sábado, 14 de febrero de 2026

la despedida , micro relato

 

Al salir de casa, Clara intentó enviar un mensaje con el móvil para avisar de que ya iba para el cementerio, pero en ese momento internet avanzaba a paso de tortuga, como si una mano invisible estrangulase las ondas. Al alzar la vista, el motivo se hizo evidente: en la calle, sobre el gris oscuro del asfalto, yacían tres pajaritos muertos. Uno de ellos, un gorrión con las plumas desordenadas, estaba pegado a la rueda de un coche. *Un mal augurio*, pensó, mientras, sin apartar los ojos de la pantalla, caminaba hacia la parada del autobús.

El autobús llegó y se detuvo. Clara mostró el abono en el lector, que tardó tres segundos en iluminarse de verde —una eternidad—; después, se dejó caer en un asiento junto a la ventanilla. La ciudad pasaba, gris y húmeda, frente a ella, pero ella no miraba.

Entonces el teléfono vibró.

—Lucía —vio en la pantalla.

Clara frunció el ceño. Deslizó el dedo hacia la izquierda. Rechazar. Y empezó a teclear: *Ya voy en el bus, en cinco...*

Pero el teléfono volvió a vibrar. Otra vez Lucía.

—Ay, coño, qué manía de llamar —murmuró Clara, y esta vez aceptó la llamada.

—¿Sí? —su voz sonaba plana, casi metálica—. Sí, ya voy. No. He visto el PDF en el correo. Lucía, te lo juro, ya lo imprimí y lo llevo conmigo… No, es que va tan lento esto… Bueno. Vale. Sí. Hasta ahora.

Colgó y dejó caer el teléfono sobre su regazo, como si pesara más de lo que pesaba.

—No lo soporto —dijo en voz baja, pero lo bastante alto para que la señora del asiento de al lado la mirara de reojo—. Ya no sé qué me da oír a la gente por teléfono. Es una molestia. ¿Tan difícil es escribir un mensaje, un WhatsApp, un correo? Pero llamar, ¿para qué?

La señora no dijo nada. Clara tampoco esperaba respuesta.

Miró por la ventana. El internet va lento. Mal augurio, pensó.

El cementerio olía a tierra mojada y a crisantemos mustios. El aire, frío y denso, se aferraba a la lana de los abrigos. Lucía los esperaba junto a la tumba de mármol negro, con los ojos húmedos y brillantes.

Se abrazaron al encontrarse.

—Gracias —dijo Lucía, mientras apretaba el papel contra el pecho. Era una despedida preparada para el momento, escrita por ella la noche anterior.

Clara asintió. No dijo que, al imprimirlo, se había quedado sin tinta negra y había tenido que cambiar el cartucho. No dijo que el mensaje de Lucía había tardado siete minutos en llegarle, atascado en ese internet de mierda…

Solo dijo:

—De nada.

Lucía se aclaró la garganta y empezó a leer:

—… Era una mujer de pocas palabras, pero cuando hablaba, se le escuchaba… Tenía una claridad y una integridad que mandaban más que cualquier regla… Solo queremos darle las gracias por su ejemplo, por su fortaleza y por la impronta que deja en cada uno de los que tuvimos la suerte de trabajar a su lado…

—Descanse en paz.

—¡Amén!

Llegado el momento —ese instante incómodo y cargado de silencio— de colocar el ramo de margaritas raquíticas sobre la losa húmeda, Clara notó algo extraño. Se inclinó levemente, frunciendo el ceño.

—¿No se ven un poco… escuálidas? —murmuró, su voz apenas un susurro cargado de duda.

Marcos se acercó a ella; la gravilla crujió bajo sus zapatos cuando se detuvo frente a las flores. Clara tenía razón: las flores del ramo, casi mustias, semejaban tallos finos como alambres y parecían tener menos pétalos de lo habitual, como si alguien hubiera querido economizar, abaratando el coste de la ofrenda.

Fue precisamente esa mezcla de pobreza y descuido la que hizo saltar el cerrojo de la memoria. El contraste fue tan brutal que el recuerdo asaltó la mente a la vez, físico y vibrante: la última cena en la fiesta de empresa. El salón del restaurante con luces de colores, el rumor de las copas, el aire cargado de perfume y alcohol barato. Y Ella, aquella mujer a la vez temida y admirada, de carácter áspero y energía desbordante, contando un chiste tan malo, tan terriblemente absurdo, que provocaba risas en sus aduladores.

Aquella risa de entonces no era este arrepentimiento sepulcral. Era una pelota de goma salvaje, sobre sus cabezas, que botaba sin control, rebotando de las paredes a las mesas con manteles blancos; una pelota de esas que rompen cosas —una copa, un plato, la solemnidad— y a nadie le importaba, porque la hipocresía del momento lo descuidaba todo

 En ese silencio incómodo, bajo un cielo plomizo y con el internet aún inútil en el bolsillo, Clara comprendió que la hipocresía no era solo de Lucía. Era de todos ellos, fingiendo un duelo, honrando con flores marchitas una vida que, en su momento, no tuvieron el valor de enfrentar, permitiendo sus tiranías, haciendo la vista gorda y con la boca callada.

—Que Dios no se lo tenga en cuenta, pero se lo tenía creído —pensó Clara mientras una sonrisa trémula le contraía los labios. En aquel momento, el silencio dejaba sentir el frío de las hojas marchitas de los árboles que les rodeaban. Y todos, en el fondo, nos alegramos cuando se jubiló y quedamos solos. La muerte había traído ahora el recuerdo en el silencio de la tarde en el cementerio.

Y los pájaros muertos que había visto al salir de casa, en la calle, parecían presagiar que el tiempo todo lo olvida.


mvf

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