martes, 16 de junio de 2026

Los Cocomes - Náhuatl 3


Capítulo X: Prisioneros

No tardaron en comenzar a recorrer la playa. Guerrero encontró una caja de madera rota. Dentro, envueltos en una lona encerada, había bollos de pan. El agua salada los había estropeado, pero el centro aún se podían comer. Encontró también un trozo de vela y una cuerda de cáñamo.

Luego encontró a Muerdo. El grumete yacía boca arriba, con los ojos abiertos, fijos en el cielo. La cara hinchada, los labios amoratados. Guerrero se quedó mirándolo un largo rato. No dijo nada. Lo enterró en la arena, cerca del lugar donde lo había encontrado. Tapó el cuerpo con arena y puso unas piedras encima. No rezó.

Aguilar, mientras tanto, seguía sentado junto a una roca mirando el mar. No había visto nada. No movía los labios. No lloraba. Solo miraba.

Al caer la tarde, Guerrero armó un pequeño refugio con la madera que encontró entre los restos del naufragio. No era más que un techo inclinado apoyado en una roca, pero servía para protegerse del viento.

Cuando hubo terminado el improvisado refugio para pasar la noche, buscó para encender una hoguera. No tenían eslabón, pero encontró dos piedras: una de sílex, negra y de bordes afilados, y otra de cuarzo, blanca y dura. Las golpeó una contra otra cerca de un puñado de fibra seca arrancada del interior de un tronco podrido. Las chispas saltaron, breves, perdiéndose en el aire. En el cuarto o quinto intento, una de ellas prendió en la fibra. Guerrero sopló con cuidado, alimentando la llama diminuta con hojas secas y ramas pequeñas, hasta que el fuego creció lo suficiente para calentar el aire húmedo de la playa.

Cenaron lo que pudieron rescatar de los bollos. Sabía a sal y a podrido, pero los comieron igual.

—Mañana —dijo Guerrero— tendremos que buscar agua dulce.

—Sí —respondió Aguilar.

—Y algo que cazar. O pescar.

—Sí.

Se quedaron en silencio, mirando el fuego.

Durmieron al aire libre, junto a la hoguera, cubiertos con sus ropas hechas jirones. La noche fue larga y llena de ruidos. Animales en la selva. El mar golpeando la orilla. El viento moviendo las hojas. El fuego se apagó a medianoche. Las brasas perdieron su brillo hasta volverse ceniza gris. El frío de la madrugada caló los huesos de los dos hombres, pero ninguno se despertó.

Al amanecer, Guerrero abrió los ojos. El cielo estaba despejado. El mar, en calma. A su lado, los restos de la hoguera llevaban horas muertos. Se incorporó, frotándose los brazos para entrar en calor. Miró hacia la selva. Algo le pareció distinto. No sabía qué. Solo una sensación en la nuca. Como si alguien los estuviera mirando desde dentro de la espesura.

—Fraile —dijo, tocando el hombro de Aguilar.

—¿Qué pasa?

—No lo sé. Pero creo que no estamos solos.

Aguilar se sentó. Miró la línea de árboles. Todo parecía quieto. Demasiado quieto.

—Apenas hemos llegado —dijo el fraile—. Si hubiera alguien, ya habría salido.

—O ya nos habría visto —respondió Guerrero—. Y está esperando.

No tuvieron que esperar mucho. La selva que bordeaba la arena comenzó a moverse. No era el viento. Eran sombras.

Desde la línea de árboles, un grupo de guerreros cocomes los observaba en silencio. Habían visto las velas del batel desde lejos y llevaban horas acechando, estudiando a aquellas criaturas pálidas y barbadas que el mar había vomitado en sus costas. Primero asomaron dos, luego cuatro, luego una docena. Hombres semidesnudos, con el torso pintado de rojo y negro, el pelo largo y recogido en la nuca, y los labios perforados por discos de jade. Empuñaban macanas de madera dura con hojas de obsidiana incrustadas en los bordes, que brillaban con el sol de la mañana. Avanzaban en silencio, con los pies hundiéndose en la arena húmeda, los ojos fijos en los dos hombres blancos.

El nacom, el jefe de guerra, levantó su macana e hizo una señal. Una docena de guerreros emergió de la selva y rodeó a los náufragos.

Guerrero se puso de pie de un salto. Su mano fue a la espada.

—¡Fraile! —gritó—. ¡Detrás de mí!

Pero Aguilar no se movió. Se levantó con lentitud, con las manos vacías, los dedos apretando el rosario de hueso que aún colgaba de su cuello.

—Soldado —dijo en voz baja—, no luche. No podemos contra ellos.

Guerrero miró los números. Quince. Quizá veinte. Demasiados. Soltó la espada. No la desenvainó.

Los cocomes los rodearon. El que parecía mandar —un hombre alto de pelo canoso y pecho surcado por cicatrices— se acercó a ellos con paso lento. Los miró a los dos, de arriba abajo, como quien examina un animal desconocido. Luego dijo algo en su lengua, una lengua gutural y rápida que ninguno de los dos entendía.

—No hablamos su idioma —dijo Aguilar, alzando las manos—. No queremos luchar.

El hombre frunció el ceño. Señaló los cadáveres esparcidos por la arena, los restos del naufragio, los barriles rotos. Volvió a hablar, esta vez con un tono más alto.

—Creo que nos toma por invasores —murmuró Guerrero.

—Somos náufragos —respondió Aguilar, como si aquel hombre pudiera entenderle—. Nuestro barco se hundió. No venimos a conquistar. Solo queremos sobrevivir.

El guerrero cocome no entendió las palabras, pero entendió el tono. Dio una orden corta, y dos de los suyos sujetaron a cada uno por los brazos. Los empujaron hacia la selva. Allí, en el límite entre la arena y los árboles, los ataron con bejucos. Eran gruesos y flexibles, cortezas de liana que los cocomes trenzaron alrededor de sus muñecas. No apretaban del todo, pero tampoco soltaban. Cada movimiento los tensaba más.

—¿Adónde nos llevan? —preguntó Guerrero, forcejeando un momento hasta que uno de los guerreros le golpeó la espalda con el mango de una macana.

—Adonde sea —respondió Aguilar—. No depende de nosotros. Somos sus prisioneros.

Capítulo XI: El claro de la selva

La luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles como saetas doradas que iluminaban fragmentos de un infierno verde.

Aguilar caminaba delante de él, tropezando con las raíces que asomaban en el suelo húmedo. El rosario de hueso le golpeaba el pecho con cada traspié.

—¡Alto! —ordenó uno de los guerreros en su lengua.

La columna se detuvo en un claro. Allí, arrodillados sobre la tierra negra, había otros hombres. Hombres blancos. Hombres rotos.

Guerrero los reconoció al instante: eran los suyos. Los que habían sobrevivido al naufragio y habían quedado atrás cuando él y Aguilar se adentraron en la playa. Los cocomes los habían capturado mientras él enterraba a Muerdo. Eran cuatro. Quizá cinco. No llevaba la cuenta. Uno de ellos tenía el rostro amoratado y una brecha abierta en la ceja. Otro lloraba en silencio, con la cabeza gacha, sin fuerzas ni para secarse las lágrimas.

Los cocomes obligaron a Guerrero y Aguilar a hincarse junto a ellos. Un guerrero de cara ancha y pecho pintado de rojo les ató los tobillos con más bejucos, sujetándolos a una estaca clavada en el centro del claro.

Entonces uno de los prisioneros, un hombre joven de barba rala y ojos hundidos, alzó la cabeza y los miró.

—¿Jerónimo? —preguntó con voz ronca—. ¿Gonzalo?

—Estamos aquí —respondió Aguilar—. ¿Quién más vive?

El joven movió la cabeza de un lado a otro. No dijo nada. Solo señaló con un gesto apenas perceptible hacia el fondo del claro.

Allí, boca abajo, con la espuma de la sangre aún fresca sobre la arena revuelta, yacía el cuerpo del capitán Juan de Valdivia.

Guerrero sintió un golpe frío en el estómago.

—¿Cómo pasó? —preguntó, con la voz más firme de lo que en realidad se sentía.

Capítulo XII: Como a un perro

El capitán Juan de Valdivia fue el único que intentó reaccionar.

Aún tenía la espada envainada a la cintura. Al ver a los guerreros acercarse, logró ponerse de rodillas y desenfundó el acero. Gritó algo en español —quizá una orden, quizá una maldición— e hizo un gesto como para levantarse y enfrentarlos.

Fue un acto inútil. Los cocomes no entendían sus palabras y no temían a un hombre medio muerto.

Uno de ellos, el más corpulento, se abalanzó sobre Valdivia con una macana de madera dura. El golpe le alcanzó en un lado de la cabeza. El capitán cayó de lado, aturdido. Otro guerrero le asestó un segundo golpe en el cráneo. La espada rodó por la arena.

Valdivia murió en segundos. Su cuerpo quedó tendido boca abajo, con la sangre tiñendo la espuma de la orilla.

Los otros siete náufragos, demasiado débiles para huir o para luchar, fueron atados con bejucos sin oponer resistencia.

Mientras los cocomes los ataban y los obligaban a ponerse en pie, uno de los marineros —un muchacho pálido de veinte años, tembloroso, con un corte en la ceja y sangre seca en la mejilla— se volvió hacia Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, que iban atados uno junto al otro. Habló en voz baja, en español, para que solo ellos lo oyeran.

—Lo vi todo —dijo, y su voz era un hilo que se rompía—. Cuando salieron de la selva, el capitán Valdivia intentó defenderse. Se puso en pie y desenvainó la espada. Pero estaba demasiado débil... ni siquiera pudo levantarse del todo. Uno de ellos lo golpeó con una macana... le dio en la cabeza. El capitán cayó al instante. Otro le asestó un segundo golpe... ya en el suelo. No hubo lucha. No hubo defensa. Lo mataron como a un perro.

El muchacho hizo una pausa. Miró a los guerreros cocomes que los rodeaban, con sus rostros pintados y sus miradas impasibles.

—No intentéis resistir —susurró—. No sirve de nada.

Aguilar cerró los ojos y rezó en silencio. Guerrero, en cambio, ya estaba pensando en cómo sobrevivir, y observaba con atención a los guerreros, memorizando sus armas, sus posturas, sus gestos.

Capítulo XIII: Uno a uno

Los cocomes hicieron caminar a los siete prisioneros selva adentro. Los pusieron en fila y comenzaron a andar. La marcha fue brutal. No daban tregua: los empujaban con las macanas, los golpeaban con las manos abiertas cuando se retardaban.

Durante una hora agotadora, los condujeron por senderos estrechos entre árboles altísimos, bajo un techo de hojas que apenas dejaba pasar la luz. Las raíces se enredaban en el suelo como serpientes dormidas, y el aire olía a tierra mojada, a flores podridas, a algo antiguo y húmedo que a Guerrero le recordó las catacumbas de Nápoles.

El calor apretaba como una losa. La humedad les empapaba las ropas hechas jirones y se les metía en los pulmones, espesa, pegajosa. La sed se había convertido en un pensamiento fijo, un zumbido que no cesaba, una obsesión que los volvía idiotas.

Durante la caminata, uno a uno, los compañeros fueron cayendo.

La muerte de Diego Hernández

El primero en caer fue Diego Hernández. Comenzó a quedarse atrás. No lo hacía por voluntad propia: sus piernas se negaban a obedecerle. Caminaba con la cabeza gacha, dando tumbos, chocando con los árboles. Los cocomes lo empujaban, lo golpeaban, le gritaban en su lengua. Pero Diego no respondía. Ya no estaba allí.

—¡Diego! —le gritó Guerrero—. ¡Espabílate, coño! ¡Un paso más, solo uno más!

Diego alzó la cabeza. Sus ojos estaban vidriosos. Miró a Guerrero como si no lo reconociera.

—Agua —dijo—. Por favor... agua.

Ninguno de los cocomes entendió la palabra. Pero entendieron el gesto. El hombre alto del pecho pintado de rojo se acercó a Diego, lo agarró por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Luego sacó un pequeño odre de cuero que llevaba colgado del hombro y dejó caer un chorro de agua en la boca abierta de Diego.

El prisionero bebió como un condenado. El agua le resbaló por la barba, por el cuello, empapándole la camisa sucia.

—Basta —dijo el cocome, apartando el odre.

Diego intentó agarrarlo con las manos atadas, pero el guerrero ya se había alejado.

—Gracias —susurró Diego—. Gracias...

No dijo nada más. Diez minutos después, sus piernas fallaron del todo. Cayó de rodillas sobre la tierra húmeda. Se quedó allí, jadeando, con la mirada perdida. Un guerrero se acercó. Le dijo algo. Diego no respondió.

El guerrero lo miró un momento. Luego, sin cambiar la expresión, levantó su macana y se la dejó caer en la nuca.

El golpe fue seco, hondo. Un sonido que no se parecía a nada que hubieran oído antes. Como una calabaza reventando contra una piedra.

Diego Hernández cayó de lado, boca abajo. La sangre comenzó a brotarle de la cabeza rota y a mezclarse con el barro de la selva. Los cocomes no se detuvieron. Siguieron caminando. Los prisioneros, atados en fila, tuvieron que pasar junto al cuerpo que aún se sacudía con los últimos espasmos de la muerte. Nadie dijo nada. Nadie se atrevió a mirar.

La muerte de Pedro

El segundo en caer fue Pedro, el marinero pecoso. Había sido el primero en contar la muerte del capitán, y desde entonces no había dejado de repetir la historia una y otra vez, como un disco rayado. Comenzó a reír. Una risa floja, casi inaudible, que salía de su boca entrecortada por el llanto.

—Como a perros —dijo—. Como a perros... ya lo dije.

—Cállate —le espetó Guerrero—. Cállate o te matan a ti también.

—¿Y qué? —respondió Pedro, con una sonrisa torcida—. ¿Qué más da? Tú también vas a morir, Gonzalo. Todos vamos a morir. Solo que tú aún no lo sabes.

Aguilar, que caminaba delante de Guerrero, giró la cabeza.

—No digas eso —dijo—. Dios proveerá.

—¿Dios? —Pedro volvió a reír—. ¿El mismo Dios que nos mandó la tormenta? ¿El mismo Dios que hundió el barco? ¿El mismo Dios que dejó que mataran al capitán como a un perro? ¡Mire a su alrededor, fraile! ¡Esto no es la mano de Dios! ¡Esto es el infierno y nosotros ya estamos dentro!

Uno de los cocomes se volvió. No entendía las palabras, pero entendió el tono. Agarró a Pedro por el brazo y lo arrastró hacia adelante, separándolo del grupo. Pedro dejó de reír. Comenzó a llorar.

—¡No! —gritó—. ¡No me lleven! ¡No quiero morir! ¡Lo siento! ¡Lo siento!

El cocome no le hizo caso. Se lo llevó por un sendero que se desviaba del camino principal. Los otros guerreros siguieron empujando a los prisioneros hacia adelante. Nadie volvió a ver a Pedro.

La muerte de Juan Romero

El tercero fue Juan Romero, el remero. No pudo levantarse cuando los cocomes ordenaron reanudar la marcha. Llevaba una pierna rota desde el naufragio, hinchada y amoratada, y el dolor le había subido hasta la cadera. Intentó incorporarse apoyándose en el hombro de Guerrero, pero sus piernas no le respondieron.

—No puedo —dijo—. No puedo, hermanos. Dejadme aquí.

Los cocomes lo miraron. El más alto, el del pecho pintado de rojo, se acercó. Examinó la pierna hinchada con una mueca de desprecio. Luego dijo algo en su lengua a los demás.

—Va a matarlo —susurró alguien.

Guerrero tensó los brazos atados. Dio un paso al frente, con los puños cerrados. No podía luchar, pero algo en él se negaba a dejar que otro compañero muriera delante de sus ojos sin hacer nada.

—No —dijo, con la voz ronca—. A ese no. A ese no lo matan.

Aguilar lo agarró del brazo. La mano del fraile temblaba, pero su agarre era firme.

—Déjalo, Gonzalo.

—¿Cómo voy a dejarlo? —espetó Guerrero, sin apartar la vista del guerrero—. ¡Es mi compañero!

—Mira su pierna —dijo Aguilar, en voz baja—. Mira su cara. Ese hombre no va a durar ni un día más. Con la pierna como la tiene, con la fiebre que le sube por la sangre... lo que hagan ahora, si lo hacen, solo le ahorran sufrimientos.

Guerrero se volvió hacia Aguilar. Por un instante, sus ojos echaron chispas. Luego miró a Juan Romero. El remero estaba pálido, sudoroso, con los labios agrietados y los ojos hundidos. Tenía la mirada perdida, como si ya no estuviera del todo allí. La pierna hinchada parecía a punto de reventar la piel.

—Gonzalo —dijo Juan Romero, con una voz que apenas era un susurro—. Déjalo. El fraile tiene razón.

Guerrero apretó la mandíbula. No respondió. Bajó los brazos.

El guerrero del pecho rojo hizo una señal a dos de los suyos. Los dos cocomes agarraron a Juan Romero por los brazos y lo arrastraron fuera del sendero, hacia un camino que se adentraba aún más en la selva.

—¿Adónde lo llevan? —preguntó Aguilar, aunque ya sabía la respuesta.

Nadie respondió.

Media hora después, los dos guerreros regresaron solos. Sus macanas estaban limpias, pero sus manos no. Traían restos de tierra roja entre los dedos.

Ninguno de los prisioneros preguntó qué había pasado con Juan Romero.

—A ese —dijo el joven de la barba rala—, que Dios lo tenga en su gloria. Porque nosotros no volveremos a verlo.

La muerte del hombre silencioso

El cuarto fue el hombre silencioso, cuyo nombre ninguno recordaba. Un hombre de mirada apagada, que caminaba como un autómata, moviendo las piernas por pura inercia. No cayó por sed ni por agotamiento. Cayó porque dejó de querer caminar. Se sentó en el suelo, cruzó los brazos sobre las rodillas y apoyó la cabeza. Los cocomes lo golpearon, lo insultaron, lo levantaron a empujones. Él volvió a sentarse. No dijo una palabra.

Al final, el guerrero del pecho rojo se encogió de hombros. Señaló al hombre sentado. Dos cocomes lo tomaron por los pies y lo arrastraron fuera del sendero, hacia la espesura.

El joven de la barba rala se volvió hacia Aguilar.

—¿Crees que Dios nos ve, fraile? —preguntó.

—Dios ve todo —respondió Aguilar.

—Entonces... ¿por qué no hace nada?

Aguilar no supo qué responder.

El final de la marcha

Cuando la partida de los cocomes llegó por fin a las cercanías de su poblado, solo dos de los tripulantes de la Santa María de la Barca seguían con vida: Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero. Los demás —el capitán Valdivia, el marinero Pedro, Diego Hernández, Juan Romero y todos los otros— habían muerto en la playa o en el camino. Y el mar se había tragado al resto de la tripulación.


mvf.


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