lunes, 30 de diciembre de 2019

La gata -1

Pequeña historía  escuchando  ...
En el local la luz raya la penumbra; suena un blues lento y grave, y la poca gente que había eramos nosotros dos y el camarero.
Levanto mi copa y deslizo en la boca un trago frio y picante de alcohol; después paladeo su sabor mientras doy vueltas con el hielo, dentro del liquido cristalino y amarillo, en el vaso.
Escucho la musica.
 Una trompeta chillona, vuela sobre el fondo ritmico del bajo y la bateria, como si fuera una gaviota que vuela solitaria sobre el atlantico. El piano, que la estaba oyendo en silencio, echa a volar tras ella; repitiendo sus notas, remarcando el batir de sus alas que se eschucha sobre el aire marino, pero la trompeta le ignora; es una dama solitaria. Él la quiere cortejar, pero esta hace burla de él. Después de una larga voluta sonora la trompeta calla: el piano abatido lamenta su ausencia; él es el rey de la noche ahora y llora con notas cristalinas su amor no correspondido. Sigue la musica, y se escucha como sus lagrimas se rompen llenando de estrellas un cielo sin Luna sobre la noche del atlántico. Las estrellas caen sobre las olas, que producen en unisona hermandad, el bajo y la bateria, mientras la noche se apaga.
La trompeta, que se había quedado dormida hasta ahora, bosteza su aburrimiento y empieza a hablar en una sexualidad distinta; hasta que todo queda en silencio.

¿Bueno, y ahora que podemos a hacer?
- Es muy tarde. Parece que estos quieren cerrar
- ¿Quien te espera en casa?
- Ya es muy tarde
- ¿Donde podemos ir?
- No creo que encontremos ya nada abierto. Mejor nos vamos a casa. 
Dejaron sus sillas, que estaban pegadas cerca de la barra.

Una gata de color chocolate saltó encima del mostrador y se paseó ronroneando. mientras uno de ellos pedía la cuenta para pagar.
Había estado durmiendo encima del cojín de uno de los sillones pegados a la pared, detras, de ellos; o eso parecía que había estado haciendo mientras ellos bebían.

Con el ruido del cierre de la caja, que estaba detras de dos grifos surtidores de cerveza, alargados como el cuello de una oca, de ceramica blanca llena de tatuajes de color azul de prusia; la gata saltó hacia la puerta para asomar la cabeza a la calle.

No había ningún movimiento en la noche de la ciudad.
Cuando se encaminaron a la puerta, la gata se apartó para dejarles salir.
Salieron a la calle. Hacia frio y soledad, y el aire marino llegaba hasta ellos.
Se levantaron los cuellos de sus chaquetas y miraron para atras.
La gata había desaparecido, corriendo hacia el interior del local.


a mis amigos

mvf

lunes, 4 de noviembre de 2019

El rescate - Final - 6melquiades

Cuando se aproximaban a la altura de la casa del herrero, el veterinario creyó que melquiades le llevaba a a la casa de sus amos; entonces adelantó al perro y paró con la moto delante de la casa, y después de aparcar frente a ella fue a llamar a la puerta para enterarse de lo que podía haber ocurrido. Pero antes de que pulsase el timbre, el perro, que venía corriendo detras de él, se interpuso ante la puerta impidiendo que lo hiciese No era allí donde tenían que ir y además no podía despertar a sus amos, que lo podían dejar sin volver a salir.

- ¿Pero este perro que rayos querrá?

Estaba claro, el animal le llevaba a alguna parte pero no era a la casa del herrero. No tenía más remedio que seguir tras el para ver a donde quería conducirle.

Ahora iban más aprisa. El perro delante y el veterinario, en su moto, detrás. Finalmente llegaron a la finca de la campanera. Allí, melquiades se puso al lado de la valla, mostrando al veterinario por donde tenía que pasar; tendrían que continuar a pie por el otro lado. El veterinario cogió el bolso de cuero con las herramientas medicas de su oficio, y separando los alambres de espino de la valla pasó para el interior, sin preocuparle invadir la propiedad de la campanera, a altas horas de la noche, convencido de que algo grave debía estar ocurriendo dentro. 

Cuando llegaron al gallinero y vío al zorro, en la extraña posición en que había quedado atascado después haber estado forcejando por el hueco por el que pretendía salir, el veterinario abrió sus ojos sorprendido; entendiendo en ese mismo momento por que le habían ido a buscar.

- Desde luego, el perro del herrero era un animal de sorpresas.

Posó su bolso en el suelo y se aproximó con cautela, no fuera que recibiera una dentellada en la mano; pero el zorro comprendía bien que estaba allí para sacarle del apuro y, sin hacer ningún movimiento, dejó que el hombre se acercase a el e inspeccionase el agujero en el que había quedado atascado.

Tras varias intentos, haciendo palanca con un palo en una de las tablas de la pared del gallinero, el veterinario consiguió que esta cediera y sacar al zorro de su prisión, tirando de el, de una de las patas, sin que este recibiera ningún daño.

Sin echarse a escapar inmediatamente, el zorro, animal salvaje y huidizo, se dejó acariciar por la mano que le había ayudado, mientras esta, inspeccionaba en su cuerpo si tenía alguna herida o algún hueso roto; cuando esta terminó lamio la mano del veterinario. Y después de reponerse del susto, y desentumecerse su cuerpo y sus huesos de haber estado tanto tiempo atorado boca arriba, echó a andar alejandose en dirección a la carretera.

Acto seguido, melquiades dió dos sonoros ladridos, en señal de agradecimiento, despidiéndose también del veterinario, para seguir al zorro.

 Después de tomar varios senderos por el que se acortaban las distancias, melquiades y el zorro, llegaron al lugar donde tienen la frontera los animales del bosque con los del pueblo. Allí se detuvieron y se miraron mutuamente. Entonces el zorro se acercó a Melquiades, y restregó su cuerpo contra el perro, para impregnarlo con su olor; lo cual quería decir, en el idioma de los animales, que cualquier zorro que lo oliese a lo lejos, sabría que melquiades había socorrido a un congénere en apuros y en cualquier sitió que fuese, que se viese en problemas,  melquiades sería ayudado por los zorros. Y al terminar de despedirse, el uno en persecución del otro, bajo la luz de la Luna, echaron a correr como era su costumbre; oyéndose los ladridos en la noche, que daban prueba de como melquiades defendía que nadie se acercase a la frontera de los animales. Por su parte, el veterinario regresó a su clínica, y decidió no contar nunca esta historia, en la que había librado al zorro de pagar con una buena tunda el festín que se había dado en el gallinero de la campanera; no por que nadie le fuera a creer sino para que no le reclamasen a él, el pago de las gallinas devoradas en el menú.

La luz del sol fue entrando por el firmamento devolviendo a la tierra sus colores: el primero en regresar fue el azul de la lejanía seguido del azul del verde de los árboles en las montañas; tras ellos se iluminó, el marrón de los campos segados y el amarillo naciente del otoño, en los verdes arboles del valle; el rojo de los tejados de las casas y el blanco de las volutas de humo, de las cocinas que se empezaban a encender, al nacer el día.

 

mvf

miércoles, 23 de octubre de 2019

los dos hermanos - 5melquiades

Trás varios intentos, arañando el suelo con sus patas alrededor del zorro, melquiades comprendió que por más que lo intentase no iba conseguir nada, así que decidió marchar en busca de ayuda.
El tiempo apuraba. Regresó al sitio por donde había entrado, y arrastrandose por debajo de la alambrada volvió al otro lado de la valla; después continuó en dirección al pueblo.
¿Pero a quien iba a pedir ayuda?
Iría a la clinica veterinaria. Allí siempre había alguien para atender alguna urgencia: un parto de una vaca ...
Cuando llegó aún se veía luz dentro, a traves de la puerta de cristal de la entrada de la clinica; pero la puerta estaba cerrada y se puso a ladrar para que le oyesen.
Al poco, asomó tras la puerta, una mujer joven, en bata, que miraba a traves del cristal quien podía estar montando el escandalo a esas horas de la noche; y se sorprendió al ver frente de ella, en la calle un perro, que la miraba fijamente, jadeante, con la lengua fuera. Abrió la puerta para ver que le pasaba al perro, pero melquiades, sin más, entró para dentro de la clinica. El no necesitaba ninguna ayuda, el lo que venía era a buscar al veterinario para llevarlo junto al zorro.  La mujer agarró una revista de encima del mostrador, de la entrada de la clinica, y fue tras él, que había ido directamente, hacia el interior, donde el veterinario hacía las curas de sus pacientes; para echar al perro de la clinica.
Con los ladridos que daba melquiades y la riña de la mujer, que quería echarlo, los animales que había esa noche empezaron a gritar también, en sus voces, y entonces apareció el veterinario.
Al verlo, melquiades le dió dos ladridos y se sentó en el suelo, esperando la atención del veterinario.
- ¿Pero a este animal que le pasa?- preguntó a la mujer
- No sé. Tal vez este queriendo decir algo.

El veterinario dió dos palmadas con su mano, y señaló la puerta para que marchase, pero Melquiades no se iba ir sin la ayuda que venía buscando; así que, incorporandose de su posición, le respondió dando dos ladridos de nuevo, ahora para que entendiese que fuese trás el.

-¿Pasará alguna cosa?- se preguntó el veterinario extrañado.

Finalmente, pensando en esos animales heroicos que salvan la vida de personas ... el veterinario decidió ir a ver a donde le quería llevar el perro.

- Será mejor que veamos a donde nos lleva. No es la primera vez que los perros salvan a sus amos; y este es el perro del herrero, que ya salvó a la Vicenta de estar perdida en el monte. - * como ya se contó, melquiades había encontrado, perdida en el monte, a la hermana de la madre del abogado.

- Pero te vas?- preguntó la mujer.

- Si, voy coger la moto y voy ir tras el, a ver donde me lleva.

Y después de vestirse; el veterinario se despidió de su mujer, metió algunas cosas en un bolso de cuero que llevaba siempre a sus visitas, y en un ciclomotor, semejante al de los repartidores de las pizzas; marchó detras de melquiades a ver a donde le llevaba.

mvf

martes, 15 de octubre de 2019

la campanera -4melquiades

La zarza apareció por su huerta, para recoger unas lechugas, y al oir los balidos vió que a la cabra,  subida al techo del tractor que estaba en el camino, y a los perros que le ladraban desde abajo; y creyendo que estaban atacando a la cabra, regreso corriendo a casa y llamó por telefono a la campanera para decirle que dos perros asilvestrados trataban de comerse a su cabra y que esta se había encaramado al capó de un tractor, que estaba en el campo, para salvarse del ataque de los perros.
No tardó en aparecer la campanera en el lugar; venía por la carretera, apurada, en zapatillas y en ropa de estar en casa, con un mandilon por encima. Y un bastón de madera, lleno de nudos, que terminaba en un cepellón del tamaño del puño de un hombre, para repeler el ataque; no sabemos si el bastón tenía nombre propio, como midehuesos, o tientalomos, pero aún sin nombre y aunque el resultado de su uso pudiera depender de la habilidad, fuerza y suerte del que lo llevase a la lid; el bastón con su sola presencia era capaz de poner emergencia para aclarar, discernir, discurrir, debatir ... cualquier dificultad que existiese. Damos por hecho que era veterano en más de un asunto de la casa de la campanera, y el salvar a la cabra del ataque de dos perros asilvestrados, era un buen motivo para su aparición. Cuando llegó, los dos perros ya se habían marchado, por que al hacerseles la hora cada uno se fue para acompañar a su ganado de regreso a sus casas, y el único contratiempo que tuvo que resolver la campanera fue bajar a su cabra de encima del tractor, pues no quería bajar de su posición privilegiada desde la que miraba a todo el mundo por encima de sus cabezas. Finalmente la cabra bajó de su podío y la campanera le ató una cuerda y marchó con ella para casa. 
Iban de regreso por la carretera: la cabra balando de su aventura y la campanera agitando, cada cinco pasos, el bastón en el aire, mostrando lo que le habría hecho a los dos perros si los hubiera pillado; o tal vez fuera, que protestaba el bastón por haber salido de casa para nada.
No se sabe por quien fue, que la campanera se enteró de que los dos perros habían sido melquiades y su hermano, pastor; tan pronto se enteró de la autoría, se dirigió a casa del herrero para dar queja del ataque que había sufrido su cabra por melquiades y después de despotricar todo lo que quiso, se dirigió a casa de los de la labrada para soltar la bilis que le quedaba sobre pastor. En las dos casas se le atendieron con respeto y benevolencia sus quejas, en memoría de los difuntos.
Como no quedó conforme, la campanera denunció a melquiades y pastor, al juez de paz, para que condenase a los amos a internarlos en una clinica para animales, por acoso a su cabra.
Melquiades, tenía a su favor, el haber encontrado a una anciana del pueblo, que había pasado una noche durmiendo a la intemperie al extraviarse de regreso a su casa, y que precisamente era hermana de la madre de mejor abogado del pueblo y enterandose de este asunto se personó en casa del herrero para devolverle el favor.
El abogado le dió la vuelta a la tortilla planteando la cosa desde otra perspectiva: dijo que los perros, eran buenos cuidadores de sus respectivos rebaños, y lejos de estar acosando a la cabra estaban afeando a la cabra su mala conducta, después de verla subida encima del tractor, pues esta, a espaldas de su ama, invadía la huertas de los vecinos para comer uvas y fruta fermentada en el suelo, que había caido de los árboles, por sus efectos poco favorables.  El juez de paz acordó librar a los perros de ir a una clinica para animales, pero aprovechando la ocasión de poder disminuir el alboroto nocturno que producían los perros en la noche de Luna llena, y para contentar a las dos partes,  también decidió que melquiades y pastor, no podrían estar sueltos a la vez; así una semana los dias con r estaría atado uno, mientras el otro, esos mismo dias estaría libre para pasear; los dias con s de la semana, sería al reves; y la semana venidera estaría preso los dias con r el que había estado libre, la semana anterior.


Melquiades recordaba como ladraba a la Luna con su hermano y como por culpa de la campanera no volverían a pasear juntos por la noche. Este es el motivo de la inquina de melquiades hacia la campanera y por lo que decidió buscar una ayuda que quitara al zorro del apuro en que se encontraba y vengarse así de ella.


mvf.

lunes, 7 de octubre de 2019

la cabra - 3melquiades

La campanera tenía una cabra, con manchas negras y rojas, mal acostumbrada, que escapaba a la huertas de los vecinos y devoraba a su antojo los brotes que hubiese, sin hacerle ascos a ningún tipo de planta del sembrado. Los hortelanos que la padecían estaban muy molestos por este hecho, pero nadie se atrevía a dar queja a la campanera: no fuera que esta, contrariada, cuando tocaba para llamar a las misas que se pagaban para los difuntos, se vengara delatando en su tañir, que este o cual difunto no había realizado ninguna de las buenas obras que decía el cura en la misa; preferían que el tañir de las campanas acompañasen las buenas obras por las que se había pagado para que se dijeran sobre el difunto en el responso, y no mostrasen alegría como cuando falleció don Sebastián el cacique que no se quería morir.

Una tarde en que el rebaño de la mujer del herrero y las ovejas de los de la labrada fueron llevadas a pastar en prados vecinos; melquiades y su hermano pastor, después de darse unos saludos, oliendose y dando vueltas alrededor uno del otro, decidieron ir a beber y mojarse, en el agua fresca y cristalina del rio, mientras los rebaños comían libremente, la hierba.

Viniendo de regreso del rio, descubrieron a la cabra de la campanera, que había escapado y estaba devorando en la huerta de una de las zarzas, y como sabían de las andanzas del animal caprino; porque tambíen la habían padecido en sus feudos y fueron reñidos por ello, acusandolos injustamente de no haber cuidado debidamente los sembrados de sus amos; los perros decidieron aprovechar la ocasión para enseñar buenos modales a la cabra. Cuando la cabra vió que se dirigían hacia ella,  intuyendo que la cosa iba para disgusto, se puso en fuga y saltando la valla de la huerta fue a parar a la carretera. Los perros, al ver el peligro que corría, decidieron aparcar para otro momento la lección que pretendían darle, y sacarla de la carretera antes de que fuera atropellada por algún vehiculo.

En un instantes los dos estaban ladrando alrededor de la cabra, para que saliese de la carretera; pero esta, sin entender que los perros, con sus ladridos, querían decirle que saliese de la carretera antes de que viniese cualquier vehiculo, trató de defenderse propinando un cabezazo a quien pillase. Pero los dos corrían dando circulos, y cuando enfilaba a uno, el compañero aparecía por el otro lado. Después de varios intentos fallidos, la cabra decidió echar a correr hacía un tractor próximo, aparcado en el arcén de la carretera, y de dos saltós se encaramó encima del techo de metal, que protege el asiento del conductor de la lluvía y el sol; desde allí, al sentirse segura, mirando con sus ojos rectangulares a los dos perros, que daban vueltas alrededor del tractor esperando que bajase, comenzó a burlarse de ellos, con sus balidos, por haber conseguido escaparse.

mvf.

martes, 24 de septiembre de 2019

el gallinero de la campanera -2melquiades

Pero los gemidos seguían oyéndose; entonces Melquiades, con cuidado de no arañarse con el alambre de espino, pasó al otro lado de la finca arrastrándose por debajo de la alambrada; una vez dentro, continuó, ahora con cautela, en busqueda del origen de las llamadas de auxilio, que le iban conduciendo al gallinero de la campanera.

Al llegar allí descubrió que quien pedía  ayuda era su archienemigo el zorro, que se había quedado atascado boca arriba, con la cabeza para fuera, en el hueco por el que entraba en el gallinero.

No tardó en comprender lo que había ocurrido: el zorro, amparado en la obscuridad, se había metido por la noche en el gallinero y después de darse el festín zampando varias gallinas, no había vuelto a poder pasar su cuerpo, con su panza llena, para salir por el agujero por donde había entrado, y de tanto forcejear había quedado de esa forma, atascado con la cabeza fuera, boca arriba. 

Al ver los ojos lastimeros con que le miraba el zorro, comprendió enseguida que a su archienemigo solo le quedaba esperar que la campanera fuera por la mañana al gallinero y lo moliese a palos, cuando lo encontrase allí prisionero y descubriera su fechoría.

A salvo que ocurriese algún milagro. 

Pero Melquiades le debía una a la campanera y ahora era la ocasión de desquitarse. Así que decidió que iba hacer todo lo posible para ayudar al zorro. 

mvf.


domingo, 8 de septiembre de 2019

Una historia de Melquiades -1melquiades

Iba por la carretera, agitando sus largas orejas de un lado al otro mientras caminaba, y al llegar a la altura del puente, melquiades, el perro del herrero, se desvió para tomar el sendero, por el que antiguamente bajaban los pescadores al rio. Se fue abriendo paso, con su hocico, entre la maleza que había invadido el camino, y al llegar a la orilla, se metió en el rio, en un lugar poco profundo despejado de espadañas, y con la Luna reflejandose frente a él, empezó a beber copiosamente dando profundas lambetadas en el agua.
Las ondas producidas, mientras bebìa, se fueron acreciendo en la superficie del agua a medida que se alejaban hacía el interior del rio, e hicieron mecerse  la Luna en su reflejo. 
Cuando calmó, su sed regresó a tierra firme y continuó con su trote, por la ribera del rio hasta llegar, a un pequeño recodo, donde había un campo en el que la hierba crecía abundantemente por la próximidad del agua. Melquiades entró en el prado y se echó sobre la hierba que se extendía como una alfombra blanda y humeda, por el suelo, estirando sus patas y posando su barriga sobre ella, para refrescarse del calor de la noche del verano.
A su alrededor, en la noche, revoloteban los mosquitos y un sin fin de insectos más; en el rio se oyó el chapoteo de una trucha que acababa de saltar en el agua, mientras se detenía por un instante el persistente croar de la ranas. 
Acostó su grueso hocio y aspiró fuertemente, hasta llenar sus pulmones con el olor de la hierba.
Un joven autillo, posado en la rama de uno de los árboles de la ribera, que vigilaba la noche, dió una voz en la obscuridad advirtiendo al intruso que había invadido sus dominios.
Melquiades giró el cuerpo sobre si mismo, para restregarse con su espalda por el suelo e impregnar su pelo marrón pajizo, largo y rudo, con el olor de la hierba. Al terminar se volvió a incorporar quedando en la misma posición que antes.

La luna y el cielo estrellado estaba encima de él, mientras los murcielagos volaban encima de su cabeza, cazando su alimento en la noche llena de vida. 

Estuvo sobre la hierba, oliendo el aire que tanto le gustaba, hasta que notó el frio de la noche; entonces se levantó, arqueó su cuerpo, y con una sacudida que empezó en la cabeza y acabó sobre su cola, moviendose de derecha a izquierda rapidamente, se quitó los restos de hierba y tierra que tenía pegados en su pelo.

Vovió a la orilla del rio, sus gruesos pies, que antes pisaban sobre la hierba humeda, notaron ahora la arena del suelo; el rió donde hacía un pequeño recodo hacía allí una pequeña playa de arena fluvial; se puso a trotar de nuevo, trás él se oyó la voz del autillo: un corto chillido agudo, quien sabe lo que le decía al verlo alejarse de su territorio.

 Melquiades regresó al sendero por el que había bajado de la carretera. Iba al trote, feliz de su paseo nocturno, cuando al llegar a la altura de las casas próximas al cementerio, oyó unos gemidos lastimeros que llamaron su atención. Cambió su rumbo en dirección a donde procedían los gemidos.

El alambre de los lindes de la finca de donde procedían los gemidos le detuvo. Los gemidos venían de dentro de la propiedad de la campanera.

Estuvo un instante pensativo; no debía meterse en las fincas de los demás salvo que quisiera buscarse problemas. Pero los gemidos continuaban oyendose: seguramente alguién podría estar necesitando ayuda. ¿ y que dirían de él si se supiese que había estado allí y él no hubiera hecho nada?

mvf


lunes, 1 de julio de 2019

El final

Cuando se acercó al cuerpo tirado en el suelo de la cocina, la gata manchó sus pies con la sangre que había alrededor del muerto. Se detuvo y levantó una de sus patas delanteras, llevándola a la boca para lamerse y limpiarse; cuando descubrió lo dulce y golosa que era la sangre humana se puso a lamer la sangre que había alrededor del muerto. Una vez se hubo saciado, maulló un par de veces ante el asesino de sus hijos, ronroneando por su triunfo; después, de un saltó, se subió al alfeizar de la ventana de la cocina, y de ahí saltó para para fuera de la casa. 

El aire de la noche era fresco y el cielo negro brillaba con un color plateado.
Caminaba a la orilla de la carretera, empachada por el sabor de la sangre humana con la que terminaba de llenar su panza, y sin darse de cuenta del coche que se aproximaba a toda velocidad, la gata se metió en la carretera cruzando para el otro lado: seguramente tomó esa dirección para coger un sendero de los animales que bajaba al río.

El conductor trató de esquivar a la gata pero después de pasar por encima del animal, que reventó como un globo lleno que esparció su sangre en medio de la carretera; lo único que consiguió fue perder el control del vehículo; tras recorrer una decena de metros, dando eses sin control, terminó chocando brutalmente contra un viejo olmo, fuera de la carretera, y con el impacto del choque salió disparado de su asiento, rompiendo el parabrisas, quebrando su cuerpo mortalmente contra el árbol que terminaba de chocar.


A primera hora de la mañana, el panadero bajaba de su horno con la furgoneta llena del pan horneado por la noche, para hacer el reparto, y fue el primero que se encontró el coche accidentado. Se detuvo a unos metros del accidente y se acercó junto al coche destrozado contra el árbol; el cuerpo del conductor estaba tirado del otro lado de su coche, por lo que que no se podía ver desde la carretera; cuando el panadero descubrió al conductor muerto, regresó a la furgoneta, cogió el teléfono móvil que estaba en el salpicadero, encima de una libreta blanca donde llevaba la contabilidad de los panes que dejaba y que cobraba al fin de mes, y marcó el número de la policía. No tardaron en llegar. Después de enseñarles donde estaba el conductor muerto, esperó a que le tomasen declaración: el solo había encontrado el coche y descubierto el muerto; no había sido testigo del accidente ni sabía nada de lo ocurrido.
Después de terminar su declaración ya no le necesitaban. Apurado por el tiempo que había perdido, se despidió de los agentes para hacer su reparto; montó en su furgoneta y arrancó deteniéndose unos metros más adelante, frente a la casa de la ministra; bajó y se dirigió a la casa, pues había acordado, todos los días, a primera hora de la mañana, dejar dos bollitos y una barra pequeña; pero no estaba la bolsa de tela que le dejaban colgada en el pomo de la puerta, donde metía dentro el pan. Llamó al timbre y esperó; no respondió nadie a su llamada, y como había hecho otras veces se fue por la parte de atrás de la vivienda para mirar si había alguien levantado en la casa, a través de la ventana de la cocina; y desde fuera, descubrió al hijo de la ministra tirado en un charco de sangre en el suelo.

El panadero regresó al sitio del accidente, para contar a la policía su nuevo descubrimiento. En el lugar ya había llegado más gente: estaba la guardia civil de trafico y había parado también la furgoneta blanca de los hombres que arreglaban el tejado de la iglesia, y otras personas que se habían detenido a curiosear. 

Y así se conoció también lo ocurrido en la casa.
Ese día, con la conmoción que produjo esta historia se comió más tarde en el pueblo por que el panadero, tuvo que ir contando lo pasado en la casa de la ministra; dando detalles y señas de todo lo que sabía, y así el repartó del pan terminó pasadas las cinco de la tarde.


El domingo siguiente, las zarzas, las decanas del pueblo, se sentaron un poco antes en el banco del crucero de la iglesia a la hora de la misa y dijeron que esto se pudo haber evitado si la hija de la bruja, que era la que estaba viviendo de alquiler en la casa de la ministra, se hubiera acordado de llevar con ella la gata negra cuando se mudó para la casa que compró al final del pueblo.

 mvf.


lunes, 24 de junio de 2019

la noche

Regresó a la cama pero a pesar de su cansancio continuaba tirado encima de las sabanas, con los ojos cerrados y sudoroso, sin poder dormir.
La niebla obscura había vuelto y con ella regresó el zumbido de la mosca, dando vueltas dentro de la obscuridad. Quería huir, pero sus manos no podían moverse, ni sus piernas correr para alejarse. Ese desasosiego de no poder escapar le perturbaba, le lastima y le  producía cada vez más dolor mientras sentía como se ahogaba en el interior de la obscuridad.
Abrió los parpados para conseguir escapar; por la ventana de la habitación entraba una luz mortecina del exterior; sus ojos estaban vidriosos. llenos de venillas hinchadas. 
Se irguió de la cama y salió de la habitación. Fue a la cocina. Allí buscó un cuchillo. El de filetear la carne asada le pareció más apropiado, lo cogió y salió de la cocina, con el en la mano.
Cuando entró en la habitación, su madre roncaba, semidestapada. Le tapó la boca antes de  darle la primera cuchillada; odiaba que le estuviera besando continuamente. Sus ojos se abrieron sorprendidos sin poder decir palabra; solo podía ver como subía y bajaba el cuchillo que tenía su hijo en la mano, y sentir el dolor de las heridas que le iba abriendo en su pecho.
 En la habitación de su hermana repitió la misma operación, pero esta vez usó una almohada para taparle la cara y no ver la mirada de estupor de sus ojos al recibir las primeras cuchilladas. 
Esta vez todo fue más rápido y al terminar se sentó en la cama, a su lado, hasta que el cuerpo de su hermana se enfrió.
Regresó a la cocina manchado de sangre. Tiró el cuchillo al pilón del fregadero y abrió el grifo. Un chorro de agua cayó sobre sus manos arrastrando la sangre por el desagüé. Cuando el color rojo desapareció, cerró el grifo y se secó las manos con el trapo de la cocina.
 Quería tomar un vaso de leche, pero al ir a abrir la puerta de la nevera, la gata se cruzó entre sus piernas haciéndole caer. No sabía de donde había aparecido.
 Trató de echar las manos hacía delante para frenar su caída, pero solo vió con sus ojos como iba contra la mesa la la cocina. No pudo evitar el golpe que su frente dio contra la esquina de la mesa.
Cuando recuperó el conocimiento estaba tirado en el suelo, sin poder moverse. La sangre manaba a borbotones por la herida de su cabeza. Intentó levantarse, pero no podía mover sus manos; ni sus piernas le respondían. Sus ojos estaban abiertos pero la niebla obscura regresó igual, y con ella el zumbido que le había estado enloqueciendo, dando vueltas dentro de su cabeza, pero se fue muriendo poco a poco hasta poderse oír únicamente el débil latido de su corazón que se ahogó en la obscuridad.
Todo quedó en silencio.



mvf




martes, 18 de junio de 2019

la corriente del rio

Al terminar, se levantó la madre de la mesa y besó a su hijo en la cabeza como despedida de buenas noches. La hermana continuó sentada al lado de él, sin decir palabra entre los dos, viendo la tele que había en la cocina, encima del frigorífico.
Pasado un tiempo también ella se levantó y se marchó.
-Hasta mañana. Cuando te vayas deja deja recogida la mesa- sobre la mesa quedaba una botella de cerveza y las mondas de un peladillo que acababa de comer- no tardes mucho en ir a acostarte - fue su despedida.
Continuó un rato más frente al televisor; cogió la cerveza y tomó un trago; por lo general se acostaba más tarde estuviese la televisión encendida o apagada.
A veces daba vueltas alrededor de la mesa de la cocina, una mesa de nogal, donde se sentaban los tres para hacer juntos todas las comidas del día.
Cuando decidió irse para la cama, su hermana y su madre ya hacía rato que estaban dormidas.
Entró en la habitación, se quitó el albornoz que llevaba puesto y se tiró encima de la cama.
Era media noche y apenas había algún movimiento en el exterior: algún coche solitario que pasaba de vez en cuando y una hoja de periódico que arrastró el viento hasta que se detuvo, abrazando con su pequeño cuerpo, el pie del tronco de un árbol próximo a la carretera.
Llevaba más de una hora intentando dormirse pero un zumbido había aparecido poco a poco, era como si una mosca volase dando vueltas en el interior de su cabeza, impidiendole conciliar el sueño.

Decidió levantarse de la cama y empezó a dar vueltas por la habitación.
Acercó su cabeza al cristal de la ventana cerrada y miró para el exterior; la negrura de la calle estaba escasamente iluminaba por una farola de forja.
Recordó los gatitos del río.
A primera hora de la mañana, en el desayuno, su madre y su hermana le dijeron que había que hacer algo con los gatos del garaje. Eso fue todo. Cuando regresó para su habitación; se vistió para dar el paseo por el camino del río. Desde que vino de la Coruña había empezado a hacer el mismo recorrido todos los dias, una vez por la mañana y otra vez por la tarde; salía de casa y empezaba a caminar hasta que llegaba al camino del río, después continuaba, cruzaba un puente y seguía por el camino, ladera arriba, hasta llegar a una pequeña fuente de agua que por lo general estaba seca desde los meses de verano; luego daba la vuelta y regresaba. Pero antes de salir por la mañana fue primero al garaje, llevando una bolsa de plástico para coger los gatitos que la gata había dejado escondidos: estaban detrás de unas cajas de cartón, en las que habían traído pertenencias de la Coruña.
Eran siete. Los fue metiendo uno a uno en la bolsa de plástico; tenían aún sus ojos cerrados y apenas protestaron con débiles maullidos.
Salió de la casa con la bolsa en la mano y empezó a caminar. Al llegar a la altura del puente del río se acercó a la barandilla de madera y dejó caer la bolsa al agua.
Flotó como una extraña embarcación de plástico que se fue hundiendo mientras lo arrastraba la pequeña corriente del río, hasta que los gatitos se ahogaron.

mvf



jueves, 6 de junio de 2019

los regresados

Regresaron la primera semana de octubre, en un turismo azul cargado de maletas.
 - ¡Por fin llegamos! - exclamó la hija cuando se detuvieron delante de la casa de la ministra, habían tenido que dar varios rodeos para llegar.
Bajaron del coche.
-¡Hija, la casa está como siempre!- exclamó la madre. 
El hijo abrió el maletero para sacar un par de pesadas maletas y siguió detrás de su madre y su hermana, que caminaban en dirección a la casa. 
Al abrir la vieja puerta de la entrada un aire gélido les dió en la cara. 
- ¡Lo primero, abrir todas las ventanas para que se airee la casa! - dijo la hija, sorprendida por el olor rancio y mohoso, de la corriente de aire, que acababa de recibir.

A los dos días llegó un camión cargado de muebles viejos, y dos hombres fornidos, que pasaron todo el día descargando y metiendo los muebles dentro de la casa, dejaron enterados a algunos curiosos que tanto ajetreo era debido a que los nuevos vecinos venían de la Coruña y eran del pueblo; y habían regresado para quedarse.
Pasaron los días siguientes y una mañana, mientras hacía el reparto, el panadero empezó a contar que le habían dicho que dejara pan en casa de la ministra, y se había enterado que los de la Coruña eran familia de la ministra, y habían regresado para vivir en el pueblo, al marchar la inquilina que vivía en ella y quedar libre la casa.

Entonces, la madre de los regresados era hija de la ministra, "el mote le venía a la familia, porque la ministra había sido sirvienta en la casa del cura, donde se encargaba de los conejos y las ovejas de la rectoral; y alguien había comentado que todo iba muy bien hasta que llegado un tiempo, para evitar habladurías, el cabeza de familia de la parroquia había tenido que deshacerse de la gobernantaduría* de la rectoral abriendo una mercería en la Coruña. 
La hija de la ministra había sido la última regenta del negocio puesto por su tío abuelo, y al haberse jubilado traspasó la mercería y decidieron venirse a vivir para el pueblo; porque la hija de la bruja, que les tenía la casa de la ministra alquilada, se había mudado a la casa nueva, que había comprado. 

Las zarzas se fueron toda una tarde, para estar sentadas en el banco del cruce que está al lado del puente; porque después de su llegada se vió pasear por allí, con las manos cogidas por detrás de la espalda y la cabeza gacha cejijunto, el hijo, osea el nieto de la ministra, y aunque pasó varias veces por delante de donde estaban ellas, sin pararse para hablar ni saludar a las decanas de la región, las zarzas confirmaron que este tenía la misma nariz y un peculiar andar, ladeando su cadera a los lados, idéntico al andar del antiguo cura del pueblo; aunque se veía que le faltaba un soplo.



continuara.
No rae. La uso como trajimaneje o trapicheo que desgobierna.






viernes, 12 de abril de 2019

La reunión en el sotano

 * se modificó la entrada anterior y se continua con el añadido

Al ver aparecer Romero todos pusieron cara de satisfacción pues sabían que era el de más fiar. Romero se daría muerte antes que dejarse coger para ser torturado y morir en el garrote vil por sus multiples crimenes. Y que mataría a cualquiera de ellos que se fuera de la lengua o supusiera un peligro, para él o para los demás.
Con su aparición todos callaron pues era el último que faltaba para dar comienzo la reunión; entonces, asomó un hombre que hasta ahora había estado escondido en la obscuridad, escuchando a los presentes sin dejarse ver.

-¿Para que nos has reunido?- preguntó uno de los asistentes

-Os he hecho reunir a todos para saber cuantos seguís en la lucha, y daros un mensaje que traigo de Francia- respondió el hombre.

-Estamos todos, menos el herrero; hace un mes lo detuvieron y lo mataron, torturándolo en el cuartelillo.

-¿Hablaría antes de morir?

- Lo que podía contar se lo llevó con él al otro mundo; si hubiese hablado, nosotros no estaríamos aquí.

-¿Y su familia ?

- A su familia le han confiscado todas sus propiedades y después los han echado del pueblo como indeseables. La herrería se la han dado a un hombre que trabajó en la fabrica de armas de la Coruña; pertenece al sindicato vertical del metal y odia a los comunistas.

- El herrero no era comunista- habló uno de los ferroviarios - el herrero era tan camarada como tu y como yo; además, un tío suyo murió en el levantamiento, cuando los anarquistas nos movilizamos contra el gobierno socialista y los republicanos.
- Bueno, señores, por favor- dijo alguien devolviendo-le la palabra al viajero.

- Como ya sabéis, los rusos han entrado en Berlin y Hitler a muerto, el ejercito aliado ha vencido a los alemanes; – dijo el hombre a los presentes que asintieron, con signos de satisfacción, a sus palabras. - El gobierno está ahora en Francia y ordenan que esperéis, sin haceros notar; se están organizando y pronto vendrán a ayudarnos.

No! - exclamó uno de los presentes - no podemos quedarnos quietos; ahora más que nunca debemos hacer que todos sepan que la lucha contra el fascismo se mantiene viva en España, de lo contrario se olvidaran de nosotros enseguida.

- El mensaje de Francia es claro, para vosotros y para los maquis: tenéis que permanecer quietos, sin hacer nada, hasta recibir nuevas instrucciones.

Esperó hasta obtener respuesta de sus palabras.
Aunque algunos no estaban de acuerdo todos los presentes asintieron.

Después continuó - como sabéis nadie puede saber que he estado aquí; mañana continuare mi viaje en el tren expreso de la Coruña, para hablar con los compañeros de los astilleros y darle las últimas consignas que vienen de Irún. Si quedase más tiempo levantaría sospechas.
 Y con esto terminó la reunión.
 Los asistentes se despidieron y fueron saliendo de la bodega por el patio de atrás de la casa, y de allí, amparados por la obscuridad, escaparon por las huertas de regreso a sus casas.

Al día siguiente, Romero salió a primera hora de la mañana de la pensión; quería comprar tabaco en el estanco de la estación; picadura y papel de liar para sus compañeros, antes de marchar. Iba distraído, caminando por la calle, pensando en la reunión que había tenido la noche anterior, cuando dos hombres montados en bicicleta, se acercaron dos ciclistas por detrás y al llegar a su altura bajaron de sus bicicletas y lo empujaron con ellas acorralándolo contra la pared.

Romero se echó la mano al bolsillo y quitó su navaja, haciéndola cantar al abrirse, en señal de que sabía defenderse, pero uno de los hombres le dijo: 

- guarda eso, tenemos un recado para ti.
- No podemos quedarnos quietos, tenemos que volar la estación. así se enteraran todos de que aquí no nos hemos rendido, sino no harán nada por nosotros, y los sacrificios de todos los compañeros muertos estos últimos ocho años de lucha contra Franco habrán sido inútiles.

Romero se atusó el bigote. y después de responderlas con una sonrisa dijo:

- La estación está muy vigilada y a cualquier sospechoso que se aparte de los andenes y ande por las vías, lo detienen para cachearlo.

- Podemos poner una bomba en los talleres o en los areneros, los depósitos del agua de las locomotoras de vapor; allí es más fácil y no tendrían agua las locomotoras de vapor para repostar.

- Y si la hacemos explotar cuando coincidan varios trenes de viajeros la noticia se trasladará rápidamente a todas partes de España – dijo el compañero.
Romero, no tardó en responder que estaba de acuerdo y que él se encargaría de volar los depósitos, cuando fuera el mejor momento, siempre y cuando le facilitasen los explosivos.
 - Nosotros te conseguiremos la dinamita - le respondieron - pero ahora no te podemos decir nada más- y después de decir esto, los dos hombres montaron en sus bicis y continuaron su camino.

 mvf.


sábado, 30 de marzo de 2019

El sotano


Después de jugar varias manos, en la partida se oyó un griterio que provenía del exterior. Los jugadores se miraron entre ellos preguntandose que podría estar ocurriendo fuera; entonces se levantó uno de los más veteranos de las partidas clandestinas que se hacían en el bar y después de advertir a sus compañeros de que se mantuviesen en silencio, poniendo su dedo delante de la boca con los labios apretados, salió con precaución de donde estaban a mirar que pasaba. Al cabo de un rato regresó acompañado con el camarero, quien les dijo que podían seguir jugando tranquilamente, porque los gritos que escucharon solo eran los guardas jurados del ferrocarril, que habían echado a la calle a los vagabundos que dormían en los bancos del vestibulo de la estación.
La partida continuó. 
Llegada las dos de la noche, como era costumbre para terminar, esperaron a la última mano que ganase el dinero que había en la mesa en ese momento; ganada la mano y recogido el dinero, fueron saliendo uno a uno del reservado, dirigiendose al mostrador para pagar al camarero las bebidas que habían consumido mientras jugaban, y según iban pagando marchaban sin hacer ruido.
 Romero era un habil jugador de las cartas y aunque sabía muchas triquiñuelas para desplumar al más pintado, se dejó perder dos pesetas para no levantar sospechas; pero en vez de seguir a sus compañeros de partida y marchar también, se quedó en la cafetería acompañando al camarero en el cierre del local.
El camarero recogió las sillas, que fue dejando por encima de las mesas, y después de barrer asomó la cabeza a la calle para ver que no había nadie; entonces cerró la puerta y apagó luz. Y sin mediar palabra condujo a Romero al sotano de la casa donde esperaban los otros asistentes a la reunión clandestina que, extremando todas las precauciones y sin que ninguno se hubiera visto, habían ido llegando para encontrarse todos en el lugar en que tendría la reunión.
Un quinque de petroleo iluminaba excasamente la negrura del sotano. Tenía el suelo de tierra humeda y hacía las veces de bodega y de almacen.
Había tres cubas de roble, una pequeña mesa de pino, algunas cajas de bebidas y un viejo banco que algunos de los asistentes utilizaban mientras esperaban a que llegasen todos para  dar comienzo la reunión. Al llegar Romero se levantaron para saludarle y darle la mano.
Asistían a la reunión algunos obreros de las industrías de Monforte de aquella epoca, porque además de ser un nucleo ferroviario, tenía importantes fabricas de calzado; un hombre de pelo blanco, de apariencia discreta, era comerciante y tenía varios negocios en el pueblo. Entre los asistentes también estaban los dos ferroviarios que hablaban en la esquina del bar, cuando Romero llegó al bar; los ferroviarios trabajaban en los talleres del ferrocarril.  
Algunos estaban allí por sus ideas politicas, pero otros estaban allí para tomarse venganza por el asesinato de algún familiar próximo por la justicia franquista, amigos o seres queridos detenidos por la policía y de los que nunca se supo nada más; aún hoy, sabiendo quienes tienen propiedades que fueron usurpadas a familias inocentes en aquella epoca, nadie les ha pedido reparación. 
  Al ver aparecer a Romero, todos sonrieron con satisfacción pues sabían que era el de más fiar. Romero se daría muerte antes que dejarse coger para ser toruturado y morir en el garrote vil por sus multiples crimenes. Y que mataría a cualquiera de ellos que se fuera de la lengua o supusiera un peligro para él o para los demás.

 
mvf.

miércoles, 30 de enero de 2019

La cita en Monforte

Durante un tiempo la banda estuvo sin efectuar ningún robo, por que así simulaban que lo acontecido en la fería de Chantada, era cosa ocasional de gente transeunte y no de una banda que tuviera su paradero en la zona.
Al aproximarse la fecha de la reunión en Monforte, Romero decidió ir a la cita acompañado de Max, como tio y sobrino, para no levantar sospechas.
Max estaba sentado cerca de la  fuente de la explanada del colegio de la compañía, en un jardincillo  rodeado de  mirtos donde se podía estar sentado a la sombra mientras abrevaban las caballerizas; en un estanque próximo. Romero había ido en busqueda de noticias o cotilleos, al bar de la parada de los autobuses que hacían las rutas de la zona. Era viernes y en el lugar había soldados de la tropa acuartelada en Monforte que marchaban de permiso y mientras esperaban para ir a sus casas, bebían copas de aguardiente de orujo o de caña y se les aflojaba la lengua contando las azañas que habían hecho durante su servicio en el cuartel; hablando con bravuconería de las batidas que daban en búsqueda de bandidos o de los rojos perseguidos por la justicia por ser enemigos del régimen. Y así, con el oído fino, se enteró de que se habían doblado las patrullas en los puestos de Sober, Escairon y Ferreria, pueblos del partido judicial de Monforte, y de que la guardía civil estaba alertada, porque  los hermanos de Vimianzo habían sido vistos merodeando el ultramarinos de Chantada y que era cierto de que al menor movimiento que se detectase se les daría caza, vivos o muertos.
Cuando Romero regresó, desataron los caballos y echaron a caminar a pie al lado de sus monturas, hasta llegar al puente de hierro del rio Cabe; allí, sin cruzar el rio, montaron en sus caballos y siguieron por el camino de tierra, que pasaba por las huertas que bordeaban la ribera del Cabe en dirección al puente de piedra, donde espolearon sus caballos y continuaron al trote por el malecón del rio, hacia la estación del ferrocarril, para buscar una pensión y pasar la noche en Monforte.
Se alojaron cerca de la estación, en una pensión llamada la ferroviaria regentada por la viuda de un maquinista de locomotoras. Con frecuencia la señora hospedaba viajeros o trabajadores de los trenes que hacían la ruta de la meseta, y que pedían alojamiento para recuperarse del cansancio del viaje y regresar al día siguiente con la maquina para el destino del que habían partido, pues con frecuencia hacían rutas que les llevaba más de medio día llegar hasta Monforte.
La señora, confiada en que Romero y Max eran tio y sobrino, como se habían presentado, les dió alojamiento sin pedir más explicaciones y después de acompañarles a su habitación, los dos  pasaron el resto de la tarde sin salir de la pensión.
La habitación tenía dos camas cubiertas cada una con un edredon de ganchillo de color beis.
Era una habitación soleada, con un pequeño balcón en el que había varios tiestos repletos de geranios, cargados de flores, que colgaban a la calle con su vistoso color rojo, por una barandilla de hierro forjado.
 A la derecha de la puerta, por la que se salía al balcón, había un mueble de castaño, que tenía un espejo y un lavabo, con una toalla colgada a uno de sus lados, cerca, en una banqueta, reposaba una jarra, que contenía el agua para lavarse; del otro lado de la salida al balcon, había en la pared el cuadro de unas flores y un pequeño armario que servía para colgar la ropa en su interior y guardar en el las pertenencias pequeñas con las que se hubiera podido venir.
 Al llegar la noche les sorprendieron los golpes de unos nudillos que golpeaba en la puerta de la habitación; no tardaron en abrir tomando precauciones: era la señora de la pensión que les llamaba para bajaran a cenar todos juntos en el comedor. 
 El comedor tenía una mesa grande, alargada, en la que cambían doce personas, aunque la pensión rara vez alojaba más de seis huespedes, y un chinero en el que se podía  ver a traves del cristal de sus puertas, la loza, algunos tarros con galletas y la porcelana blanca del café; en sus cajones se guardaba la cuberteria y los manteleles de la mesa. De la viga del techo colgaba una lampara de seis brazos con bombillas de vela que daban una luz mortecina que subía y bajaba a veces.

 Cuando se presentaron para cenar en el comedor, la señora de la pensión les invitó a sentarse junto a un matrimonio de Quiroga, que había venido a arreglar las propiedades de unas tierras y se habían alojado en la pensión por que no habían podido coger el tren para San Clodio, en dirección a Ponferrada, y de allí regresar a su casa. Tras unas presentaciones, la viuda hizó sonar una campanilla y apareció la criada, una joven del caurel, que había venido a trabajar a Monforte para ayudar con un escaso sueldo que ganaba en la pensión, a su familia. La joven sin parar de ir y volver a la cocina, donde también era la cocinera, les sirvió la cena consistente en una sopa de gallina, y una tortilla de patatas con chorizo, acompañada de vino abundante.
Al terminar de cenar, para evitar así el irse de la lengua o decir algo indebido durante la tertulia y levantar sospechas innecesarias, estuvieron lo justo para despedirse de la dueña de la pensión y el matrimonio hospedado, alegando el cansancio del viaje que habían hecho, para regresar a la habitación. Llegadas las once de la noche Romero le dijo a Max que iba salir y que durante su ausencia si oyese disparos en los alrededores o algún ruido extraño de gentes que viniese a la pensión, escapase con la mayor rapidez; y después de recoger los caballos, se alejase del lugar, en dirección a Lugo, hasta llegar a Ribasaltas, donde encontraría un puente por el que cruza el ferrocarril el rio, y que allí, debajo del puente del tren, sin dejarse notar, le esperase hasta el amanecer.

mvf. 

martes, 1 de enero de 2019

Si mediase una buena apuesta

El gitano, era un consumado carterista que se atrevía a birlarle la cartera al mismísimo sargento de la guardia civil, si mediase una buena apuesta, y el cojo anduvieron por los puestos de venta donde se abarrotaba la gente y la multitud, y al cabo de unas horas ya habían robado en la feria varias carteras, obteniendo más de cien pesetas.
Como no querían correr riesgos, pues cuantas más carteras afanaban más alertada empezaba a estar la gente de la presencia de carteristas en la feria, decidieron dar por finalizada su campaña. Entonces fueron a buscar a Romero y le entregaron el dinero que habían  obtenido, quedándose para ellos, con el consentimiento del jefe, unas pesetas para beber y divertirse durante el tiempo que quedaba hasta la hora de regreso.
Romero hizo una señal a los hermanos, que estaban próximos y cuando se acercaron junto a él les entregó cincuenta pesetas para que fueran a comprar provisiones en la tienda de ultramarinos del pueblo. Aunque la autentica misión de los hermanos, sin saberlo sus compañeros, era estudiar el local del ultramarinos pues con frecuencia en la tienda se hacían prestamos a los vecinos para pagarse el pasaje a América y cubrir los primeros gastos, y a veces sus dueños tenían importantes cantidades de dinero en la tienda.

A primeras horas de la tarde, cuando los feriantes empezaron a recoger sus puestos y la feria iba llegando a su fin, los miembros de la banda, se juntaron a las afueras del pueblo para su regreso, incluidos los dos frustrados asaltantes que recibieron todo tipo de mofas cuando contaron el fracaso de su robo.

Ya de regreso para su escondite, Romero le dijo a sus hombres que se esperaban importantes noticias y que dentro de un mes tendría que estar en Monforte para asistir a una reunión secreta.


mvf.