Capítulo
XV
La Conversación
Esa noche, Guerrero y Aguilar se
sentaron junto al fuego, en el patio de la casa principal del
poblado. La casa estaba levantada sobre una plataforma de piedra, a
pocos pasos de la orilla del río. La noche era cálida y húmeda, y
el cielo estaba cuajado de estrellas. La selva rugía con sus mil
voces invisibles. En el dintel de la casa, una talla de serpiente
emplumada vigilaba la entrada.
El poblado no dormía del
todo. Junto a las canoas varadas en el barro, un hombre remendaba una
red con paciencia. De vez en cuando, el ladrido de un perro o el
llanto de un niño llegaba desde alguna de las casas vecinas.
A
unos pasos, en la penumbra del patio, Balam y los tres guerreros
mayas se habían acomodado alrededor de una pequeña hoguera. Uno de
ellos, un hombre joven de hombros anchos y una vieja cicatriz en el
pómulo, llamado Kan Ek, afilaba su lanza con una piedra de
obsidiana, sin dejar de escuchar. Los otros dos, más jóvenes aún,
compartían un cuenco de atole y hablaban en voz baja. Ix Balam, el
sobrino de Tabscoob, permanecía de pie, un poco apartado, observando
la escena con una atención silenciosa que no se le escapaba a
nadie.
Guerrero recibió a Aguilar con un abrazo breve,
sin palabras, y luego lo invitó a sentarse junto al fuego. Durante
un rato, ninguno de los dos habló. Se limitaron a mirar las brasas,
como si el silencio fuera un lenguaje que ambos conocían y que
ninguno quería romper primero. Al fin, Aguilar se decidió.
—¿Por
qué decidiste no verme? —preguntó.
Guerrero guardó
silencio un momento. Tomó un palo y removió las brasas.
—Por
lo que traes. Tu voz, tu cara… todo me devuelve el naufragio. No
quería recordar lo que ha quedado atrás. Porque sabía que si te
veía, me dolería. Y no quería sentir ese dolor.
—¿Y
ahora que estoy aquí? ¿Duele?
Guerrero sonrió, una
sonrisa triste.
—Sí. Pero es un dolor diferente. Es el
dolor de saber que aún hay alguien que recuerda cómo fui.
—Solo
quiero entender por qué te quedaste —dijo Aguilar.
Guerrero
asintió y miró el fuego.
—Tengo esposa aquí —dijo—.
Una mujer maya que me amó cuando no tenía nada. Tengo tres hijos,
Jerónimo. Son mi sangre, mi vida. ¿Crees que puedo abandonarlos
para ir a un mundo que ya no es el mío?
Señaló hacia el
norte, hacia donde los españoles acampaban.
—Esos
hombres que han llegado a estas tierras, ¿crees que vienen como amigos? No. Vienen a
robar todo lo que puedan. Yo sé cómo somos. Yo he sido uno de
ellos. Y no quiero ser parte de eso.
—Cortés es
diferente —insistió Aguilar.
—¿Crees que Dios está
en el oro que buscan? —Guerrero soltó una carcajada cansada—.
No, Jerónimo. Cortés es igual que todos los demás. Llegó, quemó
el templo de Ixchel en Cozumel, mató a nuestros guerreros en
Champotón. Y solo es el comienzo.
En ese momento, Zazil
salió de la casa. Era la esposa de Guerrero. Tenía el cabello largo
y lacio, recogido en una trenza. Vestía un huipil blanco bordado con
figuras de serpientes y flores, y sobre los hombros llevaba un manto
de algodón azul. Su rostro era serio, pero no severo. En las muñecas
llevaba brazaletes de concha.
—Así que este es tu amigo
—dijo en maya.
Guerrero asintió.
—Este es
Jerónimo. El hombre del que te hablé.
Zazil se acercó a
Aguilar con un cuenco de barro lleno de balché. Se lo ofreció con
ambas manos, como se ofrece a un invitado de honor.
—Bebe
—dijo—. Has caminado mucho.
Aguilar tomó el cuenco y
bebió. El sabor era extraño, dulce y amargo a la vez, con un dejo
de miel fermentada y corteza de árbol. No era desagradable. Era,
pensó, el sabor de una tierra que no era la suya.
—Gracias
—dijo en maya, torpemente.
Zazil inclinó la cabeza, sin
sonreír, pero con un gesto que Aguilar interpretó como aprobación.
Luego se sentó junto a Guerrero, en silencio, y esperó. Aguilar le
devolvió el cuenco a Zazil. Ella bebió y luego se lo pasó a
Guerrero.
—Mi esposo me ha dicho que eres su hermano
—dijo Zazil.
—Sí —respondió Aguilar—.
Naufragamos frente a estas costas. De toda la tripulación solo
quedamos él y yo. Eso une igual que la sangre.
Zazil
asintió.
—Entonces eres bienvenido a mi casa. Mañana
podrás hablar con mi esposo antes de que partas.
Los tres
quedaron un momento en silencio, mirando el fuego. Las brasas
crepitaban. En algún lugar, un ave nocturna lanzó un grito largo y
lastimero. Desde la hoguera de los mayas llegó el murmullo de una
conversación en voz baja: Balam le explicaba algo a Kan Ek,
señalando el sendero por el que habían llegado. Ix Balam seguía de
pie, sin moverse, con la vista puesta en Guerrero.
En la
orilla, una canoa se deslizó suavemente hacia la casa principal. Un
hombre mayor, de espaldas anchas y piel curtida, saltó a tierra con
un atado de pescado fresco. Al ver a Guerrero junto al fuego, levantó
una mano en señal de saludo y dijo algo en maya. Guerrero respondió
con un gesto breve. El pescador dejó el atado junto a la puerta de
la casa y se alejó hacia las otras viviendas, sin detenerse. Al
pasar junto a la hoguera de los mayas, saludó a Balam con la cabeza,
y Balam le devolvió el saludo sin dejar de hablar.
—¿Y
qué será de ti, Jerónimo? —preguntó por fin Guerrero—.
¿Volverás con ellos? ¿Con Cortés?
Aguilar miró el
fuego. Pensó en la nao, en los rostros de los soldados, en la cruz
que llevaban en el pecho y en la espada que llevaban al cinto. Pensó
en la misa del alba, en el latín, en las campanas. Y luego pensó en
aquella noche, en el patio de la casa del cacique, en el balché que
acababa de beber.
—No lo sé —dijo—. Ya no lo
sé.
Guerrero lo miró largamente. Luego posó la mano
sobre el hombro de Aguilar.
—Entonces quédate esta
noche en mi casa —dijo—. Mañana veremos qué trae el día. Aquí
siempre hay lugar para ti.
Zazil se levantó sin decir
palabra y entró en la casa. Volvió al poco rato con una manta de
algodón y unos tamales fríos envueltos en hoja, y una jícara de
agua. Dejó la manta sobre el suelo, junto al fuego, para Aguilar, y
les tendió la comida. Comieron en silencio, sin prisa. Luego Zazil
se sentó de nuevo junto a su esposo.
Aguilar se recostó
sobre la manta. El cielo seguía cuajado de estrellas. El río seguía
fluyendo, lento y oscuro, hacia el mar. La selva seguía rugiendo. Y
por primera vez en muchos días, sintió que podía dormir sin
miedo.
—Buenas noches, Gonzalo —dijo.
—Buenas
noches, Jerónimo —respondió Guerrero.
Y el fuego
siguió ardiendo, pequeño y tenaz, en medio de la noche
maya.
---
Capítulo XVI
La Despedida
El
poblado empezaba a despertar. En la orilla del río, tres canoas se
deslizaban ya por el agua, con pescadores que lanzaban sus redes en
silencio. Un perro flaco y amarillo bajó hasta el río, bebió
largamente y volvió a subir, sacudiéndose el agua del lomo.
El
fuego estaba casi apagado, apenas unas brasas cubiertas de ceniza. A
su lado, envuelto en su manta, Balam, el viejo guerrero que los había
guiado por la selva, ya estaba despierto, sentado y en silencio. Más
allá, recostados contra el muro de la casa, estaban Kan Ek y los
otros dos mayas, despiertos también, con las armas al alcance de la
mano. Ix Balam, en cambio, había pasado la noche sentado con la
espalda contra un poste, con la mirada fija en la puerta de la casa
del cacique, como si hubiera velado hasta el amanecer.
Aguilar
se incorporó con cuidado. La manta de algodón que Zazil le había
tendido resbaló de sus hombros. Miró hacia la casa. La puerta
estaba entreabierta, y en el interior se oía el murmullo suave de
voces y el golpeteo rítmico de las manos sobre el metate. Un perro
flaco y amarillo dormitaba junto al quicio, y al fondo, en la
penumbra, se oía el llanto breve de un niño que se despertaba.
Se
levantó y fue a la orilla del patio a hacer sus necesidades. Al
pasar junto a la hoguera de los mayas, vio que Kan Ek estaba
despierto, sentado y con la lanza sobre las rodillas, mirando la
selva. El guerrero lo saludó con un leve movimiento de cabeza.
Aguilar se detuvo un instante.
—¿Todo en orden?
—preguntó en maya.
—Todo en orden —respondió Kan
Ek—. La selva está tranquila. Demasiado tranquila, quizá. Pero es
buena señal.
Aguilar asintió y siguió su camino. Cuando
volvió, la puerta de la casa se había abierto del todo y salía
Zazil, seguida de dos niños pequeños. El mayor, un varón de unos
seis años, tenía el cabello negro y los ojos oscuros de su madre.
La niña, más pequeña, de unos cuatro, se aferraba a la falda del
huipil. Detrás de ellos asomó un tercer niño, aún más pequeño,
que apenas caminaba y que se agarraba a la mano de su hermano.
Los
tres miraron a Aguilar con curiosidad. El mayor se adelantó un paso
y dijo algo en maya que Aguilar no entendió. Zazil sonrió y le puso
la mano en la cabeza.
—Dice que si eres el hombre del
que habla su padre —tradujo—. El que vino de la tierra de los
dzules.
Aguilar se agachó hasta quedar a la altura del
niño.
—Sí —dijo en maya, despacio—. Soy yo. Me
llamo Jerónimo.
El niño lo miró con seriedad, luego
asintió y se volvió hacia su madre, satisfecho. La niña, en
cambio, siguió escondida tras el huipil de Zazil, mirándolo de
reojo. El pequeño, sentado en el suelo, se manchó las manos de
ceniza y se las miró con gravedad, como si acabara de descubrir un
misterio.
En ese momento salió Guerrero de la casa.
Vestía una túnica limpia de algodón blanco y llevaba el cabello
recogido. Tenía los ojos aún cargados de sueño, pero la expresión
serena. Al ver a Aguilar, sonrió.
—Veo que ya conociste
a mis hijos —dijo—. El mayor se llama Chan Kin. La niña, Ixchel.
Y el pequeño, Ah Kin.
—Buenos nombres —dijo
Aguilar.
—Son nombres de esta tierra —respondió
Guerrero—. Como el mío.
Zazil entró de nuevo en la
casa y volvió acompañada de dos mujeres. Entre las tres traían dos
canastas grandes, una tinaja de agua y otra de bebida fermentada, y
varios cuencos y jícaras. Lo pusieron todo sobre la piedra plana que
hacía las veces de mesa, junto al fuego. En las canastas había
fruta, tortas de maíz, tamales envueltos en hoja y pescado curado.
Los niños se sentaron en el suelo, alrededor de la piedra, y
comieron en silencio. Guerrero y Aguilar se sentaron frente a
frente.
—¿Dormiste bien? —preguntó Guerrero.
—Mejor
que en muchos días —dijo Aguilar.
Comieron sin prisa.
La fruta estaba dulce; el pescado curado, salado; las tortas de maíz,
secas pero buenas; los tamales, tiernos y calientes todavía. La
bebida fermentada pasó de mano en mano y alegró a los hombres. Las
dos mujeres sirvieron la comida y escanciaron el agua y la bebida en
los cuencos y jícaras.
Balam y los otros tres guerreros
mayas se acercaron sin prisa. Kan Ek, el de la cicatriz en el pómulo,
tomó una jícara y bebió sin apartar los ojos de Guerrero,
midiéndolo. Los otros dos comieron en silencio, mirando de vez en
cuando hacia la casa, como si les costara creer que aquel hombre
blanco tatuado fuera el amo de todo aquello. Ix Balam, en cambio,
apenas probó bocado: permanecía sentado un poco apartado,
observando a Guerrero con una fijeza que no era hostil, pero sí
intensa.
Cuando terminaron, las dos mujeres retiraron los
cuencos, las canastas y las tinajas, y volvieron a entrar en la casa.
Zazil se quedó en el patio. Los niños se dispersaron: Chan Kin se
acercó a la hoguera de los mayas y se quedó mirando la lanza de Kan
Ek con los ojos muy abiertos. Ixchel se sentó junto a su madre, con
la cabeza apoyada en su falda. El pequeño Ah Kin gateó hasta el
perro flaco y le tiró de una oreja.
En la orilla, una
canoa se acercó lentamente a la casa principal. El mismo pescador de
la noche anterior saltó a tierra y dejó un nuevo atado de pescado
junto a la puerta. Miró a Aguilar con curiosidad, pero no dijo nada.
Guerrero le hizo un gesto breve, y el hombre se alejó remando río
abajo, hacia las otras casas. En la orilla opuesta, un grupo de niños
corría persiguiendo a un perro que llevaba algo en la boca. Sus
gritos llegaban amortiguados por el agua.
Entonces
Guerrero se volvió hacia Aguilar.
—¿Ya decidiste?
—preguntó.
Aguilar miró el fuego, que aún ardía.
—No
puedo quedarme —dijo—. Tengo que volver. Tengo que dar cuenta de
lo que he visto.
Guerrero asintió lentamente.
—Lo
sabía —dijo—. Desde anoche lo sabía.
—¿Y tú?
—preguntó Aguilar—. ¿No hay nada que pueda decirte para que
vengas conmigo?
Guerrero negó con la cabeza.
—Ya
te lo dije, Jerónimo. Tengo esposa, tengo hijos, tengo un pueblo que
me reconoce como su cacique. No puedo abandonarlos. Y no quiero
volver a un mundo que ya no me pertenece.
—Cortés te
recibiría con honores —insistió Aguilar—. Podrías ser
intérprete, consejero. Podrías ayudar a que esto no sea una
carnicería.
—¿Ayudar? —Guerrero sonrió con
amargura—. ¿Ayudar a que los españoles conquisten mejor? No,
Jerónimo. Yo conozco a los hombres como Cortés. No vienen a
dialogar. Vienen a someter. Y yo no quiero ser el que les enseñe el
camino.
—Entonces, ¿qué le digo?
—Dile
que los pueblos del altiplano son poderosos y no se dejarán
conquistar fácilmente. Pero si busca aliados, que hable con los
totonacas, que odian a los mexicas. Que use la lengua y la diplomacia
antes que la espada.
—¿Y si él quiere venir por
vos?
Guerrero sonrió.
—Dile que fui soldado
antes de ser Na' Chan Kan. Conozco sus tácticas y sus armas. Que
venga si se atreve.
Aguilar guardó silencio. Miró el
río, que seguía fluyendo lento hacia el mar. Luego miró a
Guerrero.
—Quédate hoy —dijo Guerrero—. Mañana
temprano puedes partir. Los caminos no se van a mover de
sitio.
Aguilar negó con la cabeza.
—No
puedo, Gonzalo. Cortés no va a esperar por mí. La expedición parte
hacia la costa dentro de unos días, y si no estoy de vuelta antes,
seguirán sin mí. Me dejará una escolta en la desembocadura del
río, pero si tardo, la perderé. Y entonces no habrá forma de
alcanzarlos.
Guerrero lo miró largamente. No
insistió.
—Entonces será esta mañana —dijo.
—Esta
mañana —repitió Aguilar.
Se hizo un silencio. Luego,
con la voz más baja, Aguilar preguntó:
—¿Y qué digo
de vos si alguien pregunta?
Guerrero bajó la mirada. Por
un momento, el cacique maya desapareció y quedó solo el hombre. No
respondió de inmediato. Miró el fuego, y en sus ojos se acumularon
ocho años de silencio.
—Diles que aquel soldado que
conocieron ya no existe —dijo por fin, con la voz apenas un
susurro—. Que el hombre que soy ahora encontró su hogar. Y que uno
no es siempre del lugar donde nace, sino del lugar donde decide
quedarse.
Se hizo un silencio largo. Los niños, que no
entendían las palabras pero sí el tono, se quedaron quietos. Chan
Kin dejó de mirar la lanza. Ixchel levantó la cabeza de la falda de
su madre. Zazil bajó los ojos.
Luego, Guerrero se puso de
pie. No hubo abrazo todavía. Se volvió hacia Zazil y le dijo algo
en voz baja. Zazil asintió, entró en la casa y volvió con un atado
de tortillas de maíz y pescado seco, envuelto en una hoja de plátano
y atado con fibra de henequén. Se acercó a Aguilar y se lo puso en
las manos, con las dos suyas.
—Lleva esto —dijo—. El
camino es largo.
Aguilar tomó el atado y lo guardó en su
bolsa.
—Gracias, Zazil —dijo—. Por todo.
Zazil
lo miró con sus ojos grandes y serios. No sonrió. Pero tampoco
apartó la mirada.
—No lo olvides, dzul —dijo—.
Porque si vuelves, tendrás que responder por lo que dejaste
aquí.
Aguilar sostuvo la mirada un instante. No preguntó
a qué se refería. No hacía falta.
—Lo recordaré
—dijo.
Zazil inclinó la cabeza, satisfecha, y
retrocedió un paso. Su papel había terminado. Ahora le tocaba a
Guerrero.
Guerrero estaba de pie en el patio, junto al
fuego apagado. Chan Kin se había acercado y le agarraba la mano.
Ixchel se apoyaba contra su pierna. Zazil, un poco detrás, tenía al
pequeño Ah Kin en brazos.
Entonces, Ix Balam dio un paso
adelante.
—Na' Chan Kan —dijo en maya, con una voz
firme que sorprendió a todos—. Mi tío, Tabscoob, cacique de
Potonchán, me dio un mensaje para ti antes de que partiéramos. Dice
que ha oído hablar de ti. Que sabe que fuiste esclavo como tu amigo,
que aprendiste nuestra lengua, que tomaste esposa maya y que has
criado hijos en esta tierra. Dice que tú, como él, has encontrado
tu lugar. Y que un hombre que elige quedarse, aunque haya nacido en
otra parte, merece respeto. Te dice también que no olvides quién
eres, aunque hayas cambiado de piel.
Guerrero lo miró
largo rato. Las palabras del joven habían tocado algo profundo en
él. No era el mensaje de un cacique derrotado. Era el reconocimiento
de un hombre que entendía su elección porque él mismo, en su
derrota, había tenido que hacer la suya.
—Dile a tu tío
—respondió Guerrero en maya, con voz grave— que agradezco sus
palabras. Y dile que no olvide que un cacique derrotado también
puede ser un aliado.
Ix Balam inclinó la cabeza y se
retiró.
Guerrero se volvió hacia Aguilar. Esta vez sí
lo abrazó. Un abrazo breve, con el peso de ocho años en los hombros
de los dos.
—Ve con Dios, Jerónimo —dijo.
—Y
tú, Gonzalo —respondió Aguilar.
Entonces Guerrero
llamó a dos de sus hombres y les dio una orden breve en maya. Los
hombres asintieron y corrieron hacia la orilla, donde varias canoas
estaban varadas en el barro. Aguilar lo miró, sorprendido.
—El
camino de vuelta por tierra es largo y peligroso —dijo Guerrero—.
El río es más rápido y más seguro. Os daré dos canoas para que
bajéis hasta Potonchán. Desde allí podréis seguir el rastro de
los españoles hacia el norte.
Aguilar iba a protestar,
pero Guerrero levantó una mano.
—No es un regalo. Es un
préstamo. Cuando termines lo que tengas que hacer, devuélvelas. O
mejor aún, vuelve tú mismo a traerlas.
Aguilar sostuvo
su mirada. Luego asintió.
—Gracias, Gonzalo.
Los
hombres de Guerrero empujaron dos canoas hasta el agua. Eran canoas
medianas, de las que usaban los pescadores para navegar el río, con
el casco reforzado con resina y las amarras nuevas. Balam y Kan Ek se
acercaron a inspeccionarlas. Ix Balam miró a Aguilar, esperando
instrucciones.
Aguilar caminó hacia la orilla, seguido
por Balam, Kan Ek, los otros dos guerreros mayas e Ix Balam. Las dos
canoas ya estaban en el agua, mecidas por la corriente. Aguilar subió
a la primera con Ix Balam y Balam. En la segunda subieron Kan Ek y
los dos guerreros jóvenes. Aguilar fue el último en acomodarse, con
el atado de Zazil todavía en la mano.
Desde la proa de la
primera canoa, miró hacia el patio. Guerrero seguía de pie junto al
fuego apagado, con Chan Kin a un lado, la mano del niño agarrada a
la suya. Ixchel se había acercado y se apoyaba contra su pierna.
Zazil, un poco detrás, tenía al pequeño Ah Kin en brazos. Los
cuatro miraban las canoas. No decían nada. No hacía falta.
Balam
hundió el remo en el agua. La primera canoa se deslizó río abajo,
hacia el norte, hacia el mar. Detrás, la segunda canoa siguió a
pocos remos de distancia. El sol aún no estaba alto. En la orilla,
el golpeteo del metate de la casa vecina seguía, ajeno, hasta que la
corriente y la distancia lo ahogaron.
Aguilar no apartó
los ojos de Guerrero hasta que la figura del cacique se confundió
con la sombra de la casa. Luego se volvió hacia la proa.
No
miró atrás.
---
Capítulo XVII
El
Regreso a Potonchán
Tres días después, Aguilar y sus
guías vieron Potonchán alzándose sobre la orilla del río, con su
plaza y sus casas de piedra. Las dos canoas navegaban juntas, mecidas
por la corriente. La ciudad no estaba vacía: los habitantes habían
comenzado a regresar, y las calles, que semanas atrás habían estado
ocupadas por soldados españoles, volvían a oler a maíz y a leña.
En la plaza, donde habían estado instaladas las tiendas de los
hombres de Cortés, solo quedaban las marcas en el suelo y algunos
restos de cuerda y tela que el viento no se había llevado.
Las
canoas vararon en el barro, una junto a la otra. Aguilar saltó a
tierra el primero, seguido de Ix Balam y Balam. De la segunda bajaron
Kan Ek y los dos guerreros jóvenes. En la orilla, los pescadores y
las mujeres que lavaban ropa levantaron la vista, y algunos niños
corrieron hacia las casas para avisar.
Tabscoob salió a
recibirlos. Había recuperado sus vestiduras de gobernante: el
algodón bordado, el penacho de plumas de quetzal, los brazaletes de
jade. Ya no llevaba la manta de henequén ni la cinta de cuero de los
días de la ocupación. Cortés, al partir, le había dejado el
gobierno de la ciudad, y Tabscoob lo ejercía en su nombre. Una parte
de sus guerreros había marchado con la expedición hacia el norte,
integrados en la columna como guías y exploradores, porque conocían
los caminos y los ríos de la costa mejor que nadie.
Aguilar
se detuvo ante el cacique y ambos se miraron un instante. No hubo
abrazo ni grandes palabras. Tabscoob inclinó apenas la cabeza, y
Aguilar respondió del mismo modo. Los dos sabían lo que había
costado llegar hasta allí. El cacique lo invitó a pasar a su casa,
junto a la plaza, y allí, sentados sobre esteras de palma, con una
vasija de chocolate entre ambos, hablaron como lo habían hecho
semanas atrás.
Aguilar le preguntó por la partida.
Tabscoob le contó que los españoles se habían ido hacia el norte
siguiendo el río, y que con ellos había marchado un buen número de
guerreros chontales. Luego, el cacique bajó la voz.
—Hay
algo más que quiero deciros.
Aguilar esperó.
—Vuestro
capitán no va derecho a tierras mexicas. Se detendrá en
Xicallanco.
—¿Xicallanco?
—Un puerto, al
norte de aquí, en la desembocadura de otro río. Es nuestro enclave
comercial. Desde allí se controlan las rutas marítimas y fluviales
de toda la región. Las canoas que bajan por los ríos, las que
cruzan la costa, las que van y vienen de Yucatán... todo pasa por
Xicallanco.
Tabscoob bebió un sorbo de chocolate antes de
continuar.
—Cortés quiere asegurarlo antes de seguir.
Si consigue una alianza allí, tendrá abiertas las rutas del norte y
la costa entera bajo su protección. Y si no la consigue, tendrá un
enemigo a la espalda. Por eso va. No es un simple alto en el
camino.
Aguilar asintió lentamente. Tenía sentido. Un
hombre como Cortés no dejaba nada al azar.
—¿Y qué
sabéis de Xicallanco? —preguntó—. ¿Se aliarán con
él?
Tabscoob negó con la cabeza.
—No lo sé.
Son chontales, como nosotros. Pero en Xicallanco no manda un cacique
solo: mandan los ancianos, los comerciantes, los que controlan las
rutas. Comercian con todos y no se casan con nadie. Han visto pasar
ejércitos antes. Saben esperar. Pero también saben cuándo una
balanza se inclina. Si Cortés llega con fuerza suficiente, puede que
se inclinen hacia él. Si no, le cerrarán el paso.
—¿Y
vos qué haríais?
El cacique lo miró largamente.
—Yo
ya hice mi elección. Y mis hombres que le acompañan hablarán de
nuestra alianza con Cortés. Eso pesará en Xicallanco. Aun así,
Cortés tendrá que negociar con ellos. Y si no sabe negociar, tendrá
un problema.
Aguilar guardó silencio un momento. Luego,
Tabscoob habló de nuevo, esta vez con otro tono.
—También
dejó dos hombres en la desembocadura del río. Con provisiones para
vos. Dijo que llegaríais, y que os esperaran.
Aguilar lo
miró. No dijo nada. Pero por dentro sintió algo que no supo
nombrar. Cortés había calculado hasta eso. Había dejado hombres,
víveres, una orden. Todo previsto. Todo medido.
—¿Y
vos, Tabscoob? —preguntó al fin—. ¿Qué vais a hacer ahora?
El
cacique bebió un sorbo de chocolate antes de responder.
—Gobernar.
Reconstruir. Mis guerreros volverán, o no volverán, pero Potonchán
sigue aquí. Siempre ha estado aquí. Y seguirá estando cuando los
españoles se hayan ido, si es que algún día se van.
Aguilar
sonrió apenas. Era la primera sonrisa que se permitía en muchos
días.
—Entonces me quedaré esta noche. Y mañana
partiré hacia Xicallanco.
—Mañana partiréis —repitió
Tabscoob, y llenó de nuevo las dos vasijas.
Fuera, sobre
la plaza, caía la tarde. Los niños corrían entre las casas de
piedra, y el humo de las cocinas subía recto hacia el cielo.
Potonchán respiraba de nuevo.
Aquella noche, Aguilar no
durmió en la casa del cacique. Prefirió salir al patio, junto al
fuego que los sirvientes habían encendido para espantar a los
mosquitos, y quedarse allí, mirando las estrellas. La ciudad dormía.
El río sonaba, cercano, y de vez en cuando llegaba el ladrido lejano
de un perro o el canto de un grillo. Río abajo, en la desembocadura,
dos hombres velaban junto a una fogata. Aguilar pensó en ellos un
instante. Luego volvió a mirar el cielo.
No oyó los
pasos hasta que Ix Balam estuvo a su lado. El joven maya se quedó de
pie, mirando también el cielo, sin decir nada. Durante un rato,
ninguno de los dos habló. Luego, Ix Balam se sentó en el suelo,
frente a él, cruzando las piernas.
—No duermes —dijo
en maya.
—No puedo —respondió Aguilar.
—¿Piensas
en Na' Chan Kan?
Aguilar lo miró, sorprendido por la
pregunta directa.
—Sí. En él. Y en lo que dejo atrás.
Otra vez.
Ix Balam asintió lentamente.
—Mi
tío dice que Na' Chan Kan es un hombre sabio. Que eligió su lugar y
que eso lo hace fuerte. Pero yo no lo entiendo.
—¿Qué
es lo que no entiendes?
—Que un hombre pueda olvidar su
tierra. Su sangre. Su lengua.
Aguilar guardó silencio un
momento. Luego habló despacio, eligiendo las palabras.
—No
la olvidó. La dejó. No es lo mismo.
—¿Y tú?
—preguntó Ix Balam—. ¿Tú también la dejarás?
Aguilar
miró el fuego. Pensó en España. En los olivares, en el campanario
de su pueblo, en el rostro de su madre, que ya no recordaba con
nitidez. Pensó en la nao, en la tormenta, en los cuerpos de sus
compañeros flotando en el agua. Pensó en Guerrero, en Zazil, en los
tres niños. Pensó en aquel patio, en aquella noche, en aquel joven
maya que lo miraba con ojos serios.
—No lo sé —dijo—.
Ya no sé nada.
Ix Balam no respondió. Se quedó mirando
el fuego un rato más. Luego se puso de pie.
—Mañana
seguiré con vosotros —dijo—. Mi tío quiere que vaya como
embajador ante Cortés. Pero yo tengo mis propias
razones.
—¿Cuáles?
—Ya lo vi en la
tienda, cuando mi tío fue a hablar con él. No me gustó lo que vi.
Sonríe como el que ofrece, pero mira como el que mide. Quiero verlo
otra vez, de cerca, cuando no esté mi tío delante. Quiero saber qué
promete y qué cumple. Quiero saber si mi tío tiene razón al
confiar en él… o si nos está llevando al sacrificio.
Aguilar
lo miró largamente.
—¿Y si no la tiene?
Ix
Balam sostuvo su mirada.
—Entonces lo sabré. Y volveré
a decírselo.
Se dio la vuelta y se alejó hacia la casa,
sin esperar respuesta. Aguilar se quedó junto al fuego, solo. Miró
las brasas, que se apagaban lentamente.
No supo cuánto
tiempo pasó. La noche avanzaba despacio, y el fuego se consumía sin
que él hiciera nada por avivarlo. En algún momento, la puerta de la
casa se abrió y salió Tabscoob. El cacique se acercó sin hacer
ruido y se sentó a su lado, en el suelo, como un hombre cualquiera.
Durante un rato, ninguno de los dos habló.
—Ix Balam me
ha dicho que quiere seguir con vosotros —dijo por fin
Tabscoob.
—Sí.
—Es joven. Tiene más
corazón que cabeza. Pero no es tonto. Sabe escuchar. Y sabe callar.
Eso es más de lo que muchos pueden decir.
Aguilar
asintió.
—¿Le dejaréis ir?
Tabscoob miró
el fuego un momento.
—Le dejaré. Pero no porque yo
quiera. Le dejo porque si no le dejo, se irá igual. Y prefiero que
se vaya con mi bendición que sin ella.
Se volvió hacia
Aguilar.
—Cuídalo. No porque sea mi sangre. Sino porque
es la única persona de esta ciudad que se atreve a decirme que no. Y
eso, en un cacique, no se compra con jade ni con plumas.
Aguilar
lo miró. Por primera vez, vio en Tabscoob algo distinto: no al rey
sereno, sino al hombre cansado. Al hombre que había perdido una
guerra, que había visto su ciudad ocupada, que había tenido que
ceder parte de sus guerreros a los invasores. Y que, aun así, seguía
de pie.
—Lo cuidaré —dijo Aguilar.
Tabscoob
asintió. Se puso de pie, lentamente, como si le costara. Luego entró
en la casa sin decir nada más.
Aguilar se quedó junto al
fuego. La noche estaba quieta. En algún momento, sin darse cuenta,
se quedó dormido sobre la manta.
Cuando abrió los ojos,
el cielo empezaba a clarear por el este y una luz gris y delgada se
posaba sobre la plaza de Potonchán.
mvf.