lunes, 25 de enero de 2016

Rom

El perro, un pastor belga de color marrón que siempre está en el corazón del que fue su amo, se acercó junto a él para acostarse a sus pies, estirado encima de la alfombra, con su largo hocico apuntando en dirección a la puerta de salida de la casa. Su amo, con zapatillas y en bata, arrellanado en el sillón, leía una de las hojas de periódico con las que el pescadero acostumbraba a envolver la compra. Al terminar de leer el último artículo de la página le dio la vuelta a la hoja para continuar la lectura por la otra cara. El perro sacudió una de sus orejas y se levantó para cambiar de posición y quedar recostado encima de la alfombra, con la cabeza y la mirada puesta en su amo.

Después de unos minutos eternos el animal medio irguió su cuerpo sobre las patas delanteras para rascarse el cuello con una de sus patas traseras; de su cuerpo cayeron unos minúsculos insectos, eran pulgas blancas que no tardaron en volver al cuerpo del animal; luego terminó de levantarse, movió el hocico ladeando la cabeza a los lados, y se dirigió a la puerta de salida de la casa parándose frente a ella. Aunque sus ojos no podían ver más allá de la puerta, su mirada apuntaba al exterior; así estuvo un rato hasta que arañó la puerta con una de las patas delanteras, mientras su amo continuaba absorto, leyendo la página de periódico, sin prestarle atención. 

Se apartó de la puerta de la calle y se dirigió a otra puerta que cerraba la entrada a una de las habitaciones de la casa. Izó su cuerpo apoyándose con una de sus patas en la manilla y esta cede con el peso abriéndose la puerta. Desaparece en el interior de la habitación y regresa llevando en su boca la correa que su amo le pone para ir a pasear. Se acerca a él y sin soltar la correa, le da unos golpes con su hocico en una de las piernas a su amo para que baje la hoja de periódico y vea que está preparado para dar un paseo. Como su amo continua indiferente con la lectura el animal deja caer la correa al suelo y da dos fuertes ladridos para que le oiga.


Se oye una voz que lo llena todo, tal vez molesta por los ladridos que han osado interrumpir la paz de la mañana:

-¡Rosendo! ¿Es que no ves que el perro te pide que lo saques a pasear?

Entonces Rosendo se levanta del sillón y, en zapatilla y en bata, amo y perro salen a dar un paseo por el cielo.





mvf.

martes, 12 de enero de 2016

Desenlace


Desenlace


El tanatorio estaba lleno de vecinos y gente de otros pueblos de distintos lugares, que llegaban para dar el pesame. Algunas personas, reunidas en corrillos mientras fumaban, interrumpían el paso a la entrada. Era un gentío que venía para dar las condolencias a la familia y de paso aprovechar para darse el saludo unos a otros dando muestras, en la última despedida al difunto, de que entre todos formaban una comunidad. El tanatorio estaba dividido en cuatro velatorios, cada uno con una antesala para los visitantes y una sala más intima en cuyo interior había una habitación climatizada con  pared acristalada a través de la que se veía al difunto. De los cuatro velarorios solo uno estaba ocupado, y en su sala, en el interior de la habitación, estaba postrado el difunto Rosendo con su cuerpo embalsamado, estirado dentro de su ataúd, rodeado por ramos y coronas de flores que habían enviado sus familiares y amigos; expuestos de tal manera que por fuera, a traves de la pared acristalada de la sala, la gente que venía a despedirle pudieran verle y darle el último adiós. Enfrente de la pared acristalada, sentados en un banco, estaban  los familiares más próximos, la viuda y la hija de Rosendo, el que fuera conserje del ayuntamiento.



Era vago, hasta para morir - dijo en voz baja su viuda, la Zarza, mientras se pasaba el pañuelo por sus ojos llorosos - no podía haber hecho como el Juan de la Maruja, que fue a la huerta para hacer un semillero de lechugas y allí quedó sentado en compañía de su perro. Pobrecito, el animalito ni se lo creía; iba todos los días al cementerio y se sentaba al lado de su tumba esperando que se levantase para ir juntos a dar un paseo.
- Pero mama ...
Se hizo el silencio entre las dos, madre e hija que velaban al difunto  Rosendo,  desde la antesala se oía un mar de murmullos de los corros  que se formaban entre la gente que venían a dar el último adiós al difunto. Entre ellos sobresalía la voz de la librera haciendo énfasis en lo mucho que se acordaba del difunto. 
 - Ay, cuanto me tengo acordado de él en la librería. Mucho gasto no hacía, pero por lo menos hacía compañía. Eso si que no tenía precio.
La Zarza reanudo en voz baja la conversación con su hija:
- El marido de la vecina estaba pintando la entrada del garaje y le pidió a su hijo que continuase mientras él se sentaba un ratito para descansar. Por lo menos esperó a que su hijo terminase de pintar el portón del garaje. Imaginate que bochorno, todo el mundo entrando y saliendo de la casa del  difunto y el portón del garaje a medio pintar.
 - ¡ Mama te van oír, que están los vecinos!
 - Y el marido de la Chuchi, que mira que se enteró todo el mundo: dijo que iba a salir a comprar tabaco, y no volvió ni para que lo enterrasen. Ese si que no dio trabajo; a saber donde se fue a morir.
-¡Pero mama!
- ¡Hija, tu padre era vago, ni se levantó de la cama!

Se aproximan la Fina y su hijo a dar el pésame a la Zarza.
- Veníamos a dar el pésame.
Se abrazan dándose unos besos.
- Gracias Fina por ser tan buena prima.
- Que pena de hombre, y con lo bien que pintaba las mujeres.

-Hija eso era por el hambre que pasaba - la Zarza, ante la perplejidad de la hija, continuó diciendo -  que una cerró las piernas hace veinticinco años  ... y con algo se tenía que entretener.  Pintar mujeres y arreglar paraguas.

La Fina y su hijo se separan para acercase a ver al difunto a traves del cristal.

- ¿Como que arreglaba paraguas?
 - Si, no lo sabias?
- ¿Papa arreglaba paraguas?
- Arreglaba los paraguas a los amigos y cobraba.
- Mama como no sabía nada; tengo un montón de paraguas en casa estropeados.



Después de mirar al difunto por última vez se despiden:

- Pobrecito, a ver si tiene más suerte ahora - dijo la Fina


 Al quedar solas de nuevo entre tanto gentío, la Zarza reanuda su conversación.



- ¡Ay! - exclamó dando un largo suspiro - mi Rosendo, yo me quiero ir con él.
- ¡Deja tranquilo a papa, que cada uno vive en su sitio; él en el cementerio y tú en tu casa. Así que no la líes ahora! 
- ¿Y como voy hacer para lavar la mitad de las sabanas donde duermo yo?



Se hizo el silencio. Las dos: madre e hija miraron para el difunto al ver moverse levemente las flores por el aire frio que guardaba al difunto.



-¿Tu crees que nos estará engañando?
- No madre, esta vez nos ha dejado en paz.
La madre ladea la cabeza sobre el hombro de la hija
- Pues que descanse el también.
- ¡Amén! - dijeron las dos.


mvf.

miércoles, 6 de enero de 2016

Rosendo - continuación


Cuando la Zarza abrió la puerta para ver quién llamó, no pudo ocultar su sorpresa al ver a la Fina, acompañada de su hijo, que hacía mucho tiempo que no venía de visita.
 Aunque eran familia por parte de las abuelas, que eran primas segundas, ambas no se podía soportar mutuamente pero la Fina  había decidido ir a casa de la Zarza para rogarle que su marido fuera a pintar unas figuras religiosas en las paredes de la iglesia visigótica, para que estuviera todo preparado el día de la fiesta del pueblo.
Cuando la zarza se lo contó a su marido Rosendo se negó rotundamente.
Solo después de escuchar toda la tarde a la Zarza y a la visita hablando fervorosamente del anterior párroco, mientras tomaban café con pastas:

- ¡Niño, deja de mirar el teléfono y escucha con atención lo que dice tu prima!
- ¡Es que don Eusebio sabía más que el Papa!

- ¡Venga Rosendo vete diciéndoles ya que si, mientras pongo otra pota de café encima de la cocina, que la Fina y su hijo se querrán marchar!

finalmente el buen hombre accedió:

- Bueno, pero no voy a poder ir todos los días a comprar azúcar.

Así que se puso, Rosendo pintó unas pastoras en las paredes de iglesia que dieron mucho más que hablar que las paredes pintadas de blanco, olvidándose todo el mundo de las críticas anteriores.

Es verdad que algunas de las figuras pintadas parecían faltarles brazos y otras bizqueaban, y hasta es verdad que la señora que tenía un niño en los brazos le faltaba el cuello; pero eso es también cuestión de la estética de cada artista. También hay esculturas romanas en los museos que les faltan brazos, piernas y hasta cabeza y nadie protesta por ello. Además como dijo el párroco en la misa: ¿quién mejor conoce para pintar la capilla que quien fue bautizada en ella?;  y aunque sospechábamos que el argentino con sotana, que nos mandó el obispado, para sustituir al anterior párroco, cuando se jubiló, no era cura sino un oportunista que practicaba intrusismo profesional; había cosas que aceptábamos por la claridad de san se acabó. Y del sermón, los vecinos de los dos bandos que se habían creado en el pueblo con motivo de pintar de blanco las paredes de la iglesia visigotica, unidos como hermanos pasamos a la eucaristía:

- ¡La iglesia queda mejor de blanco!
- ¡Ya lo decíamos nosotros!

La fiesta fue todo un éxito. Nunca hasta ahora fue tanta gente; hasta vinieron periodistas y de la universidad, que no pararon de hacer fotos a las nuevas pinturas de las paredes de la iglesia visigótica. Y sino que se lo pregunten a la campanera que guardaba las llaves de la iglesia para abrirla al público; por cada foto un euro para salir ella de delante de la cámara. El dinero que sacaba lo metía en el cepillo para no declarar nada a hacienda y después se lo repartían entre ella y el argentino, el cura de la parroquia.
En vista del éxito y de la abundancia del negocio, para aprovechar el tirón, acordamos hacer una colecta entre los vecinos para levantar el tejado de la iglesia y quitar esas losas vetustas de granito que lo cubrían desde el siglo VI, para poner en su lugar un tejado de teja roja, donada por una cerámica local, que nos garantizaron que por lo menos duraría doscientos o trescientos años, y sino para esas ya hablaremos.


mvf.

viernes, 1 de enero de 2016

FELIZ AÑO NUEVO




Como en los años anteriores en estas fecha os dedico unas lineas para agradeceros la paciencia y la perseverancia que habéis tenido siguiendo este blog. Gracias por haberme perdonado mis problemas con las comas, los puntos y comas, y otros signos, que al final corrijo posteriormente, después de leída la entrada por la mayoría de vosotros.

Os deseo Feliz año nuevo y tal y en particular que 2016 sea mejor que el año 2015 que para mucha gente fue bastante malo.


Un abrazo a todos

 mvf.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Rosendo - Sainete


Rosendo - Sainete

Después del incidente que tuvo lugar a las puertas del ayuntamiento, Rosendo se dio cuenta de que ya no podía considerarse un ex-jubilado del ayuntamiento. No se supo más de sus dibujos, ni volvió a salir de su casa para visitar a sus antiguas amistades; solo salía lo estrictamente necesario para hacer los recados que le encomendaba su mujer.

- Rosendo vete a comprar azúcar al ultramarinos.
- ¿Pero no me mandaste a comprar azúcar ayer?
- Si, pero el de ayer fue para el desayuno.

Y asi transcurrieron algunos años, hasta que el hijo del panadero le tocó ser el mayordomo de las fiestas patronales del pueblo.
La Fina, que así se llamaba la madre del chico, había ido a Huelva de excursión y de regreso vino con un montón de fotos de casas blancas sobre cielo azul y de la iglesia de la virgen del rocío. La madre siempre pinchaba por detrás para que su hijo hiciera lo que a ella le parecía mejor y con sus fotos los convenció de que tenía que pintar de blanco la iglesia del pueblo.


- Tu lo que tienes que hacer es que se pinte la iglesia de blanco para que entre bien la luz y así todos los vecinos se acordaran de lo bien que lo hiciste cuando fuiste el mayordomo de las fiestas.


El hijo del panadero, uno de esos jóvenes modernos de pueblo, que se creen que las saben todas, no tardó en convencer a los demás de la comisión de las fiestas patronales para hacer como decía su madre y del pueblo vecino, donde todos los de la comisión tenían una buena amiga, trajeron un albañil para arreglar las paredes y encalar todo de blanco por encima de los desconches de las pinturas de la iglesia.



El albañil llegó con un furgón destartalado del que descargó los andamios, la arena y el cemento, y unos botes grandes de pintura blanca.
- ¿Va estar todo preparado para el día de la fiesta? - preguntaron los de la comisión.

El hombre no parecía muy listo y los convenció a todos de que en una semana estaría hecho el trabajo.
 
Al cabo de un par de días de trabajo el albañil desapareció. Como no volvía a aparecer consiguieron ponerse con él después de varias llamadas telefónicas, y dijo que no podía venir porque tenía la mujer en el hospital.
 
- Vaya, ¿que le vamos hacer? Pues habrá que esperar - se dijeron.
Pasaron quince días y el furgón apareció de nuevo; estuvieron trabajando por la mañana el albañil y un aprendiz que venía con él y a la tarde desapareció de nuevo. 
Al cabo de varios dias, como no había trazas de que apareciese, lo llamaron de nuevo por teléfono. Después de mucha insistencia cogió la llamada lo justo para decir que estaba en el dentista que le estaban arreglando la boca.
- Bueno, pues no va venir con la boca anestesiada. ¿Y cuanto tardará? 

Y tardó, pero esta vez no cogía el teléfono. Finalmente a través de la famosa amiga de los de la comisión, que también era amiga de todos los del pueblo del albañil, se consiguió que el albañil volviera aparecer por la iglesia. Solo lo justo para volver a desaparecer.
- ¡Vamos tener que pedir a la virgen para que este preparada la iglesia para las fiestas patronales!

Y la virgen afortunadamente decidió tomar cartas en el asunto.
 
No entiendo porque que se levantaron tantas protestas cuando se arreglaron las paredes desconchadas de la iglesia y por pintar de blanco las imágenes y los restos de pinturas de unas mujeres planas y estiradas, y con ojos de desmesurados, que vestían con ropa de carnavales. 
 
Se protesta solo por maldad, porque como el día de la Santa caía a jueves, los vecinos de la parroquia se dividieron en dos grupos: los que querían la fiesta el día de la santa y los que la querían el sábado. Al final ganó la opción de hacer la fiesta el sábado para que pudieran asistir los familiares de vinieran de fuera del pueblo, dado que durante la semana la gente trabaja. Así, aquellos que habían perdido se vengaron aprovechando para criticar la decisión de pintar la iglesia de blanco.
 

Si alguien tenía derecho a protestar era el albañil contratado por la comisión de fiestas para arreglar la iglesia. Después de rogarle la comisión de fiesta que interviniese, porque no aparecía, intercedió la virgen; un día, cuando vino a recoger una escalera que tenía dentro de la iglesia, le cayó encima una imagen de la Santa aplastándole un pie. Y claro, en tocante a las decisiones divinas ni mu. El albañil, que no tenía seguro, vino a trabajar con el pie escayolado y terminó el trabajo antes de lo previsto. 
 A la hora de pagar se conformó con la mitad de lo que pensábamos que tendríamos que pagarle; y aún así por temor a que la virgen no estuviese conforme con el precio y le cayese encima del otro pie, el hombre se veía preocupado y no paraba de preguntar si nos gustaba como había quedado todo y si nos parecía muy caro lo que cobraba.
Al final para deshacernos del albañil decidimos invitarlo a venir a bailar el día de la fiesta.




mvf







viernes, 18 de diciembre de 2015

Una vez jubilado Rosendo





Una vez jubilado Rosendo tuvo el tiempo suficiente para dedicarse a hacer dibujos, entre ellos y sus favoritos los de pastoras inspirados en las modelos de revistas de propaganda y de los calendarios; una de sus aficiones secretas.
Empujado por su mujer, que no sabía que hacer con su marido todo el día en la casa, iba todas las mañana a comprar pinturas o pinceles a la librería, donde se entretenía viendo las portadas de las revistas bajo la atenta mirada de la kioskera
-No se puede ojear la revista. Si se abre se paga. !Y NO MANOSEE QUE DESPUES EL QUE LA COMPRA NO LE GUSTA!

o iba a preguntar a los vendedores de la tienda de pinturas del pueblo, sobre como lacar o pintar la chapa del coche con los mejores tonos, pensando sin decirlo en alguna modelo de revista de autos deportivos.
- ¡A ver si se decide, que aquí hay uno con prisa que viene en una ambulancia y tiene las luces encendidas!

Finalmente, con el pretexto de regalar un dibujo reciente a alguno de sus ex-compañeros o dejar prometido otro para el día siguiente, remataba su paseo de las mañanas aprovechando para hacer una visita al ayuntamiento y terminar allí sin hacer menos que nada.

Y asi, dedicado a hacer regalos a sus amistades, sin dejar a ninguna sin su obsequio, transcurrían los días de nuestro jubilado: por la mañana de casa a su antiguo trabajo y de su antiguo trabajo a casa, y por las tardes trabajando en sus dibujos;  pareciendo que para él la vida se había estancado en un remanso de felicidad perpetuo.

Llegado un momento se quedó sin compañeros a los que regalar.
La felicidad de Rosendo se vio truncada la mañana en que despues de sus compras, a la misma entrada del ayuntamiento le detuvo un mozarrón pelirrojo y de ojos azules, que nunca había visto, preguntandole: -¿que quería y en que podía ayudarle?
 Rosendo, con una sonrisa amable, le dijo que había trabajado durante muchos años en el ayuntamiento y que era costumbre de él acercarse por las mañanas a ver a sus antiguos compañeros. Pero el joven pelirrojo se mostraba indiferente a sus palabras. Tratando de poder superar la entrada al edificio, volvió a insistir diciendole que venía a ver a este o a cual...  personas que trabajaban en el ayuntamiento y que habían sido sus compañeros durante muchos años. Cuando hubo terminado, el joven sin apartar de su paso, con frialdad e indiferencia, le dijo entonces, sin ningún miramiento: - que por los que preguntaba, no estaban y que no les esperase; que mejor viniese otro día para no perder la mañana.
Al oír esto que tantas veces había dicho él a los vecinos que no eran bien recibidos en el ayuntamiento, Rosendo entendió lo que pasaba y dolorido se dio media vuelta para terminar su mañana sin la visita al ayuntamiento.  
Sin hablar con ninguno de los de la casa, Rosendo se encerró en su habitación pensando en lo que había pasado
- Esto pasa- se dijo por las ideas de ese nuevo alcalde de convocar una oferta publica para cubrir la plaza que había dejado vacante. Asi en vez de quedar un familiar de confianza o alguno del pueblo, acababa viniendo un desconocido de fuera, que a saber las ideas que traía. Ese joven ambicioso algún día le quitará la silla al mismísimo alcalde. 
y mientras pensaba con rencor en ese joven que le había impedido el paso en el ayuntamiento, y en el desprecio hecho a los mejores años de su vida dedicados a pasar desapercibido en su antiguo trabajo, empezó a recoger por su habitación los folletos de propagandas, las revistas de coches y su colección de calendarios, incluido el que hacía varios años le habían regalado en el taller donde llevaba el coche para pasar la revisión, uno de sus favoritos para copiar sus modelos femeninos; metiendolo todo en una bolsa para tirarlo a la basura.
 Lo hubiese hecho si su mujer, la zarza, que había entendido el delicado momento que pasaba por la vida de su marido, no se lo hubiera impedido al verlo abrir la puerta para salir a la calle.

- ¡Donde vas con eso. En esta casa no se tira nada. Deja ahí las revistas que valen para encender el fuego de la cocina!

mvf.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Rosendo






El marido de las zarzas se llamaba Rosendo. Un hombre bajito, regordete y muy amable que había trabajado en el ayuntamiento del pueblo, donde había entrado a trabajar de joven de conserje y por no cambiar ahí se quedó hasta que un día le dijeron que se tenía que jubilar.
Dado su carácter afable y para no molestar había sido uno de los que menos se había hecho notar en su trabajo, de hecho en la cena de su jubilación, después de las lisonjas y decir que el trabajo que había realizado en todos estos años se había sido ajustado a la discreción de su estatura, mucha gente conoció quien era el jubilado cuando preguntaban: - ¿porque ese señor bajito* y que no dice nada, no pone para el regalo de jubilación como los demás?
* Rosendo había sido bajito desde pequeñito, y no tenía ningún complejo por ser de baja estatura.  Aludía a ello entre bromas, diciendo que usaba la misma escalera que el más alto de sus compañeros, con los que trabajaba en el ayuntamiento, cuando había que subir alguna carpeta a la última estantería donde se guardaban los expedientes perdidos, y nunca se había mareado por ello.
A pesar de lo ingrato y poco destacable de su trabajo, durante más de cuarenta años, trato de ayudar a unos y a otros en la medida de lo posible y así cuando venían vecinos buscando soluciones para problemas y complicaciones les decía que este o cual, por quien venían preguntando del ayuntamiento, no estaba y que viniesen otro día para que no perdiesen el tiempo y a los vecinos que venían con lisonjas y regalos a los funcionarios, les hacía pasar sin más dilación, también para que no perdiesen el tiempo y no tuvieran que volver otro día.
Como fue que se hicieron novios Eulalia de las zarzas con Rosendo y se terminaron casando, es un misterio; aunque en los pueblos, cuando una quiere salir de la casa de sus padres tiene que arreglarse con lo que hay. De todas formas hay que dejar escrito aquí que Eulalia, al hablar de su marido, decía que su Rosendo era un hombre de sorpresas y acostumbraba a narrar con gran comedia, sin parar de reír en ningún momento, como el primer día que se conocieron, una vez casados; al tener a su reciente marido frente a ella, desnudo de los pies a la cabeza, tapándose pudorosamente con sus dos manos su pene, esperando permiso para meterse en la cama de su recién y única esposa, donde estaba ella tapada hasta el cuello con una sábana; al verlo con los pies descalzos en el suelo, sorprendida le dijo:
- ¿Pero aún eres más bajito?
Que Eulalia y Rosendo se querían, no había nada más que ver como todas las mañanas Rosendo salía corriendo de casa con una bolsa para hacerle la compra a su mujer y regresaba sin perder un momento separado de ella, y cuando algún vecino trataba de pararle para entablar conversación con él, al vuelo le decía:
- No puedo pararme ni un segundo, que mi mujer ha dejado la pota del café puesta encima de la cocina.


mvf.