lunes, 6 de agosto de 2012

el perdon 20


El monte tiene dos pistas rurales que lo surcan horizontalmente a distinto nivel de altura limitando entre ellos diferentes parcelas  de cultivos de eucalipto y de pino entremezclados con otras especies arbóreas autóctonas de Galicia.  La pista de la parte superior del monte comienza  casi en la cima y se dirige hacia el este  hasta que termina bajando en diagonal  para encontrarse doscientos metros más abajo con la otra pista después de una curva cerrada que a más de algún vecino tiene dado un buen susto; desde allí la segunda pista, como una cinta encaprichada abrazando la ladera del monte, regresa hacia el oeste.
A lo lejos se ve una humareda de polvo que siguiendo el trazado de la pista superior, comienza a descender desde la cima,  por  la derecha del monte; no tarda en llegar la la curva acodada, allí doscientos metros más abajo la polvareda se agranda, y sigue el nuevo sentido después de salir de la curva acodada corre por el nuevo sentido de la pista inferior y se dirige esta vez hacia la izquierda del monte; a mitad del recorrido nace un camino que baja por la pendiente de la ladera del monte, al llegar allí la incesante polvareda gira bruscamente  y comienza a descender. Ahora desde aquí se ve que la polvareda persigue a un motorista con un casco esférico de color amarillo montado en una moto cubierta, o que el motorista y su moto huyen de la polvareda, no está claro;  mientras descienden van dejando a su lado izquierdo unos pinares y al lado derecho sembrados de maíz y algunas tierra que están en descanso en esta época del año. La polvareda persigue tenazmente al motorista pero finalmente ambos desaparecen en una arboleda que esconde el pie del monte.  Oculto por la sombra de los árboles, el camino aún tiene que ascender un pequeño otero * monticulo y descender de nuevo para llegar  hasta nosotros. Al motorista le precede un ruido sordo y ronco del motor de la moto y al cabo de un buen rato asoma descendiendo por el monticulo . El motorista viene oculto por el casco esférico de color amarillo que le protege totalmente la cabeza, y un poncho de hule*   chubasquero, que cubre al conductor y a la moto. De la moto solo sobresale un parabrisas transparente, que en el invierno protege al conductor de la lluvia y en verano de los mosquitos y el polvo.
Finalmente el motorista llega hasta nosotros, un apartado lugar donde la ría y el rio se esconden enamorados entre árboles frondosos;  entonces, después de bajar de la moto, la oculta entre unos matarroles y luego se aleja adentrandose  por un sendero repleto de helechos; no tarda en llegar a una vieja construcción de madera escondida de la mirada de la gente, donde estaban trabajando sus amigos.
En el lugar estaban los de la batea y la rusa que se apartó del grupo y saludó al motorista, el motorista se quitó el casco amarillo y dejó al descubierto su frente llena de sudor y sus pobladas cejas. La rusa llamaba al motorista el spunik pero ya era demasiado mayor para que alguien le cambiase de nombre al herrero.
Estuvieron hablando largo rato sobre el trabajo que estaban llevando a cabo para convertir un viejo furgón en un sumergible.
El furgón había sido idea de la rusa, y el furgo siguiendo las instrucciones de la rusa se encargó de la compra y lo había trasladado hasta el improvisado astillero. Cuando llevaron allí al herrero la primera vez, él y la rusa estuvieron media tarde discutiendo. Al final el herrero después de entender la idea basada en el principio de arquimedes traducido del ruso, sacó su metro y silvando su vieja melodía, con la que acostumbraba a martillear el hierro al rojo en la fragua, empezó a tomar sus medidas para reforzar el interior de la caja del viejo vehículo.
 Entre el herrero y la rusa ya habían reforzado por dentro la estructura con tubos de aluminio, e instalados los motores eléctricos que lo propulsarían, movidos con baterías.  Ahora estaban pintándolo por fuera, bajo la atenta mirada de la ingeniera, con varias manos de pintura de poliuretano quedando cubierto por una gruesa capa de goma.
 Cuando terminaron de hablar, el herrero se despidió de la rusa. Tardarían aún dos semanas en tener todo preparado para realizar una prueba y convencer a los venezolanos.
Los venezolanos no tenían droga, pero estaban en medio de los grandes productores de droga, entre ellos colombia, y por su  país  pasaban ingentes cantidades de droga con destino a estados unidos. Y se habían interesado por la idea y el invento de los gallegos al enterarse de la participación de una ingeniera naval rusa. Y habían dicho que tendrían que hacer una demostración yendo a recoger un paquete a altamar.
 El choco , como lo habían bautizado, no tardaría en estar terminado y entonces realizarían los preparativos para hacer la prueba e ir a recoger el paquete altamar .  
El herrero regresó de nuevo por el sendero con el casco amarillo de motorista puesto, seguramente, como decia la rusa, -  por los mosquitos - .
Al salir del sendero recuperó la moto que había dejado escondida y después de varios intentos para arrancarla se marchó a refrescarse con alguna bebida a la cantina de la sagrado, donde llevaba varios días  pagando rondas y dejándose ganar los cafés al domino para congraciarse con sus vecinos.
El camino desde donde estábamos nosotros ocultos continuaba, tras varias curvas y hacer varios kilómetros, pasando por delante de las tierras de los de la labrada y haciendo un alto en la cantina de la sagrado,  hasta llegar al pueblo.

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