domingo, 8 de septiembre de 2019

Una historia de Melquiades

Iba por la carretera, agitando sus largas orejas de un lado al otro, con su trote, y al llegar a la altura del puente, Melquiades, el perro del herrero, se desvió para tomar un sendero, por el que antiguamente bajaban los pescaderos al rio. Con su hocico se fue abriendo paso entre la maleza, que había invadido el camino, hasta que llegó a la orilla del rio; allí se metió en el agua, en un lugar poco profundo despejado de espadañas, y con la Luna reflejandose frente a él, empezó a beber copiosamente dando profundas lambetadas en el agua.
Las ondas producidas al beber en el agua se fueron acreciendo  a medida que se alejaban hacía el interior del rio, e hicieron mecerse  la Luna en su reflejo. 
Cuando calmó su sed regresó a tierra firme y siguió al trote por la ribera del rio hasta llegar, donde el rio hacía un pequeño recodo, a un pequeño campo en el que la hierba crecía abundantemente por la próximidad del agua. Melquiades entró en el prado y se echó en el suelo, estirando sus patas y posando su barriga sobre la hierba que se extendía por el suelo como una alfombra blanda y humeda, para refrescarse del calor de la noche del verano.
A su alrededor revoloteban los mosquitos y un sin fin de insectos más en la noche; en el rio se oyó el chapoteo de una trucha que acababa de saltar en el agua deteniendo por un instante el croar de la ranas. 
Acostó su grueso hocio y aspiró fuertemente, hasta llenar sus pulmones con el olor de la hierba.
Un joven autillo que vigilaba la noche, posado en la rama de uno de los árboles de la ribera, dió una voz en la obscuridad advirtiendo al intruso que había invadido sus dominios.
Melquiades giró el cuerpo sobre si mismo, para restregarse con su espalda por el suelo e impregnar su pelo marrón pajizo, largo y rudo, con el olor de la hierba. Al terminar se volvió a incorporar quedando en la misma posición que antes.

La luna y el cielo estrellado estaba encima de él, mientras los murcielagos volaban encima de su cabeza, cazando su alimento en la noche llena de vida. 

Estuvo sobre la hierba, oliendo el aire que tanto le gustaba, hasta que notó el frio de la noche; entonces se levantó, arqueó su cuerpo, y con una sacudida que empezó en la cabeza y acabó sobre su cola, moviendose de derecha a izquierda rapidamente, se quitó los restos de hierba y tierra que tenía pegados en su pelo.

Vovió a la orilla del rio, sus gruesos pies, que antes pisaban sobre la hierba humeda, notaron ahora la arena del suelo; el rió donde hacía un pequeño recodo hacía allí una pequeña playa de arena fluvial; se puso a trotar de nuevo, trás él se oyó la voz del autillo: un corto chillido agudo, quien sabe lo que le decía al verlo alejarse de su territorio.

 Melquiades regresó al sendero por el que había bajado de la carretera. Iba al trote, feliz de su paseo nocturno, cuando al llegar a la altura de las casas próximas al cementerio, oyó unos gemidos lastimeros que llamaron su atención. Cambió su rumbo en dirección a donde procedían los gemidos.

El alambre de los lindes de la finca de donde procedían los gemidos le detuvo. Los gemidos venían de dentro de la propiedad de la campanera.

Estuvo un instante pensativo, no debía meterse en las fincas de los demás salvo que quisiera buscarse problemas. Pero los gemidos continuaban oyendose: seguramente alguién podría estar necesitando ayuda. ¿ y que dirían de él si se supiese que había estado allí y él no hubiera hecho nada?

mvf


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