lunes, 19 de noviembre de 2012

la piruleta 6





Como el sisa estaba todo el día en su casa, su madre le tenía encargado que atendiera la huerta, y la huerta estaba repleta de lechugas. Lo malo que tiene el sembrar lechugas, es que si las siembras todas juntas, te salen todas a la vez* por si algún lector quiere tener lechugas en unas macetas, lo que se hace es echar unas pocas cada semana, y así van saliendo y se van cogiendo las lechugas, con margen de una semana, y se tiene tiempo para comerlas.
La madre del sisa bajó a la huerta y había regresado a la cocina cargada de lechugas para preparar unas bolsas para sus amistades, cuando terminó se puso a mirar las cosas que podrían hacer falta para enviar a su hijo de compras al supermercado. Había decidido aflojar la guardia y custodia maternal a la que tenía sometido a su hijo y que saliese de casa; así podría airearse un poco, y podría regresar todo contento, y riéndose, después de echarse un pitillo o dos, de esos aromáticos que ella sabía que fumaba a escondidas.
La señora estaba en la cocina tomándose una infusión para la taquicardia, cuando apareció su hijo; le saludó con silencio. Al cabo de un rato sin hablar le explicó que tendría que llevar las bolsas cargadas de lechugas y le entregó el papel donde estaban escritos los recados del reparto y una larga lista de la compra para ir al supermercado.
La madre del sisa le oyó cerrar el portón cuando salía de la casa.
Recordaba cuando hace años había llevado a su hijo pequeñito a la fiesta. Habían salido de casa porque alguna de las pocas amistades que tenían había decidido hacer una buena obra en esos días, y no pararan de insistir con motivo de las fiestas patronales en que tenía que dejarse ver y salir con el niño * de aquellas ser madre soltera estaba muy mal visto.
Vinieron a buscarles a media tarde para salir, y después de tomar unos refrescos, en un puesto de la fiesta, decidieron llevar al sisa a montar a los caballitos. El sisa movía las piernas y reía llenó de alegría mientras el tío vivo daba vueltas y el caballito subía y bajaba.
Al terminar le habían comprado una nube de azúcar, que el niño trataba de comer a bocados, con su boca pequeñita, mientras la nube le ocultaba la cabeza.
Iban cogidos de la mano, y pasaban por delante de unas atracciones consistentes en unas barcas, en las que montaban las personas y tiraban de unas cuerdas balanceándose en el aire de delante para atrás como los columpios, cuando vieron un payaso con unas grandes piruletas dulces de colores en la mano, se dirigieron hacía el y cuando estaban a unos pasos, el niño empezó a gritar horrorizado mientras se trataba de ocultar abrazándose a la pierna de su madre.

-     ¡ mama, mama, mama ... , el diablo, el diablo, el diablo ... !

Con los gritos de espanto, las personas que estaban alrededor de ellos se pararon y los ruidos de la fiesta misma se paralizaron en el aire saliendo el silencio en socorro del niño.

El payaso, era una persona de color, al que el niño que jamás había visto a alguien tan negro, con ojos horrorizados, señalaba con el dedo.

La madre se puso todo colorada, porque no sabía como explicar que por las noches le decía a su hijo que si no dormía vendría el diablo, que era negro como un tizón. Y lo llevaría para quemarlo en el fuego eterno por malo.
El payaso, mientras el niño le señalaba con el dedo, se acercó a el, ofreciéndole una piruleta de las que llevaba en la mano.
Entre la piruleta y el diablo, el sisa se decidió por el diablo al que le extendió la mano para irse con el,  llamándole papa.
Y la fiesta continúo de nuevo con las carcajadas del momento.


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