martes, 6 de junio de 2017

El espantapajaros se llamaba manolo.



Por las escaleras de la cocina se iba dar a la casa vieja en la que habían vivido los antepasados. Se cruzaba para llegar a ella un patio de tierra en el que había un enorme nogal centenario, de treinta metros de altura, que la suerte había querido que sobreviviese a las penurias pasadas en la guerra civil, sin ser talado para vender por necesidad su madera.
La casa vieja era una vivienda rural construida con piedra y barro, de dos plantas y con tejado de pizarra. En la planta baja, separados por un muro de piedra, estaba el establo y la lareira* estancia donde se encendía el fuego que servía de cocina y lugar común de las personas: la planta de arriba de la casa, con piso de madera, tenía las habitaciones encima del establo, aprovechando así el calor del ganado para pasar el invierno. Con el tiempo se dejaron de tener bueyes para arar el campo y el establo ahora, separado por tablas de madera por entre las que se podía ver su interior, estaba dividido en dos dependencias, en una de ellas había jaulas vacías que en algún momento se habían usado para criar conejos; la otra estancia,  cerrada con una puerta rudimentaria, era la cuadra donde se cebaba uno o dos cerdos para la casa.

Al lado de la casa de los abuelos había otra construcción más pequeña, de piedra, donde estaba el horno en el que se hacia antes el pan de maíz o los asados de las fiestas; y un cobertizo en el que se guardaban los aperos de trabajar la tierra y el viejo tractor, que en su tiempo había sustituido a los bueyes. Desde el cobertizo partía el camino que llevaba a la huerta y conducía hasta un pozo de piedra, del que se sacaba agua para regar, a su lado había una higuera; el camino terminaba en un portón, por el que se accedía al campo de labradío. A lo largo del camino, clavados en el suelo, había postes de piedras sosteníendo cada uno una vid que extendía sus desnudas varas del otoño atadas a cuerdas que iban de un poste a otro.

Al llegar al patio, Elisardo se dirigió al columpio, colgado en una de las fuertes ramas del nogal, que le había hecho su padre. Estiró sus piernas, echó su cuerpo para atrás, y agarrado a las cuerdas que sujetaban el columpio, se dejó caer comenzando a desplazarse como un péndulo, adelante y atrás; fue cogiendo cada vez mas impulso y llegado un momento estaba alcanzando el cielo con la punta de sus pies, y así estuvo un rato, balanceándose de un lado al otro. De repente, rozando sus tacones en la tierra, frenó en dos pasadas y saltó del columpio corriendo por el patio, como si fuera un cohete de feria, dio una par de vueltas alrededor del nogal y finalmente continuó su trayectoria en dirección al cobertizo, donde acabo deteniéndose frente a el. Cogió un palo tutor de las tomateras de un montón que había apilados  en entrada del cobertizo. Una vez armado, extendió su brazo y dio dos estocadas en el aire: no tardó en estar haciendo un violento combate invisible. Ya había, entre matados y heridos, despachado veinte o treinta seres imaginarios cuando dio síntomas del hastió provocado por luchar contra tan débiles adversarios. Se sentó un rato encima de una piedra en la que se había hecho un abrevadero para las gallinas, y se puso a escarbar en la tierra con el palo; lo hincó profundamente y torciéndolo sacó unos terrones del que se desprendieron un par de lombrices - las lombrices se estiraban y se contraían tratando de escapar.
 Miró aburrido como se volvían a enterrar.
Se escaparon sin que Elisardo se inmutase, salvándose en esta ocasión, de una muerte segura bajo el sol, como había ocurrido otras veces.
Se levantó y pisó la tierra donde se habían enterrado las lombrices.
De nuevo tiró una estocada en el aire con el palo, paró, dió dos vueltas con su cuerpo y lanzó otro ataque al vacio, y entonces se fijo en el viejo espantapájaros de la huerta, en el que no habíamos reparado.

El espantapájaros se llamaba Manolo

Manolo era especialista en dar sustos a los pájaros. Esperaba sin moverse durante horas y cuando más confiadas estaban las aves, que venían a comer a la huerta, aprovechando cualquier ráfaga de aire, movía su cuerpo produciendo un quejumbroso ruido que sobrecogía a los pájaros y les hacía huír, volando despavoridos. Con el tiempo Manolo había hecho un amigo, un viejo cuervo solitario que había perdido su compañera. El cuervo había descubierto como sacar de su amigo el susodicho ruido, saltando de repente de un hombro de paja al otro; y juntos los dos habían dado a las aves: gorriones, palomas torcaces, lavanderas, verdecillos, estorninos, mirlos ... que osaron aterrizar en la huerta y aproximarse a las tomateras o a los fréjoles, los sustos más grandes de la comarca. De esta manera los dos sacaban partido de su amistad: el cuervo, libre de sus congéneres, disponía para el solo, de los caracoles, babosas e insectos dañinos de la huerta y el espantapájaros, con su amigo apoyado en el hombro, tenía un aspecto siniestro, especialmente al anochecer.



mvf.

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