ADELAIDA FUERTES
I. La infancia de Adelaida y el descubrimiento de la lectura
Adelaida quería ser monjita evangelizadora en las Amazonas. No era un capricho pasajero, sino una certeza que le ardía en el pecho desde que, en las clases de dibujo, la hermana Guerra —una monja bajita y de cara redonda que había pasado quince años en una misión perdida entre la selva— les había enseñado fotografías amarillentas de su época como misionera. Las veía con los ojos muy abiertos, fascinada, mientras la hermana Guerra señalaba con el dedo los rostros de mujeres indígenas con collares de semillas y los pechos al aire, y el río ancho y marrón perdiéndose entre la vegetación, donde se bañaban niños descalzos junto a una canoa. Desde entonces, Adelaida no podía pensar en otra cosa. Así que, cuando en el colegio de hermanas religiosas se lo confesó a su profesora de geografía —una mujer seca y de gafas redondas que olía a alcanfor—, esta no dijo ni una palabra. Se limitó a alzar una ceja, a cerrar el libro de texto con un golpe seco y a ordenarle que fuese inmediatamente a hablar con la madre superiora, antes de que la enfermedad se propagase por la clase.
Al día siguiente, sus padres tuvieron que acudir al colegio para mantener una reunión con la madre superiora. La madre de Adelaida, que ya había tenido que lidiar con otras ocurrencias de su hija, entró en el despacho con la mandíbula apretada; el padre, en cambio, se quedó junto a la puerta, mirando al suelo, como si el linóleo fuese el lugar más interesante del mundo. La madre superiora, sentada tras una mesa de caoba repleta de crucifijos y papeles con membrete, relató los hechos con una parsimonia que hacía más grave cada sílaba. Y, después de explicarles a los padres lo ocurrido, añadió, inclinando ligeramente la cabeza:
—Eso no puede ser, porque la palabra de Dios está reservada a los hombres, y la obediencia y la paciencia, a las mujeres.
—¡Sí, madre superiora, que si lo sabré yo! —respondió la madre de Adelaida, con una sonrisa tensa que no llegaba a sus ojos—. Además, ¿qué podría enseñarle una niña a esas mujeres salvajes? Sería ridículo pensar que una cría como ella pudiera ir a decirles a esas mujeres cómo deben vivir, o peor aún, sugerirles que imitaran la vida de sus hombres como si fuera un juego de niñas.
El padre asintió con la cabeza, tres veces, como un muñeco de cuerda. No añadió nada. Nunca añadía nada cuando se trataba de la educación de su hija.
Esa misma tarde, al regresar a casa, después de la merienda, sus padres la castigaron sin salir de su habitación para escarmentarla.
Sola en su aposento, Adelaida se dejó caer boca arriba sobre la cama, con los brazos extendidos en cruz, mirando al techo con la vista borrosa de sus ojos llenos de lágrimas. El techo de la habitación estaba cubierto de estrellitas fosforescentes que su madre había pegado, una por una, cuando ella era pequeña, para que le hiciesen compañía en la obscuridad. Ahora, aquellas estrellas parecían burlarse de ella desde lo alto: parpadeaban verdes y amarillas, ajenas a su tragedia, como diminutos testigos de su encierro.
Estuvo un buen rato sin moverse, con la mirada perdida en ese universo borroso y centelleante.
Cuando las lágrimas se secaron y la respiración se le hizo más pausada, se irguió de golpe, se limpió las mejillas con el dorso de la mano y cogió dos muñecas que estaban colocadas en la estantería de la pared. Regresó a la cama y las sentó sobre sus piernas recogidas, como si fuesen dos consejeras de guerra. Una de las muñecas, que se llamaba Clara, tenía medias rojas y llevaba el pelo rubio con mechas; la otra, de pelo negro y ojos de porcelana despintada, se llamaba Pepona. Adelaida las miró a los ojos, les susurró su pena y, para su sorpresa, ambas parecían tan desconcertadas como ella. Tampoco comprendían por qué no podía ser misionera en el Amazonas. Las movió un rato, les cambió los vestidos, las hizo bailar sobre el edredón, pero pronto su compañía se le antojó vacía y absurda.
Al cabo de un rato se cansó de las muñecas y las regresó a su sitio en la estantería.
Fue entonces, al alzar el brazo para colocar a Pepona junto a su hermana rubia, cuando se fijó en el libro que le había regalado una tía suya en su último cumpleaños. Era un libro, de tapas azules con dibujos dorados, que hasta entonces había permanecido olvidado, acumulando polvo, porque a Adelaida nunca le había gustado leer. Pero aquella tarde, con el castigo pesándole sobre los hombros, el libro pareció llamarla con un brillo distinto.
Cogió el libro de la estantería, colocó el volumen sobre la almohada y, tumbada en la cama, apoyando la barbilla en las manos, empezó a leer. Pasó las primeras páginas con desconfianza, moviendo los labios en silencio, pero al llegar al segundo capítulo ocurrió algo extraño: los personajes —una pandilla de adolescentes que exploraban una casa abandonada— empezaron a hablar dentro de su cabeza. No eran ecos ni imaginaciones vagas: escuchaba sus voces con una nitidez asombrosa, con distintos tonos, distintas pausas, distintas maneras de reír, cada vez que pasaba el dedo por encima de lo escrito. Era como si el papel fuese un radiorreceptor y su dedo, la antena de otro mundo.
No hubo cena en familia ni beso de buenas noches. Solo el ruido de la llave girando en la cerradura y el silencio de un pasillo vacío.
Tras ese descubrimiento, Adelaida, durante los castigos que tenía que pasar sin salir de su habitación, empezó a leer todo lo que caía en sus manos. Devoró novelas de aventuras, biografías de exploradoras, libros de poesía que no entendía del todo pero que le sonaban a música, y hasta los prospectos de los medicamentos que su madre dejaba olvidados en el baño. Leía con una hambre que no sabía que tenía, como si cada página fuese un bocado que llevara años esperando.
Esa voracidad se manifestó, por ejemplo, con el castigo de cuatro semanas sin salir que sus padres le impusieron por haber respondido a puñetazos a los chicos del pueblo vecino cuando habían venido a pedirles bailar en las fiestas patronales. Ella no lo hizo por maldad, sino porque el más alto de ellos, un muchacho de orejas grandes y modales bruscos, le había agarrado la muñeca con demasiada fuerza y le había dicho que "bailar con él era un honor". Adelaida, que ya había leído suficientes libros como para saber que ningún honor debía doler, le propinó un golpe en la nariz que le hizo sangrar sobre la camisa blanca del domingo. Durante esas cuatro semanas, Adelaida leyó La vuelta al mundo en ochenta días apoyado en la almohada, Las minas del rey Salomón recostada sobre las sábanas, La isla del tesoro en el suelo, al pie de la cama, y Oliver Twist sostenido en el aire, con las páginas abiertas frente a sus ojos, mientras ella permanecía acostada boca arriba.
En el colegio dejó de querer ser monjita evangelizadora en el Amazonas. Ya no necesitaba viajar hasta la selva para encontrar aventuras: las tenía todas en las páginas de los libros que su tía le iba regalando. Y, poco a poco, empezó a escribir cositas: anotaciones en los márgenes de los cuadernos, luego frases sueltas en una libreta de espiral, después relatos cortos que titubeaban entre la realidad y la fantasía. Pasado algún tiempo, se atrevió a confesar en secreto que escribía relatos y decidió dejárselos a Matilde, una chica callada y taciturna, con la condición de que guardase el secreto. Matilde, emocionada porque alguien confiase en ella y orgullosa de ser la custodia de aquellos relatos secretos, se lo confesó a otra compañera, y los papeles empezaron a circular por el patio del colegio como un secreto que todas queríamos conocer. Las hojas, manchadas por tantos dedos y doblegadas por tantas lecturas, circulaban de pupitre en pupitre, siempre a escondidas, como si el colegio entero fuese una red de cómplices que guardaban un mismo secreto.
—Qué vanidosa —dijimos nosotras—, y nos burlamos de ella llamándola Adelaida Fuertes.
II. El curso de administrativo, la publicación y la venta del libro
Ensayo sobre la novela de Adelaida.
A la edad de veintiséis años, Adelaida, como la mayoría de las jovencitas de su edad, ni estudiaba, ni trabajaba, ni tenía ninguna expectativa en el horizonte. Para hacer algo de su vida, decidió volver al colegio y se matriculó en un curso de formación profesional básica de administrativo. Allí nos reencontramos con algunas amigas del antiguo colegio de monjas. Contentas de habernos encontrado otra vez, seguimos burlándonos de Adelaida Fuertes, como siempre.
Llevábamos una vida normal: del colegio a casa y de casa al colegio, y la que más y la que menos sacaba dieces en faltas de asistencia. Entonces, cuando apenas faltaban unos meses para terminar el curso, Adelaida apareció en el instituto con una caja llena de libros iguales.
Nosotras creímos que quería ser librera o bibliotecaria, pero el error se desveló enseguida. La realidad era otra: mientras nosotras nos engañábamos sobre nuestra edad, quejándonos en casa de que no nos gustaba el pescado o la sopa con fideos gordos y sin saber hacer unos huevos fritos, nuestra compañera, para hacerse la importante y dar la nota, había escrito un libro en secreto. Cuando lo terminó, envió copias a la dirección de las editoriales de los libros que leía —algunas de ellas ya no existían desde hacía tiempo— y finalmente recibió respuesta de una imprenta de Albacete diciéndole que ellos se encargaban de la corrección en gallego y de la impresión de su primera novela. Todo por mil euros.
Sin dudarlo, ingresó la cantidad en la cuenta que le indicaban y les mandó la copia del recibo del banco con el manuscrito completo.
Desconocíamos el origen de los fondos. Alguien dijo que gastó el dinero que una tía suya le había dejado al morir para que llevara una vida normal, fuera a la universidad y se casara.
Ahora Adelaida estaba en el IES La Esperanza del Polígono con la caja de libros que había ido a buscar a Correos, y nos pedía que le comprásemos uno, sin que supiéramos muy bien para qué.
La primera que compró uno de los libros fue la profesora de filosofía. Como es muy despistada, pensó que los beneficios de la compra eran para una excursión de clase. La profesora de filosofía le enseñó el libro a la orientadora, que no se podía creer que una alumna del colegio hubiera escrito un libro, y como erróneamente la de filosofía le dijo que la compra era para una excursión, la orientadora también compró el libro.
En la cafetería del instituto, el director reparó en que las dos profesoras llevaban cada una un ejemplar del mismo libro, así que se acercó a preguntarles qué estaban leyendo. Cuando le revelaron que la autora era Adelaida Fuertes, una alumna a la que él mismo daba clase, decidió que una obra escrita por un estudiante del centro no podía faltar en la biblioteca escolar. Acto seguido, encargó al conserje que comprara varios ejemplares para el instituto.
El conserje fue a buscar a Adelaida y, viendo que el libro ya circulaba entre el personal docente, no quiso ser menos y se compró un ejemplar para él. Además, la novela con dedicatoria personal salía por diez euros: todo un chollo, según decía el conserje.
A última hora de la mañana, en el instituto, unos habían comprado el libro por el revuelo montado con la novela de una alumna del instituto, y otros por no ser menos. Adelaida, que no perdía comba, convenció a la vendedora del quiosco de enfrente para que se quedara con el resto de la caja y los vendiera a cambio de una comisión. —Total —le dijo la vendedora—, todo el mundo tiene un montón de libros sin leer en casa, y uno más no importa. El caso es que cuando Adelaida regresó a casa con las manos vacías, su madre le preguntó si había ido a ver el aviso que le había dejado el cartero el día anterior. —No era nada de importancia —respondió con un encogimiento de hombros.
Pero ese día Adelaida sorprendió a sus padres haciendo ella la cena en casa, y toda la familia cenó una gran sartenada de patatas fritas con huevos y ketchup.
Adelaida en ningún momento hizo un donativo para una excursión del colegio.
Y ahora, con el libro ya en manos de medio instituto y del quiosco de enfrente, toca hablar de lo que realmente importa: su contenido.
III. El ensayo sobre la novela de Adelaida Fuertes (trama, personajes, chorizos, miou, fiasta y el cartero)
La primera lectura de la novela vino de Matilde, a quien Adelaida había dejado en secreto sus primeros escritos en la escuela con la condición de que guardase el secreto, y ella se los fue pasando a otras compañeras hasta que los manuscritos secretos empezaron a circular en una red de cómplices que guardaban el mismo secreto. Matilde leyó la novela para poder compartir su lectura en secreto con sus amigas.
El libro estaba lleno de faltas. Para desconcierto del lector, usaba en sus diálogos palabras como fiasta o miou, porque había sido traducido al gallego por un corrector de inteligencia artificial americano que, en su búsqueda de información, consultó unas páginas de filología gallega de la Universidad de Adelaida (Australia), una web de Tomiño (Pontevedra) del profesor nacionalista J. J. Gutiérrez Martínez, un vídeo de un youtuber gallego gritando y un foro de fans de una serie de televisión sobre un narcotraficante de Galicia.
A pesar de lo inéditas que pudieran parecer las frases con las que se expresaban los personajes en la novela:
—¡Acércate, miou, que hoy voy a hacer una fiasta! —
estos pintoresquismos se hicieron pronto famosos en todas las fiastas. Y no solo en las fiestas: también se colaron en la vida cotidiana de los lectores, como en este diálogo —que también está incluido en la novela, y que no sé si se lo debemos al genio de Adelaida o a la susodicha IA.—:
—¡Miou, miou ao cole hoxe, que está choviando e fai moito fríou! —
—¡Niño, vamos al cole hoy, que está lloviendo y hace mucho frío! —
Dejemos cómo se expresan los personajes de la novela y vayamos a lo que realmente importa: su contenido.
La redacción de la novela tiene un trazado complejo que vamos a analizar.
Cuando tuvo la idea de escribir su novela, Adelaida se valió de notas de papel pegadas por las paredes, como se ve en las películas policíacas donde el detective cuelga sus personajes, hechos y eventos en la pared de su oficina, y unidas por hilo rojo de lana las usaba de guía para calcetar la trama de la novela con una vieja máquina de escribir.
En algún momento de esta trama, los padres decidieron pintar la habitación de Adelaida, que no se había tocado desde su más temprana edad. Ellos, al ver aquellos papeles amarillos, pensaron que su hija los había pegado para simular que la pared tenía el mismo color de cuando la pusieron allí en una cuna.
La llegada de los pintores obligó a Adelaida a hacer un alto inesperado en la novela. Tuvo que despegar las notas amarillas de la pared y guardarlas en una caja de zapatos mientras se pintaba la habitación. Tardaron casi dos semanas, pues habían venido por favor y eran amigos del cuñado del padre.
Cuando pasó la brocha y aún olía a recién pintado, Adelaida regresó con la caja de zapatos y volvió a colocar los papeles amarillos por las paredes. Pero, al ser de segundas vuelta —como los noviazgos—, no se pegaron ordenados como la primera vez, y las ideas principales de la obra quedaron desordenadas.
Esto provocó giros inesperados que obligaban a reflexionar al lector. Reflexiones que se dan según se avanza en la lectura:
—¡Pero si la historia empezaba de otra manera!
Con frecuencia el lector tiene que pararse para encontrar el sentido de lo leído —¿Me habré equivocado leyendo?— y en otras ocasiones parece como si se siguieran varias conversaciones por WhatsApp.
El misterio en la novela comienza en las primeras hojas del libro:
La víctima no había muerto: la habían matado enviándole por paquete exprés una caja con chorizos llenos de matarratas.
Al llegar a la casa del cadáver, la policía pregunta a los vecinos si podían haber sido testigos de algo. Todos declararon lo mismo: alrededor de las horas en que falleció la víctima, estaban viendo la tele con su teléfono en la mano.
—No me he enterado de nada porque estaba viendo la tele y chateaba con una amiga, preguntándole si sabía qué acababa de pasar en la película. —figuraba en la libreta de uno de los detectives.
Surgen los primeros momentos de misterio de la novela:
¿Quién estaba al otro lado del teléfono?
Pero en el segundo capítulo de la novela, por falta de experiencia en el género de las novelas detectivescas, desaparece el misterio cuando están en el tanatorio, justo antes de trasladar a la víctima a su descanso final, con la escena en que los amigos y familiares se juntan para el último adiós y la asesina, confiesa su delito a los lectores, al ser la única que no tiene emborronado el maquillaje de los ojos, por las lágrimas.
Tras varios intentos en la lectura de la novela, se descubre el móvil del crimen.
La asesina, que en la novela tiene el mismo nombre que la autora, debía parecerse a Adelaida. Sus compañeros de trabajo, en la ficción, le regalan un frasco de perfume, casualmente el mismo día en que su jefe manda poner en su puerta un ambientador de limón solo para ella.
La víctima, Alex, un joven con importantes posibilidades de ascender en la vida, acababa de ser fichado por el equipo de fútbol local con la promesa de recibir una prima de cinco euros por gol metido; y después de una relación de varios meses de noviazgo con la asesina terminaban de separarse por una pelea que ella tuvo con dos de sus mejores amigos, dejando noqueado a uno de ellos.
Adelaida no solo presenta bien a la víctima en su vida adulta, sino que ya lo había hecho años atrás, en una escena de clase que algunas de las alumnas del instituto destacan como uno de los momentos más logrados. La escena es esta:
Eran las nueve de la mañana cuando el profesor Méndez, el director del centro, como cada trimestre, escribió las cinco preguntas del examen en la pizarra con su letra cuadrada y amenazante. La clase de matemáticas enmudeció. Ni siquiera los más espabilados se atrevían a respirar demasiado fuerte. El profesor Méndez era un hueso duro de esos que parecen haberse tragado una regla y haber nacido corrigiendo su parto. Dio media vuelta y, ajustándose las gafas, soltó su discurso de siempre: dos horas, sin libros, sin apuntes... y el que pillase copiando ya podía irse despidiendo de aprobar su asignatura. Luego, con un seco —pueden empezar—, dio comienzo al examen de su asignatura.
Pasaron veinte minutos. El profesor Méndez paseaba entre los pupitres como un gato queriendo atrapar un ratón, observando cada movimiento, cada ceño fruncido, cada gota de sudor. Fue entonces cuando reparó en Álex, el chico de la última mesa de fila, del medio de la clase; tenía el folio completamente en blanco. El profesor se plantó frente a él y, con esa voz grave que parecía taladrar los oídos, le preguntó por qué no estaba haciendo el examen.
Álex levantó la cabeza con cara de haber sido atrapado en el lugar del crimen y, con una sinceridad tan absurda que parecía inventada, le contestó que no había traído bolígrafo.
El profesor Méndez se quedó de piedra un par de segundos. Luego se giró hacia el resto de la clase y, alzando la voz con aquella sorna suya que tanto temían sus alumnos, exclamó:
—¡Oigan, oigan! ¡Que viene sin bolígrafo al examen! Hay que ver, hay que ver...
La clase se rió, pero se volvieron a callar en cuanto el profesor les lanzó una mirada. Volviéndose hacia Álex, le preguntó que cómo era posible que no hubiera traído un bolígrafo a un examen.
Álex, encogiendo los hombros, confesó la verdad:
—Es que me lo quitó mi padre, profesor.
El profesor Méndez lo miró como si acabara de oír la mayor estupidez de su carrera.
—"Que me lo quitó mi padre"... hay que oír cada cosa. ¿Me estás diciendo que tu padre te quitó el bolígrafo para venir al examen? —repitió con incredulidad, como si saboreara lo absurdo de la situación.
—¿Y por qué te quitó tu padre el bolígrafo?
—Porque era de él.
El profesor Méndez se quedó callado, observándolo con ojos de incredulidad. Luego negó con la cabeza y, con un suspiro, se dirigió a su mesa, donde se sentó y se quedó con la mirada perdida en el techo de la clase.
Cuando sonó el timbre y los alumnos empezaron a salir al pasillo, Pepona la delegada, que se sentaba dos filas más adelante y no había perdido detalle de la escena, alcanzó a Álex en la puerta. Le dio un codazo amistoso y le dijo:
—Oye, Álex, hoy estuviste muy bien en el examen.
Álex se sorprendió.
—¿Yo? Si no hice más que dar pena con lo del bolígrafo —respondió, sonrojándose ligeramente.
Pero Pepona negó con la cabeza y le explicó:
—No, no. Le dijiste lo que le tenías que decir. Con toda la cara. Fuiste sincero y lo desarmaste totalmente. ¿Has visto cómo al final se sentó, durante todo el examen y dejó que todo el mundo copiara? Eso no se vio nunca.
—Sí, para una vez que podía aprobar matemáticas, no tenía para escribir.
Este Álex, el chico del bolígrafo, es el mismo que años después aparecerá como la víctima de los chorizos envenenados. Quienes han leído la novela con atención saben que aquella sinceridad absurda que desarmó al profesor Méndez es la misma que, tiempo después, lo llevaría a confiar en la persona equivocada.
Cuando se separaron, la víctima fue colgando de manera temeraria en internet lo mal que la asesina hablaba de sus amigas.
En esto nosotras estamos con Adelaida:
No hace falta ser muy perspicaz para entender los sentimientos que llevan al desenlace.
La asesina se entera por su mejor amiga una tarde en el parque.
Hacía sol, y sus rayos rebotaban en el aluminio de las mesas metálicas, de la terraza del bar, mientras esperaba tomando una horchata.
Cuando llega, su amiga, se saludan y esta se sienta frente a ella, y pide otra horchata. Comienzan a hablar y llegado un momento de la conversación, la amiga, que escuchaba atentamente el trinar de los pájaros en los árboles de los alrededores, para de sorber su horchata y le dice:
—Yo también hubiera preferido otra amiga, pero tú eras la que estaba siempre conmigo.
Al escuchar lo que terminaba de decir su amiga, la asesina —que hasta ese momento ignoraba la publicación de sus opiniones en una página de relación social— descubre que su ex ha colgado sus confidencias en internet. Y sin responderla, sorbiendo su horchata con toda naturalidad, jura en silencio vengarse de él.
En este momento la lectura se hace fácil y ágil, y se puede saltar varios capítulos —lo más recomendable para no volver a perderse— hasta llegar al desenlace, cuando el cartero descubre a la asesina inyectando veneno en una bolsa de chorizos.
—¿Para quién son esos chorizos?
—¡Son para el perro de mi ex!
—¡Pero tu ex no tiene perro! —dijo el cartero, desconcertado.
O algo así, porque los diálogos de Adelaida a veces se desdibujan.
IV. Correo de las amigas (en el que se habla sobre el título, los primos Caramalos y la venganza)
Tras publicar el ensayo sobre la novela de mi amiga, Adelaida Fuertes, en mi blog, recibí numerosos correos preguntando por el título de la obra. Para evitar malas caras y enfados que enturbien la necesaria tranquilidad —y el olvido—, me veo obligada a guardar silencio. Cosas de amigas.
Lamento decepcionarlos, de verdad. Pero, aunque Adelaida piense lo contrario y eche la culpa de sus escasas ventas en el quiosco a mis advertencias sobre los riesgos de su lectura… eso ya es harina de otro costal. Creo que el ensayo, publicado en mi blog, ha conseguido, sin quererlo, que esa obra salga del reducido círculo de las amistades íntimas y de la mera casualidad.
Pero no todo fueron preguntas sobre el título.
Para mi sorpresa, algunos lectores del blog han ido más allá de preguntar por el título de la novela. Juran que la pelea que se narra en sus páginas sucedió de verdad. Insinúan que Adelaida rememora aquella tarde en la que zurró a sus primos, los Caramalos, porque en un partido de fútbol local no dejaron que su exnovio les metiera un gol.
No es que yo estuviera allí, conste, pero el pueblo es un pañuelo y las noticias vuelan más que las moscas en verano. Resulta que aquel domingo, el campo de fútbol municipal estaba más lleno que de costumbre. Los Caramalos —tres hermanos de orejas grandes y malas pulgas— jugaban en el equipo local. El exnovio de Adelaida, un chico flacucho y de buena familia al que llamaban El Pato por su forma de correr, había fichado por el equipo visitante. Todo iba bien hasta que El Pato encaró la portería con un balón que le llegó en bandeja. Los Caramalos, que no soportaban ver a un forastero lucirse, le cerraron el paso con una violencia innecesaria. El mayor de ellos le dio un codazo en las costillas; el mediano le pisó el pie a propósito; y el pequeño, que era el más canalla, le escupió en la camiseta mientras le decía que "los goles eran para los de verdad". El Pato, más de palabra que de obra, se encogió y miró al suelo, con el balón perdido y el honor hecho trizas. Adelaida, que observaba desde la grada con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, no dijo ni una palabra. Se levantó, bajó al vestuario, esperó a que terminara el partido y, cuando los Caramalos salían tan campantes, los encaró uno a uno. No hubo gritos ni amenazas: solo un puñetazo bien dado en la nariz del mayor, una patada en la espinilla del mediano y un empujón que mandó al pequeño contra la verja del campo. Dicen que mientras los tres gemían en el suelo, Adelaida se limitó a ajustarse la diadema y decir: "Los goles son para los de verdad, pero los golpes también." No añado más.
Otros preguntan por el contenido de los mensajes que cruzaban los vecinos mientras la víctima, en la cocina, pelaba patatas para acompañar los chorizos envenenados. Mi hipótesis es que la asesina envió noticias falsas al grupo para tenerlos entretenidos mientras la víctima agonizaba.
Me consta que aquel día el grupo de vecinas estaba más activo que nunca. La asesina —que en la novela aparece como una mujer de mediana edad, sonrisa de plástico y mano firme para el picante— crea un bulo perfecto. Primero escribe que ha visto a la policía rondando la calle de la víctima, y que seguramente vienen a detener a alguien por un asunto de herencias. Eso pone a todas las vecinas a asomarse a las ventanas, olvidándose del teléfono. Diez minutos después, la asesina añade que el hijo de la víctima ha tenido un accidente de tráfico y está ingresado en el hospital. Eso mantiene a las vecinas ocupadas llamando a urgencias y consolándose mutuamente en el grupo. Mientras tanto, la víctima pela patatas en la cocina, sola, ajena a todo, con los chorizos hirviendo en la sartén y el veneno ya disuelto en el aceite. Cuando la vecina del quinto finalmente se acuerda de llamar a la víctima para preguntarle por su hijo, ya es tarde: la víctima ha probado los chorizos y está en el suelo, con la patata aún en la mano. La asesina, desde su cocina, lee el mensaje de auxilio y sonríe. Ha ganado tiempo suficiente. Casi veinte minutos de charlas vacías y noticias falsas. Suficientes para que el veneno haga su trabajo.
¿Que si habrá segunda parte? No se sabe qué pasa por la cabeza de Adelaida, y mucho menos ahora que ha escrito su primera novela. Pero ella misma advierte, antes de que cualquier desprevenido comience la lectura, que está ante la primera edición de su obra. Y Adelaida tendrá muchos defectos, incluido el de ser fantasiosa, pero no el de mentirosa. Así que, tarde o temprano, tendremos continuación.
Porque la víctima principal de su novela no puede quedarse sin venganza, ni los lectores que hayan leído el libro permanecer impasibles.
mvf.
```