(3:47 a.m.)
Marisé lleva tres horas escribiendo. La cerveza está tibia. El cursor parpadea frente a una frase que no termina de cerrar.
Lee lo que acaba de escribir:
Llevo cinco años viniendo aquí, imaginando que un día te tendría enfrente. No sé tu nombre, ni tu cara. Solo sé que te reconocería.
Hoy cierran el café para siempre. Así que escribo esta carta para ti. La dejaré en algún libro de la biblioteca. Sé que si estás en alguna parte, la encontrarás. Y me buscarás.
Si algún día llegas…
La joven suspira y aparta la vista de la carta que está escribiendo. A su alrededor, el café está casi vacío. Las sillas de madera oscura, desconchadas por el uso, descansan boca arriba sobre las mesas. Sobre la barra, una hilera de tarros de cristal guarda cucharillas y servilletas que ya nadie pedirá. Las lámparas de latón, antaño cálidas, ahora parpadean como si también se estuvieran despidiendo. En las paredes de azulejos rotos aún se adivinan carteles de recitales de poesía y conciertos de hace años. Huele a café recién hecho, mezclado con polvo y madera húmeda. Afuera, la llovizna gris de noviembre empaña los ventanales, y los transeúntes pasan sin saber que aquí dentro una mujer está escribiendo una carta a un desconocido.
Si algún día llegas… encuentrame en las páginas dobladas.
El cursor parpadea. Ella escribe entonces, casi sin pensar, una línea que le llegó mientras dormitaba:
«Si algún día llegas, búscame en las páginas dobladas.»
Se queda mirando la pantalla. Le parece una tontería. Demasiado redonda. Demasiado falsa. Borra. Vuelve a escribir. Borra.
—Ya está —dice en voz alta—. No sirve.
Cierra el portátil de un golpe seco. Bebe un trago de cerveza —deja el vaso con un sorbo en el fondo—. Apaga la luz. Se mete en la cama.
(Dentro de la cama, a los cinco minutos)
Almohada —¿De verdad vas a dejar así lo que escribiste?
Marisé —Cállate.
Almohada —Esa frase va a brillar toda la noche.
Marisé —El portátil está cerrado.
Almohada —Y tú estás loca. Pero ahí sigue.
Marisé se tapa la cabeza. Se duerme. Y sueña. La pantalla está encendida. Sobre el fondo blanco, el cursor parpadea y escribe solo, como si alguien más estuviera dictando.
Llega en tren. Todo está reconstruido, pero no igual. Camina por la calle donde vivía antes. La casa sigue ahí, pero el jardín ya no tiene la verja azul. Toca el timbre. Una voz responde por el interfono: «¿Sí?»
Marisé abre la boca para hablar, pero no sabe qué decir. La voz repite: «¿Quién es?» Ella quiere responder: «Soy la que dejó la carta dentro de un libro», pero las palabras se quedan pegadas en la garganta.
El cursor sigue escribiendo:
Ella intenta borrarlo. Las teclas no responden. El cursor se apaga y se enciende, parpadeando al ritmo de los latidos de su corazón.
—Maldito seas —susurra.
El cursor escribe más lento:
Está en una habitación blanca, sin ventanas, con una sola puerta al fondo. Sabe que al otro lado hay alguien que la espera. No sabe cómo lo sabe, pero lo siente en los huesos. Camina hacia la puerta. La mano en el picaporte. Gira. La puerta se abre lentamente y… Marisé percibe el aire tibio que viene del interior, de la nueva estancia.
Pero no cruza. No puede. En lugar de atravesar el umbral, se ve de pronto en una acera desconocida, frente a una casa que nunca había visto antes pero que reconoce como suya. Estira el brazo hacia el timbre, la yema del dedo a milímetros del botón.
Ahí se queda, con el dedo tratando de alcanzar el timbre, deseando que sepan que está ahí. Que le abran para poder entrar.
Entonces la casa comienza a alejarse. No es que ella retroceda: es el suelo el que se estira, las piernas se le llenan de plomo, los pulmones de arena, mientras el timbre y la casa se alejan. Quiere correr, pero se queda cada vez más atrás. Al final, el timbre se vuelve un punto diminuto. La fachada, una mancha gris. Y desaparece, disuelta en la distancia como tinta en agua.
Marisé despierta con las sábanas enredadas en los pies y el eco de un nombre que nunca pronunciaron.
Está sentada frente al portátil.
…justo ahí tiene que decir algo importante —sigue el cursor—, pero la única frase que le sale es:
El cursor parpadea tres veces. Luego se detiene. No escribe nada más.
La pantalla se vuelve negra. Pero sigue brillando.
(6:12 a.m.)
Marisé despierta de golpe. Un ruido insoportable: alguien dejó puesto el despertar de su teléfono. Vibra. Suena. Suena. Suena.
Son las 6:12 a.m.
Oye unos pasos por encima de ella. El teléfono deja de sonar.
Pero ahora ya no consigue dormirse de nuevo. Se incorpora, estirándose. La cabeza le pesa. Ve el portátil sobre la mesa. Estuvo encendido toda la noche.
—Maldito seas —repite, como en el sueño.
Le da un manotazo. Cierra la tapa con un golpe seco. Coge el vaso que dejó a medio terminar la noche anterior —la cerveza ya está sin fuerza, casi aguada y dulzona—. Pero aún así, bebe el resto.
La pantalla, mientras termina de apagarse, lanza un último resplandor tenue en la oscuridad de la tapa negra, como si no se hubiera apagado del todo. Por un instante, Marisé piensa en volver a sentarse para escribir, una última línea:
«Si algún día llegas… toca el timbre. Yo estaré aquí, esperando.»
Marisé se queda mirando la tapa negra.
Respira hondo.
—Solo quiero saber tu nombre —susurra. Eso es todo.
Se dirige a preparar café.
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario