martes, 5 de febrero de 2013

El mundo 17







Al regresar a casa, después de merendar había subido a mi habitación para hacer las tareas escolares.
Estaba tirada encima de la cama, boca arriba, mirando para el techo de la habitación, en compañía de mis muñecos de peluche: un hipopótamo, dos ositos de distintos tamaños y un perro de tela blanco con orejas azules, raídas que era mi favorito, cuando de repente oí un golpe en el cristal de la ventana. No le di importancia pero al cabo de un rato volvió a sonar otro golpe, esta vez más fuerte. Me asomé por la ventana a ver que pasaba, y abajo estaba quasimodo, que al verme tras el cristal de la ventana me hacía señas desde la huerta de nuestra casa.
Salí de la habitación para ir a la huerta a verme con quasimodo y preguntarle como le había ido en el colegio con la directora. Mi, madre me oyó al bajar y me preguntó dónde iba con tanta prisa.
Le respondí que iba ver los conejos y darles de comer.
No tardé en estar en la huerta. Quasimodo estaba metido dentro del viejo galpón que había en la huerta y al verme desde lo lejos me silbó. Yo miré en la dirección en que había venido el sonido y pude verle a el detrás del remolque del tractor, donde estaba escondido.
Corrí hacía el, y después de saludarnos nos metimos en el sitio en que mi padre guarda las herramientas, o las esconde,  no está muy claro; porque siempre que mi madre le pide a mi padre que haga algún trabajo en casa, se pasa el día buscando alguna herramienta que necesita. Mi madre luego le dice, - miraste en el galpón de la huerta - , justo antes de que él diga - bueno, ya aparecerá la herramienta cuando no la busque. El caso es que cuando algún día encuentra la herramienta, el ya se ha olvidado de para que la necesitaba y entonces la guarda, o la esconde, como ya se ha dicho. Y ya nunca más aparece hasta otra vez que no se vuelva necesitar.
Quasimodo me enseñó su escondite, era debajo de una vieja mesa de roble que hacía las veces de banco de trabajo. Estábamos los dos escondidos, sentados en el suelo sucio donde quasimodo había pasado el día, a refugio de las miradas de mis padres, a esperas de que yo regresase y entonces le pregunté extrañada que había pasado y como había llegado hasta aquí.
Me contó que se había escapado cuando el conserje le llevó dentro del colegio y lo dejó esperando, sentado en un banco, mientras él iba tocar el timbre del comienzo de las clases. Se había escapado por miedo de que le castigase la directora, una vieja maestra, entrada en edad que se negaba a jubilarse y que nos tenía a todos aterrorizados con sus gritos. Había estado dando vueltas, fuera, alrededor del colegio, y finalmente había decidió subir hasta mi casa y esperar todo el día escondido, para que no le viese mi madre, hasta la hora en que llegase yo. Cuando llegó el autobús, después de esperar un poco, fue a llamarme para hablar conmigo, para que le ayudase ya que entrada la noche iba bajar por los caminos del monte, hasta llegar al puerto donde se subiría a un barco pesquero que le llevase a las americas y quería saber si yo querría marcharme con él a recorrer el mundo, donde nos pasaría un montón de aventuras increibles.

Miré para él, asombrada e iba decirle que si, que me iría a recorrer ese mundo amigo, ancho y grande que existe en el corazón de los niños, cuando oí la voz de mi madre que me llamaba. Me levanté y salí del galpón apurada por miedo a que nos descubriesen.
Mis pies volaban por encima de las acelgas, las lechugas, y las tomateras de la huerta, mientras yo corría en dirección a la casa.

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