miércoles, 2 de enero de 2013

la decisión 12


La luz del faro giraba en silencio, rotando en la obscuridad, cubriendo una amplia distancia, de noche y océano.
Esa noche en la ria Marcelino, el guardia civil, estaba de servicio patrulla. Su compañero un veterano ya entrado en años, después de tomar unos cafés fríos entre los dos, se había quedado durmiendo en el antiguo edificio que había servido durante muchos años como refugio a los pescadores.
 Marcelino, no podía pegar ojo, cargado de preocupaciones por la proximidad de la fecha de su boda, en que pasaría, cogido de la mano de su suegro, a buen recaudo y vigilancia,  de su futura mujer, suegra, tías de la novia … así que había cogido el coche patrulla, mientras su compañero dormía, y se había dirigido a dar una vuelta por la costa.
Ya cuando venía de regreso a recoger a su compañero, desde el coche vio el bulto que asomaba en el agua; detuvo el coche patrulla a un lado de la carretera y bajó andando hasta la playa, con el cuidado de no mojarse con las olas, para divisar mejor su descubrimiento. Había una cuerda, de las que se usaban en las bateas para criar los mejillones y al tirar de ella pudo observar como iba trazando una línea en dirección a la extraña sombra.
Marcelino fue por el vehículo y bajó con el a la playa. Ató la cuerda con el gancho del todo terreno y comenzó a tirar de ella hasta que el bulto empezó a sobresalir del agua, y aproximarse a tierra, cogiendo forma de un gigantesco cohombro marino.

Al llegar a tierra, el gigantesco cohombro se mantuvo silencioso, mientras las olas que terminaban por morir en la arena de la playa lo mantenía con un ligero vaivén.
Marcelino, viendo los contornos, llegó a la conclusión que el extraño e inmenso cohombro marino, no era más que un furgón engomado, que estaban pasando de contrabando; hasta que inesperadamente se abrió una extraña entrada, que era como un ombligo, o una boca negra, por la que al cabo de unos segundos empezó a salir una mujer con acento extraño, y después, ante su perplejidad, terminaron por salir los dos hermanos de la batea.

Marcelino mantuvo un rato a sus vecinos a raya, mientras les apuntaba con la luz del foco de la linterna, pensando en lo que tenía enfrente a pesar de la sabiduría con que sus superiores le habían encomendado, hasta llegar el día de la boda, la vigilancia en áreas remotas y perdidas de la costa donde nunca pasaba nada.  Entonces llegó a la conclusión de que este trabajo no era para él, que de una u otra manera esta situación le acabaría perjudicando, así que, por primera vez en su vida, decidió hacer la vista gorda, para evitarse todo el papeleo, y que no iba a casarse.
Y con el agradecimiento de los salvados,  ayudó a todos a regresar a su casa, pidiéndoles que tenían que hacer desaparecer de la playa el cohombro lo antes posible.

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