martes, 12 de febrero de 2013

El secuestro 18


Era las siete de la tarde, y estaba haciendo las tareas escolares en mi habitación después de que me llamase mi madre, cuando sonó el teléfono en mi casa. Era la Sagrad, la madre de quasimodo, que llamaba a mi madre para preguntarle si su hijo estaba en nuestra casa, porque no era la primera vez que merendábamos juntos. La sagrado, la madre había sido llamada por la mañana desde el colegio para decirle que su hijo se había escapado del centro cuando lo habían dejado esperando para ir al despacho de la directora. Le habían explicado el motivo, “ por haberse puesto en medio de la carretera obligando a que se detuviera el autobús rojo” , y sin lugar a dudas la directora le iba cantar en las orejas, * esta es una figura literaria hecha que nosotras conocíamos bien lo que quería decir. La sagrado, dadas las andanzas de quasimodo, daba por supuesto que su hijo estaría escondido por ahí, sin comer, y aparecería por su casa a la hora de la merienda, al no aparecer llamó a mi madre para preguntarle si estaba con nosotros o yo sabía algo de él.
Mi madre, me pegó un grito para que yo la oyese, preguntándome . - ¿ marise, sabes algo de quasimodo? .
Yo, desde mi habitación le grité que no. Era nuestra intercomunicación de andar por casa.
Mi madre, luego de hablar con la sagrado contándole mi respuesta más tarde colgó el teléfono. . Quedaron las dos de llamarse más tarde.
Yo terminé los deberes, recogí mis cosas y volví a ir a la huerta para encontrarme con quasimodo, le había pedido permiso a mi madre para salir a jugar.
Al contarle la llamada de su madre, quasimodo empezó a preocuparse.
Ya se iba haciendo de noche y finalmente lo convencí de que llamase a por teléfono a su casa y hablara con la madre para que no estuviese muy preocupada.
Después de ir a recoger unas monedas de mi cobra, en mi habitación, los dos salimos por la parte de atrás de mi casa y bajamos a una cabina telefónica que había en el malecón del rio.
Quasimodo marcó el número de su casa y no tardó en oir la voz de su madre que respondía: - ¿ Diga ?.
- ¿ es ahí la casa de quasimodo ?-, soltó quasimodo.
Su madre, al teléfono, respondió extrañada sin reconocer su voz - ¿ Si … ?
Y quasimodo siguió  : - Escuche atentamente lo que le vamos decir y no diga nada. Hemos secuestrado a su hijo. No se preocupe por él que estará bien atendido. Por las noches le apagaremos la luz y le tiraremos de la oreja, como hace ud. por si hay alguna cosa mal que hizo durante el día, que no le haya contado, y a medía noche iremos ver si esta bien tapado mientras duerme. No se preocupe por nada y no llame a la policía. Mañana le llamaremos pidiendo un rescate y lo soltaremos.
Puse la mano encima del soporte del teléfono colgando. Quasimodo seguía con el teléfono pegado en la oreja. No salía de mi estupor, a quasimodo aterrorizado le había mudado la voz, y cagado de miedo por la tunda que le iba caer en casa, había simulado un secuestro.
Regresamos a toda prisa a mi casa, no fuera que con la que se iba a armar, a quasimodo y a mi nos viera ahora juntos algún vecino. Entramos por la parte de atrás de la casa, y después de quedar quasimodo, esperándome escondido en el galpón, entraba con toda celeridad en mi casa de nuevo.
Durante ese tiempo que había estado fuera, la madre de quasimodo había llamado a casa a mi madre para explicarle la llamada recibida y pedirle ayuda para encontrar a su hijo.
Con varias llamadas telefónicas, no se tardó mucho tiempo en reunirse todo el mundo en casa de mi madre. Allí se habían juntado los de la batea, el furgo, el herrero, y algunos vecinos más, que les unía la amistad con nuestra familia; y al contar de nuevo la sagrado, a los allí presentes, lo que le había dicho por teléfono el secuestrador, todo el mundo se echó a reír de las palabras del secuestrador, y del tirón de orejas que la sagrado le daba a quasimodo por la noche, descubriéndose que el autor de la llamada, sin lugar a dudas, había sido el mismo quasimodo.
Pero el problema era que iba entrar la noche y aún no había aparecido, así que entre los adultos, se acordó salir a buscar a quasimodo.
Entre ellos se repartieron los acantilados; el monte por encima de la casa del tio avelino, hasta el lugar de las piedras que hablan; la fraga del rio, a la entrada del pueblo, y las zonas de la ria. Y partieron en su búsqueda .

Ya eran las tres de la noche y quasimodo seguía sin aparecer. En las mentes de todos se estaba pensando en lo peor: “que quasimodo, escondiéndose por ahí, igual se había metido por algún sitio peligroso como por los acantilados, y tal vez hubiera ocurrido alguna desgracia.
Mientras unos y otros buscaban desesperadamente; esa noche quasimodo dormía bien escondido, con mis muñecos de peluche ... , dentro del armario de mi habitación. Y yo rezaba para que no pensasen en mí como cómplice necesario en su secuestro.


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