martes, 24 de septiembre de 2019
domingo, 8 de septiembre de 2019
Una historia de Melquiades -1melquiades
A su alrededor, en la noche, revoloteban los mosquitos y un sin fin de insectos más; en el rio se oyó el chapoteo de una trucha que acababa de saltar en el agua, mientras se detenía por un instante el persistente croar de la ranas.
Acostó su grueso hocio y aspiró fuertemente, hasta llenar sus pulmones con el olor de la hierba.
Un joven autillo, posado en la rama de uno de los árboles de la ribera, que vigilaba la noche, dió una voz en la obscuridad advirtiendo al intruso que había invadido sus dominios.
Melquiades giró el cuerpo sobre si mismo, para restregarse con su espalda por el suelo e impregnar su pelo marrón pajizo, largo y rudo, con el olor de la hierba. Al terminar se volvió a incorporar quedando en la misma posición que antes.
La luna y el cielo estrellado estaba encima de él, mientras los murcielagos volaban encima de su cabeza, cazando su alimento en la noche llena de vida.
Estuvo sobre la hierba, oliendo el aire que tanto le gustaba, hasta que notó el frio de la noche; entonces se levantó, arqueó su cuerpo, y con una sacudida que empezó en la cabeza y acabó sobre su cola, moviendose de derecha a izquierda rapidamente, se quitó los restos de hierba y tierra que tenía pegados en su pelo.
Vovió a la orilla del rio, sus gruesos pies, que antes pisaban sobre la hierba humeda, notaron ahora la arena del suelo; el rió donde hacía un pequeño recodo hacía allí una pequeña playa de arena fluvial; se puso a trotar de nuevo, trás él se oyó la voz del autillo: un corto chillido agudo, quien sabe lo que le decía al verlo alejarse de su territorio.
Melquiades regresó al sendero por el que había bajado de la carretera. Iba al trote, feliz de su paseo nocturno, cuando al llegar a la altura de las casas próximas al cementerio, oyó unos gemidos lastimeros que llamaron su atención. Cambió su rumbo en dirección a donde procedían los gemidos.
El alambre de los lindes de la finca de donde procedían los gemidos le detuvo. Los gemidos venían de dentro de la propiedad de la campanera.
Estuvo un instante pensativo; no debía meterse en las fincas de los demás salvo que quisiera buscarse problemas. Pero los gemidos continuaban oyendose: seguramente alguién podría estar necesitando ayuda. ¿ y que dirían de él si se supiese que había estado allí y él no hubiera hecho nada?
mvf
lunes, 1 de julio de 2019
El final
El aire de la noche era fresco y el cielo negro brillaba con un color plateado.
Caminaba a la orilla de la carretera, empachada por el sabor de la sangre humana con la que terminaba de llenar su panza, y sin darse de cuenta del coche que se aproximaba a toda velocidad, la gata se metió en la carretera cruzando para el otro lado: seguramente tomó esa dirección para coger un sendero de los animales que bajaba al río.
El conductor trató de esquivar a la gata pero después de pasar por encima del animal, que reventó como un globo lleno que esparció su sangre en medio de la carretera; lo único que consiguió fue perder el control del vehículo; tras recorrer una decena de metros, dando eses sin control, terminó chocando brutalmente contra un viejo olmo, fuera de la carretera, y con el impacto del choque salió disparado de su asiento, rompiendo el parabrisas, quebrando su cuerpo mortalmente contra el árbol que terminaba de chocar.
A primera hora de la mañana, el panadero bajaba de su horno con la furgoneta llena del pan horneado por la noche, para hacer el reparto, y fue el primero que se encontró el coche accidentado. Se detuvo a unos metros del accidente y se acercó junto al coche destrozado contra el árbol; el cuerpo del conductor estaba tirado del otro lado de su coche, por lo que que no se podía ver desde la carretera; cuando el panadero descubrió al conductor muerto, regresó a la furgoneta, cogió el teléfono móvil que estaba en el salpicadero, encima de una libreta blanca donde llevaba la contabilidad de los panes que dejaba y que cobraba al fin de mes, y marcó el número de la policía. No tardaron en llegar. Después de enseñarles donde estaba el conductor muerto, esperó a que le tomasen declaración: el solo había encontrado el coche y descubierto el muerto; no había sido testigo del accidente ni sabía nada de lo ocurrido.
Después de terminar su declaración ya no le necesitaban. Apurado por el tiempo que había perdido, se despidió de los agentes para hacer su reparto; montó en su furgoneta y arrancó deteniéndose unos metros más adelante, frente a la casa de la ministra; bajó y se dirigió a la casa, pues había acordado, todos los días, a primera hora de la mañana, dejar dos bollitos y una barra pequeña; pero no estaba la bolsa de tela que le dejaban colgada en el pomo de la puerta, donde metía dentro el pan. Llamó al timbre y esperó; no respondió nadie a su llamada, y como había hecho otras veces se fue por la parte de atrás de la vivienda para mirar si había alguien levantado en la casa, a través de la ventana de la cocina; y desde fuera, descubrió al hijo de la ministra tirado en un charco de sangre en el suelo.
El panadero regresó al sitio del accidente, para contar a la policía su nuevo descubrimiento. En el lugar ya había llegado más gente: estaba la guardia civil de trafico y había parado también la furgoneta blanca de los hombres que arreglaban el tejado de la iglesia, y otras personas que se habían detenido a curiosear.
Y así se conoció también lo ocurrido en la casa.
Ese día, con la conmoción que produjo esta historia se comió más tarde en el pueblo por que el panadero, tuvo que ir contando lo pasado en la casa de la ministra; dando detalles y señas de todo lo que sabía, y así el repartó del pan terminó pasadas las cinco de la tarde.
El domingo siguiente, las zarzas, las decanas del pueblo, se sentaron un poco antes en el banco del crucero de la iglesia a la hora de la misa y dijeron que esto se pudo haber evitado si la hija de la bruja, que era la que estaba viviendo de alquiler en la casa de la ministra, se hubiera acordado de llevar con ella la gata negra cuando se mudó para la casa que compró al final del pueblo.
mvf.
lunes, 24 de junio de 2019
la noche
La niebla obscura había vuelto y con ella regresó el zumbido de la mosca, dando vueltas dentro de la obscuridad. Quería huir, pero sus manos no podían moverse, ni sus piernas correr para alejarse. Ese desasosiego de no poder escapar le perturbaba, le lastima y le producía cada vez más dolor mientras sentía como se ahogaba en el interior de la obscuridad.
Abrió los parpados para conseguir escapar; por la ventana de la habitación entraba una luz mortecina del exterior; sus ojos estaban vidriosos. llenos de venillas hinchadas.
Se irguió de la cama y salió de la habitación. Fue a la cocina. Allí buscó un cuchillo. El de filetear la carne asada le pareció más apropiado, lo cogió y salió de la cocina, con el en la mano.
Cuando entró en la habitación, su madre roncaba, semidestapada. Le tapó la boca antes de darle la primera cuchillada; odiaba que le estuviera besando continuamente. Sus ojos se abrieron sorprendidos sin poder decir palabra; solo podía ver como subía y bajaba el cuchillo que tenía su hijo en la mano, y sentir el dolor de las heridas que le iba abriendo en su pecho.
En la habitación de su hermana repitió la misma operación, pero esta vez usó una almohada para taparle la cara y no ver la mirada de estupor de sus ojos al recibir las primeras cuchilladas.
Esta vez todo fue más rápido y al terminar se sentó en la cama, a su lado, hasta que el cuerpo de su hermana se enfrió.
Regresó a la cocina manchado de sangre. Tiró el cuchillo al pilón del fregadero y abrió el grifo. Un chorro de agua cayó sobre sus manos arrastrando la sangre por el desagüé. Cuando el color rojo desapareció, cerró el grifo y se secó las manos con el trapo de la cocina.
Quería tomar un vaso de leche, pero al ir a abrir la puerta de la nevera, la gata se cruzó entre sus piernas haciéndole caer. No sabía de donde había aparecido.
Trató de echar las manos hacía delante para frenar su caída, pero solo vió con sus ojos como iba contra la mesa la la cocina. No pudo evitar el golpe que su frente dio contra la esquina de la mesa.
Cuando recuperó el conocimiento estaba tirado en el suelo, sin poder moverse. La sangre manaba a borbotones por la herida de su cabeza. Intentó levantarse, pero no podía mover sus manos; ni sus piernas le respondían. Sus ojos estaban abiertos pero la niebla obscura regresó igual, y con ella el zumbido que le había estado enloqueciendo, dando vueltas dentro de su cabeza, pero se fue muriendo poco a poco hasta poderse oír únicamente el débil latido de su corazón que se ahogó en la obscuridad.
Todo quedó en silencio.
mvf
martes, 18 de junio de 2019
la corriente del rio
Después de cenar, la madre se levantó de la mesa y fue a besar a su hijo en la cabeza, como despedida de buenas noches. Mientras tanto, él y su hermana continuaban sentados juntos, sin mediar palabra entre los dos, viendo la tele que había encima del frigorífico.
Pasado un tiempo, ella también se levantó.
—Hasta mañana. Cuando te vayas, deja recogida la mesa.
Sobre la mesa quedaban una botella de cerveza y las mondas de un peladillo, sobre un plato de porcelana blanca, que su hermano acababa de comer.
—No tardes mucho en ir a acostarte —fue su despedida antes de abandonar la cocina.
Continuó
un rato más frente al televisor; cogió la cerveza y tomó un trago. Por
lo general, se acostaba más tarde, estuviese la televisión encendida o
apagada.
A veces daba vueltas alrededor de la mesa de la
cocina, una mesa de nogal donde se sentaban los tres para hacer juntas
todas las comidas del día.
Cuando decidió irse para la cama, su hermana y su madre ya hacía rato que estaban dormidas.
Entró en la habitación, se quitó el albornoz que llevaba puesto y se tiró encima de la cama.
Era
media noche y apenas había movimiento en el exterior: algún coche
solitario que pasaba de vez en cuando y una hoja de periódico que
arrastró el viento hasta detenerse, abrazando con su pequeño cuerpo el
pie del tronco de un árbol próximo a la carretera.
Llevaba
más de una hora intentando dormirse, pero un zumbido había aparecido
poco a poco; era como si una mosca volase dando vueltas en el interior
de su cabeza, impidiéndole conciliar el sueño.
Decidió levantarse de la cama y empezó a dar vueltas por la habitación.
Acercó
su cabeza al cristal de la ventana cerrada y miró hacia el exterior; la
negrura de la calle estaba escasamente iluminada por una farola de
forja.
Recordó los gatitos del río.
A
primera hora de la mañana, en el desayuno, su madre y su hermana le
dijeron que había que hacer algo con los gatos del garaje. Eso fue todo.
Cuando regresó a su habitación, se vistió para dar el paseo por el
camino del río. Desde que vinieron de La Coruña, había empezado a hacer
el mismo recorrido todos los días: una vez por la mañana y otra vez por
la tarde. Al salir de casa, caminaba hasta llegar al camino del río,
después continuaba, cruzaba un puente y seguía por el camino ascendente
hasta llegar a una pequeña fuente de agua que, por lo general, estaba
seca desde los meses de verano. Luego daba la vuelta de regreso. Pero
hoy, antes de salir, fue primero al garaje, llevando una bolsa de
plástico, para coger los gatitos que la gata había dejado escondidos.
Estaban detrás de unas cajas de cartón, en las que habían traído sus
pertenencias de La Coruña.
Eran siete. Los fue metiendo
uno a uno en la bolsa de plástico. Tenían aún los ojos cerrados y apenas
protestaron con débiles maullidos.
Salió de la casa con
la bolsa en la mano y empezó a caminar. Al llegar a la altura del
puente del río, se acercó a la barandilla de madera y dejó caer la bolsa
al agua.
Flotó mientras se iba hundiendo como una
extraña embarcación de plástico que naufragaba, arrastrada por la
pequeña corriente del río, hasta que los gatitos se ahogaron.
mvf
jueves, 6 de junio de 2019
los regresados
Regresaron la primera semana de octubre, en un turismo azul cargado de maletas.
—¡Por fin llegamos! —exclamó la hija cuando se detuvieron delante de la casa de la ministra, después de dar varios rodeos para llegar allí.
Bajaron del coche.
—¡Hija, la casa está como siempre! —exclamó la madre.
El hijo abrió el maletero para sacar un par de pesadas maletas y siguió detrás de su madre y su hermana, que caminaban en dirección a la casa.
Al abrir la vieja puerta de la entrada, un aire gélido les dio en la cara.
—¡Lo primero, abrir todas las ventanas para que se airee la casa! —dijo la hija, sorprendida por el olor rancio y mohoso de la corriente de aire que acababa de recibir.
Al día siguiente llegó un camión cargado de muebles viejos con dos hombres fornidos que pasaron todo el día descargando y metiendo los muebles dentro de la casa. Dejaron enterados a los curiosos de que tanto ajetreo se debía a que los nuevos vecinos venían de La Coruña, eran del pueblo y habían regresado para quedarse.
Al cabo de unos días, el panadero, mientras hacía el reparto matutino con su furgoneta, se detuvo frente a varias casas del pueblo y no pudo evitar compartir lo que había descubierto. Los recién llegados le habían pedido expresamente que dejara pan cada día en casa de la ministra. Fue entonces cuando aprovechó para preguntar y acabó enterándose de todo: los de La Coruña eran familia de la ministra, y habían vuelto al pueblo para quedarse a vivir; la casa había quedado libre justo después de que la antigua inquilina se marchara porque había comprado una casa nueva. Así lo fue contando a sus clientes, entre entrega y entrega, mientras el rumor se extendía por las calles del pueblo.
Resumiendo: la madre de los regresados era hija de la ministra. El mote le venía a la familia, porque la ministra había sido sirvienta en la casa del cura, donde se encargaba de los conejos y las ovejas de la rectoral; y alguien había comentado que todo iba muy bien hasta que, llegado un tiempo y para evitar habladurías, el cabeza de familia de la parroquia había tenido que deshacerse de la gobernantaduría* de la rectoral abriendo una mercería en La Coruña.
La hija de la ministra había sido la última regenta del negocio puesto por su tío abuelo, y al haberse jubilado, traspasó la mercería y decidieron venirse a vivir al pueblo, porque la hija de la bruja, que les tenía la casa de la ministra alquilada, se había mudado a la casa nueva que había comprado.
Las zarzas se pasaron toda una tarde sentadas en el banco del cruce que está al lado del puente; porque después de su llegada se vio pasear por allí, con las manos cogidas por detrás de la espalda y la cabeza gacha y cejijunta, al hijo, es decir, al nieto de la ministra. Y aunque pasó varias veces por delante de donde estaban ellas, sin pararse para hablar ni saludar a las decanas de la región, las zarzas confirmaron que este tenía la misma nariz y un peculiar andar, ladeando la cadera a los lados, idéntico al andar del antiguo cura del pueblo; aunque se veía que le faltaba un soplo.
continuara.
viernes, 12 de abril de 2019
La reunión en el sotano
Al ver aparecer Romero todos pusieron cara de satisfacción pues sabían que era el de más fiar. Romero se daría muerte antes que dejarse coger para ser torturado y morir en el garrote vil por sus multiples crimenes. Y que mataría a cualquiera de ellos que se fuera de la lengua o supusiera un peligro, para él o para los demás.
Con su aparición todos callaron pues era el último que faltaba para dar comienzo la reunión; entonces, asomó un hombre que hasta ahora había estado escondido en la obscuridad, escuchando a los presentes sin dejarse ver.
Los asistentes se despidieron y fueron saliendo de la bodega por el patio de atrás de la casa, y de allí, amparados por la obscuridad, escaparon por las huertas de regreso a sus casas.
- Nosotros te conseguiremos la dinamita - le respondieron - pero ahora no te podemos decir nada más- y después de decir esto, los dos hombres montaron en sus bicis y continuaron su camino.
mvf.