Dadas las andanzas de Quasimodo, la Sagrado daba por sentado que su hijo andaría escondido por ahí, sin comer, y que aparecería a la hora de la merienda. Pero al no hacerlo, llamó a mi madre para saber si estaba con nosotros o si yo sabía algo de él.
Mi madre me gritó desde el teléfono para que la oyera: —Marise, ¿sabes algo de Quasimodo?
Yo, desde mi habitación, le grité que no. Así nos comunicábamos cuando estábamos en casa.
Mi madre habló un rato más con la Sagrado, le dio mi respuesta y colgó. Quedaron en llamarse más tarde.
Yo terminé los deberes, recogí mis cosas y volví a la huerta para encontrarme con Quasimodo. Antes había pedido permiso a mi madre para salir a jugar.
Cuando le conté que su madre había llamado, Quasimodo empezó a preocuparse. Como ya anochecía, al final lo convencí de que llamara por teléfono a su casa y hablara con ella para que no estuviera tan angustiada.
Fui a mi habitación a buscar unas monedas de mi hucha y salimos los dos por la parte trasera de mi casa. Bajamos a una cabina telefónica que había en el malecón del río.
Quasimodo marcó el número de su casa y no tardó en oír la voz de su madre, que respondió: —¿Diga?
—¿Es ahí la casa de Quasimodo? —preguntó él.
Su madre, extrañada y sin reconocer su voz, contestó: —¿Sí…?
Entonces Quasimodo soltó: —Escuche atentamente lo que le vamos a decir y no diga nada. Hemos secuestrado a su hijo. No se preocupe por él, que estará bien atendido. Por las noches le apagaremos la luz y le tiraremos de la oreja, como hace usted, por si ha hecho algo malo durante el día y no se lo ha contado. A medianoche iremos a ver si está bien tapado mientras duerme. No se preocupe y no llame a la policía. Mañana la llamaremos para pedirle un rescate y lo soltaremos.
En cuanto oí eso, puse la mano sobre el soporte del teléfono y colgué. Quasimodo se quedó con el auricular pegado a la oreja, sin salir de su estupor. Aterrorizado, le había cambiado la voz; muerto de miedo por la tunda que le iba a caer en casa, había simulado su propio secuestro.
Regresamos a toda prisa a mi casa, no fuera que algún vecino nos viera juntos con el revuelo que se iba a armar. Entramos por la parte de atrás. Dejé a Quasimodo escondido en el galpón, esperándome, y yo entré de nuevo en casa con toda la rapidez que pude.
Mientras tanto, la madre de Quasimodo había llamado a mi madre para contarle lo ocurrido y pedirle ayuda para encontrar a su hijo.
No hizo falta mucho tiempo: con varias llamadas telefónicas se reunió todo el mundo en casa de mi madre. Allí estaban los de la Batea, el Furgo, el herrero y algunos vecinos más, todos unidos por la amistad con nuestra familia. Cuando la Sagrado volvió a contarles lo que le había dicho el secuestrador, todos se echaron a reír al oír lo del tirón de orejas. No tardaron en darse cuenta de que, sin ninguna duda, el autor de la llamada solo podía ser el propio Quasimodo.
Pero el problema seguía ahí: estaba anocheciendo y el chico no aparecía. Así que los adultos decidieron salir a buscarlo. Se repartieron las zonas: los acantilados, el monte por encima de la casa del tío Avelino hasta el lugar de las piedras que hablan, la fraga del río a la entrada del pueblo y las orillas de la ría. Y partieron en su busca.
Ya eran las tres de la madrugada y Quasimodo seguía sin aparecer. Todos empezaban a pensar en lo peor: que, escondiéndose por ahí, se hubiera metido en algún lugar peligroso, como los acantilados, y hubiera ocurrido una desgracia.
Mientras unos y otros lo buscaban desesperadamente, esa noche Quasimodo dormía bien escondido, con mis muñecos de peluche, dentro del armario de mi habitación. Y yo rezaba para que nadie pensara en mí como cómplice necesario de su secuestro.
mvf.
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