Después de cenar, la madre se levantó de la mesa y fue a besar a su hijo en la cabeza, como despedida de buenas noches. Mientras tanto, él y su hermana continuaban sentados juntos, sin mediar palabra entre los dos, viendo la tele que había encima del frigorífico.
Pasado un tiempo, ella también se levantó.
—Hasta mañana. Cuando te vayas, deja recogida la mesa.
Sobre la mesa quedaban una botella de cerveza y las mondas de un peladillo, sobre un plato de porcelana blanca, que su hermano acababa de comer.
—No tardes mucho en ir a acostarte —fue su despedida antes de abandonar la cocina.
Continuó
un rato más frente al televisor; cogió la cerveza y tomó un trago. Por
lo general, se acostaba más tarde, estuviese la televisión encendida o
apagada.
A veces daba vueltas alrededor de la mesa de la
cocina, una mesa de nogal donde se sentaban los tres para hacer juntas
todas las comidas del día.
Cuando decidió irse para la cama, su hermana y su madre ya hacía rato que estaban dormidas.
Entró en la habitación, se quitó el albornoz que llevaba puesto y se tiró encima de la cama.
Era
media noche y apenas había movimiento en el exterior: algún coche
solitario que pasaba de vez en cuando y una hoja de periódico que
arrastró el viento hasta detenerse, abrazando con su pequeño cuerpo el
pie del tronco de un árbol próximo a la carretera.
Llevaba
más de una hora intentando dormirse, pero un zumbido había aparecido
poco a poco; era como si una mosca volase dando vueltas en el interior
de su cabeza, impidiéndole conciliar el sueño.
Decidió levantarse de la cama y empezó a dar vueltas por la habitación.
Acercó
su cabeza al cristal de la ventana cerrada y miró hacia el exterior; la
negrura de la calle estaba escasamente iluminada por una farola de
forja.
Recordó los gatitos del río.
A
primera hora de la mañana, en el desayuno, su madre y su hermana le
dijeron que había que hacer algo con los gatos del garaje. Eso fue todo.
Cuando regresó a su habitación, se vistió para dar el paseo por el
camino del río. Desde que vinieron de La Coruña, había empezado a hacer
el mismo recorrido todos los días: una vez por la mañana y otra vez por
la tarde. Al salir de casa, caminaba hasta llegar al camino del río,
después continuaba, cruzaba un puente y seguía por el camino ascendente
hasta llegar a una pequeña fuente de agua que, por lo general, estaba
seca desde los meses de verano. Luego daba la vuelta de regreso. Pero
hoy, antes de salir, fue primero al garaje, llevando una bolsa de
plástico, para coger los gatitos que la gata había dejado escondidos.
Estaban detrás de unas cajas de cartón, en las que habían traído sus
pertenencias de La Coruña.
Eran siete. Los fue metiendo
uno a uno en la bolsa de plástico. Tenían aún los ojos cerrados y apenas
protestaron con débiles maullidos.
Salió de la casa con
la bolsa en la mano y empezó a caminar. Al llegar a la altura del
puente del río, se acercó a la barandilla de madera y dejó caer la bolsa
al agua.
Flotó mientras se iba hundiendo como una
extraña embarcación de plástico que naufragaba, arrastrada por la
pequeña corriente del río, hasta que los gatitos se ahogaron.
mvf
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