Prólogo.
En una cafetería cualquiera, en la parada del autobús, mirando las revistas del quiosco, deambulando en una tarde de octubre, caminando por la calle; o tal vez cruzando en sentido contrario un puente psicofísico entre el mundo paralelo de Marise y el mundo de la realidad, dos personas totalmente diferentes intercambian sus miradas y, al final del día, descubren sin querer que sus destinos caminan inseparablemente el uno junto al otro.
El día a día con Wigfredo.
por Marise
Cuando
Wigfredo se sienta delante de un papel en blanco y acaba haciendo
historias que no pretendía escribir, la responsable soy yo —iba a decir
«esta pantalla en blanco», pero nuestros lectores aún no están
preparados para asumir las consecuencias de abandonar el papel—.
Yo soy la que da un poco de extensión a las historias que aquí contamos y el toque femenino.
Wigfredo
llega a casa, tira la chaqueta encima de… y ya se olvidó de ella hasta
que un día se acuerda de que tiene chaqueta y pregunta:
—¿Viste mi chaqueta gris?
—¿Por qué? ¿Compraste una chaqueta?
—No, no. La de siempre.
—¿No
será una que dejaste tirada en la habitación y ya no te acordaste más
de ella? Porque un día me cansé de verla y la colgué en el armario.
¿Sabes dónde está el armario, no? Donde las personas dejan la ropa
recogida…
Yo no quiero tirarme méritos, pero digamos que soy la que suda la camiseta y la que pone la lavadora en este blog.
Quiero aclarar que a mí lo que realmente me gusta es leer revistas de fotografías de color y ponerle bigotes prusianos a las mujeres. Si invento estas historias es por ayudar a Wigfredo, que es tímido y medio tonto, y para evitar que sea el protagonista de los líos en que se mete.
Ya de pequeñito Wigfredo destacaba por su manera de hablar:
—¡A ver, niños, traedme vuestros cuadernos con los deberes hechos!
—Profesora, yo tengo una prima que un día que pidieron los deberes en clase se había olvidado la libreta en casa.
—Le dices a tu prima que mañana traiga a clase veinte copias de los deberes que tenias que traer hechos hoy.
Martes trece.
—Profesora, el otro día, al atardecer, mi prima pasaba con sus padres por delante del colegio, cuando regresaban a casa de pasear, y creyó ver la sombra de un niño en una de las ventanas.
—No te preocupes. Seguramente lo que te parecía un niño sería Altolaguirre, que andaría apagando las luces de las clases.
—¿Altolaguirre?
—Altolaguirre era un profesor del colegio muy cariñoso con los niños, pero a veces pasan cosas que no debieran ocurrir. A ver, Altolaguirre: que falte un niño aún tiene un pase. Se pasa una raya por encima de los nombres, en la lista de los que vinieron a clase y ya está.
—Altolaguirre: que falte un niño aún tiene un pase. Se pasa una raya por encima de los nombres, en la lista de los que vinieron a clase y ya está. El padre llama por la tarde preguntando si su hijo vino, y nosotros decimos que no, que en la lista no aparece, y asunto arreglado.
Pero que le falte un brazo a un niño… Altolaguirre, todo el mundo se fija en que a un niño le falta un brazo. ¿Y cómo lo vamos a explicar si el brazo no aparece?
—¡A ver, Altolaguirre, coge un lápiz y haz el dibujo de un niño ahí, en una hoja! Lo primero que hace cualquiera al hacer un dibujo de un niño es ponerle cuatro extremidades. ¡Dibuja un niño sin un brazo! A ver, mira el dibujo que acabas de hacer. Lo primero que piensa alguien si ve un niño sin un brazo es que pasa algo.
—Altolaguirre, ¿tú tienes algún trauma infantil?
—¡Mi mamá decía que soy introvertido!
—Mira, Altolaguirre, como eres el hijo del jefe, lo que vamos a hacer es que sigas viniendo a trabajar todos los días, pero te quedas escondido en el cuarto de debajo de la escalera de la entrada, sin que te vea nadie.
Y así, Altolaguirre se esconde en el cuarto bajo la escalera de la entrada del colegio. Por un resquicio de la pequeña puerta oblicua, cuenta los niños que entran a primera hora de la mañana y los que salen cuando acaban las clases por la tarde. Así se asegura de que no quede nadie olvidado dentro, y de que ningún niño vuelva a desaparecer sin más explicación que una raya en un papel.
Bueno después de leer está historia os habréis dado cuenta que es mejor que escriba yo en vez de wigfredo y además si el lector no lo ha comprendido aún esta historia es para que se pueda leer sobre quien maneja la pluma y descubrir si no seremos la prima de wigfredo.
A veces hay que ver más allá de los hechos que ocurren para descubrir lo previsible que es el caos.
mvf.
Esta historia de publicó originariamente como : la metacognición de wigfredo.