miércoles, 19 de noviembre de 2025

La mujer del projimo

Cuando el último cliente salió del bar, la puerta del "Rincón de Antonio" se cerró con un golpe sordo. Rosario, con la espalda dolorida, recorrió el local vacío recogiendo vasos y ceniceros. El olor a tabaco y alcohol se mezclaba con el aroma de la lejía. Tras fregar la barra y barrer los cacahuetes esparcidos, abrió la caja registradora para contar la recaudación. Entre billetes y monedas, el rectángulo negro del móvil de su marido brilló bajo la luz tenue. Antonio lo había olvidado allí.
Rosario cogió el móvil .Su intención era guardarlo hasta su regreso, pero al hacerlo, su pulso rozó la pantalla y esta se iluminó de repente con un destello azulado mostrando una imagen en primer plano.
Durante un instante, su mente se negó a comprender. Solo registró una mancha de colores estridentes: el naranja chillón de una pared, el marrón de una madera barata... y reconoció al instante el decorado: uno de esos hoteles de carretera anónimos y cutres, un lugar para encuentros furtivos. En una esquina de la pantalla marcaba la fecha y la hora. La foto era de hacía dos días. De la misma tarde en que él, con su sonrisa más cariñosa, le había dado un beso en la frente prometiendo volver pronto

 —Tengo que ir a La Coruña, mi vida —dijo—. Es por los papeles del bar, una firma urgente en la gestoría. Tal vez tenga que regresar mañana.

  Después, como si un velo se rasgara, la imagen adquirió un significado devastador. Los brazos de Antonio, esos mismos que habían cargado mil cajas de botellas y la habían sostenido en noches de desvelo, rodeaban con íntima familiaridad la cintura de otra mujer. Sus dedos, callosos y conocidos, se hundían en el costado de su blusa blanca, abrazándola, poseyéndola.

Era más joven que ella. Tenía una risa fácil y juvenil, la cabeza ladeada y una mirada de triunfo que traspasaba la pantalla mientras hacia la foto de los dos, frente al espejo de la habitación de hotel. Su rostro reflejaba la satisfacción de quien ha conseguido lo que deseaba, y en su cuello lucía una cadena con un pequeño crucifijo de plata que brillaba con la arrogancia de un amor recién conquistado.

La sonrisa de él, era la sonrisa desvergonzada de alguien liberado de su vida, de sus ataduras, de su historia. Esa sonrisa le apuñaló el corazón. Veinte años de vida compartida, de sueños y sacrificios, se hicieron añicos en el frío rectángulo de cristal que temblaba en su mano.
El silencio del bar se volvió absoluto. El mundo de Rosario, tan ordenado como las botellas alineadas de las estanterías que había detrás de ella, se desmoronó. La sagrado no lloró. Una frialdad glacial, más cortante que el cuchillo para limpiar el hielo, se apoderó de ella. Al día siguiente, Antonio volvió de regresó con el cuento de la gestoría, traía un ramo de rosas amarilla para ella. Rosario lo recibió sirviéndole el café como siempre. Pero algo en sus ojos había cambiado, ya no eran el refugio cálido de siempre, sino un cristal frio.

 

Empezó con Don Emiliano, el viudo solitario, que siempre se sentaba en la mesa del la esquina de la barra.

—Parece cansado hoy, Don Emiliano. ¿Un coñac que le reconforte? —le dijo, sirviéndole una medida generosa.

—Usted es muy amable, Rosario. Este lugar sin usted no sería lo mismo.

Cuando su mano arrugada posó sobre la suya, ella no la retiró. Le dedicó una sonrisa que no era de camarera. Una hora después, con el bar ya vacío, se acercó.

—Don Emiliano, ¿sería tan amable de echarme una mano? Hay una caja de botellas en la trastienda que se me resiste.

El anciano asintió, con un brillo inusual en la mirada. La siguió entre las cortinas. En la trastienda, entre el polvo y el silencio de las cajas de cerveza vacías, Rosario se volvió hacia él.

—La caja es esa —mintió, señalando una pila cualquiera.

Don Emiliano se volvió, confundido. Entonces, ella cerró la distancia. No dijo una palabra. Solo apoyó una mano en su mejilla áspera y besó unos labios que sabían a soledad y tabaco negro. No hubo placer en aquel contacto, solo la textura áspera de una piel ajena. Cuando se separaron, la oscuridad ocultaba sus expresiones.

—Rosario, yo… —tartamudeó el viejo, desconcertado.

—Shhh —lo silenció ella, con una sonrisa triste—. No hace falta que diga nada. Me ha sido de gran ayuda.

 

Le siguió Mario, el joven albañil que trabajaba en la obra de enfrente. Musculoso, con la piel tostada por el sol y una sonrisa que era un desafío, siempre le había tirado el rollo con un descaro que rozaba lo grosero.

—Oye, Rosario, ¿cuándo me invitas a algo mejor que un café? —le soltó esa misma tarde, apoyado en la barra con una arrogancia que delataba sus veintipocos años.

Rosario, en lugar de ignorarle como siempre, le sostuvo la mirada. Una sonrisa leve, calculada, jugó en sus labios.
—Quizás algún dia llegue tu suerte, Mario.

Fue esa misma noche, cuando el último cliente se marchó y las luces se apagaron. Desde la puerta, vio la silueta de Mario fumando un último cigarro en la plaza. Actuó. Con un movimiento preciso, cerró la puerta del bar y dejó las llaves, grandes y visibles, colgando del lado interior de la cerradura. Luego, esperó para hacerle una señal y que la viese.

 
—Oye, Rosario, ¿estás bien? He visto que has cerrado, pero… ¿has dejado las llaves puestas?

Ella se acercó a la puerta de cristal, fingiendo consternación.
—Dios mío, tienes razón. Qué despiste. Mañana Antonio me mata.

Mario se irguió, inflando el pecho. El gallito de corral encontrando su momento de gloria.
—Tranquila, mujer. Yo te echo un cable.

Con una agilidad sorprendente, se coló por el callejón lateral y, tras forcejear un momento con la vieja y oxidada ventana del baño, consiguió abrirla desde fuera y se dejó caer dentro. Unos segundos después, la puerta principal se abría con un clic.

—¡Misio cumplido! —anunció, jactancioso, limpiándose el polvo del pantalón.

—Eres mi salvador, Mario —dijo Rosario, y su voz era una seda gruesa. Cerró la puerta con llave esta vez y se dirigió a la barra. Sacó una botella de whisky y sirvió dos generosas medidas sin preguntar.—Tómalo. Te lo has ganado.

Bebieron. Él, de un trago, ansioso. Ella, sorbiendo lentamente, observándolo sobre el borde del cristal. Sus ojos brillaban con una avidez que a ella le resultaba tan transparente como patética.

—Siempre he pensado que eras una mujer increíble, Rosario —masculló él, acercándose. El alcohol le daba un valor ficticio.

Ella no se movió cuando él rodeó su cintura con sus brazos fuertes. La levantó con facilidad y la sentó sobre la barra, fría incluso a través de la tela de su falda. Él se situó entre sus piernas, enterrando su rostro en su cuello, jadeando ya con un deseo urgente y primario. Sus manos, ásperas como lija, recorrían sus muslos.

Rosario dejó que sucediera. Apoyó las palmas en la fría superficie de zinc de la barra y dejó que su cuerpo que su cuerpo se relajara. No sintió nada cuando los labios de Mario empezaron a recorrer ansiosos su piel con hambre. Su mente estaba en otro lugar, mientras saboreaba la venganza en su amante.

 

 mvf


The Neighbor's Wife


When the last customer left the bar, the door of "Antonio's Corner" closed with a dull thud. Rosario, her back aching, moved through the empty establishment collecting glasses and ashtrays. The smell of tobacco and alcohol mingled with the scent of bleach. After scrubbing the bar and sweeping up the scattered peanuts, she opened the cash register to count the day's earnings. Among the bills and coins, the black rectangle of her husband's mobile phone shone under the dim light. Antonio had forgotten it there.

Rosario picked up the phone. Her intention was to put it away until his return, but as she did, her thumb brushed the screen and it suddenly lit up with a bluish glow, displaying a close-up image.

For a moment, her mind refused to comprehend. It only registered a smear of garish colours: the shrill orange of a wall, the brown of cheap woodwork... and she instantly recognized the setting: one of those anonymous, seedy roadside motels, a place for furtive encounters. In one corner of the screen, the date and time were displayed. The photo was from two days ago. From the very afternoon he, with his most affectionate smile, had kissed her forehead promising to return soon.

—"I have to go to La Coruña, my love," he had said. "It's for the bar's paperwork, an urgent signature at the accountant's. I might not be back until tomorrow."

Then, as if a veil had been torn, the image acquired a devastating meaning. Antonio's arms—the same ones that had carried a thousand crates of bottles and had held her on sleepless nights—were wrapped with intimate familiarity around another woman's waist. His calloused, familiar fingers dug into the fabric of her white blouse, embracing her, possessing her.

She was younger than her. She had an easy, youthful laugh, her head was tilted, and her gaze held a look of triumph that pierced through the screen as she took the picture of the two of them, facing the motel room mirror. Her face reflected the satisfaction of someone who has gotten what they wanted, and around her neck, she wore a chain with a small silver crucifix that glittered with the arrogance of a newly conquered love.

His smile was the shameless smile of someone freed from his life, from his attachments, from his history. That smile stabbed her heart. Twenty years of a shared life, of dreams and sacrifices, shattered into pieces in the cold rectangle of glass trembling in her hand.

The silence of the bar became absolute. Rosario's world, as orderly as the bottles lined up on the shelves behind her, crumbled. The woman did not cry. A glacial coldness, sharper than the ice-pick knife, took hold of her. The next day, Antonio returned with his tale about the accountant's office, bringing a bouquet of yellow roses for her. Rosario received him, serving his coffee as always. But something in her eyes had changed; they were no longer the warm refuge of before, but a cold pane of glass.

It started with Don Emiliano, the lonely widower, who always sat at the corner table by the bar.

—You seem tired today, Don Emiliano. A cognac to warm you up? — she said, pouring him a generous measure.

—You are very kind, Rosario. This place wouldn't be the same without you.

When his wrinkled hand rested on hers, she didn't pull away. She gave him a smile that wasn't one from a waitress. An hour later, with the bar now empty, she approached him.

—Don Emiliano, would you be so kind as to give me a hand? There's a box of bottles in the back room that's too much for me.

The old man nodded, with an unusual gleam in his eyes. He followed her through the curtains. In the back room, amidst the dust and the silence of the empty beer crates, Rosario turned to him.

—That's the box, — she lied, pointing to a random stack.

Don Emiliano turned, confused. Then, she closed the distance between them. She didn't say a word. She just placed a hand on his rough cheek and kissed lips that tasted of loneliness and black tobacco. There was no pleasure in that contact, only the rough texture of another's skin. When they separated, the darkness hid their expressions.

—Rosario, I... — the old man stammered, bewildered.

—Shhh, — she silenced him with a sad smile. —You don't need to say anything. You've been a great help to me.

Then came Mario, the young construction worker from the site across the street. Muscular, with skin tanned by the sun and a smile that was a challenge, he had always hit on her with a nerve that bordered on rudeness.

—Hey, Rosario, when are you going to invite me for something better than a coffee? — he tossed out that same afternoon, leaning on the bar with an arrogance that betrayed his twenty-something years.

Rosario, instead of ignoring him as usual, held his gaze. A faint, calculated smile played on her lips.
—Maybe your luck will change one day, Mario.

It was that same night, after the last customer had left and the lights were turned off. From the door, she saw Mario's silhouette smoking a final cigarette in the square. She acted. With a precise movement, she locked the bar door and left the keys, large and visible, hanging on the inside of the lock. Then, she waited to signal him so he would see.

—Hey, Rosario, are you okay? I saw you locked up, but... did you leave the keys in the door?

She approached the glass door, feigning consternation.
—My God, you're right. How careless. Antonio will kill me tomorrow.

Mario straightened up, puffing out his chest. The cock of the walk finding his moment of glory.
—Don't worry. I'll help you out.

With surprising agility, he slipped into the side alley and, after struggling for a moment with the old, rusty bathroom window, managed to open it from the outside and dropped inside. A few seconds later, the main door opened with a click.

—Mission accomplished! — he announced, boastfully, brushing the dust off his pants.

—You're my savior, Mario, — said Rosario, her voice like thick silk. She locked the door properly this time and walked to the bar. She pulled out a bottle of whiskey and poured two generous measures without asking. —Here. You've earned it.

They drank. He, in one gulp, eager. She, sipping slowly, watching him over the rim of the glass. His eyes shone with an avarice that she found as transparent as it was pathetic.

—I've always thought you were an incredible woman, Rosario, — he mumbled, moving closer. The alcohol gave him fictitious courage.

She didn't move when he wrapped his strong arms around her waist. He lifted her easily and sat her on the bar, cold even through the fabric of her skirt. He positioned himself between her legs, burying his face in her neck, already panting with a primal, urgent desire. His hands, rough as sandpaper, roamed her thighs.

Rosario let it happen. She rested her palms on the cold zinc surface of the bar and let her body relax. She felt nothing as Mario's lips began to eagerly trace her skin with hunger. Her mind was elsewhere, savoring the taste of revenge in her lover.

***

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miércoles, 5 de noviembre de 2025

The Camino de Santiago

 The warm morning sun caressed the quiet square. On the bar's terrace, Carmen and Charo, two lifelong friends, were chatting with the passion of those who have seen every defeat and every victory of their local basketball team. Carmen, a retired teacher, and Charo, who had dedicated her life to nursing, had met that day, as they did every Thursday, to honour a friendship that had given meaning to their routines for years.

"Hey, if Juanjo, our pivot, doesn't recover from his sprain, the Leones are in for a tough time this Friday," stated Carmen, taking a sip of her coffee with milk while rearranging the napkins lying disorderly on the table.

"Bah, nonsense. That last-minute signing, the power forward from Lugo, jumps higher than a kangaroo and is a bull under the hoop," replied Charo, adjusting her jersey over her shoulders. "He might not have Juanjo's experience, but I read he was the top shot-blocker in his league. Without Juanjo, we might lose some rebounding, but this guy brings an energy and defence to the team that we'll need in the upcoming games. You'll see."

Just at that moment, Carmen's gaze drifted beyond the square, where under some plane trees bordering the road, she saw a man with a large, dusty backpack strapped to his back, advancing with a tired but firm step. He carried a staff and an old scallop shell hanging from it, unmistakable symbols of a pilgrim. But something didn't add up.

Carmen frowned.
"Hey, Charo. That pilgrim is lost."
"What's wrong with him?" asked Charo, following her gaze.
"Look, he's walking in the opposite direction from Santiago."

The two women looked at each other; it was evident the man was walking away from where his goal was supposedly meant to be, and in that exchange of glances laden with female complicity, the same thought crossed their minds: they had to help.

They stood up decisively —Carmen picking up her purse and Charo making sure she had her keys— and approached the man.
"Hey, friend! Wait a moment!" called Charo with her clear, warm voice.

The pilgrim stopped. Under the hat, a pair of blue eyes, tired but serene, looked at them. He was tall, with an angular face and a few days' growth of beard.

"Do you speak Spanish?" asked Carmen softly.
"A little," the man replied with a foreign, but understandable, accent.
"It's just… you're going the wrong way. Santiago is the other way," Charo explained to him, elegantly pointing in the opposite direction.

However, the pilgrim, with his limited Spanish, couldn't quite grasp the explanation. He observed Charo's gestures with a polite but confused smile, nodding slightly without truly understanding the message.

The Norwegian —for that is what he was, as they would soon discover— was named Terje. He kindly accepted the invitation to sit and have a coffee. As he drank, he told them he had come from Oslo, walking for months across Europe. Carmen, with the maternal intuition that characterized her, noticed he was cold and offered him her knitted cardigan. Charo, for her part, insisted he order a full breakfast with that welcoming gesture she had inherited from her grandmother.

Faced with the curious questions from Carmen and Charo, Terje spoke of the fjords of Norway, of their abysses of dark water and gelid silence that froze and purified the soul. He described the midnight sun of the Arctic summer, so unreal and persistent that it blurred the line between dream and wakefulness.

"Oh, Oslo!" exclaimed Charo, her eyes shining with excitement. "Carmen and I are avid travellers. We've been to many places together... right, Carmina?"
Carmen nodded with a complicit smile. "Last year we were in Vienna, we loved it. But we've never made it to Oslo. I've always wanted to see those fjords you talk about."
"That's what we'll do on our next trip," confirmed Charo. "Even more so after listening to you."
Next, Terje told them of the infinite forests, those green lungs of Norway where the trees whisper secrets in a language older than men. He spoke of his journey and the solitude that accompanied it, of the weight and the lightness of carrying everything one needs on one's back.

The two friends, fascinated, listened to the stories Terje told them, exchanging looks of amazement and completely forgetting about the basketball game.

Carmen, a practical and resolute woman, gave a soft slap on the table.
"This won't do! You have to see Santiago with us! Come on, we'll take you."
"And then to lunch," added Charo while searching for something in her bag. "We're going to celebrate your journey! And I know just the perfect place."

Terje smiled, a little overwhelmed by such effusiveness, but he went along with the adventure. He thought they were two women of extraordinary kindness. In less than five minutes, the three of them were squeezed into Carmen's car, which still smelled of the lavender bouquets she always kept on the back seat.

In Santiago, the two friends acted as impromptu tour guides: they showed him the Cathedral façade and climbed the Bell Tower to enjoy the views over the rooftops. Afterwards, they went down to the squares, first to Quintana and then to Plaza de Platerías. To regain their strength, they had some cold beers in a bar on Rúa do Franco, where Charo chatted animatedly with the owner. Finally, they went for lunch at a seafood restaurant Carmen had known for years, where conversation and laughter flowed naturally, weaving complicity between dishes.

It was just after finishing coffee that Terje looked at his watch and said calmly:
"Thank you for everything, really. It has been an unexpected gift. But I must leave if I want to reach Sobrado dos Monxes this afternoon. It's the stage I had planned."

Carmen and Charo stared at him, dumbfounded.
"Sobrado? Why Sobrado? But weren't you heading to Santiago?" asked Charo, completely bewildered, instinctively bringing a hand to her chest.
"No," said Terje with an understanding smile. "I arrived in Santiago a week ago. Now I am on my return, walking back north. I planned to sleep in Sobrado dos Monxes today."

Everything fell silent for a moment. They had made the trip backwards! They had brought him right back to where he had come from. But instead of feeling ridiculous, the two friends looked at each other and began to laugh with that contagious laughter born of absurdity.

"Well, you're not going to sleep in Sobrado today!" exclaimed Carmen. "If we already brought you here by mistake, now we're taking you to the coast, to make up for it! You have to see Finisterre, the 'End of the World' cape, which is the true ancient path."

Terje, who had accepted the misunderstanding with gratitude, raised no further objections. The car roared back to life, this time heading for the coast, with Charo playing traditional Galician music and explaining the legends of each town they passed through. The Nordic pilgrim, who had undertaken a solitary journey of thousands of kilometres, discovered that sometimes the best plans are the ones broken by —or thanks to— the spontaneous kindness of two strangers. Little by little, the inland landscape gave way to the imminence of the ocean: the road now wound between moss-covered stone walls and centuries-old hórreos, until the vast blue expanse finally opened up before them.

In the late afternoon, they arrived at the tip of Finisterre. The wind blew strongly, swirling the clouds in a sky tinged with oranges and purples. Carmen, always prepared, pulled an old woollen blanket from the boot, thick and soft, smelling of car and roads travelled. Under its shelter, the three huddled shoulder to shoulder, sharing warmth as the ocean roared at their feet.

Terje, Carmen, and Charo sat on the rocks. Three souls united by a misunderstanding, a car smelling of lavender, and a detour. They watched as the sun began its descent over an ancient cliff, tamed by time, imbued with salt spray and the whisper of a million stories of sailors, shipwrecks, and returns, to merge with the waters of the Atlantic. All of it accompanied by the constant, almost breathing, rhythm of the ocean. They watched as that thin line of light, orange, red, and purple, slid away, narrowing until it disappeared into the blackness of the sea.

Behind them, the coastal woods rose like wild and mystical gardens, where stone and moss merge in perfect symbiosis. And beyond that, the known world: the Way, the villages, the warmth of a cup of broth. An intimate contrast against the immensity of the twilight.

"In my country," said Terje, breaking the silence, "we have a word: 'oresund'. It means the flash of light seen on the horizon after the sun has set. It's like a promise that it will return."
"Here we call it 'the green ray'," smiled Charo. "They say whoever sees it gains the gift of understanding their own heart."

None of them saw the green ray that sunset, but Terje felt something just as magical happening inside him. As the last strip of light vanished into the infinite horizon, he took out his pilgrim's credential —where he had stamped all the days of his journey— and a notepad in which he noted everything he had experienced. On a blank page where he should have written "Return to Sobrado dos Monxes", he wrote: "Finisterre. The Beginning."

Twilight gave way to a starry night, and the old blanket from the boot continued to warm them as the conversation flowed, increasingly slow and sleepy. The sound of the sea became a lullaby, and one by one, with their heads resting on each other's shoulders, without having planned it, the three fell asleep there, at the end of the world, rocked by the breath of the Atlantic. It was as if time, in that secluded corner, had gone into reverse: the wrinkles softened on their faces and the weight of the years faded from their bodies, revealing the young people they once were. The first rays of day found them like this, intertwined, with their hair and eyelashes glittering with the morning dew, slowly awakening with a new dawn on the horizon.

They would have breakfast in some bar in the town of Finisterre and return to Santiago. During the journey, Charo gave Terje a small woollen good-luck charm, while Carmen advised him on which paths to take on his return.

As they said goodbye with a warm embrace that seemed to stop time, Carmen rested her head on his shoulder and whispered near his ear:

"You know? My grandmother used to tell me that straight paths are for those in a hurry. Those of us who are wise," she added with a smile in her voice, "prefer the paths with twists and turns."

And in the farewell embrace, the three felt that an invisible thread had been created between them, one of those that time cannot break.

mvf.

El camino de Santiago.

 

 

 El sol cálido de la mañana acariciaba la tranquila plaza. Sobre la terraza del bar, Carmen y Charo, dos amigas de toda la vida, charlaban con la pasión de quien ha visto todas las derrotas y todas las victorias de su equipo local de baloncesto. Carmen, maestra ya jubilada, y Charo, que había dedicado su vida a la enfermería, habían quedado ese día, como cada jueves, para honrar una amistad que llevaba años llenando de sentido sus rutinas.

 —Oye, que si Juanjo el que tenemos de pívot, no se repone de su esguince, los Leones lo van a pasar mal este viernes —sentenció Carmen, dando un sorbo a su café con leche mientras reorganizaba las servilletas que yacían desordenadas sobre la mesa.

—Bah, tonterías. Ese fichaje de última hora, el ala-pívot de Lugo, salta más que un canguro y es un toro debajo del aro —replicó Charo, ajustándose el jersey sobre los hombros—. Puede que no tenga la experiencia de Juanjo, pero leí que en su liga era el máximo taponador. Sin Juanjo, quizá perdamos algo de rebote, pero este tipo le da una energía y una defensa al equipo que nos harán falta en los próximos encuentros. Ya verás.
 
Justo en ese momento, la mirada de Carmen se desvió más allá de la plaza, para ver bajo unos plataneros que bordeaban la carretera a un hombre, con una mochila grande y polvorienta, cargada a la espalda, que avanzaba con paso cansado pero firme. Llevaba un bordón y la concha vieja colgando, inequívocos símbolos del peregrino. Pero algo no cuadraba.

Carmen frunció el ceño.
—Oye, Charo. Ese peregrino está perdido.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Charo siguiendo la dirección de su mirada.
—Mira, va caminando
 en sentido contrario a Santiago.

 Las dos mujeres se miraron, era evidente que el hombre caminaba alejándose de donde supuestamente, debía estar su meta, y en ese intercambio de miradas cargado de complicidad femenina, un mismo pensamiento cruzó sus mentes: había que ayudar.

Se levantaron con decisión —Carmen recogiendo su bolso y Charo asegurándose de tener las llaves— y se acercaron al hombre.
—¡Oiga, amigo! ¡Un momento! —llamó Charo con su voz clara y cálida.

El peregrino se detuvo. Bajo el sombrero, unos ojos azules, cansados pero serenos, las miraron. Era alto, de rostro anguloso y una barba de varios días.

—¿Habla español? —preguntó Carmen con suavidad.
—Un poco —respondió el hombre con un acento extranjero, pero comprensible.
—Es que… va usted en dirección contraria. Santiago está para el otro lado —le explicó Charo, señalando con elegancia el camino opuesto.

Sin embargo, el peregrino, con su escaso español, no logró comprender la explicación. Observó los gestos de Charo con una sonrisa cortés pero confusa, asintiendo levemente sin entender realmente el mensaje.

El noruego —porque eso era, como pronto descubrirían— se llamaba Terje. Aceptó amablemente la invitación de sentarse a tomar un café. Mientras bebía, les contó que venía desde Oslo, caminando durante meses a través de Europa. Carmen, con esa intuición maternal que la caracterizaba, notó que tenía frío y le ofreció su chaqueta de punto. Charo, por su parte, le insistió en que pidiera un desayuno completo con ese gesto acogedor que había heredado de su abuela.

Ante las preguntas curiosas de Carmen y Charo, Terje habló de los fiordos de Noruega, de sus abismos de agua oscura y silencio gélido que helaban el alma y la purificaban. Describió la luz del sol de medianoche del verano ártico, tan irreal y persistente que borraba la línea entre el sueño y la vigilia.

—¡Ay, Oslo! —exclamó Charo, con los ojos brillantes de emoción—. Carmen y yo somos unas viajeras empedernidas. Hemos ido juntas a muchos sitios... ¿verdad, Carmina?
Carmen asintió con una sonrisa de complicidad—. El año pasado estuvimos en Viena, nos encantó. Pero nunca hemos llegado hasta Oslo. Siempre he querido ver esos fiordos que cuenta.
—Es lo que haremos en nuestro próximo viaje —confirmó Charo—. Después de escucharle, más aún.
A continuación, Terje les habló de los bosques infinitos, aquellos pulmones verdes de Noruega donde los árboles susurran secretos en un idioma anterior a los hombres. Les habló de su viaje y de la soledad que lo acompaña, del peso y la levedad de tener todo lo que uno necesita a la espalda.

Las dos amigas, fascinadas, escuchaban las historias que les contaba Terje intercambiando miradas de asombro y olvidándose por completo del partido de baloncesto.

Carmen, mujer práctica y resolutiva, dio una suave palmada en la mesa.
—¡Esto no puede ser! ¡Usted tiene que ver Santiago con nosotras! Vamos, le llevamos.
—Y luego a comer —añadió Charo mientras buscaba algo en su bolso—. ¡Que vamos a celebrar su viaje! Y tengo justo el sitio perfecto.

Terje sonrió, un poco abrumado por tanta efusividad, pero se prestó a la aventura. Pensó que eran dos mujeres de una amabilidad extraordinaria. En menos de cinco minutos, los tres iban apiñados en el coche de Carmen, donde aún olía a los ramos de lavanda que siempre llevaba en el asiento trasero.

 En Santiago, las dos amigas, hicieron de cicerones improvisados: le mostraron la fachada de la Catedral y subieron a la Torre de las Campanas para disfrutar de las vistas sobre los tejados. Después, bajaron a las plazas, primero a la Quintana y luego a la Plaza de Platerías. Para reponer fuerzas, se tomaron unas cervezas frías en un bar de la Rúa do Franco, donde Charo charló animadamente con el dueño. Finalmente, fueron a comer a una marisquería que Carmen conocía desde hacía años, donde la conversación y la risa fluyeron con naturalidad, tejiendo complicidades entre plato y plato.

Fue justo al terminar el café, cuando Terje miró el reloj y dijo con calma:
—Muchas gracias por todo, de verdad. Ha sido un regalo inesperado. Pero debo irme si quiero llegar a Sobrado dos Monxes esta tarde. Es la etapa que tenía planeada.

Carmen y Charo se quedaron mirándolo, pasmadas.
—¿Sobrado? ¿Por qué Sobrado? ¿Pero no iba usted hacia Santiago? —preguntó Charo, completamente desconcertada, llevándose instintivamente una mano al pecho.
—No —dijo Terje con una sonrisa comprensiva—. Yo llegué a Santiago hace una semana. Ahora estoy de regreso, caminando de vuelta hacia el norte. Pensaba dormir hoy en Sobrado dos Monxes.

Todo quedó en silencio por un momento. ¡Se había hecho el viaje al revés! Le habían traído justo al lugar de donde él venía. Pero en lugar de sentirse ridículas, las dos amigas se miraron y empezaron a reír con esa risa contagiosa que nace del absurdo.

¡Hombre, pues hoy no va a ir a dormir a Sobrado! —exclamó Carmen—. ¡Si ya te trajimos hasta aquí por equivocación ahora te vamos a llevar a la costa, para compensar! Tiene que ver Finisterre, el cabo del fin del mundo, que es el verdadero camino milenario.

Terje, que había aceptado con gratitud la equivocación, no puso más objeciones. El coche volvió a rugir, esta vez rumbo a la costa, con Charo poniendo música tradicional gallega y explicando las leyendas de cada pueblo por el que pasaban. El peregrino nórdico, que había emprendido en solitario un viaje de miles de kilómetros, descubría que a veces los mejores planes son los que se rompen por culpa —o gracias— a la amabilidad espontánea de dos extrañas.. Poco a poco, el paisaje interior fue cediendo terreno a la inminencia del océano: la carretera serpenteaba ahora entre muros de piedra cubiertos de musgo y hórreos centenarios, hasta que por fin se abrió ante ellos la vasta extensión azul.

Al caer la tarde, llegaron a la punta de Finisterre. El viento soplaba con fuerza, arremolinando las nubes en un cielo teñido de naranjas y púrpuras. Carmen, siempre precavida, sacó del maletero una vieja manta de lana, gruesa y suave, que olía a coche, y a caminos recorridos. Bajo su cobijo, los tres se apretujaron hombro con hombro, compartiendo el calor mientras el océano rugía a sus pies.

Terje, Carmen y Charo se sentaron en las rocas. Tres almas unidas por un malentendido, un coche con olor a lavanda y un desvío. Vieron cómo el sol comenzaba su descenso sobre un acantilado de roca antigua, domesticada por el tiempo, impregnada por el salitre y el susurro de un millón de historias de navegantes, naufragios y regresos, para fundirse en las aguas del Atlántico. Todo ello acompañado por el ritmo constante, casi respiratorio, del océano. Observaron cómo se deslizaba esa delgada línea de luz, naranja, roja y púrpura, que se estrechaba hasta desaparecer en la negrura del mar.

A su espalda, los bosques de la costa se erguían como jardines salvajes y místicos, donde la piedra y el musgo se funden en una simbiosis perfecta. Y más allá, el mundo conocido: el Camino, los pueblos, la calidez de una taza de caldo. Un contraste íntimo frente a la inmensidad del crepúsculo.

En mi país —dijo Terje, rompiendo el silencio— tenemos una palabra: "oresund". Significa el destello de luz que se ve en el horizonte cuando el sol ya se ha puesto. Es como una promesa de que volverá.
—Aquí le llamamos "el rayo verde" —sonrió Charo—. Dicen que quien lo ve tiene el don de entender su propio corazón.

Ninguno vio el rayo verde ese atardecer, pero Terje sintió que algo igual de mágico ocurría dentro de él. Mientras la última franja de luz desaparecía en el horizonte infinito, sacó la credencial del peregrino —donde llevaba sellados todos los días de su viaje— y un bloc en el que anotaba todo lo que había vivido. En una página en blanco donde debía poner "Regreso a Sobrado dos Monxes", escribió: "Finisterre. El principio".

El crepúsculo cedió su lugar a una noche estrellada, y la vieja manta del maletero siguió abrigándolos mientras la conversación fluía, cada vez más pausada y soñolienta. El sonido del mar se convirtió en una nana, y uno a uno, con la cabeza apoyada en el hombro del otro, sin haberlo contado, los tres se quedaron dormidos allí, en el fin del mundo, mecidos por la respiración del Atlántico. Era como si el tiempo, en aquel rincón apartado, hubiera dado marcha atrás: las arrugas se suavizaron en sus rostros y el tiempo vivido se desvaneció de sus cuerpos, dejando al descubierto a los jóvenes que una vez fueron. Los primeros rayos del día los encontraron así, entrelazados, con el pelo y las pestañas brillantes por el rocío de la madrugada, despertando lentamente con un nuevo amanecer en el horizonte.

Desayunarían en algún bar del pueblo de Finisterre y regresarían de vuelta a Santiago. Durante el trayecto, Charo le regaló a Terje un pequeño amuleto de lana para la buena suerte, mientras Carmen le daba consejos sobre qué caminos tomar en su regreso. 

Mientras se despedían con un abrazo cálido que parecía detener el tiempo, Carmen apoyó la cabeza en su hombro y susurró cerca de su oído:

—¿Sabes? Mi abuela solía decirme que los caminos rectos son para los que tienen prisa. Las que somos sabias —agregó con una sonrisa en la voz— preferimos los caminos con recovecos.

 Y en el abrazo de despedida, los tres sintieron que se había creado entre ellos un hilo invisible, de esos que el tiempo no logra romper.

 

mvf.