lunes, 12 de abril de 2021

la barbería. - La teologia de la liberacion.

Son las doce en la barbería. Las manos temblorosas del barbero mueven eficazmente el peine y las tijeras por encima de la cabeza del raposo. Tomaron un respiro cuando el barbero se echó apartó par ver como iba quedando el corte de pelo. 

Vió y dijo:   

- el cura  no sabe donde se fue a meter con su teología de la liberación porque en Galicia no caben las ideas nuevas.

 y regreso de nuevo a su trabajo para de un tris tras, dejar igualadas las patillas del raposo.

En una esquina de la barbería, esperaban Garbancito y la abuela de los labrada, sentados.

Garbancito ojeaba una de las revistas, apiladas en una pequeña mesa frente a él.

La abuela de los labrada había llegado hacia un momento.

- Puedo pasar ... - preguntó asomando la cabeza por la puerta de la barbería  - ... Si me pudieras arreglar el pelo … que la peluquería está cerrada ...

- ¡Ehmmm... si no le importa a los presentes. Si! - respondió el barbero, sin detenerse.

- ¡Buenas! - dijo - es que la peluquera acaba de dar a luz y como llevó el pelo corto, para aprovechar que bajé al pueblo... quería marchar de regreso con el pelo arreglado, y si no les importa... 

Dijo una vez que entró cargada con dos bolsas. Las dejó en una esquina y se sentó discretamente, frente a Garbancito y su revista.

- Pero como me cortes un pelo de más ....  - remató dirigiendose al barbero.

La abuela de los labrada, esperaba ensimismada, repasando mentalmente la compra y si acaso había alguna cosa que no cayese en la cuenta de llevar; pero al oír las últimas palabras del barbero, intervino en la conversación.

- Tu amigo, el cura, se le ocurrió decir que había que hacer sitio a un tal San Arnulfo Romero en la iglesia y eso después de contar en la misa, con su acento latino, el homicidio cometido por los sicarios que lo mataron por defender a los pobres.

 - Yo sé algo más de ese asunto - dijo Garbancito, levantando la cabeza de la revista que leía - todo el lio vino porque la tia la rica llegó a un acuerdo con el San Antonio: si el santo le cancelaba la deuda que había acumulado a lo largo de los últimos años, de todas las oraciones que le había prometido, ella no iba a dejar entrar en la iglesia a San Romero para que se quedase con las oraciones de sus feligreses.

El barbero se detuvo  al oirlo.

- ¡Y a ti que más te da si no vas a misa! 

- Yo tengo que hablar bien del cura pues cuando vino quiso que fuera a la misa, como todos los del pueblo - respondió Garbancito.

Garbancito no podía entrar en la iglesia, ni arrodillarse en la misa, porque era de la familia de los de la bruja.  

 - No voy porque no puedo ir - le dije cuando vino a preguntarme porque no iba a misa-  y que no podia arrodillarme frente al altar sin que hubiese alguna advertencia.

 Pero él insitió; diciendo que en la teologia de la liberación había un lugar para todos en la iglesia. Hasta que se le escapó el pulpito en la homilía y cayó de bruces en el suelo, y abrió la cabeza.

El raposo, que hasta ahora permanecía impasible mientras se realizaba su corte de pelo, se hizo oir para dar un giro a la conversación

- ¿Y si la hija de la campanera no quiere ser campanera, quien tocara las campanas?

pero justo en ese momento el barbero remató el corte de pelo.

- ¡Bueno, terminamos!

Al erguirse del sillón de la peluquería, el barbero aprovechó para pasar un cepillo por detras del raposo, para retirarle los restos de cabello cortado que podían quedar por encima de los hombros. Y cuando este recogió su chaqueta, colgada de un perchero antiguo de doce brazos, señal de que en la barbería hubo tiempos mejores,  el barbero se dirigió a ponerse detras de un pequeño mostrador, al lado de la puerta, en el que había una pequeña caja registradora para cobrar a sus clientes al salir.

Se despidieron, y después el barbero cogió una escoba y un recogedor y barrio alrededor del sillón, donde atendía a sus clientes. 

Una vez que Garbancito ocupó el sitio vacante, el barbero cogió su peine y sus tijeras y comenzó un nuevo corte de pelo.

-¿Garbancito, tu crees que el chino querra ser el campanero?

 

mvf.

martes, 2 de febrero de 2021

Mes de marzo.

Había lloviznado durante la mañana pero la tarde se quedó con un cielo azul, limpio y calido, del mes de marzo. La gente esperaba el comienzo de la misa. El coche negro y fúnebre, hacía poco que había llegado. Aparcó frente a la iglesia y bajaron unos hombres con traje negro,  para abrir el portón de atrás del coche funebre y llevar el féretro al interior de la iglesia. Pero los vecinos, una vez abierto el portón, no les dejaron y sacaron ellos el feretro y lo auparon, echandoselo al hombro, dos de cada lado, y lo condujeron al interior de la iglesia, ante al altar.

Sonó la campana mayor, su tañido grave hizó vibrar a los presentes y se propago por el aire alejandose; entremezclado con los ecos de su tañido en la distancia, se descubrió que iba ser acompañada por los campanarios de los pueblos vecinos. Se hizo un silencio, tras el que se escuchó el tañido de la campana mayor, esta vez seguido por el tañido de la campana pequeña de la iglesia. Y estos tañidos se repitieron hasta el número de tres, pues el difunto era una mujer, y esta serie de golpes alternos fue repetida nueve veces, advirtiendo al cielo que el difunto por el que se oficiaba la misa era la campanera de Bástela.

La campanera había decidido hacer una tarta de manzana para el café con leche de la tarde. Era una sorpresa para su hija de Santiago que venía a casa a pasar unos dias. La tarta la hacía con una vieja receta, con uno o dos trucos que unía el tiempo pasado entre madres a hijas; aunque el ingrediente principal era hacer la tarta con la calma de los pueblos.

La cocina de la campanera tenía una cocina de hierro que funcionaba con el fuego de la leña de carballo. Una mesa grande, en la que se sentaban alrededor de ella, en sillas de mimbre, los de la casa y la gente de confianza, que en cualquier día se invitaban a comer, ocupaba el centro de la cocina. Pegado a la pared blanca de cal, un anciano chinero de castaño, de cuatro puertas, de estilo castellano, dejaba entrever entre sus vitrinas las piezas de distintos juegos de porcelana blanca, alguna de ellos con dibujo de otra epoca. Y un ventanal grande, por el que se veía la vida del campo.

La campanera, juntó los ingredientes que cariñosamente había preparado, en una tartera de barro, y cuando estaba en su punto el horno, la metió en el interior de la cocina de hierro. Se acercó al chinero para recoger un reloj de plastico verde amarillo con forma de pera, que esperaba su trabajo. Calculó el tiempo que tardaría en hornease la tarta y le puso el tiempo de espera. Después lo dejó encima de la mesa de pueblo, de madera de castaño. Sacudió el delantal de harina que llevaba puesto, al terminar.

Ya no quedaba nada más que hacer, el tiempo y la temperatura del horno haría el resto del trabajo.

Arrimó a la mesa su silla de mimbre y se sentó frente al reloj; hizo una almohada con sus brazos, encima de la mesa que aún conservaba restos de harina, para reposar su cabeza en ella. Y se durmió dejando que el sueño lo velase el tic tac con forma de pera que la despertaría al pasar el tiempo que que necesitaba estar la tarta en el horno.

En la cocina flotaba el aroma de la canela y la manzana, que había estado cociendo durante la mañana, en una pota de esmalte rojo, para añadirse a la masa de la tarta; y por  el ventanal entraba la luz del día que mantenía apagada la lampara de led que alguien, sin saberse cuando, había sustituido por la bombilla incandescente que siempre colgó del techo.

La siguiente visita que tuvieron eso mañana, los de Barcelona, fue la del perro de los labrada. El pastor se coló por debajo de los viejos alambres que separaba las dos propiedades vecinas y se plantó en medio y medio, entre Bribón y su amo, para olfatearles. Primero olió las piernas de Andres, dió un par de vueltas restregandose contra ellas y después se acercó a Bribon para repetir la operación; cuando terminó se dejó oler por él.

Con este intercambio de olores se hicieron las presentaciones.

Entonces, en señal de aceptación de la visita, Andres lanzó la pelota, que en el momento de las presentaciones tenía entre las manos, para que el recien llegado, fuera por ella; pero el perro de los labrada hizo caso omiso de este gesto. Al verlo Bribón, en el lenguaje de los gestos de los perros, apuntando con su miradas la dirección que había seguido la trayectoría de la pelota, mostrandose jadeante, trató de incitarlo para que echaran una carrera a ver quien era el primero en encontrarla y regresar con ella. 

- Busca busca ... insistió Andres, señalando la dirección en que había lanzado la pelota... 

Bribón miró con extrañeza para su amo y el perro impasible, que estaba ante ellos, haciendo caso omiso de sus señales; sin saber lo que pasaba.

Después de esto, el perro de los labrada dió media vuelta y pasó de nuevo bajo el alambre de espino, esta vez en dirección hacia su casa. Dando por terminada la visita.
Se daba por entendido que cada uno ya sabía lo suficiente de los otros.

mvf.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Garbancito 1

 Garbancito medía dos metros de altura y pesaba 120 kilos; y tenía una voz aguda y cristalina, casi angelical.

Garbancito era de la familia de la bruja y todo el mundo sabía que en sus sueños podía hablar con los difuntos. Cuando se aproximaba el dia de todos los santos la gente se llegaba a su casa y le dejaban una nota escrita a mano debajo del felpudo de la puerta.

Dile al zapatero que cuando vaya de procesión por el camino del pueblo, con la santa compaña; escondido en el carballo albar que da sombra a los animales, cerca del banco de piedra donde se declaró a su mujer, hay un jersey de lana que calcetó su sobrina, por que este año, noviembre arranca con unas noches muy frias. 

Dile al abuelo de los jacintos, que su hijo se olvidó donde estan los marcos de los lindes de la finca del coto y si nos puede mandar alguna señal.

Dile al pelotera que su mujer quería morirse para poder estar juntos, pero que la hemos convencido de que ahora, que están separados, para que va ir ella a molestar y a que se llene de gritos el cementerio.

mvf

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Aislamiento

El barbero llevaba varios dias confinado, en la primera hola del coronavirus, y después de dar mil vueltas como un leon enjaulado, gesticulando y hablando solo a voces con las paredes de su casa, llegó un momento en que sus ganas de hablar fueron superiores a su miedo por el contagio y entonces decidió salir a la calle e ir a buscar con quien hablar.

Salió vestido con chaqueta americana y pantalones de pana, y protegido con una mascarilla azul. Ya en la calle, al pasar el cerrojo de la puerta de la casa, pensó para si: que mejor idea que ir a conocer a los vecinos de al lado.

Al lado era: alejandose del pueblo, pasando donde vivián los labrada, una veintena de metros más; pues el barbero vivía más abajo de los labrada en dirección al pueblo.

No tardó en andar la distancia que hemos dicho y encontró a los vecinos de los que había oido hablar en la barbería. Estaban fuera de su casa, sin llevar ninguno de ellos mascarilla para protegerse. Eran: un joven que jugaba con un perro de pelo blanco que tenía un ojo morado; este corría en dirección hacia donde tiraban la pelota y regresaba junto a su amo rapidamente, con ella en la boca; y una chica que llevaba un delantal azul cielo puesto para no mancharse la ropa con pintura, y daba los últimos toques de blanco de un viejo banco de madera, cerca de la entrada de la casa. 

Se paró al estar a la altura de ellos y gritó desde la carretera para que le oyesen :

- ¡Buenas!

Al ver que el joven, paraba de lanzar la pelota al perro y miraba para él, continuó:

-¡Vivo cerca de aquí !- señalando para su casa, que aún se veía desde donde estaban - ¡si necesitan alguna cosa...!

El joven se fijó en el temblor de la mano de su vecino, mientras señalaba, y amablemente respondió:

 - Gracias. Igualmente. Tampoco dude en venir junto a nosotros, si necesitase nuestra ayuda.

  - Me llamo Constantino. Aunque todo del mundo me llama tijeras - se rió - porque soy el barbero del pueblo, claro.

Mi prima, que estaba de espaldas a ellos, se dió la vuelta y saludó levantando la mano, sin soltar la brocha blanca con la que pintaba:

- Encantada de conocerle, tijeras. Mi nombre es Ana.

- Yo me llamó Andres - continuó el joven; y señalando al perro, sin soltar la pelota que tenía en la mano, mientras este bostezaba, arqueando su cuerpo con las patas delanteras estiradas en el suelo; añadió: 

- Y este se llama bribon. Espero que no moleste con sus ladridos.

 -¡No oigo muy bien! - gritó el barbero -  Además duermo como un lirón. Por mi no tengan cuidado.

 Se hizo una pausa entre ellos.

 -  Pues ahora que ya les conozco, que tengan buen día - y el barbero, ya satisfecho de hablar con algún ser humano, dio media vuelta y regresó para su casa.

 mvf.

lunes, 23 de noviembre de 2020

los nuevos vecinos

Con su pelo cano alborotado, de primera hora de la mañana, y su cigarro recién encendido, colgando en la boca; el abuelo de los labrada se acercó a la ventana de su habitación desordenada, para ver de donde procedían los ladridos que le habían despertado.

Se había olvidado de la casa vecina que con el paso del tiempo, desde que fuera deshabitada, se había ido rodeando de maleza, hasta pasar desapercibida en el paisaje rural que se veía desde su ventana; y ahora, después de la limpieza de la vegetación parecía como si hubiera despertado de nuevo a la vida.

Los ladridos provenían de un perro que daba vueltas alrededor de una joven, mientras esta limpiaba unas viejas jardineras que había encontrado. El perro quería jugar pero la chica no le hacía caso y continuaba con su labor.

Cerca de ellos, oteando lo que ocurría en la casa de al lado, desde su campo, la vaca sorda de los labrada arrancaba con desgana la hierba del suelo. Había llegado, atraída por el olor de la vegetación segada y el que emana de la tierra, al haber sido desenraizada la maleza. Al sentir, encima de ella, la mirada de su amo, irguió su testa ladeándo la cabeza hacia la casa de los labrada; dio un prolongado mugido de saludo, para que fuera oída desde la habitación de los abuelos de los labrada; después sacudió el rabo sobre sus ancas y volvió a su afición, la de espiar.

En la barbería, cuando las manos temblorosas de parkinson del barbero del pueblo, volaban con tijeras y peine, segando el pelo por encima de la cabeza del abuelo de los labrada, este dejó caer su opinión:

 - ¡Ja!. Estos señoritos de ciudad que sabrán ellos del campo.  







A media mañana, apareció de nuevo mi prima con su novio por casa, para saludar a mi madre. Tomamos un café juntos y nos hablamos de cosas de las dos familias y del tiempo pasado. Antes de marchar pidieron permiso para volver al galpón a coger algunas herramientas de carpintería; pero esta vez, aunque yo me ofrecí llevarles, quisieron regresar caminando, con su perro de ojo morado, corriendo alrededor de ellos.

 

 

 

 El novio de mi prima era mañoso y desde primeras horas de la mañana, se oían por los alrededores, el repiqueteo del martillo asegurando los marcos de las ventanas y las puertas de la casa como si fuera una abubilla, que picotease haciendo su nido en el tronco de un árbol.

Después de un tiempo llegó el confinamiento.

 

 

 

 


martes, 27 de octubre de 2020

La cuestión

Si alguien sobrevivió a don Sebastián, el cacique que no se quería morir, fue su viuda la tia la rica.

La mujer de Don Sebastián, fue llamada así el hijo de una hermana suya, fallecida en Asturias con su marido, en un accidente de trafico. Al quedar el sobrino huérfano, como el matrimonio con don Sebastián no había dado sus frutos, la tía la rica consiguió de su esposo que el sobrino viviera con ellos y ocupara una de las habitaciones de la casa grande.

Mientras vivió el sobrino, nunca le faltó nada que no pudiese permitir la ostentación de la casa de Don Sebastián, y cuando sus profesores preguntaban a Manolo, el conserje de la escuela, donde estaban los  ausentes de sus clases, este respondía sin titubear:

- Los ausentes están fumando a escondidas, en el puerto.

- ¿Y el sobrino de don Sebastián está también con ellos?  

- El sobrino de don Sebastián está paseando con el coche por el pueblo.

 La tía la rica, sobrevivió también a la muerte de su sobrino, y vivió lo suficiente para ver como el mundo de los caciques gallegos se trasformaba y mantenía su poder convirtiendo sus vástagos en funcionarios de la Xunta de Galicia, y como ninguno de ellos se acordó de gente como la viuda de Don Sebastián, el cacique que no se quería morir.

Cuando apareció mi prima, la de Cataluña, con una mochila a la espalda, un joven estirado y huesudo y un perro lanudo, de la calle, llamado bribon, porque tenía un ojo rodeado por un circulo negro;  creimos que venían de paso; pero mi prima no tardó en aclarar que estaba harta de los ruidos, las prisas y el estres de la vida de Barcelona, y que su pretensión era quedarse a vivir en la antigua casa de piedra, de sus padres.

 Mi prima marchó de pequeñita con sus padres para Cataluña, y como quien dice, se crió catalana y de aquí ya no se acordaba de nada; así que me pidió que la acompañase a donde sus padres vivían antes emigrar buscando trabajo, o una vida mejor que creían allí.

Montamos todos en mi coche; incluido el perro, que no consintió ir en el maletero y fue en el asiento de atrás, encima de las piernas del joven acompañante, de mi prima; asomando la cabeza por la ventanilla abierta. Al llegar, el perro saltó por la ventanilla abierta sin dar tiempo, siquiera, a que el joven abriera su puerta, y cuando bajamos, había desaparecido; solo se oían sus ladrido entre la maleza que había crecido sin control rodeando la casa.

Cerca, había una finca también de mi prima, llena de enormes zarzas y tojos. Al estar años sin sembrarse se había echado al monte.

Después de ver el estado de la propiedad les dije que para entrar en la casa había que buscar quien viniera a limpiarla y que regresáramos; pero rehusaron. Solo aceptó, mi prima, volver, cuando le dije que en el antiguo galpón de mi casa había herramientas de mano para desbrozar y limpiar la entrada de la vivienda, que podían venir a buscar. Fuimos al galpón y después de rebuscar, cogieron un par de hoces, un ancho y viejo azadón de hierro, y la macheta  de picar la leña, y sin pararnos regresamos de vuelta. Descargaron las herramientas y nos despedimos con unos besos. Cuando me alejaba lo último que ví por el espejo retrovisor del coche, era como sin más tardanza comenzaban a ponerse manos a la obra.

A la noche ya habían limpiado lo suficiente para despejar la entrada de la casa y dormir dentro del interior de la vivienda, con sacos de dormir, en una habitación de ventanas destartaladas y la puerta desencajada de su marco.

 mvf.










viernes, 24 de abril de 2020

la gata 3 - final

El rata empezó a fumar muy temprano; vendía cigarrillos en el recreo de clases para pagarse su vicio y ganó el nombre por el que le conoció todo el mundo.

Cuando fue expulsado del colegio se levantaba a media mañana. Siempre se le pegaron las sabanas en la piel pero en algún momento dejó de oír los gritos de su madre.
Desayunaba y marchaba para fumar a la salida del colegio con sus ex-compañeros. 
Era bueno para gestionar lo poco que tenían en el fondo de sus bolsillos y poder fumar unos porros y eso …
Compraba librillos de papel, y siempre estaba el rata para pedírselo, a cambio de fumar él también.

El rata descubrió pronto que en el trapicheo podía obtener algún beneficio. Ahora vendía la china para poder hacer un porro y daba gratis el papel para liar; fumando él también. 

Le seguían tres jóvenes que habían seguido el mismo camino en el colegiro que él. Fumaban juntos y deambulaban por los alrededores del vecindario y se daban la compañía que necesitaban para ser felices en el barrio de extrarradio donde crecían.

Pero el rata no era como ellos, el rata sabía obtener beneficios.

 Cuando el rata descubrió la heroína ...

El salto lo dio con uno de sus amigos, que era primo de alguien, que conocía a alguien que trabajaba en las bateas, o eso, y al que le podían comprar heroína a mejor precio y menos adulterada. Aunque él cortaba la droga en su casa, para recuperar el dinero invertido y hacer mayor su beneficio.

El rata se paseaba por el parque del barrio con un perro mestizo, cruce de mastín y pastor alemán; y después de cerciorarse que la gente que venía a comprar droga no iban a dar problemas, mientras uno de sus amigos vigilaba, otro de ellos se acercaba en bici para recoger el dinero y más tarde aparecía el tercero, en otra bici, entregando las papelinas pagadas. Lo habían sacado de algún videojuego.

Eran los tiempos de la heroína.

Los tres amigos no tuvieron suerte. Uno de ellos falleció de una sobredosis. Otro desapareció sin saber nadie de su paradero, aunque alguna gente decía que lo habían matado de una paliza, y lo habían tirado al mar. El tercero seguía hoy en día con el rata, con su cara cruzada por un navajazo en una reyerta de drogas.



Cuando regresó de la cárcel, el rata volvió a su misma rutina, levantándose tarde por las mañanas y después de termniar de desayunar, salía a pasear con un Rottweiler, cogido con una correa metálica; el barrio en el que había crecido apenas había cambiado. Por las tardes iba al pub cerca del barrio, y allí pasaba un par de horas, sentado en su esquina habitual, con su perro musculoso y bravucón, tumbado a sus pies, mirando mal encaradamente a los presentes. Después de unas cervezas marchaba hasta el parque de su barrio, y allí, sin ninguna prisa, mientras su perro corría, sin que nadie se atreviera a molestarles, se fumaba un peta antes de regresar para casa. El vecindario tenía miedo al rata y a la memoria de muerte que había tras él.



Eran las nueve y, a pesar de la hora de la cena, la gente había empezado a llegar al pub. El rata también había llegado, estaba en su esquina con su jarra de cerveza y su perro, acostado a sus pies, con su mirada peligrosa siguiendo todo lo que se movía a su alrededor. Después de cambiar de música, el barman fue a poner una caña para uno de los clientes recién llegados, y cuando tiró del grifo para llenar la jarra empezó a salir espuma de cerveza por su boca. Se había terminado el barril. Sin más perder tiempo, dejó la jarra sobre el fregadero que había, escondido de la vista bajo el mostrador, y después de desenganchar el barril vacío del surtidor de cerveza salió de la barra con el. Al abrir la puerta del patio para cambiarlo por otro lleno, la gata asomó la cabeza en el interior del pub, con sus pupilas agrandadas para ver en la penumbra del local. Cuando el Rottweiler la vio,  se echó a correr, desde la esquina en que estaba con su amo, hacia ella, para atraparla con sus fuertes mandíbulas y mostrar su fiereza, zarandeándola en el aire hasta romperle el espinazo; pero la gata, al verle venir, saltó de donde estaba y las mandíbulas del perro se cerraron en el vacío. Entonces este se dio media vuelta para saber a dónde había ido a parar su presa y al ver que estaba a unos metros frente a el, se abalanzó de nuevo hacia ella, pero la gata burló otra vez sus fauces. De nuevo volvió a atacarla, pero esta vez la gata saltó encima del perro. Ahora el perro, ante la sorpresa de la gente, que se apartaban a toda prisa para dejar lugar a la pelea giraba sobre si mismo y brincaba por el local para zafarse la gata de encima, pero por más que lo intentó la gata permaneció encima de el, con sus uñas hundidas profundamente sobre su lomo, hasta que finalmente, agotado, se rindió. Entonces, la gata se soltó del perro y de un salto acabó encima de la mesa del rata, quien al ver a su perro, manso y humillado, respirando agitadamente, con la lengua fuera colgando a un lado de su enorme boca, se irguió para golpear a la gata; pero esta después de arañarle la mano de un zarpazo, se encaramó sobre él y de un último salto acabó encima del mostrador de la cervecería, paseándose, ufana, con su cola inhiesta. Entonces, el rata, cogiéndose la mano que sangraba abundantemente pues en su arañazo la zarpa de la gata había debido rasgarle alguno de los vasos sanguíneos de su mano, al ver las miradas burlonas que le echaban los presentes, avergonzado por la humillación recibida, salió huyendo del local, empujando a puntapiés a su perro.



Ese día se celebró con varias rondas de cerveza la victoria de la gata y la huida del rata,

 La puerta estaba abierta esperando que salieran los últimos clientes; y la persiana de hierro del exterior, levantada poco más de dos palmos del suelo, impedía la entrada al local advirtiendo a los de fuera de que ya habían cerrado,

Al ver que mi compañero terminó, apuré la bebida de un solo trago y después de pagar hice una señal de partir y nos dirigimos a la salida. El barman salió de la barra y vino tras nosotros para subir a media altura la persiana del local, lo suficiente para que pudiéramos salir agachando la cabeza. Mientras salíamos, la gata asomó la cabeza a la calle, a nuestros pies, para respirar el aire fresco del exterior. 

Nos despedimos y al empezar a bajar la persiana, regresó corriendo hacia el interior del local. Echamos a caminar, calle arriba, en dirección al aparcamiento, próximo a la estación de trenes.

El coche estaba, encima de uno de los rectángulos solitarios pintados de blanco en el suelo. 

Cuando nos pusimos en marcha empezó a sonar en la radio del salpicadero del coche, el rey del blues.

Paramos para ver el océano y al bajar las ventanillas, el aire entró dentro del coche; era húmedo y salitrado, como la soledad de la noche.

- Me acercas hasta casa?

- ¡Si!; Pronto va amanecer.

El coche se puso en marcha, en dirección al final de la avenida, para ser engullido por la niebla densa que llegaba del océano.


No hay nada perfecto, ni siquiera la verdad.

jueves, 19 de marzo de 2020

La gata. 2


 La música, era un oleaje embravecido de ritmo y voces, que lo llenaba todo, y el barman se entendía a gritos con los clientes, mientras llenaba jarras de cerveza, hasta cubrir el final de espuma.

La gata estaba acurrucada encima de unos periódicos viejos, donde el mostrador remataba contra la pared y colgaba un cuadro con la foto de algún músico de jazz; parecía dormir, pero sus ojos, brillantes en la penumbra del local, nos miraban. Quise acariciarla, pero al ver mi intención, se levantó y saltó al interior de la barra, lejos de mí.

Auto lavado para mascotas.

La tienda funcionó bastante bien, durante los primeros meses de apertura en el barrio. El negocio iba de viento en popa y había que pedir cita previa para llevar los animales de compañía a lavar, cortarse las uñas, o hacer peluquería. Eran los buenos tiempos de la ciudad, antes de la crisis de los astilleros; después la economía se desplomó y la gente empezó a llevar a su mascota y a no regresar para recogerla.

                                           " Se venden gatos montaraces"

Una mañana apareció un nuevo letrero. Era una idea original y un buen recurso para protegerse de las ratas que subían de las cloacas por la noche, a comer en la basura, y como la crisis lo empezaba a invadir todo. Los dueños, un matrimonio de Argentina y Pontedeume, habían invertido lo poco que tenían en la tienda, y no estaban dispuestos a rendirse. Fueron tirando.

Parecía una cosa de mil que ocurren diariamente. Una mañana el periódico contó la siguiente noticia: había fallecido alguien en la calle y los transeúntes le habían robado lo que llevaba encima. Sin documentación tardaron en reconocerle. Era del barrio; vivía en un 7º f, de uno de los edificios ... Pero el barrio, ya golpeado por la crisis, se volvió aún más gris, y los días de negocio empeoraron. Fue, cuando antes de asfixiarse con las deudas, decidieron echar el cierre. Al abrirse la cancilla, corredera plegable de hierro, que protegía la puerta de la entrada del negocio, la mayor parte de las pertenencias de la tienda ya habían quedado empaquetadas del día anterior. No tardó en llegar la furgoneta que tenían, con sus rótulos de publicidad a los lados; aparcó con dificultad enfrente de la tienda. Bajó el conductor, entró, y él, y la mujer que terminaba de abrir y esperaba su llegada, empezaron a sacar las cajas de cartón en las que habían recogido las pertenencias de la tienda, para meterlas en la parte de atrás del vehículo.

Ya solo quedaban, pegada a una pared encalada de blanco, al lado derecho de la entrada de la tienda, las jaulas, en las que, pese al ruido, ajenos a lo que ocurría, dormían algunos gatos dentro de ellas. El hombre abrió sus puertas, para que salieran y escapasen, pero apenas se molestaron en abrir sus ojos. El pequeño mundo en el que vivían enjaulados no les había dejado traspasar lo que pasaba en la tienda. Impacientado, empujó la estantería en las que descansaban las jaulas, haciéndolas caer al suelo; pero los animales, que despertaron sobresaltados por el estrépito de la caída, en vez de salir y escapar, aturdidos y sin comprender lo que había ocurrido, se acurrucaron en el interior de sus jaulas. Entonces cogió una escoba cercana a él, y comenzó a dar fuertes golpes encima de las jaulas para que saliesen de sus jaulas y escapasen por la puerta abierta de la calle. No iba perder tiempo con ellos.

Finalmente, los animales salieron de sus jaulas y echaron a correr por el interior del local. Al verse acosado, uno de ellos se abalanzó sobre el hombre para defenderse y arañarlo, con sus uñas, pero recibió una fuerte patada que lo lanzó contra la pared y cayó agonizante en el suelo. Los otros gatos, al ver lo ocurrido, escaparon por la salida abierta a la calle, y uno de ellos, un gato de pelo largo y atigrado, al querer cruzar al otro lado de la calle, fue atropellado en su huida por los coches que circulaban en ese momento. Delante de la furgoneta, aparcada enfrente de la tienda, había un taxi, parado que esperaba por alguien; cuando la gata se encontró en el exterior, al ver lo ocurrido al otro gato, en vez de echarse a cruzar la calle, buscó refugio corriéndose y escondiéndose, debajo del taxi.

Vio llegar unos pies, la puerta se abrió y estos desaparecieron acompañados del portazo de la puerta al cerrar.

La gata escapaba, ya, por debajo de otros coches, hasta que se detuvo, cincuenta metros calle abajo, a la altura de unos contenedores de basura. Arrimados a los contenedores, habían quedado, sin recoger de la noche anterior, un montón de cartones de embalaje. Al verlos salió debajo del coche en que estaba y se escondió entre ellos, le parecía un lugar seguro; desde allí, ya más tranquila, con la cabeza gacha, pegada al suelo, y las orejas tiesas, para escuchar todo lo que pasaba alrededor; vio por primera vez este mundo desconocido, al que había salido hoy. En la calle, los coches subían y bajaban, había nacido en la tienda y no conocía más mundo que las cuatro paredes de su jaula, y solo conocía el tráfico por un ruido sordo que empezaba a las seis de la mañana y continuaba ronroneado hasta el comienzo de la noche, cuando empezaba a decrecer; y veía por primera, vez los edificios enormes de la ciudad, sin saber que peligros se podía encontrar.

Oyó el ruido que hizo al levantarse la persiana que guardaba el acceso a un pub; oculta entre los cartones, cambió de posición para no perderse detalle de lo que ocurría en esa dirección.

La persiana estaba entreabierta, lo suficiente para mostrar que el pub estaba cerrado a la gente. Pero terminó de abrirse para salir un hombre llevaba, apiladas en una carretilla, cajas de botellas vacías. Pasó cerca de ella.

Apenas se veía el interior del pub, pero la obscuridad que ofrecía, le hizo pensar que seguramente allí podría esconderse mejor.  Esperó hasta que el hombre se alejó lo suficiente y al tener la certeza de que no había ningún peligro echó a correr para allí.

Tan pronto entró se fue a esconder entre uno de los sillones del local y una mesa de cristal, en la que reposaban aún algunos vasos vacíos del día anterior.  El interior del pub era un mundo oscuro, con las paredes impregnadas de un olor rancio y dulzón, de bebida y tabaco, apenas iluminado por una bombilla que había dejado encendida el hombre al salir. Desde donde estaba, apartada de la barra, había una puerta entreabierta que mostraba la claridad del día, al ver la claridad del día que asomaba por ella, se lanzó de nuevo a la carrera y después de cruzar entre su resquicio, llegó a un pequeño patio, utilizado de almacén, donde se guardaban las cajas de bebidas y los barriles de cervezas. Oyó algunas voces distantes que llegaban hasta ella, pero al aguzar el oído para escuchar con más claridad, oyó de nuevo el ruido de la carretilla y el hombre, dentro del local que terminaba de cruzar para llegar a donde estaba. La gata se escondió precipitadamente, entre las cajas que había en el patio, que ofrecían muchas posibilidades para ocultarse.

El hombre apareció con una torre de cajas llenas de bebida. Y sin descargar, dejó la carretilla, arrimada a la pared, a un lado de la puerta, se dio media vuelta y desapareció de nuevo cerrando la puerta del patio tras él.

La gata levantó la cabeza para ver el nuevo lugar al que terminaba de llegar, y vio que por encima de ella, perdido en la altura, había un trocito de cielo azul, húmedo y lúgubre, prisionero de cuatro paredes irregulares, con sus ventanucos que asomaban al patio, y se elevaban hasta el piso cuarenta y cuatro.



Había conseguido escapar





mvf















lunes, 30 de diciembre de 2019

La gata -1

Pequeña historía  escuchando  ...
En el local la luz raya la penumbra; suena un blues lento y grave, y la poca gente que había eramos nosotros dos y el camarero.
Levanto mi copa y deslizo en la boca un trago frio y picante de alcohol; después paladeo su sabor mientras doy vueltas con el hielo, dentro del liquido cristalino y amarillo, en el vaso.
Escucho la musica.
 Una trompeta chillona, vuela sobre el fondo ritmico del bajo y la bateria, como si fuera una gaviota que vuela solitaria sobre el atlantico. El piano, que la estaba oyendo en silencio, echa a volar tras ella; repitiendo sus notas, remarcando el batir de sus alas que se eschucha sobre el aire marino, pero la trompeta le ignora; es una dama solitaria. Él la quiere cortejar, pero esta hace burla de él. Después de una larga voluta sonora la trompeta calla: el piano abatido lamenta su ausencia; él es el rey de la noche ahora y llora con notas cristalinas su amor no correspondido. Sigue la musica, y se escucha como sus lagrimas se rompen llenando de estrellas un cielo sin Luna sobre la noche del atlántico. Las estrellas caen sobre las olas, que producen en unisona hermandad, el bajo y la bateria, mientras la noche se apaga.
La trompeta, que se había quedado dormida hasta ahora, bosteza su aburrimiento y empieza a hablar en una sexualidad distinta; hasta que todo queda en silencio.

¿Bueno, y ahora que podemos a hacer?
- Es muy tarde. Parece que estos quieren cerrar
- ¿Quien te espera en casa?
- Ya es muy tarde
- ¿Donde podemos ir?
- No creo que encontremos ya nada abierto. Mejor nos vamos a casa. 
Dejaron sus sillas, que estaban pegadas cerca de la barra.

Una gata de color chocolate saltó encima del mostrador y se paseó ronroneando. mientras uno de ellos pedía la cuenta para pagar.
Había estado durmiendo encima del cojín de uno de los sillones pegados a la pared, detras, de ellos; o eso parecía que había estado haciendo mientras ellos bebían.

Con el ruido del cierre de la caja, que estaba detras de dos grifos surtidores de cerveza, alargados como el cuello de una oca, de ceramica blanca llena de tatuajes de color azul de prusia; la gata saltó hacia la puerta para asomar la cabeza a la calle.

No había ningún movimiento en la noche de la ciudad.
Cuando se encaminaron a la puerta, la gata se apartó para dejarles salir.
Salieron a la calle. Hacia frio y soledad, y el aire marino llegaba hasta ellos.
Se levantaron los cuellos de sus chaquetas y miraron para atras.
La gata había desaparecido, corriendo hacia el interior del local.


a mis amigos

mvf

lunes, 4 de noviembre de 2019

El rescate - Final - 6melquiades

Cuando se aproximaban a la altura de la casa del herrero, el veterinario creyó que melquiades le llevaba a a la casa de sus amos; entonces adelantó al perro y paró con la moto delante de la casa, y después de aparcar frente a ella fue a llamar a la puerta para enterarse de lo que podía haber ocurrido. Pero antes de que pulsase el timbre, el perro, que venía corriendo detras de él, se interpuso ante la puerta impidiendo que lo hiciese No era allí donde tenían que ir y además no podía despertar a sus amos, que lo podían dejar sin volver a salir.

- ¿Pero este perro que rayos querrá?

Estaba claro, el animal le llevaba a alguna parte pero no era a la casa del herrero. No tenía más remedio que seguir tras el para ver a donde quería conducirle.

Ahora iban más aprisa. El perro delante y el veterinario, en su moto, detrás. Finalmente llegaron a la finca de la campanera. Allí, melquiades se puso al lado de la valla, mostrando al veterinario por donde tenía que pasar; tendrían que continuar a pie por el otro lado. El veterinario cogió el bolso de cuero con las herramientas medicas de su oficio, y separando los alambres de espino de la valla pasó para el interior, sin preocuparle invadir la propiedad de la campanera, a altas horas de la noche, convencido de que algo grave debía estar ocurriendo dentro. 

Cuando llegaron al gallinero y vío al zorro, en la extraña posición en que había quedado atascado después haber estado forcejando por el hueco por el que pretendía salir, el veterinario abrió sus ojos sorprendido; entendiendo en ese mismo momento por que le habían ido a buscar.

- Desde luego, el perro del herrero era un animal de sorpresas.

Posó su bolso en el suelo y se aproximó con cautela, no fuera que recibiera una dentellada en la mano; pero el zorro comprendía bien que estaba allí para sacarle del apuro y, sin hacer ningún movimiento, dejó que el hombre se acercase a el e inspeccionase el agujero en el que había quedado atascado.

Tras varias intentos, haciendo palanca con un palo en una de las tablas de la pared del gallinero, el veterinario consiguió que esta cediera y sacar al zorro de su prisión, tirando de el, de una de las patas, sin que este recibiera ningún daño.

Sin echarse a escapar inmediatamente, el zorro, animal salvaje y huidizo, se dejó acariciar por la mano que le había ayudado, mientras esta, inspeccionaba en su cuerpo si tenía alguna herida o algún hueso roto; cuando esta terminó lamio la mano del veterinario. Y después de reponerse del susto, y desentumecerse su cuerpo y sus huesos de haber estado tanto tiempo atorado boca arriba, echó a andar alejandose en dirección a la carretera.

Acto seguido, melquiades dió dos sonoros ladridos, en señal de agradecimiento, despidiéndose también del veterinario, para seguir al zorro.

 Después de tomar varios senderos por el que se acortaban las distancias, melquiades y el zorro, llegaron al lugar donde tienen la frontera los animales del bosque con los del pueblo. Allí se detuvieron y se miraron mutuamente. Entonces el zorro se acercó a Melquiades, y restregó su cuerpo contra el perro, para impregnarlo con su olor; lo cual quería decir, en el idioma de los animales, que cualquier zorro que lo oliese a lo lejos, sabría que melquiades había socorrido a un congénere en apuros y en cualquier sitió que fuese, que se viese en problemas,  melquiades sería ayudado por los zorros. Y al terminar de despedirse, el uno en persecución del otro, bajo la luz de la Luna, echaron a correr como era su costumbre; oyéndose los ladridos en la noche, que daban prueba de como melquiades defendía que nadie se acercase a la frontera de los animales. Por su parte, el veterinario regresó a su clínica, y decidió no contar nunca esta historia, en la que había librado al zorro de pagar con una buena tunda el festín que se había dado en el gallinero de la campanera; no por que nadie le fuera a creer sino para que no le reclamasen a él, el pago de las gallinas devoradas en el menú.

La luz del sol fue entrando por el firmamento devolviendo a la tierra sus colores: el primero en regresar fue el azul de la lejanía seguido del azul del verde de los árboles en las montañas; tras ellos se iluminó, el marrón de los campos segados y el amarillo naciente del otoño, en los verdes arboles del valle; el rojo de los tejados de las casas y el blanco de las volutas de humo, de las cocinas que se empezaban a encender, al nacer el día.

 

mvf

miércoles, 23 de octubre de 2019

los dos hermanos - 5melquiades

Trás varios intentos, arañando el suelo con sus patas alrededor del zorro, melquiades comprendió que por más que lo intentase no iba conseguir nada, así que decidió marchar en busca de ayuda.
El tiempo apuraba. Regresó al sitio por donde había entrado, y arrastrandose por debajo de la alambrada volvió al otro lado de la valla; después continuó en dirección al pueblo.
¿Pero a quien iba a pedir ayuda?
Iría a la clinica veterinaria. Allí siempre había alguien para atender alguna urgencia: un parto de una vaca ...
Cuando llegó aún se veía luz dentro, a traves de la puerta de cristal de la entrada de la clinica; pero la puerta estaba cerrada y se puso a ladrar para que le oyesen.
Al poco, asomó tras la puerta, una mujer joven, en bata, que miraba a traves del cristal quien podía estar montando el escandalo a esas horas de la noche; y se sorprendió al ver frente de ella, en la calle un perro, que la miraba fijamente, jadeante, con la lengua fuera. Abrió la puerta para ver que le pasaba al perro, pero melquiades, sin más, entró para dentro de la clinica. El no necesitaba ninguna ayuda, el lo que venía era a buscar al veterinario para llevarlo junto al zorro.  La mujer agarró una revista de encima del mostrador, de la entrada de la clinica, y fue tras él, que había ido directamente, hacia el interior, donde el veterinario hacía las curas de sus pacientes; para echar al perro de la clinica.
Con los ladridos que daba melquiades y la riña de la mujer, que quería echarlo, los animales que había esa noche empezaron a gritar también, en sus voces, y entonces apareció el veterinario.
Al verlo, melquiades le dió dos ladridos y se sentó en el suelo, esperando la atención del veterinario.
- ¿Pero a este animal que le pasa?- preguntó a la mujer
- No sé. Tal vez este queriendo decir algo.

El veterinario dió dos palmadas con su mano, y señaló la puerta para que marchase, pero Melquiades no se iba ir sin la ayuda que venía buscando; así que, incorporandose de su posición, le respondió dando dos ladridos de nuevo, ahora para que entendiese que fuese trás el.

-¿Pasará alguna cosa?- se preguntó el veterinario extrañado.

Finalmente, pensando en esos animales heroicos que salvan la vida de personas ... el veterinario decidió ir a ver a donde le quería llevar el perro.

- Será mejor que veamos a donde nos lleva. No es la primera vez que los perros salvan a sus amos; y este es el perro del herrero, que ya salvó a la Vicenta de estar perdida en el monte. - * como ya se contó, melquiades había encontrado, perdida en el monte, a la hermana de la madre del abogado.

- Pero te vas?- preguntó la mujer.

- Si, voy coger la moto y voy ir tras el, a ver donde me lleva.

Y después de vestirse; el veterinario se despidió de su mujer, metió algunas cosas en un bolso de cuero que llevaba siempre a sus visitas, y en un ciclomotor, semejante al de los repartidores de las pizzas; marchó detras de melquiades a ver a donde le llevaba.

mvf

martes, 15 de octubre de 2019

la campanera -4melquiades

La zarza apareció por su huerta, para recoger unas lechugas, y al oir los balidos vió que a la cabra,  subida al techo del tractor que estaba en el camino, y a los perros que le ladraban desde abajo; y creyendo que estaban atacando a la cabra, regreso corriendo a casa y llamó por telefono a la campanera para decirle que dos perros asilvestrados trataban de comerse a su cabra y que esta se había encaramado al capó de un tractor, que estaba en el campo, para salvarse del ataque de los perros.
No tardó en aparecer la campanera en el lugar; venía por la carretera, apurada, en zapatillas y en ropa de estar en casa, con un mandilon por encima. Y un bastón de madera, lleno de nudos, que terminaba en un cepellón del tamaño del puño de un hombre, para repeler el ataque; no sabemos si el bastón tenía nombre propio, como midehuesos, o tientalomos, pero aún sin nombre y aunque el resultado de su uso pudiera depender de la habilidad, fuerza y suerte del que lo llevase a la lid; el bastón con su sola presencia era capaz de poner emergencia para aclarar, discernir, discurrir, debatir ... cualquier dificultad que existiese. Damos por hecho que era veterano en más de un asunto de la casa de la campanera, y el salvar a la cabra del ataque de dos perros asilvestrados, era un buen motivo para su aparición. Cuando llegó, los dos perros ya se habían marchado, por que al hacerseles la hora cada uno se fue para acompañar a su ganado de regreso a sus casas, y el único contratiempo que tuvo que resolver la campanera fue bajar a su cabra de encima del tractor, pues no quería bajar de su posición privilegiada desde la que miraba a todo el mundo por encima de sus cabezas. Finalmente la cabra bajó de su podío y la campanera le ató una cuerda y marchó con ella para casa. 
Iban de regreso por la carretera: la cabra balando de su aventura y la campanera agitando, cada cinco pasos, el bastón en el aire, mostrando lo que le habría hecho a los dos perros si los hubiera pillado; o tal vez fuera, que protestaba el bastón por haber salido de casa para nada.
No se sabe por quien fue, que la campanera se enteró de que los dos perros habían sido melquiades y su hermano, pastor; tan pronto se enteró de la autoría, se dirigió a casa del herrero para dar queja del ataque que había sufrido su cabra por melquiades y después de despotricar todo lo que quiso, se dirigió a casa de los de la labrada para soltar la bilis que le quedaba sobre pastor. En las dos casas se le atendieron con respeto y benevolencia sus quejas, en memoría de los difuntos.
Como no quedó conforme, la campanera denunció a melquiades y pastor, al juez de paz, para que condenase a los amos a internarlos en una clinica para animales, por acoso a su cabra.
Melquiades, tenía a su favor, el haber encontrado a una anciana del pueblo, que había pasado una noche durmiendo a la intemperie al extraviarse de regreso a su casa, y que precisamente era hermana de la madre de mejor abogado del pueblo y enterandose de este asunto se personó en casa del herrero para devolverle el favor.
El abogado le dió la vuelta a la tortilla planteando la cosa desde otra perspectiva: dijo que los perros, eran buenos cuidadores de sus respectivos rebaños, y lejos de estar acosando a la cabra estaban afeando a la cabra su mala conducta, después de verla subida encima del tractor, pues esta, a espaldas de su ama, invadía la huertas de los vecinos para comer uvas y fruta fermentada en el suelo, que había caido de los árboles, por sus efectos poco favorables.  El juez de paz acordó librar a los perros de ir a una clinica para animales, pero aprovechando la ocasión de poder disminuir el alboroto nocturno que producían los perros en la noche de Luna llena, y para contentar a las dos partes,  también decidió que melquiades y pastor, no podrían estar sueltos a la vez; así una semana los dias con r estaría atado uno, mientras el otro, esos mismo dias estaría libre para pasear; los dias con s de la semana, sería al reves; y la semana venidera estaría preso los dias con r el que había estado libre, la semana anterior.


Melquiades recordaba como ladraba a la Luna con su hermano y como por culpa de la campanera no volverían a pasear juntos por la noche. Este es el motivo de la inquina de melquiades hacia la campanera y por lo que decidió buscar una ayuda que quitara al zorro del apuro en que se encontraba y vengarse así de ella.


mvf.

lunes, 7 de octubre de 2019

la cabra - 3melquiades

La campanera tenía una cabra, con manchas negras y rojas, mal acostumbrada, que escapaba a la huertas de los vecinos y devoraba a su antojo los brotes que hubiese, sin hacerle ascos a ningún tipo de planta del sembrado. Los hortelanos que la padecían estaban muy molestos por este hecho, pero nadie se atrevía a dar queja a la campanera: no fuera que esta, contrariada, cuando tocaba para llamar a las misas que se pagaban para los difuntos, se vengara delatando en su tañir, que este o cual difunto no había realizado ninguna de las buenas obras que decía el cura en la misa; preferían que el tañir de las campanas acompañasen las buenas obras por las que se había pagado para que se dijeran sobre el difunto en el responso, y no mostrasen alegría como cuando falleció don Sebastián el cacique que no se quería morir.

Una tarde en que el rebaño de la mujer del herrero y las ovejas de los de la labrada fueron llevadas a pastar en prados vecinos; melquiades y su hermano pastor, después de darse unos saludos, oliendose y dando vueltas alrededor uno del otro, decidieron ir a beber y mojarse, en el agua fresca y cristalina del rio, mientras los rebaños comían libremente, la hierba.

Viniendo de regreso del rio, descubrieron a la cabra de la campanera, que había escapado y estaba devorando en la huerta de una de las zarzas, y como sabían de las andanzas del animal caprino; porque tambíen la habían padecido en sus feudos y fueron reñidos por ello, acusandolos injustamente de no haber cuidado debidamente los sembrados de sus amos; los perros decidieron aprovechar la ocasión para enseñar buenos modales a la cabra. Cuando la cabra vió que se dirigían hacia ella,  intuyendo que la cosa iba para disgusto, se puso en fuga y saltando la valla de la huerta fue a parar a la carretera. Los perros, al ver el peligro que corría, decidieron aparcar para otro momento la lección que pretendían darle, y sacarla de la carretera antes de que fuera atropellada por algún vehiculo.

En un instantes los dos estaban ladrando alrededor de la cabra, para que saliese de la carretera; pero esta, sin entender que los perros, con sus ladridos, querían decirle que saliese de la carretera antes de que viniese cualquier vehiculo, trató de defenderse propinando un cabezazo a quien pillase. Pero los dos corrían dando circulos, y cuando enfilaba a uno, el compañero aparecía por el otro lado. Después de varios intentos fallidos, la cabra decidió echar a correr hacía un tractor próximo, aparcado en el arcén de la carretera, y de dos saltós se encaramó encima del techo de metal, que protege el asiento del conductor de la lluvía y el sol; desde allí, al sentirse segura, mirando con sus ojos rectangulares a los dos perros, que daban vueltas alrededor del tractor esperando que bajase, comenzó a burlarse de ellos, con sus balidos, por haber conseguido escaparse.

mvf.