jueves, 16 de julio de 2026

CAPITULO VI Potonchán Nahuatl VI



CAPÍTULO IV: LA DECISIÓN DE CORTÉS

Durante dos días navegaron pegados a la costa, tan cerca que el olor a podredumbre de los manglares se mezclaba con el salitre. Las aguas turquesas lamían playas de arena blanca; bajo su brillo, los filos de coral esperaban el casco de la primera nave distraída. Antón de Alaminos, con la mirada clavada en la sonda de plomo que colgaba húmeda sobre la borda, no cesaba de murmurar advertencias: "Bajos, más bajos… arrecife a babor…". Llevaba en los ojos la memoria de su primer viaje, cuando la nave en la que viajaba rasgó el fondo contra un arrecife y el agua negra entró a borbotones, hundiendo el navío en pocos instantes.

Fue al tercer día, cuando la línea de la costa se aplastó contra el horizonte en una mancha parda y fétida, que Pedro de Alvarado, con el rostro aún amoratado por una fiebre contraída en Cozumel, buscó a Cortés. En la mano derecha crispaba un mapa mal trazado sobre piel de venado cruda; el pergamino aún conservaba el olor a sebo y sangre, que había comprado a un pescador maya a cambio de tres cuentas de vidrio. Sus dedos, manchados de tinta y sudor, señalaron un entrante en la costa.

—Capitán —dijo Alvarado, y su voz sonó más ronca que de costumbre—. Más adelante, está la Bahía de la Mala Pelea. Allí, en el río Champotón, sucedió la desgracia. Córdoba y los suyos, costeando la península, llegaron a aquella desembocadura buscando agua. Los indios, desde la orilla, les hicieron señas de que se fueran, pero ellos desembarcaron igual; entonces los mayas les salieron por centenares. Aquel día murieron más de veinte hombres en la playa, y a Córdoba lo hirieron de muerte, antes siquiera de que pudiera formar a los hombres en la orilla. Los que sobrevivieron, heridos y maltrechos, lograron reembarcar, pero él falleció pocos días después a causa de sus heridas. La misma suerte corrió la expedición de mi primo Grijalva; creímos que, con más precaución y conociendo el peligro, aquella vez sería distinto, pero al desembarcar en la playa, los indios nos salieron de nuevo por centenares, y el desastre se repitió: nosotros perdimos siete hombres y a mi primo Grijalva le rompieron dos costillas antes de lograr levar anclas. Ahora los vientos nos son favorables. Mejor será pasar de largo sin fondear allí; ya hemos visto lo suficiente de esa costa para saber que no trae sino malas peleas. En dos jornadas podemos estar en Potonchán.

Cortés no respondió de inmediato. Conocía la historia. La había escuchado decenas de veces en las tabernas de La Habana, mientras los supervivientes de aquella expedición repetían los detalles con la voz quebrada: los hombres de Córdoba, tendidos en la orilla de Champotón, algunos con el vientre abierto, otros con las flechas aún clavadas en la garganta, hinchados por el sol. Y sabía también que el propio Córdoba había logrado llegar a La Habana, pero que las heridas recibidas en aquella playa le consumieron lentamente hasta que, diez días después de su regreso, entregó el alma lejos de su madre y de su tierra, con el rostro tan destrozado que apenas si sus propios hombres pudieron reconocerlo antes de enterrarlo.

—Los mayas de Champotón —prosiguió Alvarado, bajando la voz para que solo el capitán lo oyera— ya han probado nuestro acero. Ya saben que los arcabuces hacen ruido y humo, pero que tardan en recargar. Si desembarcamos allí, perderemos la mitad de la tropa antes del mediodía. Y si Velázquez —mascó el nombre— ya ha zarpado de Cuba con órdenes de ahorcarnos por desobedientes, no podemos llegar cojos a la batalla que nos espera.

El viento arreció. Cortés sintió cómo las salpicaduras le helaban las pestañas. Se volvió hacia el este, donde el cielo comenzaba a oscurecerse con nubes de tormenta, y luego hacia el oeste, donde el mapa de Alvarado señalaba una tierra de la que solo sabían rumores. Alvarado, viendo que Cortés no respondía, dio un paso al frente y apoyó ambas manos en la borda.

—Capitán, ya estuve aquí. Con Grijalva, hace apenas un año —su voz se endureció, como si el recuerdo le raspara la garganta—. Más al sureste hay un río ancho, de agua dulce, que los indios llaman Tabasco. Los chontales que viven en sus orillas no son como los de Champotón. Negociaron con nosotros como si fuéramos mercaderes. Nos ofrecieron mantas de algodón, plumas de guacamaya y cestos de cacao. Hizo una pausa y bajó el tono. Y además, uno de sus caciques nos habló de un gran imperio hacia el oeste. Un imperio de ciudades blancas y oro. Dijo que se llamaban mexicas. Eso fue lo que Grijalva me encargó que te contara si alguna vez nos encontrábamos.

Cortés entrecerró los ojos. No miró a Alvarado, sino al punto del horizonte que este había señalado.

—¿Y tú les creíste?

Alvarado se encogió de hombros.

—Les creí lo suficiente como para que aún hoy, un año después, siga soñando con esas ciudades. Se volvió y encaró a Cortés. Lo que encontramos en Potonchán no era una aldea de pescadores. Era un puerto. Comerciaban con gente del interior. Había caminos, mensajeros, tributos. Eso no lo improvisa un pueblo que solo sabe guerrear. Esa es la ruta que deberíamos tomar.

Cortés guardó silencio. El viento le movía el cabello oscuro mientras sus dedos golpeaban el borde de la borda, pero ya no meditaba: escuchaba. Alvarado había visto ese río con sus propios ojos. Había respirado el aire de Potonchán. Había hablado con sus gentes. Cortés no tenía mapas, ni informes, ni espías. Solo tenía a aquel hombre rubio y febril que lo miraba con la certeza de quien ya había estado allí.

—Entonces —dijo al fin, clavando los ojos en los de Alvarado—, si tú has visto ese río y has negociado con esos indios, dime: ¿podemos desembarcar allí sin que nos degüellen al amanecer?

Alvarado sonrió por primera vez en todo el día. Era una sonrisa seca, de dientes apretados.

—Podemos desembarcar. Pero si quieres que nos reciban con mantas y no con flechas, tendrás que dejar que hable yo primero. Ellos me recuerdan. Y recuerdan que no les robamos nada.

Cortés asintió lentamente. Luego, con un gesto seco, llamó a Alaminos.

—Girad proa al sureste. Dejad Champotón a estribor. No pienso dejar los huesos de mis hombres en la misma playa donde los de Córdoba se pudrieron al sol. Llevaremos el combate a tierra más fértil, donde los mayas no hayan visto aún el humo de nuestros arcabuces.

La flota viró lentamente. Los timoneros tiraron de las brassas, y las once naves se escoraron al mismo tiempo, como una bandada de pájaros que cambia de rumbo ante la tormenta. Pero desde tierra, el movimiento no pasó desapercibido. Los vigías mayas apostados en la espesura habían visto las velas desde primera hora de la mañana. En lo alto de un cerro cubierto de ceibas, un grupo de guerreros de piel oscura tatuada con líneas rojas observaba cómo aquellas once naves, con sus cascos oscuros y sus mástiles altos como árboles de madera muerta, se movían contra el viento con una lentitud que no parecía natural. Los pescadores que remaban cerca de la orilla habían huido abandonando sus redes. Los guerreros contemplaban cómo aquellas casas flotantes se deslizaban paralelas a la costa. Habían visto aquella flota antes, un año atrás. Y esta vez, como la anterior, las naves giraban y se marchaban sin intentar el desembarco. El jefe de los vigías contempló la aldea que se extendía al pie del cerro. Allí, en la playa, estaban preparados. Los guerreros habían afilado sus lanzas de pedernal y sus hachas de obsidiana; los niños y las mujeres habían sido enviados al interior. Las velas se empequeñecieron hasta ser puntos blancos en el horizonte. Luego, nada. El mar volvió a estar vacío. Los guerreros guardaron sus lanzas. Los ancianos apagaron las antorchas que habían preparado para la inmolación. Y en la orilla, donde la marea lamía la arena, un niño recogió un anillo semienterrado que había quedado desde la masacre de los barbudos. Lo apretó en su puño y lo guardó, sin saber que aquel objeto valía más que todo el pescado que su padre pescaría en un año.

Pero los españoles no se marchaban. Solo buscaban otra entrada. Al amanecer del día siguiente, las naves fondearon frente a la desembocadura del río Grijalva. Cortés había observado las mareas durante dos días y sabía que la pleamar empujaría desde el mar, doblando la corriente que tres años atrás había escupido a Grijalva. No era un arrebato de valor, sino un cálculo frío. Las barcas fueron descendidas al agua. Los soldados, armados hasta los dientes, ocuparon sus puestos. Los remeros hundieron los remos en el agua turbia. La corriente, esta vez, se doblegaba. Remontaron el río con decisión, venciendo la fuerza que antes había humillado a los españoles.

El paisaje se abría a ambos lados: una llanura verde y líquida, surcada por canales que se perdían entre islotes de vegetación tan tupida que parecían flotar. A la derecha, el Grijalva se desangraba en brazos menores; a la izquierda, más allá de la niebla, se adivinaba otro río, más ancho, que venía a fundirse con aquel laberinto de agua y barro. Los mayas, pensó Cortés, debían conocer cada uno de esos senderos como la palma de su mano, y él estaba entrando en su territorio sin conocer ni el primero. De repente, el río se abrió. Llegaron a una zona más ancha, donde la corriente se ralentizaba. Y allí, en la orilla, los vieron. Cientos de guerreros mayas estaban alineados en la ribera. Llevaban penachos de plumas rojas y verdes, escudos de madera adornados con pieles de jaguar, lanzas largas con puntas de obsidiana. Su piel estaba pintada de rojo y negro. Golpeaban los escudos con las manos, un ritmo que sonaba como el de la lluvia sobre una techumbre de palma. Sus gritos resonaron en el agua. Entre ellos, Aguilar distinguió algunas figuras de menor estatura, pero igualmente feroces. Eran mujeres. Llevaban el pecho desnudo, pintado con rayas rojas y negras, y sus cabellos recogidos en trenzas apretadas. Empuñaban lanzas cortas y hondas, y sus rostros mostraban la misma determinación que la de los hombres.

Pero no eran solo los guerreros de la orilla lo que preocupaba a Cortés. Desde los canales laterales, entre los manglares, comenzaron a aparecer canoas. Primero una, luego otra, luego decenas, luego cientos. Eran embarcaciones de madera tallada, algunas tan grandes que podían llevar veinte o treinta hombres. Los remeros movían los remos con precisión, y los guerreros que iban en pie en las proas alzaban lanzas y arcos. Las canoas se desplegaron en el río, formando una barrera que bloqueaba el paso hacia el interior. No atacaban. Solo se colocaban frente a las barcas españolas, impidiendo el avance. Los guerreros mayas golpeaban sus escudos y lanzaban gritos de advertencia.

Cortés ordenó el alto. Las barcas se detuvieron, meciéndose suavemente en la corriente. La barca de Cortés se adelantó unas brazas. Él se puso en pie. Llevaba la armadura reluciente y el yelmo con plumas blancas. Sostenía una espada en una mano y un crucifijo en la otra.

—Aguilar —dijo—. Tradúceme.

Aguilar asintió. Se adelantó en la barca, alzó la voz y habló en maya:

—¡Hombres de esta tierra! ¡Nuestro capitán viene en son de paz! ¡Solo desea hablar con vuestro cacique! ¡No venimos a haceros daño!

Los mayas no respondieron. Solo golpeaban los escudos. El ritmo se hacía más rápido. Más fuerte. El sonido llenaba el río como un trueno continuo. Las mujeres también golpeaban sus escudos, y sus voces se unían al grito de guerra, agudas y penetrantes. Alvarado, en la barca de junto, observaba la orilla con atención. Reconoció a Tabscoob al frente de sus guerreros. El cacique de los mayas-chontales estaba en el centro de la formación, con su penacho de plumas de quetzal y su collar de jade. Su rostro, pintado de rojo, no mostraba emoción. Solo observaba.

—Señor —dijo Alvarado a Cortés—. Ese es Tabscoob. Lo conocí el año pasado. Nos dejó tomar agua y marcharnos, pero nos hizo jurar que no volveríamos.

—Pues hemos vuelto —dijo Cortés con una sonrisa fría—. Y no hemos venido a pedir agua.

Aguilar volvió a hablar en maya:

—¡Nuestro capitán os pide que le dejéis desembarcar! ¡Quiere ofreceros regalos! ¡Quiere hablar de paz!

Tabscoob dio un paso al frente. Sus guerreros enmudecieron. El cacique levantó la lanza y señaló a los españoles. Habló en maya, con voz grave y firme:

—El año pasado vinieron otros hombres blancos. Les dejamos tomar agua y comida, y ellos juraron que no volverían. Nosotros confiamos en su juramento y los dejamos ir. Pero ahora habéis vuelto. Y no os quedáis en la desembocadura ni pedís provisiones. Remontáis el río, avanzáis hacia el interior. No venís en son de paz. Venís a quedaros, y a tomar nuestra tierra. ¡No os dejaremos pasar!

Aguilar tradujo. Cortés escuchó en silencio.

—Dile —respondió— que esta tierra y todo lo que hay en ellas es, por la gracia de Dios, de Su Majestad el rey de España. Que si nos dejan desembarcar en paz, no haremos daño a nadie.

Aguilar tradujo. Los mayas rieron. Un grito de burla se alzó desde la orilla. Luego comenzaron a agitar las lanzas y a golpear los escudos con las manos. El ruido era ensordecedor. Tabscoob habló de nuevo:

—¡No os dejaremos desembarcar! ¡Esta es nuestra tierra! ¡Iros ahora o moriréis!

—Señor —dijo Aguilar—, no van a negociar.

—No —respondió Cortés, con los dientes apretados—. Lo veo.

Observó las canoas que bloqueaban el paso. Eran cientos. Detrás de ellas, en la orilla, los guerreros se movían, preparados para atacar. No había manera de pasar. Los mayas no iban a permitirles llegar a su ciudad. Entonces, Cortés tomó una decisión. Se volvió hacia el escribano que viajaba en la barca con él. Era un hombre flaco, con tintero y pluma en la mano, que escribía en un gran libro de cuero.

—Escribano —dijo Cortés—. Haced el requerimiento.

El escribano se puso en pie. Desplegó un pergamino y comenzó a leer en voz alta. Era el requerimiento que la Corona exigía hacer antes de cualquier combate: una declaración formal de que los españoles venían a traer la fe cristiana y la autoridad del rey, y que si los nativos se negaban a aceptarla, la guerra sería justa. El escribano leyó en castellano. Sus palabras resonaron sobre el agua, pero los mayas no entendieron una palabra. Solo vieron el pergamino, vieron la pluma, vieron el tintero. Y rieron de nuevo.

Un guerrero maya de la primera fila, un hombre de unos cuarenta años con cicatrices en el pecho, se adelantó y señaló el río que se perdía hacia el interior. Habló en maya, dirigiéndose a Tabscoob, pero lo suficientemente alto para que Aguilar lo oyera:

—Cacique, esos hombres no se detienen. Si siguen remontando, en pocas horas alcanzarán Potonchán. No podemos permitir que lleguen a nuestra ciudad. Hay que detenerlos aquí, en el agua, antes de que pongan pie en tierra firme.

Tabscoob asintió sin apartar la mirada de los españoles.

—¡Firmad! —gritó el escribano, agitando el pergamino—. ¡Aceptad la autoridad de Su Majestad!

Los mayas no respondieron. Solo golpeaban los escudos. El ritmo se hacía más rápido. Más fuerte. El sonido llenaba el río como un trueno continuo. Las mujeres también golpeaban sus escudos, y sus voces se unían al grito, agudas y feroces. Cortés observó la escena. Vio las canoas, los guerreros, las mujeres con sus lanzas. Vio la determinación en sus rostros. Vio cómo el escribano agitaba el pergamino en vano.

—Ya oísteis —dijo al escribano, con voz fría—. Han rechazado el requerimiento. La guerra es justa.

Luego, en voz baja, casi para sí mismo: —Pero no aquí. No en el agua. Y alzando la voz: —¡Regresad! ¡Volvemos a las naves!

El chapoteo de los remos al hundirse en el agua turbia y el crujido de la madera contra la corriente acompañaron la maniobra. Las barcas giraron lentamente, protegiéndose unas a otras, y comenzaron a retroceder río abajo. Los mayas no las persiguieron; se quedaron en sus posiciones, observando, golpeando los escudos y lanzando gritos de triunfo, cuyo eco rebotaba en la espesura de la selva.

De vuelta en las naves, Cortés convocó a sus capitanes en la cámara de la capitana. El reducido espacio, alumbrado por una lámpara de aceite que danzaba al compás del balanceo, olía a pólvora seca, a cuero sudado y a vela derretida. Estaban todos: Pedro de Alvarado, con su barba rojiza y el ceño fruncido; su hermano Jorge, más silencioso, junto a la pared; Alonso de Ávila, el tesorero; el viejo Juan de Escalante; y Francisco de Montejo, que no dejaba de mirar el mapa, trazando sobre él rutas invisibles con la yema del dedo. Sobre la mesa, Cortés colocó el pergamino del requerimiento.

—Han rechazado el requerimiento —dijo—. La guerra es justa.

—Pero no podemos pasar —dijo Montejo—. Las canoas bloquean el río. Si forzamos el avance, nos masacrarán en el agua.

—Lo sé —respondió Cortés—. Por eso no vamos a remontar el río. Vamos a desembarcar.

Los capitanes se miraron.

—¿Desembarcar? —preguntó Alvarado—. ¿Dónde?

—Aquí —dijo Cortés, señalando un punto en la costa, al este de la desembocadura—. Hay una playa abierta, entre los manglares. Los indígenas no esperan que desembarquemos allí. Es tierra firme, no hay pantanos. Podemos poner pie en tierra y avanzar hacia el interior. Los indígenas creen que estamos atrapados en el río. No esperan un ataque por tierra.

—Pero si desembarcamos allí —objetó Montejo—, los indígenas nos verán. Nos atacarán en cuanto pongamos pie en la playa.

—Por eso desembarcaremos al amanecer —respondió Cortés—. Mañana, antes del alba, cuando los indígenas estén descansando. Las barcas nos llevarán a la playa en silencio. Una vez en tierra, formaremos las líneas y avanzaremos hacia el interior. En campo abierto, nuestros caballos y nuestras armaduras serán decisivos. Los indígenas no tienen caballos. No tienen acero. No tienen arcabuces. En tierra firme, les venceremos.

Alvarado sonrió lentamente. —Y cuando los tengamos en campo abierto, los masacraremos.

—Exacto —dijo Cortés.

Escalante asintió, lento, con la experiencia de quien ha visto a muchos capitanes fracasar por impaciencia.

—Desembarcaremos al amanecer —dijo el viejo—. Pero si los indígenas nos esperan en la playa, tendremos que luchar desde el momento en que pisemos la arena.

—No hará falta —respondió Cortés, y en la penumbra del camarote, sus ojos brillaron con la seguridad de quien ya ha visto el futuro—. Mañana desembarcaremos, y mañana los venceremos.

Alonso de Ávila, el tesorero, había permanecido en silencio durante toda la discusión, escuchando con sus ojos fríos y calculadores. Era un hombre de pocas palabras, pero cuando hablaba, todos escuchaban. Sus manos, callosas de contar monedas y manejar espadas, descansaban sobre la mesa.

—Hernán —dijo, con su voz seca y pausada—. He contado las provisiones. Tenemos comida para tres semanas, si racionamos. Agua para diez días. Si nos quedamos aquí, esperando, moriremos de hambre o de sed antes de que los indios nos ataquen.

Cortés lo miró. —¿Y qué sugieres?

Ávila se inclinó sobre el mapa y señaló la costa. —Desembarcar. No hay otra opción. Si remontamos el río, nos masacran en el agua. Si nos quedamos, nos morimos de hambre. Si desembarcamos, tenemos una oportunidad. Una sola. —¿Y si nos atacan en la playa? —preguntó Montejo. Ávila sonrió, una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos. —Entonces luchamos. Prefiero morir con los pies en tierra firme que ahogarme en un río de mierda.

Cortés asintió lentamente. —Ávila tiene razón. Desembarcaremos.

Terminada la reunión, los capitanes regresaron a sus barcos, cruzando sus barcas en la oscuridad que ya cubría la desembocadura. Las once naves permanecieron fondeadas, meciéndose en la espera, mientras la noche se cerraba sobre el manglar. Solo se oía el crujir de la madera, el chapoteo del agua contra los costados, el zumbido de los mosquitos. Los indígenas, desde la orilla, seguían observando. No se movían. No atacaban. Esperaban.

CAPÍTULO V: EL DESEMBARCO Y LA ESCARAMUZA EN LA PLAYA

A la mañana siguiente, cuando el cielo comenzaba a clarear, Cortés dio la orden. Las barcas fueron descendidas al agua en silencio. Los soldados, armados y preparados, ocuparon sus puestos. Los remeros hundieron los remos en el agua con cuidado, evitando los chapoteos que pudieran alertar a los indígenas. —¡Adelante! —ordenó Cortés en voz baja—. ¡Vamos a desembarcar! Las barcas avanzaron hacia la playa que Cortés había señalado en el mapa. Era una franja de arena entre dos extensiones de manglar, apenas visible desde el río. La marea estaba baja, y la playa se extendía más de lo que parecía desde las naves.

Los soldados saltaron al agua. La arena era firme bajo sus pies. Las armaduras los hacían pesados, pero lograron alcanzar la orilla y formar una línea. Pero la maniobra más delicada y temida era el desembarco de los caballos. De los treinta que habían salido de Cuba, nueve habían muerto durante la travesía. El viaje había sido largo, las tormentas habían zarandeado las naves, y los animales, colgados en sus hamacas de cuero para proteger las patas, no resistieron todos. Veintiún caballos llegaron a la costa de Potonchán. Pero veintiuno eran más que suficientes. —¡Los caballos! —gritó el capitán de la nao. La maniobra era lenta y peligrosa. Los caballos se izaban uno a uno con poleas y cuerdas. Los colgaban de las vergas, los bajaban hasta las lanchas que esperaban abajo. Algunos se encabritaban. Relinchaban, pataleaban en el aire, los ojos en blanco. Un caballo se soltó de la cincha y cayó al mar con un golpe sordo. Lo sacaron a remos, resoplando y lleno de espuma. Otro, al tocar la lancha, se asustó y saltó al agua. Los soldados lo sujetaron por las riendas mientras nadaba hacia la orilla, arrastrando la lancha detrás. Alvarado, a caballo ya en la playa, observó cómo los animales tocaban tierra. Uno a uno. Contó veintiuno. Asintió.

En la playa, los mayas vieron aquel espectáculo con desconcierto. No entendían qué estaban bajando aquellos hombres blancos. Pero cuando el primer caballo tocó tierra firme, cuando los cascos se hundieron en la arena, cuando el animal sacudió la cabeza y relinchó, los mayas dieron un paso atrás. Nunca habían visto un caballo. No sabían que un animal podía ser tan grande. No sabían que un animal podía llevar a un hombre encima. Para ellos, el hombre y la bestia eran una sola criatura. Un monstruo. Los jinetes montaron. Veintiún caballos se alinearon en la playa. Las crines al viento, los ojos en blanco, los cascos marcando la arena. Los soldados alzaron las espadas. La luz del sol se reflejó en el acero. Los mayas, que hasta entonces habían gritado y golpeado los escudos, enmudecieron. Uno de ellos se arrodilló.

—Señor —dijo Aguilar—, creen que sois dioses.

—Que lo crean —respondió Cortés—. Es mejor que nos teman a que nos odien.

—A veces es lo mismo —dijo Aguilar en voz baja. Cortés no lo oyó. O no quiso oírlo.

Los mayas se reagruparon. El miedo a los caballos duró poco. Eran guerreros. Conocían la muerte. Tabscoob, al frente, arengó a sus hombres. Se colocaron en formación, con las lanzas hacia adelante. Sus armas eran de piedra y madera: mazos de obsidiana, espadas de sílex, lanzas con puntas de pedernal. Habían visto el acero de los cuchillos que los españoles les habían regalado, pero no sabían que el acero podía ser una espada. —¡Fuego! —ordenó Cortés. Desde las naves, los cañoneros encendieron las mechas. Los cañones eran pequeños, de hierro forjado, montados sobre cureñas de madera. Disparaban balas de piedra del tamaño de un puño. El primer disparo sonó como un trueno. La bala surcó el aire y cayó en medio de los mayas, levantando un chorro de arena y sangre. Los mayas no sabían lo que era un cañón. No sabían que aquel ruido podía matar. Se quedaron paralizados un instante, mirando el agujero humeante en el suelo. Tabscoob, que nunca había visto un cañón, sintió el temblor en el pecho. Oyó el silbido de la bala. Vio caer a sus guerreros. Pero no huyó. Levantó la lanza y gritó: —¡No huyáis! ¡Son hombres como nosotros! El segundo cañón disparó. El tercero. El cuarto. Las balas no alcanzaban a muchos, pero el estruendo era aterrador. Los caballos se encabritaron. Los soldados taparon los oídos con las manos. Los mayas, que no tenían nada con qué taparse, sintieron el trueno en los huesos. Algunos huyeron. Tabscoob los arengó, pero ya era tarde. El miedo al trueno era más fuerte que el miedo a la muerte.

Cortés dio la orden de avanzar. Los caballos cargaron primero. Veintiuna bestias de guerra, con jinetes de hierro, se lanzaron contra la línea maya. Alvarado iba al frente, su caballo negro abriendo la brecha. Los mayas levantaron las lanzas. Las puntas de obsidiana chocaron contra las armaduras de acero y se astillaron. Las lanzas de madera se rompieron contra los petos de los caballos. Los mazos de piedra golpearon los yelmos y no hicieron más que sonar. Las espadas de sílex, afiladas como cuchillos, no pudieron cortar el metal. Los mayas no estaban preparados para aquello. Sus armas, que habían matado a otros mayas durante siglos, no servían contra aquellos hombres de hierro. Sus lanzas no llegaban a las carnes. Sus flechas rebotaban en las corazas. Sus escudos de madera se astillaban como ramas secas. Los españoles, en cambio, cargaban con espadas de acero forjado en Toledo. Las hojas eran largas, rectas, con un filo que cortaba. Cada golpe de la espada abría un tajo. Cada estocada atravesaba un pecho. Los cascos de los caballos aplastaban cuerpos. Los jinetes cortaban cabezas. La sangre manchaba la arena y la espuma de las olas.

Alvarado, con su caballo negro, se abría paso entre los mayas como una cuchilla entre la fruta. Su espada se levantaba y bajaba sin descanso. No miraba a quién hería. Solo segaba. El caballo negro, entrenado para la guerra, mordía y pateaba. Sus cascos aplastaban cráneos. Sus dientes desgarraban brazos. Aguilar no participó. Cortés lo había dejado atrás, en la retaguardia, con los arcabuceros. —No puedo perder a mi intérprete en el primer combate —le había dicho. Aguilar se quedó en la arena, viendo cómo los caballos derribaban a los hombres. Cómo los mayas caían y no se levantaban. Cómo el acero español se abría paso a través de la madera y la carne. Vio a Alvarado, con su caballo negro, abriendo un surco de muerte. Vio cómo el rubio sonreía mientras cortaba.

Los mayas se retiraron a la selva. No todos. Muchos quedaron muertos ese día. Tabscoob, el cacique, fue de los últimos en retirarse. Arrastraba a un guerrero herido. Antes de desaparecer entre los árboles, se volvió. Miró a Cortés. Miró a Alvarado. Miró a los caballos. Luego se fue. Otros huyeron arrastrando a los heridos. Los que pudieron, desaparecieron entre los árboles. La playa quedó sembrada de cuerpos: algunos aún se movían, otros yacían inmóviles, y el agua teñida de rojo lamía la arena con cada ola. Cortés ordenó el alto. Los caballos estaban agotados. El caballo negro de Alvarado temblaba, cubierto de espuma y sangre. No era su sangre. Era la de los mayas.

—¿Cuántos muertos? —preguntó Cortés, sin apartar la mirada del campo de batalla.

—Hemos hecho una masacre, señor —respondió un capitán, secándose el sudor y la sangre que salpicaba su rostro—. Hemos contado más de doscientos cuerpos en la playa y en el agua. Quizá se acerquen a los trescientos. Los mayas lucharon con fiereza, pero nuestras armas y los caballos han hecho estragos. De los nuestros, hemos perdido a seis hombres: tres arcabuceros alcanzados por flechas en la garganta, dos soldados que cayeron al agua y se ahogaron con el peso de la armadura, y uno más que recibió una lanzada en el ojo. Hay unos veinte heridos, la mayoría leves, aunque algunos de gravedad.

Cortés asintió lentamente. Miró la playa. Los cuerpos mayas flotaban en el agua, mecidos por la marea. Las lanzas rotas sobresalían de la arena como ramas muertas. El olor a sangre y pólvora se mezclaba con el salitre y el hedor a manglar. Vio a un maya abrazado a su escudo partido, los ojos abiertos mirando al cielo. Vio a otro, un muchacho de apenas diecisiete años, con el rostro hundido en la arena mojada y una mano aún aferrada a su lanza de obsidiana. —Bien —dijo Cortés al cabo de un largo silencio—. Que los heridos graves sean trasladados a las naves. Los leves, que se curen aquí. Acamparemos en la playa esta noche.

CAPÍTULO VI: LA BATALLA CAMPAL EN LOS LLANOS DE POTONCHÁN

Mientras los españoles acampaban en la playa, Cortés envió exploradores hacia el interior. Regresaron al cabo de una hora, jadeando y con los ojos brillantes de emoción. —Señor —dijo el sargento, señalando hacia el oeste—. Hay una ciudad. A unas tres leguas de aquí. Es grande. Tiene casas de piedra y una pirámide. Y está llena de gente. Cortés montó en su caballo y se adelantó unos cientos de pasos, hasta una elevación desde donde podía ver el horizonte. Allí, entre la niebla que se alzaba de la selva, divisó las primeras construcciones: tejados de palma, muros de cal, y en el centro, una estructura piramidal que se alzaba por encima de los árboles. Potonchán. Cortés sonrió. —No es un simple poblado —dijo, volviéndose hacia Ávila, que lo había acompañado—. Es la capital de un señorío. Y ahora es nuestra. Bajó la mirada hacia la llanura que se extendía entre ellos y la ciudad. Era un terreno abierto, perfecto para la caballería. —Allí —dijo, señalando la llanura—. Allí les esperaremos. Mañana, al amanecer, cargaremos.

Aguilar estaba en la retaguardia, con los sirvientes y los heridos. Observaba la selva que se alzaba frente a ellos, una pared verde que ocultaba quién sabe qué peligros. —Señor —dijo Aguilar—, ¿cómo sabemos que los indígenas no nos han visto? —Lo sabremos pronto —respondió Cortés. Los españoles pasaron la noche en la llanura, acampados junto a la selva, con los caballos ensillados y las armas listas. No encendieron hogueras. No hablaron en voz alta. Esperaron el amanecer.

Pero los mayas tampoco habían permanecido ociosos. Tras la derrota en la playa, Tabscoob había retrocedido hacia Potonchán con los supervivientes. Su rostro, pintado de rojo, estaba tenso. No mostraba miedo, pero sus ojos se movían rápidamente, contando, evaluando. Demasiados jóvenes. Demasiados muchachos que aún no habían visto la muerte de cerca. En el claro de la selva, a pocas leguas de la playa, los guerreros mayas se preparaban. No había arengas grandiosas ni discursos solemnes. Solo el sonido de las lanzas siendo afiladas, el crujir de las cuerdas de los arcos, el murmullo de los hombres que sabían que muchos de ellos no verían el sol poniente. Tabscoob caminaba entre ellos. Un guerrero viejo se acercó. —Cacique, los hombres blancos han desembarcado. Están a una jornada de aquí. Vienen hacia nosotros. —Lo sé —respondió Tabscoob—. Los he visto desde la colina. —¿Y qué haremos? Tabscoob se detuvo. Miró al viejo. Luego miró a los guerreros que los rodeaban, esperando sus palabras. —Lucharemos —dijo—. No tenemos otro camino.

Un guerrero joven, de rostro aún sin cicatrices, dio un paso al frente. Sus manos temblaban. —Cacique... he oído que sus bestias son monstruos. Que sus armas matan con truenos. ¿Cómo podemos luchar contra eso? Tabscoob lo miró. Vio el miedo en sus ojos. Vio la misma pregunta que todos se hacían. —¿Tienes miedo? —preguntó. El joven bajó la mirada. —Sí, cacique. Tabscoob asintió lentamente. Luego alzó la voz para que todos lo oyeran. —Yo también tengo miedo. Cualquiera que diga lo contrario miente. Pero el miedo no nos salvará. La huida no nos salvará. ¿Sabes lo que nos salvará? El joven levantó la mirada. —¿Qué, cacique? —Luchar. Luchar hasta que no quede aire en nuestros pulmones. Porque si no luchamos, no tendremos nada. Ni tierra, ni hogar, ni hijos libres. Seremos como los perros que mendigan en las puertas de los extraños. El joven tragó saliva. Luego asintió. —Lucharé, cacique. Tabscoob puso una mano en su hombro. —Lo sé. Eres joven, pero eres fuerte. Y mañana, cuando veas a los hombres blancos, no pienses en sus bestias. Piensa en tu madre. Piensa en tu hermano pequeño. Piensa en la casa donde naciste. Y entonces sabrás por qué luchas. El joven asintió de nuevo. Tabscoob se alejó, continuando su ronda.

Una mujer, Xochitl, se acercó a él. Su rostro estaba pintado de negro, y en su mano sostenía una lanza corta. —Cacique —dijo—. Las mujeres están listas. Lucharemos a tu lado. Tabscoob la miró. Había visto a Xochitl en batalla antes. Sabía que era más feroz que muchos de sus guerreros. —Lo sé —respondió—. Y me alegra. —¿Crees que venceremos? Tabscoob guardó silencio. La pregunta era la misma que todos se hacían, pero nadie se atrevía a formular en voz alta. —No lo sé —respondió al fin—. Pero no importa. Vencer o morir. No hay otra opción. Xochitl lo miró a los ojos. Luego asintió, sin decir nada más, y se alejó hacia el grupo de mujeres que la esperaban. Tabscoob se quedó solo. Por un momento, su rostro se relajó. El cansancio se dibujó en sus ojos. Cerró los párpados un instante, y en la oscuridad de su mente, vio a su hija pequeña, la que había muerto de fiebre dos años atrás. Vio su rostro, su sonrisa. Y supo que lucharía por ella, por su memoria, por el mundo que ella nunca llegaría a ver. Abrió los ojos. Tomó su lanza. Y se dirigió al frente de sus guerreros, donde el sol comenzaba a asomar entre los árboles. —¡Preparaos! —gritó—. Vienen. Y nosotros los esperamos.

Al amanecer del día siguiente, la batalla comenzó. El sol se levantó sobre la selva, y sus primeros rayos quemaron la niebla que se alzaba del suelo, como si la luz misma quisiera borrar los rastros de la noche. Los españoles avanzaron en formación. Los veintiún caballos al frente, la infantería detrás, los arcabuceros en los flancos. —¡Caballería! —gritó Cortés—. ¡Cargad! Los veintiún caballos se lanzaron al galope. El suelo tembló. Los cascos de los caballos golpeaban la tierra como un martillo. Los jinetes alzaron las espadas, que brillaron al sol. Alvarado iba al frente. Su caballo negro parecía una sombra sobre la hierba. La luz del sol, que se reflejaba en su armadura, lo convertía en una figura cegadora. —¡Santiago! —gritó—. ¡Santiago! Los mayas vieron a los jinetes cargando. Vieron a los caballos, bestias enormes que nunca antes habían visto, con hombres de acero montados encima. Para ellos, no eran dos criaturas. Eran una sola. Un monstruo. Algunos guerreros huyeron. Otros se quedaron, alzando las lanzas. Las puntas de obsidiana chocaron contra las armaduras y se astillaron. Los mazos de piedra golpearon los petos de los caballos y no hicieron más que sonar. Las mujeres también resistieron. Una mujer de unos cuarenta años, con el rostro pintado de negro, se plantó frente al caballo de Alvarado y lanzó su lanza. La punta de obsidiana chocó contra el peto del jinete y se rompió. Alvarado, sin inmutarse, hundió su espada en el pecho de la mujer. Ella cayó al suelo sin un grito. Otra mujer, más joven, corrió hacia el caballo y clavó su cuchillo en la pata del animal. El caballo relinchó de dolor y se encabritó, derribando al jinete. El soldado cayó al suelo, aturdido. La mujer se abalanzó sobre él con el cuchillo en alto. Pero un segundo jinete la alcanzó con su lanza, atravesándole el costado. La mujer cayó junto al soldado, su sangre mezclándose con la de su enemigo.

Los caballos aplastaban cuerpos. Los jinetes cortaban cabezas. La sangre manchaba la hierba. Alvarado, con su caballo negro, se abría paso entre los mayas como una hoz entre el trigo. Su espada se levantaba y bajaba sin descanso. No miraba a quién hería. Solo segaba. El caballo negro, entrenado para la guerra, mordía y pateaba. Entre los mayas, el pánico comenzaba a extenderse. Un guerrero de mediana edad, que llevaba en el pecho las cicatrices de batallas anteriores, vio cómo el caballo negro derribaba a tres de sus compañeros en un solo embiste. Sintió que las piernas le temblaban. Pero se obligó a permanecer firme. —¡No corráis! —gritó a los jóvenes que lo rodeaban—. ¡Si corréis, os alcanzan! ¡Firmes! ¡Alzad las lanzas! Los jóvenes lo miraron. Algunos obedecieron. Otros echaron a correr.

Un joven maya, de apenas dieciocho años, se arrodilló y levantó las manos. Gritó algo en su lengua. Aguilar, desde la retaguardia, oyó la palabra: —¡Basta! Alvarado no entendió. O no quiso entender. Frenó el caballo negro, que se detuvo en seco, resoplando. El maya seguía con las manos levantadas, suplicando. Alvarado lo miró un instante. Su mirada, clara y fría, no mostró piedad. Luego hundió la espada en su garganta. El muchacho cayó de rodillas. La sangre le brotaba entre los dedos mientras se llevaba las manos al cuello. Alvarado no esperó a que cayera. Dio la vuelta al caballo negro y siguió cargando. Más tarde, Aguilar vería a Alvarado descabezar a un maya herido que yacía en el suelo. Vería cómo reía mientras lo hacía. Vería cómo su caballo negro pisoteaba los cuerpos sin inmutarse.

Aguilar sintió el vómito en la garganta. Se obligó a tragar. Pero esta vez, la náusea no se fue. Se quedó allí, en el fondo de su estómago, como un animal encerrado. Miró sus propias manos, las mismas que habían traducido las palabras de paz a los mayas, las mismas que habían señalado el pergamino del requerimiento. Ahora estaban manchadas, no de sangre, sino de complicidad. No había empuñado una espada, pero había sido la voz que permitió que aquellas espadas se desenvainaran. Había traducido el requerimiento. Había dicho "paz" mientras los cañones se cargaban. Y ahora veía a Alvarado reír mientras decapitaba a un hombre herido.

—Dios mío —murmuró, con la voz quebrada—. ¿Estás de verdad de nuestro lado? ¿Cómo puede estar Dios del lado de esto? Cerró los ojos un instante. En la oscuridad de sus párpados, vio el rostro del joven suplicante. Vio sus manos levantadas. Vio la espada de Alvarado hundirse en su garganta. Y supo que no podría borrar esa imagen, que la llevaría consigo todos los días de su vida, aunque viviera cien años. Abrió los ojos. La batalla seguía. Los caballos seguían cargando. Los mayas seguían cayendo. Y Aguilar supo que, aunque sobreviviera a aquel día, algo dentro de él había muerto para siempre.

Mientras la caballería cargaba, la infantería avanzaba. Los soldados de a pie, con sus espadas de acero, se enfrentaron a los mayas que lograban esquivar a los caballos. Los arcabuceros dispararon. El humo de la pólvora se alzó en nubes blancas. Los mayas que nunca habían oído un arcabuz cayeron al suelo, aterrados por el trueno. Los ballesteros lanzaron sus virotes. Las flechas de acero atravesaron los escudos de madera. Los mayas gritaron al sentir el dolor. Pero no huían. Luchaban. Un guerrero maya, con el pecho abierto por una espada, siguió luchando hasta que cayó. Otro, con una flecha clavada en el hombro, arrancó el virote y siguió avanzando. Una mujer, con una pierna destrozada, se arrastró hacia un soldado español y le clavó un cuchillo en la pantorrilla antes de morir.

Entre los mayas, un guerrero viejo se mantenía firme. Había visto caer a sus compañeros. Había visto a los jóvenes huir. Pero él seguía en pie, con su lanza alzada. —¡No huyáis! —gritó—. ¡Yo he visto cosas peores! ¡He visto a nuestros abuelos luchar contra los toltecas! ¡Y ganaron! ¡Podemos ganar! Su voz era ronca, pero tenía autoridad. Algunos guerreros que habían comenzado a retroceder se detuvieron. Miraron al viejo. Miraron a los españoles. Algunos volvieron a sus posiciones. Pero no fueron suficientes.

Cortés observó desde su caballo. Vio cómo sus hombres masacraban a los mayas. Vio cómo los cuerpos caían. Vio cómo la sangre manchaba la hierba. Vio a las mujeres, caídas entre los hombres, con sus lanzas aún en la mano. —Son valientes —repitió. Luego dio otra orden: —¡Cañones! Desde las naves, ancladas en la desembocadura del río, los cañoneros encendieron las mechas. Los cañones dispararon. Las balas de piedra surcaron el aire y cayeron entre los mayas, levantando chorros de tierra y sangre. Los mayas no sabían lo que era un cañón. No sabían que aquel ruido podía matar. Se quedaron paralizados un instante, mirando los agujeros humeantes en el suelo. Tabscoob, que nunca había visto un cañón, sintió el temblor en el pecho. Oyó el silbido de las balas. Vio caer a sus guerreros y a sus mujeres. Una bala de cañón cayó cerca de él, levantando tierra y sangre. Varios guerreros cayeron. Una mujer, que estaba a su lado, fue alcanzada por la metralla y cayó sin vida. Pero no huyó. Levantó la lanza y gritó: —¡No huyáis! ¡Son hombres como nosotros!

Los mayas resistieron, pero el miedo se apoderaba de ellos. Los caballos los atropellaban, las armaduras burlaban sus lanzas, las flechas silbaban en vano, el ruido de la pólvora de los arcabuces les ensordecía, y los cañones, desde lejos, mandaban sus obuses a la lucha, despedazándolos sin siquiera saber de dónde venía el golpe. Luchaban contra cosas que no entendían. Los caballos seguían cargando. Alvarado, con su caballo negro, abría un surco de muerte. Su espada se levantaba y bajaba. Los mayas caían a su paso. Las mujeres caían también, sus lanzas rotas junto a ellas.

Un guerrero joven, el mismo que había hablado con Tabscoob la noche anterior, sintió que algo se rompía dentro de él. Vio caer al viejo que los había arengado. Vio cómo un caballo le pisaba el pecho. Oyó el crujido de los huesos. Entonces vio a Xochitl. La guerrera estaba rodeada por tres soldados españoles. Su rostro, pintado de negro, estaba cubierto de sangre y barro. Su lanza estaba rotа, pero aún sostenía un cuchillo de sílex en la mano derecha. Había matado a dos soldados. El tercero, con la espada alzada, se abalanzó sobre ella. Xochitl no huyó. No gritó. Se lanzó hacia adelante, con el cuchillo en alto, y lo clavó en la garganta del soldado antes de que la espada la alcanzara. El soldado cayó, pero la espada, en su caída, abrió un tajo profundo en el costado de Xochitl. La guerrera cayó de rodillas. La sangre brotaba de su herida y empapaba la hierba. El guerrero joven corrió hacia ella. La agarró por los hombros, tratando de levantarla. —Xochitl —dijo, con la voz quebrada—. Levántate. Vamos. Podemos huir. Xochitl levantó la mirada. Sus ojos, brillantes de dolor y de rabia, se fijaron en los soldados que se acercaban. —Huye —dijo, con voz apenas audible—. Yo me quedo. —No. No te dejo. —¡Huye! —gritó, empujándolo con la poca fuerza que le quedaba—. Cuenta nuestra historia. No dejes que nos olviden. El joven dudó un instante. Luego, con lágrimas en los ojos, soltó a Xochitl y corrió hacia la selva. Xochitl se puso en pie, tambaleándose. La sangre brotaba de su herida y manchaba su pecho. Tomó un cuchillo caído en el suelo y se plantó frente a los soldados que se acercaban. No dijo nada. Solo los miró, con sus ojos de odio y de fuego, y alzó el cuchillo. Los soldados dudaron un instante. Luego, uno de ellos, un hombre joven con el rostro cubierto de polvo y sangre, avanzó hacia ella. Xochitl alzó el cuchillo. Pero antes de que pudiera atacar, el soldado la atravesó con su espada. La guerrera cayó de rodillas, luego hacia atrás, con los ojos abiertos mirando al cielo. El joven maya, desde la orilla de la selva, vio caer a Xochitl. Quiso gritar, pero el sonido no salió de su garganta. Solo pudo correr, correr hacia la oscuridad de los árboles, mientras las lágrimas borraban la pintura de su rostro. —¡Huid! —gritó, cuando por fin encontró la voz—. ¡Huid! Los guerreros comenzaron a retirarse. No todos. Algunos siguieron luchando. Pero la mayoría huyó hacia la selva. Las mujeres también huyeron. Algunas arrastrando a sus heridas. Otras ayudando a sus compañeras. Pero algunas se quedaron, luchando hasta el final. Una de ellas, la que había lanzado la lanza al caballo de Alvarado, fue rodeada por tres soldados. Luchó con su cuchillo hasta que la derribaron. Cayó sin un grito, con los ojos abiertos.

Tabscoob, herido y cubierto de sangre, vio que su ejército se desmoronaba. Vio a sus guerreros caer, a sus mujeres morir, a los jóvenes huir. Dio la orden de retirada. Los mayas que pudieron escapar huyeron hacia la selva. Los que no, quedaron tendidos en la hierba, mezclados con los caballos muertos y las lanzas rotas. Tabscoob, antes de desaparecer entre los árboles por segunda y última vez, miró la llanura cubierta de cadáveres. Miró las humaredas de los arcabuces. Miró la silueta de Alvarado sobre su caballo negro. Y supo que su mundo, el que había conocido desde niño, ya no existía. Esta vez no eran cientos los muertos. Eran miles.

CAPÍTULO VII: LA CAÍDA DE POTONCHÁN Y EL BOTÍN

Los soldados españoles avanzaron hacia Potonchán. Las calles de tierra apisonada estaban desiertas. Las casas de madera y paja, con techos de palma, permanecían vacías. Los habitantes habían huido al bosque llevándose lo que podían. Solo algunos ancianos y enfermos, demasiado débiles para escapar, permanecían en sus viviendas, observando con ojos asustados el paso de los hombres blancos. Un soldado joven, empuñando su espada, se detuvo frente a una casa de la que salía un humo tenue. Dentro, un viejo maya de pelo cano y rostro arrugado estaba sentado junto al hogar, sin moverse, sin mirar. El soldado levantó la espada. —¡Alto! —gritó Cortés desde su caballo—. No toquéis a los que no oponen resistencia. Buscad víveres y armas. Pero no matéis sin necesidad. El soldado bajó la espada, no sin antes escupir al suelo frente a la puerta de la casa.

Cortés recorrió las calles de Potonchán con Aguilar a su lado. El fraile observaba las construcciones con una mezcla de curiosidad y desasosiego. Las casas eran de madera y barro, con techos de palma cuidadosamente trenzados. Algunas tenían paredes de caña entretejida, cubiertas con una capa de cal que las hacía brillar bajo el sol. En los dinteles de las puertas, se veían tallas de serpientes y figuras humanas, restos de una devoción que Aguilar no alcanzaba a comprender. —Es una ciudad ordenada —dijo Aguilar, casi para sí mismo—. No es un simple poblado. —No —respondió Cortés—. Es la capital de un señorío. Y ahora es nuestra. Llegaron a la plaza central. Era un espacio amplio, de tierra apisonada, rodeado de construcciones más grandes. Al fondo, una estructura piramidal se alzaba unos quince metros sobre el suelo. Tenía escalinatas de piedra caliza y, en la cima, una pequeña construcción con techo de palma. —Eso —dijo Cortés, señalando la pirámide—. Ese será mi cuartel. Desde lo alto dominaremos la ciudad y cualquier ataque. Sus dioses han caído, y desde su templo gobernaremos. Acompañado por una docena de soldados, Cortés subió las escalinatas. En la cima, el templo era pequeño. Sus paredes interiores estaban decoradas con relieves de serpientes emplumadas y figuras humanas con tocados elaborados. En el centro, una piedra plana servía de altar, cubierta con manchas oscuras y restos de resina.

Cortés la miró un instante. No dijo nada. Pero Aguilar, que lo observaba desde atrás, vio algo en sus ojos: no era desprecio por aquel altar pagano, no era repulsa. Era una especie de reconocimiento, como si Cortés viera en aquella piedra manchada de sangre el reflejo de algo que también llevaba dentro. Aguilar sintió un escalofrío. No supo si lo que había visto era respeto o identificación, pero supo que aquel hombre no era un simple soldado de la fe.

—Aquí es donde sus sacerdotes paganos hacían sus sacrificios —dijo Cortés al fin—. Ahora habrá una cruz cristiana y el estandarte real, y los indios sabrán que ahora hay un nuevo Dios y un nuevo rey. Los soldados comenzaron a clavar la cruz y a desplegar el estandarte. El pendón de Castilla se agitó con la brisa.

En ese momento, un soldado subió jadeando los últimos escalones y se plantó frente a Cortés. —Señor —dijo—. Hemos encontrado el palacio del señor de la ciudad. Bajaron de la pirámide y cruzaron la plaza hasta una construcción más grande que las demás, con un pórtico de madera tallada. Era la residencia de Tabscoob. En su interior, las paredes estaban cubiertas de esteras de junco y telas de algodón finamente tejidas. En el suelo, yacían varias cestas de mimbre y cofres de madera. —Mirad esto, señor —dijo el soldado, abriendo uno de los cofres. Dentro, brillaban objetos de oro: pequeñas figuras antropomorfas, discos decorados con relieves, collares de cuentas, diademas. Junto a las piezas de oro, había montones de plumas de quetzal, de un verde profundo como el de la selva después de la lluvia. También había cuentas de jade, pulidas y ensartadas, y algunas piedras verdes más oscuras que los soldados no supieron identificar, pero que los mayas valoraban como el oro. —Esto vale una fortuna —murmuró un soldado. Cortés se arrodilló junto al cofre. Tomó una de las figuras de oro, la sopesó en la mano, observó sus detalles. Luego la dejó y tomó un puñado de plumas de quetzal, acariciándolas con los dedos. —Guardadlo todo —ordenó—. Todo el oro, las plumas y las piedras preciosas serán registrados por el escribano. Esto ahora pertenece a Su Majestad. Nada se repartirá sin mi autorización. Los soldados obedecieron, aunque algunos cambiaron miradas de descontento. Cortés lo notó, pero no hizo comentarios. —Y buscad en el resto de la ciudad —añadió—. Puede haber más.


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