miércoles, 4 de septiembre de 2013

Osram de 40 watios



Cuando llegó don Galvino abrió la puerta que daba acceso a una pequeña habitación que tenía para él en la portería. En el interior de la habitación había un armarito con vitrina, de nogal, donde guardaba llaves y cosas pequeñas que se veían atraves del cristal; un teléfono colgaba en la pared, por el que se atendían las llamadas de los familiares u otros recados; pegada a la esquina al lado de la puerta y frente a un ventanal por el que veía toda la portería, había una mesa de castaño, la mesa tenía un cajón en el guardaba sus cosas cerradas con llaves; escondida debajo de la mesa había una banqueta en la que retiraba para poder estar sentado, lo que muchas veces hacia leyendo el periodico, o leyendo novelas de marcial la fuente estefania, Don Galvino, mientras aparentaba que leía el periodico extendido encima de la mesa, podía ver a la gente que entraba y salía del colegio por la puerta principal; y vigilaba, en los pocos momentos que los alumnos pudiesen deambular por el centro con libertad, que no escapase ninguno. Arrinconado en una esquina, de la mesa había un microfono de pie por el que gritaba, por una megafonía estridente que sonaba en todo el centro, llamando a tal o cual para que se personase en la portería donde recibíria el recado o encargo o noticia, o lo que correspondiese.
Después de abrir la puerta don Galvino se giró sobre si mismo y miró a los dos niños que estaban sentados en un banco, que tenían las visitas para que esperasen mientras se daba recado a las personas que venían a ver, y les preguntó si eran ellos los que había mandado el padre prefecto venir.
  • Si don galvino – respondieron abejorro y el sisa al unisono.
  • Bueno. pues venir conmigo los dos - les dijo.
Don Galvino cogió una vieja chaqueta raida que colgaba en la pared, al lado del telefono; y después de cerrar su cuarto, salío acompañado de los niños por una puerta escondida a la vista de los extraños debajo de las escaleras principales por las que se subía a la planta alta del edificio; y desde la que se accedía al exterior a uno de los laterales del edificio.
Ya fuera del edificio los niños pudieron ver los exteriores del colegio inaccesible a los extraños y que escasos internos llegaban a conocer. Mientras seguían a don Galvino, los niños pudieron ver que el colegio tenía huertas y  prados  con su ganado pastando; había establos de distintos animales, cerdos, pollos... había conejos que corrían libremente; a lo lejos se veían pastar unas vacas y mientras andaban una banda de gansos iba detrás de ellos gaznaldoles con sus cuellos estirados; y todo este mundo estaba separado de la calle por un alto muro de piedra que lo ocultaba de los transeuntes de la calle.
El muro solo dejaba acceder a la calle a traves de un gran portón de hierro por el que entraban los carros y las furgonetas con sus mercancias para el colegio, y llegaba a tener el suficiente tamaño para entrar hasta los camiones que venían de villablino, desde la comarca leonesa de laciana, cargados de carbón para la caldera.
Había varias puertas separadas, a lo largo de la pared del edificio, por las que se podía entrar de nuevo desde este lado al interior del colegio; y que daban acceso a los almacenes, a las cocinas, a las cuadras del ganado ... una de ellas, situada en el medio y medio, era extraña y negra, alta y cuadrada, y sus marcos de piedra estaban negros, y desde ellos con el paso del tiempo se había extendido una mancha anegrada de humo y ollín por la fachada de este lado del edificio: parecía así el colegio con sus ventanas, a lo lejos, un monstruo de mil ojos y estas eran sus fauces. Don galvino y los niños entraron entraron por ella y sus ojos se cegaron repentinamente por la oscuridad que había dentro. Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la poca luz de una lampara osram de cuarenta watios, que llenaba de penumbra la repentina noche.
Allì con sus puertas de hierro abiertas, estaba la caldera del centro. Y don galvino le dijo a los niños:
              -    ¡ Bueno; vamos a dejar esto hoy blanco como la hostia!
 

A mi amigo guillermo pascual
  • mvf

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