lunes, 24 de junio de 2019

la noche

Regresó a la cama pero a pesar de su cansancio continuaba tirado encima de las sabanas, con los ojos cerrados y sudoroso, sin poder dormir.
La niebla obscura había vuelto y con ella regresó el zumbido de la mosca, dando vueltas dentro de la obscuridad. Quería huir, pero sus manos no podían moverse, ni sus piernas correr para alejarse. Ese desasosiego de no poder escapar le perturbaba, le lastima y le  producía cada vez más dolor mientras sentía como se ahogaba en el interior de la obscuridad.
Abrió los parpados para conseguir escapar; por la ventana de la habitación entraba una luz mortecina del exterior; sus ojos estaban vidriosos. llenos de venillas hinchadas. 
Se irguió de la cama y salió de la habitación. Fue a la cocina. Allí buscó un cuchillo. El de filetear la carne asada le pareció más apropiado, lo cogió y salió de la cocina, con el en la mano.
Cuando entró en la habitación, su madre roncaba, semidestapada. Le tapó la boca antes de  darle la primera cuchillada; odiaba que le estuviera besando continuamente. Sus ojos se abrieron sorprendidos sin poder decir palabra; solo podía ver como subía y bajaba el cuchillo que tenía su hijo en la mano, y sentir el dolor de las heridas que le iba abriendo en su pecho.
 En la habitación de su hermana repitió la misma operación, pero esta vez usó una almohada para taparle la cara y no ver la mirada de estupor de sus ojos al recibir las primeras cuchilladas. 
Esta vez todo fue más rápido y al terminar se sentó en la cama, a su lado, hasta que el cuerpo de su hermana se enfrió.
Regresó a la cocina manchado de sangre. Tiró el cuchillo al pilón del fregadero y abrió el grifo. Un chorro de agua cayó sobre sus manos arrastrando la sangre por el desagüé. Cuando el color rojo desapareció, cerró el grifo y se secó las manos con el trapo de la cocina.
 Quería tomar un vaso de leche, pero al ir a abrir la puerta de la nevera, la gata se cruzó entre sus piernas haciéndole caer. No sabía de donde había aparecido.
 Trató de echar las manos hacía delante para frenar su caída, pero solo vió con sus ojos como iba contra la mesa la la cocina. No pudo evitar el golpe que su frente dio contra la esquina de la mesa.
Cuando recuperó el conocimiento estaba tirado en el suelo, sin poder moverse. La sangre manaba a borbotones por la herida de su cabeza. Intentó levantarse, pero no podía mover sus manos; ni sus piernas le respondían. Sus ojos estaban abiertos pero la niebla obscura regresó igual, y con ella el zumbido que le había estado enloqueciendo, dando vueltas dentro de su cabeza, pero se fue muriendo poco a poco hasta poderse oír únicamente el débil latido de su corazón que se ahogó en la obscuridad.
Todo quedó en silencio.



mvf




martes, 18 de junio de 2019

la corriente del rio

Después de cenar, la madre se levantó de la mesa y fue a besar a su hijo en la cabeza, como despedida de buenas noches. Mientras tanto, él y su hermana continuaban sentados juntos, sin mediar palabra entre los dos, viendo la tele que había encima del frigorífico.

Pasado un tiempo, ella también se levantó.
—Hasta mañana. Cuando te vayas, deja recogida la mesa.

Sobre la mesa quedaban una botella de cerveza y las mondas de un peladillo, sobre un plato de porcelana blanca, que su hermano acababa de comer.

—No tardes mucho en ir a acostarte —fue su despedida antes de abandonar la cocina.

Continuó un rato más frente al televisor; cogió la cerveza y tomó un trago. Por lo general, se acostaba más tarde, estuviese la televisión encendida o apagada.
A veces daba vueltas alrededor de la mesa de la cocina, una mesa de nogal donde se sentaban los tres para hacer juntas todas las comidas del día.

Cuando decidió irse para la cama, su hermana y su madre ya hacía rato que estaban dormidas.
Entró en la habitación, se quitó el albornoz que llevaba puesto y se tiró encima de la cama.
Era media noche y apenas había movimiento en el exterior: algún coche solitario que pasaba de vez en cuando y una hoja de periódico que arrastró el viento hasta detenerse, abrazando con su pequeño cuerpo el pie del tronco de un árbol próximo a la carretera.

Llevaba más de una hora intentando dormirse, pero un zumbido había aparecido poco a poco; era como si una mosca volase dando vueltas en el interior de su cabeza, impidiéndole conciliar el sueño.
Decidió levantarse de la cama y empezó a dar vueltas por la habitación.
Acercó su cabeza al cristal de la ventana cerrada y miró hacia el exterior; la negrura de la calle estaba escasamente iluminada por una farola de forja.
Recordó los gatitos del río.

A primera hora de la mañana, en el desayuno, su madre y su hermana le dijeron que había que hacer algo con los gatos del garaje. Eso fue todo. Cuando regresó a su habitación, se vistió para dar el paseo por el camino del río. Desde que vinieron de La Coruña, había empezado a hacer el mismo recorrido todos los días: una vez por la mañana y otra vez por la tarde. Al salir de casa, caminaba hasta llegar al camino del río, después continuaba, cruzaba un puente y seguía por el camino ascendente hasta llegar a una pequeña fuente de agua que, por lo general, estaba seca desde los meses de verano. Luego daba la vuelta de regreso. Pero hoy, antes de salir, fue primero al garaje, llevando una bolsa de plástico, para coger los gatitos que la gata había dejado escondidos. Estaban detrás de unas cajas de cartón, en las que habían traído sus pertenencias de La Coruña.
Eran siete. Los fue metiendo uno a uno en la bolsa de plástico. Tenían aún los ojos cerrados y apenas protestaron con débiles maullidos.
Salió de la casa con la bolsa en la mano y empezó a caminar. Al llegar a la altura del puente del río, se acercó a la barandilla de madera y dejó caer la bolsa al agua.
Flotó mientras se iba hundiendo como una extraña embarcación de plástico que naufragaba, arrastrada por la pequeña corriente del río, hasta que los gatitos se ahogaron.



mvf



jueves, 6 de junio de 2019

los regresados

Regresaron la primera semana de octubre, en un turismo azul cargado de maletas.

—¡Por fin llegamos! —exclamó la hija cuando se detuvieron delante de la casa de la ministra, después de dar varios rodeos para llegar allí.

Bajaron del coche.

—¡Hija, la casa está como siempre! —exclamó la madre.

El hijo abrió el maletero para sacar un par de pesadas maletas y siguió detrás de su madre y su hermana, que caminaban en dirección a la casa.

Al abrir la vieja puerta de la entrada, un aire gélido les dio en la cara.

—¡Lo primero, abrir todas las ventanas para que se airee la casa! —dijo la hija, sorprendida por el olor rancio y mohoso de la corriente de aire que acababa de recibir.

Al día siguiente llegó un camión cargado de muebles viejos con dos hombres fornidos que pasaron todo el día descargando y metiendo los muebles dentro de la casa. Dejaron enterados a los curiosos de que tanto ajetreo se debía a que los nuevos vecinos venían de La Coruña, eran del pueblo y habían regresado para quedarse.

Al cabo de unos días, el panadero, mientras hacía el reparto matutino con su furgoneta, se detuvo frente a varias casas del pueblo y no pudo evitar compartir lo que había descubierto. Los recién llegados le habían pedido expresamente que dejara pan cada día en casa de la ministra. Fue entonces cuando aprovechó para preguntar y acabó enterándose de todo: los de La Coruña eran familia de la ministra, y habían vuelto al pueblo para quedarse a vivir; la casa había quedado libre justo después de que la antigua inquilina se marchara porque había comprado una casa nueva. Así lo fue contando a sus clientes, entre entrega y entrega, mientras el rumor se extendía por las calles del pueblo.

Resumiendo: la madre de los regresados era hija de la ministra. El mote le venía a la familia, porque la ministra había sido sirvienta en la casa del cura, donde se encargaba de los conejos y las ovejas de la rectoral; y alguien había comentado que todo iba muy bien hasta que, llegado un tiempo y para evitar habladurías, el cabeza de familia de la parroquia había tenido que deshacerse de la gobernantaduría* de la rectoral abriendo una mercería en La Coruña.

La hija de la ministra había sido la última regenta del negocio puesto por su tío abuelo, y al haberse jubilado, traspasó la mercería y decidieron venirse a vivir al pueblo, porque la hija de la bruja, que les tenía la casa de la ministra alquilada, se había mudado a la casa nueva que había comprado.

Las zarzas se pasaron toda una tarde sentadas en el banco del cruce que está al lado del puente; porque después de su llegada se vio pasear por allí, con las manos cogidas por detrás de la espalda y la cabeza gacha y cejijunta, al hijo, es decir, al nieto de la ministra. Y aunque pasó varias veces por delante de donde estaban ellas, sin pararse para hablar ni saludar a las decanas de la región, las zarzas confirmaron que este tenía la misma nariz y un peculiar andar, ladeando la cadera a los lados, idéntico al andar del antiguo cura del pueblo; aunque se veía que le faltaba un soplo.




continuara.

No rae. La uso como trajimaneje o trapicheo que desgobierna.