trás el.

-¿Pasará alguna cosa?- se preguntó el veterinario extrañado.

Finalmente, pensando en esos animales heroicos que salvan la vida de personas ... el veterinario decidió ir a ver a donde le quería llevar el perro.

- Será mejor que veamos a donde nos lleva. No es la primera vez que los perros salvan a sus amos; y este es el perro del herrero, que ya salvó a la Vicenta de estar perdida en el monte. - * como ya se contó, melquiades había encontrado, perdida en el monte, a la hermana de la madre del abogado.

- Pero te vas?- preguntó la mujer.

- Si, voy coger la moto y voy ir tras el, a ver donde me lleva.

Y después de vestirse; el veterinario se despidió de su mujer, metió algunas cosas en un bolso de cuero que llevaba siempre a sus visitas, y en un ciclomotor, semejante al de los repartidores de las pizzas; marchó detras de melquiades a ver a donde le llevaba.

mvf

martes, 15 de octubre de 2019

la campanera -4melquiades

La zarza apareció por su huerta, para recoger unas lechugas, y al oir los balidos vió que a la cabra,  subida al techo del tractor que estaba en el camino, y a los perros que le ladraban desde abajo; y creyendo que estaban atacando a la cabra, regreso corriendo a casa y llamó por telefono a la campanera para decirle que dos perros asilvestrados trataban de comerse a su cabra y que esta se había encaramado al capó de un tractor, que estaba en el campo, para salvarse del ataque de los perros.
No tardó en aparecer la campanera en el lugar; venía por la carretera, apurada, en zapatillas y en ropa de estar en casa, con un mandilon por encima. Y un bastón de madera, lleno de nudos, que terminaba en un cepellón del tamaño del puño de un hombre, para repeler el ataque; no sabemos si el bastón tenía nombre propio, como midehuesos, o tientalomos, pero aún sin nombre y aunque el resultado de su uso pudiera depender de la habilidad, fuerza y suerte del que lo llevase a la lid; el bastón con su sola presencia era capaz de poner emergencia para aclarar, discernir, discurrir, debatir ... cualquier dificultad que existiese. Damos por hecho que era veterano en más de un asunto de la casa de la campanera, y el salvar a la cabra del ataque de dos perros asilvestrados, era un buen motivo para su aparición. Cuando llegó, los dos perros ya se habían marchado, por que al hacerseles la hora cada uno se fue para acompañar a su ganado de regreso a sus casas, y el único contratiempo que tuvo que resolver la campanera fue bajar a su cabra de encima del tractor, pues no quería bajar de su posición privilegiada desde la que miraba a todo el mundo por encima de sus cabezas. Finalmente la cabra bajó de su podío y la campanera le ató una cuerda y marchó con ella para casa. 
Iban de regreso por la carretera: la cabra balando de su aventura y la campanera agitando, cada cinco pasos, el bastón en el aire, mostrando lo que le habría hecho a los dos perros si los hubiera pillado; o tal vez fuera, que protestaba el bastón por haber salido de casa para nada.
No se sabe por quien fue, que la campanera se enteró de que los dos perros habían sido melquiades y su hermano, pastor; tan pronto se enteró de la autoría, se dirigió a casa del herrero para dar queja del ataque que había sufrido su cabra por melquiades y después de despotricar todo lo que quiso, se dirigió a casa de los de la labrada para soltar la bilis que le quedaba sobre pastor. En las dos casas se le atendieron con respeto y benevolencia sus quejas, en memoría de los difuntos.
Como no quedó conforme, la campanera denunció a melquiades y pastor, al juez de paz, para que condenase a los amos a internarlos en una clinica para animales, por acoso a su cabra.
Melquiades, tenía a su favor, el haber encontrado a una anciana del pueblo, que había pasado una noche durmiendo a la intemperie al extraviarse de regreso a su casa, y que precisamente era hermana de la madre de mejor abogado del pueblo y enterandose de este asunto se personó en casa del herrero para devolverle el favor.
El abogado le dió la vuelta a la tortilla planteando la cosa desde otra perspectiva: dijo que los perros, eran buenos cuidadores de sus respectivos rebaños, y lejos de estar acosando a la cabra estaban afeando a la cabra su mala conducta, después de verla subida encima del tractor, pues esta, a espaldas de su ama, invadía la huertas de los vecinos para comer uvas y fruta fermentada en el suelo, que había caido de los árboles, por sus efectos poco favorables.  El juez de paz acordó librar a los perros de ir a una clinica para animales, pero aprovechando la ocasión de poder disminuir el alboroto nocturno que producían los perros en la noche de Luna llena, y para contentar a las dos partes,  también decidió que melquiades y pastor, no podrían estar sueltos a la vez; así una semana los dias con r estaría atado uno, mientras el otro, esos mismo dias estaría libre para pasear; los dias con s de la semana, sería al reves; y la semana venidera estaría preso los dias con r el que había estado libre, la semana anterior.


Melquiades recordaba como ladraba a la Luna con su hermano y como por culpa de la campanera no volverían a pasear juntos por la noche. Este es el motivo de la inquina de melquiades hacia la campanera y por lo que decidió buscar una ayuda que quitara al zorro del apuro en que se encontraba y vengarse así de ella.


mvf.

lunes, 7 de octubre de 2019

la cabra - 3melquiades

La campanera tenía una cabra, con manchas negras y rojas, mal acostumbrada, que escapaba a la huertas de los vecinos y devoraba a su antojo los brotes que hubiese, sin hacerle ascos a ningún tipo de planta del sembrado. Los hortelanos que la padecían estaban muy molestos por este hecho, pero nadie se atrevía a dar queja a la campanera: no fuera que esta, contrariada, cuando tocaba para llamar a las misas que se pagaban para los difuntos, se vengara delatando en su tañir, que este o cual difunto no había realizado ninguna de las buenas obras que decía el cura en la misa; preferían que el tañir de las campanas acompañasen las buenas obras por las que se había pagado para que se dijeran sobre el difunto en el responso, y no mostrasen alegría como cuando falleció don Sebastián el cacique que no se quería morir.

Una tarde en que el rebaño de la mujer del herrero y las ovejas de los de la labrada fueron llevadas a pastar en prados vecinos; melquiades y su hermano pastor, después de darse unos saludos, oliendose y dando vueltas alrededor uno del otro, decidieron ir a beber y mojarse, en el agua fresca y cristalina del rio, mientras los rebaños comían libremente, la hierba.

Viniendo de regreso del rio, descubrieron a la cabra de la campanera, que había escapado y estaba devorando en la huerta de una de las zarzas, y como sabían de las andanzas del animal caprino; porque tambíen la habían padecido en sus feudos y fueron reñidos por ello, acusandolos injustamente de no haber cuidado debidamente los sembrados de sus amos; los perros decidieron aprovechar la ocasión para enseñar buenos modales a la cabra. Cuando la cabra vió que se dirigían hacia ella,  intuyendo que la cosa iba para disgusto, se puso en fuga y saltando la valla de la huerta fue a parar a la carretera. Los perros, al ver el peligro que corría, decidieron aparcar para otro momento la lección que pretendían darle, y sacarla de la carretera antes de que fuera atropellada por algún vehiculo.

En un instantes los dos estaban ladrando alrededor de la cabra, para que saliese de la carretera; pero esta, sin entender que los perros, con sus ladridos, querían decirle que saliese de la carretera antes de que viniese cualquier vehiculo, trató de defenderse propinando un cabezazo a quien pillase. Pero los dos corrían dando circulos, y cuando enfilaba a uno, el compañero aparecía por el otro lado. Después de varios intentos fallidos, la cabra decidió echar a correr hacía un tractor próximo, aparcado en el arcén de la carretera, y de dos saltós se encaramó encima del techo de metal, que protege el asiento del conductor de la lluvía y el sol; desde allí, al sentirse segura, mirando con sus ojos rectangulares a los dos perros, que daban vueltas alrededor del tractor esperando que bajase, comenzó a burlarse de ellos, con sus balidos, por haber conseguido escaparse.

mvf.

martes, 24 de septiembre de 2019

el gallinero de la campanera -2melquiades

Pero los gemidos seguían oyéndose; entonces Melquiades, con cuidado de no arañarse con el alambre de espino, pasó al otro lado de la finca arrastrándose por debajo de la alambrada; una vez dentro, continuó, ahora con cautela, en busqueda del origen de las llamadas de auxilio, que le iban conduciendo al gallinero de la campanera.

Al llegar allí descubrió que quien pedía  ayuda era su archienemigo el zorro, que se había quedado atascado boca arriba, con la cabeza para fuera, en el hueco por el que entraba en el gallinero.

No tardó en comprender lo que había ocurrido: el zorro, amparado en la obscuridad, se había metido por la noche en el gallinero y después de darse el festín zampando varias gallinas, no había vuelto a poder pasar su cuerpo, con su panza llena, para salir por el agujero por donde había entrado, y de tanto forcejear había quedado de esa forma, atascado con la cabeza fuera, boca arriba. 

Al ver los ojos lastimeros con que le miraba el zorro, comprendió enseguida que a su archienemigo solo le quedaba esperar que la campanera fuera por la mañana al gallinero y lo moliese a palos, cuando lo encontrase allí prisionero y descubriera su fechoría.

A salvo que ocurriese algún milagro. 

Pero Melquiades le debía una a la campanera y ahora era la ocasión de desquitarse. Así que decidió que iba hacer todo lo posible para ayudar al zorro. 

mvf.


domingo, 8 de septiembre de 2019

Una historia de Melquiades -1melquiades

Iba por la carretera, agitando sus largas orejas de un lado al otro mientras caminaba, y al llegar a la altura del puente, melquiades, el perro del herrero, se desvió para tomar el sendero, por el que antiguamente bajaban los pescadores al rio. Se fue abriendo paso, con su hocico, entre la maleza que había invadido el camino, y al llegar a la orilla, se metió en el rio, en un lugar poco profundo despejado de espadañas, y con la Luna reflejandose frente a él, empezó a beber copiosamente dando profundas lambetadas en el agua.
Las ondas producidas, mientras bebìa, se fueron acreciendo en la superficie del agua a medida que se alejaban hacía el interior del rio, e hicieron mecerse  la Luna en su reflejo. 
Cuando calmó, su sed regresó a tierra firme y continuó con su trote, por la ribera del rio hasta llegar, a un pequeño recodo, donde había un campo en el que la hierba crecía abundantemente por la próximidad del agua. Melquiades entró en el prado y se echó sobre la hierba que se extendía como una alfombra blanda y humeda, por el suelo, estirando sus patas y posando su barriga sobre ella, para refrescarse del calor de la noche del verano.
A su alrededor, en la noche, revoloteban los mosquitos y un sin fin de insectos más; en el rio se oyó el chapoteo de una trucha que acababa de saltar en el agua, mientras se detenía por un instante el persistente croar de la ranas. 
Acostó su grueso hocio y aspiró fuertemente, hasta llenar sus pulmones con el olor de la hierba.
Un joven autillo, posado en la rama de uno de los árboles de la ribera, que vigilaba la noche, dió una voz en la obscuridad advirtiendo al intruso que había invadido sus dominios.
Melquiades giró el cuerpo sobre si mismo, para restregarse con su espalda por el suelo e impregnar su pelo marrón pajizo, largo y rudo, con el olor de la hierba. Al terminar se volvió a incorporar quedando en la misma posición que antes.

La luna y el cielo estrellado estaba encima de él, mientras los murcielagos volaban encima de su cabeza, cazando su alimento en la noche llena de vida. 

Estuvo sobre la hierba, oliendo el aire que tanto le gustaba, hasta que notó el frio de la noche; entonces se levantó, arqueó su cuerpo, y con una sacudida que empezó en la cabeza y acabó sobre su cola, moviendose de derecha a izquierda rapidamente, se quitó los restos de hierba y tierra que tenía pegados en su pelo.

Vovió a la orilla del rio, sus gruesos pies, que antes pisaban sobre la hierba humeda, notaron ahora la arena del suelo; el rió donde hacía un pequeño recodo hacía allí una pequeña playa de arena fluvial; se puso a trotar de nuevo, trás él se oyó la voz del autillo: un corto chillido agudo, quien sabe lo que le decía al verlo alejarse de su territorio.

 Melquiades regresó al sendero por el que había bajado de la carretera. Iba al trote, feliz de su paseo nocturno, cuando al llegar a la altura de las casas próximas al cementerio, oyó unos gemidos lastimeros que llamaron su atención. Cambió su rumbo en dirección a donde procedían los gemidos.

El alambre de los lindes de la finca de donde procedían los gemidos le detuvo. Los gemidos venían de dentro de la propiedad de la campanera.

Estuvo un instante pensativo; no debía meterse en las fincas de los demás salvo que quisiera buscarse problemas. Pero los gemidos continuaban oyendose: seguramente alguién podría estar necesitando ayuda. ¿ y que dirían de él si se supiese que había estado allí y él no hubiera hecho nada?

mvf


lunes, 1 de julio de 2019

El final

Cuando se acercó al cuerpo tirado en el suelo de la cocina, la gata manchó sus pies con la sangre que había alrededor del muerto. Se detuvo y levantó una de sus patas delanteras, llevándola a la boca para lamerse y limpiarse; cuando descubrió lo dulce y golosa que era la sangre humana se puso a lamer la sangre que había alrededor del muerto. Una vez se hubo saciado, maulló un par de veces ante el asesino de sus hijos, ronroneando por su triunfo; después, de un saltó, se subió al alfeizar de la ventana de la cocina, y de ahí saltó para para fuera de la casa. 

El aire de la noche era fresco y el cielo negro brillaba con un color plateado.
Caminaba a la orilla de la carretera, empachada por el sabor de la sangre humana con la que terminaba de llenar su panza, y sin darse de cuenta del coche que se aproximaba a toda velocidad, la gata se metió en la carretera cruzando para el otro lado: seguramente tomó esa dirección para coger un sendero de los animales que bajaba al río.

El conductor trató de esquivar a la gata pero después de pasar por encima del animal, que reventó como un globo lleno que esparció su sangre en medio de la carretera; lo único que consiguió fue perder el control del vehículo; tras recorrer una decena de metros, dando eses sin control, terminó chocando brutalmente contra un viejo olmo, fuera de la carretera, y con el impacto del choque salió disparado de su asiento, rompiendo el parabrisas, quebrando su cuerpo mortalmente contra el árbol que terminaba de chocar.


A primera hora de la mañana, el panadero bajaba de su horno con la furgoneta llena del pan horneado por la noche, para hacer el reparto, y fue el primero que se encontró el coche accidentado. Se detuvo a unos metros del accidente y se acercó junto al coche destrozado contra el árbol; el cuerpo del conductor estaba tirado del otro lado de su coche, por lo que que no se podía ver desde la carretera; cuando el panadero descubrió al conductor muerto, regresó a la furgoneta, cogió el teléfono móvil que estaba en el salpicadero, encima de una libreta blanca donde llevaba la contabilidad de los panes que dejaba y que cobraba al fin de mes, y marcó el número de la policía. No tardaron en llegar. Después de enseñarles donde estaba el conductor muerto, esperó a que le tomasen declaración: el solo había encontrado el coche y descubierto el muerto; no había sido testigo del accidente ni sabía nada de lo ocurrido.
Después de terminar su declaración ya no le necesitaban. Apurado por el tiempo que había perdido, se despidió de los agentes para hacer su reparto; montó en su furgoneta y arrancó deteniéndose unos metros más adelante, frente a la casa de la ministra; bajó y se dirigió a la casa, pues había acordado, todos los días, a primera hora de la mañana, dejar dos bollitos y una barra pequeña; pero no estaba la bolsa de tela que le dejaban colgada en el pomo de la puerta, donde metía dentro el pan. Llamó al timbre y esperó; no respondió nadie a su llamada, y como había hecho otras veces se fue por la parte de atrás de la vivienda para mirar si había alguien levantado en la casa, a través de la ventana de la cocina; y desde fuera, descubrió al hijo de la ministra tirado en un charco de sangre en el suelo.

El panadero regresó al sitio del accidente, para contar a la policía su nuevo descubrimiento. En el lugar ya había llegado más gente: estaba la guardia civil de trafico y había parado también la furgoneta blanca de los hombres que arreglaban el tejado de la iglesia, y otras personas que se habían detenido a curiosear. 

Y así se conoció también lo ocurrido en la casa.
Ese día, con la conmoción que produjo esta historia se comió más tarde en el pueblo por que el panadero, tuvo que ir contando lo pasado en la casa de la ministra; dando detalles y señas de todo lo que sabía, y así el repartó del pan terminó pasadas las cinco de la tarde.


El domingo siguiente, las zarzas, las decanas del pueblo, se sentaron un poco antes en el banco del crucero de la iglesia a la hora de la misa y dijeron que esto se pudo haber evitado si la hija de la bruja, que era la que estaba viviendo de alquiler en la casa de la ministra, se hubiera acordado de llevar con ella la gata negra cuando se mudó para la casa que compró al final del pueblo.

 mvf.


lunes, 24 de junio de 2019

la noche

Regresó a la cama pero a pesar de su cansancio continuaba tirado encima de las sabanas, con los ojos cerrados y sudoroso, sin poder dormir.
La niebla obscura había vuelto y con ella regresó el zumbido de la mosca, dando vueltas dentro de la obscuridad. Quería huir, pero sus manos no podían moverse, ni sus piernas correr para alejarse. Ese desasosiego de no poder escapar le perturbaba, le lastima y le  producía cada vez más dolor mientras sentía como se ahogaba en el interior de la obscuridad.
Abrió los parpados para conseguir escapar; por la ventana de la habitación entraba una luz mortecina del exterior; sus ojos estaban vidriosos. llenos de venillas hinchadas. 
Se irguió de la cama y salió de la habitación. Fue a la cocina. Allí buscó un cuchillo. El de filetear la carne asada le pareció más apropiado, lo cogió y salió de la cocina, con el en la mano.
Cuando entró en la habitación, su madre roncaba, semidestapada. Le tapó la boca antes de  darle la primera cuchillada; odiaba que le estuviera besando continuamente. Sus ojos se abrieron sorprendidos sin poder decir palabra; solo podía ver como subía y bajaba el cuchillo que tenía su hijo en la mano, y sentir el dolor de las heridas que le iba abriendo en su pecho.
 En la habitación de su hermana repitió la misma operación, pero esta vez usó una almohada para taparle la cara y no ver la mirada de estupor de sus ojos al recibir las primeras cuchilladas. 
Esta vez todo fue más rápido y al terminar se sentó en la cama, a su lado, hasta que el cuerpo de su hermana se enfrió.
Regresó a la cocina manchado de sangre. Tiró el cuchillo al pilón del fregadero y abrió el grifo. Un chorro de agua cayó sobre sus manos arrastrando la sangre por el desagüé. Cuando el color rojo desapareció, cerró el grifo y se secó las manos con el trapo de la cocina.
 Quería tomar un vaso de leche, pero al ir a abrir la puerta de la nevera, la gata se cruzó entre sus piernas haciéndole caer. No sabía de donde había aparecido.
 Trató de echar las manos hacía delante para frenar su caída, pero solo vió con sus ojos como iba contra la mesa la la cocina. No pudo evitar el golpe que su frente dio contra la esquina de la mesa.
Cuando recuperó el conocimiento estaba tirado en el suelo, sin poder moverse. La sangre manaba a borbotones por la herida de su cabeza. Intentó levantarse, pero no podía mover sus manos; ni sus piernas le respondían. Sus ojos estaban abiertos pero la niebla obscura regresó igual, y con ella el zumbido que le había estado enloqueciendo, dando vueltas dentro de su cabeza, pero se fue muriendo poco a poco hasta poderse oír únicamente el débil latido de su corazón que se ahogó en la obscuridad.
Todo quedó en silencio.



mvf




martes, 18 de junio de 2019

la corriente del rio

Al terminar, se levantó la madre de la mesa y besó a su hijo en la cabeza como despedida de buenas noches. La hermana continuó sentada al lado de él, sin decir palabra entre los dos, viendo la tele que había en la cocina, encima del frigorífico.
Pasado un tiempo también ella se levantó y se marchó.
-Hasta mañana. Cuando te vayas deja deja recogida la mesa- sobre la mesa quedaba una botella de cerveza y las mondas de un peladillo que acababa de comer- no tardes mucho en ir a acostarte - fue su despedida.
Continuó un rato más frente al televisor; cogió la cerveza y tomó un trago; por lo general se acostaba más tarde estuviese la televisión encendida o apagada.
A veces daba vueltas alrededor de la mesa de la cocina, una mesa de nogal, donde se sentaban los tres para hacer juntos todas las comidas del día.
Cuando decidió irse para la cama, su hermana y su madre ya hacía rato que estaban dormidas.
Entró en la habitación, se quitó el albornoz que llevaba puesto y se tiró encima de la cama.
Era media noche y apenas había algún movimiento en el exterior: algún coche solitario que pasaba de vez en cuando y una hoja de periódico que arrastró el viento hasta que se detuvo, abrazando con su pequeño cuerpo, el pie del tronco de un árbol próximo a la carretera.
Llevaba más de una hora intentando dormirse pero un zumbido había aparecido poco a poco, era como si una mosca volase dando vueltas en el interior de su cabeza, impidiendole conciliar el sueño.

Decidió levantarse de la cama y empezó a dar vueltas por la habitación.
Acercó su cabeza al cristal de la ventana cerrada y miró para el exterior; la negrura de la calle estaba escasamente iluminaba por una farola de forja.
Recordó los gatitos del río.
A primera hora de la mañana, en el desayuno, su madre y su hermana le dijeron que había que hacer algo con los gatos del garaje. Eso fue todo. Cuando regresó para su habitación; se vistió para dar el paseo por el camino del río. Desde que vino de la Coruña había empezado a hacer el mismo recorrido todos los dias, una vez por la mañana y otra vez por la tarde; salía de casa y empezaba a caminar hasta que llegaba al camino del río, después continuaba, cruzaba un puente y seguía por el camino, ladera arriba, hasta llegar a una pequeña fuente de agua que por lo general estaba seca desde los meses de verano; luego daba la vuelta y regresaba. Pero antes de salir por la mañana fue primero al garaje, llevando una bolsa de plástico para coger los gatitos que la gata había dejado escondidos: estaban detrás de unas cajas de cartón, en las que habían traído pertenencias de la Coruña.
Eran siete. Los fue metiendo uno a uno en la bolsa de plástico; tenían aún sus ojos cerrados y apenas protestaron con débiles maullidos.
Salió de la casa con la bolsa en la mano y empezó a caminar. Al llegar a la altura del puente del río se acercó a la barandilla de madera y dejó caer la bolsa al agua.
Flotó como una extraña embarcación de plástico que se fue hundiendo mientras lo arrastraba la pequeña corriente del río, hasta que los gatitos se ahogaron.

mvf



jueves, 6 de junio de 2019

los regresados

Regresaron la primera semana de octubre, en un turismo azul cargado de maletas.
 - ¡Por fin llegamos! - exclamó la hija cuando se detuvieron delante de la casa de la ministra, habían tenido que dar varios rodeos para llegar.
Bajaron del coche.
-¡Hija, la casa está como siempre!- exclamó la madre. 
El hijo abrió el maletero para sacar un par de pesadas maletas y siguió detrás de su madre y su hermana, que caminaban en dirección a la casa. 
Al abrir la vieja puerta de la entrada un aire gélido les dió en la cara. 
- ¡Lo primero, abrir todas las ventanas para que se airee la casa! - dijo la hija, sorprendida por el olor rancio y mohoso, de la corriente de aire, que acababa de recibir.

Al día siguiente llegó un camión cargado de muebles viejos, y dos hombres fornidos, que pasaron todo el día descargando y metiendo los muebles dentro de la casa, dejaron enterados a los  curiosos que tanto ajetreo era debido a que los nuevos vecinos venían de la Coruña y eran del pueblo; y habían regresado para quedarse.
Al cabo de unos dias , el panadero, en el reparto, dijo que le habían pedido que dejara pan en casa de la ministra, y se había enterado que los de la Coruña eran familia de la ministra, y habían regresado para vivir en el pueblo, al marchar la inquilina que vivía en ella y quedar libre la casa.
Resumiendo: la madre de los regresados era hija de la ministra, "el mote le venía a la familia, porque la ministra había sido sirvienta en la casa del cura, donde se encargaba de los conejos y las ovejas de la rectoral; y alguien había comentado que todo iba muy bien hasta que llegado un tiempo, para evitar habladurías, el cabeza de familia de la parroquia había tenido que deshacerse de la gobernantaduría* de la rectoral abriendo una mercería en la Coruña. 
La hija de la ministra había sido la última regenta del negocio puesto por su tío abuelo, y al haberse jubilado traspasó la mercería y decidieron venirse a vivir para el pueblo; porque la hija de la bruja, que les tenía la casa de la ministra alquilada, se había mudado a la casa nueva, que había comprado. 

Las zarzas se fueron toda una tarde, para estar sentadas en el banco del cruce que está al lado del puente; porque después de su llegada se vió pasear por allí, con las manos cogidas por detrás de la espalda y la cabeza gacha cejijunto, el hijo, osea el nieto de la ministra, y aunque pasó varias veces por delante de donde estaban ellas, sin pararse para hablar ni saludar a las decanas de la región, las zarzas confirmaron que este tenía la misma nariz y un peculiar andar, ladeando su cadera a los lados, idéntico al andar del antiguo cura del pueblo; aunque se veía que le faltaba un soplo.



continuara.

No rae. La uso como trajimaneje o trapicheo que desgobierna.