viernes, 24 de abril de 2020

la gata 3 - final

El rata empezó a fumar muy temprano; vendía cigarrillos en el recreo de clases para pagarse su vicio y ganó el nombre por el que le conoció todo el mundo.

Cuando fue expulsado del colegio se levantaba a media mañana. Siempre se le pegaron las sabanas en la piel pero en algún momento dejó de oír los gritos de su madre.
Desayunaba y marchaba para fumar a la salida del colegio con sus ex-compañeros. 
Era bueno para gestionar lo poco que tenían en el fondo de sus bolsillos y poder fumar unos porros y eso …
Compraba librillos de papel, y siempre estaba el rata para pedírselo, a cambio de fumar él también.

El rata descubrió pronto que en el trapicheo podía obtener algún beneficio. Ahora vendía la china para poder hacer un porro y daba gratis el papel para liar; fumando él también. 

Le seguían tres jóvenes que habían seguido el mismo camino en el colegiro que él. Fumaban juntos y deambulaban por los alrededores del vecindario y se daban la compañía que necesitaban para ser felices en el barrio de extrarradio donde crecían.

Pero el rata no era como ellos, el rata sabía obtener beneficios.

 Cuando el rata descubrió la heroína ...

El salto lo dio con uno de sus amigos, que era primo de alguien, que conocía a alguien que trabajaba en las bateas, o eso, y al que le podían comprar heroína a mejor precio y menos adulterada. Aunque él cortaba la droga en su casa, para recuperar el dinero invertido y hacer mayor su beneficio.

El rata se paseaba por el parque del barrio con un perro mestizo, cruce de mastín y pastor alemán; y después de cerciorarse que la gente que venía a comprar droga no iban a dar problemas, mientras uno de sus amigos vigilaba, otro de ellos se acercaba en bici para recoger el dinero y más tarde aparecía el tercero, en otra bici, entregando las papelinas pagadas. Lo habían sacado de algún videojuego.

Eran los tiempos de la heroína.

Los tres amigos no tuvieron suerte. Uno de ellos falleció de una sobredosis. Otro desapareció sin saber nadie de su paradero, aunque alguna gente decía que lo habían matado de una paliza, y lo habían tirado al mar. El tercero seguía hoy en día con el rata, con su cara cruzada por un navajazo en una reyerta de drogas.



Cuando regresó de la cárcel, el rata volvió a su misma rutina, levantándose tarde por las mañanas y después de termniar de desayunar, salía a pasear con un Rottweiler, cogido con una correa metálica; el barrio en el que había crecido apenas había cambiado. Por las tardes iba al pub cerca del barrio, y allí pasaba un par de horas, sentado en su esquina habitual, con su perro musculoso y bravucón, tumbado a sus pies, mirando mal encaradamente a los presentes. Después de unas cervezas marchaba hasta el parque de su barrio, y allí, sin ninguna prisa, mientras su perro corría, sin que nadie se atreviera a molestarles, se fumaba un peta antes de regresar para casa. El vecindario tenía miedo al rata y a la memoria de muerte que había tras él.



Eran las nueve y, a pesar de la hora de la cena, la gente había empezado a llegar al pub. El rata también había llegado, estaba en su esquina con su jarra de cerveza y su perro, acostado a sus pies, con su mirada peligrosa siguiendo todo lo que se movía a su alrededor. Después de cambiar de música, el barman fue a poner una caña para uno de los clientes recién llegados, y cuando tiró del grifo para llenar la jarra empezó a salir espuma de cerveza por su boca. Se había terminado el barril. Sin más perder tiempo, dejó la jarra sobre el fregadero que había, escondido de la vista bajo el mostrador, y después de desenganchar el barril vacío del surtidor de cerveza salió de la barra con el. Al abrir la puerta del patio para cambiarlo por otro lleno, la gata asomó la cabeza en el interior del pub, con sus pupilas agrandadas para ver en la penumbra del local. Cuando el Rottweiler la vio,  se echó a correr, desde la esquina en que estaba con su amo, hacia ella, para atraparla con sus fuertes mandíbulas y mostrar su fiereza, zarandeándola en el aire hasta romperle el espinazo; pero la gata, al verle venir, saltó de donde estaba y las mandíbulas del perro se cerraron en el vacío. Entonces este se dio media vuelta para saber a dónde había ido a parar su presa y al ver que estaba a unos metros frente a el, se abalanzó de nuevo hacia ella, pero la gata burló otra vez sus fauces. De nuevo volvió a atacarla, pero esta vez la gata saltó encima del perro. Ahora el perro, ante la sorpresa de la gente, que se apartaban a toda prisa para dejar lugar a la pelea giraba sobre si mismo y brincaba por el local para zafarse la gata de encima, pero por más que lo intentó la gata permaneció encima de el, con sus uñas hundidas profundamente sobre su lomo, hasta que finalmente, agotado, se rindió. Entonces, la gata se soltó del perro y de un salto acabó encima de la mesa del rata, quien al ver a su perro, manso y humillado, respirando agitadamente, con la lengua fuera colgando a un lado de su enorme boca, se irguió para golpear a la gata; pero esta después de arañarle la mano de un zarpazo, se encaramó sobre él y de un último salto acabó encima del mostrador de la cervecería, paseándose, ufana, con su cola inhiesta. Entonces, el rata, cogiéndose la mano que sangraba abundantemente pues en su arañazo la zarpa de la gata había debido rasgarle alguno de los vasos sanguíneos de su mano, al ver las miradas burlonas que le echaban los presentes, avergonzado por la humillación recibida, salió huyendo del local, empujando a puntapiés a su perro.



Ese día se celebró con varias rondas de cerveza la victoria de la gata y la huida del rata,

 La puerta estaba abierta esperando que salieran los últimos clientes; y la persiana de hierro del exterior, levantada poco más de dos palmos del suelo, impedía la entrada al local advirtiendo a los de fuera de que ya habían cerrado,

Al ver que mi compañero terminó, apuré la bebida de un solo trago y después de pagar hice una señal de partir y nos dirigimos a la salida. El barman salió de la barra y vino tras nosotros para subir a media altura la persiana del local, lo suficiente para que pudiéramos salir agachando la cabeza. Mientras salíamos, la gata asomó la cabeza a la calle, a nuestros pies, para respirar el aire fresco del exterior. 

Nos despedimos y al empezar a bajar la persiana, regresó corriendo hacia el interior del local. Echamos a caminar, calle arriba, en dirección al aparcamiento, próximo a la estación de trenes.

El coche estaba, encima de uno de los rectángulos solitarios pintados de blanco en el suelo. 

Cuando nos pusimos en marcha empezó a sonar en la radio del salpicadero del coche, el rey del blues.

Paramos para ver el océano y al bajar las ventanillas, el aire entró dentro del coche; era húmedo y salitrado, como la soledad de la noche.

- Me acercas hasta casa?

- ¡Si!; Pronto va amanecer.

El coche se puso en marcha, en dirección al final de la avenida, para ser engullido por la niebla densa que llegaba del océano.


No hay nada perfecto, ni siquiera la verdad.

jueves, 19 de marzo de 2020

La gata. 2


 La música, era un oleaje embravecido de ritmo y voces, que lo llenaba todo, y el barman se entendía a gritos con los clientes, mientras llenaba jarras de cerveza, hasta cubrir el final de espuma.

La gata estaba acurrucada encima de unos periódicos viejos, donde el mostrador remataba contra la pared y colgaba un cuadro con la foto de algún músico de jazz; parecía dormir, pero sus ojos, brillantes en la penumbra del local, nos miraban. Quise acariciarla, pero al ver mi intención, se levantó y saltó al interior de la barra, lejos de mí.

Auto lavado para mascotas.

La tienda funcionó bastante bien, durante los primeros meses de apertura en el barrio. El negocio iba de viento en popa y había que pedir cita previa para llevar los animales de compañía a lavar, cortarse las uñas, o hacer peluquería. Eran los buenos tiempos de la ciudad, antes de la crisis de los astilleros; después la economía se desplomó y la gente empezó a llevar a su mascota y a no regresar para recogerla.

                                           " Se venden gatos montaraces"

Una mañana apareció un nuevo letrero. Era una idea original y un buen recurso para protegerse de las ratas que subían de las cloacas por la noche, a comer en la basura, y como la crisis lo empezaba a invadir todo. Los dueños, un matrimonio de Argentina y Pontedeume, habían invertido lo poco que tenían en la tienda, y no estaban dispuestos a rendirse. Fueron tirando.

Parecía una cosa de mil que ocurren diariamente. Una mañana el periódico contó la siguiente noticia: había fallecido alguien en la calle y los transeúntes le habían robado lo que llevaba encima. Sin documentación tardaron en reconocerle. Era del barrio; vivía en un 7º f, de uno de los edificios ... Pero el barrio, ya golpeado por la crisis, se volvió aún más gris, y los días de negocio empeoraron. Fue, cuando antes de asfixiarse con las deudas, decidieron echar el cierre. Al abrirse la cancilla, corredera plegable de hierro, que protegía la puerta de la entrada del negocio, la mayor parte de las pertenencias de la tienda ya habían quedado empaquetadas del día anterior. No tardó en llegar la furgoneta que tenían, con sus rótulos de publicidad a los lados; aparcó con dificultad enfrente de la tienda. Bajó el conductor, entró, y él, y la mujer que terminaba de abrir y esperaba su llegada, empezaron a sacar las cajas de cartón en las que habían recogido las pertenencias de la tienda, para meterlas en la parte de atrás del vehículo.

Ya solo quedaban, pegada a una pared encalada de blanco, al lado derecho de la entrada de la tienda, las jaulas, en las que, pese al ruido, ajenos a lo que ocurría, dormían algunos gatos dentro de ellas. El hombre abrió sus puertas, para que salieran y escapasen, pero apenas se molestaron en abrir sus ojos. El pequeño mundo en el que vivían enjaulados no les había dejado traspasar lo que pasaba en la tienda. Impacientado, empujó la estantería en las que descansaban las jaulas, haciéndolas caer al suelo; pero los animales, que despertaron sobresaltados por el estrépito de la caída, en vez de salir y escapar, aturdidos y sin comprender lo que había ocurrido, se acurrucaron en el interior de sus jaulas. Entonces cogió una escoba cercana a él, y comenzó a dar fuertes golpes encima de las jaulas para que saliesen de sus jaulas y escapasen por la puerta abierta de la calle. No iba perder tiempo con ellos.

Finalmente, los animales salieron de sus jaulas y echaron a correr por el interior del local. Al verse acosado, uno de ellos se abalanzó sobre el hombre para defenderse y arañarlo, con sus uñas, pero recibió una fuerte patada que lo lanzó contra la pared y cayó agonizante en el suelo. Los otros gatos, al ver lo ocurrido, escaparon por la salida abierta a la calle, y uno de ellos, un gato de pelo largo y atigrado, al querer cruzar al otro lado de la calle, fue atropellado en su huida por los coches que circulaban en ese momento. Delante de la furgoneta, aparcada enfrente de la tienda, había un taxi, parado que esperaba por alguien; cuando la gata se encontró en el exterior, al ver lo ocurrido al otro gato, en vez de echarse a cruzar la calle, buscó refugio corriéndose y escondiéndose, debajo del taxi.

Vio llegar unos pies, la puerta se abrió y estos desaparecieron acompañados del portazo de la puerta al cerrar.

La gata escapaba, ya, por debajo de otros coches, hasta que se detuvo, cincuenta metros calle abajo, a la altura de unos contenedores de basura. Arrimados a los contenedores, habían quedado, sin recoger de la noche anterior, un montón de cartones de embalaje. Al verlos salió debajo del coche en que estaba y se escondió entre ellos, le parecía un lugar seguro; desde allí, ya más tranquila, con la cabeza gacha, pegada al suelo, y las orejas tiesas, para escuchar todo lo que pasaba alrededor; vio por primera vez este mundo desconocido, al que había salido hoy. En la calle, los coches subían y bajaban, había nacido en la tienda y no conocía más mundo que las cuatro paredes de su jaula, y solo conocía el tráfico por un ruido sordo que empezaba a las seis de la mañana y continuaba ronroneado hasta el comienzo de la noche, cuando empezaba a decrecer; y veía por primera, vez los edificios enormes de la ciudad, sin saber que peligros se podía encontrar.

Oyó el ruido que hizo al levantarse la persiana que guardaba el acceso a un pub; oculta entre los cartones, cambió de posición para no perderse detalle de lo que ocurría en esa dirección.

La persiana estaba entreabierta, lo suficiente para mostrar que el pub estaba cerrado a la gente. Pero terminó de abrirse para salir un hombre llevaba, apiladas en una carretilla, cajas de botellas vacías. Pasó cerca de ella.

Apenas se veía el interior del pub, pero la obscuridad que ofrecía, le hizo pensar que seguramente allí podría esconderse mejor.  Esperó hasta que el hombre se alejó lo suficiente y al tener la certeza de que no había ningún peligro echó a correr para allí.

Tan pronto entró se fue a esconder entre uno de los sillones del local y una mesa de cristal, en la que reposaban aún algunos vasos vacíos del día anterior.  El interior del pub era un mundo oscuro, con las paredes impregnadas de un olor rancio y dulzón, de bebida y tabaco, apenas iluminado por una bombilla que había dejado encendida el hombre al salir. Desde donde estaba, apartada de la barra, había una puerta entreabierta que mostraba la claridad del día, al ver la claridad del día que asomaba por ella, se lanzó de nuevo a la carrera y después de cruzar entre su resquicio, llegó a un pequeño patio, utilizado de almacén, donde se guardaban las cajas de bebidas y los barriles de cervezas. Oyó algunas voces distantes que llegaban hasta ella, pero al aguzar el oído para escuchar con más claridad, oyó de nuevo el ruido de la carretilla y el hombre, dentro del local que terminaba de cruzar para llegar a donde estaba. La gata se escondió precipitadamente, entre las cajas que había en el patio, que ofrecían muchas posibilidades para ocultarse.

El hombre apareció con una torre de cajas llenas de bebida. Y sin descargar, dejó la carretilla, arrimada a la pared, a un lado de la puerta, se dio media vuelta y desapareció de nuevo cerrando la puerta del patio tras él.

La gata levantó la cabeza para ver el nuevo lugar al que terminaba de llegar, y vio que por encima de ella, perdido en la altura, había un trocito de cielo azul, húmedo y lúgubre, prisionero de cuatro paredes irregulares, con sus ventanucos que asomaban al patio, y se elevaban hasta el piso cuarenta y cuatro.



Había conseguido escapar





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