lunes, 3 de septiembre de 2012

el soplo 23







Arcadia estaba entre los 30 y los 40 años, aunque su edad daba para más.
Era alta y delgada. Con una cabellera rizada, negra, larga, que le caía por detrás de los hombros dejando descubiertas unas enormes orejas fenicias, de las que habitualmente colgaban unos pendientes parabólicos dorados gigantescos, que se quitaba para ir a misa por un poco de recato.
Su cara alargada remataba en un mentón afilado decorado con un hermoso hoyuelo, y de ella sobresalía una nariz curva con la que apuntaba a distancia su mirada aguileña en el horizonte, donde se escondía cuando se sentía atacada, de la misma manera que el avestruz mete la cabeza en la tierra cuando se siente en peligro.

Arcadia, una mujer solitaria, acostumbraba a subirse al campanario, al que accedía por unas pequeñas escaleras anexas a la pared lateral de la iglesia, por su lado izquierdo
. - del otro lado estaba un muro de piedra vieja, - granito moteado por líquenes blancos y amarillos - , con un puerta enrejada por la que se accedía al cementerio.- y desde allí perdía la mirada en el horizonte y en el amplio dominio del tañido de sus campanas.
-Cuando el viento frío la abrazaba, se sentía como una isla rodeada de aire por todas partes menos por una que se llama pies -.
Era la hora de la misa y allí estaban esperando los feligreses la llegada del párroco.
Pasados unos cuarenta minutos, por el camino que conducía a la iglesia, se vio llegar un turismo de color negro, con la pintura ya ajada por el tiempo, que aparcó a la entrada del cementerio, y del coche bajó el nuevo párroco.
Después de cerrar el coche el padre, acercándose, saludó a los presentes y empezaron entrar dentro de la iglesia. Mientras iban entrando y se iban sentando, Arcadia se acercó al cura y le dijo que iba a tocar y cantar en la iglesia acompañándole en el rito litúrgico para que escuchara alguna canción religiosa de su repertorio. Y se sentó al lado del órgano, un viejo hammond que si paramos a pensar no sabemos como acabó en el lugar. Retiró un tapete blanco de encaje, que cubría el teclado, y chasqueó los dedos.

Antes de empezar la misa el cura subió al altar y visiblemente se puso a contar la gente que había:
total entre unos, los fieles, y otros curiosos, pues algunos iban como el que va el primer día a clase, llegaban a ser unos 14.

Y entonces aclaró, con su acento raro : - doy misa para 14 -, y después de unos segundos de silencio y perplejidad, mientras el cura entraba en la sacristía para vestir los hábitos litúrgicos, los catorce asistentes se empezaron a rascar el bolsillo, preparando la minuta para cuando pasaran la canastita de la limosna.

El cura no tardó en salir vestido de blanco, con una estola morada que le cruzaba como una bandolera el pecho, se enrollaba en su cadera y dejaba caer sus puntas, pegada a su lado derecho, hasta terminar a unos quince centímetros del suelo.
Después de poner en el altar el cáliz, las vinajeras y las hostias para consagrar, empezó el rito sagrado de la misa. Al llegar el momento de la homilía se acercó al púlpito. Leyó un pasaje de los padres de biblia. y después se puso hablar del reino de los cielos, aunque los feligreses preferían que les hablasen porque la vida se había puesto tan cara.

Al terminar el párroco con la homilía, Arcadia se abalanzó sobre el teclado del órgano :
- …. ta ta taaaaaaaaaaaaaaaaaa -,
arrancó un sonido del interior del instrumento, que empezó a subir por las paredes de la iglesia lentamente, y justo cuando arrancaba su voz para darle alcance y echarle cuentas... oyó carraspear una voz que la interrumpió.
Mientras pensaba en que había ocurrido, el cura en el púlpito empezó a decir que se iba poner una megafonía en el campanario que tendría mayor alcance que el tañido de las campanas y que de pasó podría ponerse música sacra los días de semana santa: el réquiem de mozart , en navidad: el oratorio de J.S. Bach y otras bellas obras para deleite de los vecinos, además de hacerse oír la misa en el exterior por los feligreses que no pudiesen abandonar su trabajo para asistir a la iglesia el día que tocaba.
Una vez que terminó de hablar, mientras arcadia, estupefacta, pensaba que nunca se le había ocurrido que pudiera ser sustituida por la deutschegrammophon y su filarmónica de berlín, el párroco se acercó al altar de nuevo, levantó brazos con las dos manos en forma de cruz y continuó con la misa....

Al terminar la misa, marcharon los feligreses, y se despidió del cura excusándose en que ella quedaba para recoger los cirios, reponer el agua a las flores, barrer la iglesia antes de marchar.

Al Terminar sacó las llaves y cerró el portón de la iglesia.
- Mis campanas, mis queridísimas campanas … - dijo. Al terminar siempre subía al campanario y desde allí tomaba un descanso y oteaba el horizonte viendo el vuelo de las golondrinas, las alondras o las cigüeñas, pero hoy, disgustada, no lo hizo .

Mientras regresaba para su casa, Arcadia iba pensando que si estuviese la policía científica de madrid que anduviera preguntando por aquí, les diría que investigasen al padre nuevo porque ella había llegado a la conclusión que el que decía ser el párroco nuevo no era realmente un cura sino cualquier extraño que había suplantado los hábitos y estaba practicando intrusismo profesional.












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