martes, 19 de febrero de 2013

el encuentro 19



El cura de labregos * labradores era padre de todos, de todos menos de quasimodo, porque el cura de labregos solo podía ser tio de quasimodo; cuando se enteró de la desaparición de su sobrino por la madre que lo llamó para contarle la desaparición del niño; bajó a la iglesia y después de encender dos velas al San Antonio, se puso a rezar al santo - que todo lo sabía - para que su sobrino apareciese. Ya entrada la noche, al tener noticias por personas que pasaban cerca de la iglesia, dando voces llamando a quasimodo para que apareciese, de que aún se seguía con la busqueda, dio a rogar al santo congraciarse con el padre jesús para que el menor apareciese sano y salvo.
El párroco de labregos llamó al padre jesús que llevaban años sin hablarse, desde que tuvieran una discusión muy agría por unos pobres de la parroquia. El caso es que el párroco, a estos vecinos, no les ayudaba en nada porque eran caseros de Don Sebastián y este les tenía inquina y los quería echar de las tierras que les tenía arrendadas. El padre jesús al tener conocimiento de las penurias a las que se veían sometidos estos campesinos, medió por los vecinos pobres y reprochó al cura de labregos que no defendiera a sus feligreses frente a la inquina de Don Avelino. Y sus diferencias acabaron llegando al obispado, donde no se tardó en mandarles llamar. El obispo escuchó atentamente las explicaciones que dieron uno y otro, y después de oír a los dos, dijo que dios sometía a las personas a pruebas y no eran ellos quienes de intervenir.
Al oir las palabras del obispo, el padre jesús les miró fijamente y les respondió que quizás dios también estaba poniendo a prueba al señor obispo y al cura de labregos para ver como defendían a su pueblo. Desde entonces los dos curas no se hablaban.
Ya cuando amanecía, la gente se fue a cambiar a su casa para realizar una búsqueda por los montes, pues habían decidido pedir ayuda y llamar a la guardia civil denunciando la desaparición de quasimodo para que trajeran sus perros rastreadores y hacer una batida.
Bajaba el padre jesús desde su humilde casa en el monte donde él vivía, dirigiendose a la iglesia de labregos, en respuesta a la llamada del párroco , por el camino de la fraga* tierra quebrada y escarpada, llena de brañas o maleza. Y en el camino se encontró a quasimodo que después de salir de mi casa por la ventana de mi habitación, deslizandose a la huerta por las ramas de un viejo nogal, escapaba por entre atajos dirigiendose a las inmediaciones del colegio para estar próximo a sus amigos; seguramente atraído por sus voces y juegos, que se oían desde la lejanía. Al verlo el padre jesús le extendió la mano, y los dos bajaron juntos para el pueblo a la casa de la Sagrado.

En el pueblo enterados de la historia del rapto, cuando ya todo había pasado, muchos pensaron que el encuentro de quasimodo había sido uno de los signos más de santidad del padre jesús , y otros que la aparición final de quasimodo había sido un ardid de los de la batea, que se habían hecho cargo de los secuestradores, porque jamás permitirían que nada malo pasase a alguien de nuestras tierras que no fuera merecido.

A mi en casa no me dijeron nada. Y quasimodo, aunque se vieron en múltiples ocasiones después de aquella, jamás llegó a hablar con la directora por haber osado detener el autobús rojo.

En mi armario quedó un vacio muy grande, que jamás consiguieron llenar mis muñecos de peluche.



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