lunes, 10 de septiembre de 2012

Los números - 24

El sisa permanecía a buen recaudo en su casa después de la última azaña, en que había quedado atascado dentro de un conducto del aire y tuviera que ser rescatado por sus amistades, no por el cariño que le profesaba, sino porque al descubrirlo, aún sin la colaboración del sisa, la guardia civil podría llegar a deducirlo todo.

La madre del sisa, bajo quien nuestro amigo estaba bajo guardia y custodia en su arresto domiciliario, como estaba todo el día en casa aprovecho para meterlo al cuidado de las tomateras y las lechugas de la huerta, y así a veces, cuando venía el pescadero con su furgoneta acompañado de gatos, o el panadero, bajaba con una bolsa de tomates o lechugas para regalar a sus amistades, a las que decía toda orgullosa, aludiendo a su hijo: - Como está todo el día en casa, ¿ que va hacer ?.
El sisa, al terminar de cenar se levantó de la mesa, y bajó a la huerta para regar las plantas al caer el sol.
Las plantas agradecieron el agua después de una tarde de altas temperaturas. Al terminar de regar, volvió para la casa. Le dio las buenas noches a su madre, diciéndole que se iba a dormir. Y subió para su habitación. Se desnudó y se tiró encima de la cama.
Desde allí oía los anuncios de la tele. Su madre estaba un poco sorda y tenía la tele siempre encendida en un pequeño televisor que tenía encima de la nevera de la cocina.
Fuera, en la calle, la noche iba cayendo dando paso a un cielo negro moteado de brillantes estrellas que se veía desde su habitación. Miró el reloj, apenas eran las doce de la noche,  y mientras miraba por la ventana cesaron los gritos de los anuncios. Al cabo de un rato comenzó el ronquido de su madre desde su habitación.
Era la una de la noche y hacia un calor pesado.
Las dos de la noche y él sisa no paraba de dar vueltas en su cama de dormir, Se había desvelado .  Se levantó y dio vueltas por la habitación hasta que decidió vestirse, y aprovechar que su madre estaba durmiendo, para salir a la calle y echar un pitillo, sin que ella se enterase.
En la plaza, se abre el portal de la casa del sisa. Después de cerrar el portón se pone a andar. Mientras anda, el ruido de los pasos le acompañan. Camina hasta llegar a puente. Allí se sienta en la barandilla de piedra del malecón del rio,  Saca su cigarro, lo enciende y se pone a fumar .
Al terminar, regresa del rio por una calleja empedrada, quizás más antigua que el pueblo mismo. Camina lentamente de regreso, cobijado entre las sombras, bajo la atenta mirada de juvenil, el gato de marise. Juvenil es un felino adolescente, de unos doce años de edad, que protege la casa de  su ama de los fantasmas y los malos espíritus que pueblan las noches de luna negra; aburrido de la mirada de la luna llena arquea su lomo, terminando en un gran bostezo, después, deja escapar un quejumbroso maullido.
A veces el ruido de los pasos se retrasan, pero regresan a los pies del sisa convertidos en ecos. Van jugando, produciendo ecos entre las paredes de la calleja y el empedrado del suelo.  Llegado un momento, los pasos se dan cuenta que se han despistado y han quedado demasiado lejos de las suelas de los zapatos de su dueño. Acobardados al sentirse en solitario echan a correr para esconderse de nuevo debajo de las suelas de los zapatos de su dueño. Entonces este, el sisa, sobresaltado al oír aproximarse el correr de los pasos que habían quedados retrasados, piensa que alguien le persigue y huye despavoridamente, inundándose el silencio de la noche con pisadas precipitadas.
El sisa, acalorado por la carrera, al llegar a su casa abre el portón y entra. En el interior se descalza y le tira los zapatos a su hipotético persecutor, en el medio de la noche, para asustarle. Después cierra el portón quedando fuera el ruido de las pisadas en la calle.
Cuando sube sin hacer ruido por los escalones, para ira a su habitación , oye la voz de su madre que dice su nombre en sueños, para comprobar si está.
El responde: - nada, mama.
De regreso a su habitación, se tiró encima de la cama nuevamente.
Finalmente el sisa se quedó dormido y no tardó en empezar a soñar.
Soñaba que estaba en un supermercado, con sus estanterías abarrotadas de cosas que iba cogiendo libremente mientras llenaba un carrito de ruedas.
Al doblar un pasillo se encontró en la sección de embutidos, donde había una chica alta, rubia, delgada, de ojos azules. Era la chica de sus sueños.
La clientela, todos hombres, se peleaban por ser atendida por la joven ya para ello solo había que coger un numero.
El sisa se acercó y tiró de una pequeña lengua de papel que salía de una maquinilla roja, colgando en una columna,  próxima al mostrador.
La chica viste de blanco. Lleva una falda blanca y una blusa blanca, protegidas por un mandil blanco. En la cabeza llevaba el pelo rubio recogido bajo un gorro blanco, rematado en una línea roja que iba de delante a atrás como una cresta roja,  que recordaba a las antiguas azafatas.
La blusa tenía un pequeño bolsillo, al lado del corazón, donde guardaba varios lápices ya mordidos.
Iba pidiendo número, y cortando fiambre, mientras los clientes esperaban su turno.
Cien gramos de salchichón por aquí, doscientos gramos de morcilla por aca…
Terminado un cliente, pulsaba un interruptor y miraba para el marcador que colgaba de la pared; leía el numero en voz alta y daba turno el siguiente.
- ¡ Sesenta y uno!
Una mano levantaba acompañaba una voz:  - ¡  Soy yo  !.
Y volvía la rutina:
Cien gramos de chorizo, doscientos gramos de mantequilla …
- ! Sesenta y dos ¡
Otra mano , desde otro extremo, como sorprendida de que le hubiese tocado turno .
-    ¡Yo!.
Vuelta a empezar, y la chica va corriendo de un lado para otro, detrás del mostrador, acristalado, cogiendo y metiendo embutidos en la vitrina, después de trocearlos en rodajas finas y menos finas,  en cantidades centenarias de gramos; a veces …
Pulsa el interruptor, mira al marcador de la pared:
- ! El sesenta y tres – grita el número la chica.
Unos segundos sin respuesta. A veces la gente coge el número y marcha para continuar con la compra y les pasa la vez.
- ! El  sesenta y cuatro¡ , !sesenta y cinco¡, ! sesenta y seis ¡  - continua la chica mientras va pulsando el interruptor que hace cambiar los números.
Se ha roto el ritmo; la gente se pone nerviosa y comienzan a mirarse unos a otros .La chica pulsa una y otra vez el interruptor .
! Sesenta y siete¡ , ! sesenta y ocho¡ .
Y aparece en la pared  el número 69 . Se asoma por encima de la vitrina
De su blusa asoma el canalillo por el escote, dejando entrever sus exuberantes senos.
- ! el sesenta y nueve ¡ -, grita la chica confundida, mirando para uno y otro lado.
 - !Yo¡ -. Entonces dirige su vista, al oir la voz, hacia una figura esmirriada que comienza a saltar entre en medio de los clientes.
-! Soy yo , soy yo ¡ - , grita  el sisa, mientras salta agitando los dos brazos levantados. Mostrando su ristra de números, cogida de una mano, ante la indignación de la clientela.

El sisa es reducido por la vigilante de seguridad del supermercado:  una mujer hombruna, de unos cincuenta centímetros  de estatura, y es expulsado del supermercado.


 
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