CAPÍTULO VIII LA RENDICIÓN DE TABSCOOB Y LA FIRMA DEL REQUERIMIENTO
Al día siguiente de la batalla, los españoles comenzaron a transformar Potonchán en algo suyo. Los heridos yacían en las galerías de la casa principal, envueltos en vendas de algodón que las mujeres mayas, con gestos temblorosos, les habían proporcionado tras la rendición. Los gemidos se mezclaban con el murmullo de los rezos de fray Bartolomé de Olmedo, que musitaba sus oraciones como si pudieran detener la gangrena en las heridas de pica y flecha.
Los caídos españoles eran pocos. En las afueras, junto al templo principal, se apilaban los cadáveres de los guerreros mayas. Vio a los sacerdotes, con sus mantas negras y el cabello ensangrentado, recogerlos al anochecer para incinerarlos en el bosque. El humo de las piras se elevaba hacia el cielo como una pregunta sin respuesta. Los heridos que aún respiraban no tenían quién los recogiera. Muchos huyeron a la selva; otros se arrastraban por las calles, y los que quedaban se ocultaban en las esquinas, mirando a los conquistadores con el miedo de quien ya no tiene nada que perder.
Cortés ordenó respetar a los que no ofrecieran resistencia, pero la orden era más teoría que práctica. La tensión hacía que cualquier gesto brusco pudiera desencadenar un nuevo enfrentamiento. Los españoles se movían en grupos, espadas desenvainadas, y los mayas se apartaban a su paso.
Recorrió las calles de la ciudad, rectas y bien trazadas, hasta llegar a la plaza central. Allí se alzaba el templo escalonado, dedicado a Kukulkán, la Serpiente Emplumada. No era tan alto como los que había visto durante su cautiverio en la costa, pero sus paredes de piedra caliza estaban decoradas con relieves de serpientes entrelazadas y guerreros que sostenían cabezas decapitadas. En la cima, dos altares de piedra, manchados con sangre de sacrificios, miraban hacia el este. Fray Bartolomé de Olmedo los vio nada más poner un pie en la ciudad. Su rostro, surcado por las arrugas del sol y la penitencia, se endureció. Y entonces hizo lo que los españoles hacían siempre: borrar un dios para poner otro. Con ayuda de dos soldados, arrancó las figuras de serpientes del altar principal y colocó una gran cruz de madera que los carpinteros del navío habían ensamblado a toda prisa. La cruz, tosca y sin pulir, se alzó sobre el templo, y su sombra se proyectó al atardecer sobre las casas de los mayas.
Aquella mañana subió al templo, antes del amanecer, y se quedó mirando la cruz. No sabía muy bien qué sentía. Llevaba demasiado tiempo entre los mayas para ignorar que aquella cruz le parecía reconocerla en los bajorrelieves del templo, en las pinturas de las vasijas, en los dibujos de los códices, como un signo que el tiempo grabó en la piedra mucho antes de que los españoles llegaran. Quizás era solo su imaginación, o tal vez el cansancio y los años de cautiverio le jugaban malas pasadas, pero no podía quitárselo de la cabeza. Fray Bartolomé decía que era obra del demonio, que imitó la verdadera cruz para engañar a los indios. No estaba tan seguro. Pero no dijo nada.
Mientras los soldados registraban cada casa y cada templo en busca de botín, observaba desde la puerta de la residencia de Tabscoob. El oro y el jade se acumulaban en cofres que ahora llenaban una de las habitaciones. Las piezas eran pequeñas —collares de cuentas, orejeras circulares, placas con rostros de dioses de ojos de piedra— pero para los soldados cada gramo era una promesa de riqueza. También encontraron mantas de algodón fino, tan suaves que parecían hechas de nubes, y cestos de plumas de quetzal y guacamaya que los soldados amontonaban sin distinguirlas de las de gallina. Los marineros, más prácticos, se llevaron las vasijas de barro y los recipientes de calabaza para el campamento. Todo lo que podía servir, venderse o cambiarse, fue requisado.
Pero algo le inquietaba. Desde la entrada de la ciudad, los mayas heridos que aún podían moverse se arrastraban hasta sentarse junto a sus muertos, con las piernas recogidas contra el pecho, y esperaban. No llevaban agua, ni comida, ni armas. Solo esperaban. Los soldados de guardia murmuraron que habían visto mensajeros salir de la selva al atardecer, y que los heridos, al oírlos, habían alzado la cabeza como quien reconoce una señal. No supo si creerlo. Cada hora que pasaba le dolía un poco más no saber qué esperaban.
El misterio se aclaró al amanecer, cuando los centinelas dieron la alerta. La luz del sol, dorada y tibia, se filtraba entre las copas de los árboles y bañaba las calles de tierra apisonada con un resplandor cálido. Desde la selva, una comitiva se acercaba. Al frente, Tabscoob, erguido sobre una litera adornada con plumas, rodeado de caciques de mantos de algodón con grecas rojas y negras, y guerreros con petos de cuero y rodelas de caña. No traían armas alzadas. Traían ofrendas: cestos de flores, vasijas de barro, mantas dobladas, plumas de quetzal de un verde profundo, como el de la selva después de la lluvia.
Desde la plaza central, fue el primero en verlos. Observó cómo se acercaban con la lentitud ceremoniosa de quienes saben que cada gesto será observado. Reconoció al frente a Tabscoob, el cacique, que venía a postrarse ante Hernán Cortés con un manto de algodón blanco, tan puro que parecía brillar bajo los primeros rayos del sol, y un penacho de plumas de quetzal que se alzaba majestuoso sobre su cabeza, las plumas largas y brillantes cayendo sobre su espalda como una cascada de luz verde. Collares de jade y concha le cubrían el pecho, y en sus brazos llevaba brazaletes de oro y piedras verdes. Su rostro, que en la batalla mostró determinación feroz, ahora mostraba una dignidad serena, la del vencido que acepta su destino sin perder el orgullo, y que se presenta ante sus vencedores con la grandeza de quien ofrece sus tesoros no como súplica, sino como un acto de reconocimiento.
Entre los líderes que le acompañaban, distinguió a uno de los que había visto luchar en la playa durante el desembarco. Lo recordaba bien: entonces su cuerpo lucía pintura de guerra, franjas rojas y negras que dibujaban espirales y figuras de jaguares, y el rostro surcado por líneas negras que le daban un aire feroz, casi sobrenatural. Blandió su macana de obsidiana con una bravura que no olvidó, como si la muerte misma danzara a su alrededor. Ahora, en cambio, su cuerpo mostraba nuevas pinturas: franjas rojas y negras que recorrían sus brazos y su pecho. Era un código de honor que borraba la derrota mostrando la bravura, para la comparecencia ante el nuevo señor.
Pero notó algo más. A unos pasos detrás, veinte mujeres caminaban. No portaban cargas. Llevaban las manos cruzadas sobre el vientre, los dedos enlazados en un gesto de contención, como si se aferraran a algo invisible. Sus miradas, aunque bajas, se movían con rapidez, registrando todo a su alrededor con el miedo silencioso de quien sabe que su vida está a punto de cambiar para siempre. Vestían huipiles bordados con hilos de colores que brillaban bajo el sol, y en sus cabellos lucían flores de cacaloxóchitl, de un blanco intenso que contrastaba con la negrura de sus trenzas. Eran jóvenes, la mayoría, de rostros serenos pero inquietos. Comprendió que no habían venido a ofrecer nada, sino a ser ofrecidas.
Sintió un nudo en la garganta. Luego, sin saber bien por qué, se volvió y echó a correr hacia la residencia de Tabscoob, donde Cortés instaló su cuartel general. La antigua casa del cacique maya, la más grande y mejor construida de la ciudad, se convirtió en el centro de operaciones de los españoles. Sus amplias estancias, con paredes de cal y techos de vigas de madera, albergaban ahora las mesas de mando, los cofres con el botín y el estandarte real que ondeaba desde la entrada.
En una de aquellas habitaciones, la estancia que ocupaba Cortés tenía el aspecto austero de un cuartel general. En un extremo, la cama de campaña, aún sin deshacer, recordaba la precariedad del viaje; frente a ella, un crucifijo de plata presidía la pared desnuda, único guiño a la fe que lo sostenía. Pero el centro neurálgico del aposento era una ancha mesa de madera, sobre la que reposaban, desplegados, el mapa de la costa que Alvarado le entregó y un cuaderno de ruta. Allí, entre borradores y anotaciones, Cortés consignaba cada noche los sucesos de la jornada, acumulando un registro de cada día para el momento en que la Corona le exigiera explicaciones.
Irrumpió sin apenas anunciarse, y el golpe de la puerta al abrirse hizo que el escribano sobresaltara la pluma. El soldado jadeaba, con el pecho aún agitado por la carrera.
—Señor —dijo—. Vienen. Los mayas. Vienen con ofrendas.
Cortés levantó la cabeza. Estaba repasando las cuentas con el escribano, contando las piezas de oro y jade que encontraron en la ciudad.
—¿Tabscoob?
—Sí, señor. Viene con sus nobles y guerreros heridos. No traen armas. Y traen mujeres, señor. Veinte mujeres jóvenes. —Lo dijo con un tono que no logró ocultar del todo su incomodidad.
Cortés dejó la pluma sobre la mesa, apoyó los codos en los brazos de la silla y entrelazó los dedos. Una leve sonrisa, más de satisfacción que de alegría, se dibujó en sus labios al oír lo de las mujeres.
—Veinte mujeres —repitió, como saboreando las palabras—. ¿Y qué más?
—Oro, señor. Algodón. Mantas. Plumas. Y las mujeres, señor. Esas veinte mujeres que le digo.
—Ya las he oído —dijo Cortés, y la sonrisa se hizo un poco más amplia—. Pero el oro y las mantas también cuentan.
Cortés se levantó, ajustó su espada y se dirigió a la puerta.
—Pues recibámoslos como merecen.
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Cortés salió al encuentro en la plaza principal, el mismo espacio de tierra apisonada donde los mayas celebraban sus ceremonias. Lo acompañaban sus capitanes Alvarado, Ávila, Montejo, Escalante y Aguilar, que oficiaría como intérprete. Los soldados españoles formaron un pasillo, espadas desenvainadas y arcabuces listos, aunque no apuntaban. Era una muestra de fuerza, pero también una advertencia.
Tabscoob se detuvo a unos pasos de Cortés. Los dos hombres se miraron en silencio. El sol ascendente teñía de oro y azul el cielo, y las sombras se acortaban sobre la plaza de tierra apisonada. La brisa traía el olor a humo y a vegetación húmeda, y de la selva llegaba el canto de los pájaros que saludaban el nuevo día. Era un momento de tensa quietud, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para presenciar aquel encuentro.
Los hombres que acompañaban a Tabscoob, apenas media docena de nobles y guerreros heridos, algunos apoyándose en bastones o en los hombros de otros, se arrodillaron y postraron sus rostros contra el suelo, en señal de sumisión absoluta. Pero Tabscoob no se arrodilló. Permaneció de pie, con la espalda erguida y la mirada fija en la de Cortés. Los demás esperaban en silencio, las cabezas inclinadas sin llegar a tocar el suelo con sus frentes.
Las veinte mujeres, en cambio, se mantenían unos pasos más atrás, con las manos cruzadas sobre el vientre y los dedos enlazados. Habían depositado las cestas con las ofrendas en el suelo, y ahora esperaban, inmóviles, sin levantar la mirada. Aguilar las observó de reojo. Una de ellas, la más joven, llevaba un huipil distinto al de las demás, bordado con hilos rojos que dibujaban figuras de serpientes. No supo por qué, pero aquella mujer le llamó la atención.
Detrás de Cortés, Alvarado se movió inquieto. Sus dedos tamborilearon sobre la empuñadura de su espada, y sus ojos recorrieron la comitiva maya con desconfianza. Se inclinó hacia Cortés y murmuró, apenas para que el capitán lo oyera:
—Señor, no me fío. Pueden estar fingiendo. En Champotón, los indios también vinieron con ofrendas, y luego nos obligaron a levar anclas.
Cortés no volvió la cabeza. Su mirada permaneció fija en Tabscoob.
—Cállate, Pedro —respondió en voz baja, sin mover los labios apenas.
Alvarado guardó silencio, pero su mano no se apartó de la espada.
Tabscoob habló primero, en maya. Su voz era grave, serena, aunque se notaba el cansancio en sus palabras.
—He venido a postrarme ante vos y reconocer mi derrota.
Aguilar tradujo:
—Señor, dice que viene a rendirse.
Cortés no mostró emoción. Tabscoob continuó, haciendo una pausa tras cada frase para que Aguilar tradujera sus palabras antes de proseguir.
—He visto a mis guerreros caer. He visto a mis hijos morir. He visto a mis mujeres huir. No puedo seguir luchando. No tengo fuerzas. No tengo hombres. Reconozco que vos sois el señor de esta tierra ahora.
Aguilar tradujo:
—Dice que ha visto caer a sus guerreros, señor. Que ha visto morir a sus hijos y huir a sus mujeres. Dice que no puede seguir luchando, que no tiene fuerzas ni hombres. Y que reconoce que vos sois el señor de esta tierra.
Tabscoob hizo una pausa. Sus ojos recorrieron la plaza, las construcciones que habían sido su hogar, el templo donde había oficiado ceremonias. Luego volvió a hablar.
—He traído ofrendas. Oro, plumas de quetzal, piedras preciosas. Es todo lo que podemos ofrecer.
Aguilar tradujo:
—Dice que ha traído ofrendas, señor. Oro, plumas de quetzal, piedras preciosas. Que es todo lo que pueden ofrecer.
Los soldados españoles abrieron las cestas y dejaron ver su contenido: pequeñas figuras de oro, algunas con forma de hombres, otras de jaguares y serpientes, collares de cuentas de jade, diademas de plumas de quetzal de un verde tan intenso que parecía brillar con luz propia. Junto a las piezas de oro, había piedras de jade de diversos tamaños, algunas del tamaño de un puño, que los mayas valoraban más que el propio oro.
Cortés examinó las ofrendas sin tocarlas. Sus ojos se detuvieron en una pieza en particular: un disco de oro del tamaño de una mano, decorado con la figura de un hombre que emergía de la boca de una serpiente. Era una obra de una delicadeza y precisión que sorprendió incluso a los soldados más veteranos.
—Acepto vuestras ofrendas —dijo Cortés finalmente—. Pero antes de que podamos hablar de paz, hay un asunto de la corona de España que resolver.
Hizo un gesto al escribano, que se adelantó con un pergamino en las manos. Era el mismo requerimiento que Cortés había hecho leer en la barca, antes del intento de remontar el río. El mismo documento que los mayas habían rechazado con burlas. Ahora, el escribano lo sostenía de nuevo.
—Este documento —explicó Cortés, con Aguilar traduciendo—, establece que vos y vuestro pueblo reconocéis la autoridad de Su Majestad el rey Carlos de España. Y que aceptáis la fe cristiana y la protección de la Corona. Es el mismo que os leímos antes de la batalla. El que rechazasteis.
Tabscoob miró el pergamino sin comprender su contenido. Pero entendió lo que significaba: la sumisión, el reconocimiento de una autoridad que no era la suya. Recordaba aquel día en el río, cuando los hombres blancos habían leído un documento que nadie entendía, y los guerreros habían reído. Ahora, la risa se había convertido en silencio, y el silencio en derrota.
—Si firmáis —continuó Cortés—, la guerra terminará. Seréis vasallo del rey de España, pero conservaréis vuestro título y vuestras tierras. Seréis gobernador de vuestro pueblo bajo la autoridad de la Corona. Y no habrá más muertes.
Tabscoob mantuvo la mirada fija en el pergamino durante un largo momento. Los segundos se alargaron. Aguilar observaba en silencio, con el corazón encogido. Sabía que Tabscoob no podía leer las palabras, pero entendía el gesto.
Finalmente, el cacique maya asintió. El peso de la derrota se reflejó en sus hombros, que se hundieron ligeramente.
El escribano le ofreció una pluma de ganso y un tintero. Tabscoob tomó la pluma con mano firme, aunque temblorosa. Durante un instante, la pluma vaciló sobre el pergamino, y Aguilar vio cómo el cacique cerraba los ojos. Luego, al abrirlos, trazó en el pergamino un signo cuidadoso: un círculo con un punto en el centro, acompañado de una línea ondulada. Era el glifo de su nombre.
Luego, los nobles que lo acompañaban, dos de ellos, los únicos que aún llevaban mantos de algodón decorado, hicieron lo mismo, trazando sus propios glifos bajo la firma de su cacique. Eran signos que para ellos significaban linaje, poder y compromiso.
El escribano recogió el pergamino y lo inspeccionó.
—Está firmado, señor —dijo a Cortés.
Cortés tomó el documento y lo leyó. Luego sonrió, satisfecho. Alzó el pergamino para que todos lo vieran.
—Con esta firma —dijo, con voz clara y autoritaria—, vos y los vuestros os convertís en súbditos de Su Majestad el rey Carlos, y yo, en su nombre, os tomo bajo su protección. A partir de hoy, Potonchán es tierra de la Corona, y vuestro pueblo deberá obediencia al rey, pagar los tributos que se os señalen y recibir la palabra de Dios.
Y después de que tradujeran sus palabras, Cortés extendió la mano hacia Tabscoob. El cacique maya dudó un instante, luego tomó la mano del español. Fue un gesto extraño para ambos: el apretón firme de un conquistador y la mano de un vencido. Los dos hombres se miraron a los ojos. En la mirada de Tabscoob no había odio, sino una tristeza profunda. En la de Cortés, satisfacción, pero también una chispa de algo que podría haber sido respeto.
—Que se preparen víveres para estos hombres —ordenó Cortés a sus capitanes—. Y que los heridos reciban atención. Ahora son vasallos del rey de España.
Los soldados se movieron para cumplir la orden. Los mayas heridos fueron conducidos a las afueras de la plaza, donde recibieron vendas y ungüentos. Tabscoob y los suyos se retiraron lentamente, sin volver la vista atrás. La ceremonia había terminado.
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Apenas Tabscoob y su séquito desaparecieron, Cortés se volvió hacia Aguilar.
—Padre —dijo Cortés, con la voz firme—. Las mujeres. Las veinte mujeres que nos dieron. Ya se ha ido Tabscoob con los suyos. Ocupaos de ellas: dadles agua y comida, y luego separadlas y repartidlas entre los capitanes y la tropa.
En ese momento, fray Bartolomé de Olmedo, que había permanecido en silencio durante toda la ceremonia, dio un paso al frente. El fraile tenía el rostro surcado por las arrugas del sol y la penitencia, y sus ojos, de un azul pálido, brillaban con la intensidad de quien ha pasado demasiadas noches en vela rezando. Su hábito franciscano, raído y remendado, contrastaba con las cotas de malla y las espadas de los soldados que lo rodeaban. Se santiguó lentamente, con la mano temblorosa, antes de hablar.
—Señor Cortés —dijo el fraile—. Antes de repartir a estas mujeres, ¿no deberíamos bautizarlas primero? Han vivido en la idolatría. Si las entregamos así, sin la gracia del bautismo, sus almas podrían perderse para siempre.
Cortés lo miró con exasperación contenida.
—Fray Bartolomé, ya tendremos tiempo para bautizarlas. Ahora lo que importa es la moral de la tropa. Los hombres han sangrado, han visto morir a sus compañeros. Necesitan algo que les recuerde por qué están aquí.
El fraile insistió, con la voz más firme aunque sus dedos seguían enredados en el cordón de su hábito.
—Pero la salvación de estas almas no puede esperar, señor. El demonio ha tejido sus redes en estas tierras durante siglos. Cada alma perdida es una victoria para él.
Cortés suspiró y se llevó la mano al rostro, frotándose la frente como si quisiera borrar la fatiga. Cuando habló, su voz tenía un filo cortante.
—Fray Bartolomé, os lo digo con todo el respeto que merece vuestra investidura: son parte del tributo. Se repartirán entre mis capitanes y la tropa. Ellos sabrán lo que hacer con ellas. Y si acaso necesitan ser bautizadas, ya lo harán cuando vean oportuno.
El fraile abrió la boca para replicar, pero Cortés levantó una mano, cortando cualquier intento de discusión. Sus ojos se posaron en Aguilar, que seguía de pie junto a la entrada, observando la escena.
—Aguilar —dijo Cortés, señalándolo con un gesto—. Vos entendéis la lengua de estos indios. Os encargaréis vos de las mujeres. Dadles agua y comida, y luego separadlas. Las más jóvenes para los capitanes. Las demás para la tropa. Y que Melchor os ayude. Él entiende la lengua de Cuba y algo de la de estos indios.
Aguilar sintió un nudo en el estómago. La mirada de fray Bartolomé se clavó en él, cargada de reproche silencioso. El fraile no dijo nada más, pero sus labios se movieron en una oración que solo él podía oír. Luego se retiró unos pasos, con las manos entrelazadas, como si rezara por aquellas mujeres que acababan de ser entregadas a la lujuria de los soldados.
—Lleva a Melchor —añadió Cortés—. Él te ayudará. Tú entiendes su lengua. Él entiende la de Cuba. Juntos, las separaréis.
Melchor era un indio de Cuba que los españoles habían traído como intérprete. Hablaba maya con dificultad —el maya chontal de los de Potonchán—, pero entendía lo suficiente para ayudar. Aguilar lo buscó y juntos se dirigieron a donde las mujeres esperaban.
Mientras se alejaban, Aguilar oyó a sus espaldas la voz queda de fray Bartolomé de Olmedo, que musitaba una oración en latín. Las palabras se perdieron en el viento, pero el tono era el de quien implora por almas que aún no han sido salvadas.
Las veinte mujeres seguían sentadas en el suelo, en el mismo rincón de la plaza, bajo la sombra del ceibo. Apenas había pasado una hora desde que Tabscoob partiera. No habían comido. No habían bebido. No habían llorado.
Aguilar se detuvo frente a ellas. Las miró una por una. Eran jóvenes, la mayoría. Algunas apenas muchachas, de quince o dieciséis años. Vestían huipiles de algodón blanco, bordados con flores rojas y azules. Algunas llevaban collares de caracoles y cuentas de jade. Sus ojos estaban secos. Sus caras, vacías.
Aguilar supo que no llorarían. Los mayas no lloraban delante de los enemigos.
—Melchor —dijo en voz baja—. Vamos a separarlas. Las más jóvenes para los capitanes. Las demás para la tropa.
Melchor asintió. Juntos, caminaron entre las mujeres. Aguilar hablaba en maya, en la lengua de los chontales que había aprendido durante su cautiverio. Les preguntaba sus nombres, sus edades, de dónde venían. Algunas respondían con voz apenas audible. Otras guardaban silencio. Melchor señalaba y asentía. Fueron separando a las mujeres en dos grupos: las de aspecto más noble, las más jóvenes, para los capitanes; las demás, para los soldados.
—Esa —dijo Melchor, señalando a una muchacha de cabello oscuro y facciones finas—. Esa es la más hermosa. El capitán Alvarado...
—La apartamos para los capitanes —dijo Aguilar—. Pero no para Alvarado. Para Cortés.
Melchor lo miró con sorpresa.
—¿Cortés?
—Sí. Él la aceptará.
Aguilar se volvió para seguir con el reparto, pero una de las mujeres, la más joven, lo agarró del brazo. Hablaba en voz baja, en una lengua que Aguilar no reconocía. No era maya chontal. Era otra cosa.
—Melchor —dijo Aguilar—. ¿Entiendes esto?
Melchor escuchó. Su cara cambió.
—No es maya —dijo—. Es nahua. La lengua del imperio. Del altiplano.
Aguilar sintió un escalofrío.
—¿Nahua? ¿Estás seguro?
—Sí, padre. He oído a los comerciantes. Es la lengua del gran señor.
Aguilar se volvió hacia la mujer. La miró a los ojos. Ella no apartó la mirada.
—Pregúntale cómo se llama —dijo.
Melchor habló con ella. La mujer respondió en su lengua, con voz firme. Luego Melchor tradujo:
—Dice que su nombre es Malintzin. Pero que su nombre no importa. Dice que si los hombres blancos quieren llegar al imperio, necesitarán a alguien que hable como ella.
Aguilar guardó silencio. La muchacha no soltaba su brazo. Sus ojos no miraban al suelo. Lo miraban a él.
—¿De dónde viene? —preguntó Aguilar.
Melchor volvió a hablar con ella. La mujer señaló hacia el este, hacia las montañas, y dijo algo más. Melchor tradujo:
—Dice que viene de muy lejos. Del interior. De donde vive el gran señor. El que llaman Moctezuma.
Aguilar sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Moctezuma?
—Sí, padre. Dice que fue llevada por comerciantes. Que la vendieron a los mayas. Pero que ella habla la lengua sagrada. La de los sacerdotes.
Aguilar la miró un largo momento. Luego tomó una decisión.
—Ven conmigo —dijo en maya.
La muchacha lo siguió. Aguilar la llevó de vuelta a la tienda de Cortés. Cuando entró, el capitán levantó la cabeza.
—Señor —dijo Aguilar, con la voz apenas un susurro—. Esta mujer habla la lengua del imperio. La de Moctezuma. Se llama Malintzin.
Cortés se puso de pie de un salto. Su rostro, que momentos antes mostraba cansancio, se transformó en una expresión de alerta y codicia.
—¿Está seguro?
—Melchor lo ha confirmado. Ella dice que viene del altiplano. Que fue vendida a los mayas.
Cortés se acercó a la muchacha. La examinó de arriba abajo. Ella no bajó la mirada.
—Tráigamela —dijo—. Y que nadie la toque. Es más valiosa que el oro.
Aguilar sintió un nudo en el estómago. Sabía lo que venía.
—Señor —dijo—. ¿Y las otras mujeres?
Cortés lo miró con impaciencia.
—Las otras son para la tropa. Repartidlas entre los capitanes y los soldados. Son parte del botín.
Aguilar quiso decir algo. Que no eran botín. Que eran personas. Pero las palabras no salieron. Vio a los soldados abalanzarse sobre las mujeres, oyó sus risas, y se apartó.
Malintzin, mientras tanto, caminaba detrás de Cortés hacia la tienda. Antes de entrar, el capitán se volvió hacia Aguilar:
—Padre, esta noche la pasaré con ella. Pero no para lo que piensas. Para hablar. Para aprender. Para que me enseñe su lengua. ¿Entendido?
—Entendido, señor.
Cortés entró. La puerta se cerró tras él.
Aguilar se quedó fuera, escuchando el rumor de la tienda, las voces de los soldados, los gemidos de las mujeres. No supo si lo que sentía era vergüenza, culpa o miedo. Tal vez las tres cosas.
A sus espaldas, fray Bartolomé de Olmedo seguía de pie junto al templo, contemplando la escena con los ojos entornados. El sol de la tarde proyectaba largas sombras sobre la plaza, y el viento mecía su hábito raído como si quisiera arrancarlo de sus hombros. Sus labios se movían en silencio, trazando una oración que solo el viento podía oír. En su mano, un rosario de madera desgastada giraba entre sus dedos, cuenta a cuenta, como si cada Ave María pudiera lavar la culpa que ya empezaba a acumularse sobre aquella tierra recién conquistada. Pero sus ojos, fijos en la tienda de Cortés, no expresaban piedad. Expresaban una certeza fría, la de quien sabe que el Maligno se oculta en cada rincón de aquellas tierras, y que la única manera de vencerlo es con fuego y espada, con la cruz en alto y la palabra de Dios en los labios, aunque las almas que se salven tengan que pagar el precio de su salvación con la carne.
mvf
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