martes, 29 de enero de 2013

El autobus rojo 16


Un día alguien decidió la jubilación del autobús viejo. Entonces fue cuando se compró el autobús rojo. No se sabia cuantos años tenía aquel autobús, ni de donde había venido, ni que viajeros estuvo llevando. Se compró a un precio ventajoso y se convirtió en el nuevo autobús de nuestro ayuntamiento.
Hacía el transporte escolar recogiendo los niños, que esperaban su paso para ir al colegio; llevaba el equipo de fútbol del pueblo, a jugar los partidos fuera; hacia la ruta los días de entierro, o cabo de año, recogiendo la gente por los pueblos y trayendolos después de regreso. cabo de año* misa que se hace por el difunto al pasar un año; y hasta servia para recoger los vecinos los días de votaciones, que muy amablemente ponía gratuito el ayuntamiento y les regalaba la papeleta también.
En poco tiempo el autobús rojo era indispensable en nuestra comunidad. Que si unas ruedas que había que quitar para llevar a recauchutar; que si unos frenos que no iban bien y había llegado el momento de pasar la revisión; que si ... con cualquier causa que motivase su fuera de servicio se interrumpía la vida social del pueblo y dificultaba inesperadamente cualquier negocio que se estuviese llevando a cabo y fuera necesario desplazarse. Por eso todo el mundo estaba pendiente de sus achaques, y así fue que cuando el mismísimo Don Sebastian, el cacique del pueblo "que no se quería morir", estaba moribundo, su mujer, la tía la rica, se acordó del autobús y pidió que viniera un mecánico de la capital para hacerle una revisión.
No fuera que se perjudicase el entierro por alguna circunstancia mecánica.
Cuando hacia el transporte escolar, el autobús se aproximaba a las paradas, reducía la velocidad hasta detenerse suavemente frente al colegio, abría las puertas y subíamos a el; y así hasta que llegábamos a nuestro destino. Enfrente al colegio abría las puertas y bajábamos  desparramados a la entrada del centro, pero allí esperaba la hora de entrar y nos íbamos poniendo en fila, vigilados por alguna profesora; se abría la cancilla que daba acceso al colegio e íbamos entrando para dentro del recinto escolar.
Un día, después de bajar todos los niños, cuando autobús cerró las puertas y empezó a arrancar me di cuenta que había dejado la mochila de los libros dentro. Empecé a correr con el autobús. Yo le iba dando golpes a la puerta delantera, por la que entran los viajeros, y hacia señas al conductor para que parase y me dejara coger los libros. Pero por más que golpeaba con la palma de la mano en el cristal de la puerta y agitaba el brazo, el conductor miraba para mi y me hacia señas de despedida. Tuve que apartarme cuando la velocidad aumentó dejándome a mi detrás.
Estaba paraba en medio de la carretera viendo como el autobús marchaba, y grité fuertemente - ¡ Mi mochila, mi mochila !
Quasimodo, y otros niños jugaban a la pelota. El autobús aún no había cogido velocidad y cuando me oyó gritar echó a correr y se puso en medio de la carretera haciéndole señas al conductor que parase. El conductor así que lo vio en medio de la carretera pegó un frenazo, y el autobús se detuvo quedando a unos pasos de distancia de quasimodo.
Todos los niños miraron asombrados el acto de valentía de quasimodo con el autobús parado en medio de la carretera .
El autobús abrió la puerta y mientras bajaba el conductor que no me prestó ninguna atención yo subía a recoger mi mochila del asiento en que había quedado. Y corrí toda contenta, con la mochila en la mano, tras mi fila que acababa de entrar en el colegio.
Atrás quedaba el conductor y el conserje del centro educativo , y los oídos de los niños que aún quedaban fuera, escuchando la regañina que le estaban dando a Quasimodo. 
Y al final  - ! Iras al despacho de la directora, ya ella sabrá que hacer contigo ¡ - gritaba el conserje, tirando de él por un brazo, para que le acompañase al centro.
Nuestras caras mudaron del asombro que pusimos por que hubiera   detenido el autobús en medio de la carretera, a horrorizadas con la reprimenda que le iba a caer a Quasimodo por su acción.
La directora era una vieja maestra, bajita, con cara de perro de presa y voz explosiva, que nos tenía a todos amedrantados.
Entramos todos al centro y nos dirigimos a nuestras aulas. En la hora del recreo, me di cuenta que Quasimodo no estaba; y no fui la única, pero nadie dijo nada porque supusimos que estaba con la directora y que le habría castigado sin recreo, pero al terminar las clases y salir del colegio, Quasimodo tampoco apareció para subir en el autobús. Ese día, en el autobús rojo, hicimos el trayecto de regreso en silencio. Íbamos bajando uno a uno en nuestras paradas, y despidiéndonos de nuestros compañeros sin saber si al día siguiente volveríamos a ver a nuestro fiel compañero. Seguramente la directora habría cocinado o despellejado lentamente a Quasimodo por atreverse a detener el autobús rojo, y probablemente nunca más lo volveríamos a ver.

martes, 22 de enero de 2013

el piano 15


En dirección al ayuntamiento, cuando van por  el paseo del rio, Marise decide descansar y  se sienta bajo un viejo tilo que da sombra a los caminantes. El perro la imita, y mientras marise esparrama sus abundantes posaderas en la piedra que le sirve de banco, el perro pega su piel en la carretera, ahuecandose nuevamente, pareciendo una alfombra raida a sus pies.
Marise saca de su bolso un teléfono de bolsillo dorado. Marca un número, el número corresponde al teléfono del  ayuntamiento de su pueblo, y espera a que haya señal desde el otro lado; su intención es acercarse con el perro y ver a quasimodo.

Al oír que se descuelga el teléfono, al otro lado de la linea, espera unos segundos y como no tiene respuesta pregunta: 
 
Marise : - ¿ Es el ayuntamiento ?.
Voz : - No. Soy el conserje.
Marise : - ¿ Me puede poner con protección animal ?
Conserje: - ¿ Por qué; le persigue alguna alimaña ?
Marise : - No. Es porque encontré un perro perdido.
Conserje : - Pues aquí no lo perdió nadie, que me hubieran mandado a mi ir a buscarlo.
Marise : - No digo que sea de uds, es que lo encontré en la calle y quería entregarlo para que alguien se haga cargo del pobre animalito.
Conserje: - Pero el ayuntamiento está lleno de perros y gatos, en este momento.
Marise: - Ya, pero este ha sido encontrado y quería llevarlo a la perrera.
Conserje : - ¿La perrera? Bien. Voy a tratar de pasarle desde aquí a ver si le puede atender alguien .
Marise: - Gracias.

Se hace el silencio y empieza a sonar una melodía de espera. Es un conocido adagio que suena como si fuera tocado con un dedo sobre un piano de juguete comprado en una tienda de todo a cien.

Otra voz: - ! Diga ¡.
Marise: - Buenas, es que he encontrado un perro y quería que me lo recogieran en el ayuntamiento.
Voz : - ¿Donde lo encontró ?
Marise ( piensa en decir que cerca de su casa y explicar sus señas, pero como es sobradamente conocida, cambia de opinión ): - Estaba en la carretera, cerca del desvio a la casa de los de la labrada.
Voz : - Esa carretera es de la diputación es allí donde tiene que llamar para que se hagan cargo ellos del perro. 
Marise: - No estaba mismamente en la carretera; sobresalía de ella, y me parece que eso corresponde al ayuntamiento.
Voz ( contrariada con la respuesta de marise ) : - Voy a pasarle a otra dependencia a ver si le pueden atender allí. 
 
Se hace el silencio de nuevo en el teléfono y nuevamente comienza la misma melodía. Marise,  mientras escucha,  piensa en alguien con una toalla a la cabeza tocando un pianillo de juguete. 
 
Otra voz: ( está vez la voz suena joven y amable ) :  - ¿ Diga ?
Marise:- Es que he encontrado un perro perdido...
Voz ( le interrumpe ) : - ¿ Esta ud segura ?. Antes debería aclarar su situación porque tenemos un modelo diferente para cada caso
Marise ( sorprendida ): - ¿ A que se refiere?
Voz : - ¿ El perro está perdido, abandonado, o extraviado ?
Marise: - ¿ Y como distingo eso ?
Voz : - Por la mirada,
Marise ( después de mirar al perro ) : - Para mi que está perdido.
Voz : - Aja, ¿ y el perro se perdió el o lo extravió su dueño ?.
Marise ( después de ver la mirada del perro ) : - Para mi que el esta extraviado.
Voz : - Señorita, ha pensado ud que podríamos estar impidiendo al perro que encuentre su camino de regreso a casa.
Marise ( con voz de sorpresa ) : - ! No ¡.
Voz : - El dueño pudiera no estar muy conforme con le pusiera una cuerda al cuello al animal y que lo traiga al ayuntamiento para que lo recojamos; el animal así no tiene posibilidad de encontrar el camino de nuevo y poder regresar a su casa.
Marise ( perpleja ) : - ! Ah … ¡
Voz (continua, aprovechándose de la perplejidad de marise) : - Incluso a pesar de sus buenas intenciones le podrían denunciar a ud por secuestro y maltrato animal, e incluso nosotros la podíamos detener por habernos traído el perro aquí .
Marise ( queda muda )
Voz ( al no oir a la persona con la que hablaba termina la conversación diciendo ) : - Mejor es que suelte al perro

Se hace el silencio en el teléfono y comienza de nuevo la musiquilla. Ahora marise se imagina a la misma persona tocando el teclado eléctrico, y decide tirarle por la toalla que se enrosca en su cuello axfisiandole.
 
Conserje ( recoge la llamada perdida en la centralita ) : - ¿ Diga ?
Marise : - Tengo un perro extraviado ...
Conserje : - ¿ Sigue ud ahí ?
Marise ( insiste ) : - ¿ Y que hago yo con el perro ?
Conserje: - Mejor es que suelte el perro y sino pruebe ud mañana.

Teléfono : - !Clic ¡.



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martes, 15 de enero de 2013

El perro 14


Ocurre en los pueblos que la vida transcurre apaciblemente sin que pasen apenas incidentes, y las personas miden el tiempo con la costumbre de que a este día o aquella semana, o a tal o a cual hora, ocurra esto o aquello.

De repente suenan los bocinazos de un coche en la calle y … atento oido. Con los bocinazos se anuncia la llegada del panadero, el cartero, el pescadero, los de la chatarra comprando colchones viejos de lana u otros enseres que han devenido inútiles con el paso del tiempo, o que acaba de llegar mi padre, o la protesta del vehículo de algún desconocido, porque se ha encontrado en su camino que alguien ha dejado el coche aparcado en la calle, frente a su casa.

Nosotras, las mujeres, que somos más inteligentes que los hombres, no solo sabíamos quien era quien, al oir el bocinazo en la calle, sino que teníamos la bolsa y la lista preparada para salir a la calle con la bolsa y la bata para cada caso.

Bocinazos y maullidos de gatos. Es el marido de Ligia, la hermana de Thelma, que acaba de parar al otro lado de la carretera, con la furgoneta del pescado; y toca la bocina del coche repetidas veces. Tiene prisa en acabar la ruta para regresar a casa.

Mi madre me dejó la nota en la mesa de la cocina, cuando ella y mi padre marcharon a enterarse de no sé que problema con un viaje a altamar y la compra que había que hacer de la imagen de un San Antonio milagrero - cojo la nota y salgó a la calle con mi bata color rosa Porriño,  para comprar pescado.

Esperando  a la cola de la furgoneta mi vista se pierde por el camino y veo, tumbado en medio de la carretera, un perro viejo, de esos que  apartados de la sombra se pegan en el asfalto y se ponen a contar horas sin que pase nada.

- El perro estaba impertérrito, indolente, ahuecado, parecía una piel pegada en la carretera de la que asomaba una cabeza, viendo con sus ojos como la gente que esperaba su turno para comprar el pescado, había irrumpido la monotonía del momento. 


Nada ocurre por que si. El estado de desidia en que se encontraba el animal, me hizo reflexionar sobre como pasaba la vida ante mis ojos sin que yo hiciera nada al respecto. Como todos saben, excepto Quasimodo, nuestro destino es el estar unidos para siempre. Aunque a veces pienso que él lo sabe y está aprovechando sus años de soltería, mirando para otras chicas que no son para él. Algo que jamás le permitiré después.
  Y mientras él disfruta, una misma, sin ansia de protagonismo, deja pasar el tiempo sin que nuestro destino, indiferente, haga ningún tipo de movimiento en forma de encuentros accidentales, tropezones fortuitos, casualidades inesperadas ... para que nuestras vidas se junten definitivamente


- Es tanto, Marise -  me dijo el marido de Ligia, esperando que le pagase, después de entregarme la bolsa con el pescado de la nota de mi madre.


Pagué y regresé para casa. Era el momento de tomar las riendas de la situación y poner algo de acción en el destino de Quasimodo y yo, o me vería en la misma situación que el animal.

Dejé el pescado en el fregadero de la cocina. Y fui directamente a otra parte de la casa, donde está el tendedero, para quitar una de las cuerdas en las que mi madre colgaba la ropa. La ropa podía esperar; era una oportunidad inesperada y no tenía mucho tiempo para actuar. Volví a salir a la calle y mientras me acercaba al perro, con mi bata de los días de pescado y la cuerda enrollada en la mano, miraba para los lados haciéndome la despistada, para ver si había algún testigo en la calle.

- El perro sin despegar el cuerpo del suelo de la carretera miraba como marise se le acercaba con su bata de color rosa porriño.

Y cuando llegué junto a él le hice un lazo al cuello con la cuerda del tendedero, y el animalito se levantó fieramente con un largo bostezo. No parecía muy molesto porque le hubiera arrancado de su trabajo vocacional, al contrario empezó a mover la cola, feliz por haber llamado la atención de alguien, 

Tiré de el, y los dos marchamos en dirección al ayuntamiento .


- El perro, al ver el abundante cuerpo de Marise, dio por seguro que sus días de penurias habían terminado. 
 
 
 
 
mvf.
 
 

 

domingo, 6 de enero de 2013

cienfuegos 13



Cienfuegos de niño se escondía para que no le molestasen los demás niños y, con cualquier trozo de madera que podía encontrar, poder hacerse juguetes y figuras con formas humanas

Cuando los demás niños se enteraron de su habilidad, le iban a buscar a la playa trozos de madera que el océano devolvía a la tierra.
- ¿ Cienfuegos, me haces algo con este trozo de madera que he encontrado ? 
Y él, entre resignado y orgulloso de su habilidad,   aprovechando la forma de la madera,  tallaba para los otros niños: muñecos, caballitos, trampolines. Recortaba la forma, le hacia dos agujeros y por ellos entraban los ejes de las ruedas, y ya estaba hecho un coche ; espadas, tirachinas, arcos . Estrellas de mar .
De mayor aprendió por su cuenta  ebanistería y hacía muebles, estanterías, lámparas … hasta podría haber pensado en poner un puesto en la feria. Hasta que llegado un momento, en casa se acordó que todo eso podría ser si no fuese uno de los de la batea.

Pero su verdadera especialidad eran los rostros de personas.
Cienfuegos iba a la playa con la marea baja los días de oleaje, que es cuando el océano en su retirada de la tierra,  devuelve los trozos más grandes de madera, y en el taller, que con el tiempo había montado en unas de las dependencias de los bajos de la casa familiar, cogía su gubia y empezaba a tallar rostros o hacer bustos de personas desconocidas . Decía que todos las caras salían de su mano sin que el tuviese intención ninguna, y sin que hubiese visto jamás personas parecidas. Pero los vecinos tenían otra idea y decían que era cosa de brujería, porque todas las personas eran seres que habían vivido y existido en otro tiempo y en otras tierras.

El día posterior a la odisea del minisumergible, cienfuegos se encerró en su taller por la mañana y empezó hacer una nueva talla, mientras recordaba los extraños golpes que habían escuchado, como si alguien quisiese saber si estaban aún con vida cuando estaban hundidos en la ría, y como para sorpresa de ellos, cuando habían echado todo por perdido, se había puesto en movimiento el sumergible y empezado a moverse lentamente de tan extraña manera; y como finalmente atados a una cuerda mejillonera, extraviada de una batea, acabaron siendo extraídos del agua por el guardia civil marcelino.

Cuando terminó su talla, había dado forma a la cabeza de una mujer con el pelo largo y enracimado con algas del océano, del tronco de un árbol, un viejo tejo milenario, que el océano había devuelto a la tierra sin saber su procedencia.
Al terminar la cabeza, le pintó los iris de los ojos de color verde brillante como los ojos de las sirenas oceánides.


Pd . corregido el comienzo erroneo de la historia , lo siento.

miércoles, 2 de enero de 2013

la decisión 12


La luz del faro giraba en silencio, rotando en la obscuridad, cubriendo una amplia distancia, de noche y océano.
Esa noche en la ria Marcelino, el guardia civil, estaba de servicio patrulla. Su compañero un veterano ya entrado en años, después de tomar unos cafés fríos entre los dos, se había quedado durmiendo en el antiguo edificio que había servido durante muchos años como refugio a los pescadores.
 Marcelino, no podía pegar ojo, cargado de preocupaciones por la proximidad de la fecha de su boda, en que pasaría, cogido de la mano de su suegro, a buen recaudo y vigilancia,  de su futura mujer, suegra, tías de la novia … así que había cogido el coche patrulla, mientras su compañero dormía, y se había dirigido a dar una vuelta por la costa.
Ya cuando venía de regreso a recoger a su compañero, desde el coche vio el bulto que asomaba en el agua; detuvo el coche patrulla a un lado de la carretera y bajó andando hasta la playa, con el cuidado de no mojarse con las olas, para divisar mejor su descubrimiento. Había una cuerda, de las que se usaban en las bateas para criar los mejillones y al tirar de ella pudo observar como iba trazando una línea en dirección a la extraña sombra.
Marcelino fue por el vehículo y bajó con el a la playa. Ató la cuerda con el gancho del todo terreno y comenzó a tirar de ella hasta que el bulto empezó a sobresalir del agua, y aproximarse a tierra, cogiendo forma de un gigantesco cohombro marino.

Al llegar a tierra, el gigantesco cohombro se mantuvo silencioso, mientras las olas que terminaban por morir en la arena de la playa lo mantenía con un ligero vaivén.
Marcelino, viendo los contornos, llegó a la conclusión que el extraño e inmenso cohombro marino, no era más que un furgón engomado, que estaban pasando de contrabando; hasta que inesperadamente se abrió una extraña entrada, que era como un ombligo, o una boca negra, por la que al cabo de unos segundos empezó a salir una mujer con acento extraño, y después, ante su perplejidad, terminaron por salir los dos hermanos de la batea.

Marcelino mantuvo un rato a sus vecinos a raya, mientras les apuntaba con la luz del foco de la linterna, pensando en lo que tenía enfrente a pesar de la sabiduría con que sus superiores le habían encomendado, hasta llegar el día de la boda, la vigilancia en áreas remotas y perdidas de la costa donde nunca pasaba nada.  Entonces llegó a la conclusión de que este trabajo no era para él, que de una u otra manera esta situación le acabaría perjudicando, así que, por primera vez en su vida, decidió hacer la vista gorda, para evitarse todo el papeleo, y que no iba a casarse.
Y con el agradecimiento de los salvados,  ayudó a todos a regresar a su casa, pidiéndoles que tenían que hacer desaparecer de la playa el cohombro lo antes posible.

martes, 25 de diciembre de 2012

el regreso 11

El capitán gruñía por tener que estar al frío, a altas horas de la noche, en la cubierta, mirando toda la operación. Tenía un viejo mapa, de origen desconocido, oculto en un bolsillo de su chaqueta, y en sus intenciones estaba el marchar, sin más tardar, rumbo a las islas tropicales; para él le estaban haciendo perder el tiempo, y deseaba que se los tragase el océano a todos. Sin parar de gruñir le hizo una seña al erizo y llevó a nuestro amigo a un camarote de proa, proximo al puente de mando. Una vez dentro, del interior de un mueble, sacó dos vasos y una botella de ron; bajo la atenta mirada de su loro, que subido a su hombro no quitaba ojo de la bebida, llenó de liquido los recipientes y después de cogerse él, uno de los vasos, le ofreció el otro al erizo para que bebiese y entrase en calor con el alcohol.
El erizo, no podía faltar a la hospitalidad marina y de un solo trago vació el vaso, pero la bebida le amargó la garganta, porque nuestro amigo no acostumbraba a beber aguardiente de caña; entonces, salió del camarote yendo a asomarse por la borda para ver el trabajo que iban haciendo.
El submarino emergió lo suficiente para abrir una compuerta por la parte posterior, donde habían estado las puertas de atrás de lo que había sido anteriormente un vehículo. Y mientras los marineros del barco empezaban a bajar la mercancía, que habían venido a recoger nuestros amigos, y se iba distribuyendo en el interior del sumergible siguiendo las instrucciones de la rusa, a fin de conservar la estabilidad del sumergible. El erizo llamó a su hermano, cienfuegos, para que subiese y trajese con él una botella de licor café.
Regresando al camarote, junto al capitán del barco, los dos hermanos le ofrecieron que probase el liquido de la nueva botella . Y mientras intercambiaban los marineros sus bebidas, en el mini submarino, se terminaba la operación de distribución de las cajas con su misterioso contenido.
No tardó en vaciarse la botella de nuestros amigos, y la conversación entre ellos y el capitán se había animado bastante, cuando un marinero del barco abrió la puerta del camarote y les dijo que ya habían terminado.
Entonces nuestros amigos se despidieron para regresar a su navío.
La rusa terminaba de supervisar las baterías y los motores eléctricos, por si tenían necesidad de ir de regreso los veinte mil metros bajo el mar, cuando regresaron los dos hermanos.
El capitán, que por efecto del licor, había mudado su opinión sobre ellos salió para despedir a sus amigos, y desde la borda les dijo que esperaba verlos de nuevo algún día con una caja de licor café, deseándoles, ante el estupor de su tripulación acostumbrada a sus gritos y malos modos, buena suerte y que no se hundieran en medio del mar.

Los marineros empujaron el sumergible con unas pértigas para separarlo del casco del barco, y nuestros amigos no tardaron en alejarse y comenzar su regreso.

El loro, después de recibir un manotazo del capitán, para que dejara de meter el pico y mojarlo en el licor café, en el vaso que aún llevaba en la mano con restos de bebida, se había encaramado nuevamente en el hombro de su dueño, y mientras desaparecían en la noche, después de dar unos chasquidos con su pico, les despidió con la siguiente canción :

Quince hombres en el cofre del muerto…
¡Ja¡ ¡Ja¡ ¡Ja¡ ¡ Y una botella de licor café ¡.


Eran casi las cuatro de la noche cuando en la lejanía se comenzó a ver una luz que fue en aumento. La luz giraba como una espada segando la obscuridad; era la del faro que les serviría de guía, para su regreso.
Como calculan los marinos expertos en las cosas del océano, el horario de partida y de regreso, se había hecho coincidir con las mareas, de tal manera que si las aguas de la bajamar, en su ida al océano, les había facilitado la salida de la ria, ahora la pleamar les facilitaba el regreso con la entrada de nuevo de las aguas al interior de la ria; esta vez a la playa que habían elegido para descargar la mercancía y donde el furgo les estaba esperando con una camioneta.
Ya estaban entrando en la ria cuando se metieron dentro de un banco de niebla. El erizo asomaba la cabeza por la escotilla, de repente el viento cambio y el banco de niebla se hizo más espeso. Al cabo de un rato, sin apenas visión dentro de la niebla, oyeron el sonido de los motores de una embarcación, y ruidos y voces de hombres gritando. Nuestros amigos decidieron navegar silenciosamente con los motores eléctricos para pasar desapercibidos. El erizo se metió dentro y decidieron cerrar la escotilla y sumergirse para pasar cerca de la otra embarcación, que pensaban que sería de la guardia civil, que estaría patrullando por la costa.

Ahora navegaba silenciosamente, con los motores eléctricos, … Ya llevaban quince minutos, y cuando calculaban que habían pasado, dejando atrás la otra embarcación, se dieron cuenta que está había girado y ahora parecía perseguirles por encima de ellos; de repente la onda de una explosión en el agua sacudió el submarino, después vino otra más fuerte.

Nuestros amigos se asustaron y la rusa, abriendo unas llaves, llenó de agua los depósitos, para descender a más profundidad y salvar la situación, pero se produjo nuevamente una tercera explosión y el sumergible se fue al fondo de la ria, a unos veinte metros de profundidad.

- Si salimos de esta vamos comprar un santo nuevo para la iglesia -, gritó el erizo.
 y su hermano asintiendo con él, le decía haciendo alusión a la situación : - ¡ si, y ha de ser un santo bien milagrero ! -

Habían sido hundidos en medio de la ría, confundidos con un banco de sardinas, por una embarcación que pescaba con dinamita. 



;)

lunes, 17 de diciembre de 2012

el viaje en el mar 10

Cuando la rusa y los hermanos de la batea estaban asentados en el interior del minisubmarino el furgo, que vigilaba lo que ocurría desde la caseta del improvisado astillero, manipuló el mecanismo que sujetaba la nave y esta, al verse libre, comenzó a moverse, deslizandose suavemente por la rampla de madera que le habían montado para que llegará al agua; y al meterse en ella se produjeron suaves ondas que se alejaron distanciándose, haciendo bailar en el agua el brillo de la luna en la ria.
Entonces cuando terminó completamente la improvisada botadura, la rusa asomó su cabeza por una escotilla, abierta en la parte superior de la nave, y haciendo señas con la mano de que todo estaba bien se despidió de él; después desaparecio dentro del minisubmarino, cerrandose la escotilla. 

En un instante se escuchó el suave traqueteo, del motor de gasóleo instalado para navegar en la superficie, y la nave comenzó a moverse. Durante algunos momentos los murciélagos, en su persecución por los insectos nocturnos bajo los árboles que escondían de los ojos ajenos el improvisado embarcadero, trazaron círculos en sus vuelos teniendo como referencia la parte que asomaba de la embarcación en el agua; que iba siendo arrastrada por la salida de las aguas de la ría en la bajamar, conducida hacia el océano.  

Los murcielagos y sus vuelos fueron desapareciendo a medida que la nave se alejaba de la orilla hasta que llegado un momento dejaron de oirse sus chillidos quedando la nave sola y el ruido de su motor, en la distancia.  

El frio se acompañaba con el silencio de la noche.

Y la danza de las estrellas subiendo y bajando su imagen sobre el agua seguía el ritmo del vaivén de las olas.

Habían pasado dos horas desde que comenzara la aventura,
y hacía rato que había desaparecido el brillo de las luces mortecinas de las primeras casas de la costa. cuando se dieron cuenta de que ya estaban en altamar.

Se silencio el motor y nuestros amigos esperaron a la hora convenida.

Al cabo de un rato pudieron ver una luz que se encendía y se apagaba, era la señal del barco que esperaban, para recoger la mercancía. Pusieron dirección hacia la luz
que de paso les serviría de guía y reanudaron su viaje. 

En el silencio de la noche apenas se oía el leve traqueteo del motor de la embarcación entremezclado con el ruido de agua.
Cuando ya estaban próximos y se habían acercado lo suficiente al barco, pudieron leer su nombre en la proa: el barco se llamaba la hispaniola.
Se tocaron las dos embarcaciones y una cabeza asomó desde la parte superior del casco del barco; el erizo fue el primero que asomó su cabeza por la escotilla del minisubmarino y después de darse las señas convenidas alguien les echó una cuerda para poder amarrar el minisubmarino y les lanzaron una escalera para que encaramandose  por ella subieran a la cubierta de a bordo.
Una vez en el barco fueron recibidos efusivamente por la tripulación y un hombre, con un loro en su hombro izquierdo, que dijo ser el capitán, se les acercó y les saludó diciéndoles que no contaba con verles y que por lo que le habían contado sobre ellos y la idea descabellada del sumergible, esperaba que se hubieran hundido en las aguas del océano.

 

- Quince hombres en el cofre del muerto…
¡Ja¡ ¡Ja¡ ¡Ja¡ ¡ Y una botella de ron ¡.
Cantó el loro, garritando con su voz.

Celebrando todos, la inusitada proeza de los gallegos

mvf.