viernes, 30 de enero de 2026

la bruja va al medico microrelato

 Todo empezó el día en que la hija de la bruja se encontró con su primo, Garbancito. Como solían hacer cuando tenían tiempo, se pararon a charlar y él le contó que Berrocán, un vecino del pueblo, había muerto en un accidente, al caer con el coche por un barranco. Lo curioso era que, solo unos días antes, Berrocán había visitado a su madre, la bruja, para que le leyera la mano, y ella le había vaticinado una vida muy larga.

Al día siguiente, al dejar a su hijo en el colegio, fue a visitar a su madre.

La casa de la bruja, como de costumbre, estaba desordenada y sucia.

Mientras preparaban café en el puchero, Cenizo, el gato negro de la bruja, apareció maullando suavemente en la cocina y rozándose contra sus piernas. Se puso a dar vueltas alrededor de las dos, trazando círculos lentos y atentos, con sus ojos amarillos yendo de una a otra como siguiendo el hilo de la conversación.

—Madre, no le habrás pedido a Cenizo que me lea el pensamiento.

—No, hija, te está saludando —respondió la bruja, mientras el gato se detenía un momento junto a su talón, como esperando una caricia.

Hacía tiempo que la bruja no veía a su nieto, así que le preguntó a su hija cuándo lo traería a casa.

—Te voy a mandar a alguien a casa que te ayude con la limpieza —le respondió la hija, evitando la pregunta.

—¡No quiero a nadie limpiando aquí! Si mandas a alguien, lo echo a patadas —dijo la bruja, y al instante, Cenizo, que estaba junto al fogón, dejó de ronronear. Sus orejas se aplastaron ligeramente hacia atrás y, con un movimiento rápido, giró y salió corriendo de la cocina, desapareciendo por el pasillo con el rabo erguido, cuando el tono tajante y la energía de rechazo de la bruja llenó la estancia, algo que no iba con el, pero prefirió alejarse. 


—Madre, el Berrocán vino estos días a hacerte alguna visita? 

—Si, hace un par de semanas vino a que le leyera la mano. Quería comprar un coche sin carnet. Porque como ya esta entrado en años le iban a retirar el carnet e conducir, y quería saber si era buena idea.

 —¿Y que le dijiste?

—Que la linea de la vida en la mano era muy larga, y que sin duda era buena idea.  

—¿Sabías que el Berrocán se mató al caer con el coche sin carnet por el barranco del molino? ¿Estas segura, que viste bien su mano?

—Qué extraño —respondió la bruja, sorprendida—Me pareció ver que tenía la línea de la vida muy larga.

—Mamá, tienes que ir al médico para que te vea un oculista.—soltó la hija, tras probar con un gesto de desagrado el café salado.

 La bruja no quería que su hija se diera cuenta de que apenas veía a causa de las cataratas, pero no pudo disimularlo cuando confundió la sal con el azúcar y echó un buen puñado en el café de su hija.

—¡En noventa años nadie ha tenido que verme nada y no pienso empezar ahora —dijo, enderezando su cuerpo huesudo para mostrar su fortaleza!

En realidad, a pesar de su edad, la bruja estaba más fuerte que una vara de tejo, y aunque no paraba de quejarse de diversos achaques, estos eran triquiñuelas para que su hija la visitara con frecuencia.

—Tenemos que ir al centro de salud para que te hagan una revisión y pedir que te den cita para el oculista.

—Nunca he tenido problemas de salud, y si algo hay ya sabes que en esta familia lo resolvemos en casa—replicó la bruja.

Hablaron un rato más y, al terminar el café, esta vez con azúcar, se despidieron con un beso.

Frente a la mesa del médico había dos sillas vacías. Las esperaba la doctora asignada, una mujer de no más de treinta y cinco años, con pelo castaño y una bata blanca de la que asomaban un termómetro y varios lápices en el bolsillo superior.

Las observó por encima de sus gafas de pasta negra, detrás del monitor del ordenador.

—Bueno ¿qué le pasa? —preguntó cuando se sentaron.

—Es por mi madre.

—¿Usted es Ursulina Expósito?

—Sí —asintió la bruja.

—Y bien, ¿qué le ocurre a su madre? —preguntó la doctora, mirando para ambas.

—¡Yo no tengo nada! —protestó la bruja.

 —La he traído para que le hagan una revisión, aunque ella no quería. Además, está perdiendo vista; por eso hemos venido, para que nos den un volante para el especialista —explicó la hija.

La doctora, ya acostumbrada a personas mayores que se resistían a acudir al médico, sonrió con paciencia.

—Pues vamos a comprobarlo —dijo.

—A ver, Ursulina, acuéstese en la camilla y desabroche la blusa.

Mientras la bruja se desabrochaba, miraba de reojo para la mesa de la doctora, al monitor encendido, del ordenador. 

Ella había aprendido a leer de niña, cuando la llevaron al bosque a casa de una tatarabuela. Allí le enseñaron a descifrar los signos garabateados en un viejo libro apergaminado que contenía la historia de la familia, las propiedades de las plantas y los seres vivos, y todo tipo de remedios y conjuros 

La hija de la bruja, en cambio, fue educada en un colegio de monjas, …allí permaneció interna los siete años que duraba el bachillerato. Aquel encierro lo propició la mujer de Don Sebastián, el cacique que no se quería morir. La llamada "tía rica" se vengó así de la hechicera por un rencor doble: mientras que la bruja preparaba infusiones efectivas para que las criadas no engendraran hijos del señor, era incapaz de dar con la poción adecuada para que ella quedara embarazada.

La doctora se acercó a la camilla.

—Diga treinta y tres.

La anciana obedeció de mala gana mientras la doctora le apoyaba el frío estetoscopio en la espalda.

—¿Y eso para qué es? —preguntó la bruja cuando la doctora sacó un otoscopio.

—Para ver cuanta cera tiene en los oídos.

Mientras se dejaba tirar de las orejas por la medica, la bruja se preguntaba si la doctora podría estar adivinando lo que pensaba de ella en ese momento.

—¿Oye bien?

—¡Perfectamente!

Después de limpiar el estetoscopio, la doctora cogió una lengüeta de madera.

—Abra la boca.

—¡Ah…!

—Bien, ya puede vestirse.

La doctora regresó a su mesa y escribió algo en el ordenador. Al momento, una impresora junto a ella escupió unos papeles que recogió y entregó a la hija de la bruja.

—Al salir, pidan cita en enfermería para una extracción de sangre y lleven este bote para recoger orina mañanera.

—¿Cómo dice? ¡Ni pienso volver aquí,  ni voy a dejar que alguien me quite una gota de sangre! —exclamó la anciana, abriendo mucho los ojos.

Pero la doctora continuó impasible:

—Después de la extracción, pidan cita para dentro de una semana, para ver los resultados. Y cuando venga, podemos quitarle esa verruga de la cara, que la afea bastante.

Al oír esto, la bruja sintió que se mareaba y tuvo que agarrarse al brazo de su hija para no caerse. En voz baja, maldijo a la doctora:

—¡Que el cristal que tienes encima de la mesa se ponga a arder y os queméis todos en el infierno!

Cuando salieron de la consulta, con los volantes para las citas - la doctora le había regalado una agenda para anotar las citas medicas, que algún visitador medico había dejado en la consulta- se dirigieron al mostrador para pedir cita para enfermería y para el oculista. La bruja, aún afectada, por su visita a la consulta, caminaba apoyada en su hija.

—¿Cómo se llama la doctora? —preguntó.

El hombre del mostrador, que la oyó, al entregarles los papeles, respondió:

—La doctora se llama Grimelda Belladona.

—Mamá, qué casualidad, la doctora se llama Grimelda, como la madrastra de Blancanieves.

—Pues ahora que lo pienso estoy contenta de tu idea de venir al centro de salud —dijo, la bruja,  reponiéndose de su estancia en la consulta, y su tono tenía una mezcla de admiración y morbo—. Si no hubiésemos venido, no habría conocido a la doctora Lagrimeada. ¡Vaya mujer!

La joven la miró confundida, pero su madre continuó, bajando la voz como si compartiera un secreto de familia:

—Quiero venir más veces. Me ha encantado esa mujer. La quiero conocer mejor —afirmó, y luego añadió con una risa estentórea—: ¡Es más mala que la lana de gato! Seguro que si nos conocemos, ella y yo vamos a ser buenas amigas.  la tengo que invitar a venir a casa y a probar mi café salado.

  

 

 

mvf

the witch goes to the doctor - micro-story

It all began on the day the witch's daughter ran into her cousin, Garbancito. As they usually did when they had time, they stopped to chat, and he told her that Berrocán, a neighbor from the village, had died in an accident, driving his car off a cliff. The curious thing was that, just a few days earlier, Berrocán had visited her mother, the witch, to have his palm read, and she had predicted a very long life for him.

The next day, after dropping her son off at school, she went to visit her mother.

The witch's house, as usual, was messy and dirty.

As they prepared coffee in the earthenware pot, Cenizo, the witch's black cat, appeared, meowing softly in the kitchen and rubbing against their legs. He started circling around the two of them, tracing slow, attentive circles, his yellow eyes moving from one to the other as if following the thread of the conversation.

—Mother, you haven't asked Cenizo to read my mind, have you?

—No, daughter, he's just saying hello —replied the witch, while the cat paused for a moment by her heel, as if waiting for a stroke.

It had been a while since the witch had seen her grandson, so she asked her daughter when she would bring him over.

—I'm going to send someone to your house to help you with the cleaning —her daughter replied, avoiding the question.

—I don't want anyone cleaning here! If you send someone, I'll kick them out —said the witch, and instantly, Cenizo, who was by the stove, stopped purring. His ears flattened slightly backwards and, with a quick movement, he turned and ran out of the kitchen, disappearing down the hallway with his tail held high, as the witch's sharp tone and wave of rejection filled the room—it wasn't his thing, so he preferred to leave.

—Mother, did Berrocán come to see you in recent days?

—Yes, a couple of weeks ago he came to have his palm read. He wanted to buy a car without a license. Since he's getting on in years, they were going to take his driver's license away, and he wanted to know if it was a good idea.

—And what did you tell him?

—That the life line on his hand was very long, and that it was undoubtedly a good idea.

—Did you know Berrocán died driving a car without a license off the mill's cliff? Are you sure you saw his hand properly?

—How strange —replied the witch, surprised—. I thought I saw he had a very long life line.

—Mom, you have to go to the doctor to see an optometrist —blurted out her daughter, after tasting the salty coffee with a grimace.

The witch didn't want her daughter to realize she could barely see due to cataracts, but she couldn't hide it when she confused the salt for the sugar and poured a good handful into her daughter's coffee.

—In ninety years, no one has had to check on me, and I don't intend to start now —she said, straightening her bony frame to show her strength!

In truth, despite her age, the witch was stronger than a yew branch, and although she never stopped complaining about various ailments, these were just tricks to get her daughter to visit her often.

—We have to go to the health center for a check-up and ask for a referral to the optometrist.

—I've never had health problems, and if there's something, you know we solve it at home in this family —retorted the witch.

They talked a while longer, and after finishing their coffee, this time with sugar, they said goodbye with a kiss.

In front of the doctor's desk were two empty chairs. Their assigned doctor was waiting for them, a woman no more than thirty-five years old, with chestnut hair and a white coat from which a thermometer and several pencils peeked out of the upper pocket.

She observed them over her black plastic-framed glasses, from behind the computer monitor.

—Well, what seems to be the problem? —she asked when they sat down.

—It's about my mother.

—Are you Ursulina Expósito?

—Yes —nodded the witch.

—And so, what's wrong with your mother? —asked the doctor, looking at both of them.

—There's nothing wrong with me! —protested the witch.

—I brought her for a check-up, even though she didn't want to come. Also, she's losing her sight; that's why we're here, to get a referral to the specialist —explained the daughter.

The doctor, accustomed to elderly people who resisted seeing a doctor, smiled patiently.

—Well, let's check, then —she said.

—Let's see, Ursulina, lie down on the examination table and unbutton your blouse.

As the witch unbuttoned her blouse, she glanced sideways at the doctor's desk, at the glowing computer monitor.

She had learned to read as a child when she was taken to the forest to a great-great-aunt's house. There, they taught her to decipher the scribbled signs in an old parchment-like book that contained the family history, the properties of plants and living beings, and all kinds of remedies and spells.

The witch's daughter, however, was educated in a convent school… she remained a boarder there for the seven years of secondary school. That confinement was arranged by the wife of Don Sebastián, the local boss who didn't want to die. The so-called "rich aunt" took revenge on the sorceress in this way for a double resentment: while the witch prepared effective infusions so that the maids wouldn't bear the master's children, she was unable to concoct the right potion for *her* to get pregnant.

The doctor approached the examination table.

—Say thirty-three.

The old woman obeyed reluctantly as the doctor placed the cold stethoscope on her back.

—And what's that for? —asked the witch when the doctor took out an otoscope.

—To see how much wax you have in your ears.

As she let the doctor tug on her ears, the witch wondered if the doctor could be guessing what she was thinking about her at that moment.

—Can you hear well?

—Perfectly!

After cleaning the stethoscope, the doctor picked up a wooden tongue depressor.

—Open your mouth.

—Ah…!

—Good, you can get dressed now.

The doctor returned to her desk and typed something on the computer. A moment later, a printer next to her spat out some papers, which she collected and handed to the witch's daughter.

—On your way out, make an appointment at the nurse's station for a blood draw and take this container to collect your first-morning urine.

—What did you say? I have no intention of coming back here, nor am I going to let anyone take a single drop of my blood! —exclaimed the old woman, opening her eyes wide.

But the doctor continued impassively:

—After the blood draw, make an appointment for a week from now to see the results. And when you come, we can remove that wart on your face; it's rather unsightly.

Hearing this, the witch felt dizzy and had to hold onto her daughter's arm to avoid falling. In a low voice, she cursed the doctor:

—May the glass on your desk catch fire and you all burn in hell!

When they left the consultation room with the referral slips—the doctor had given her an appointment book to note down her medical visits, left by some medical sales rep—they went to the counter to make appointments for the nurse and the optometrist. The witch, still affected by her visit to the doctor's office, walked leaning on her daughter.

—What's the doctor's name? —she asked.

The man at the counter, who heard her, replied as he handed them the papers:

—The doctor's name is Grimelda Belladona.

—Mom, what a coincidence, the doctor's name is Grimelda, like Snow White's stepmother.

—Well, now that I think about it, I'm glad about your idea of coming to the health center —said the witch, recovering from her time in the consultation room, and her tone held a mix of admiration and morbid curiosity—. If we hadn't come, I wouldn't have met Dr. Lagrimeada. What a woman!

The young woman looked at her confused, but her mother continued, lowering her voice as if sharing a family secret:

—I want to come more often. I really liked that woman. I want to get to know her better —she stated, then added with a stentorian laugh—: She's nastier than cat hair on a blanket! I'm sure if we get to know each other, she and I are going to be good friends. I have to invite her to come to my house and try my salty coffee.

 

mvf. 

jueves, 22 de enero de 2026

The Gift - Tracker Philo78

 Professor Emilio Santos, seventy-eight years old, contemplated the portrait of Socrates that presided over his library. Retirement, years ago, had taken him away from his natural agora: the lecture halls. His only interlocutors now were the *Complete Works* of Lacan, the underlined volumes of Althusser, and the remaining inhabitants of the dark mahogany shelves, whose dull shine was only disturbed by the slow turning of the record stack on his old Garrard automatic turntable. The device, with its arm that lifted and settled back down with meticulous patience, maintained a cycle of continuous repetition of his favorite composers—Schoenberg, Berg, Stockhausen, Martinu—which accompanied his solitude. Until one Tuesday, Clara, the cleaning lady who visited every morning—concerned about his isolation—placed a gleaming laptop on the library's oak table.

"To keep you connected to the world. There are more people like you whom you should stay in touch with."

That day, after Clara left, he sat contemplating the laptop. It was a smooth, cold object, with the light from the window sliding over its casing as if over the surface of a foreign lake. A hesitant finger searched for the power button and pressed it. A soft hum, a beep, and then the screen lit up. He saw icons and windows he didn't understand. He felt lost, like in a country whose language he didn't speak. He was a little afraid to press the keys, as if the letters written on them had unknown consequences.

With a sigh, he moved the cursor slowly toward an icon. It was like taking the first step on a new path. Suddenly, everything became fast, silent, and too perfect. Although he didn't quite know where it would lead him, he decided to browse the internet; after all, learning never ends. And that was virgin territory for him.

At first, it was a window to the world: digitized magazines, meetings with old colleagues, online chess games... he could even listen for free to works by his favorite composers that he hadn't known.

Emilio, happy, noted in his notebook: —Can truth be found on the internet?

But one rainy afternoon, while chatting with Alberto, an old friend from school, the latter mentioned having knee pain when walking and that it signaled a change in weather for him. A minute later, an advertisement for joint cream appeared on the screen.

"Well, what a coincidence," he murmured.

But the coincidence didn't stop there. Another day, he commented in front of the screen that he missed the bread his grandmother used to make in his childhood, and the next day his inbox filled with artisanal bread recipes.

The intrusion became subtler, deeper. One night, on a video call with his daughter abroad, she showed him a blue ceramic vase she had just bought at a flea market. The next morning, among the suggested news results, an article highlighted: "The Hidden Value of Vintage Ceramics: The Trend of 1950s Vases." And the main image was a vase almost identical to the one he had seen the night before.

Emilio closed the laptop slowly and felt a chill. Undoubtedly, through the laptop, his private conversations were being spied on, seeking to know everything about him, harvesting names, desires... But the most terrifying truth fell upon him like a slab of stone: through the laptop, they might even be getting to know his thoughts.

Meanwhile, in the silent darkness of the machine, the cookies wove their web. A file named `tracker_philo78.log` recorded every move:
User: ESantos. Search: "ethics in the digital era." Suggested ads: Spiritual retreats, memory supplements.*  
*User: ESantos. Extended reading: "Foucault's Panoptic Surveillance." Segmentation: institutional skepticism, profile over 75 years old.*

In the following days, Emilio began to notice small details. The little green light of the camera blinked, or so it seemed to him, when he wasn't touching it. He covered it with thick adhesive tape, but the feeling persisted.

Speaking on the phone next to the computer, he mentioned an old editor friend, "Ramón Gutiérrez," whom he hadn't heard from in years. He didn't write it down anywhere. That same afternoon, the social network he barely used suggested, with unsettling precision: "Do you want to add Ramón Gutiérrez?"

He stopped using the phone with the laptop turned on.

Clara, upon learning about the distress her gift had caused, arrived one morning accompanied by a friend who installed security and privacy software on the computer: antivirus and *firewall*, ad and tracker blocker, and even a program to encrypt his internet traffic.

Everything was fine for a few days. But one night, his laptop's operating system updated.

The next day, Emilio received an email with funeral home advertisements: "Plan your final journey with serenity." Minutes later, a grotesque notification appeared on his phone: "Do you want to tag Clara... in this photo?" Clara was the town hall assistant who visited him every morning... —But he had never used the laptop when Clara was there keeping him company. How could they know such a thing? How did they connect that data with him?

Emilio felt defeated by the laptop, by its cold screen and infinite world. For days he avoided it, letting the dust settle on the lid like a slab. But peace came one night when, getting up for a glass of water, he found the laptop turned on, installing a new update. The screen said: "Do not turn off your computer." Then, with a radical determination, Emilio unplugged the laptop from the power source.

In the morning, the computer tried to start up, but having been shut down while updating, the operating system was damaged and wouldn't boot.

 "This is my chance," he said to himself.

He wrapped it in several layers of aluminum foil—like a sarcophagus against digital specters—and when he opened the door for Clara for her morning visit, he handed it to her to take away when she left.

Seated, surrounded by his books, in the sacred silence of his library, Emilio understood it, with a book of poetry by Marcos Ana that had a note written by his late wife:

"For my Emilio, because written words are never carried away by the wind."

He hadn't defeated technology, nor had he uncovered a conspiracy. He had simply returned to his world of silence and paper, where the only spies were the memories living within him. And from that refuge, he could be generous once again.

That's why, when Clara's birthday arrived, he gave her an unexpected gift with a thank-you note: a one-eyed, stray cat. A living, tangible being, full of silent mysteries. Clara smiled, perplexed. And the animal, as if it knew its destiny was no other, settled on its new owner's sofa and, from there, soon took over the entire house.

 

mvf 

 

mvf 

El regalo - Tracker Philo78

 

 

 

El profesor Emilio Santos, de setenta y ocho años, contemplaba el retrato de Sócrates que presidía su biblioteca. La jubilación, hacía años, lo había alejado de su ágora natural: las aulas. Sus únicos interlocutores eran ahora las *Obras Completas* de Lacan, los volúmenes subrayados de Althusser y los restantes moradores de los estantes de caoba oscura, cuyo brillo opaco solo perturbaba el lento girar de la pila de discos en su viejo tocadiscos automático Garrard. El aparato, con su brazo que se levantaba y volvía a posarse con meticulosa paciencia, mantenía un ciclo de repetición continua de sus músicos favoritos —Schoenberg, Berg, Stockhausen, Martinu— que acompañaban su soledad. Hasta que un martes, Clara, la asistenta que lo visitaba todas las mañanas —preocupada por su aislamiento—, colocó sobre la mesa de roble de la biblioteca un reluciente ordenador portátil.

—Para que te mantengas en contacto con el mundo. Hay más gente como tú con la que tienes que seguir en contacto.

Aquel día, al marcharse Clara, se quedó contemplando el portátil. Era un objeto liso, frío, con la luz que entraba por la ventana deslizándose sobre su carcasa como sobre la superficie de un lago ajeno. Un dedo indeciso buscó el botón de encendido y lo pulsó. Un zumbido suave, un pitido, y luego la pantalla se iluminó. Vio iconos y ventanas que no entendía. Se sintió perdido, como en un país cuyo idioma no hablaba. Le daba un poco de miedo pulsar las teclas, como si las letras en ellas escritas tuvieran resultados desconocidos.

Con un suspiro, movió el cursor poco a poco hacia un icono. Era como dar el primer paso en un camino nuevo. De pronto, todo se volvió rápido, silencioso y demasiado perfecto. Aunque no sabía bien a dónde lo llevaría, decidió navegar por internet; al fin y al cabo, el aprender nunca termina. Y aquel era un terreno virgen para él.

Al principio, fue una ventana al mundo: revistas digitalizadas, encuentros con viejos colegas, partidas de ajedrez online… hasta podía escuchar gratis obras de música de sus autores favoritos, que desconocía.

Emilio, feliz, anotó en su cuaderno: —¿Puede la verdad ser encontrada en internet?

Pero una tarde de lluvia, mientras conversaba con Alberto, un viejo amigo del instituto, este mencionó que tenía dolores en las rodillas al caminar y que le anunciaban cambio de tiempo. Al minuto, un anuncio de crema para las articulaciones surgió en la pantalla.

—Vaya, qué coincidencia —murmuró.

Pero la coincidencia no se detuvo ahí. Otro día comentó, frente a la pantalla, que añoraba el pan que le hacía su abuela en la infancia, y al día siguiente su correo se llenó de recetas de pan artesanal.

La intrusión se volvió más sutil, más profunda. Una noche, en una videollamada con su hija en el extranjero, ella le mostró un jarrón de cerámica azul que acababa de comprar en un mercadillo. A la mañana siguiente, entre los resultados de noticias sugeridas, un artículo destacaba: “El valor oculto de la cerámica vintage: la moda de los jarrones de los años 50”. Y la imagen principal era un jarrón casi idéntico al que había visto la noche anterior.

Emilio cerró el portátil lentamente y sintió un escalofrío. Sin lugar a dudas, a través del portátil espiaban sus conversaciones privadas, buscando saber todo sobre él, cosechando nombres, deseos… Pero la verdad más aterradora cayó sobre él como una losa: a través del portátil podrían estar conociendo incluso sus pensamientos.

Mientras tanto, en la oscuridad silenciosa de la máquina, las cookies tejían su red. Un archivo llamado `tracker_philo78.log` registraba cada movimiento:
Usuario: ESantos. Búsqueda: “ética en la era digital”. Anuncios sugeridos: Retiros espirituales, suplementos para la memoria.*  
*Usuario: ESantos. Lectura prolongada: “La vigilancia panóptica de Foucault”. Segmentación: escepticismo institucional, perfil mayor de 75 años.*

En los días siguientes, Emilio empezó a fijarse en pequeños detalles. La pequeña luz verde de la cámara parpadeaba, o eso le parecía, cuando él no la tocaba. La cubrió con cinta adhesiva gruesa, pero la sensación persistió.

Hablando por teléfono junto al ordenador, mencionó a un viejo editor amigo, “Ramón Gutiérrez”, del que no tenía noticias desde hacía años. No lo escribió en ningún sitio. Esa misma tarde, la red social que apenas usaba le sugirió, con una inquietante precisión: “¿Quieres agregar a Ramón Gutiérrez?”.

Dejó de usar el teléfono con el portátil encendido.

Clara, al conocer la angustia que había producido su regalo, llegó una mañana acompañada de un amigo que instaló en el ordenador software de seguridad y privacidad: antivirus y *firewall*, bloqueador de anuncios y rastreadores, y hasta un programa para encriptar su tráfico en internet.

Todo fue bien durante unos días. Pero una noche, el sistema operativo de su portátil se actualizó.

Al día siguiente, a Emilio le llegó un correo electrónico con anuncios de funerarias: "Planifique con serenidad su último viaje". Minutos después, una notificación grotesca apareció en su teléfono: "¿Quieres etiquetar a Clara… en esta foto?" Clara era la asistenta del ayuntamiento que lo visitaba cada mañana… Pero no había usado nunca el portatil, cuando estaba Clara haciendole compañia. ¿Cómo podían saber algo así? ¿Cómo conectaban esos datos con él?



Emilio se sintió derrotado por el portátil, por su pantalla fría y su mundo infinito. Durante días lo evitó, dejando que el polvo se posara sobre la tapa como una losa. Pero la paz llegó una noche en que, levantándose para beber un vaso de agua, encontró el portátil encendido, instalando una nueva actualización. La pantalla decía: “No apague su ordenador”. Entonces, con una determinación radical, Emilio desconectó el portátil de la corriente.

Por la mañana, el ordenador trataba de arrancar, pero al haber sido apagado mientras se actualizaba, el sistema operativo se había dañado y no encendía.

—Esta es la mía —se dijo.

Lo envolvió en varias capas de papel de aluminio —como un sarcófago contra espectros digitales— 
había leído en un foro dudoso que bloqueaba las señales, y cuando le abrió la puerta a Clara para su visita matutina, se lo entregó para que se lo llevase al marchar.

 

Por la tarde, de nuevo solo, sentado, rodeado de sus libros, en el silencio sagrado de su biblioteca, Emilio lo comprendió, con un libro de poesía de Marcos Ana que tenía una nota escrita por su difunta esposa:
 

“Para mi Emilio, porque las palabras escritas nunca se las lleva el viento.”

No había vencido a la tecnología, ni descubierto una conspiración. Había, simplemente, regresado a su mundo natural, de silencio y papel, donde los únicos espías eran los recuerdos que vivían en él. Y desde ese refugio, podía volver a ser generoso.

Por eso, cuando llegó el cumpleaños de Clara, le entregó un regalo inesperado con una nota de agradecimiento: un gato tuerto y callejero. Un ser vivo, tangible, lleno de misterios silenciosos. Clara sonrió, perpleja. Y el animal, como si supiera que su destino no era otro, se instaló en el sofá de su nueva ama y, desde allí, no tardó en adueñarse de toda la casa.


mvf 

 


 

 

 


domingo, 28 de diciembre de 2025

The Lifeline

 


 The encounter was casual, as often happens in small towns. The witch's daughter was leaving the bakery when she saw her cousin Garbancito crossing the square.
"Cousin!" she called out, approaching him. "I haven't seen you in days."
"And you, cousin," he replied, stopping with the air of someone guarding a secret. "I wanted to talk to you. Have you heard about Berrocán?"
"The one from the farm down there? No, what's happened to him?"
Garbancito lowered his voice, even though the street was almost empty.
"They found him last night at the bottom of the Ravine of Lamentations. He was in his car. A terrible accident."
"Good Lord!" she exclaimed, bringing a hand to her mouth. "But he was young and very careful..."
"That's what we all thought," nodded the cousin, frowning. "But the strange part doesn't end there. You see, just a few days ago, I saw him leaving your house. Your mother's house."
"Really?" asked the girl, surprised. "He doesn't usually come around there."
"Well, he did. And I asked him, out of curiosity, what brought him to the witch's house. You know he always used to make fun of that a bit."
"Yes, I remember."
"Well," Garbancito continued, "he told me, half-serious, half-joking: 'I came to have my palm read. To see if she'd finally tell me something good about my future.' And he laughed."
The witch's daughter felt a chill. She knew the tone her mother used for important matters.
"And… what did my mother tell him? Do you know?"
"He told me himself afterward, still with that mocking smile," said Garbancito, and making an effort to imitate the witch's deep, solemn voice, he added: "'Berrocán, you have one of the longest, clearest life lines I've ever seen. I foresee a very long life for you; you will die old and in your bed.'"
A heavy silence fell between the two cousins. The morning air seemed to grow colder.
"A long life…" she murmured finally, looking toward the road leading out of town.
"Yes. And a week later, the ravine," concluded Garbancito, shaking his head. "It makes no sense. Either your mother was wrong for the first time, or…"
"Or fate laughed at her prediction," she cut in, finishing the sentence her cousin didn't dare say.
They said goodbye with a gesture, each lost in their own thoughts. But it was at that moment, watching Garbancito's back as he walked away, that the witch's daughter began to think that perhaps something had violently interrupted the future her mother had seen. She decided she had to go to the police to ask them to investigate the accident thoroughly.

The next day, after dropping her son off at school, she went to visit her mother.

The witch's house smelled of dried herbs and earth, as always. The clutter, a familiar chaos that was like another layer in the air, today seemed to the daughter especially dense, almost an extension of the confusion she sought to clarify. As she moved cups to make room on the kitchen table, Cenizo, the black cat, appeared rubbing against her legs.
"Mother, you haven't asked Cenizo to read my mind, have you?" she said with a half-smile.
"No, dear. He's just saying hello. Or maybe he's asking you to fill his bowl," replied the witch, turning from the pantry with the sugar bowl in her hand.
The conversation drifted to her grandson. The witch asked about him longingly, but her daughter dodged the question with a practical offer.
"I'm going to send someone to help you with the cleaning."
"I don't want anyone snooping around and moving my things!" retorted the old woman, and her voice, harsher than usual, scared Cenizo out of the kitchen. "If you send someone, I'll kick them out."
As the witch approached the table with the coffee pot, her daughter watched her. She noticed a hesitation in her steps, a slight extension of her hand to feel for the edge of the table before setting down the coffee pot. A cold intuition began to knot in her stomach.
The crucial moment arrived with devastating simplicity. Her mother reached for the blue ceramic sugar bowl, took it confidently, and with a routine gesture, sprinkled a generous amount of its white contents into the two cups.
"Mother," asked the daughter, fixing her gaze on her, "did Berrocán come here recently?"
"Yes, a couple of weeks ago," answered the witch, distracted, pouring the coffee. "He wanted to buy one of those carros sin carnet. He came to have his palm read, to see if it was a good idea."
"And what did you tell him?"
"That he had a very long life line. Very clear. That it was undoubtedly a good idea."
The daughter took the cup. She brought the rim to her lips and took a small sip. An explosion of salt, intense and unpleasant, flooded her mouth.
Everything clicked with a dry, silent thud in her mind: the long life line, the accident in the ravine, the unsteady steps, the hand feeling for the table, the blue sugar bowl. Then she understood: there had been no dark magic, no failed prophecy. Just an old woman, her eyes clouded by the years, and a blue sugar bowl that, without anyone knowing, was full of salt.
She set the cup down gently on the saucer. The noise made her mother look up.
"Mother," said the daughter, and her voice sounded strangely calm, like the surface of a very deep well. "Did you know that Berrocán killed himself when that car fell down the mill ravine?"
The witch blinked. A shadow of genuine bewilderment crossed her wrinkled face.
"What are you saying? That's… very strange. I thought I saw… I saw that he had a very long life line."
There was no guilt in her voice. Only confusion. The honest confusion of someone who believes they saw something that wasn't there.
The daughter took a deep breath. The suspicion of murder evaporated like smoke. In its place emerged a much simpler, much more fragile, and much sadder reality.
"Mom," she whispered, and this time her voice trembled a little. "You just put salt in the coffee. You confused the salt with the sugar."
The witch went still. For a moment, her fierce pride seemed to want to deny it, but the evidence was salty and incontestable in her own cup. Her fingers, bony and veiny, closed slightly on the edge of the table.
"It's the years, dear. Nonsense. It's nothing."
"It's cataracts, Mother. You have to go to the doctor. To an eye doctor."
"In ninety years, no one has ever had to cure me of anything!" she retorted, straightening her body like an indignant ghost. "And I don't plan to start now."
But the protest no longer had its former strength. It sounded like a ritual, a learned phrase. The daughter saw, for the first time, not the town's feared witch, but an elderly woman, terribly stubborn, who was losing her sight and was too afraid—or too proud—to admit it.
"We have to go to the health center," insisted the daughter with a new firmness. "It's just a check-up."
"In this family," replied the witch, though her voice lowered a tone, "ailments are resolved at home."
They talked about other things, about how expensive everything was, about her grandson at school. The witch poured another coffee, and this time, with deliberately slow and careful movements, she took the bag of sugar. This time the coffee was sweet.

mvf. 

La linea de la vida.

 

El encuentro fue casual, como suele pasar en los pueblos. La hija de la bruja salía de la panadería cuando vio a su primo Garbancito cruzar la plaza.
—¡Primo! —lo llamó, acercándose—. Hace días que no te veo.
—Y tú, prima —respondió él, deteniéndose con el aire de quien guarda un secreto—. Justo quería hablarte. ¿Te has enterado de lo de Berrocán?
—¿El de la granja allá abajo? No, ¿qué le pasa?
Garbancito bajó la voz, aunque la calle estaba casi vacía.
—Lo encontraron anoche en el fondo del barranco de Los Lamentos. Iba en el coche. Un accidente terrible.
—¡Dios santo! —exclamó ella, llevándose una mano a la boca—. Pero si era joven y muy cuidadoso...
—Eso pensábamos todos —asintió el primo, con el ceño fruncido—. Pero ahí no acaba lo raro. Verás, hace apenas unos días, lo vi salir de tu casa. De casa de tu madre.
—¿De veras? —preguntó la muchacha, sorprendida—. No suele venir por allí.
—Pues fue. Y le pregunté, por curiosidad, qué le traía por la casa de la bruja. Tú sabes que él siempre se burlaba un poco de eso.
—Sí, lo recuerdo.
—Bueno —continuó Garbancito—, me dijo, medio en serio medio en broma: 'Vine a que me lea la mano. A ver si de una vez me dice algo bueno de mi futuro'. Y se rió.
La hija de la bruja sintió un escalofrío. Conocía el tono que usaba su madre para las cosas importantes.
—Y… ¿qué le dijo mi madre? ¿Lo sabes?
—Él mismo me lo contó después, todavía con esa sonrisa burlona —dijo Garbancito, y haciendo un esfuerzo por imitar la voz grave y solemne de la bruja, añadió—: 'Berrocán, tienes una de las líneas de vida más largas y claras que he visto. Te auguro una existencia muy prolongada, morirás viejo y en tu cama'.
Un silencio denso se instaló entre los dos primos. El aire de la mañana pareció enfriarse.
—Una vida larga… —murmuró ella al fin, mirando hacia el camino que salía del pueblo.
—Sí. Y a la semana, el barranco —concluyó Garbancito, sacudiendo la cabeza—. No tiene sentido. O tu madre se equivocó por primera vez, o…
—O el destino se rio de su predicción —cortó ella, terminando la frase que su primo no se atrevía a decir.
Se despidieron con un gesto, cada uno sumido en sus pensamientos. Pero fue en ese instante, mirando la espalda de Garbancito alejarse, cuando la hija de la bruja empezó a pensar que tal vez algo había interrumpido violentamente el futuro que su madre había visto. Decidió que tenía que ir a la policía para pedir que investigasen el accidente en profundidad.

Al día siguiente, después de dejar a su hijo en el colegio, fue a visitar a su madre.

La casa de la bruja olía a hierbas secas y tierra, como siempre. El desorden, un caos familiar que era como una capa más en el aire, hoy le pareció a la hija especialmente denso, casi una extensión de la confusión que buscaba aclarar. Mientras movía tazas para hacer sitio en la mesa de la cocina, Cenizo, el gato negro, apareció frotándose contra sus piernas.
—Madre, no le habrás pedido a Cenizo que me lea el pensamiento —dijo, con media sonrisa.
—No, hija. Solo te está saludando. O quizá te pide que le llenes el cuenco —respondió la bruja, volviéndose de la alacena con el azucarero en la mano.
La conversación derivó hacia el nieto. La bruja preguntó por él con anhelo, pero su hija esquivó la pregunta con una oferta práctica.
—Te voy a mandar a alguien que te ayude con la limpieza.
—¡No quiero a nadie husmeando y moviendo mis cosas! —replicó la anciana, y su voz, más áspera de lo usual, espantó a Cenizo de la cocina—. Si mandas a alguien, lo echo a patadas.
Mientras la bruja se acercaba a la mesa con el puchero de café, su hija la observó. Notó una vacilación en sus pasos, una ligera extensión de la mano para tantear el borde de la mesa antes de depositar la cafetera. Una intuición fría comenzó a anudársele en el estómago.
El momento crucial llegó con una simpleza devastadora. Su madre alargó la mano hacia el azucarero de cerámica azul, lo tomó con seguridad y, con un gesto rutinario, espolvoreó una generosa cantidad de su contenido blanco sobre las dos tazas.
—Madre —preguntó la hija, clavando la mirada en ella—, el Berrocán, ¿vino por aquí hace poco?
—Sí, hace un par de semanas —contestó la bruja, distraída, sirviendo el café—. Quería comprar uno de esos coches sin carnet. Vino a que le leyera la mano, para saber si era buena idea.
—¿Y qué le dijiste?
—Que tenía la línea de la vida larguísima. Muy clara. Que sin duda era buena idea.
La hija tomó la taza. Llevó el borde a los labios y bebió un sorbo pequeño. Una explosión salada, intensa y desagradable, inundó su boca.
Todo encajó con un golpe seco y silencioso en su mente: la larga línea de vida, el accidente en el barranco, los pasos titubeantes, la mano que tanteaba la mesa, el azucarero azul. Entonces comprendió: no hubo magia oscura, ni vaticinio fallido. Solo una anciana, sus ojos nublados por los años, y un azucarero azul que, sin que nadie lo supiera, estaba lleno de sal.
Dejó la taza con suavidad sobre el plato. El ruido hizo que su madre alzara la vista.
—Madre —dijo la hija, y su voz sonó extrañamente calmada, como la superficie de un pozo muy profundo—. ¿Sabías que Berrocán se mató al caer con ese coche sin carnet por el barranco del molino?
La bruja parpadeó. Una sombra de genuina perplejidad cruzó su rostro arrugado.
—¿Qué dices? Eso es… muy extraño. A mí me pareció ver… ver que tenía la línea de la vida muy larga.
No hubo culpabilidad en su voz. Solo confusión. La confusión honesta de quien cree haber visto algo que no estaba allí.
La hija respiró hondo. La sospecha de un asesinato se desvaneció como humo. En su lugar, emergió una realidad mucho más simple, más frágil y mucho más triste.
—Mamá —susurró, y esta vez su voz tembló un poco—. Acabas de echar sal en el café. Has confundido la sal con el azúcar.
La bruja se quedó quieta. Por un instante, su orgullo férreo pareció querer negarlo, pero la evidencia era salada e incontestable en su propia taza. Sus dedos, huesudos y llenos de venas, se cerraron ligeramente sobre el borde de la mesa.
—Son los años, hija. Tonterías. No es nada.
—Es cataratas, madre. Tienes que ir al médico. A un oculista.
—¡En noventa años nadie ha tenido que curarme nada! —replicó, enderezando su cuerpo como un espectro indignado—. Y no pienso empezar ahora.
Pero la protesta ya no tenía la fuerza de antes. Sonaba a ritual, a frase aprendida. La hija vio, por primera vez, no a la bruja temida del pueblo, sino a una mujer anciana, terriblemente testaruda, que estaba perdiendo la vista y tenía demasiado miedo —o demasiado orgullo— para admitirlo.
—Tenemos que ir al centro de salud —insistió la hija, con una firmeza nueva—. Es solo una revisión.
—En esta familia —replicó la bruja, aunque su voz bajó un tono— los males se resuelven en casa.
Hablaron de otras cosas, de lo caro que estaba todo, del nieto en el colegio. La bruja sirvió otro café, y esta vez, con movimientos deliberadamente lentos y cuidadosos, tomó la bolsa del azúcar. Esta vez el café estaba azucarado.

 

mvf. 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

La mujer del projimo

Cuando el último cliente salió del bar, la puerta del "Rincón de Antonio" se cerró con un golpe sordo. Rosario, con la espalda dolorida, recorrió el local vacío recogiendo vasos y ceniceros. El olor a tabaco y alcohol se mezclaba con el aroma de la lejía. Tras fregar la barra y barrer los cacahuetes esparcidos, abrió la caja registradora para contar la recaudación. Entre billetes y monedas, el rectángulo negro del móvil de su marido brilló bajo la luz tenue. Antonio lo había olvidado allí.
Rosario cogió el móvil .Su intención era guardarlo hasta su regreso, pero al hacerlo, su pulso rozó la pantalla y esta se iluminó de repente con un destello azulado mostrando una imagen en primer plano.
Durante un instante, su mente se negó a comprender. Solo registró una mancha de colores estridentes: el naranja chillón de una pared, el marrón de una madera barata... y reconoció al instante el decorado: uno de esos hoteles de carretera anónimos y cutres, un lugar para encuentros furtivos. En una esquina de la pantalla marcaba la fecha y la hora. La foto era de hacía dos días. De la misma tarde en que él, con su sonrisa más cariñosa, le había dado un beso en la frente prometiendo volver pronto

 —Tengo que ir a La Coruña, mi vida —dijo—. Es por los papeles del bar, una firma urgente en la gestoría. Tal vez tenga que regresar mañana.

  Después, como si un velo se rasgara, la imagen adquirió un significado devastador. Los brazos de Antonio, esos mismos que habían cargado mil cajas de botellas y la habían sostenido en noches de desvelo, rodeaban con íntima familiaridad la cintura de otra mujer. Sus dedos, callosos y conocidos, se hundían en el costado de su blusa blanca, abrazándola, poseyéndola.

Era más joven que ella. Tenía una risa fácil y juvenil, la cabeza ladeada y una mirada de triunfo que traspasaba la pantalla mientras hacia la foto de los dos, frente al espejo de la habitación de hotel. Su rostro reflejaba la satisfacción de quien ha conseguido lo que deseaba, y en su cuello lucía una cadena con un pequeño crucifijo de plata que brillaba con la arrogancia de un amor recién conquistado.

La sonrisa de él, era la sonrisa desvergonzada de alguien liberado de su vida, de sus ataduras, de su historia. Esa sonrisa le apuñaló el corazón. Veinte años de vida compartida, de sueños y sacrificios, se hicieron añicos en el frío rectángulo de cristal que temblaba en su mano.
El silencio del bar se volvió absoluto. El mundo de Rosario, tan ordenado como las botellas alineadas de las estanterías que había detrás de ella, se desmoronó. La sagrado no lloró. Una frialdad glacial, más cortante que el cuchillo para limpiar el hielo, se apoderó de ella. Al día siguiente, Antonio volvió de regresó con el cuento de la gestoría, traía un ramo de rosas amarilla para ella. Rosario lo recibió sirviéndole el café como siempre. Pero algo en sus ojos había cambiado, ya no eran el refugio cálido de siempre, sino un cristal frio.

 

Empezó con Don Emiliano, el viudo solitario, que siempre se sentaba en la mesa del la esquina de la barra.

—Parece cansado hoy, Don Emiliano. ¿Un coñac que le reconforte? —le dijo, sirviéndole una medida generosa.

—Usted es muy amable, Rosario. Este lugar sin usted no sería lo mismo.

Cuando su mano arrugada posó sobre la suya, ella no la retiró. Le dedicó una sonrisa que no era de camarera. Una hora después, con el bar ya vacío, se acercó.

—Don Emiliano, ¿sería tan amable de echarme una mano? Hay una caja de botellas en la trastienda que se me resiste.

El anciano asintió, con un brillo inusual en la mirada. La siguió entre las cortinas. En la trastienda, entre el polvo y el silencio de las cajas de cerveza vacías, Rosario se volvió hacia él.

—La caja es esa —mintió, señalando una pila cualquiera.

Don Emiliano se volvió, confundido. Entonces, ella cerró la distancia. No dijo una palabra. Solo apoyó una mano en su mejilla áspera y besó unos labios que sabían a soledad y tabaco negro. No hubo placer en aquel contacto, solo la textura áspera de una piel ajena. Cuando se separaron, la oscuridad ocultaba sus expresiones.

—Rosario, yo… —tartamudeó el viejo, desconcertado.

—Shhh —lo silenció ella, con una sonrisa triste—. No hace falta que diga nada. Me ha sido de gran ayuda.

 

Le siguió Mario, el joven albañil que trabajaba en la obra de enfrente. Musculoso, con la piel tostada por el sol y una sonrisa que era un desafío, siempre le había tirado el rollo con un descaro que rozaba lo grosero.

—Oye, Rosario, ¿cuándo me invitas a algo mejor que un café? —le soltó esa misma tarde, apoyado en la barra con una arrogancia que delataba sus veintipocos años.

Rosario, en lugar de ignorarle como siempre, le sostuvo la mirada. Una sonrisa leve, calculada, jugó en sus labios.
—Quizás algún dia llegue tu suerte, Mario.

Fue esa misma noche, cuando el último cliente se marchó y las luces se apagaron. Desde la puerta, vio la silueta de Mario fumando un último cigarro en la plaza. Actuó. Con un movimiento preciso, cerró la puerta del bar y dejó las llaves, grandes y visibles, colgando del lado interior de la cerradura. Luego, esperó para hacerle una señal y que la viese.

 
—Oye, Rosario, ¿estás bien? He visto que has cerrado, pero… ¿has dejado las llaves puestas?

Ella se acercó a la puerta de cristal, fingiendo consternación.
—Dios mío, tienes razón. Qué despiste. Mañana Antonio me mata.

Mario se irguió, inflando el pecho. El gallito de corral encontrando su momento de gloria.
—Tranquila, mujer. Yo te echo un cable.

Con una agilidad sorprendente, se coló por el callejón lateral y, tras forcejear un momento con la vieja y oxidada ventana del baño, consiguió abrirla desde fuera y se dejó caer dentro. Unos segundos después, la puerta principal se abría con un clic.

—¡Misio cumplido! —anunció, jactancioso, limpiándose el polvo del pantalón.

—Eres mi salvador, Mario —dijo Rosario, y su voz era una seda gruesa. Cerró la puerta con llave esta vez y se dirigió a la barra. Sacó una botella de whisky y sirvió dos generosas medidas sin preguntar.—Tómalo. Te lo has ganado.

Bebieron. Él, de un trago, ansioso. Ella, sorbiendo lentamente, observándolo sobre el borde del cristal. Sus ojos brillaban con una avidez que a ella le resultaba tan transparente como patética.

—Siempre he pensado que eras una mujer increíble, Rosario —masculló él, acercándose. El alcohol le daba un valor ficticio.

Ella no se movió cuando él rodeó su cintura con sus brazos fuertes. La levantó con facilidad y la sentó sobre la barra, fría incluso a través de la tela de su falda. Él se situó entre sus piernas, enterrando su rostro en su cuello, jadeando ya con un deseo urgente y primario. Sus manos, ásperas como lija, recorrían sus muslos.

Rosario dejó que sucediera. Apoyó las palmas en la fría superficie de zinc de la barra y dejó que su cuerpo que su cuerpo se relajara. No sintió nada cuando los labios de Mario empezaron a recorrer ansiosos su piel con hambre. Su mente estaba en otro lugar, mientras saboreaba la venganza en su amante.

 

 mvf