miércoles, 6 de marzo de 2013

Los niños y el mentor



Una tarde de otoño el mentor llevó a los niños de paseo al campo; uno de los niños era un gitanillo, una estrellita que la noche no quería; y el otro, la niña, una estrellita que en el cielo no cabía; juntos no llenaban sus años dos manos.
Después de andar por un camino entre manzanos y nogales, llegaron hasta un viejo pozo de campo. Era un viejo pozo del que se extraía el agua de la tierra con un cigüeño que pervivía al paso del tiempo.
Al llegar, junto a la sombra de una higuera, se sentaron en un banco  hecho con piedras apiladas que se había recogido del campo de labradío; entonces el mentor de los niños les dijo que mantuviesen silencio, cruzando su dedo índice en los labios.
No tardó en llegar un pequeño pájaro negro que sin hacerles caso se puso a picar los brotes verdes de la hierba que había alrededor del pozo.
Mirad ese pájaro negro – dijo en voz baja a los niños – todas las tardes viene a comer aquí antes de hacerse la noche. -¿Sabéis como se llama ?
Los niños esperaban en silencio la respuesta con sus ojos.
 -  Es un mirlo; - continuó -  mirad, su pico es de color anaranjado.
Los niños son como los pájaros – les dijo el mentor de nuevo.
 ¿ Y que pajaros seriamos nosotros ?  - preguntó el gitanillo.
    Y el mentor dijo a los niños: - Los niños sin padres sois como los cuervos, nadie se fija en ellos por el color negro de sus plumas y por eso no ven el intenso brillo azulado de vuestro plumaje.
     ¿ Y porque teniendo todos los niños padres nosotros no los tenemos ? - preguntó el gitanillo de nuevo.
No os preocupéis por esas cosas – le respondió el mentor -– La vida comienza como un cielo azul limpio y claro que todo el mundo tiene que volar - .
Y entonces les dio un empujoncito en sus espaldas para que echasen a correr por el campo.

Los niños corrían con los brazos extendidos surcando los campos como si fueran pájaros. Mientras los ojos del hombre se cerraban con el sueño.
Ya comenzaba anochecer cuando los niños regresaron de jugar por los campos y viendo a su mentor dormido se sentaron junto a él, recostando sus cabecitas encima de su cuerpo. El hombre, al sentir el calor de sus cuerpecitos,  despertó y pasó sus manos acariciando el pelo de sus cabezas para volverse a dormir. Ahora no distinguía entre los niños y los pájaros que volaban en el cielo. Cuando se dio de cuenta él podía volar también y extendió sus alas en el aire  para surcar por un cielo claro y limpio como el de los niños.
A la noche vinieron a buscarlos, y los niños se pusieron muy tristes: Sintieron que su mentor los había abandonado, porque el corazón de su maestro no regresaba de volar.

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