lunes, 18 de julio de 2011

silos de maíz 10º

Al lado del camino, que sube entre campos de maíz en dirección al monte mayor, estaba la casa del tío Eulogio. Antes de llegar en coche a la casa aparecía a un lado varios silos abiertos de maíz forrajero; sobresalían en el terreno cubiertos de plástico negro los que quedaban del año anterior. Aquí se cultiva bastante el maíz para forraje y se pica, ya crecida, la planta entera en verde en el mismo campo y después se almacena guardada en silos para el consumo del ganado, en especial para las vacas lecheras.
Había una construcción pegada a la casa, cubierta por un tejado, que sirve de almacén para guardar la leña; y el establo del ganado, que había que atender todas las horas, de todos los días, de todos los años. Frente a la casa se veía el tractor con el motor de arranque desmontado, que yacía tirado encima de unas tablas que hacían de banco de trabajo.
Al oír el ruido de la llegada del coche el tío Eulogio salió detrás de las cuadras con unas botas de goma, pues andaba con el abono del ganado. Al ver a Quasimodo le saludó y le invitó a entrar en la casa a tomar una copita de aguardiente. Quasimodo ya había tomado en el bar del pueblo pero aceptó tomar un café con leche.
Quasimodo estaba sentado en un banco de la cocina, pegado a una vieja mesa de castaño que estaba cubierta con un mantel hule de plástico con unas enormes flores parecidas a girasoles.
El hombre le arrimó unas botella de coñac y otra de aguardiente, por si quería tomar una copita, mientras él calentaba el café; en un momento se dió la vuelta y puso una vieja caja de lata que contenía galletas.

- A ver tío Eulogio, que me han dicho que te han robado - Preguntó de repente Quasimodo.
El caso es que al tío Eulogio por las noches le venía el jabalí y le destrozaba la huerta levantandole toda la tierra pues lo que mas le gustan a estos bichos es escarbar con el hocico en busca de raíces y tubérculos que comer; harto del destrozo que le venía haciendo el jabalí, y después de haber probado sin resultado con alambradas y con el pastor eléctrico, había decidido dejarles en medio del campo una radio vieja encendida con la cope hablando de política toda la noche.
La radio estuvo vociferando hasta la mañana que el aparato callo y desapareció.
Cuando se despidieron y Quasimodo bajaba de regreso en el coche, al salir de la finca pudo ver un letrero que ponía a modo de advertencia:


Ladrón de la radio
tu vida peligra



Más arriba, por el camino que se llegaba a la casa del tio Eulogio, se daba la vuelta a la ladera del monte y se llegaba a un mirador desde donde se podía ver el océano. A veces, en las noches mas claras y por el reflejo del agua, se podía ver desde allí un destello intermitente que los pescadores decían que era la luz del faro del fin del mundo. Cuando esa luz se veía, en poco tiempo las gaviotas regresaban a tierra adentro, el cielo se llenaba de nubes negras, y una horrible tempestad despertaba la furia del océano rugiendo monstruosamente mientras sus aguas negras golpean con dureza las rocas de la costa; la tempestad no paraba hasta que había cobrado una o más vidas humanas en la costa de la muerte.



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