VII. La noche antes de la tormenta
Esa noche nadie durmió bien.
El viento seguía soplando del norte, y aunque todavía no era peligroso, su insistencia ponía nerviosos a los marineros. El barco crujía más de lo normal. El agua golpeaba el casco con un ritmo irregular, como si el mar estuviera ensayando algo. Y en el cielo, la luna llena se asomaba entre nubes rotas, iluminando con una luz fantasmal aquella línea negra que ahora parecía más cerca.
Guerrero salió a cubierta a medianoche, harto del calor y la pestilencia de la bodega. Encontró a Aguilar apoyado en la borda, mirando la oscuridad. El fraile no rezaba. Solo miraba.
—¿También usted no puede dormir, fraile? —preguntó Guerrero, acercándose.
Aguilar no se volvió.
—Dormir es difícil cuando se sabe lo que viene —respondió.
—¿Y qué viene?
—Eso —dijo Aguilar, señalando el norte—. Lo que ha estado creciendo todo el día.
Guerrero miró. La línea negra ya no era una línea. Era una muralla que ocupaba un tercio del horizonte. Por momentos, en su interior, se veían destellos blancos: relámpagos silenciosos, todavía lejanos.
—Huracán —dijo Guerrero, repitiendo la palabra de Pedro el Tuerto.
—Huracán —asintió Aguilar—. Los indios le llaman así. Huracán. El dios del viento. Pero yo creo que es otra cosa.
—¿Qué cosa?
Aguilar guardó silencio un momento. Luego dijo:
—Una prueba.
Guerrero soltó una risa amarga.
—¿De qué? ¿De nuestra fe? Porque yo, fraile, le adelanto que mi fe es poca.
—No hace falta mucha —respondió Aguilar—. Con un poco basta.
—¿Y usted tiene ese poco?
Aguilar se volvió hacia él. En la luz de la luna, su rostro parecía tallado en hueso.
—Tengo —dijo—. Para mí y para quien me lo pida.
Guerrero iba a decir algo, pero en ese momento el barco se sacudió con una violencia inesperada. Un golpe de mar, más alto que los anteriores, había chocado contra el costado de babor. El agua saltó por encima de la borda y empapó a los dos hombres.
—Fraile —dijo Guerrero, secándose la cara con la manga—, creo que se nos acabó el tiempo.
Aguilar asintió.
—Sí —dijo—. Se nos acabó.
VIII. La tormenta y el naufragio
Pasaron las horas. La madrugada se arrastró con el mismo viento insistente del norte. Cuando el alba comenzó a teñir de gris el horizonte este, Guerrero y Aguilar volvieron a cruzarse. El fraile seguía en cubierta, mirando la muralla que ahora lo ocupaba todo.
El resto del día fue una espera tensa. Hacia el mediodía, ocurrió lo que todos temían. El viento cesó por completo. Las velas colgaron flácidas de las jarcias, como lenguas muertas. El silencio fue absoluto, y en ese silencio el mar pareció contener la respiración.
Valdivia subió a la cubierta de popa. Aguilar estaba ya allí, con Guerrero a su lado.
—Padre —dijo el capitán—. ¿Cree que Dios nos protege?
—Dios protege a los que navegan con fe —respondió Aguilar—. Pero también ahoga a los que navegan con soberbia.
El capitán iba a replicar, pero en ese momento se giró hacia el norte. La muralla ya no estaba en el horizonte: estaba encima de ellos.
—¡Tormenta! ¡Tormenta del norte! —gritó Valdivia.
Su voz se perdió en el primer golpe de viento. Fue como si un puño gigantesco hubiera aplastado la carabela por babor. El barco se escoró treinta grados, y los hombres que estaban de pie salieron volando por los aires.
Y entonces llegó el sonido. No era un rugido ni un silbido. Era un zumbido profundo, constante, que venía de todas partes a la vez, como si el aire mismo estuviera vibrando. Un sonido que no se oía con los oídos: se sentía en los huesos.
Abajo, en la bodega de proa, Guerrero sintió el golpe antes de oírlo. El agua ya empezaba a filtrarse por las juntas del casco. Los hombres tropezaban, caían, se levantaban. Alguien rezaba. Alguien lloraba. Guerrero, con la espada en la mano, empujó a un marinero hacia la escalerilla.
—¡Arriba, o nos hundimos aquí dentro como ratas!
En cubierta, el caos era absoluto. El viento soplaba a más de cincuenta nudos. El mástil de proa se partió con un estruendo y cayó al mar arrastrando a dos marineros. El contramaestre corría con un hacha hacia el palo mayor. Valdivia se aferraba al timón, y Aguilar estaba a su lado.
Por un momento, entre los dos, lograron mantener el rumbo. La carabela giró lentamente, poniendo la proa contra el viento. Pero aquella maniobra solo retrasó lo inevitable. El agua que había entrado por la bodega de proa no dejaba de acumularse. La popa comenzó a elevarse. El barco se hundía de proa, como un cuchillo que se clava en una tabla.
Guerrero llegó a cubierta en el peor momento. Salió a gatas, con los codos raspados y la espada atada a la muñeca. Cuando por fin llegó a la popa, el timón ya no servía de nada: había salido del agua.
—¡Capitán! ¡El barco se hunde! ¡Largue los botes!
Valdivia dudó, pero asintió.
—¡Corten amarras!
El primer esquife fue arriado con una rapidez desesperada. Seis hombres saltaron dentro antes de que la ola siguiente lo estrellara contra el costado. La madera crujió, y el bote se partió en dos. Los seis hombres cayeron al agua. Ni uno solo volvió a asomar la cabeza.
—¡Con el otro no se arriesguen! —gritó Guerrero.
Pero el barco no se estabilizaba. El agua había llegado ya a la cubierta principal. La carabela se hundía de proa, cada vez más rápido.
Aguilar sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Soltó la caña del timón y se aferró a una driza colgante.
—¡Padre! —gritó Guerrero—. ¡Agarre mi brazo!
—¡No puedo soltarme!
—¡Suelte o se hunde!
Aguilar soltó la driza y Guerrero lo agarró del antebrazo justo cuando una ola gigante barrió la cubierta de popa. Los dos salieron despedidos hacia la borda. Guerrero sintió cómo su espalda golpeaba el pasamán. Cayó. El agua fría lo envolvió todo. Perdió el aire, la vista, el oído. Tragó un sorbo. Sintió el ardor de la sal en la garganta.
IX. El agua y la orilla
Guerrero abrió los ojos bajo la superficie y solo vio oscuridad. Dio una patada, luego otra, y su cabeza rompió la superficie justo cuando una ola lo enterró de nuevo. Tragó más agua. La sal le quemaba la garganta. Cuando por fin pudo respirar, tosió, vomitó, respiró de nuevo.
—¡Fraile! —gritó—. ¡Aguilar!
Nadie respondió. El viento se llevó su voz. Se volvió hacia donde debería estar la carabela. Ya no la vio. Solo espuma y trozos de madera que bailaban en la cresta de las olas.
Nadó hacia un barril. Se aferró a él. Entonces oyó un grito. Vio, a unos veinte metros, la silueta de un hombre agarrado a una tabla. El relámpago iluminó su rostro.
—¡Fraile!
Aguilar parecía inconsciente. Su hábito oscuro flotaba alrededor de él como un manto de algas. Guerrero soltó el barril y nadó hacia él. Lo agarró del hábito con una mano y de la tabla con la otra.
—¡Respire, carajo!
El fraile tosió. Abrió los ojos.
—¿Dónde...?
—En el agua. El barco se fue. Estamos solos.
Aguilar cerró los ojos un momento. Luego los abrió otra vez.
—No estamos solos —dijo.
Guerrero miró a su alrededor. En la luz de otro relámpago, vio a otros hombres agarrados a lo que podían. Pero uno a uno, el mar se los fue tragando. Horas después, solo ellos dos seguían flotando.
—Fraile —dijo Guerrero—. Usted dijo que tenía fe de sobra. Pues ha llegado la hora de usarla.
—Ya la estoy usando —respondió Aguilar.
—Pues pídale a Dios que calme este viento.
—Dios no da lo que pedimos. Da lo que necesitamos. Y a veces lo que necesitamos es seguir vivos cinco minutos más. Solo cinco minutos más.
—¿Y luego qué?
—Luego otros cinco.
Pasaron horas. Quizá toda la noche. En algún momento, la tormenta comenzó a ceder. El zumbido profundo que vibraba en los huesos se fue apagando poco a poco, hasta que solo quedó el silencio y el chapoteo de las olas. El frío, el cansancio y la pérdida de sangre fueron haciendo el resto. Guerrero perdió el conocimiento sin darse cuenta, aún agarrado a la tabla, aún con la mano del fraile en su antebrazo.
Cuando volvió en sí, el mar lo escupió como un hueso que no supo tragar.
Aguilar despertó con la cara en la arena. El sol le pegaba en los párpados cerrados. Tosió. Escupió agua. Abrió los ojos con dificultad.
A su alrededor, la playa era blanca y desierta. Más allá, la selva verde y tupida subía hacia unas colinas bajas. El mar, ahora tranquilo y azul, lamía la orilla con una calma que parecía burlarse de la furia de la noche anterior.
El fraile se incorporó lentamente. Tenía un corte en la frente. El hábito estaba hecho jirones. Su rosario, milagrosamente, seguía colgando de su cuello.
A unos pasos, tendido boca abajo en la arena, yacía un cuerpo. Aguilar se arrastró hacia él. Lo dio la vuelta con esfuerzo. Era Guerrero, con la espada todavía atada a su muñeca.
—Soldado —dijo Aguilar—. Soldado, despierte.
Guerrero abrió los ojos de golpe. Tosió agua. Se incorporó a duras penas.
—Fraile —dijo con la voz destrozada—. Usted otra vez. No me abandona ni muerto.
—Todavía no estamos muertos —respondió Aguilar—. Pero parece que hemos sido de los pocos.
Se quedaron en silencio un momento, mirando la playa. Restos de la carabela salpicaban la orilla. Y cuerpos. Siete. Ocho. Nueve.
—¿Cuántos éramos? —preguntó Guerrero.
—Cuarenta —respondió Aguilar.
Guerrero caminó un trecho. Miró detrás de las rocas, entre los restos. Miró hacia la selva. No había nadie más. Volvió junto a Aguilar.
—Estamos solos, fraile —dijo, y por primera vez su voz no sonó burlona—. Solo usted y yo.
Aguilar miró el mar. Miró la selva. Miró los cadáveres.
—Usted y yo —repitió en voz baja—. Y Dios, soldado. Dios también está aquí.
Guerrero escupió al suelo.
—Dios —dijo—. Si Dios estuviera aquí, fraile, no estaríamos solos.
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