Al
salir de casa, Clara intentó enviar un mensaje con el móvil para avisar
de que ya iba para el cementerio, pero en ese momento internet avanzaba
a paso de tortuga, como si una mano invisible estrangulase las ondas.
Al alzar la vista, el motivo se hizo evidente: en la calle, sobre el
gris oscuro del asfalto, yacían tres pajaritos muertos. Uno de ellos, un
gorrión con las plumas desordenadas, estaba pegado a la rueda de un
coche. *Un mal augurio*, pensó, mientras, sin apartar los ojos de la
pantalla, caminaba hacia la parada del autobús.
El autobús llegó y
se detuvo. Clara mostró el abono en el lector, que tardó tres segundos
en iluminarse de verde —una eternidad—; después, se dejó caer en un
asiento junto a la ventanilla. La ciudad pasaba, gris y húmeda, frente a
ella, pero ella no miraba.
Entonces el teléfono vibró.
—Lucía —vio en la pantalla.
Clara frunció el ceño. Deslizó el dedo hacia la izquierda. Rechazar. Y empezó a teclear: *Ya voy en el bus, en cinco...*
Pero el teléfono volvió a vibrar. Otra vez Lucía.
—Ay, coño, qué manía de llamar —murmuró Clara, y esta vez aceptó la llamada.
—¿Sí?
—su voz sonaba plana, casi metálica—. Sí, ya voy. No. He visto el PDF
en el correo. Lucía, te lo juro, ya lo imprimí y lo llevo conmigo… No,
es que va tan lento esto… Bueno. Vale. Sí. Hasta ahora.
Colgó y dejó caer el teléfono sobre su regazo, como si pesara más de lo que pesaba.
—No
lo soporto —dijo en voz baja, pero lo bastante alto para que la señora
del asiento de al lado la mirara de reojo—. Ya no sé qué me da oír a la
gente por teléfono. Es una molestia. ¿Tan difícil es escribir un
mensaje, un WhatsApp, un correo? Pero llamar, ¿para qué?
La señora no dijo nada. Clara tampoco esperaba respuesta.
Miró por la ventana. El internet va lento. Mal augurio, pensó.
El
cementerio olía a tierra mojada y a crisantemos mustios. El aire, frío y
denso, se aferraba a la lana de los abrigos. Lucía los esperaba junto a
la tumba de mármol negro, con los ojos húmedos y brillantes.
Se abrazaron al encontrarse.
—Gracias
—dijo Lucía, mientras apretaba el papel contra el pecho. Era una
despedida preparada para el momento, escrita por ella la noche anterior.
Clara
asintió. No dijo que, al imprimirlo, se había quedado sin tinta negra y
había tenido que cambiar el cartucho. No dijo que el mensaje de Lucía
había tardado siete minutos en llegarle, atascado en ese internet de
mierda…
Solo dijo:
—De nada.
Lucía se aclaró la garganta y empezó a leer:
—…
Era una mujer de pocas palabras, pero cuando hablaba, se le escuchaba…
Tenía una claridad y una integridad que mandaban más que cualquier
regla… Solo queremos darle las gracias por su ejemplo, por su fortaleza y
por la impronta que deja en cada uno de los que tuvimos la suerte de
trabajar a su lado…
—Descanse en paz.
—¡Amén!
Llegado
el momento —ese instante incómodo y cargado de silencio— de colocar el
ramo de margaritas raquíticas sobre la losa húmeda, Clara notó algo
extraño. Se inclinó levemente, frunciendo el ceño.
—¿No se ven un poco… escuálidas? —murmuró, su voz apenas un susurro cargado de duda.
Marcos
se acercó a ella; la gravilla crujió bajo sus zapatos cuando se detuvo
frente a las flores. Clara tenía razón: las flores del ramo, casi
mustias, semejaban tallos finos como alambres y parecían tener menos
pétalos de lo habitual, como si alguien hubiera querido economizar,
abaratando el coste de la ofrenda.
Fue precisamente esa mezcla de
pobreza y descuido la que hizo saltar el cerrojo de la memoria. El
contraste fue tan brutal que el recuerdo asaltó la mente a la vez,
físico y vibrante: la última cena en la fiesta de empresa. El salón del
restaurante con luces de colores, el rumor de las copas, el aire cargado
de perfume y alcohol barato. Y Ella, aquella mujer a la vez temida y
admirada, de carácter áspero y energía desbordante, contando un chiste
tan malo, tan terriblemente absurdo, que provocaba risas en sus
aduladores.
Aquella risa de entonces no era este arrepentimiento
sepulcral. Era una pelota de goma salvaje, sobre sus cabezas, que botaba
sin control, rebotando de las paredes a las mesas con manteles blancos;
una pelota de esas que rompen cosas —una copa, un plato, la solemnidad—
y a nadie le importaba, porque la hipocresía del momento lo descuidaba
todo
En
ese silencio incómodo, bajo un cielo plomizo y con el internet aún
inútil en el bolsillo, Clara comprendió que la hipocresía no era solo de
Lucía. Era de todos ellos, fingiendo un duelo, honrando con flores
marchitas una vida que, en su momento, no tuvieron el valor de
enfrentar, permitiendo sus tiranías, haciendo la vista gorda y con la
boca callada.
—Que Dios no se lo tenga en cuenta, pero se lo
tenía creído —pensó Clara mientras una sonrisa trémula le contraía los
labios. En aquel momento, el silencio dejaba sentir el frío de las hojas
marchitas de los árboles que les rodeaban. Y todos, en el fondo, nos
alegramos cuando se jubiló y quedamos solos. La muerte había traído
ahora el recuerdo en el silencio de la tarde en el cementerio.
Y los pájaros muertos que había visto al salir de casa, en la calle, parecían presagiar que el tiempo todo lo olvida.
mvf
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