Muxía huele a sal y a Atlántico. Es día de feria, y desde primera hora hay movimiento en las cafeterías del puerto.
El pueblo se asoma a la ría de Camariñas, un trozo de mar que la punta de la Barca y el cabo Vilan arrebatan al océano. Dentro de esa ría, como una hija en el seno de su madre, se encuentra la ría do Porto, donde desemboca el río Grande, que baja desde el monte Meda, veinte kilómetros tierra adentro. Antiguamente, ese puerto protegía a los pescadores de los ataques ingleses por mar.
Muxía tiene su puerto resguardado de las olas abiertas por la cara interior de la ría. Los días claros, desde sus casas se ve Camariñas, al otro lado. Por la parte de atrás, en cambio, las rocas de su pequeña costa se encaran directamente al Atlántico. Sus calles discurren paralelas entre la ría y el océano, como un trozo alargado de red de pescador estirado en el suelo, desde tierra adentro hasta la punta de la Barca.
Si al llegar al puerto no te detienes y sigues adelante, dejando a la derecha los antiguos secaderos de congrio, llegas al fin de la tierra. Allí está el faro de Muxía y, más allá, la piedra de Abalar, ya partida. Antes, en las horas de pleamar, las olas la impulsaban y martilleaba contra la roca con un sonido grave y fuerte, dando fe de la fuerza del mar. Hoy el lugar está estropeado por la multitud, pero no hay duda: antaño los primeros moradores adoraban allí el océano.
Las calles de Muxía discurren paralelas a las primeras casas que muestran su fachada al mar. La calle de la Feria arranca desde la plaza del Cabo, antes de subir hacia la iglesia de Santa María. A poco de empezar, la cruza oblicuamente otra calle que se separa y asciende en sentido contrario. La de la Feria, en cambio, se aleja del puerto —refugio de navegantes—, atraviesa la tierra de Muxía y llega a una playa de rocas redondas y grano pedregoso, bañada por el Atlántico: la playa del Coio.
El estrecho espacio que dejan los puestos de feria, colocados a ambos lados de la calle, apenas permite el paso. Entre empujones y rempujones, se oyen los gritos de feriantes y compradores.
Son las once y medía de la mañana, y la fería está abarrotada de gente.
- ¡Buenos dias Anduriña! ¿Ah, como tienes el rape?
En el cruce de las calles,
un puesto de pescado está cerca de la plaza. Tiene una carpa
de lona que mece una suave brisa marina que corre por la calle en ese momento, y un mostrador de madera de pino, cubierto por una
tela blanca, donde se muestra encima la pesca reciente, en grupos de pescado de especies diferentes, y en una esquina una caja de madera
está llena de pulpo.
Hay lirios, a la noche un banco de peces cruzó la ría y llenando las redes de los pescadores.
-¡Son del día!
Mas adelante, está el puesto de Anduriña. Allí una señora y la pescadera discuten sobre el precio del pescado.
-¿Pero a como cobras el rape?.
-¿Te pongo este, que está muy bien?
Encima de la boca entreabierta de sapo, escondidos sus ojos vidriosos de pez, parecen estar mirando impacientes la decisión del cliente. Pero el rape, asido por su cola ya vuela por el aire...
Anduriña ya cogió una hoja de papel encerado, del que se utiliza para envolver los alimentos, y el rape acabó encima suya, depositado en una bascula blanca con cabeza de reloj.
- Un kilo ochocientos - gritó para que se le oyese - ¿lo lleva?
La clienta, una mujer de piel morena, que oculta su edad imprecisa en los surcos que el aire marino y el sol labraron sobre su rostro, asiente con una inclinación de la cabeza.
- ¿Quieres algo más?
Uno de los dedos huesudos de la mujer señala a un grupo de peces de lomo rosado y ojos cristalino, encima del mostrador.
- Un kilo de fanecas
Anduriña cogió dos presas de fanecas, a ojo; los echó encima del papel encerado que ya esperaba sobre la bascula, y la aguja roja de la cabeza de reloj marcó su hora en kilogramos, apenas pasandose una pizca del peso del kilo.
- ¡Adios Anduriña!
- ¡Pulpo de la ria ...!
Anduriña nació en una de las casas de piedra, próximas a la zona de los secaderos de congrio y a los pocos años de empezar a andar quedó huérfana, por un naufragio en Finisterra del que no regresó su padre.
Su madre, vendiendo pescado consiguió que su hija fuera a estudiar a Santiago. Quería que fuera maestra para que supiera de números y pudiera enseñar a leer y a escribir a sus hijos. Pero la hija solo quería ser como la madre que esperaba de madrugada, el regreso de los pescadores con sus redes cargadas, para comprar en la lonja el pescado recién capturado por la noche. Tras acabar sus estudios y regresar a Muxia, con el ruido de las olas y el olor marino, que al nacer el día entraba por la ventana de su habitación, Anduriña olvidó los números y las letras que aprendió de maestra, en unas semanas, y se puso hacer lo mismo que durante generaciones habían hecho las madre e hijas de su familia.
Un día la madre le dijo :
- Anduriña tienes que buscar un hombre que te quiera, por que pasan los años y después vas andar apurada y te vas a conformar con cualquier cosa.
mvf.