martes, 14 de abril de 2015

La vida natural 11 y final





Melquiades y Aquiles, los dos perros, se metieron por un camino abierto por el jabalí entre los matorrales; no tardaron en salir de la frondosidad de la ribera del rio y encontrar un camino para regresar.
Llevaban un trecho de camino andado, cuando vieron en la penumbra una figura negra que marchaba por delante de ellos; Aunque el olor a incienso en sus olfatos les dijo quién era, apuraron el paso hasta alcanzar una distancia desde la que podían ver al cura que regresaba también al lugar de la iglesia,  para llegar a su casa. 
Durante un buen rato caminaron tras él, protegidos por las sombras de los árboles al atardecer. De repente oyeron un ruido que iba creciendo por el camino de la iglesia. El cura se paró también delante.. En seguida aparecieron el coche de la herrera y las ovejas corriendo detrás, que venían hacia ellos, por el camino de la iglesia, de regreso al establo. La herrera ante la desaparición de su perro, todo el día, había ido a recoger el rebaño, sin que regresasen ellas solas, pues ya no era la primera vez que en nuestra comarca robaban ovejas, para después cruzar la frontera y venderlas en los mercados de ganado de Portugal.
 Los dos perros se miraron, y echaron a correr hacia el rebaño, sorprendiendo al cura al pasar corriendo frente a él pues no se había enterado que le seguían los dos animales.
Aquiles empezó a reñir a sus ovejas, con sonoros ladridos, para que lo oyese su ama, mientras se echaba a correr con el rebaño, detrás del coche de la herrera. 
Las ovejas de los labrada, que regresaban también con él grupo, reconocieron a su perro y salieron del rebaño para acercarse a su lado. Melquiades, magullado y sin beneficio alguno en sus andanzas sexuales, se paró camino dejando pasar al grupo del rebaño, y con las orejas gachas y la lengua fuera de la boca, jadeando, mostró a sus amigas su cansancio; estas al acercarse junto a él  le dieron unas lambetadas en el hocico; no iban a tener ninguna  consideración.  A la noche cada cual dormiría por su lado. Sin reproches comenzaron a andar los tres de regreso a casa del abuelo de los labrada.

 El hombre se apartó para dejar pasar el coche y la comitiva de la mujer del herrero. Al cruzarse las miradas de los dos, se dieron un saludo. El cura, cuando pasaban los animales por su lado, miró para las ovejas, y pensó en que bien vivían los animales sin el problema que tienen los hombres del sexo y el deseo, y como al cumplir ciegamente con los trabajos para los que los había hecho Dios vivían felices en la vida natural. 
 
El hombre reanudó su camino de regreso a casa.
Era de noche. Un búho real ululaba entre la obscuridad de la frondosidad de los pinos.
A lo lejos se oyó el tiro de una escopeta de perdigones, seguido del quejido de una perra herida.
Un segundo tiro, y se hizo el silencio.


mvf.

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