domingo, 28 de diciembre de 2014

La vida natural 6




La herrera abrió la puerta del establo. Montó en la vieja furgoneta y dando un portazo cerró la puerta del coche. Las ovejas dentro del vallado del establo levantaron la cabeza aguzando el oído preguntándose que pasaba. Un chasquido salió del motor de arranque del coche y se encendió el motor.
El rebaño de la mujer del herrero tendría, entre ovejas, borregas y carneros una treintena de cabezas; entre los carneros, la mayoría que aún no se separaban de su madres, destacaba un mardano * un carnero bravo y feo que tenía un aparato reproductor tan bien dotado que alguna vez su visionado inocente por el genero femenino había terminado en el confesionario.  El carnero sorprendido por la ausencia de los ladridos del perro empezó a balitar fuertemente para que las ovejas se espabilaran y salieran rápidamente del vallado para ponerse a correr delante del coche que las conduciría, como de costumbre, a pastar al prado.
 Llegaron al trote en un santiamén a un prado cercano al cementerio por la aparte de atrás de la iglesia que estaba cercado por viejas piedras, cubierto por la maleza en algunos puntos. Tenía una entrada  abierta por la que entraron todos los animales.  Cuando estaban todos dentro del prado la herrera bajó del coche sin apagar el motor y corrió  una viejo palo que hacía de tranca cerrando el lugar por donde habían entrado los animales; después volvió a montar en la furgoneta, y se marchó a hacer otras cosas; dejando el rebaño solo, por que tenía la confianza de que ninguna de las felices ovejas se iba alejar más de dos pasos de su macho.  
Hacía sol en el campo. Se oía el cuchichí de una perdiz que llamaba a su pareja. Desde el campanario se oía el crotorar del pico de una cigüeña.
El mardano no tardó en detectar las dos ovejas solitarias que pastaban libremente en los alrededores de la iglesia.
Las dos amigas nocturnas de Melquíades hacía rato que se habían despertado y continuaban su ronda de siega de la hierba. Las ovejas enseguida notaron la mirada lasciva del mardano y sus corazones empezaron a latir apresuradamente. Bajo esa mirada libidinosa no tardaron en sentirse abandonadas por la vigilancia protectora de su pastor canino; entonces decidieron aproximarse amenazadoramente al jardincito que Arcadia tiene al lado del campanario para que apareciese ladrándoles. Pero Melquíades no aparecía.
 No queda del todo claro, para que yo las describa, que tipo de plantas tenía Arcadia la campanera en el pequeño jardincillo que había hecho con un cerquillo de piedras, pero así que le hincaron el diente a esas plantas las ovejas se pusieron a balar alegremente como si estuvieran borrachas.
El viejo mardano no cesaba de mirar desde el prado a las dos ovejas reandoscas, de cuatro a cinco años, sin macho que las cubriese, que balaban como unas ovejitas histéricas al lado del campanario, de la iglesia, achacándoselo sin lugar a dudas a la prestancia de su naturaleza. También las miraban con malos ojos las ovejas de su harén por que no era el caso que dos extrañas viniesen a alterar las relaciones que tenían en el rebaño. 



mvf .  
Feliz año nuevo. 

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