lunes, 22 de junio de 2026

La separación - Nahuatl 4



Capítulo XI : El hombre del tocado
 

 Hun Kum los observó en silencio durante un largo rato. Los dos náufragos estaban arrodillados en la plaza de tierra apisonada, con los brazos aún atados por los bejucos. El sol comenzaba a caer detrás de los árboles y las sombras alargaban las formas de las chozas.

—No parecen guerreros —dijo por fin, en su lengua, aunque ninguno de los dos podía entenderlo—. Sus manos son blancas y blandas. Mira sus ropas, extrañas. No vienen del norte ni del sur.

Uno de los cocomes que los había capturado se acercó al anciano y habló con él en voz baja, de los cadáveres en la playa y los restos del naufragio, los barriles rotos.

El anciano asintió. Aguilar observó sus ojos, pequeños y brillantes como cuentas de obsidiana, y notó que algo en su porte delataba que aquel hombre no era un simple jefe de aldea. Había en la forma en que mantenía la espalda erguida, en la manera pausada de mover las manos, un eco de otra vida, de otro lugar. Aguilar no lo sabía entonces, pero aquel anciano se llamaba Hun Kum y había sido un señor secundario de la gran ciudad de T'Hó, allá al noroeste. Lo descubriría más tarde, cuando las palabras de los cocomes comenzaran a tener sentido. Por ahora, solo podía adivinar que aquel hombre era más de lo que aparentaba.

—Desátenlos —ordenó.

Los cocomes miraron al anciano con sorpresa, pero obedecieron. Los bejucos cayeron al suelo. Aguilar frotó sus muñecas amoratadas, sintiendo el ardor de la sangre que regresaba a sus dedos entumecidos. Guerrero hizo lo mismo, aunque sin apartar la vista de los guerreros que los rodeaban, los músculos tensos como un animal acorralado.

—No entienden nuestra lengua —dijo el cocome que parecía el segundo al mando, aquel hombre alto de pelo canoso y cicatrices en el pecho—. Quizá sean mudos.

—No son mudos —respondió Hun Kum—. Hablan, pero no como nosotros. Los he escuchado. Su lengua es más suave, más torpe. Vienen del mar. Y del mar solo llegan dos cosas: los que vienen a dar y los que vienen a quitar.

Se acercó a Aguilar y lo tocó en el rostro. Aguilar contuvo el aliento, sintiendo la aspereza de los dedos del anciano contra su mejilla, y un escalofrío le recorrió la nuca. Luego Hun Kum tocó la barba de Guerrero, cosa que le causó extrañeza, porque los cocomes apenas tenían vello en el rostro. Guerrero no se movió, pero Aguilar vio cómo sus puños se cerraban y se abrían, conteniendo el impulso de apartar aquella mano.

—Que coman esta noche —dijo Hun Kum—. Mañana decidiré.

Les dieron de comer. No era un banquete, pero las tortas de maíz calientes supieron a gloria. Aguilar mordió el suyo con avidez, y solo entonces, al sentir el calor del alimento en su estómago vacío, se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que no comía nada. Dormir fue más difícil. Los metieron en una choza vacía, sin ataduras pero vigilados. En la oscuridad, los dos españoles hablaron en voz baja.

—Quiere algo de nosotros —dijo Guerrero—. Si solo quisiera matarnos, ya lo habría hecho.

—Tal vez solo quiera saber quiénes somos antes de matarnos —respondió Aguilar.

—Siempre tan optimista, Jerónimo.

—Y tú siempre tan práctico, Gonzalo. ¿Qué haremos si nos separan?

Guerrero se incorporó sobre un codo. En la penumbra, su rostro parecía una máscara de sombras.

—Sobrevivir. Eso es lo que haremos. Sobrevivir y esperar. Algún día pasará algún barco por estas costas. Cuando eso ocurra, tal vez podamos regresar a España.

—¿Y si no pasan?

—Entonces habremos sobrevivido igual.

Aguilar guardó silencio. Quiso decir algo más, pero las palabras no llegaban. En su pecho, una opresión sorda le recordaba que la esperanza era un lujo que quizá no podían permitirse.

—Reza, Jerónimo —dijo Guerrero—. Tú siempre rezas. Pide que mañana el sol salga y que aún estemos vivos. El resto ya vendrá.

Y se dio la vuelta para dormir.

Aguilar no rezó. O al menos no con palabras. En la oscuridad, con los ojos abiertos, dejó que su mente se vaciara y se llenara al mismo tiempo de una sola petición muda, tan simple que apenas era un pensamiento: que amanezca. Y entonces, sin saber cómo, el sueño lo venció.

Fuera de los límites del poblado, la selva cantaba con mil voces invisibles. Era un murmullo denso, hecho de chirridos, croares, susurros de hojas y el crujir de ramas que se doblaban bajo el peso de criaturas que no podían ver. De vez en cuando, un grito agudo rasgaba la noche, y luego la pausa, un silencio tenso antes de que el rumor de la selva se reanudara. Más vivo. Más amenazante.

Aguilar despertó varias veces. En una de ellas, creyó oír un rugido lejano, un sonido grave que parecía venir de las entrañas de la tierra. Guerrero roncaba suavemente a su lado. Aguilar cerró los ojos y esperó.

A la mañana siguiente, los sacaron de la choza. La plaza estaba llena. Hun Kum los esperaba sentado en un trono bajo de madera tallada. Su tocado de plumas verdes y rojas brillaba bajo el sol filtrado por los árboles. Aguilar notó que los guerreros se habían colocado en formación, formando un semicírculo a su alrededor. Aquello no era solo una audiencia. Era una exhibición de poder.

Un intérprete los esperaba. No era un cocome puro, sino un comerciante chol que había aprendido algo de una lengua caribeña. Con esa lengua, a duras penas, logró que Aguilar le explicara que eran náufragos, que venían de un barco hundido, que no eran invasores.

El intérprete tradujo. Pero Aguilar notó un titubeo, una palabra que no encajaba, un gesto de duda en la mano del intérprete mientras buscaba el término correcto. Vio cómo Hun Kum fruncía el ceño ligeramente, y un guerrero a su lado cambió el peso de su lanza, apoyándola contra el suelo con un golpe seco. El anciano preguntó algo en su lengua, y el intérprete respondió con vacilación. Algo se había perdido en el camino, pero el mensaje central parecía haber llegado: no venían a luchar.

Hun Kum escuchó. Luego guardó silencio. Durante un largo momento, solo se oyó el canto de un pájaro en la copa de un árbol cercano. Finalmente habló:

—Diles que he visto hombres de mar antes. Algunos vinieron a comerciar. Otros vinieron a robar. Pero todos se fueron. Estos no tienen adónde ir.

El intérprete tradujo. Aguilar asintió.

—Diles que el de las ropas negras —señaló a Aguilar, que aún vestía los harapos oscuros de su hábito de fraile— será enviado como regalo al gran cacique Nachán Can de Chetumal. Los señores del sur siempre agradecen las rarezas. Lo llamaremos el Ch'eel, el pájaro de plumaje negro. El otro se quedará aquí.

Guerrero y Aguilar se miraron. No hacía falta traducción para entender el gesto de Hun Kum señalando a Aguilar y luego hacia el sur. Una opresión fría se instaló en el pecho de Aguilar, como si alguien le hubiera apretado el corazón con un puño invisible.

—Creo que nos separan y a mí me mandan a un lugar llamado Chetumal —dijo Aguilar en voz baja. Su voz sonó más ronca de lo que esperaba.

—Y a mí me dejan aquí —respondió Guerrero. No había sorpresa en sus palabras. Solo una certeza fría, como si ya lo hubiera sabido desde el principio.

Aguilar abrió la boca para protestar, pero Guerrero lo interrumpió. Su mano se posó sobre el hombro de Aguilar, firme, como un ancla.

—Calla, Jerónimo. Da gracias a Dios que aún conservamos la vida. Somos sus prisioneros. Tú eres fraile. Sabes leer y escribir. Si algún día llega un barco español, tú podrás hablar con ellos, podrás contarles lo que ha pasado. Yo... yo no sé hacer eso. Yo solo sé luchar y sobrevivir. Y aquí puedo hacerlo.

—Gonzalo...

—No discutas. Ya está decidido. Trata de sobrevivir. Busca la forma de que los españoles sepan que estamos aquí. Yo cuidaré de que haya un lugar al que volver.

Aguilar sintió que la garganta se le cerraba. Quiso decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se le quedaron atascadas como espinas. En lugar de eso, sostuvo la mirada de Guerrero durante un largo instante, y en esa mirada supo que aquella era una despedida que ninguno de los dos se atrevería a pronunciar. Apretó la mandíbula para no temblar.

Hun Kum observó el intercambio sin entender las palabras, pero comprendiendo el gesto de asentimiento de los prisioneros. Señalando a Aguilar, ordenó:

—Que se lo lleven, y el otro que se quede.

Los cocomes tomaron a Aguilar por los brazos. Aguilar sintió que lo empujaban hacia adelante, y por un instante, la tentación de resistirse le cruzó la mente como un relámpago. Pero ¿para qué? No había adónde huir. Se dejó llevar.

Los cocomes lo guiaron con firmeza pero sin brusquedad, como quien maneja un objeto frágil pero valioso, hacia el camino que se perdía entre los árboles: una senda apenas visible que se internaba en la espesura como una herida oscura en el verde. Media docena de guerreros lo escoltaban, con lanzas de obsidiana en las manos, las puntas negras y relucientes como espejos de pesadilla. No había cadenas ni cuerdas. No era necesario. En medio de aquella selva, no había adónde huir.

Aguilar miró hacia atrás antes de que los árboles ocultaran la aldea. Vio la silueta de Guerrero, pequeño y quieto en medio de la plaza, los brazos caídos a los lados, la barba al viento. No levantó la mano. No hizo ningún gesto. Solo quedó allí, mirándolo, hasta que la selva se lo tragó.

Aguilar sintió un nudo en el estómago, un vacío que no era hambre. Se obligó a girar la cabeza y mirar hacia adelante.

Caminaron durante lo que pareció una hora, aunque Aguilar había perdido toda noción del tiempo. La luz se filtraba en rayos oblicuos a través del dosel de hojas, creando un mosaico de claros y sombras que se movía con el viento. La selva era una presencia viva que respiraba a su alrededor, que lo observaba desde cada hoja, cada tronco cubierto de musgo, cada liana que colgaba como un brazo dormido. Aguilar sintió el peso de esa mirada invisible, y un sudor frío le recorrió la espalda, aunque la humedad del aire ya lo tenía empapado.

Los sonidos lo envolvían por completo: el zumbido de insectos invisibles, el chasquido de ramas que se rompían bajo pies que no eran humanos, el grito lejano de algún pájaro que parecía reírse de él. El aire era denso, húmedo, y olía a tierra mojada, a flores podridas, a algo dulce y agrio al mismo tiempo. Aguilar sintió una náusea leve, un mareo que no sabía si venía del cansancio, del miedo o del olor.

A veces el sendero se ensanchaba lo suficiente para que los guerreros caminaran a su lado; otras veces se estrechaba tanto que debían ir en fila, y entonces Aguilar podía ver la espalda del guerrero que lo precedía, la piel oscura y brillante de sudor, el tocado de plumas que se mecía con cada paso, la lanza que sostenía con una mano mientras con la otra apartaba las ramas. Aguilar observó las cicatrices en los hombros del guerrero, marcas blancas y gruesas como cuerdas, y se preguntó qué clase de vida habría tenido aquel hombre.

En un momento, Aguilar se detuvo a mirar un árbol cubierto de orquídeas blancas. Eran tan perfectas, tan inmaculadas en medio de aquel infierno verde, que por un instante olvidó dónde estaba. El guerrero que iba detrás de él le dio un empujón suave. No fue violento, pero tampoco amable. Era un recordatorio: no te detengas, no pienses, solo camina.

Aguilar obedeció. Pero algo en aquella imagen —las orquídeas blancas, la luz que las bañaba— se quedó grabado en su memoria, como un pequeño talismán al que aferrarse.

Intentó memorizar el camino. Contó los pasos entre los árboles más grandes: treinta y dos desde el tronco partido hasta el ceibo de raíces expuestas. Fijó la posición del sol en el cielo, calculando las horas. Grabó en su memoria las curvas más pronunciadas del sendero: una hacia la derecha junto a una roca cubierta de musgo, otra hacia la izquierda donde el olor a flores se volvía más dulce. No sabía si le serviría de algo, pero era la única forma de no sentirse completamente indefenso.

Pensó en Gonzalo. En la última imagen que había visto de él, de pie en la plaza, con los brazos aún marcados por los bejucos, la barba crecida y enmarañada, la mirada fija en él. Recordó el peso de su mano en el hombro, la firmeza de sus dedos. No había dicho nada. No había levantado la mano. Solo miró. Y esa mirada, pensó Aguilar, era peor que cualquier grito. Porque en ella había una despedida que ninguno de los dos había pronunciado, y un encargo que pesaba como una losa: sobrevive. Y haz que sepan que estamos aquí.

Cerró los ojos un instante y dejó que el rostro de Gonzalo se desvaneciera. Cuando los abrió, la selva seguía allí, verde, densa, interminable.

En un momento dado, uno de los guerreros que iba delante se detuvo en seco. Los demás se paralizaron al instante. Aguilar contuvo la respiración. El guerrero alzó una mano y todos quedaron inmóviles, escuchando. Desde algún lugar, no muy lejos, llegó un sonido grave, un gruñido profundo que parecía vibrar en el suelo. Aguilar sintió que el corazón le golpeaba las costillas con fuerza. El guerrero que iba detrás de él puso una mano en su hombro, no para empujarlo, sino para mantenerlo quieto. Pasaron varios segundos, quizá un minuto, en los que nadie se movió. Luego el sonido cesó. El guerrero del frente bajó la mano y reanudó la marcha, como si nada hubiera ocurrido.

Aguilar no preguntó qué había sido aquello. No habría podido, aunque hubiera sabido las palabras.

Los guerreros apenas hablaban durante el trayecto. A veces intercambiaban palabras breves, gestos con la cabeza hacia algún árbol o hacia el cielo, y luego reanudaban el silencio. Aguilar intentó recordar las pocas palabras mayas que había oído en la aldea —maíz, agua, sol— pero no le servían de nada. No sabía cómo decir ¿a dónde me llevan? o ¿volveré a ver a mi compañero?. Se sentía como un niño, mudo e ignorante, arrastrado por fuerzas que no comprendía.

El sendero se volvió más empinado. Subieron una colina cubierta de helechos gigantes, y desde lo alto, Aguilar pudo ver por un instante el mar. Una franja azul intenso, casi irreal, que brillaba entre los troncos de los árboles. El viento trajo un olor salado que atravesó la densidad de la selva como un cuchillo.

Aguilar contuvo la respiración. Aquella visión, tan hermosa y tan inalcanzable, le recordó todo lo que había perdido: el barco, sus compañeros, su vida anterior. Pero también le recordó que el mar estaba allí, esperando. Y que quizá, algún día, un barco volvería a surcarlo. En su pecho, la opresión se aflojó apenas un instante, lo suficiente para que una pequeña brasa de esperanza se encendiera en el fondo de su vientre.

—Señor, ten piedad —murmuró en voz baja, tan baja que los guerreros no pudieron oírlo o no les importó.

Luego el sendero descendió nuevamente hacia la espesura, y el mar desapareció detrás de los árboles. Aguilar se obligó a seguir caminando. Contó los pasos. Contó los árboles. Contó las curvas. Se aferró a esos números como un náufrago a una tabla.

—Treinta y dos —susurró para sí—. Luego el ceibo. Luego la roca de musgo.

Y siguió adelante, con la mirada al frente, con la certeza de que aún estaba vivo, y con la promesa muda que le había hecho a Gonzalo quemándole en la garganta.


                        - final libro 1   

 

 mvf.




No hay comentarios:

Publicar un comentario