miércoles, 28 de octubre de 2026

Rosarito y la escalera de servicio -- version corregida ( perdon)

Doña Elvira de la Torre y Mendoza tenía una teoría: las casas no se conocen por sus salones, sino por sus escaleras de servicio. La suya, un palacete de la Castellana, tenía una escalera estrecha en la parte de atrás, de peldaños gastados por generaciones de criadas que subían y bajaban con bandejas, sábanas y secretos. Comunicaba la planta baja con la planta alta sin pasar por el vestíbulo ni por la escalera principal: era la escalera de la casa, la que nadie veía. Doña Elvira la llamaba "el termómetro", y si el termómetro funcionaba, la casa funcionaba. Llevaba funcionando desde los tiempos del bisabuelo, que decidió trasladarse a la corte de Madrid.

Pero la escalera que veían los invitados era otra. Era la escalera principal, la de mármol blanco, ancha y solemne, que subía desde el vestíbulo en dos tramos curvos hasta el salón de baile. Una escalera de película, de esas que parecen hechas para que una novia baje despacio mientras todos la miran. Doña Elvira decía que una casa se conocía por su escalera de servicio, pero también sabía que las visitas se impresionaban por la otra. Y las dos convivían en el mismo palacete: una, en la parte de atrás, para que los del servicio pudieran subir sin ser vistos; otra, en el vestíbulo, para subir a la vista de todos. La primera era el termómetro; la segunda, el escaparate.

Aquella primavera de 1958, la casa se preparaba para el baile de presentación de su sobrina Carlota. Doña Elvira supervisaba todo desde un sillón de terciopelo granate, con un abanico que no usaba nunca y un gesto de fastidio que usaba siempre. En la cocina, la señora Pilar —cocinera desde que tenía memoria— daba órdenes a una chica nueva. Rosarito era hija de los caseros de una finca que doña Elvira tenía en Ávila. Su familia llevaba generaciones naciendo y muriendo en aquellas tierras, sirviendo siempre a los señores. Con dieciséis años, un delantal demasiado grande y el orgullo de una hija de los criados trabajando en la casa de los señores, Rosarito era camarera: iba y venía por la cocina con la inocencia y la alegría de su juventud, dando luz a las potas y a los fogones antes de subir al salón con las bandejas.

—Tú no mires a los señores a los ojos —le decía Pilar—. Tú sirves, sonríes y desapareces. Como si fueras un mueble.

Rosarito aprendió rápido. Aprendió a llamar "señorita" a la sobrina, que tenía su edad, y a no preguntar por qué el señorito Andrés, el hijo mayor, no trabajaba y aun así tenía un coche. Aprendió que el servicio entraba por la puerta de atrás, que las propinas se daban en la mano sin mirar, y que existía un idioma —el de los salones— que ella escuchaba desde la cocina sin entender del todo: palabras como "conveniencia", "apellido", "qué dirán", "no es de los nuestros".

La noche del baile, Rosarito subió bandejas de canapés durante cuatro horas. Vio a Carlota girar en el centro del salón, rodeada de muchachos de chaqué que se inclinaban como juncos. Vio a doña Elvira recibir a los invitados con una sonrisa que se apagaba en cuanto el invitado daba la espalda. Vio a la señora Pilar llorar en la cocina, en silencio, porque su hija no había podido venir a ayudarla: no había sitio para ella "en la casa". Rosarito entendió algo que no sabía explicar: la casa era enorme, pero no cabía todo el mundo. Y mientras los invitados subían y bajaban por la escalera de mármol, ella subía y bajaba por la otra, la estrecha, la de atrás, la que no salía en las fotos. 

 A las tres de la mañana, cuando el último coche se alejó, doña Elvira bajó a la cocina. No se recordaba la última vez que lo había hecho. Allí seguían los de la cocina, todavía recogiendo: la señora Pilar guardaba lo que quedaba de la cena, una ayudanta apilaba platos, el pinche secaba cubiertos, y con ellos Rosarito, que colocaba las copas. Cuando la vieron entrar, se quedaron quietos, sorprendidos. Doña Elvira recorrió la cocina con la mirada, despacio, sin decir nada, y a medida que pasaba por encima de los que allí estaban, estos fueron bajando la cabeza, atemorizados, por si algo hubiera ido mal. La mirada se detuvo en Rosarito.

—Rosarillo, arriba hay una habitación libre, junto al cuarto de plancha, en adelante vas a dormir en allí.

Rosarito asintió. Aquella noche subió por la escalera estrecha, la de la parte de atrás, hasta una habitación sin ventanas, con una cama de hierro y un crucifijo torcido. A la mañana siguiente, cuando entró en la cocina, Pilar estaba delante de los fogones, con el delantal atado dos veces a la cintura. El café ya estaba hecho y la leche caliente esperaba en el cazo.

—Los tiempos cambian, niña. Ahora hasta la servidumbre duerme en casa. Como en las novelas rusas.

Rosarito llenó la taza, añadió la leche, colocó todo en la bandeja. Sonrió. Y desapareció.

Una noche de aquel otoño, el señorito Andrés volvió a casa borracho. La encontró en el pasillo de servicio, con una bandeja de copas. Al día siguiente, él no recordaba nada, o eso se dijo. Rosarito siguió sirviendo el desayuno, subiendo bandejas, sonriendo. Pero algo se le había quedado dentro, como una piedra.

Pasaron los meses. Rosarito se apretó el delantal, se puso ropa ancha, evitó el salón. Pilar lo notó, pero no preguntó. Cuando ya no pudo esconderlo más, llamó a la puerta de doña Elvira y le dijo que su madre estaba enferma, que tenía que volver a Ávila una temporada. Doña Elvira la miró con desconfianza, pero la dejó marchar: total, era una criada más, y las criadas iban y venían.

En Ávila, en la casa de los caseros, nació una niña. Rosarito la tuvo de noche, con la ayuda de su madre y de una vecina. No dijo quién era el padre. No hacía falta. A las pocas semanas, dejó a la niña con los abuelos y volvió a Madrid, a la casa de doña Elvira, como si nada hubiera pasado.

—¿Ya está mejor tu madre? —le preguntó Pilar.

—Ya está mejor —dijo Rosarito.

Y no habló más.

Al volver de Ávila, doña Elvira descubrió que ya era mujer y se reprochó haber permitido que una doncella fuera sola al pueblo, donde cualquier zagal le habría hecho perder la cabeza. Una mujer ya no valía para criada de salón. La señora no dijo nada; solo dispuso que Rosarito se quedara en el servicio de la cocina.

Desde entonces, todos los meses, Rosarito enviaba a Ávila las propinas que recibía. Porque Rosarito no tenía sueldo: solo recibía lo que la señora quisiera darle, a veces unas monedas. Nadie en la casa sospechó nunca de aquellas propinas, porque nadie concebía que una criada sin sueldo pudiera disponer de dinero alguno. Y en Ávila, con aquel dinero y la ayuda de sus abuelos, la niña aprendió a leer y a escribir, con la esperanza de no vivir como vivía su familia.

Cuando murió doña Elvira, se cerró el palacete de la Castellana. Rosarito tenía manos para el horno: en la cocina había aprendido a hacer las rosquillas de su madre, las de Ávila. Carlota, la sobrina, la recomendó al restaurante del centro donde comían los de su mundo. El dueño la puso a prueba una tarde, probó una rosquilla y no dijo nada más. Allí, por primera vez en su vida, Rosarito tuvo un sueldo. Y con aquel sueldo, la hija de Rosarito salió de la finca de los señores para poder seguir estudiando.

Un día, la hija de Ávila acompañó a un cliente a firmar un contrato en un despacho de la Castellana. Se había hecho abogada. Mientras esperaba, miró por la ventana y vio el palacete de doña Elvira, cerrado desde hacía años, que se había abierto para una exposición. En la fachada habían colgado un cartel grande que anunciaba: *La alta sociedad madrileña, 1900-1975*. Entró.

El mármol del vestíbulo seguía siendo el mismo, aunque ahora estaba acordonado con una cinta de terciopelo. Un cartel indicaba el inicio del recorrido, y una voz grabada explicaba, en dos idiomas, la historia de la casa. La hija siguió las flechas como cualquier visitante. Pasó por el salón de baile, convertido en sala de proyección, con fotografías de señoras con abanicos y caballeros de chaqué que las rodeaban, embelesados. Pasó por el gabinete de las vitrinas, donde habían reunido abanicos de nácar, guantes de baile y un reloj de pie que nunca dio la hora exacta. En el pasillo de los retratos, una pared entera estaba ocupada por un mural con una orquesta de hace cincuenta años, sonriente bajo una lámpara de araña. La hija recorrió las salas despacio.

Al final del recorrido, la exposición regresaba a la entrada principal, frente a la escalera principal: el doble tramo de mármol blanco, la barandilla de hierro forjado, la lámpara de cristal colgando del techo.

Los visitantes terminaban la visita en el vestíbulo, ante una fotografía colgada en la pared lateral. Era una foto en blanco y negro, tamaño mural, tomada desde aquel mismo vestíbulo. Posando para la cámara, una fila de hombres y mujeres con delantal, inmóviles, las manos a la vista, las miradas fijas en el objetivo. Detrás de ellos, imponente, la gran escalera de mármol, con su doble tramo y su barandilla de hierro forjado. El pie de foto decía: "Personal del servicio del palacete, ca. 1955".

Al lado del mural, dentro de una vitrina, había un maniquí sin rostro. Llevaba puesto el traje azul de servicio, el mandil blanco y la cofia en la cabeza. La etiqueta decía: "Uniforme de servicio doméstico, de la casa".

La hija se detuvo un rato ante la foto y el maniquí. Luego salió a la calle, llamó a su madre y le dijo:

—Mamá, he visto tu delantal en un museo. Y una foto del servicio, posando delante de la escalera principal.

Al otro lado del teléfono, Rosarito se rio.

—Pues mira cómo cambian los tiempos —dijo—. Antes los del servicio no podíamos subir por la escalera principal. Ahora nos exponen junto a ella.

mvf. 

lunes, 26 de octubre de 2026

Chicomácatl , alianza con los tonocatas - Nahuatl XI

 

Capítulo XXIII: A bordo del bergantín

El bergantín navegaba pegado a la costa, evitando los manglares que se extendían como un laberinto verde. En la proa, un marinero lanzaba la sonda y cantaba las brazas; otro, junto al timón, corregía el rumbo a cada voz. Jaramillo iba de un lado a otro, atento al agua oscura, porque aquellas costas les eran desconocidas y temía que el bergantín encallara en un banco de arena o que algún arrecife abriera el casco.

Ix Balam observaba desde la borda. No entendía las voces de los marineros, pero entendía el temor: lo veía en la forma en que miraban el agua, en las manos que apretaban los cabos, en el silencio que se hacía cada vez que la sonda cantaba una braza menos. Había viajado en canoas toda su vida, pero nunca en un navío como aquel, y aquel viaje le parecía una temeridad.

Jaramillo se acercó a la proa, donde estaba Aguilar.

—Llevamos dos días sin noticias de Cortés. Se adelantó con la capitana y no hemos vuelto a verlo.

Ix Balam, que estaba cerca, miró hacia el horizonte sin esperar traducción. Algo no le cuadraba. Si Cortés se había adelantado, ¿por qué no lo habían visto?

—Tal vez haya encontrado algo —dijo en maya, y Aguilar tradujo—. O tal vez lo hayan encontrado a él.

Jaramillo lo miró con dureza.

—¿Qué quieres decir?

—Que estas costas no son seguras. Hay pueblos que no reciben bien a los extranjeros. Si Cortés desembarcó sin esperar refuerzos...

—Cortés sabe lo que hace —cortó Jaramillo, pero su voz traicionaba una duda.

La costa se cerró de pronto. El bergantín dejó el mar abierto y se internó por un brazo estrecho del manglar. El agua era oscura, y las raíces de los mangles arañaban los costados de la nave. La sonda seguía cantando, pero ahora las brazas eran cada vez menos, y los marineros miraban el fondo con desconfianza.

—Fondo de lodo —dijo el de la sonda—. Tres brazas. Dos y media.

Jaramillo ordenó acortar velas y echar los remos al agua. El bergantín avanzaba despacio, gobernado a fuerza de brazos, mientras los hombres de proa escrutaban el agua en busca de bancos de arena.

De pronto, Ix Balam levantó el puño.

—Alto.

—¿Qué pasa? —se extrañaron.

—Voces. Remos. —Ix Balam señaló hacia adelante.

Jaramillo ordenó detener los remos. Estaban todavía en la desembocadura, donde el canal era ancho y la vista alcanzaba lejos. A pocos centenares de pasos, una chalupa avanzaba despacio hacia ellos.

—Es una chalupa —dijo Jaramillo—. Y viene hacia aquí.

Ix Balam se deslizó hasta la proa, agazapado. En la chalupa iban cuatro hombres: dos soldados españoles y dos remeros indígenas. En la popa, un hombre con armadura ligera y barba espesa sostenía el timón.

—Es Alvarado —dijo Jaramillo, y su voz se relajó—. Maldita sea, por fin.

La chalupa se detuvo junto al bergantín. Alvarado se puso de pie y, con la agilidad de quien lleva años en el mar, agarró la escala de cuerda y subió a bordo. Detrás de él subieron sus hombres. Tenía el rostro sudoroso y la ropa manchada de barro.

—Xaramillo —dijo—. Me alegra ver que no has perdido a tus gallegos. Los necesitaremos para navegar en estas aguas.

Jaramillo asintió con una media sonrisa.

—Me alegro yo también de veros a vos, señor. Un marinero gallego no se pierde en estas tierras. Como ya nos conocemos, sabéis por experiencia propia que me pierdo en las tabernas, pero no en el mar.

Y los dos hombres se fundieron en un abrazo.

Cuando se separaron, Alvarado se secó la frente con el antebrazo.

—Hemos acampado en la playa, frente a la isla. Una playa amplia, de arena firme. Hay agua dulce, y los indígenas que viven cerca no parecen hostiles. Es un buen sitio para desembarcar.

—¿Una isla? —preguntó Jaramillo.

—Sí. Los naturales la llaman Chalchicueyecan, por los arenales. Los nuestros la llaman San Juan de Ulúa, porque Grijalva llegó allí el día de San Juan, hace un año. Yo venía con él. Desembarcamos frente a la isla, no en ella.

Jaramillo mandó servir la mesa en el castillo de popa. No era gran cosa: tasajo, bizcocho duro, un poco de vino aguado. Pero después de dos días de sonda y manglar, a los hombres les supo a gloria.

Alvarado comió con apetito. Ix Balam, sentado al lado de Aguilar, miraba el tasajo con desconfianza y lo apartó con el dedo.

—¿Qué es esto? —preguntó en maya.

—Carne de vaca —dijo Aguilar—. Seca y salada. No es venado.

Ix Balam lo probó. Hizo una mueca.

—Me quedo con el pescado.

Alvarado se rió.

—El muchacho tiene buen paladar.

Jaramillo sirvió más vino.

—Señor, contadnos qué habéis visto. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?

Alvarado dejó la copa.

—Salí a explorar desde el campamento, buscando paso hacia el norte. Me interné por las aguas del manglar, por un brazo como el vuestro. No hay paso: solo lodo, raíces y agua cada vez más somera. Tuvimos que volver atrás, y al regresar al mar por uno de los canales, dimos con vosotros. Buena suerte, porque ya no sabía cómo volver a la playa sin cruzar el manglar.

—¿Y la playa? —preguntó Jaramillo.

—Es buena. Arena firme, agua dulce, y los naturales que viven cerca no parecen hostiles. Cortés ya ha mandado levantar el campamento: pozos, chozas, una cruz plantada en la arena. Pero faltan manos. Y faltan soldados.

—¿Y Cortés? —preguntó Jaramillo.

—Cortés marchó tierra adentro, a una ciudad llamada Cempoala. Tabscoob le habló de ella: dicen que sus gentes son vasallas de los mexicas y les pagan tributo. Cortés quiere llegar a un acuerdo con ellos para luego subir al altiplano, donde está México, la ciudad del gran señor que gobierna todas estas tierras.

—¿Y vos no le acompañasteis? —preguntó Jaramillo.

—No. Yo me quedé en la costa, asegurando el campamento. Alguien tenía que hacerlo. Pero la idea es que todos subamos pronto.

—¿Y qué hacemos mientras? —preguntó Jaramillo—. ¿Seguimos por el manglar?

—No. El manglar no lleva a ninguna parte. Habrá que volver a mar abierto y seguir la isla hacia el norte. Allí enfrente está la playa, y allí está el campamento que ha levantado Cortés.

Ix Balam, que había escuchado sin entender, se inclinó hacia Aguilar.

—¿Qué dicen?

—Que pronto volveremos con Cortés.

Alvarado se terminó el vino y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Jaramillo, en cuanto estemos listos, sacad el bergantín de este brazo y volved a mar abierto. Seguid la isla hacia el norte. Yo iré con vosotros y bajaré a la chalupa cuando estemos cerca de la playa.

Después de comer, Jaramillo mandó izar el ancla. La chalupa quedó remolcada por la popa. El bergantín empezó a maniobrar para salir del brazo del manglar, gobernado a fuerza de remos, mientras los hombres de proa volvían a cantar las brazas.

El agua se aclaró y el aire olió a sal. El manglar quedó atrás, y regresaron de nuevo al mar. Desde la proa del bergantín, Ix Balam miraba cómo bordeaban la costa. De pronto, vio la isla verde, y frente a ella, en la playa, una hilera de chozas, una cruz alta y el humo de varias hogueras.

—Allí —dijo Alvarado—. Ese es el campamento de Cortés.

Jaramillo ordenó acercar el bergantín todo lo que la sonda permitiera y mandó echar el ancla. Las velas quedaron flojas, y el navío se detuvo meciéndose sobre el agua clara. El sol caía de plano sobre la cubierta, y el aire olía a sal y a leña quemada.

Entonces acercaron la chalupa al costado. Venía remolcada por el navío.

Alvarado y sus hombres descendieron a ella por una escala de cuerda, y con ellos Aguilar e Ix Balam. Ix Balam se acomodó en la proa y miró la playa: las chozas eran bajas, de ramas y barro, y entre ellas se movían hombres con armaduras y otros descalzos, indígenas que iban y venían cargando bultos. La cruz alta brillaba al sol.

Los remeros indígenas hundieron los remos. La chalupa se deslizó hacia la playa. Cuando estaban a pocos pasos de la arena, varios hombres del campamento entraron en el agua y los recibieron, agarrándose a la borda para vararla en la orilla.

 

 

Capítulo XXIV: La alianza tonocata.



Los embajadores de Potonchán llegaron a Cempoala antes que los españoles. Eran tres: Ah Kin, noble de confianza de Tabscoob, y dos ancianos que habían servido como mensajeros entre los señoríos de la costa desde hacía más de veinte años. No traían carta ni presente que pudiera leerse. Traían un mensaje aprendido de memoria, repartido entre los tres, de modo que ninguno de ellos pudiera repetirlo entero por separado. Solo juntos podían reconstruirlo, palabra por palabra.

Chicomácatl, señor de Cempoala, los recibió en su palacio, junto a la plaza. Los mayas de Potonchán no eran sus enemigos: habían comerciado con los totonacas durante generaciones, sal y algodón por cacao y obsidiana, y cada señorío cuidaba sus propios intereses. Pero los tiempos habían cambiado, y el cacique lo sabía.

Ah Kin habló primero:

—Tabscoob, señor de Potonchán, envía su saludo.

A su señal, golpearon el suelo con sus bastones ante Chicomácatl. Encontraron el ritmo, y sobre ese ritmo, los tres, empezaron a reconstruir el mensaje, uno tras otro, como quien recita una cuenta aprendida de oído:

—Del mar vienen hombres.
—Hombres blancos, con barbas.
—Sus casas flotan en el agua.
—Montan animales desconocidos.
—Traen armas que escupen fuego.
—Fuego que mata.
—Nuestras armas, impotentes.

Chicomácatl los escuchó hasta el final sin interrumpir. Luego los miró con dureza.

—Ya hemos oído hablar de ellos. Los mexicas dicen que son dioses. Otros dicen que son demonios.

Ah Kin tomó de nuevo la palabra:

—No son dioses. Son hombres. Hombres que quieren tierras y oro. Pero os pueden ser útiles para liberaros de vuestro yugo.

El cacique guardó silencio. Ah Kin continuó:

—Recordad la derrota que sufristeis hace dos años, cuando Moctezuma masacró a vuestros guerreros en la llanura. Desde entonces pagáis el doble. Vuestras cosechas se pudren en los almacenes de Tenochtitlan mientras vuestros hijos son llevados al sacrificio en sus altares.

El anciano de la derecha añadió:

—Estos extranjeros no vienen a pediros tributo. Vienen a quitárselo a quien os lo exige.

—¿Y qué querrán a cambio? —preguntó el cacique.

Ah Kin respondió:

—Dadles como amigo lo que os pidan. Guerreros, guías, alimento. Porque os pueden quitar todo lo que quieran. Pero lo que les deis será menos de lo que Moctezuma os quitará.

Chicomácatl miró a sus nobles. Luego preguntó:

—¿Y si me niego?

—Moctezuma seguirá cobrando su tributo. Y vosotros seguiréis pagando.

El cacique asintió lentamente.

—Que vengan. Los recibiré.

Ah Kin inclinó la cabeza.

—Tabscoob no traiciona a sus aliados.
 
Chicomácatl recibió a Cortés en la plaza, rodeado de nobles y de sus principales. A su lado, dos ancianos descalzos, con el cabello blanco recogido y los rostros pintados de ocre, sostenían sendos sahumadores de barro de los que salía un hilo de humo de copal: eran los sacerdotes del templo mayor de Cempoala, que nunca se apartaban del señor cuando había que tratar con extranjeros. A la derecha del capitán iba Bernal Díaz, que no perdía detalle de cuanto veía; a su izquierda, Gonzalo de Sandoval, con la mano en la empuñadura de la espada. Detrás, con el pliego y la pluma dispuestos, el escribano Alonso de Torres, atento a cuanto se decía para dejarlo por escrito. Cerraban el grupo media docena de soldados de confianza y dos frailes de la expedición, con el crucifijo por delante. Malintzin caminaba junto a Cortés, un paso por detrás, con los ojos bajos y la voz presta. A través de ella, el señor totonaca se quejó amargamente de los mexicas.

—Nos tienen como esclavos —dijo—. Nos quitan nuestras cosechas, nuestras mujeres, nuestros hijos. Si ustedes son enemigos de Moctezuma, entonces son nuestros amigos.

Cortés no respondió de inmediato. Dejó que el silencio se alargara, miró a Malintzin para asegurarse de que había entendido bien, y luego recorrió con la vista a los nobles totonacas que rodeaban al cacique. Después habló con voz grave:

—Ya no pagaréis tributo al señor de Tenochtitlan. Os protegeré de él y de cualquier otro enemigo. Pero os pido que os sometáis a la corona de Castilla, y que reconozcáis al rey de España como vuestro señor. Si lo hacéis, mi rey os tomará bajo su amparo, y yo os defenderé con mis hombres y mis armas. A cambio, necesito vuestros guerreros, vuestros guías, vuestro alimento.

Chicomácatl no respondió. Miró a Cortés, luego a Malintzin, luego a los soldados que lo rodeaban. Su rostro no mostraba temor, sino cálculo. Al cabo de un momento, se volvió sin decir palabra y se retiró hacia su palacio, seguido de sus nobles y de los sacerdotes.

Después de la charla con Cortés, los totonacas les dieron alojamiento. Eran unas casas bajas de piedra y barro, junto a la plaza, con petates tendidos en el suelo y vasijas de agua fresca. Los españoles se acomodaron como pudieron. Algunos se quitaron las armaduras y se sentaron en el suelo, agotados. Otros montaron guardia en la puerta, por costumbre más que por necesidad.

Cortés se retiró a una habitación aparte. Bernal le llevó un poco de pan y vino, y le preguntó si quería que lo dejaran solo.

—No —dijo Cortés—. Pero que nadie me moleste hasta mañana. Mañana hablaremos.

La noche pasó sin sobresaltos. Los totonacas no se acercaron a las casas de los españoles, y los centinelas no vieron nada extraño.

Los recaudadores de Moctezuma llegaron con el sol. No eran los tres que el cacique esperaba. Eran cinco, y venían con una escolta de veinte guerreros mexicas, armados con macanas y escudos de cuero. No venían a cobrar el tributo del mes. Venían a cobrarlo por adelantado, y a exigir explicaciones por los rumores que habían llegado a Tenochtitlan sobre unos extranjeros con barbas.

Chicomácatl los recibió en el palacio, sentado en su estera, con los nobles alrededor. El jefe de los recaudadores, un hombre alto con penacho de plumas verdes y una cicatriz en la mejilla, entró sin ser anunciado y no se sentó ni se dignó a saludar.

—Moctezuma quiere su tributo. Todo. También el atrasado.

El cacique intentó ganar tiempo.

—No sé de qué me habláis.

El recaudador miró hacia las casas donde se alojaban los españoles, y luego de nuevo al cacique. No hizo ningún gesto. Uno de los guerreros mexicas dio un paso al frente y dejó caer la macana sobre el suelo, una sola vez. El golpe sonó en todo el palacio.

—Moctezuma tiene muchos hombres —dijo el recaudador—. Nosotros somos cinco. Detrás vienen más.

Chicomácatl miró hacia las casas. Luego miró a sus nobles. Luego, otra vez, al recaudador.

—Esperad aquí —dijo—. Voy a buscar el tributo.

Y salió del palacio, y mandó llamar a Cortés.

Cortés llegó con Bernal y dos soldados. Ah Kin lo acompañaba como intérprete, y Malintzin esperaba junto a la puerta.

Chicomácatl estaba pálido.

—Han venido los recaudadores de Moctezuma. Cinco, con veinte guerreros. Quieren el tributo, y quieren saber quiénes sois. Si no se lo doy, volverán con un ejército.

Cortés escuchó sin interrumpir. Luego preguntó:

—¿Dónde están?

—En el palacio. Esperando.

—¿Y cuántos hombres tenéis vos?

—Doscientos. Pero no me atrevo a usarlos. Si mato a los recaudadores, Moctezuma enviará a todo su ejército.

Cortés no sonrió esta vez.

—No los mataréis vos.

—¿Y qué haréis?

—Detenerlos.

Chicomácatl lo miró con alarma.

—¿Detenerlos? ¿Sabéis lo que eso significa?

—Significa que ya no podréis echaros atrás —dijo Cortés—. Ni vos, ni yo.

Salió del palacio sin esperar respuesta.

Los recaudadores seguían de pie en el palacio, con los brazos cruzados. Los veinte guerreros mexicas estaban detrás de ellos, en formación.

Cortés se acercó con paso firme, seguido de Bernal y de una docena de soldados. Malintzin iba a su lado, en silencio, hasta que llegaron ante los recaudadores.

—Decidle que soy el capitán de estos hombres —dijo Cortés—. Y que el tributo no se pagará.

Malintzin tradujo. El recaudador de la cicatriz lo miró de arriba abajo, sin prisa, como se mira a un animal que aún no se sabe si muerde.

—¿Y quién eres tú para decidir eso?

Cortés no respondió. Hizo un gesto con la mano.

Los soldados españoles se lanzaron sobre los recaudadores. Los guerreros mexicas reaccionaron al instante: echaron mano a las macanas y a los escudos, y se lanzaron contra los españoles. El palacio se convirtió en un caos de gritos y acero.

Los españoles eran pocos, pero llevaban armaduras y espadas de hierro. Los mexicas, con sus macanas de obsidiana y sus escudos de cuero, cayeron uno tras otro. La lucha fue breve y brutal. Cuando terminó, ocho guerreros mexicas yacían en el suelo, y los demás habían huido o habían sido detenidos. Los cinco recaudadores estaban atados de pies y manos, tirados junto a la pared.

Chicomácatl, que había visto todo desde un rincón, se cubrió el rostro con las manos.

Cortés se acercó a los recaudadores. El de la cicatriz lo miró con rabia.

—Moctezuma os encontrará. Y os hará pagar por esto.

Cortés no respondió. Se volvió hacia sus hombres.

—Metedlos en la casa de piedra. La que está junto al templo.

Los soldados arrastraron a los recaudadores hasta la casa. Era un edificio bajo, de paredes gruesas y una sola puerta. Los metieron dentro y cerraron la puerta con una viga.

Cortés se volvió entonces hacia Bernal.

—Traed pólvora. Y teas.

Bernal lo miró con alarma.

—Señor...

—Traedlas.

Los soldados trajeron dos barriles pequeños de pólvora y varias teas encendidas. Cortés ordenó que se colocaran junto a la puerta y bajo las ventanas de la casa. Luego, él mismo tomó una tea.

Se detuvo un instante. Miró la puerta cerrada. Dentro, alguien golpeaba la madera con las palmas de las manos.

Arrimó la tea a la pólvora.

El fuego prendió con un rugido. Las llamas subieron por la madera de la puerta y lamieron las paredes de piedra. Dentro, los recaudadores empezaron a gritar. Sus alaridos se oyeron en todo el palacio y en la plaza, agudos, desesperados, mientras el humo negro salía por las ventanas y se elevaba hacia el cielo.

Chicomácatl se tapó los oídos. Los nobles totonacas miraban la escena sin atreverse a moverse. Los soldados españoles, en silencio, observaban las llamas. Uno de ellos, un mozo de Extremadura que no tendría más de dieciocho años, se santiguó y apartó la vista.

Los gritos duraron menos de lo que esperaban. Luego solo quedó el crepitar de la madera y el olor a carne quemada.

Cuando el fuego se apagó, la casa seguía en pie, pero la puerta había desaparecido y el interior estaba negro de hollín. Dentro, los recaudadores estaban muertos.

Cortés se volvió hacia Chicomácatl.

—Ya no hay vuelta atrás —dijo—. Si Moctezuma manda venganza, será contra vosotros y contra mí. Pero si os mantenéis firmes, tendréis lo que nunca habéis tenido: libertad.

Chicomácatl lo miró con temor y con algo que no era gratitud, sino necesidad. Había visto de lo que era capaz Cortés. Y había entendido que, con un hombre así, era mejor estar a su lado que enfrente.

—Seremos vasallos de vuestro señor —dijo—. Porque vosotros sois más cruel que Moctezuma.

Cortés asintió lentamente. Luego, sin volverse, llamó con la mano.

—Alonso de Torres.

El escribano dio un paso al frente, con el pliego y la pluma dispuestos. Había estado junto a los soldados durante toda la quema, pálido, sin escribir nada. Ahora mojó la pluma y esperó.

—Deja constancia —dijo Cortés— de que el señor de Cempoala, aquí presente, se somete a la corona de Castilla y reconoce al rey de España como su señor. Y que nosotros, los que aquí estamos, damos fe de ello.

Alonso de Torres escribió el encabezamiento del acta. Luego, sopló la tinta y tendió el pliego a Chicomácatl.

—Que firme primero el señor de Cempoala —dijo Cortés.

Chicomácatl miró el pliego sin comprender. No sabía leer ni escribir. Pero entendió lo que le pedían. Se llevó la mano al pecho y se desprendió un pectoral de jade y oro, pequeño, con la figura de un ave labrada en el centro. Lo sostuvo un momento en la palma, como si pesara, y luego lo tendió a Cortés con las dos manos.

—Esto es lo que soy —dijo en su lengua, y Malintzin tradujo—. Lo que he sido y lo que he gobernado. Tomadlo. Desde hoy, mi señor es vuestro señor.

Cortés recibió el pectoral con las dos manos, con la misma gravedad con que se recibe una espada rendida. Lo miró un instante y luego lo entregó al escribano.

—Anotadlo —dijo—. Y guardadlo con el pliego.

Alonso de Torres tomó el pectoral, lo envolvió en un paño y lo guardó en la caja. Luego miró a Chicomácatl y a los nobles que lo rodeaban.

—¿Y los demás? —preguntó—. ¿Dan también su palabra?

Chicomácatl se volvió hacia sus nobles. Uno tras otro, los principales totonacas dieron un paso al frente y tocaron el pliego con la palma de la mano, en silencio. El escribano anotó sus nombres a medida que pasaban.

Cuando los nobles terminaron, Chicomácatl hizo un gesto hacia los dos ancianos que lo habían acompañado desde el principio. Los sacerdotes avanzaron despacio, con los sahumadores en las manos.

Se detuvieron ante el pliego. El más viejo de ellos miró a Cortés, luego al documento, y luego a Chicomácatl. Dijo algo en totonaca, con voz grave, y Malintzin tradujo en voz baja:

—Dice que los dioses han visto lo que ha pasado hoy. Y que si el señor de Cempoala da su palabra, ellos también la dan. Que el humo del copal sea testigo.

El sacerdote levantó el sahumador y lo pasó sobre el pliego, despacio, tres veces. El humo blanco se enroscó sobre el papel. Luego el anciano tocó el pliego dejando su marca con la punta de los dedos, y el otro sacerdote hizo lo mismo.

Alonso de Torres anotó sus nombres, o lo que de ellos pudo entender.

Entonces Cortés tomó la pluma. Firmó con trazo firme, y detrás de él Bernal Díaz y Sandoval estamparon sus nombres. Los frailes añadieron los suyos.

Alonso de Torres sopló la tinta, cerró el pliego y lo guardó en la caja, junto al pectoral.

Chicomácatl y su sequito miraban todo en silencio. Sabían lo que ese momento significaba: ya no había vuelta atrás, de nuevo estaban en guerra contra el altiplano. Pero ahora tenían de su lado un guerrero poderoso.

Fue entonces, al verlo allí de pie, sudoroso y taciturno, cuando los españoles empezaron a llamarlo «el Cacique Gordo». No lo decían con desprecio, sino con esa familiaridad brusca que daban los hombres de Cortés a todo lo que encontraban en aquella tierra. El apodo se quedaría con él, y con el tiempo sustituiría a su nombre incluso entre los suyos.


 

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Chicomácatl, Agreement with the Totonacs — Nahuatl XI

 Chapter XXIII: Aboard the Brigantine

The brigantine sailed close to the coast, avoiding the mangroves that spread out like a green labyrinth. At the bow, a sailor cast the sounding line and sang out the fathoms; another, by the helm, corrected the course at every call. Jaramillo went from one side to the other, watchful of the dark water, because those coasts were unknown to them and he feared the brigantine would run aground on a sandbank or that some reef would open up the hull.

Ix Balam watched from the gunwale. He did not understand the sailors' calls, but he understood the fear: he saw it in the way they looked at the water, in the hands that gripped the ropes, in the silence that fell each time the sounding line sang one fathom less. He had traveled in canoes all his life, but never in a ship like that one, and that voyage seemed to him reckless.

Jaramillo approached the bow, where Aguilar was.

—We've gone two days without news of Cortés. He went ahead with the flagship and we haven't seen him since.

Ix Balam, who was nearby, looked toward the horizon without waiting for a translation. Something didn't add up. If Cortés had gone ahead, why hadn't they seen him?

—Perhaps he found something —he said in Maya, and Aguilar translated—. Or perhaps something found him.

Jaramillo looked at him hard.

—What do you mean?

—That these coasts are not safe. There are peoples who do not receive foreigners well. If Cortés landed without waiting for reinforcements...

—Cortés knows what he's doing —Jaramillo cut in, but his voice betrayed a doubt.

The coast closed in suddenly. The brigantine left the open sea and entered a narrow arm of the mangrove. The water was dark, and the mangrove roots scraped the sides of the ship. The sounding line kept singing, but now the fathoms were fewer and fewer, and the sailors looked at the bottom with distrust.

—Mud bottom —said the man with the sounding line—. Three fathoms. Two and a half.

Jaramillo ordered the sails shortened and the oars put into the water. The brigantine advanced slowly, steered by main strength, while the men at the bow scrutinized the water in search of sandbanks.

Suddenly, Ix Balam raised his fist.

—Stop.

—What's wrong? —they asked, puzzled.

—Voices. Oars. —Ix Balam pointed ahead.

Jaramillo ordered the oars stopped. They were still at the mouth, where the channel was wide and the view reached far. A few hundred paces away, a launch was advancing slowly toward them.

—It's a launch —said Jaramillo—. And it's coming this way.

Ix Balam slipped to the bow, crouching. In the launch were four men: two Spanish soldiers and two indigenous oarsmen. At the stern, a man in light armor with a thick beard held the helm.

—It's Alvarado —said Jaramillo, and his voice relaxed—. Damn it, finally.

The launch stopped alongside the brigantine. Alvarado stood up and, with the agility of a man who has spent years at sea, grabbed the rope ladder and climbed aboard. His men climbed up behind him. His face was sweaty and his clothes stained with mud.

—Xaramillo —he said—. I'm glad to see you haven't lost your Galicians. We'll need them to navigate these waters.

Jaramillo nodded with a half smile.

—I'm glad to see you too, señor. A Galician sailor doesn't get lost in these lands. Since we already know each other, you know from your own experience that I get lost in taverns, but not at sea.

And the two men embraced.

When they separated, Alvarado wiped his forehead with his forearm.

—We've camped on the beach, facing the island. A wide beach, of firm sand. There's fresh water, and the natives who live nearby don't seem hostile. It's a good place to land.

—An island? —asked Jaramillo.

—Yes. The natives call it Chalchicueyecan, because of the sandy beaches. Ours call it San Juan de Ulúa, because Grijalva arrived there on Saint John's Day, a year ago. I was with him. We landed facing the island, not on it.

Jaramillo ordered the table set in the poop castle. It wasn't much: jerked meat, hard biscuit, a little watered wine. But after two days of sounding line and mangrove, the men found it glorious.

Alvarado ate with appetite. Ix Balam, seated beside Aguilar, looked at the jerked meat with distrust and pushed it away with his finger.

—What is this? —he asked in Maya.

—Beef —said Aguilar—. Dried and salted. It's not venison.

Ix Balam tasted it. He made a face.

—I'll stick with fish.

Alvarado laughed.

—The boy has good taste.

Jaramillo poured more wine.

—Señor, tell us what you've seen. How did you get here?

Alvarado set down his cup.

—I set out to explore from the camp, looking for a passage north. I went into the mangrove waters, through an arm like yours. There's no passage: only mud, roots, and increasingly shallow water. We had to turn back, and on returning to the sea through one of the channels, we came upon you. Good luck, because I no longer knew how to get back to the beach without crossing the mangrove.

—And the beach? —asked Jaramillo.

—It's good. Firm sand, fresh water, and the natives who live nearby don't seem hostile. Cortés has already ordered the camp set up: wells, huts, a cross planted in the sand. But there's a shortage of hands. And a shortage of soldiers.

—And Cortés? —asked Jaramillo.

—Cortés marched inland, to a city called Cempoala. Tabscoob told him about it: they say its people are vassals of the Mexica and pay them tribute. Cortés wants to reach an agreement with them and then go up to the highlands, where Mexico is, the city of the great lord who rules all these lands.

—And you didn't go with him? —asked Jaramillo.

—No. I stayed on the coast, securing the camp. Someone had to. But the idea is for all of us to go up soon.

—And what do we do in the meantime? —asked Jaramillo—. Do we keep going through the mangrove?

—No. The mangrove leads nowhere. We'll have to return to open sea and follow the island north. The beach is there opposite, and there's the camp Cortés has set up.

Ix Balam, who had listened without understanding, leaned toward Aguilar.

—What are they saying?

—That we'll soon be back with Cortés.

Alvarado finished his wine and wiped his mouth with the back of his hand.

—Jaramillo, as soon as we're ready, take the brigantine out of this arm and return to open sea. Follow the island north. I'll go with you and get into the launch when we're near the beach.

After eating, Jaramillo ordered the anchor raised. The launch was towed from the stern. The brigantine began to maneuver to leave the mangrove arm, steered by main strength, while the men at the bow sang out the fathoms again.

The water cleared and the air smelled of salt. The mangrove was left behind, and they returned once more to the sea. From the bow of the brigantine, Ix Balam watched as they skirted the coast. Suddenly, he saw the green island, and facing it, on the beach, a row of huts, a tall cross, and the smoke of several fires.

—There —said Alvarado—. That's Cortés's camp.

Jaramillo ordered the brigantine brought as close as the sounding line allowed and the anchor dropped. The sails went slack, and the ship stopped, rocking on the clear water. The sun fell flat on the deck, and the air smelled of salt and burning wood.

Then they brought the launch alongside. It came towed by the ship.

Alvarado and his men descended into it by a rope ladder, and with them Aguilar and Ix Balam. Ix Balam settled in the bow and looked at the beach: the huts were low, of branches and mud, and among them moved men in armor and others barefoot, natives coming and going carrying bundles. The tall cross shone in the sun.

The indigenous oarsmen sank their oars. The launch glided toward the beach. When they were a few steps from the sand, several men from the camp entered the water and received them, gripping the gunwale to beach it on the shore.

 

 

Chapter XXIV: The Agreement

The ambassadors of Potonchán arrived at Cempoala before the Spaniards. There were three: Ah Kin, a nobleman in Tabscoob's confidence, and two elders who had served as messengers between the coastal chiefdoms for more than twenty years. They carried no letter or gift that could be read. They carried a message learned by heart, divided among the three, so that none of them could repeat it whole on his own. Only together could they reconstruct it, word for word.

Chicomácatl, lord of Cempoala, received them in his palace, beside the plaza. The Maya of Potonchán were not his enemies: they had traded with the Totonacs for generations, salt and cotton for cacao and obsidian, and each chiefdom looked after its own interests. But times had changed, and the cacique knew it.

Ah Kin spoke first:

—Tabscoob, lord of Potonchán, sends his greeting.

At his signal, they struck the ground with their staffs before Chicomácatl. They found the rhythm, and upon that rhythm, the three of them began to reconstruct the message, one after another, like one reciting a tale learned by ear:

—From the sea come men.
—White men, with beards.
—Their houses float on the water.
—They ride unknown animals.
—They bring weapons that spit fire.
—Fire that kills.
—Our weapons, powerless.

Chicomácatl listened to the end without interrupting. Then he looked at them sternly.

—We have already heard of them. The Mexica say they are gods. Others say they are demons.

Ah Kin spoke again:

—They are not gods. They are men. Men who want land and gold. But they can be useful to you to free yourselves from your yoke.

The cacique kept silent. Ah Kin continued:

—Remember the defeat you suffered two years ago, when Moctezuma massacred your warriors on the plain. Since then you pay double. Your harvests rot in the storehouses of Tenochtitlan while your children are taken to sacrifice on their altars.

The elder on the right added:

—These foreigners do not come to demand tribute from you. They come to take it from the one who demands it of you.

—And what will they want in return? —asked the cacique.

Ah Kin replied:

—Give them as a friend whatever they ask. Warriors, guides, food. Because they can take everything they want. But what you give them will be less than what Moctezuma will take from you.

Chicomácatl looked at his nobles. Then he asked:

—And if I refuse?

—Moctezuma will keep collecting his tribute. And you will keep paying.

The cacique nodded slowly.

—Let them come. I will receive them.

Ah Kin bowed his head.

—Tabscoob does not betray his allies.
 
Chicomácatl received Cortés in the plaza, surrounded by nobles and his principal men. At his side, two barefoot elders, with their white hair gathered and their faces painted with ochre, held clay censers from which a thread of copal smoke rose: they were the priests of the great temple of Cempoala, who never left the lord's side when there was dealing with foreigners. To the captain's right went Bernal Díaz, who missed no detail of what he saw; to his left, Gonzalo de Sandoval, with his hand on the hilt of his sword. Behind, with paper and pen ready, the scribe Alonso de Torres, attentive to everything said so as to set it down in writing. The group was closed by half a dozen trusted soldiers and two friars of the expedition, with the crucifix before them. Malintzin walked beside Cortés, a step behind, her eyes lowered and her voice ready. Through her, the Totonac lord complained bitterly about the Mexica.

—They hold us as slaves —he said—. They take our harvests, our women, our children. If you are enemies of Moctezuma, then you are our friends.

Cortés did not answer at once. He let the silence stretch, looked at Malintzin to make sure she had understood correctly, and then ran his eyes over the Totonac nobles surrounding the cacique. Then he spoke in a grave voice:

—You will no longer pay tribute to the lord of Tenochtitlan. I will protect you from him and from any other enemy. But I ask that you submit to the crown of Castile, and that you recognize the king of Spain as your lord. If you do so, my king will take you under his protection, and I will defend you with my men and my arms. In return, I need your warriors, your guides, your food.

Chicomácatl did not answer. He looked at Cortés, then at Malintzin, then at the soldiers surrounding him. His face showed no fear, but calculation. After a moment, he turned without a word and withdrew toward his palace, followed by his nobles and the priests.

After the talk with Cortés, the Totonacs gave them lodging. They were low houses of stone and mud, beside the plaza, with mats spread on the floor and jars of fresh water. The Spaniards settled in as best they could. Some took off their armor and sat on the ground, exhausted. Others stood guard at the door, more from habit than necessity.

Cortés withdrew to a separate room. Bernal brought him a little bread and wine, and asked if he wanted to be left alone.

—No —said Cortés—. But let no one disturb me until tomorrow. Tomorrow we will talk.

The night passed without incident. The Totonacs did not approach the Spaniards' houses, and the sentinels saw nothing strange.

Moctezuma's tribute collectors arrived with the sun. They were not the three the cacique expected. There were five, and they came with an escort of twenty Mexica warriors, armed with macanas and leather shields. They did not come to collect the month's tribute. They came to collect it in advance, and to demand explanations for the rumors that had reached Tenochtitlan about some bearded foreigners.

Chicomácatl received them in the palace, seated on his mat, with the nobles around him. The chief of the collectors, a tall man with a headdress of green feathers and a scar on his cheek, entered unannounced and did not sit or deign to greet anyone.

—Moctezuma wants his tribute. All of it. The arrears as well.

The cacique tried to gain time.

—I don't know what you're talking about.

The collector looked toward the houses where the Spaniards were lodged, and then again at the cacique. He made no gesture. One of the Mexica warriors stepped forward and let his macana fall to the ground, once. The blow sounded throughout the palace.

—Moctezuma has many men —said the collector—. We are five. More are coming behind us.

Chicomácatl looked toward the houses. Then he looked at his nobles. Then, again, at the collector.

—Wait here —he said—. I'm going to fetch the tribute.

And he left the palace, and sent for Cortés.

Cortés arrived with Bernal and two soldiers. Ah Kin accompanied him as interpreter, and Malintzin waited by the door.

Chicomácatl was pale.

—Moctezuma's collectors have come. Five, with twenty warriors. They want the tribute, and they want to know who you are. If I don't give it to them, they'll return with an army.

Cortés listened without interrupting. Then he asked:

—Where are they?

—In the palace. Waiting.

—And how many men do you have?

—Two hundred. But I don't dare use them. If I kill the collectors, Moctezuma will send his whole army.

Cortés did not smile this time.

—You will not kill them.

—And what will you do?

—Detain them.

Chicomácatl looked at him with alarm.

—Detain them? Do you know what that means?

—It means you can no longer back out —said Cortés—. Neither you nor I.

He left the palace without waiting for an answer.

The collectors were still standing in the palace, with their arms crossed. The twenty Mexica warriors were behind them, in formation.

Cortés approached with a firm step, followed by Bernal and a dozen soldiers. Malintzin went at his side, in silence, until they reached the collectors.

—Tell them I am the captain of these men —said Cortés—. And that the tribute will not be paid.

Malintzin translated. The scarred collector looked him up and down, unhurried, the way one looks at an animal one does not yet know will bite.

—And who are you to decide that?

Cortés did not answer. He made a gesture with his hand.

The Spanish soldiers threw themselves on the collectors. The Mexica warriors reacted instantly: they seized their macanas and shields and hurled themselves at the Spaniards. The palace became a chaos of shouts and steel.

The Spaniards were few, but they wore armor and iron swords. The Mexica, with their obsidian macanas and leather shields, fell one after another. The fight was brief and brutal. When it ended, eight Mexica warriors lay on the ground, and the rest had fled or been detained. The five collectors were bound hand and foot, thrown against the wall.

Chicomácatl, who had watched everything from a corner, covered his face with his hands.

Cortés approached the collectors. The scarred one looked at him with rage.

—Moctezuma will find you. And he will make you pay for this.

Cortés did not answer. He turned to his men.

—Put them in the stone house. The one beside the temple.

The soldiers dragged the collectors to the house. It was a low building, with thick walls and a single door. They put them inside and closed the door with a beam.

Cortés then turned to Bernal.

—Bring gunpowder. And torches.

Bernal looked at him with alarm.

—Señor...

—Bring them.

The soldiers brought two small barrels of gunpowder and several lit torches. Cortés ordered them placed by the door and under the windows of the house. Then he himself took a torch.

He paused an instant. He looked at the closed door. Inside, someone was beating the wood with the palms of his hands.

He put the torch to the gunpowder.

The fire caught with a roar. The flames rose up the wooden door and licked the stone walls. Inside, the collectors began to scream. Their shrieks were heard throughout the palace and in the plaza, sharp, desperate, while black smoke came out the windows and rose toward the sky.

Chicomácatl covered his ears. The Totonac nobles watched the scene without daring to move. The Spanish soldiers, in silence, observed the flames. One of them, a young man from Extremadura who could not have been more than eighteen, crossed himself and looked away.

The screams lasted less than they expected. Then there was only the crackling of wood and the smell of burnt flesh.

When the fire went out, the house was still standing, but the door had disappeared and the interior was black with soot. Inside, the collectors were dead.

Cortés turned to Chicomácatl.

—There is no turning back now —he said—. If Moctezuma sends vengeance, it will be against you and against me. But if you stand firm, you will have what you have never had: freedom.

Chicomácatl looked at him with fear and with something that was not gratitude, but need. He had seen what Cortés was capable of. And he had understood that, with a man like that, it was better to be at his side than in front of him.

—We will be vassals of your lord —he said—. Because you are more cruel than Moctezuma.

Cortés nodded slowly. Then, without turning, he called with his hand.

—Alonso de Torres.

The scribe stepped forward, with paper and pen ready. He had been beside the soldiers throughout the burning, pale, without writing anything. Now he wet his pen and waited.

—Record —said Cortés— that the lord of Cempoala, here present, submits to the crown of Castile and recognizes the king of Spain as his lord. And that we, those here present, bear witness to it.

Alonso de Torres wrote the heading of the act. Then he blew on the ink and held the paper out to Chicomácatl.

—Let the lord of Cempoala sign first —said Cortés.

Chicomácatl looked at the paper without understanding. He did not know how to read or write. But he understood what they were asking of him. He put his hand to his chest and took off a pectoral of jade and gold, small, with the figure of a bird carved in the center. He held it a moment in his palm, as if weighing it, and then held it out to Cortés with both hands.

—This is what I am —he said in his language, and Malintzin translated—. What I have been and what I have ruled. Take it. From today, my lord is your lord.

Cortés received the pectoral with both hands, with the same gravity with which a surrendered sword is received. He looked at it an instant and then handed it to the scribe.

—Note it down —he said—. And keep it with the document.

Alonso de Torres took the pectoral, wrapped it in a cloth, and put it in the box. Then he looked at Chicomácatl and the nobles surrounding him.

—And the others? —he asked—. Do they also give their word?

Chicomácatl turned to his nobles. One after another, the principal Totonacs stepped forward and touched the paper with the palm of their hand, in silence. The scribe noted their names as they passed.

When the nobles finished, Chicomácatl made a gesture toward the two elders who had accompanied him from the beginning. The priests advanced slowly, with the censers in their hands.

They stopped before the paper. The oldest of them looked at Cortés, then at the document, and then at Chicomácatl. He said something in Totonac, in a grave voice, and Malintzin translated in a low voice:

—He says the gods have seen what has happened today. And that if the lord of Cempoala gives his word, they give it too. That the copal smoke be witness.

The priest raised the censer and passed it over the paper, slowly, three times. The white smoke curled over the paper. Then the elder touched the paper, leaving his mark with his fingertips, and the other priest did the same.

Alonso de Torres noted their names, or what he could understand of them.

Then Cortés took the pen. He signed with a firm stroke, and behind him Bernal Díaz and Sandoval stamped their names. The friars added theirs.

Alonso de Torres blew on the ink, closed the document, and put it in the box, beside the pectoral.

Chicomácatl watched everything in silence. He did not understand what they were writing, but he understood what it meant: there was no turning back now.

It was then, seeing him standing there, sweaty and pale, that the Spaniards began to call him "the Fat Cacique." They did not say it with contempt, but with that brusque familiarity that Cortés's men gave to everything they found in that land. The nickname would stay with him, and in time would replace his name even among his own people.

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martes, 20 de octubre de 2026

Rosarito y la escalera de servicio.




Doña Elvira de la Torre y Mendoza tenía una teoría: las casas no se conocen por sus salones, sino por sus escaleras de servicio. La suya, un palacete de la Castellana, tenía una escalera estrecha, de peldaños gastados por generaciones de criadas que subían y bajaban con bandejas, sábanas y secretos. Doña Elvira la llamaba "el termómetro", y si el termómetro funcionaba, la casa funcionaba. Llevaba funcionando desde los tiempos del bisabuelo, que decidió trasladarse a la corte de Madrid.

Aquella primavera de 1958, la casa se preparaba para el baile de presentación de su sobrina Carlota. Doña Elvira supervisaba todo desde un sillón de terciopelo granate, con un abanico que no usaba nunca y un gesto de fastidio que usaba siempre. En la cocina, la señora Pilar —cocinera desde que tenía memoria— daba órdenes a una chica nueva. Rosarito era hija de los caseros de una finca que doña Elvira tenía en Ávila. Su familia llevaba generaciones naciendo y muriendo en aquellas tierras, sirviendo siempre a los señores. Con dieciséis años, un delantal demasiado grande y el orgullo de una hija de los criados trabajando en la casa de los señores, Rosarito era camarera: iba y venía por la cocina con la inocencia y la alegría de su juventud, dando luz a las potas y a los fogones antes de subir al salón con las bandejas.

—Tú no mires a los señores a los ojos —le decía Pilar—. Tú sirves, sonríes y desapareces. Como si fueras un mueble.

Rosarito aprendió rápido. Aprendió a llamar "señorita" a la sobrina, que tenía su edad, y a no preguntar por qué el señorito Andrés, el hijo mayor, no trabajaba y aun así tenía un coche. Aprendió que el servicio entraba por la puerta de atrás, que las propinas se daban en la mano sin mirar, y que existía un idioma —el de los salones— que ella escuchaba desde la cocina sin entender del todo: palabras como "conveniencia", "apellido", "qué dirán", "no es de los nuestros".

La noche del baile, Rosarito subió bandejas de canapés durante cuatro horas. Vio a Carlota girar en el centro del salón, rodeada de muchachos de chaqué que se inclinaban como juncos. Vio a doña Elvira recibir a los invitados con una sonrisa que se apagaba en cuanto el invitado daba la espalda. Vio a la señora Pilar llorar en la cocina, en silencio, porque su hija no había podido venir a ayudarla: no había sitio para ella "en la casa". Rosarito entendió algo que no sabía explicar: la casa era enorme, pero no cabía todo el mundo.

A las tres de la mañana, cuando el último coche se alejó, doña Elvira bajó a la cocina. No lo había hecho jamás. Miró a Rosarito fregando copas y dijo, con una voz que pretendía ser amable:

—Arriba hay una habitación libre, junto al cuarto de plancha.

Rosarito asintió. Aquella noche subió por la escalera estrecha, la de la parte de atrás, hasta una habitación sin ventanas, con una cama de hierro y un crucifijo torcido.

A la mañana siguiente, cuando entró en la cocina, Pilar estaba delante de los fogones, con el delantal atado dos veces a la cintura. El café ya estaba hecho y la leche caliente esperaba en el cazo.

—Los tiempos cambian, niña. Ahora hasta la servidumbre duerme en casa. Como en las novelas rusas.

Rosarito llenó la taza, añadió la leche, colocó todo en la bandeja. Sonrió. Y desapareció.

Una noche de aquel otoño, el señorito Andrés volvió a casa borracho. La encontró en el pasillo de servicio, con una bandeja de copas. Al día siguiente, él no recordaba nada, o eso se dijo. Rosarito siguió sirviendo el desayuno, subiendo bandejas, sonriendo. Pero algo se le había quedado dentro, como una piedra.

Pasaron los meses. Rosarito se apretó el delantal, se puso ropa ancha, evitó el salón. Pilar lo notó, pero no preguntó. Cuando ya no pudo esconderlo más, llamó a la puerta de doña Elvira y le dijo que su madre estaba enferma, que tenía que volver a Ávila una temporada. Doña Elvira la miró con desconfianza, pero la dejó marchar: total, era una criada más, y las criadas iban y venían.

En Ávila, en la casa de los caseros, nació una niña. Rosarito la tuvo de noche, con la ayuda de su madre y de una vecina. No dijo quién era el padre. No hacía falta. A las pocas semanas, dejó a la niña con los abuelos y volvió a Madrid, a la casa de doña Elvira, como si nada hubiera pasado.

—¿Ya está mejor tu madre? —le preguntó Pilar.

—Ya está mejor —dijo Rosarito.

Y no habló más.

Al volver de Ávila, doña Elvira descubrió que ya era mujer y se reprochó haber permitido que una doncella fuera sola al pueblo, donde cualquier zagal le habría hecho perder la cabeza. Una mujer ya no valía para criada de salón. La señora no dijo nada; solo dispuso que Rosarito se quedara en el servicio de la cocina.

Desde entonces, todos los meses, Rosarito enviaba a Ávila las propinas que recibía. Porque Rosarito no tenía sueldo: solo recibía lo que la señora quisiera darle, a veces unas monedas. Nadie en la casa sospechó nunca de aquellas propinas, porque nadie concebía que una criada sin sueldo pudiera disponer de dinero alguno. Y en Ávila, con aquel dinero y la ayuda de sus abuelos, la niña aprendió a leer y a escribir, con la esperanza de no vivir como vivía su familia.

Cuando murió doña Elvira, se cerró el palacete de la Castellana. Rosarito tenía manos para el horno: en la cocina había aprendido a hacer las rosquillas de su madre, las de Ávila. Carlota, la sobrina, la recomendó al restaurante del centro donde comían los de su mundo. El dueño la puso a prueba una tarde, probó una rosquilla y no dijo nada más. Allí, por primera vez en su vida, Rosarito tuvo un sueldo. Y con aquel sueldo, la hija de Rosarito salió de la finca de los señores para poder seguir estudiando.

Un día, la hija de Ávila acompañó a un cliente a firmar un contrato en un despacho de la Castellana. Se había hecho abogada. Mientras esperaba, miró por la ventana y vio el palacete de doña Elvira, cerrado desde hacía años, que se había abierto para una exposición. En la fachada habían colgado un cartel grande que anunciaba: *La alta sociedad madrileña, 1900-1975*. Entró.

El mármol del vestíbulo seguía siendo el mismo, aunque ahora estaba acordonado con una cinta de terciopelo. Un cartel indicaba el inicio del recorrido, y una voz grabada explicaba, en dos idiomas, la historia de la casa. La hija siguió las flechas como cualquier visitante. Pasó por el salón de baile, convertido en sala de proyección, con fotografías de señoras con abanicos y caballeros de chaqué que las rodeaban, embelesados. Pasó por el gabinete de las vitrinas, donde habían reunido abanicos de nácar, guantes de baile y un reloj de pie que nunca dio la hora exacta. En el pasillo de los retratos, una pared entera estaba ocupada por un mural con una orquesta de hace cincuenta años, sonriente bajo una lámpara de araña. La hija recorrió las salas despacio, como quien visita una casa ajena.

En una vitrina, junto a un abanico y unos guantes, había un delantal de camarera. Estaba planchado, colgado de un maniquí sin cabeza, con la tela algo amarillenta por los años. La etiqueta decía: "Uniforme de servicio doméstico, de la casa".

La hija se quedó mirando aquel delantal un buen rato. Pensó en su madre subiendo y bajando por la escalera estrecha, con la bandeja del café y la leche caliente, sonriendo y desapareciendo. Pensó en todo lo que aquel delantal había callado. Luego salió a la calle, llamó a su madre y le dijo:

—Mamá, he visto tu delantal en un museo.

Al otro lado del teléfono, Rosarito se rio.

—Pues mira cómo cambian los tiempos —dijo—. Antes no nos dejaban ni entrar por la puerta principal. Ahora por lo menos nos exponen en los museos.

 

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Rosie and the Back Stairs - english version

Rosie and the Back Stairs

Lady Elvira Wentworth had a theory: houses are not known by their drawing rooms, but by their back stairs. Hers, a townhouse in Mayfair, had a narrow staircase, its steps worn smooth by generations of maids who went up and down with trays, sheets and secrets. Lady Elvira called it "the thermometer," and if the thermometer worked, the house worked. It had been working since the days of her great-grandfather, who decided to move to London for the Season.

That spring of 1958, the house was preparing for the coming-out ball of her niece Charlotte. Lady Elvira supervised everything from a garnet velvet armchair, with a fan she never used and a gesture of annoyance she always used. In the basement kitchen, Mrs. Pilcher — a cook for as long as anyone could remember — gave orders to a new girl. Rosie was the daughter of the tenant farmers of an estate Lady Elvira owned in Yorkshire. Her family had spent generations being born and dying on that land, always serving the family. At sixteen, with an apron too big for her and the pride of a servant's daughter working in the big house, Rosie was a chambermaid: she came and went through the kitchen with the innocence and joy of her youth, bringing light to the pots and the stoves before going up to the drawing room with the trays.

—Don't look the family in the eye —Mrs. Pilcher would tell her—. You serve, you smile, and you disappear. As if you were a piece of furniture.

Rosie learned quickly. She learned to call the niece "Miss Charlotte," though she was the same age, and not to ask why Mr. Andrew, the eldest son, didn't work and still had a car. She learned that the servants came in through the back door, that tips were given into the hand without looking, and that there was a language — the language of the drawing rooms — that she heard from the kitchen without fully understanding: words like "suitability," "surname," "what will people think," "not one of us."

On the night of the ball, Rosie carried trays of savouries for four hours. She saw Charlotte spin in the center of the room, surrounded by young men in tailcoats who bowed like reeds. She saw Lady Elvira receive the guests with a smile that went out the moment the guest turned his back. She saw Mrs. Pilcher cry in the kitchen, in silence, because her daughter had not been able to come and help her: there was no room for her "in the house." Rosie understood something she could not explain: the house was enormous, but there was not room for everyone.

At three in the morning, when the last car pulled away, Lady Elvira came down to the kitchen. She had never done so before. She looked at Rosie washing glasses and said, in a voice that tried to be kind:

—Tomorrow you can stay the night. There's a room next to the still room. You're here already, after all.

Rosie nodded. That night she slept in a room with no windows, with an iron bed and a crooked crucifix. The next morning, when she came into the kitchen, Mrs. Pilcher was at the stove, her apron tied twice around her waist. The coffee was already made and the hot milk waited in the pan.

—Times are changing, girl. Now even the servants sleep in the house. Like in Russian novels.

Rosie filled the cup, added the milk, arranged everything on the tray. She smiled. And disappeared.

One night that autumn, Mr. Andrew came home drunk. He found her in the service corridor, with a tray of glasses. The next day, he remembered nothing, or so he said. Rosie went on serving breakfast, carrying up trays, smiling. But something had settled inside her, like a stone.

The months passed. Rosie tightened her apron, wore loose clothes, avoided the drawing room. Mrs. Pilcher noticed, but did not ask. When she could hide it no longer, she knocked on Lady Elvira's door and told her that her mother was ill, that she had to go back to Yorkshire for a while. Lady Elvira looked at her with distrust, but let her go: after all, she was just another maid, and maids came and went.

In Yorkshire, in the tenant farmers' house, a girl was born. Rosie had her at night, with the help of her mother and a neighbor. She did not say who the father was. There was no need. A few weeks later, she left the girl with her grandparents and returned to London, to Lady Elvira's house, as if nothing had happened.

—Is your mother any better? —Mrs. Pilcher asked her.

—She's better —said Rosie.

And she said no more.

When she returned from Yorkshire, Lady Elvira discovered that she was now a woman, and reproached herself for having allowed a maid to go alone to the country, where any young man could have turned her head. A woman was no longer fit to be a parlour maid. The lady said nothing; she simply arranged for Rosie to stay in the kitchen service.

From then on, every month, Rosie sent to Yorkshire the tips she received. For Rosie had no salary: she only received whatever the lady chose to give her, sometimes a few coins. No one in the house ever suspected those tips, because no one could conceive that a maid with no salary could have any money at all. And in Yorkshire, with that money and the help of her grandparents, the girl learned to read and write, with the hope of not living as her family had lived.

When Lady Elvira died, the townhouse in Mayfair was closed. Rosie had a gift for the oven: in the kitchen she had learned to make her mother's rock cakes, the ones from Yorkshire. Charlotte, the niece, recommended her to a restaurant in the West End where her kind of people ate. The owner tested her one afternoon, tasted a cake and said nothing more. There, for the first time in her life, Rosie had a salary. And with that salary, Rosie's daughter left the family's estate so she could go on studying.

One day, the daughter from Yorkshire accompanied a client to sign a contract at an office in Mayfair. She had become a lawyer. While she waited, she looked out the window and saw Lady Elvira's townhouse, closed for years, now opened for an exhibition. On the facade they had hung a large sign announcing: High Society in England, 1900–1975. She went in.

The marble in the entrance hall was still the same, though now it was cordoned off with a velvet rope. A sign marked the start of the tour, and a recorded voice explained the history of the house in two languages. The daughter followed the arrows like any visitor. She passed through the ballroom, converted into a projection room, with photographs of ladies with fans and gentlemen in tailcoats gathered around them, entranced. She passed through the cabinet of display cases, where they had gathered mother-of-pearl fans, ball gloves and a grandfather clock that never told the right time. In the portrait corridor, an entire wall was taken up by a mural of an orchestra from fifty years ago, smiling beneath a chandelier. The daughter walked through the rooms slowly, like someone visiting a stranger's house.

In one display case, next to a fan and a pair of gloves, there was a chambermaid's apron. It was pressed, hanging on a headless mannequin, the fabric somewhat yellowed with age. The label read: "Domestic service uniform, from the house."

The daughter stood looking at that apron for a long while. She thought of her mother going up and down the narrow staircase with the tray of coffee and hot milk, smiling and disappearing. She thought of everything that apron had kept silent. Then she went out into the street, called her mother and said:

—Mum, I've seen your apron in a museum.

On the other end of the line, Rosie laughed.

—Well, look how times change —she said—. Before, they wouldn't even let us in through the front door. Now at least they put us on display in museums.

 

mvf 

lunes, 12 de octubre de 2026

El manglar - Nahuatl X


 XVIII

Los hombres del río

La ciudad aún dormía cuando Aguilar salió de la casa de piedra de Tabscoob y caminó hasta el río. Se levantó en silencio, sin despertar a nadie.

Siguiendo la orilla, junto a una pequeña fogata apagada, encontró a tres soldados españoles. Estaban tumbados en el suelo, envueltos en mantas, con las armas apoyadas contra un tronco. Dormían. Aguilar se acercó despacio. Uno de ellos abrió los ojos de golpe y se incorporó de un salto, llevando la mano al cuchillo.

—¡Padre Aguilar! —exclamó, al reconocerlo—. ¡Alabado sea Dios! Temíamos que no regresarais.

Los otros dos se despertaron también. Uno se sentó en la manta, frotándose los ojos con una sonrisa cansada. El otro, más joven, se incorporó con desconfianza, mirando a Aguilar de arriba abajo.

—El capitán nos dejó con provisiones para cinco días —dijo el primero—. Si no llegabais, debíamos partir solos y dar alcance a la expedición. Pero tres hombres solos en esta tierra...

No terminó la frase. No hacía falta.

—Nos alegramos de veros, padre —dijo el segundo—. De verdad.

—Padre —dijo el primero—. Me llamo Ordaz. Y este es Alonso.

El tercero, el más joven, se presentó con un gesto seco de la cabeza.

—Hernán.

Aguilar memorizó los nombres.

—Aguilar. Jerónimo Aguilar.

Alonso inclinó la cabeza.

—Lo sabemos, padre. El capitán nos habló de vos. Dijo que erais el hombre que hablaba con los indios.

Aguilar no respondió. Observó a los tres hombres. Ordaz tenía las manos manchadas de barro y una quemadura reciente en el dorso. Alonso llevaba una cantimplora vacía colgada del cinturón y hablaba poco. Hernán, el más joven, tenía los ojos vivos y una sonrisa fácil, pero las manos le temblaban ligeramente cuando sujetaba el cuchillo. Los tres olían a pescado seco y a humo viejo. Junto a ellos, sobre la manta, estaban sus petos de hierro, todavía húmedos de sudor, y los cascos de acero abollados por el uso.

—¿Habéis comido? —preguntó Aguilar.

—Sí, padre —respondió Ordaz—. Pescado. Todos los días pescado. Estoy empezando a soñar con pan de Castilla.

Alonso soltó una risa breve, seca.

—Yo sueño con vino —dijo—. Y con no volver a oler a mar en lo que me queda de vida.

Hernán no dijo nada. Se limitó a mirar el río, como si esperara ver algo en el agua.

—¿Cuántos días lleváis aquí? —preguntó Aguilar.

—Cuatro —dijo Alonso—. Este es el cuarto. Mañana, si no hubierais vuelto, habríamos partido.

Ordaz confirmó con la cabeza, y por un momento se le borró la sonrisa.

—Cuatro días que se me han hecho como cuatro meses —murmuró.

—¿Y qué habéis hecho mientras tanto? —preguntó Aguilar.

—Esperar —dijo Alonso—. Y matar mosquitos. Y contar los días.

Ordaz se encogió de hombros.

—Yo he aprendido algunas palabras en maya —dijo—. Las que me enseñaron los pescadores que pasaban por aquí. Agua, pescado, gracias. Poco más.

—Más de lo que yo sabía a tu edad —dijo Aguilar.

Ordaz sonrió, halagado. Hernán seguía callado, mirando el río.

—Esperadme aquí —dijo Aguilar—. Voy a Potonchán a despedirme del cacique. Volveré antes de que el sol esté alto, y partiremos entonces.

Ordaz inclinó la cabeza.

—Aquí estaremos esperando por vos, padre.

Alonso no dijo nada, pero se sentó de nuevo en la manta y se dispuso a aguardar. Hernán se acercó un paso.

—Padre —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba—. ¿Es verdad que estuvisteis ocho años entre los indios?

Aguilar lo miró.

—Sí.

—¿Y no teníais miedo?

—Mucho. Al principio. Luego aprendí que el miedo no sirve de nada. Solo cansa.

Hernán asintió, como si guardara aquellas palabras. Aguilar emprendió el regreso a Potonchán, siguiendo la orilla del río hasta las primeras casas.

La ciudad empezaba a despertar: los niños correteaban entre las casas, y el humo de las cocinas se elevaba recto en el aire inmóvil. Aguilar cruzó la plaza y llegó a la casa de piedra de Tabscoob.

El cacique lo esperaba a la puerta, con Ix Balam a su lado. Al verlo, Tabscoob no sonrió. Lo miró con una atención fría, casi severa, como si estuviera pesando algo que no decía.

—Pensé que ya os habíais marchado —dijo—. Esta mañana, cuando amaneció y no os vi, creí que habíais partido sin despediros.

Aguilar sostuvo la mirada. Entendió lo que había detrás de aquellas palabras.

—No habría hecho tal cosa —respondió Aguilar—. Ni partir sin despedirme, ni partir sin vuestro sobrino.

Tabscoob no apartó los ojos.

—¿Y si hubierais tenido prisa? ¿Si el capitán os hubiera esperado río abajo, con los días contados?

—También entonces habría vuelto —dijo Aguilar—. No os faltaría a vos. No después de lo que habéis hecho por mí.

El cacique calló. Sabía a qué se refería Aguilar. Y no dijo nada más.

—Aguilar. Sé que partes hacia el norte, a reuniros con tu capitán.

—Así es —respondió Aguilar—. Vengo a despedirme.

Tabscoob hizo un gesto lento con la cabeza. Luego miró a su sobrino. No le dijo nada. Solo lo miró, un instante largo, como quien se despide sin palabras. Ix Balam sostuvo la mirada de su tío y no bajó los ojos.

—Ix Balam irá con vosotros —dijo Tabscoob, volviéndose de nuevo hacia Aguilar—. Conoce la tierra y a los hombres. Te será útil.

Aguilar miró al joven maya. Recordó la conversación de la noche anterior, junto al fuego. Recordó también el collar de jade que Zazil le había dado antes de partir, y que ahora llevaba al cuello, oculto bajo la camisa.

—De acuerdo —dijo—. Partiremos juntos.

Tabscoob levantó una mano en señal de despedida.

—Cuida de él —dijo—. Él también cuidará de vosotros cuando le necesitéis.

No era una despedida triste. Era la despedida de un hombre que sabe que su sangre sigue caminando.

Aguilar se despidió de Tabscoob con una inclinación de cabeza. Luego, junto a Ix Balam, emprendió el regreso al río, donde Ordaz, Alonso y Hernán lo esperaban.

Al llegar, Alonso vio al maya y lo miró con desconfianza. Pero no dijo nada. Ya sabía quién era. Hernán, en cambio, se acercó un paso, curioso, mirando a Ix Balam como si fuera una aparición. Ix Balam sostuvo su mirada sin parpadear. Hernán bajó los ojos.

—De acuerdo —dijo Aguilar—. Recoged lo que tengáis. Nos ponemos en marcha ya.

Los tres soldados no necesitaron que lo repitiera. Ordaz enrolló las mantas y las ató a su petate; Alonso comprobó las cuerdas de su arcabuz, se colgó la cantimplora vacía al cinturón, se ajustó el casco y echó un último vistazo al pequeño campamento. Hernán recogió las armas y los petos, y se los echó a la espalda. No dejaban nada atrás salvo las cenizas de la fogata. En pocos minutos estuvieron listos.

Aguilar se volvió hacia Ix Balam.

—Sigamos la corriente —dijo—, hasta dar con la expedición de Cortés. Tú conoces esta tierra mejor que nosotros. ¿Cuánto crees que podemos tardar?

Ix Balam miró el río, luego el cielo, como si calculara.

—Si el río no crece y no nos detenemos —respondió—, tres días. Cuatro si la lluvia nos alcanza.

—Entonces no hay tiempo que perder —dijo Aguilar—. Andando.

Y echaron a andar los cinco, siguiendo la orilla. Caminaron durante todo el día, apartando ramas y espinas, con las armas prestas y los ojos atentos al bosque. Los petos les pesaban sobre los hombros, y los cascos, bajo el sol, les abrasaban la frente. Más de una vez Ordaz se los quitó para secarse el sudor, y más de una vez Alonso se los volvió a poner, gruñendo entre dientes. Hernán caminaba en silencio, con la mirada fija en el suelo, como si contara los pasos.

Al atardecer, cuando el sol empezaba a ponerse tras los árboles, llegaron a un recodo del río donde la corriente se ensanchaba. Allí, varada en el barro, había una canoa vieja, con el casco agrietado y las amarras podridas. Ordaz la miró un momento.

—Podríamos repararla —dijo—. Con resina y corteza. Y seguir por agua. Es más rápido que abrirse paso a machete.

Alonso escupió al suelo.

—¿Y si nos vuelca? Prefiero caminar.

—Pero caminando tardaremos días —insistió Ordaz—. Y tenemos que alcanzar al capitán antes de que llegue a Xicallanco.

Aguilar miró la canoa. Luego miró a Ix Balam.

—¿Qué opinas?

El joven maya se acercó a la canoa. La inspeccionó un momento, pasando la mano por el casco. Luego se volvió hacia ellos.

—Se puede reparar —dijo—. Hay árboles cerca. Puedo hacerlo. Pero tenemos que detenernos.

—¿Cuánto tiempo?

—Una noche. Si me ayudáis.

Alonso resopló.

—Una noche más. Como si no lleváramos ya cuatro días perdidos.

—Una noche —dijo Aguilar—. Y mañana seguimos por agua. Es lo más sensato.

Alonso no dijo nada más. Se sentó en el suelo, con la espalda contra un árbol, y se dispuso a comer un trozo de pescado seco. Se aflojó las correas del peto y dejó el casco a un lado. Ordaz se acercó a Ix Balam y le preguntó, con gestos y palabras sueltas, qué árboles había que buscar. El maya le respondió despacio, en su lengua; y Ordaz confirmó con la cabeza como si hubiera entendido la mitad. Probablemente era así. Hernán se quedó de pie, junto a la orilla, mirando el río.

Aguilar se quedó junto a la orilla, mirando el río. El agua corría hacia el norte, hacia el mar, hacia Xicallanco. Hacia Cortés. Hacia todo lo que le esperaba.

Ix Balam se acercó a él, con un pedazo de resina en las manos.

—¿Crees que llegaremos a tiempo? —preguntó.

Ix Balam confirmó con la cabeza. Luego se volvió hacia la canoa y siguió trabajando. Aguilar lo observó un momento. Luego se sentó en el suelo, junto a Alonso, y cerró los ojos.

A la mañana siguiente, antes de que el sol estuviera alto, la canoa estaba lista. La empujaron entre todos hasta el agua y subieron a bordo. Los soldados se quitaron los petos para remar mejor, y los dejaron apilados en la proa, junto a los arcabuces y los cascos.

El río seguía corriendo hacia el norte. La canoa, ya reparada, se deslizaba sobre el agua con un ritmo lento pero constante. Ix Balam iba en la proa, marcando el rumbo con la mirada; Ordaz y Alonso remaban cuando el cauce lo permitía; Hernán, en la popa, vigilaba las orillas. Aguilar, en el centro, miraba el agua.

A media mañana, llegaron a un recodo donde el río se ensanchaba. En la orilla había un claro donde habían acampado otros hombres antes que ellos. Quedaban restos de una fogata, huesos de pescado y una manta rota.

—Los de la expedición —dijo Ordaz, agachándose a mirar las huellas—. Van por tierra. Estas huellas son de hace dos días, quizá tres.

—Van por tierra y nosotros por el río —dijo Aguilar—. Pronto acortaremos la distancia.

—Si el río no nos traiciona —murmuró Alonso, sin dejar de sujetar la canoa contra la orilla.

Aguilar lo observó mientras volvían a empujar la canoa al agua. Había algo en Alonso que no encajaba con la imagen del soldado que solo cumple órdenes. No era solo el cansancio. Era la forma en que arrastraba los pies al pisar el barro, como si cada paso le costara más que el anterior.

—Vos estuvisteis en Nápoles —dijo Aguilar, sin mirarlo—. Bajo el Gran Capitán.

Alonso lo miró de reojo, sorprendido.

—¿Cómo lo sabéis?

—Se os ve en el modo de andar. Los hombres que han estado en la guerra no caminan como los demás.

Alonso soltó una risa seca.

—La guerra. Sí. Allí aprendí lo que era eso. Y también aprendí que la gloria no existe. Solo hay hombres que mueren y hombres que sobreviven. Y yo he sobrevivido demasiadas veces.

Ordaz, que iba ahora en la proa, se giró.

—Pero ahora estamos aquí. En una tierra nueva. Con ciudades de oro, dicen.

—Eso dicen —respondió Alonso—. Llevo veinte años oyendo lo mismo. Oro en Nápoles, oro en Flandes, oro en las Indias. Y siempre hay alguien que se queda con él. Nunca soy yo.

—¿Y qué buscáis entonces? —preguntó Aguilar.

Alonso calló un momento. Miró la selva que se deslizaba por la orilla, como si la respuesta estuviera entre los árboles.

—Ya no lo sé. Supongo que marchar y luchar. Es lo único que sé hacer.

—Mi padre también era soldado —dijo Ordaz, con voz más baja—. Volvió de Flandes sin una mano y sin ganas de hablar. Nunca contaba nada. Pero miraba el fuego como si viera cosas en él.

Alonso lo miró, y por un instante algo se movió en su rostro. No era ternura, pero se le parecía.

—Tu padre sabía lo que era la guerra —dijo—. Y sabía que no se puede contar. Por eso callaba.

—¿Y vos por qué no calláis? —preguntó Ordaz, sin malicia.

Alonso no respondió. Se ajustó el cinto y siguió remando.

Ix Balam, que hasta entonces había guardado silencio, habló por primera vez desde que salieron de Potonchán.

—Los hombres que han visto morir a otros no hablan de ello —dijo, con voz tranquila—. Pero tampoco lo olvidan.

Alonso lo miró de reojo, sorprendido. No dijo nada, pero por un instante sus manos se detuvieron sobre el remo.

Aguilar, que había escuchado en silencio, habló al fin.

—Quizá no sea el oro lo que buscáis. Quizá esa otra cosa esté más cerca de lo que creéis.

Alonso lo miró, y por un instante algo brilló en sus ojos. No era esperanza. Era curiosidad.

—¿Y qué es esa otra cosa, fraile?

—Eso tendréis que descubrirlo vos mismo —sonrió Aguilar—. Pero os aseguro que la selva no solo esconde peligros. También guarda respuestas.

Alonso no dijo nada más. Volvió a hundir el remo en el agua. Pero Aguilar notó que remaba con más fuerza, y que su mirada estaba un poco menos perdida. No era mucho. Pero era algo.

Ordaz, que había escuchado todo en silencio, se acercó a Aguilar, inclinándose sobre el borde de la canoa.

—¿Creéis que encontrará lo que busca?

—No lo sé —respondió Aguilar—. Pero mientras reme, tendrá una oportunidad. Y eso, en esta tierra, ya es mucho.

Al caer la tarde, llegaron a un recodo donde el río se abría en una pequeña ensenada. Vararon la canoa en la orilla y montaron un campamento junto al agua. Encendieron una fogata, comieron algo de cecina y se tumbaron a dormir bajo los árboles. Los soldados colgaron los petos de una rama para que se ventilaran, y dejaron los cascos boca abajo, junto a las armas. Ix Balam se quedó despierto un rato más, vigilando la noche. Ordaz, Alonso y Hernán se turnaron con él.

Al día siguiente, reanudaron la navegación al romper el alba. Remaron durante horas, siguiendo el curso del río.

Ix Balam iba en la proa, atento a la corriente, cuando de pronto levantó una mano. Todos dejaron de remar.

—Allí —dijo, y señaló hacia la orilla.

Aguilar miró. Entre las ramas, medio oculta por la vegetación, había una tela roja atada a una rama. Y un poco más allá, en la orilla, junto a los mangles, dos figuras que se pusieron de pie de golpe.

—¡Alonso!... ¿Eres tú, Alonso? ¡Somos nosotros!

Alonso entrecerró los ojos. Luego se incorporó, casi volcando la canoa.

—¿Pedro? ¿Rodrigo? ¿Sois vosotros?

—¡Alonso! —gritó una de las figuras—. ¡Somos nosotros!

Aguilar ordenó a Ordaz que arrimara la canoa a la orilla. Apenas tocaron el barro, Alonso saltó fuera antes que nadie y echó a correr, chapoteando en el agua, sin importarle las ropas ni el barro.

Los dos hombres de la orilla llegaron primero y lo abrazaron con una fuerza que casi lo derriba. Olían a humo, a pescado seco y a sudor viejo. Llevaban petos de hierro gastados y cascos de acero con abolladuras de guerra.

—Os estuvimos esperando —dijo uno de ellos, apartándolo para mirarlo de arriba abajo—. Cada día, hasta hoy. No dudábamos de que apareceríais.

—Y aquí estamos —respondió Alonso, y por primera vez en mucho tiempo sintió que la tensión de los hombros cedía—. ¿Y vosotros? ¿Cómo habéis sobrevivido?

El otro se adelantó, con una sonrisa torcida que no le borraba el cansancio.

—Pescando. Cazando lagartos. Y esperando. El capitán nos dejó dos arcabuces, pólvora, un barril de bizcocho y la orden de no movernos de aquí hasta que aparecierais. Ni un paso río abajo, ni un paso río arriba. «Pasados cuatro días, regresáis», dijo.

—Pero no nos fuimos —añadió el primero, y escupió al suelo—. Nos quedamos. Porque yo sabía que ibais a volver. No sé por qué, pero lo sabía.

Aguilar los miró a los dos. Estaban flacos, quemados por el sol, con las ropas deshilachadas y las manos llenas de cicatrices de espinas y mordeduras de insecto. Pero estaban vivos. Y estaban allí.

—Aguilar —dijo, tendiendo la mano—. Jerónimo Aguilar.

El más joven la estrechó con una sonrisa breve pero sincera.

—Pedro de Molina —respondió—. Y este es Rodrigo de Avellaneda.

Rodrigo inclinó la cabeza, sin sonreír. Le dio la mano a Aguilar con una firmeza seca, como si el gesto le costara más de lo que quería admitir.

—Padre —dijo, y en su voz no había devoción, sino una curiosidad contenida—. El capitán nos habló de vos.

—¿Y qué dijo? —preguntó Aguilar.

—Que erais el hombre que hablaba con los indios —respondió Rodrigo—. Y que si volvíais, era porque Dios quería que volvíais.

Aguilar no respondió. Miró a los dos hombres. Pedro, el joven, tenía las manos manchadas de barro y una quemadura reciente en el dorso. Se movía con la energía de quien no ha dormido bien en días, pero no se queja. Rodrigo, el veterano, llevaba una vieja cicatriz en la frente y una cantimplora vacía colgada del cinturón. Tenía los ojos de quien ha visto demasiadas cosas y ya no espera gran cosa de las que vendrán. Su peto estaba remendado con tiras de cuero crudo, y el casco, sin visera, tenía el borde tan desgastado que parecía de estaño.

—¿Y las provisiones? —preguntó Aguilar.

—Aún queda maíz, frijoles y algo de cecina —dijo Pedro—. Racionamos. No sabíamos cuánto tiempo...

—Bien hecho —dijo Aguilar, y les puso una mano en el hombro a cada uno—. Muy bien hecho.

Rodrigo señaló el río con un gesto de la barbilla.

—El río, más adelante, se corta con rápidos.

—¿Podemos continuar por tierra? —preguntó Aguilar.

—Sí —dijo Rodrigo—. Los chontales que van con Cortés marchan por delante. Nosotros los vimos pasar. Guerreros de Potonchán, con sus arcos y sus lanzas. Van abriendo camino. Si seguimos sus huellas, los alcanzaremos antes de lo que creéis.

Aguilar miró a Ix Balam. El maya hizo un gesto lento con la cabeza.

—Es verdad —dijo—. Los míos van delante. Conocen la ruta.

—Entonces no hay tiempo que perder —dijo Aguilar—. Recoged lo que tengáis. Seguimos a pie.

Los dos hombres ya estaban cargando sus escasas pertenencias. Ordaz, Alonso y Hernán sacaron de la canoa las mantas, la cecina y los arcabuces. Recogieron también los petos y los cascos, que volvieron a ponerse sobre el jubón. Ix Balam miró el río una vez más, como si se despidiera de él. Dejaron la canoa varada en la orilla, junto a los rápidos, porque el cauce se volvía demasiado somero y pedregoso para navegar. No volverían a necesitarla.

Y echaron a andar los siete, internándose en la selva.

La selva no era un lugar: era un animal que respiraba por millones de hojas y devoraba todo lo que se le metía dentro. El calor no tardó en hacerse sentir. Tenían la ropa pegada al cuerpo y el sudor corriéndoles por la frente. Los petos, empapados, les pesaban como si fueran de plomo. Los mosquitos, invisibles pero implacables, zumbaban alrededor de sus oídos, y cada vez que se detenían para beber un sorbo de agua, una nube de ellos se arremolinaba sobre su piel.

Pedro se detenía cada pocos pasos para mirar a su alrededor.

—¿Hay jaguares por aquí? —preguntó, con un tono que intentaba sonar despreocupado pero que delataba nerviosismo.

—Sí —dijo Ix Balam, que ya empezaba a entender algo el idioma castellano—. Pero no te preocupes. Los jaguares suelen evitar a los hombres. Prefieren presas más fáciles.

—¿Y las serpientes?

—Esas no te evitan —respondió, imitando con un brazo su movimiento sinuoso—. Pero si caminas con cuidado y miras al suelo, puedes verlas antes de que te vean.

Pedro tragó saliva y desde entonces caminó con la mirada fija en el suelo, saltando sobre cada raíz y cada piedra como si pudiera esconder una víbora.

Ordaz, que caminaba junto a él, soltó una risa breve.

—Tranquilo, muchacho. Si una serpiente te muerde, al menos no te aburrirás.

—No tiene gracia —murmuró Pedro.

—La tiene —dijo Alonso, desde atrás—. Todo tiene gracia cuando llevas tanto tiempo en estas tierras.

Hernán caminaba en silencio, con la vista al frente. Rodrigo, a su lado, no decía nada, pero sus ojos no dejaban de moverse, escudriñando la vegetación. Ix Balam iba delante, abriendo camino con un machete de madera y piedra, leyendo la selva como otros leen un mapa.



XIX

El Incidente del Río

El sendero les condujo hasta un río de aguas turbias y corriente rápida. No era ancho —quizá veinte pasos de orilla a orilla—, pero el agua bajaba con fuerza, arrastrando ramas y troncos que giraban en remolinos. No había puente. No había vado visible. Era mediodía.

Aguilar se detuvo en la orilla y examinó el agua. La corriente era fuerte, pero no imposible. El problema no era el río en sí, sino lo que pudiera haber en él. Al ver las intenciones en la mirada de Aguilar, Pedro, pálido, miró el agua con desconfianza.

—¿No podemos buscar otro paso?

—Podemos. Pero perderemos horas. Y la expedición no espera.

Rodrigo lo miró con escepticismo.

—¿Y si hay caimanes?

—Los hay —respondió Aguilar con calma—. Pero prefieren aguas más quietas. Aquí la corriente es demasiado rápida para ellos. El peligro son las piedras y los troncos que bajan.

Ix Balam se internó en la selva y al cabo de un rato regresó con una cuerda hecha con lianas de los árboles, con la que podrían cruzar el río.

—Yo iré primero —dijo Aguilar, atándose la cuerda por la cintura—. Rodrigo, vos detrás. Luego Pedro, Ordaz, Alonso y Hernán. Ix Balam será el último. No os separéis. Si uno cae, los otros lo sujetan.

Pasó el extremo a Rodrigo, que hizo lo mismo, y luego a Pedro, a Ordaz, a Alonso y a Hernán. Quedaron unidos como una cadena de eslabones.

Antes de entrar en el agua, los soldados se quitaron los petos y los cascos. El hierro pesaba demasiado, y con la corriente tirando como tiraba, un peto empapado podía arrastrar a un hombre al fondo en cuanto perdiera pie. Los ataron a la espalda, sobre los hombros, con las correas bien apretadas. Aun así, el peso les doblaba la cintura, y Ordaz tuvo que ayudarle a Alonso a ajustarse las hebillas, porque los dedos, mojados de sudor, resbalaban en el metal.

Entró en el agua. El frío le mordió las piernas y la corriente tiró de él con fuerza. Dio un paso, luego otro, apoyando los pies con cuidado en el lecho de piedras resbaladizas. El agua le llegaba a la cintura. A Pedro, más bajo, le cubriría el pecho.

—Vamos —dijo, sin volverse.

Rodrigo lo siguió. El veterano avanzaba con la mandíbula apretada, los músculos tensos, sujetando la cuerda con una mano y la espada con la otra. Pedro, tembloroso, fue el siguiente. Sus pies resbalaron en la primera piedra y dio un traspié que hizo tensar la cuerda.

—¡Cuidado! —gritó Rodrigo.

Pedro se recuperó, jadeando, y siguió adelante. El agua le llegaba al pecho. La corriente golpeaba su torso y él forcejeaba por mantener el equilibrio, con los brazos extendidos como un equilibrista.

Ordaz, Alonso y Hernán entraron después, más confiados, pero no menos tensos. Alonso avanzaba con la calma de quien ha cruzado ríos peores. Ordaz imitaba sus pasos. Hernán, el más joven, apretaba los dientes y no miraba abajo. Ix Balam cerró la marcha, con los pies firmes sobre las piedras, como si el río no pudiera con él.

Llegaron a la mitad del río cuando ocurrió.

La cuerda se tensó. La corriente tiraba de Pedro hacia abajo, arrastrándolo entre las piedras. El muchacho no salía a la superficie. Rodrigo, con los pies clavados en el lecho, tiraba de la cuerda con todas sus fuerzas, pero el agua lo empujaba, y sus pies resbalaban en las piedras.

Entonces Aguilar tomó una decisión rápida. En lugar de seguir tirando de la cuerda, se soltó el nudo de la cintura y se lanzó río abajo, dejándose llevar por la corriente hasta alcanzar a Pedro. Bajo el agua turbia, vio la silueta del muchacho, atrapado entre dos rocas, con el brazo enganchado en una rama sumergida. El peto de Pedro, que colgaba de su espalda, se había enganchado también en la rama, y el peso del hierro lo mantenía hundido, como un ancla.

Se sumergió. El agua le llenó los oídos de un ruido sordo. Tiró del brazo de Pedro, pero la rama lo retenía. Con la otra mano, arañó la madera hasta romperla. La rama cedió con un crujido. Pedro salió a la superficie, tosiendo y escupiendo agua, con los ojos desorbitados.

Lo agarró por el brazo y nadó hacia la orilla, arrastrándolo. El peto, empapado, pesaba como si fuera de plomo, y Aguilar tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener la cabeza de Pedro fuera del agua. La corriente los empujó varios pasos más abajo antes de que Aguilar consiguiera clavar los pies en el fondo y sacar a Pedro del agua. El muchacho se desplomó en el barro, vomitando agua, temblando de frío aunque el sol caía vertical sobre ellos. El peto cayó a su lado con un golpe sordo, y el hierro, al hundirse en el barro, sonó como una piedra que se deja caer en un pozo.

Aguilar se dejó caer a su lado, jadeando. Miró río arriba. La corriente había arrastrado a Pedro y a él una distancia considerable. Apenas distinguía las figuras de Rodrigo, Ordaz, Alonso, Hernán e Ix Balam en la orilla opuesta. Los vio salir del agua, uno tras otro, y señalarse unos a otros, buscándolos.

—Está bien —dijo Aguilar, arrodillándose junto a Pedro—. Está bien. Ya has salido.

Pedro levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas de humedad y miedo.

—Casi me ahogo —dijo, con la voz quebrada.

—Pero no lo has hecho. Eso es lo que importa.

Esperaron. Los otros cinco tuvieron que caminar por la orilla, abriéndose paso entre los matorrales, hasta que por fin los encontraron. Rodrigo llegó primero, con las manos apoyadas en las rodillas y el pecho subiendo y bajando. Miró a Aguilar con una expresión que mezclaba sorpresa y respeto.

—No sabía que los frailes nadaban —dijo.

—Los frailes que han naufragado aprenden a nadar o se ahogan —respondió Aguilar, mientras se secaba la cara con la manga.

Rodrigo soltó una risa corta, casi sin alegría, pero genuina.

—Pues habéis hecho bien, fraile. Si no llegáis a soltaros... el muchacho se iba al fondo. Y con el peto puesto, no lo saca ni Dios.

Aguilar se puso en pie y estiró los brazos.

—Vamos —dijo—. No podemos quedarnos aquí. La ropa mojada nos enfriará cuando caiga la noche. Tenemos que llegar a un lugar seco antes del atardecer.

Después de caminar una hora, con los pies mojados y la ropa pegada al cuerpo, encontraron un claro donde el sol calentaba la tierra y la brisa del mar se colaba entre los árboles. Allí se detuvieron, encendieron un fuego pequeño y tendieron sus ropas para que se secaran. Los petos, empapados, quedaron extendidos sobre unas piedras, y los cascos, boca abajo, brillaban al sol como espejos empañados.

Pedro, recuperado del susto, se sentó junto al fuego y observó a Aguilar con una mezcla de curiosidad y gratitud.

—Padre —dijo—. ¿De verdad estuvisteis ocho años entre los indios?

—Sí —respondió Aguilar.

—¿Y no tuvisteis miedo? Quiero decir... al principio, cuando naufragasteis. Cuando os capturaron. ¿No tuvisteis miedo de que os mataran?

Aguilar calló un momento. La pregunta le abrió una herida antigua.

—Sí —dijo al fin—. Tuve miedo. Mucho. Al principio, cada noche era un infierno. No sabía si despertaría al día siguiente. Pero con el tiempo, el miedo se convirtió en otra cosa. En respeto, quizá. En aceptación. Aprendí que la vida, aunque sea dura, sigue adelante. Y que uno puede adaptarse a casi cualquier cosa.

—¿Incluso a vivir entre indios?

—Incluso a eso —respondió Aguilar, y su sonrisa era triste pero sincera—. Incluso a aprender a quererlos.

Rodrigo, que había estado escuchando en silencio, levantó la vista.

—¿Y ahora? —preguntó—. ¿Los queréis todavía?

Aguilar lo miró directamente a los ojos.

—A algunos los quiero. A otros los respeto. A otros, simplemente los entiendo. Pero no los odio. El odio es un peso demasiado grande para llevar en estas tierras.

Rodrigo calló. Luego, en voz baja, casi para sí mismo, murmuró:

—Ojalá pudiera decir lo mismo.

Ordaz, Alonso y Hernán, que habían estado escuchando sin intervenir, intercambiaron una mirada. No dijeron nada, pero algo en sus rostros se había suavizado.

Ix Balam, sentado un poco aparte, miraba el fuego. No entendía todas las palabras, pero entendía el tono. Y el tono era el de un hombre que ha dejado de ser extranjero en todas partes.

El fuego crepitó. Las ropas empezaban a secarse. Y en el cielo, las primeras estrellas empezaban a asomar.

Esa noche, mientras hacían la guardia por turnos, Aguilar durmió profundamente. La tensión del río, el esfuerzo de la marcha, la fatiga acumulada en los viajes al sur y al norte, todo se fundió en un sueño sin sueños, del que despertó al amanecer sintiéndose extrañamente ligero.



XX

El Manglar

El sendero se internó en un manglar, donde las raíces de los árboles se alzaban como dedos retorcidos sobre el agua salobre. Tuvieron que caminar con el agua hasta las rodillas, sorteando cangrejos que se escabullían entre sus pies y serpientes que se deslizaban por las ramas bajas. El olor a podrido era intenso, y los mosquitos, más feroces que nunca, les cubrieron brazos y cuello de picaduras. El agua salobre les entraba en las botas, y los petos, empapados de nuevo, les pesaban como si llevaran sacos de arena a la espalda. Cada paso era un esfuerzo. El barro les chupaba los pies, y el hierro les hundía los hombros. Rodrigo maldijo el peto cien veces, y Ordaz se lo desabrochó para poder respirar, pero Alonso se lo apretó más, como si el peso lo mantuviera en pie.

—¡Esto es un infierno! —gritó Rodrigo, golpeando el agua con la espada—. ¿Cuándo se acaba esto?

—Cuando salgamos del manglar —respondió Aguilar, con calma—. Pero no grites. El ruido atrae a los animales.

Rodrigo lo miró con furia, pero obedeció. El incidente del río había hecho algo en él. No era confianza plena, pero sí un reconocimiento: el fraile sabía lo que hacía.

En un momento dado, perdieron el rastro de las huellas. El agua salobre había borrado todo indicio, y durante casi una hora caminaron sin rumbo, cada vez más adentro del pantano. Pedro empezó a mostrar signos de pánico.

—Estamos perdidos —dijo, con la voz quebrada—. Nos hemos perdido.

—No estamos perdidos —respondió Aguilar—. Solo hemos perdido el rastro. Son cosas distintas.

Se detuvo y cerró los ojos. Recordó las palabras de Balam: *cuando estés perdido, busca el sol. El sol siempre sale por el este y se pone por el oeste. El mar está al norte. No lo pierdas de vista.*

Abrió los ojos, localizó la posición del sol y ajustó el rumbo.

—Por aquí —dijo, señalando una dirección—. El mar está al norte. Si caminamos hacia allí, saldremos del manglar.

Rodrigo lo miró con desconfianza.

—¿Estáis seguro?

—Tan seguro como se puede estar en una selva. Pero es mejor que quedarnos aquí.

Ix Balam, que había estado observando el agua y las raíces, se adelantó unos pasos.

—Por allí —dijo, señalando un punto entre los mangles—. El agua corre hacia el mar. Si seguimos la corriente, saldremos.

Aguilar lo miró, sorprendido.

—¿Estás seguro?

—Sí. Los cangrejos van hacia el norte. El agua también.

Aguilar confirmó con la cabeza. Cambió ligeramente el rumbo y siguió al maya.

Caminaron durante otra hora, sorteando raíces y charcos, hasta que el terreno empezó a elevarse. La vegetación se aclaró y el suelo se volvió más firme, con piedras cubiertas de musgo y helechos que crujían bajo sus pies. El aire cambió. Ya no olía a podrido y a agua estancada, sino a sal, a madera húmeda, a algo que Aguilar no había sentido en días.

Se detuvo en lo alto de una pequeña loma y respiró hondo. El viento venía del norte, fresco y salado. Entre los árboles, más allá de la línea de la selva, se intuía una claridad distinta, como si el mundo se abriera de golpe.

—Estamos cerca —dijo Aguilar, en voz baja.

Rodrigo lo miró.

—¿El mar?

—Sí. Se huele. Y el viento viene de allí.

Pedro se acercó, olfateando el aire como un perro.

—Es verdad —dijo—. Huele a mar. Mi padre era pescador en Cádiz. Conozco ese olor.

Rodrigo no dijo nada, pero por primera vez en días, su rostro se aflojó. No era alegría, pero era algo parecido. Era la certeza de que el camino estaba a punto de terminar.

Ix Balam se agachó y tocó la tierra. Luego miró hacia el norte, hacia donde el viento traía el olor a sal.

—Mañana —dijo—. Si seguimos el viento, mañana llegamos.

Ordaz y Alonso, exhaustos, se dejaron caer sobre las piedras. No dijeron nada, pero se miraron, y en sus ojos había una chispa que no habían tenido en días. Se aflojaron las correas de los petos y se quitaron los cascos, que rodaron por el suelo con un golpe sordo. El hierro, al caer, sonó como un eco de algo que ya no les pertenecía. Hernán se sentó aparte, con la mirada perdida en el horizonte.

—Acampamos aquí —dijo Aguilar—. No tiene sentido seguir de noche. Mañana, al amanecer, bajamos.

Nadie discutió. Montaron el campamento en lo alto de la loma, junto a unas rocas que los protegían del viento. Encendieron una fogata pequeña, comieron lo poco que les quedaba de cecina y se tumbaron a dormir bajo los árboles.

Esa noche, el fuego crepitaba y el viento seguía trayendo el olor a sal. Pedro, agotado, se durmió casi al instante. Rodrigo, en cambio, se sentó junto a Aguilar.

—Gracias —dijo, en voz baja—. Por el manglar. Si no hubiera sido por vos, todavía estaríamos dando vueltas.

Aguilar confirmó con la cabeza.

—Cualquiera que conozca la selva habría hecho lo mismo.

—Pero no cualquiera la conoce. Vos sí. Y eso es lo que importa.

Rodrigo calló un momento. Luego, señaló hacia el norte, hacia donde el viento traía el olor a sal.

—Mañana, al amanecer, seguimos. ¿Cuánto creéis que nos falta?

Aguilar miró el horizonte oscuro.

—Si el terreno no empeora, quizá medio día. Tal vez menos. Pero depende de lo que encontremos.

Rodrigo confirmó con la cabeza y se levantó.

—Descansad, fraile. Yo haré la guardia.

Aguilar se recostó sobre la tierra dura. Cerró los ojos. Y durmió sin sobresaltos.

A la mañana siguiente, el sol ya estaba alto cuando Aguilar despertó. El campamento seguía en silencio. Ix Balam estaba de pie, junto a las rocas, mirando hacia el norte. Rodrigo dormía sentado, con la espalda contra un tronco y la espada en el regazo. Ordaz y Hernán roncaban cerca de las cenizas de la fogata.

Pedro estaba tumbado boca abajo, con un brazo extendido y la cara vuelta hacia un lado. No se movía.

Aguilar se acercó. Lo llamó por su nombre. Pedro no respondió. Le tocó el hombro, y el cuerpo estaba frío. Le dio la vuelta con cuidado. Tenía los ojos abiertos, sin brillo, y un rastro de vómito seco en la comisura de los labios. En el cuello, justo debajo de la mandíbula, había una mancha amoratada, con dos pequeños puntos en el centro.

Aguilar miró el suelo. Junto al costado de Pedro, aplastado por el peso de su propio cuerpo durante la noche, había un insecto. Era grande, del tamaño de un escarabajo, con el lomo negro y rayas rojas. Estaba reventado, pero aún se distinguían las patas y el aguijón.

—Veneno —dijo Ix Balam, que se había acercado sin hacer ruido—. Es una araña. O un alacrán. No lo sé. Pero es venenoso.

Aguilar no dijo nada. Le cerró los ojos a Pedro con los dedos. Luego, se puso en pie.

Rodrigo se despertó en ese momento. Al ver la escena, se quedó quieto. No gritó. No corrió. Solo miró el cuerpo de Pedro, y luego a Aguilar.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Esta noche —respondió Aguilar—. No lo oímos.

Rodrigo se acercó. Miró el insecto aplastado, los dos puntos en el cuello, la cara de Pedro. No dijo nada. Se quedó de pie, con los brazos caídos, como si no supiera qué hacer con las manos.

Ordaz y Hernán se despertaron también. Hernán, al ver el cuerpo, se llevó la mano a la boca y se apartó. Ordaz se quedó donde estaba, mirando el suelo.

Nadie habló durante un rato. Luego, Aguilar dijo:

—Lo enterramos aquí. No podemos llevarlo.

Cavaron la fosa entre las rocas, con las manos y con las espadas. La tierra estaba dura, y el hierro de las espadas chocaba contra las piedras. Cuando el hoyo estuvo listo, lo deslizaron al interior con sus pertenencias, y lo cubrieron con tierra y piedras.

Aguilar dijo una oración breve.

—Padre nuestro, que estás en los cielos... perdónale sus deudas, como él perdonó a los que le debían. Y llévalo a tu lado. Amén.

Rodrigo se santiguó. Ordaz y Hernán hicieron lo mismo. Ix Balam inclinó la cabeza.

Luego, Rodrigo habló. Su voz era ronca, pero firme.

—Lo salvamos del río —dijo—. Y el río no lo quiso. Pero la tierra sí.

Aguilar negó con la cabeza.

—No fue el río ni la tierra. Fue su hora. Y no había manera de esquivarla.

Rodrigo miró el cuerpo del muchacho, con los dos puntos en el cuello.

—Mi padre decía que cuando la muerte te busca, no hay agua que te aparte de ella. Ni selva. Ni rezo. Solo puedes mirarla a los ojos cuando llega.

—Y él la miró —dijo Ix Balam, en voz baja—. Durmiendo. Sin miedo. Eso es más de lo que muchos pueden decir.

Ordaz, que había estado callado, se acercó un paso.

—Era buen muchacho —dijo—. Preguntaba mucho. Pero era buen muchacho.

Hernán no dijo nada. Tenía los ojos húmedos, pero no lloró.

Luego, recogieron el campamento y reanudaron la marcha. Nadie habló durante la primera hora.



XXI

El Jaguar y los Cazadores

El cielo amaneció cubierto de nubes grises que presagiaban lluvia. El sendero se había vuelto más polvoriento, y los árboles, más altos, formaban una bóveda que apenas dejaba pasar la luz. Caminaban en silencio, con los oídos atentos al rumor de la selva y los ojos escudriñando el suelo en busca de huellas. La ausencia de Pedro pesaba más que cualquier palabra.

Fue Rodrigo, el más veterano, quien lo vio primero.

—¡Mirad! —susurró, señalando el suelo.

En el barro, junto al sendero, había pisadas. Varias. La mayoría borradas por la lluvia o por el paso de otros animales, pero una de ellas estaba mejor impresa: la planta de un jaguar, fresca, con los bordes aún afilados. Las uñas habían dejado cuatro marcas profundas en la tierra, y el talón se hundía con el peso de un animal grande.

Aguilar se agachó y examinó la huella. Estaba húmeda, pero no encharcada.

—Ha pasado hace menos de una hora —dijo, en voz baja—. Tal vez media.

Rodrigo desenvainó la espada y se puso en guardia, con los ojos recorriendo la vegetación. Se ajustó el peto con la mano libre, y el hierro crujió.

—¿Está cerca?

—No lo sé —respondió Aguilar—. Pero los jaguares suelen evitar a los hombres. Si nos ve, es probable que se aleje.

—¿Y si no se aleja? —preguntó Hernán, con la voz temblorosa.

Aguilar no respondió. Ix Balam se agachó junto a la huella. La tocó con los dedos, midió su tamaño con la mano.

—Es grande —dijo—. Macho. Y no tiene hambre. Si tuviera hambre, no habría dejado la huella tan limpia.

Aguilar lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque los jaguares hambrientos caminan deprisa. Este ha caminado despacio. Ha bebido. Ha descansado. No nos busca.

—Seguimos —dijo Aguilar—. Pero sin hacer ruido. Y sin correr.

Caminaron unos pasos. Apenas diez. Y entonces Aguilar sintió el escalofrío. Un instante antes de oírlo, supo que algo no estaba bien. Quizá fue el olor, un tufo acre a orina de felino. O el silencio repentino de los pájaros. O quizá fue simplemente el instinto de supervivencia que había desarrollado durante ocho años en la selva.

Se detuvo. Alzó la mano.

—Quietos —susurró.

Los soldados se detuvieron. En el silencio, Aguilar oyó una respiración profunda, ronca, apenas a unos pasos. Se volvió lentamente. Sus ojos recorrieron la espesura.

Y entonces lo vio.

El jaguar estaba agazapado sobre una rama baja, a unos diez pasos de ellos. Su pelaje amarillo se mimetizaba con las manchas de sol y sombra, y sus ojos, de un verde intenso, brillaban con la luz que se filtraba entre las hojas. Era un animal magnífico y terrible.

Aguilar sintió que el tiempo se detenía. El jaguar lo miraba fijamente, sin parpadear. No rugía. No gruñía. Solo observaba.

—No os mováis —susurró Aguilar—. No le quitéis los ojos de encima. Y no corráis.

Hernán estaba paralizado. Rodrigo había adoptado una postura de combate, con la espada en alto. Ordaz, más atrás, contenía la respiración. Ix Balam no se movió. Se quedó quieto, con los ojos fijos en el animal, como si lo conociera.

El jaguar giró la cabeza ligeramente. Luego, con una lentitud que parecía deliberada, se incorporó sobre la rama, estiró el lomo y saltó al suelo. Caminó unos pasos, sus ojos fijos en ellos. Y luego, sin prisa, se dio la vuelta y se adentró en la selva, desapareciendo entre la maleza como una sombra que se desvanece.

El silencio se mantuvo durante varios segundos. Luego, Hernán exhaló un suspiro que parecía haber contenido desde el principio.

—Se ha ido —dijo, con la voz quebrada—. Se ha ido.

Aguilar sintió que las piernas le temblaban. Había olvidado lo que era estar tan cerca de un depredador. Ocho años en estas tierras no lo habían vuelto inmune al miedo. Solo lo habían enseñado a controlarlo.

—Vamos —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía—. No nos detengamos.

Caminaron durante otra hora, en silencio. El encuentro con el jaguar los había dejado tensos, con los nervios a flor de piel. Pero también, de alguna manera, los había unido.

Fue entonces cuando oyeron los gritos.

No eran gritos de guerra, sino de caza. Voces graves, rítmicas, que venían de entre los árboles, acompañadas del sonido de tambores y caracolas. Aguilar levantó la mano y todos se detuvieron.

—Mayas —dijo Ix Balam—. Están cazando.

—¿Cazando qué? —preguntó Hernán, con la voz temblorosa.

Ix Balam no respondió. Pero su mirada se posó en el suelo, donde las huellas del jaguar se cruzaban con pisadas humanas. Entonces Aguilar lo entendió.

—Al jaguar —dijo—. Están cazando al jaguar.

Rodrigo apretó la empuñadura de su espada.

—¿Nos metemos o pasamos de largo?

Aguilar dudó un instante. Pero entonces un rugido desgarró el aire, seguido de gritos y el chocar de lanzas contra piedra. El jaguar había sido acorralado. Y los cazadores mayas lo estaban atacando.

—Vamos —dijo Aguilar—. Si están en peligro, podemos ayudar.

Corrieron hacia el sonido. La selva se abrió en un claro, y allí, en medio de un círculo de hombres pintados con rayas negras y rojas, el jaguar luchaba por su vida. Era el mismo. Ix Balam lo supo al instante: el mismo pelaje, la misma mirada, la misma calma terrible. El animal tenía el lomo erizado, los colmillos descubiertos, y sus ojos brillaban con una ferocidad que helaba la sangre. A sus pies, dos cazadores yacían en el suelo, con los brazos desgarrados y la sangre empapando la tierra. Uno de ellos se arrastraba hacia atrás, dejando un rastro oscuro, con la mano apretada contra el vientre abierto. El otro no se movía.

Los demás cazadores lo acosaban con lanzas y arcos, pero el animal era rápido, y cada embestida suya hacía retroceder a los hombres. Un joven maya se acercó demasiado con una lanza, y el jaguar se volvió con una velocidad imposible. Le clavó las garras en el hombro y lo derribó de un zarpazo. El muchacho gritó, y su grito se cortó de golpe cuando el jaguar le hundió los colmillos en el cuello. Luego lo soltó, y el cuerpo cayó al suelo como un fardo.

El viejo cazador gritó una orden en maya. Los arqueros dispararon, pero las flechas rebotaron en el lomo del animal o se clavaron en la tierra. El jaguar rugió, un rugido profundo que hizo temblar las hojas, y se lanzó contra un segundo cazador, derribándolo con el peso de su cuerpo. Le desgarró el pecho con las patas delanteras, y la sangre salpicó las raíces y las piedras.

Los mayas estaban perdiendo. El cerco se estaba rompiendo. El jaguar iba a escapar.

Aguilar no lo pensó dos veces.

—¡Ix Balam! —gritó—. ¡Ahora!

Ix Balam se lanzó hacia el jaguar con su machete en la mano. Rodrigo lo siguió, espada en alto, y juntos se interpusieron entre el animal y la salida del claro. El jaguar se lanzó contra ellos, con los ojos inyectados en sangre y la boca manchada de rojo.

—¡Ordaz! —gritó Aguilar.

Ordaz disparó su arcabuz. El estruendo hizo temblar el aire, y el jaguar, alcanzado en el costado cuando saltaba, cayó de lado con un aullido frente a Ix Balam. El animal quedó en el suelo, pataleando, con la sangre brotándole de la herida y los ojos aún feroces.

Pero no murió. Se incorporó, tambaleante, con la respiración entrecortada. Ix Balam no retrocedió. Se quedó quieto, con el machete en alto, mirándolo a los ojos. El jaguar lo miró también, como si lo reconociera. Y luego se desplomó de nuevo.

Ix Balam se acercó. El jaguar intentó levantarse una última vez, pero ya no le quedaban fuerzas. Ix Balam le puso una rodilla en el costado y le clavó el machete en el pecho. El animal dio un espasmo, con los ojos aún fijos en los suyos, y luego quedó quieto.

El silencio volvió al claro. Solo se oía la respiración agitada de los hombres y el goteo de la sangre sobre la tierra.

El viejo cazador se volvió hacia Aguilar. Lo miró largamente, sin decir nada. Luego, sus ojos se posaron en el collar de jade que Aguilar llevaba al cuello —el que Zazil le había dado—, y algo en su expresión se suavizó.

—Ese collar —dijo—. Es de la ciudad de Potonchán. ¿Cómo lo has conseguido?

—Una mujer maya me lo dio. Su nombre es Zazil. Es la esposa de un hombre que fue dzul, como yo, pero que ahora es maya. Se llama Na' Chan Kan.

El viejo arqueó las cejas.

—¿Conoces a Na' Chan Kan?

—Sí. He estado en su aldea. Hace tres días hablé con él.

El viejo calló. Los otros cazadores intercambiaron miradas. Luego, el viejo hizo un gesto lento con la cabeza.

—Entonces eres amigo de los mayas —dijo—. Puedes pasar.

Aguilar inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.

—¿Habéis visto a los hombres de barba? —preguntó—. ¿Pasaron por aquí?

El viejo señaló hacia el norte.

—Pasaron hace tres días. Iban hacia la costa. Llevaban caballos de cuatro patas que nunca habíamos visto. Los niños les tenían miedo. Pero los hombres de barba no nos hicieron daño. Siguieron de largo.

—¿Y no os pidieron nada? ¿No os quitaron comida?

—No —respondió el viejo, con una mezcla de sorpresa y desconfianza—. Pasaron y no nos pidieron nada. Solo preguntaron por el camino. El que habla vuestra lengua, el que tiene la piel blanca y los ojos claros, dijo que iban en son de paz. ¿Es verdad?

Aguilar confirmó con la cabeza.

—Es verdad. Vienen a conocer vuestras tierras. No a haceros daño. Pero no todos lo entienden así.

El viejo lo miró con atención.

—Tú eres diferente a ellos —dijo—. Hablas como nosotros. Caminas como nosotros. ¿Por qué no te quedas con nosotros? ¿Por qué sigues a los hombres de barba?

Aguilar sintió el peso de la pregunta. Durante un instante, consideró la posibilidad. Quedarse. Olvidar a los españoles. Olvidar a Cortés. Vivir el resto de sus días en una aldea maya, como Guerrero, como Balam, como tantos otros.

Pero entonces pensó en el escribano. En Malintzin, que apenas empezaba a aprender las palabras del español. En el mapa que Cortés había desenrollado, con sus líneas de tinta trazando rutas hacia el corazón del imperio mexica. En la cruz clavada en el templo de Kukulkán, que él mismo había ayudado a erigir.

No podía quedarse. No hasta que el círculo se cerrara. No hasta que todas las piezas encajaran.

—Porque aún no he terminado lo que vine a hacer —respondió al fin—. Pero tal vez, cuando todo haya acabado, vuelva.

El viejo hizo un gesto lento con la cabeza, como si aquella respuesta le bastara.

—Entonces ve —dijo—. Pero antes, acercaos.

Los cazadores mayas se acercaron al cuerpo del jaguar. El viejo se agachó, hundió los dedos en la herida del animal y se untó la sangre en la palma de la mano. Luego, se volvió hacia Aguilar y le trazó dos rayas rojas en las mejillas, desde los pómulos hasta la mandíbula. Hizo lo mismo con Rodrigo, con Ordaz y con Hernán. Cuando llegó a Ix Balam, se detuvo un instante, y luego le trazó las mismas marcas, pero con un gesto distinto, casi solemne.

—La sangre del jaguar os protege —dijo, en maya, y Aguilar tradujo—. Ahora sois hombres que han cazado con nosotros. Ahora sois parte de esta tierra.

Hernán se tocó la cara con los dedos, sorprendido. Rodrigo no dijo nada, pero por primera vez desde que habían empezado el viaje, su rostro no mostraba recelo. Ordaz sonrió, aunque con cansancio. Ix Balam, en cambio, miró a Aguilar con una expresión nueva, como si acabara de descubrir algo que no sabía de él.

Aguilar inclinó la cabeza.

—Gracias por el aviso. Y que los dioses os protejan.

El viejo sonrió, mostrando sus dientes manchados de chicle.

—Que te protejan a ti también, dzul. Aunque ya no eres del todo dzul, ¿verdad?

Aguilar sonrió, pero no respondió. Dio media vuelta y señaló a los soldados que podían avanzar. Rodrigo, Ordaz y Hernán, que habían observado la escena sin entender una palabra, lo siguieron en silencio. Ix Balam, en cambio, había seguido parte de la conversación.

Cuando estuvieron fuera del alcance de los cazadores, Rodrigo se acercó a Aguilar.

—¿Qué os han dicho?

—Que los españoles pasaron hace tres días, que no hicieron daño a nadie, y que más al norte hay pueblos que no nos quieren. Y que la sangre del jaguar nos protege.

Rodrigo se tocó la cara, donde las marcas rojas empezaban a secarse.

—¿Y eso es verdad?

—Para ellos, sí —respondió Aguilar—. Y eso es lo que importa.

Rodrigo calló, procesando la lógica.

—Es extraño —dijo al fin—. Que unos indios a los que no conocéis os ayuden.

—No es extraño —respondió Aguilar—. Es humano. Y los mayas son tan humanos como nosotros.

Rodrigo no dijo nada más. Pero Aguilar notó que su paso se había vuelto un poco más firme. Como si aquel encuentro, aquella conversación, hubiera removido algo en su interior.

Ix Balam se acercó a Aguilar.

—El viejo tenía razón —dijo, en voz baja—. Los pueblos del norte no nos quieren. Si los hombres de barba han pasado por allí, puede que hayan encontrado problemas.

—Lo sé —respondió Aguilar—. Por eso tenemos que darnos prisa.

Caminaron durante otra hora, en silencio. El terreno seguía elevándose, y el aire olía cada vez más a sal. Pero no vieron el mar. Solo el viento, y el olor, y la certeza de que estaba cerca.

Al atardecer, llegaron a un claro rodeado de rocas, en lo alto de una colina. Desde allí, entre los árboles, se intuía una claridad distinta, como si la selva estuviera a punto de abrirse. Pero no había playa, ni arena, ni nave. Solo el viento salado y el rumor lejano del oleaje.

—Acampamos aquí —dijo Aguilar—. Mañana, al amanecer, bajamos.

Montaron el campamento junto a las rocas. Encendieron una fogata pequeña, comieron lo poco que les quedaba y se tumbaron a dormir. Hernán, agotado, se durmió casi al instante. Rodrigo, en cambio, se sentó junto a Aguilar.

—Gracias —dijo, en voz baja—. Por el jaguar. Si no hubiera sido por vos, quizá no estaríamos aquí.

Aguilar confirmó con la cabeza.

—Cualquiera que conozca la selva habría hecho lo mismo.

—Pero no cualquiera la conoce. Vos sí. Y eso es lo que importa.

Rodrigo calló un momento. Luego, señaló hacia el norte, hacia donde el viento traía el olor a sal.

—Mañana, al amanecer, seguimos. ¿Cuánto creéis que nos falta?

Aguilar miró el horizonte oscuro.

—Si el terreno no empeora, quizá medio día. Tal vez menos. Pero depende de lo que encontremos.

Rodrigo confirmó con la cabeza y se levantó.

—Descansad, fraile. Yo haré la guardia.

Aguilar se recostó sobre la tierra dura. Cerró los ojos. Y durmió sin sobresaltos.



XXII

La Playa

A la mañana siguiente, levantaron el campamento y volvieron a ponerse en marcha. Caminaban en silencio, con los ojos fijos en el sendero, cuando Ix Balam les mandó detenerse. Había olido humo en el viento.

—Es fuego de hombres —dijo—. No de cocina. De campamento.

Aguilar miró hacia el norte. Entre los árboles, una columna de humo se elevaba recta en el aire inmóvil. A Aguilar se le apretó el pecho. Los hombres soltaron gritos de alegría. Rodrigo, en cambio, sonrió. No era una sonrisa amplia ni alegre, sino la de un hombre que ha caminado demasiado y que, por fin, ve el final del camino.

—Vamos —dijo Aguilar—. No nos detengamos ahora.

Apretaron el paso, olvidando el cansancio, tropezando con raíces y ramas, con la mirada fija en el humo. Los petos, ya secos, les golpeaban los costados al caminar, y los cascos, colgados de las mochilas, tintineaban con cada paso. Media hora después, la selva se abrió, y vieron el mar. Y en la playa, anclada cerca de la orilla, distinguieron una nave española con las velas recogidas.

Habían alcanzado la expedición.

Aguilar se detuvo un momento, con el corazón golpeándole las costillas. A su lado, los otros reían y lloraban al mismo tiempo. Rodrigo, más sereno, se limitó a apoyar la mano en el hombro de Aguilar y apretar suavemente.

—Lo hemos logrado, fraile —dijo—. Gracias a Dios.

Aguilar confirmó con la cabeza, sin palabras. Caminaron hacia la playa. Sus pies, doloridos y ampollados, apenas sentían el contacto con la arena. En la orilla, varios soldados estaban llenando barriles de agua de un arroyo que desembocaba en el mar. La expedición había acampado allí para aprovisionarse antes de seguir hacia el norte. Al verlos, algunos los reconocieron y los saludaron con gritos de sorpresa y alegría.

—¡Habéis llegado!

—¡El capitán se va a alegrar!

Aguilar alzó la mano en un saludo. La emoción le cerraba la garganta. Caminó hacia ellos sintiendo que las piernas se le doblaban, pero no se detuvo.

—El capitán —dijo al fin, con la voz ronca—. ¿Quién es vuestro capitán?

Uno de los soldados se adelantó, secándose las manos en el jubón.

—El capitán Jaramillo, padre. Su nave está anclada a unos cientos de pasos. Se separó de la expedición de Cortés para esperar en la costa, por si volvíais. Venid, os llevaremos.

Aguilar confirmó con la cabeza. Se volvió hacia los suyos.

—Quedaos aquí —dijo—. Descansad. Ya habrá tiempo de que subáis.

Ellos obedecieron. Se aflojaron las correas de los petos, que llevaban a cuestas desde días atrás, empapados de sudor y de sal, y el hierro cayó sobre la arena con un golpe blando, y se dejaron caer en la arena, junto a los barriles de agua que esperaban ser embarcados, soltando un suspiro largo. Los que estaban allí los rodearon, preguntándoles por el camino, por la selva, por lo que habían visto.

Antes de subir a la chalupa, Aguilar se detuvo. Miró atrás. Los soldados que le habían acompañado descansaban en la arena, mientras les contaban a sus compañeros de la playa la travesía que habían hecho por el manglar, la muerte del jaguar y cómo los salvajes les habían hecho unas señales en sus rostros. Más allá, la selva se cerraba sobre sí misma, como si nunca hubiera existido un sendero. Y en algún lugar, bajo una piedra, ya había cobrado su precio.

Aguilar no dijo nada. Solo miró un instante. Luego, subió a la chalupa.

Los remos batieron el agua. El casco se hacía más grande con cada palada. Aguilar miró a Ix Balam, sentado frente a él, con la mirada fija en la nave. El joven maya no decía nada, pero sus ojos lo recorrían todo: las jarcias, las velas, el casco oscuro y enorme que se alzaba ante él. Nunca había visto una cosa semejante.

La chalupa chocó suavemente contra el costado de la nave. Desde cubierta les lanzaron una escalera de cuerda. Aguilar la tomó con las manos temblorosas y la sostuvo mientras Ix Balam comenzaba a subir. Cuando el muchacho alcanzó la borda, varias manos lo ayudaron a pasar.

Aguilar subió tras él. Al alcanzar la borda, apoyó la mano en la madera de la barandilla. Estaba fría, húmeda de sal, gastada por el tiempo y el mar. Cerró los dedos sobre ella, y por un instante el mundo se detuvo.

Los marineros se acercaban con curiosidad a Ix Balam, mirándolo como si fuera una criatura de otro mundo. Le ofrecieron agua, un trozo de pan, un sitio donde esperar. Él aceptó el agua, nada más. Las miradas seguían sobre él, pesadas, curiosas.

El viento salado le golpeó el rostro. Miró a su alrededor: las velas recogidas, el olor inconfundible a brea y a madera vieja. Entonces sintió que de nuevo estaba en casa.

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