martes, 26 de junio de 2018

La procesión de San Isidro.

El día comenzó con una ligera neblina que con los primeros rayos del sol se transformó en un rocio brillante y transparente sobre la hierba del campo.
Max había terminado de dar de comer a los animales de la granja y de llevar al campo a la burra del molino para que pastase.
 Se lavó en el rio y regresó a casa. 
Tenía encima de la cama la ropa con la que se vestiría para ir a la feria: una camisa blanca, un chaleco negro por el que sobresalían las mangas blancas, al ponerlo por encima de la camisa, y unos calcetines largos, de color blanco, que se dejarían ver entre el calzado, unos zuecos de cuero, betuneados de negro, hechos de madera de chopo; y los pantalones, del mismo color que el chaleco, que terminaban a la altura de los tobillos.
 Complementaba su vestimenta un sombrero chacó de color  azul de prusia, ribeteado de blanco, que en alguna época podría haber pertenecido a algún soldado. 
Cuando terminó de vestirse se dirigió a un pequeño mueble de madera, que estaba cerca de la ventana, donde recogió una saca, en la que había guardado la gaita para protegerla de los posibles avatares que pudieran ocurrirle en la feria, y colgándosela al hombro, sin hacer ningún ruido que despertara a su madre, cerró la puerta de la casa del molino y tomó el camino del pueblo para ir al campo de la iglesia, donde de otros años que había ido con su madre sabía que a primera hora se juntaban los músicos que acompañarían al Santo en la procesión.

Formaban el grupo de los músicos: una banda de tambores, cornetas y trompetas,  y varios gaiteros que habían llegado de distintos lugares para acompañar al santo y hacerse unas pesetas que acaso pudieran ganar. Al ver llegar aquel joven rubio engalanado, con su traje de gaitero y su gorro azul prusiano, los  gaiteros hicieron señas a Max para que se colocase junto a ellos, seguros de que vestido de esa manera les iba traer buena fortuna.
El lugar estaba abarrotado pues la gente ya había empezado a llegar desde primeras horas de la mañana para coger los primeros bancos de la iglesia para ellos y sus familiares.

Sonaron las campanas y aunque alguna gente logró entrar aún en el  abarrotado interior de la iglesia, la gran mayoría tuvo que esperar fuera, desde donde tendrían que ir imaginándose  lo que se decía dentro. 
Al terminar de tocar las campanas la misa comenzó. Y mientras fuera se espera que saliera el Santo de la procesión aún fue llegando más gente que vendrían de los lugares más lejanos.
Tocaron las campanas de nuevo y la gente que estaba dentro comenzó a salir arremolinándose delante de la boca de entrada de la Iglesia; entonces asomó el Santo del interior de la iglesia, llevado a hombros por seis hombres fornidos del campo, que apenas podía avanzar en lenta lucha contra la multitud. Llegado un momento unos y otros se fueron haciendo a sus lugares, como antes habían hecho los abuelos y antes los bisabuelos  y antes los tatarabuelos de la multitud; como se había hecho desde siempre. Los músicos y los gaiteros irían en la cabecera, abriendo el paso, detrás de ellos irían el santo patrón, con su buey y su vara , y después toda la demás gente.

Se tiraron tres bombas al aire seguida de otra que reventó produciendo un sonido atronador que se alejó en la lejanía de los campos. Era la señal.
Los tambores empezaron a redoblar, sonaron cuatro golpes del bombo; las cornetas, las trompetas comenzaron también y tras las primeras estrofas de la banda las gaitas empezaron a sonar. Y la procesión, comenzó su andar en dirección al monte que daba nombre a la comarca; desde su cima se podía ver todas las tierras de los alrededores.
Tardaron apenas unos cuarenta minutos en llegar y se esperó, casi otro tanto tiempo, en que la gente del final llegase y se congregase alrededor del santo. Entonces se hizo el silencio para poder oír al párroco oficiar las bendiciones de Santo Patrón a las tierras, hasta donde podía llegar la vista y la fe; cuando terminó de bendecir los campos continuó con las bendiciónes de San Isidro a los acompañantes de la procesión que estaban allí, la gran mayoría de los presentes labradores de la tierras con sus familias. 

mvf. 

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