lunes, 24 de marzo de 2025

El sueño del viejo pescador. Cuento de terror

El sol se había ocultado hacía rato en el horizonte, después de pintar el cielo con tonos anaranjados y morados. En su humilde cabaña, apartada de las últimas casas del pueblo, el viejo pescador despertó a medianoche sobresaltado, sudando frío. Su corazón latía con fuerza y sus manos temblaban al recordar el sueño que acababa de tener.

No puede ser... —murmuró para sí mismo mientras salía de la cama y encendía una vela—. Esa maldición... no puede ser real que algo así pueda ocurrir.

Al día siguiente, el viejo pescador, con el corazón cargado de inquietud, se dirigió a la cantina del puerto. Allí, entre el murmullo de conversaciones y el aroma a sal y alcohol, decidió contar a los presentes su sueño. Con voz temblorosa y mirada llena de preocupación, les contó que había soñado algo terrible.

¡Escúchenme, por favor! —gritó para hacerse oír sobre el bullicio de la cantina— ¡Una gran desgracia caerá sobre nosotros si no nos alejamos de aquí!

Y repitió, ante algunos de los presentes que hicieron silencio para escuchar, el sueño de la noche anterior:
—En tiempos lejanos, unos hombres intentaron dominar el poder del océano para obligarlo a cumplir sus deseos, usando artes oscuras y hechicería prohibida, pero sus conjuros y sortilegios solo sirvieron para liberar a un ser innombrable que está atrapado en las entrañas del océano.

Los presentes, incrédulos y divertidos, entre murmullos y miradas burlonas, se rieron de él, interpretando su advertencia como mera fantasía de un viejo pescador a quien la edad había vencido su razón.

Viejo, quizás estés cansado... Descansa un poco. El océano está en calma; no hay nada que temer.
—¡No me entienden! —gritó el viejo, desesperado—. ¡El océano no está tranquilo! ¡Solo está esperando! ¡Si no me creen, acompáñenme a la playa esta noche! ¡Les mostraré la verdad de lo que va a ocurrir!

Entre los marineros que le escucharon, hubo risotadas y algún que otro comentario despectivos. Algunos rieron, otros murmuraron, pero nadie se ofreció a acompañarlo.

El pescador, con el alma apesadumbrada, guardó silencio y los miró con tristeza, sintiendo el peso de la soledad y la incomprensión. Sin mediar palabra, apuró su trago de un tirón, dejó caer la jarra sobre la barra con un golpe seco y, mientras el eco del vaso vacío resonaba en el local, se dio media vuelta y salió de la cantina, rumbo a su choza. 

 

Esa noche, al atardecer, el viejo tomó una lámpara de aceite y bajó a la playa. La luna llena iluminaba la arena, y el sonido de las olas parecía más fuerte que nunca. Caminó lentamente hacia un lugar apartado, lejos del bullicio del pueblo, donde su memoria deteriorada recordaba haber visto algo extraño años atrás. Era un sitio solitario, rodeado de rocas altas y escarpadas que parecían vigilar el océano desde tierra. Con esfuerzo, trepó sobre las rocas, buscando una posición elevada desde donde pudiera observar el horizonte y ver cualquier señal de cambio. El viento salado golpeaba su rostro mientras escudriñaba las aguas, esperando encontrar algún signo que confirmara lo que había soñado. ¿Aparecerían en el horizonte aquellos extraños fenómenos que su mente había vislumbrado? Con el corazón latiendo fuerte, se preparó para descubrir si sus temores tenían fundamento o si, tal vez, todo no era más que el eco de una pesadilla. Pero el sueño lo venció y quedó dormido apaciblemente, recostado contra una de las rocas que aún conservaban el calor del sol acumulado durante el día.

Las olas se rompían con furia desmedida, convirtiéndose en espuma y agua contra el rompeolas, aquel muro de piedra que resguardaba las embarcaciones de los pescadores en su refugio. Cada embestida del oleaje resonaba como un rugido profundo, una advertencia inquietante, como si el océano mismo intentara comunicar a la gente que algo terrible se avecinaba. El viento aullaba entre los mástiles de los barcos, llevando consigo un frío que helaba hasta los huesos, y un olor salobre impregnaba el aire.

De repente, las aguas comenzaron a agitarse de manera inquietante, como si algo enorme se estuviera moviendo en las profundidades. La superficie del océano, antes caótica, se convirtió en un remolino de espuma y sombras. Luego, con una lentitud que desafiaba la lógica, la marea comenzó a retirarse, arrastrando consigo algas y peces. Y el océano se retiró más allá de lo que nadie había visto antes, dejando al descubierto el lecho marino: un paisaje surrealista y desconocido.

Bajo la luz plateada de la luna, el fondo del océano se reveló como un mundo olvidado: de rocas y grietas profundas que parecían llevar al corazón de la Tierra, y criaturas marinas que se retorcían en un intento desesperado por volver al agua. La arena, húmeda y reluciente, reflejaba tenuemente la luz lunar, creando un espectáculo a la vez hermoso y aterrador.

Por la mañana, cuando los habitantes del pueblo salieron de sus casas, curiosos y asombrados, se reunieron en el puerto para contemplar el fenómeno ocurrido: una vasta extensión cubierta de algas verdosas se extendía ante sus ojos, hasta el horizonte. El silencio era abrumador, solo interrumpido por el leve goteo del agua que escapaba de las rocas y el crujido de las conchas bajo el peso de los pasos de quienes se atrevían a acercarse. Algunos niños en la playa comenzaron a correr entre enormes estrellas de mar y pequeños animales marinos, atrapados entre las algas resbaladizas, que huían asustados de sus pies.

Era como si el océano hubiera decidido mostrar su rostro más antiguo.

Nunca había visto algo así —dijo una mujer mientras tomaba con cuidado la mano de su hija—. ¿Por qué el océano nos muestra sus secretos?

Entre la multitud congregada, un niño extendió su brazo y señaló hacia el horizonte, donde emergían los restos de un antiguo barco de madera, hundido tiempo atrás en un naufragio. Movidos por la curiosidad, algunas personas comenzaron a acercarse con cautela al lugar. Allí, carcomidas por el salitre y cubiertas de algas y una gruesa capa de sedimento, asomaban las vigas que en su día habían sostenido las velas de lo que debió ser una embarcación imponente y llena de grandeza. A pesar de los años sumergidos, el barco aún conservaba parte de su antigua majestuosidad, y sobre sus maderas, desgastadas pero resistentes, se distinguían talladas las letras de una escritura extraña y olvidada, evocando un tiempo en que había surcado los océanos con orgullo y misterio.

De entre los curiosos congregados, tres pescadores conocidos en el pueblo se atrevieron a adentrarse en el interior de las ruinas del barco. Ayudándose mutuamente para sortear las dificultades, lograron acceder al interior del barco a través de una de las aberturas en las maderas del casco. Una oscuridad húmeda y fría los envolvió de inmediato, como si el tiempo hubiera sellado aquel espacio con un peso intangible. Estaban seguros de que iban a descubrir el misterio que el barco guardaba.

Con cautela, se adentraron, avanzando hasta llegar al pasillo principal, que recorría la embarcación de proa a popa, conectando la zona delantera con la parte trasera del barco.

Las paredes estaban cubiertas de salitre y marcadas por el desgaste, y sus sombras entre la penumbra y la escasa luz que entraba al interior del barco proyectaban sombras difusas y alargadas que danzaban de manera inquietante sobre las maderas corroídas, como si el propio barco estuviera vivo y observara cada movimiento de sus visitantes. El aire denso que los rodeaba, cargado de sal y humedad, creaba una atmósfera opresiva que despertaba la sensación de hallarse en un lugar ancestral, donde yacía oculto un misterio insondable.

Mientras los tres marineros avanzaban por las entrañas del misterioso navío, cada paso era lento y medido, guiado más por el tacto y la intuición que por la vista. Caminaban a tientas, viendo apenas lo que tenían frente a ellos, pues la escasa luz del día que lograba filtrarse a través de las grietas del casco apenas iluminaba su camino. Y sus movimientos resonaban en el interior del silencio del barco mientras las maderas de la embarcación crujían, mojadas y resbaladizas bajo sus pies, como si el propio barco les advirtiera del peligro de su curiosidad.

Uno de los marineros se detuvo y, levantando una mano, obligó a los otros dos a pararse. Con un gesto firme, señaló hacia un compartimiento donde, dispersos y cubiertos por una fina capa de sedimentos, asomaban restos de esqueletos blanquecinos y frágiles.

Uno de los marineros se detuvo de repente y, levantando una mano con firmeza, obligó a los otros dos a detenerse en seco. Con un gesto serio y cauteloso, señaló hacia un compartimiento cercano. Un escalofrío les recorrió la espalda. Allí, dispersos y cubiertos por una fina capa de sedimentos, asomaban los restos de esqueletos blanquecinos y frágiles, y comprendieron que no estaban solos en aquel lugar.

De repente, algo se movió en las sombras, justo frente a ellos. Una figura larga y oscura se retorció en el agua, salpicando con fuerza y haciendo que todos retrocedieran asustados. El hedor a podredumbre y sal marina los golpeó con intensidad, aumentando su sensación de pánico.

El grupo, convencido de que tenían ante ellos a una criatura sobrenatural, se apretujó contra las paredes resbaladizas de madera. Sus ojos brillaban con un destello salvaje en la penumbra, y sus mandíbulas, repletas de dientes afilados, se abrían y cerraban con un sonido inquietante, mientras su cuerpo negro y viscoso se agitaba en el agua. El corazón les latía con fuerza, y el miedo los paralizó por un instante. Uno de los exploradores, agarrando con fuerza una espada oxidada de entre los restos de los esqueletos, reunió valor y se acercó con cuidado, intentando evitar la dentellada del animal.

La criatura marina se lanzó hacia él con un movimiento rápido, pero el hombre logró esquivarla y, con un golpe certero, clavó la espada en el cuerpo del animal. El pez se debatió violentamente, golpeando las paredes y salpicando agua por todos lados, mientras el grupo observaba con una mezcla de terror y fascinación su danza moribunda. Finalmente, el congrio quedó inmóvil, flotando en el agua turbia.

Solo entonces, al verlo de cerca, se dieron cuenta de que no era un monstruo, sino un enorme y feo congrio, atrapado en el pasillo inundado del barco. Respiraron aliviados, pero la tensión no desapareció del todo.

La sensación de que el barco aún escondía su secreto los mantenía en vilo. Tras un intercambio de miradas entre asombro y temor, los tres exploradores continuaron su avance. El agua, fría y turbia, chapoteaba alrededor de sus pies mientras se adentraban con cautela por el pasillo principal de la embarcación. En los rincones, las sombras parecían cobrar vida, como si algo más los estuviera observando desde la penumbra.

Finalmente, llegaron al camarote de popa, donde una puerta de madera les bloqueaba el paso. Entre los tres, la empujaron con esfuerzo. La puerta chirrió, sus goznes oxidados protestando con un crujido sordo y un chirrido metálico con cada empujón, pero finalmente lograron abrirla, no sin antes vencer su resistencia.

El aire en el camarote era aún más denso que en el resto del barco, impregnado de un olor a humedad y madera podrida.

El espacio contaba con tres grandes ventanas: dos laterales y una central, que en otro tiempo debieron ofrecer una vista imponente del mar. Ahora estaban cubiertas por cortinas empapadas y desgarradas, que apenas permitían el paso de unos hilos de luz diurna, sumiendo la estancia en una penumbra espesa. Las cortinas colgaban de manera fantasmal, meciéndose levemente, como si respiraran con el movimiento del agua estancada que ahora cubría el suelo hasta los tobillos.

En el centro de la estancia, emergiendo de la penumbra, había un escritorio antiguo. Sobre él, bañados por un resplandor blanquecino y fantasmal, yacían los restos deshechos de unos pergaminos antiguos, descoloridos y frágiles como el tiempo mismo. Junto a ellos, un cofre de madera, cerrado herméticamente, despertaba la curiosidad de los visitantes y la sospecha de que en su interior se escondía el misterio que el barco había guardado durante tanto tiempo.

Los exploradores se miraron entre sí, sabiendo que estaban a punto de descubrir algo importante. Uno de ellos se acercó al cofre y, con manos temblorosas, intentó abrirlo. La tapa no cedía, atascada por el paso del tiempo y la humedad que había endurecido la madera. Otro se unió a él, y juntos intentaron forzar la cerradura oxidada, pero esta resistía. Finalmente, uno de ellos tomó la espada oxidada con la que habían dado muerte al congrio y, con cuidado, usó la hoja oxidada como palanca, aplicando presión sobre la tapa del cofre. Tras varios intentos, el cofre finalmente se abrió, revelando el contenido oculto en su interior después de décadas, o quizás siglos, de permanecer sellado en el fondo del mar: era una oscuridad negra y espesa que lo llenó todo.

En el exterior del barco, los habitantes del pueblo observaron con preocupación cómo las algas empezaban a moverse levemente, como si estuvieran vivas, y cómo el aire se volvía más pesado, cargado de un olor salobre y extraño. El suelo tembló bajo sus pies, y las algas comenzaron a retorcerse como si intentaran escapar. Entonces, un sonido lejano comenzó a escucharse, un rugido profundo que parecía venir de las profundidades.

Desafiando el horizonte, tal como soñó y temió el viejo pescador, emergió de la nada una monstruosa muralla liquida. Una cicatriz oscura en el océano que se volvió gigante. Era una colosal ola de agua oscura y espumosa, imparable, que con una velocidad aterradora se abalanzó sobre el pueblo. Los gritos de pánico se fundieron con el estruendo ensordecedor que los hizo desaparecer. Sin tiempo para escapar, la ola lo cubrió todo, arrasando con una fuerza devastadora, casas, botes y vidas que desaparecieron en cuestión de segundos, como si el océano hubiera reclamado de golpe lo que le pertenecía.

Cuando llegó la noche de ese día y la luna llena ascendió en el cielo, el aire se volvió cálido de nuevo. La brisa marina recuperó su ritmo sereno, como si jamás hubiera roto su armonía. Pero al retirarse las aguas, solo quedaron a la vista las ruinas de las casas del pueblo, los escombros esparcidos entre la arena de la playa, y los seres marinos, que corrían entre algas verdosas, se erigieron como únicos habitantes de aquel lugar que el tiempo borró de la memoria del anciano.

 

mvf.







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