jueves, 24 de marzo de 2016

Cosas que son para siempre.




Ni dieciséis, ni dieciocho, de aquellas tendría diecisiete años y vestía como los hippies. Llevaba un collar de conchas, atadas con una cinta de cuero, que descansaban sobre mis pechos; una blusa de flores que me llegaba hasta los pies y gafas redondas con cristales de color; tenía un pelo ondulado y largo que iba recogido por encima de la frente con una cinta que llevaba en la cabeza; y tenía un novio que siempre estaba fumado. Yo creo que ni se enteró que fuimos novios.
Cuando pude lo cambie por otro que leía a Louis Althusser y le gustaba Paco Ibañez, que cuando lo veía echaba a correr y me pasaba todo el día llorando sin salir de casa, encerrada en mi habitación; así que me inflaba a comer pasteles que era lo único que me servía de consuelo. 
Al final, cuando ya estaba harta de llorar, tuve un golpe de suerte en el cumpleaños de una amiga y lo cambie por otro novio que siempre estaba en una esquina llorando y le gustaba leer ciencia ficción.
Unas veces por que su padre, que tenía muy mal genio, le había pegado; otras veces por que le había pegado su hermano pequeño que era como su padre; y otras por que su madre le había pegado para que no fuera neneza.
Se sentía muy abandonado y una vez que estaba muy desolado, me dijo que si había pasado un platillo volante sobre la tierra y habían perdido un niño extraterrestre en este planeta, ese era él. Lo que nunca comprendí es como habían podido decidir sus padres que fuera era hijo de ellos.
Era muy educado y hacíamos una pareja perfecta. Cuando ponía su mirada compungida y perdida le extendía uno de mis pañuelos que sacaba del bolso de esparto que llevaba siempre colgando del hombro y empezábamos a llorar juntos.
Recuerdo una vez que paseábamos por la calle y paramos delante del escaparate de una pastelería. Cuando me miró afligido yo ya tenía en la mano uno de esos pañuelos que llevaba siempre en mi bolso de esparto y arrancamos a llorar los dos frente a la pastelería. Y una señora que salía de dentro, al vernos llorando tan desconsoladamente, nos dio los pasteles que terminaba de comprar.
¡Y como llorábamos aquel día con la boca llena de pasteles!
Llegué a la universidad. Alguien trajo un tocadiscos al piso en el que estábamos de estudiantes. Poníamos a Cat Stevens, Paco Ibañez  y Juan Manuel Serrat. Aunque mi favorito era uno de Georges Moustaki en directo que no sabíamos quien lo había traído.
 Vestía pantalón vaquero y camisas blancas de lino. Llevaba zapatos cunfu, y ya había cumplido la mayoría de edad.

Mis amigas me dejaban vigilando
en el piso a sus novios, para que los cuidase mientras iban a clases. Era eso o permitir que se levantasen a desayunar y saquearan la nevera.

Teníamos de vecinas unas ancianitas, en el piso de arriba, que no paraban de golpear el suelo con el bastón cada vez que poníamos música. Y menuda fuerza que tenían.

Ese día alguien había
traído un disco de Jose Afonso
Em cada esquina, um amigo
Em cada rosto, igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade “




estuvo sonando toda la tarde y parte de la noche.
Vino la policía nacional y nos llevó a todas las que estábamos en el piso, con sus novios, detenidas en una furgoneta gris.
Nos soltaron por que se habían equivocado de piso.
Las ancianitas llamaron a la comisaría diciendo que a quienes habían denunciado era a los que tenían en el piso de arriba; y no podían levantar el brazo para golpear con el bastón en el techo.



Conmigo habían detenido también a la hija de nuestro alcalde y de regreso a casa, tomamos un café con leche y unos pasteles en una cafetería para quitarnos el susto. Pagó ella y me hizo jurar que nunca habíamos estado juntas detenidas en la comisaría y para mantener las apariencias desde esas no volvimos a hablarnos más.









mvf.
















viernes, 11 de marzo de 2016

La noche en la selva



continuación del asalto.


Después de la matanza, abandonaron los cadáveres de sus víctimas para que la selva diera cuenta de sus cuerpos, y comenzaron su regreso llevándose el botín. Ahora eran ellos los que iban abriendo camino con los machetes por la espesura de la selva. Malhumorados maldecían con frecuencia echándose en cara por que no habían dejado hacer todo el trabajo a los italianos, siguiéndoles en silencio, para después matarles cuando hubieran salido al claro de la espesura.
Al cabo de tres horas llegaron donde confluían dos ríos, mezclándose las aguas para continuar su trayecto haciendo eses, en la distancia de la selva. El camino a seguir ahora era fácil distinguirlo por el color marrón que traían las aguas de remover la tierra y lavarla en busca del oro.  Ya habían estado más de una vez en aquel lugar. Desde allí, subiendo el cauce del rio, tendrían media jornada más de regreso pero dado las horas de la tarde decidieron acampar en el sitio para pasar en aquel lugar la noche; y al comenzar el día siguiente reanudarían el viaje y llegarían a media mañana al campamento de los mineros.
Makarisa con el cansancio de la jornada no tardó en caer dormida. Por la noche despertó en medio de la vida de la selva, con las manos doloridas por los grilletes que llevaba en sus muñecas y en el cuello. Cerca de ella oía roncar al hombretón pelirrojo de ojos azules y aspecto tan feroz, supuso que sus dos compañeros estarían cerca vigilantes, Al otro lado de la hoguera vio otro cuerpo cubierto con una manta; el tercero estaría en algún lugar de la espesura durmiendo con su escopeta. Al estar en su territorio estaban confiados.
Volvió la vista al cuerpo del gallego, ella nunca había visto un hombre de aspecto tan feroz, con marcas en la cara, pelo rojo, y ojos tan azules. Al verlo dormir como un niño se acercó a rastras para refugiarse del frio de la noche junto a su enorme cuerpo.  
Al notar el contacto de la mujer, el gallego se dio medía vuelta echando su brazo por encima de ella. Macariza sorprendida arrimó la mano a su pecho en busca de calor. 
La ciega y sorda mano del gallego, al despertar sobre ese pecho desnudo comenzó a deslizarse sobre el cuerpo de la mujer acariciando inconscientemente su piel para que ella cediese  y poderse echar sobre su vientre. Sorprendida por las caricias suaves del tacto de esa mano áspera y ruda Macariza se reveló a sus intenciones y se subió sobre el gallego para montarle; y sus cuerpos empezaron a moverse ardientes, entre las sombras de las llamas, hasta que él se vertió dentro de ella. Al terminar se echo de lado, con sus grilletes, junto al enorme cuerpo. Entonces el gallego se dio media vuelta y la rodeó con sus brazos para seguir durmiendo, y aunque ya había poseído muchas putas el gallego decidió que se quedaría a Macariza para sí.

Y allí en la selva fue concebido el criollo de nuestra historia.



mvf.



- ya después de tanto tiempo no sabía lo que era escribir 
,bueno.