lunes, 17 de diciembre de 2012

el viaje en el mar 10


Cuando la rusa y los hermanos de la batea habían entrado en el interior del minisubmarino, el  furgo, que quedaba en tierra, manipuló un mecanismo y entonces el navío comenzó a deslizarse por la pendiente de la rampla de madera, que habían construido, para meterlo en el agua.
A medida que el minisubmarino iba entrando  se fueron produciendo suaves ondas en el agua que se alejaban distanciándose por la superficie, haciendo bailar el brillo de la luna en la ria.
Entonces cuando había terminado completamente la improvisada botadura, la rusa asomó por una escotilla que montada en la parte superior de la nave, y le hizo una seña al furgo  de que todo estaba bien, despidiéndose de él, después se introdujo de nuevo en el interior del navío, cerrando la escotilla. En un instante comenzó un suave traqueteo, del motor de gasóleo que habían instalado para navegar en la superficie, y la nave comenzó a moverse.
Durante algunos momentos los murciélagos, en su persecución por los insectos nocturnos, trazaron círculos en sus vuelos tomando como referencia la parte que asomaba de la embarcación y los árboles que escondían el improvisado embarcadero de los ojos ajenos. Los círculos de los vuelos aumentaron a medida que la embarcación se separaba de la orilla y la distancia se iba haciendo mayor, hasta que llegado un momento los murciélagos y su chillidos desaparecieron dejando a la nave sola con el ruido de su motor, que aprovechando la salida de las aguas de la ría en la bajamar era rápidamente arrastrada hacia el océano.
La danza de las estrellas acompañaba el vaivén de las olas. El frio se acompañaba con el silencio de la noche. Habían pasado dos horas desde que comenzara la aventura y ya habían perdido el brillo de las luces mortecinas de la costa. Ya estaban en altamar; se silencio el motor y nuestros amigos esperaron a la hora convenida.
Al cabo de un rato pudieron ver una luz que se encendía y se apagaba, era la señal convenida que haría el barco, para recoger la mercancía, que de paso les serviría de guía. Pusieron dirección hacia la luz y reanudaron su viaje. En el silencio de la noche apenas se oía el leve traqueteo del motor de la embarcación y el ruido de agua.
Así que se fueron aproximando al barco pudieron leer su nombre en la proa: el barco se llamaba la hispaniola.
Cuando se tocaron las dos embarcaciones, una cabeza asomó desde la parte superior del casco del barco, el erizo asomó por la escotilla de su embarcación, y después de darse las señas convenidas alguien les echó una cuerda para amarrar el minisubmarino, y les tiró una escalera. Entonces el erizo, cuidando de no caerse al agua por su pata ortopédica, se encaramó por la escalera de cuerda, subiendo a la cubierta. 
Una vez en el barco un hombre, con un loro encaramado en su hombro izquierdo, que dijo ser el capitán, se le acercó y le saludó diciéndole que no contaba con verles, y que por lo que le habían contado sobre ellos y la idea descabellada del sumergible, esperaba que se hubieran hundido en las aguas del océano.



- Quince hombres en el cofre del muerto…

¡Ja¡ ¡Ja¡ ¡Ja¡ ¡ Y una botella de ron ¡.

 Cantó el loro, garritando con su voz.
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