miércoles, 29 de julio de 2026

La rendición deTabscoob Nahuatl VII


 CAPÍTULO VIII     LA RENDICIÓN DE TABSCOOB Y LA FIRMA DEL REQUERIMIENTO

Al día siguiente de la batalla, los españoles comenzaron a transformar Potonchán en algo suyo. Los heridos yacían en las galerías de la casa principal, envueltos en vendas de algodón que las mujeres mayas, con gestos temblorosos, les habían proporcionado tras la rendición. Los gemidos se mezclaban con el murmullo de los rezos de fray Bartolomé de Olmedo, que musitaba sus oraciones como si pudieran detener la gangrena en las heridas de pica y flecha.

Los caídos españoles eran pocos. En las afueras, junto al templo principal, se apilaban los cadáveres de los guerreros mayas. Vio a los sacerdotes, con sus mantas negras y el cabello ensangrentado, recogerlos al anochecer para incinerarlos en el bosque. El humo de las piras se elevaba hacia el cielo como una pregunta sin respuesta. Los heridos que aún respiraban no tenían quién los recogiera. Muchos huyeron a la selva; otros se arrastraban por las calles, y los que quedaban se ocultaban en las esquinas, mirando a los conquistadores con el miedo de quien ya no tiene nada que perder.

Cortés ordenó respetar a los que no ofrecieran resistencia, pero la orden era más teoría que práctica. La tensión hacía que cualquier gesto brusco pudiera desencadenar un nuevo enfrentamiento. Los españoles se movían en grupos, espadas desenvainadas, y los mayas se apartaban a su paso.

Recorrió las calles de la ciudad, rectas y bien trazadas, hasta llegar a la plaza central. Allí se alzaba el templo escalonado, dedicado a Kukulkán, la Serpiente Emplumada. No era tan alto como los que había visto durante su cautiverio en la costa, pero sus paredes de piedra caliza estaban decoradas con relieves de serpientes entrelazadas y guerreros que sostenían cabezas decapitadas. En la cima, dos altares de piedra, manchados con sangre de sacrificios, miraban hacia el este. Fray Bartolomé de Olmedo los vio nada más poner un pie en la ciudad. Su rostro, surcado por las arrugas del sol y la penitencia, se endureció. Y entonces hizo lo que los españoles hacían siempre: borrar un dios para poner otro. Con ayuda de dos soldados, arrancó las figuras de serpientes del altar principal y colocó una gran cruz de madera que los carpinteros del navío habían ensamblado a toda prisa. La cruz, tosca y sin pulir, se alzó sobre el templo, y su sombra se proyectó al atardecer sobre las casas de los mayas.

Aquella mañana subió al templo, antes del amanecer, y se quedó mirando la cruz. No sabía muy bien qué sentía. Llevaba demasiado tiempo entre los mayas para ignorar que aquella cruz le parecía reconocerla en los bajorrelieves del templo, en las pinturas de las vasijas, en los dibujos de los códices, como un signo que el tiempo grabó en la piedra mucho antes de que los españoles llegaran. Quizás era solo su imaginación, o tal vez el cansancio y los años de cautiverio le jugaban malas pasadas, pero no podía quitárselo de la cabeza. Fray Bartolomé decía que era obra del demonio, que imitó la verdadera cruz para engañar a los indios. No estaba tan seguro. Pero no dijo nada.

Mientras los soldados registraban cada casa y cada templo en busca de botín, observaba desde la puerta de la residencia de Tabscoob. El oro y el jade se acumulaban en cofres que ahora llenaban una de las habitaciones. Las piezas eran pequeñas —collares de cuentas, orejeras circulares, placas con rostros de dioses de ojos de piedra— pero para los soldados cada gramo era una promesa de riqueza. También encontraron mantas de algodón fino, tan suaves que parecían hechas de nubes, y cestos de plumas de quetzal y guacamaya que los soldados amontonaban sin distinguirlas de las de gallina. Los marineros, más prácticos, se llevaron las vasijas de barro y los recipientes de calabaza para el campamento. Todo lo que podía servir, venderse o cambiarse, fue requisado.

Pero algo le inquietaba. Desde la entrada de la ciudad, los mayas heridos que aún podían moverse se arrastraban hasta sentarse junto a sus muertos, con las piernas recogidas contra el pecho, y esperaban. No llevaban agua, ni comida, ni armas. Solo esperaban. Los soldados de guardia murmuraron que habían visto mensajeros salir de la selva al atardecer, y que los heridos, al oírlos, habían alzado la cabeza como quien reconoce una señal. No supo si creerlo. Cada hora que pasaba le dolía un poco más no saber qué esperaban.

El misterio se aclaró al amanecer, cuando los centinelas dieron la alerta. La luz del sol, dorada y tibia, se filtraba entre las copas de los árboles y bañaba las calles de tierra apisonada con un resplandor cálido. Desde la selva, una comitiva se acercaba. Al frente, Tabscoob, erguido sobre una litera adornada con plumas, rodeado de caciques de mantos de algodón con grecas rojas y negras, y guerreros con petos de cuero y rodelas de caña. No traían armas alzadas. Traían ofrendas: cestos de flores, vasijas de barro, mantas dobladas, plumas de quetzal de un verde profundo, como el de la selva después de la lluvia.

Desde la plaza central, fue el primero en verlos. Observó cómo se acercaban con la lentitud ceremoniosa de quienes saben que cada gesto será observado. Reconoció al frente a Tabscoob, el cacique, que venía a postrarse ante Hernán Cortés con un manto de algodón blanco, tan puro que parecía brillar bajo los primeros rayos del sol, y un penacho de plumas de quetzal que se alzaba majestuoso sobre su cabeza, las plumas largas y brillantes cayendo sobre su espalda como una cascada de luz verde. Collares de jade y concha le cubrían el pecho, y en sus brazos llevaba brazaletes de oro y piedras verdes. Su rostro, que en la batalla mostró determinación feroz, ahora mostraba una dignidad serena, la del vencido que acepta su destino sin perder el orgullo, y que se presenta ante sus vencedores con la grandeza de quien ofrece sus tesoros no como súplica, sino como un acto de reconocimiento.

Entre los líderes que le acompañaban, distinguió a uno de los que había visto luchar en la playa durante el desembarco. Lo recordaba bien: entonces su cuerpo lucía pintura de guerra, franjas rojas y negras que dibujaban espirales y figuras de jaguares, y el rostro surcado por líneas negras que le daban un aire feroz, casi sobrenatural. Blandió su macana de obsidiana con una bravura que no olvidó, como si la muerte misma danzara a su alrededor. Ahora, en cambio, su cuerpo mostraba nuevas pinturas: franjas rojas y negras que recorrían sus brazos y su pecho. Era un código de honor que borraba la derrota mostrando la bravura, para la comparecencia ante el nuevo señor.

Pero notó algo más. A unos pasos detrás, veinte mujeres caminaban. No portaban cargas. Llevaban las manos cruzadas sobre el vientre, los dedos enlazados en un gesto de contención, como si se aferraran a algo invisible. Sus miradas, aunque bajas, se movían con rapidez, registrando todo a su alrededor con el miedo silencioso de quien sabe que su vida está a punto de cambiar para siempre. Vestían huipiles bordados con hilos de colores que brillaban bajo el sol, y en sus cabellos lucían flores de cacaloxóchitl, de un blanco intenso que contrastaba con la negrura de sus trenzas. Eran jóvenes, la mayoría, de rostros serenos pero inquietos. Comprendió que no habían venido a ofrecer nada, sino a ser ofrecidas.

Sintió un nudo en la garganta. Luego, sin saber bien por qué, se volvió y echó a correr hacia la residencia de Tabscoob, donde Cortés instaló su cuartel general. La antigua casa del cacique maya, la más grande y mejor construida de la ciudad, se convirtió en el centro de operaciones de los españoles. Sus amplias estancias, con paredes de cal y techos de vigas de madera, albergaban ahora las mesas de mando, los cofres con el botín y el estandarte real que ondeaba desde la entrada.

En una de aquellas habitaciones, la estancia que ocupaba Cortés tenía el aspecto austero de un cuartel general. En un extremo, la cama de campaña, aún sin deshacer, recordaba la precariedad del viaje; frente a ella, un crucifijo de plata presidía la pared desnuda, único guiño a la fe que lo sostenía. Pero el centro neurálgico del aposento era una ancha mesa de madera, sobre la que reposaban, desplegados, el mapa de la costa que Alvarado le entregó y un cuaderno de ruta. Allí, entre borradores y anotaciones, Cortés consignaba cada noche los sucesos de la jornada, acumulando un registro de cada día para el momento en que la Corona le exigiera explicaciones.

Irrumpió sin apenas anunciarse, y el golpe de la puerta al abrirse hizo que el escribano sobresaltara la pluma. El soldado jadeaba, con el pecho aún agitado por la carrera.

—Señor —dijo—. Vienen. Los mayas. Vienen con ofrendas.

Cortés levantó la cabeza. Estaba repasando las cuentas con el escribano, contando las piezas de oro y jade que encontraron en la ciudad.

—¿Tabscoob?

—Sí, señor. Viene con sus nobles y guerreros heridos. No traen armas. Y traen mujeres, señor. Veinte mujeres jóvenes. —Lo dijo con un tono que no logró ocultar del todo su incomodidad.

Cortés dejó la pluma sobre la mesa, apoyó los codos en los brazos de la silla y entrelazó los dedos. Una leve sonrisa, más de satisfacción que de alegría, se dibujó en sus labios al oír lo de las mujeres.

—Veinte mujeres —repitió, como saboreando las palabras—. ¿Y qué más?

—Oro, señor. Algodón. Mantas. Plumas. Y las mujeres, señor. Esas veinte mujeres que le digo.

—Ya las he oído —dijo Cortés, y la sonrisa se hizo un poco más amplia—. Pero el oro y las mantas también cuentan.

Cortés se levantó, ajustó su espada y se dirigió a la puerta.

—Pues recibámoslos como merecen.


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Cortés salió al encuentro en la plaza principal, el mismo espacio de tierra apisonada donde los mayas celebraban sus ceremonias. Lo acompañaban sus capitanes Alvarado, Ávila, Montejo, Escalante y Aguilar, que oficiaría como intérprete. Los soldados españoles formaron un pasillo, espadas desenvainadas y arcabuces listos, aunque no apuntaban. Era una muestra de fuerza, pero también una advertencia.

Tabscoob se detuvo a unos pasos de Cortés. Los dos hombres se miraron en silencio. El sol ascendente teñía de oro y azul el cielo, y las sombras se acortaban sobre la plaza de tierra apisonada. La brisa traía el olor a humo y a vegetación húmeda, y de la selva llegaba el canto de los pájaros que saludaban el nuevo día. Era un momento de tensa quietud, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para presenciar aquel encuentro.

Los hombres que acompañaban a Tabscoob, apenas media docena de nobles y guerreros heridos, algunos apoyándose en bastones o en los hombros de otros, se arrodillaron y postraron sus rostros contra el suelo, en señal de sumisión absoluta. Pero Tabscoob no se arrodilló. Permaneció de pie, con la espalda erguida y la mirada fija en la de Cortés. Los demás esperaban en silencio, las cabezas inclinadas sin llegar a tocar el suelo con sus frentes.

Las veinte mujeres, en cambio, se mantenían unos pasos más atrás, con las manos cruzadas sobre el vientre y los dedos enlazados. Habían depositado las cestas con las ofrendas en el suelo, y ahora esperaban, inmóviles, sin levantar la mirada. Aguilar las observó de reojo. Una de ellas, la más joven, llevaba un huipil distinto al de las demás, bordado con hilos rojos que dibujaban figuras de serpientes. No supo por qué, pero aquella mujer le llamó la atención.

Detrás de Cortés, Alvarado se movió inquieto. Sus dedos tamborilearon sobre la empuñadura de su espada, y sus ojos recorrieron la comitiva maya con desconfianza. Se inclinó hacia Cortés y murmuró, apenas para que el capitán lo oyera:

—Señor, no me fío. Pueden estar fingiendo. En Champotón, los indios también vinieron con ofrendas, y luego nos obligaron a levar anclas.

Cortés no volvió la cabeza. Su mirada permaneció fija en Tabscoob.

—Cállate, Pedro —respondió en voz baja, sin mover los labios apenas.

Alvarado guardó silencio, pero su mano no se apartó de la espada.

Tabscoob habló primero, en maya. Su voz era grave, serena, aunque se notaba el cansancio en sus palabras.

—He venido a postrarme ante vos y reconocer mi derrota.

Aguilar tradujo:

—Señor, dice que viene a rendirse.

Cortés no mostró emoción. Tabscoob continuó, haciendo una pausa tras cada frase para que Aguilar tradujera sus palabras antes de proseguir.

—He visto a mis guerreros caer. He visto a mis hijos morir. He visto a mis mujeres huir. No puedo seguir luchando. No tengo fuerzas. No tengo hombres. Reconozco que vos sois el señor de esta tierra ahora.

Aguilar tradujo:

—Dice que ha visto caer a sus guerreros, señor. Que ha visto morir a sus hijos y huir a sus mujeres. Dice que no puede seguir luchando, que no tiene fuerzas ni hombres. Y que reconoce que vos sois el señor de esta tierra.

Tabscoob hizo una pausa. Sus ojos recorrieron la plaza, las construcciones que habían sido su hogar, el templo donde había oficiado ceremonias. Luego volvió a hablar.

—He traído ofrendas. Oro, plumas de quetzal, piedras preciosas. Es todo lo que podemos ofrecer.

Aguilar tradujo:

—Dice que ha traído ofrendas, señor. Oro, plumas de quetzal, piedras preciosas. Que es todo lo que pueden ofrecer.

Los soldados españoles abrieron las cestas y dejaron ver su contenido: pequeñas figuras de oro, algunas con forma de hombres, otras de jaguares y serpientes, collares de cuentas de jade, diademas de plumas de quetzal de un verde tan intenso que parecía brillar con luz propia. Junto a las piezas de oro, había piedras de jade de diversos tamaños, algunas del tamaño de un puño, que los mayas valoraban más que el propio oro.

Cortés examinó las ofrendas sin tocarlas. Sus ojos se detuvieron en una pieza en particular: un disco de oro del tamaño de una mano, decorado con la figura de un hombre que emergía de la boca de una serpiente. Era una obra de una delicadeza y precisión que sorprendió incluso a los soldados más veteranos.

—Acepto vuestras ofrendas —dijo Cortés finalmente—. Pero antes de que podamos hablar de paz, hay un asunto de la corona de España que resolver.

Hizo un gesto al escribano, que se adelantó con un pergamino en las manos. Era el mismo requerimiento que Cortés había hecho leer en la barca, antes del intento de remontar el río. El mismo documento que los mayas habían rechazado con burlas. Ahora, el escribano lo sostenía de nuevo.

—Este documento —explicó Cortés, con Aguilar traduciendo—, establece que vos y vuestro pueblo reconocéis la autoridad de Su Majestad el rey Carlos de España. Y que aceptáis la fe cristiana y la protección de la Corona. Es el mismo que os leímos antes de la batalla. El que rechazasteis.

Tabscoob miró el pergamino sin comprender su contenido. Pero entendió lo que significaba: la sumisión, el reconocimiento de una autoridad que no era la suya. Recordaba aquel día en el río, cuando los hombres blancos habían leído un documento que nadie entendía, y los guerreros habían reído. Ahora, la risa se había convertido en silencio, y el silencio en derrota.

—Si firmáis —continuó Cortés—, la guerra terminará. Seréis vasallo del rey de España, pero conservaréis vuestro título y vuestras tierras. Seréis gobernador de vuestro pueblo bajo la autoridad de la Corona. Y no habrá más muertes.

Tabscoob mantuvo la mirada fija en el pergamino durante un largo momento. Los segundos se alargaron. Aguilar observaba en silencio, con el corazón encogido. Sabía que Tabscoob no podía leer las palabras, pero entendía el gesto.

Finalmente, el cacique maya asintió. El peso de la derrota se reflejó en sus hombros, que se hundieron ligeramente.

El escribano le ofreció una pluma de ganso y un tintero. Tabscoob tomó la pluma con mano firme, aunque temblorosa. Durante un instante, la pluma vaciló sobre el pergamino, y Aguilar vio cómo el cacique cerraba los ojos. Luego, al abrirlos, trazó en el pergamino un signo cuidadoso: un círculo con un punto en el centro, acompañado de una línea ondulada. Era el glifo de su nombre.

Luego, los nobles que lo acompañaban, dos de ellos, los únicos que aún llevaban mantos de algodón decorado, hicieron lo mismo, trazando sus propios glifos bajo la firma de su cacique. Eran signos que para ellos significaban linaje, poder y compromiso.

El escribano recogió el pergamino y lo inspeccionó.

—Está firmado, señor —dijo a Cortés.

Cortés tomó el documento y lo leyó. Luego sonrió, satisfecho. Alzó el pergamino para que todos lo vieran.

—Con esta firma —dijo, con voz clara y autoritaria—, vos y los vuestros os convertís en súbditos de Su Majestad el rey Carlos, y yo, en su nombre, os tomo bajo su protección. A partir de hoy, Potonchán es tierra de la Corona, y vuestro pueblo deberá obediencia al rey, pagar los tributos que se os señalen y recibir la palabra de Dios.

Y después de que tradujeran sus palabras, Cortés extendió la mano hacia Tabscoob. El cacique maya dudó un instante, luego tomó la mano del español. Fue un gesto extraño para ambos: el apretón firme de un conquistador y la mano de un vencido. Los dos hombres se miraron a los ojos. En la mirada de Tabscoob no había odio, sino una tristeza profunda. En la de Cortés, satisfacción, pero también una chispa de algo que podría haber sido respeto.

—Que se preparen víveres para estos hombres —ordenó Cortés a sus capitanes—. Y que los heridos reciban atención. Ahora son vasallos del rey de España.

Los soldados se movieron para cumplir la orden. Los mayas heridos fueron conducidos a las afueras de la plaza, donde recibieron vendas y ungüentos. Tabscoob y los suyos se retiraron lentamente, sin volver la vista atrás. La ceremonia había terminado.

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Apenas Tabscoob y su séquito desaparecieron, Cortés se volvió hacia Aguilar.

—Padre —dijo Cortés, con la voz firme—. Las mujeres. Las veinte mujeres que nos dieron. Ya se ha ido Tabscoob con los suyos. Ocupaos de ellas: dadles agua y comida, y luego separadlas y repartidlas entre los capitanes y la tropa.

En ese momento, fray Bartolomé de Olmedo, que había permanecido en silencio durante toda la ceremonia, dio un paso al frente. El fraile tenía el rostro surcado por las arrugas del sol y la penitencia, y sus ojos, de un azul pálido, brillaban con la intensidad de quien ha pasado demasiadas noches en vela rezando. Su hábito franciscano, raído y remendado, contrastaba con las cotas de malla y las espadas de los soldados que lo rodeaban. Se santiguó lentamente, con la mano temblorosa, antes de hablar.

—Señor Cortés —dijo el fraile—. Antes de repartir a estas mujeres, ¿no deberíamos bautizarlas primero? Han vivido en la idolatría. Si las entregamos así, sin la gracia del bautismo, sus almas podrían perderse para siempre.

Cortés lo miró con exasperación contenida.

—Fray Bartolomé, ya tendremos tiempo para bautizarlas. Ahora lo que importa es la moral de la tropa. Los hombres han sangrado, han visto morir a sus compañeros. Necesitan algo que les recuerde por qué están aquí.

El fraile insistió, con la voz más firme aunque sus dedos seguían enredados en el cordón de su hábito.

—Pero la salvación de estas almas no puede esperar, señor. El demonio ha tejido sus redes en estas tierras durante siglos. Cada alma perdida es una victoria para él.

Cortés suspiró y se llevó la mano al rostro, frotándose la frente como si quisiera borrar la fatiga. Cuando habló, su voz tenía un filo cortante.

—Fray Bartolomé, os lo digo con todo el respeto que merece vuestra investidura: son parte del tributo. Se repartirán entre mis capitanes y la tropa. Ellos sabrán lo que hacer con ellas. Y si acaso necesitan ser bautizadas, ya lo harán cuando vean oportuno.

El fraile abrió la boca para replicar, pero Cortés levantó una mano, cortando cualquier intento de discusión. Sus ojos se posaron en Aguilar, que seguía de pie junto a la entrada, observando la escena.

—Aguilar —dijo Cortés, señalándolo con un gesto—. Vos entendéis la lengua de estos indios. Os encargaréis vos de las mujeres. Dadles agua y comida, y luego separadlas. Las más jóvenes para los capitanes. Las demás para la tropa. Y que Melchor os ayude. Él entiende la lengua de Cuba y algo de la de estos indios.

Aguilar sintió un nudo en el estómago. La mirada de fray Bartolomé se clavó en él, cargada de reproche silencioso. El fraile no dijo nada más, pero sus labios se movieron en una oración que solo él podía oír. Luego se retiró unos pasos, con las manos entrelazadas, como si rezara por aquellas mujeres que acababan de ser entregadas a la lujuria de los soldados.

—Lleva a Melchor —añadió Cortés—. Él te ayudará. Tú entiendes su lengua. Él entiende la de Cuba. Juntos, las separaréis.

Melchor era un indio de Cuba que los españoles habían traído como intérprete. Hablaba maya con dificultad —el maya chontal de los de Potonchán—, pero entendía lo suficiente para ayudar. Aguilar lo buscó y juntos se dirigieron a donde las mujeres esperaban.

Mientras se alejaban, Aguilar oyó a sus espaldas la voz queda de fray Bartolomé de Olmedo, que musitaba una oración en latín. Las palabras se perdieron en el viento, pero el tono era el de quien implora por almas que aún no han sido salvadas.

Las veinte mujeres seguían sentadas en el suelo, en el mismo rincón de la plaza, bajo la sombra del ceibo. Apenas había pasado una hora desde que Tabscoob partiera. No habían comido. No habían bebido. No habían llorado.

Aguilar se detuvo frente a ellas. Las miró una por una. Eran jóvenes, la mayoría. Algunas apenas muchachas, de quince o dieciséis años. Vestían huipiles de algodón blanco, bordados con flores rojas y azules. Algunas llevaban collares de caracoles y cuentas de jade. Sus ojos estaban secos. Sus caras, vacías.

Aguilar supo que no llorarían. Los mayas no lloraban delante de los enemigos.

—Melchor —dijo en voz baja—. Vamos a separarlas. Las más jóvenes para los capitanes. Las demás para la tropa.

Melchor asintió. Juntos, caminaron entre las mujeres. Aguilar hablaba en maya, en la lengua de los chontales que había aprendido durante su cautiverio. Les preguntaba sus nombres, sus edades, de dónde venían. Algunas respondían con voz apenas audible. Otras guardaban silencio. Melchor señalaba y asentía. Fueron separando a las mujeres en dos grupos: las de aspecto más noble, las más jóvenes, para los capitanes; las demás, para los soldados.

—Esa —dijo Melchor, señalando a una muchacha de cabello oscuro y facciones finas—. Esa es la más hermosa. El capitán Alvarado...

—La apartamos para los capitanes —dijo Aguilar—. Pero no para Alvarado. Para Cortés.

Melchor lo miró con sorpresa.

—¿Cortés?

—Sí. Él la aceptará.

Aguilar se volvió para seguir con el reparto, pero una de las mujeres, la más joven, lo agarró del brazo. Hablaba en voz baja, en una lengua que Aguilar no reconocía. No era maya chontal. Era otra cosa.

—Melchor —dijo Aguilar—. ¿Entiendes esto?

Melchor escuchó. Su cara cambió.

—No es maya —dijo—. Es nahua. La lengua del imperio. Del altiplano.

Aguilar sintió un escalofrío.

—¿Nahua? ¿Estás seguro?

—Sí, padre. He oído a los comerciantes. Es la lengua del gran señor.

Aguilar se volvió hacia la mujer. La miró a los ojos. Ella no apartó la mirada.

—Pregúntale cómo se llama —dijo.

Melchor habló con ella. La mujer respondió en su lengua, con voz firme. Luego Melchor tradujo:

—Dice que su nombre es Malintzin. Pero que su nombre no importa. Dice que si los hombres blancos quieren llegar al imperio, necesitarán a alguien que hable como ella.

Aguilar guardó silencio. La muchacha no soltaba su brazo. Sus ojos no miraban al suelo. Lo miraban a él.

—¿De dónde viene? —preguntó Aguilar.

Melchor volvió a hablar con ella. La mujer señaló hacia el este, hacia las montañas, y dijo algo más. Melchor tradujo:

—Dice que viene de muy lejos. Del interior. De donde vive el gran señor. El que llaman Moctezuma.

Aguilar sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Moctezuma?

—Sí, padre. Dice que fue llevada por comerciantes. Que la vendieron a los mayas. Pero que ella habla la lengua sagrada. La de los sacerdotes.

Aguilar la miró un largo momento. Luego tomó una decisión.

—Ven conmigo —dijo en maya.

La muchacha lo siguió. Aguilar la llevó de vuelta a la tienda de Cortés. Cuando entró, el capitán levantó la cabeza.

—Señor —dijo Aguilar, con la voz apenas un susurro—. Esta mujer habla la lengua del imperio. La de Moctezuma. Se llama Malintzin.

Cortés se puso de pie de un salto. Su rostro, que momentos antes mostraba cansancio, se transformó en una expresión de alerta y codicia.

—¿Está seguro?

—Melchor lo ha confirmado. Ella dice que viene del altiplano. Que fue vendida a los mayas.

Cortés se acercó a la muchacha. La examinó de arriba abajo. Ella no bajó la mirada.

—Tráigamela —dijo—. Y que nadie la toque. Es más valiosa que el oro.

Aguilar sintió un nudo en el estómago. Sabía lo que venía.

—Señor —dijo—. ¿Y las otras mujeres?

Cortés lo miró con impaciencia.

—Las otras son para la tropa. Repartidlas entre los capitanes y los soldados. Son parte del botín.

Aguilar quiso decir algo. Que no eran botín. Que eran personas. Pero las palabras no salieron. Vio a los soldados abalanzarse sobre las mujeres, oyó sus risas, y se apartó.

Malintzin, mientras tanto, caminaba detrás de Cortés hacia la tienda. Antes de entrar, el capitán se volvió hacia Aguilar:

—Padre, esta noche la pasaré con ella. Pero no para lo que piensas. Para hablar. Para aprender. Para que me enseñe su lengua. ¿Entendido?

—Entendido, señor.

Cortés entró. La puerta se cerró tras él.

Aguilar se quedó fuera, escuchando el rumor de la tienda, las voces de los soldados, los gemidos de las mujeres. No supo si lo que sentía era vergüenza, culpa o miedo. Tal vez las tres cosas.

A sus espaldas, fray Bartolomé de Olmedo seguía de pie junto al templo, contemplando la escena con los ojos entornados. El sol de la tarde proyectaba largas sombras sobre la plaza, y el viento mecía su hábito raído como si quisiera arrancarlo de sus hombros. Sus labios se movían en silencio, trazando una oración que solo el viento podía oír. En su mano, un rosario de madera desgastada giraba entre sus dedos, cuenta a cuenta, como si cada Ave María pudiera lavar la culpa que ya empezaba a acumularse sobre aquella tierra recién conquistada. Pero sus ojos, fijos en la tienda de Cortés, no expresaban piedad. Expresaban una certeza fría, la de quien sabe que el Maligno se oculta en cada rincón de aquellas tierras, y que la única manera de vencerlo es con fuego y espada, con la cruz en alto y la palabra de Dios en los labios, aunque las almas que se salven tengan que pagar el precio de su salvación con la carne.

 mvf 

The Surrender of Tabscoob – Nahuatl VII

 CHAPTER VIII: THE SURRENDER OF TABSCOOB AND THE SIGNING OF THE REQUIREMENT

The day after the battle, the Spaniards began to transform Potonchán into something of their own. The wounded lay in the galleries of the main house, wrapped in cotton bandages that the Maya women, with trembling gestures, had provided them after the surrender. The groans mingled with the murmur of Fray Bartolomé de Olmedo's prayers, who muttered his orations as if they could stop the gangrene in the pike and arrow wounds.

The Spanish fallen were few. On the outskirts, next to the main temple, the corpses of the Maya warriors were piled up. He saw the priests, with their black cloaks and blood-matted hair, gather them at dusk to incinerate them in the forest. The smoke from the pyres rose toward the sky like an unanswered question. The wounded who still breathed had no one to gather them. Many fled into the jungle; others dragged themselves through the streets, and those who remained hid in the corners, watching the conquerors with the fear of those who have nothing left to lose.

Cortés ordered respect for those who offered no resistance, but the order was more theory than practice. Tension made any abrupt gesture capable of triggering a new confrontation. The Spaniards moved in groups, swords drawn, and the Maya stepped aside as they passed.

He walked through the streets of the city, straight and well laid out, until he reached the central plaza. There stood the stepped temple, dedicated to Kukulkán, the Feathered Serpent. It was not as tall as those he had seen during his captivity on the coast, but its limestone walls were decorated with reliefs of intertwined serpents and warriors holding decapitated heads. At the top, two stone altars, stained with sacrificial blood, faced east. Fray Bartolomé de Olmedo saw them as soon as he set foot in the city. His face, furrowed by the wrinkles of sun and penance, hardened. And then he did what the Spaniards always did: erase one god to put another. With the help of two soldiers, he tore the serpent figures from the main altar and placed a large wooden cross that the ship's carpenters had assembled in haste. The cross, rough and unpolished, rose above the temple, and its shadow was cast at dusk over the houses of the Maya.

That morning he climbed the temple, before dawn, and stood looking at the cross. He did not know quite what he felt. He had been among the Maya too long to ignore that that cross seemed to recognize it in the temple's bas-reliefs, in the paintings on the vessels, in the drawings of the codices, like a sign that time had carved into the stone long before the Spaniards arrived. Perhaps it was only his imagination, or perhaps the weariness and years of captivity were playing tricks on him, but he could not get it out of his head. Fray Bartolomé said it was the work of the devil, who had imitated the true cross to deceive the Indians. He was not so sure. But he said nothing.

While the soldiers searched every house and every temple for loot, he watched from the doorway of Tabscoob's residence. Gold and jade accumulated in chests that now filled one of the rooms. The pieces were small—necklaces of beads, circular ear ornaments, plates with faces of gods with stone eyes—but for the soldiers every gram was a promise of wealth. They also found fine cotton cloaks, so soft they seemed made of clouds, and baskets of quetzal and macaw feathers that the soldiers piled up without distinguishing them from chicken feathers. The sailors, more practical, took the clay vessels and gourd containers for the camp. Everything that could serve, be sold, or be traded was requisitioned.

But something troubled him. From the entrance of the city, the wounded Maya who could still move dragged themselves to sit beside their dead, with their legs drawn up against their chests, and they waited. They carried no water, no food, no weapons. They only waited. The guard soldiers murmured that they had seen messengers emerge from the jungle at dusk, and that the wounded, upon hearing them, had raised their heads like those who recognize a signal. He did not know whether to believe it. Each passing hour hurt a little more, not knowing what they were waiting for.

The mystery cleared at dawn, when the sentries gave the alert. The sunlight, golden and warm, filtered through the treetops and bathed the packed-earth streets in a warm glow. From the jungle, a procession approached. At the front, Tabscoob, erect on a litter adorned with feathers, surrounded by caciques in cotton cloaks with red and black borders, and warriors with leather breastplates and cane shields. They carried no raised weapons. They carried offerings: baskets of flowers, clay vessels, folded cloaks, quetzal feathers of a deep green, like that of the jungle after rain.

From the central plaza, he was the first to see them. He watched them approach with the ceremonial slowness of those who know that every gesture will be observed. He recognized at the front Tabscoob, the cacique, who came to prostrate himself before Hernán Cortés in a white cotton cloak, so pure it seemed to shine under the first rays of the sun, and a headdress of quetzal feathers that rose majestically above his head, the long, shiny feathers falling over his back like a cascade of green light. Necklaces of jade and shell covered his chest, and on his arms he wore bracelets of gold and green stones. His face, which in battle had shown fierce determination, now showed a serene dignity, that of the vanquished who accepts his fate without losing pride, and who presents himself before his victors with the greatness of one who offers his treasures not as a plea, but as an act of recognition.

Among the leaders accompanying him, he distinguished one he had seen fighting on the beach during the landing. He remembered him well: then his body bore war paint, red and black stripes that formed spirals and jaguar figures, and his face was crossed by black lines that gave him a fierce, almost supernatural air. He wielded his obsidian macana with a bravery he had not forgotten, as if death itself danced around him. Now, however, his body showed new paintings: red and black stripes that ran along his arms and chest. It was a code of honor that erased defeat by displaying bravery, for the appearance before the new lord.

But he noticed something more. A few steps behind, twenty women walked. They carried no loads. They held their hands crossed over their bellies, fingers interlaced in a gesture of restraint, as if clinging to something invisible. Their gazes, though lowered, moved quickly, registering everything around them with the silent fear of those who know their lives are about to change forever. They wore huipiles embroidered with colored threads that shone under the sun, and in their hair they wore cacaloxóchitl flowers, of an intense white that contrasted with the blackness of their braids. They were young, most of them, with serene but restless faces. He understood that they had not come to offer anything, but to be offered.

He felt a lump in his throat. Then, without quite knowing why, he turned and ran toward Tabscoob's residence, where Cortés had set up his headquarters. The ancient house of the Maya cacique, the largest and best built in the city, had become the Spanish operations center. Its spacious rooms, with lime walls and wooden beam ceilings, now housed the command tables, the chests of loot, and the royal standard that waved from the entrance.

In one of those rooms, the chamber occupied by Cortés had the austere appearance of a headquarters. At one end, the camp bed, still unmade, recalled the precariousness of the journey; opposite it, a silver crucifix presided over the bare wall, the only nod to the faith that sustained him. But the nerve center of the chamber was a wide wooden table, on which rested, unfurled, the map of the coast that Alvarado had given him and a route notebook. There, among drafts and annotations, Cortés recorded each night the events of the day, accumulating a record of each day for the moment when the Crown would demand explanations from him.

He burst in without hardly announcing himself, and the slam of the door opening made the scribe startle his pen. The soldier gasped, his chest still heaving from the run.

"Sir," he said. "They're coming. The Maya. They come with offerings."

Cortés looked up. He was going over the accounts with the scribe, counting the pieces of gold and jade they had found in the city.

"Tabscoob?"

"Yes, sir. He comes with his nobles and wounded warriors. They carry no weapons. And they bring women, sir. Twenty young women." He said it in a tone that he could not entirely hide his discomfort.

Cortés set down the pen on the table, rested his elbows on the arms of the chair, and interlaced his fingers. A slight smile, more of satisfaction than joy, formed on his lips at the mention of the women.

"Twenty women," he repeated, as if savoring the words. "And what else?"

"Gold, sir. Cotton. Cloaks. Feathers. And the women, sir. Those twenty women I tell you about."

"I've already heard about them," said Cortés, and the smile grew a little wider. "But the gold and the cloaks count too."

Cortés stood up, adjusted his sword, and walked to the door.

"Well, let us receive them as they deserve."

---

Cortés went out to meet them in the main plaza, the same packed-earth space where the Maya held their ceremonies. He was accompanied by his captains Alvarado, Ávila, Montejo, Escalante, and Aguilar, who would serve as interpreter. The Spanish soldiers formed a corridor, swords drawn and arquebuses ready, though they were not aimed. It was a show of force, but also a warning.

Tabscoob stopped a few paces from Cortés. The two men looked at each other in silence. The ascending sun tinged the sky with gold and blue, and the shadows shortened on the packed-earth plaza. The breeze carried the smell of smoke and wet vegetation, and from the jungle came the song of birds greeting the new day. It was a moment of tense stillness, as if time itself had stopped to witness that encounter.

The men accompanying Tabscoob, barely half a dozen nobles and wounded warriors, some leaning on canes or on the shoulders of others, knelt and prostrated their faces against the ground, in a sign of absolute submission. But Tabscoob did not kneel. He remained standing, his back straight and his gaze fixed on Cortés's. The others waited in silence, heads bowed without quite touching the ground with their foreheads.

The twenty women, however, remained a few steps back, hands crossed over their bellies and fingers interlaced. They had set down the baskets with the offerings on the ground, and now they waited, motionless, without raising their gaze. Aguilar watched them out of the corner of his eye. One of them, the youngest, wore a huipil different from the others, embroidered with red threads that formed serpent figures. He did not know why, but that woman caught his attention.

Behind Cortés, Alvarado shifted restlessly. His fingers drummed on the hilt of his sword, and his eyes scanned the Maya procession with distrust. He leaned toward Cortés and murmured, barely loud enough for the captain to hear:

"Sir, I don't trust them. They could be pretending. In Champotón, the Indians also came with offerings, and then they forced us to weigh anchor."

Cortés did not turn his head. His gaze remained fixed on Tabscoob.

"Shut up, Pedro," he replied in a low voice, barely moving his lips.

Alvarado fell silent, but his hand did not leave his sword.

Tabscoob spoke first, in Maya. His voice was deep, serene, though fatigue was noticeable in his words.

"I have come to prostrate myself before you and acknowledge my defeat."

Aguilar translated:

"Sir, he says he has come to surrender."

Cortés showed no emotion. Tabscoob continued, pausing after each phrase for Aguilar to translate his words before proceeding.

"I have seen my warriors fall. I have seen my sons die. I have seen my women flee. I cannot keep fighting. I have no strength. I have no men. I acknowledge that you are the lord of this land now."

Aguilar translated:

"He says he has seen his warriors fall, sir. That he has seen his sons die and his women flee. He says he cannot keep fighting, that he has no strength and no men. And that he acknowledges that you are the lord of this land."

Tabscoob paused. His eyes traveled across the plaza, the buildings that had been his home, the temple where he had officiated ceremonies. Then he spoke again.

"I have brought offerings. Gold, quetzal feathers, precious stones. It is all we can offer."

Aguilar translated:

"He says he has brought offerings, sir. Gold, quetzal feathers, precious stones. That it is all they can offer."

The Spanish soldiers opened the baskets and revealed their contents: small gold figures, some in the shape of men, others of jaguars and serpents, necklaces of jade beads, headdresses of quetzal feathers of such an intense green that they seemed to glow with their own light. Alongside the gold pieces, there were jade stones of various sizes, some the size of a fist, which the Maya valued more than gold itself.

Cortés examined the offerings without touching them. His eyes stopped on one piece in particular: a gold disk the size of a hand, decorated with the figure of a man emerging from the mouth of a serpent. It was a work of such delicacy and precision that it surprised even the most veteran soldiers.

"I accept your offerings," Cortés said finally. "But before we can speak of peace, there is a matter of the Crown of Spain to resolve."

He gestured to the scribe, who stepped forward with a parchment in his hands. It was the same requirement that Cortés had had read on the boat, before the attempt to go up the river. The same document the Maya had rejected with mockery. Now, the scribe held it again.

"This document," Cortés explained, with Aguilar translating, "establishes that you and your people recognize the authority of His Majesty King Charles of Spain. And that you accept the Christian faith and the protection of the Crown. It is the same one we read to you before the battle. The one you rejected."

Tabscoob looked at the parchment without understanding its content. But he understood what it meant: submission, the recognition of an authority that was not his own. He remembered that day on the river, when the white men had read a document no one understood, and the warriors had laughed. Now, laughter had turned to silence, and silence to defeat.

"If you sign," Cortés continued, "the war will end. You will be a vassal of the King of Spain, but you will retain your title and your lands. You will be governor of your people under the authority of the Crown. And there will be no more deaths."

Tabscoob kept his gaze fixed on the parchment for a long moment. The seconds stretched. Aguilar watched in silence, his heart tight. He knew Tabscoob could not read the words, but he understood the gesture.

Finally, the Maya cacique nodded. The weight of defeat was reflected in his shoulders, which slumped slightly.

The scribe offered him a goose quill and an inkwell. Tabscoob took the quill with a steady hand, though trembling. For an instant, the quill hesitated over the parchment, and Aguilar saw the cacique close his eyes. Then, opening them, he traced a careful sign on the parchment: a circle with a dot in the center, accompanied by a wavy line. It was the glyph of his name.

Then the nobles accompanying him, two of them, the only ones still wearing decorated cotton cloaks, did the same, tracing their own glyphs beneath their cacique's signature. They were signs that for them meant lineage, power, and commitment.

The scribe picked up the parchment and inspected it.

"It is signed, sir," he said to Cortés.

Cortés took the document and read it. Then he smiled, satisfied. He raised the parchment for all to see.

"With this signature," he said, in a clear and authoritative voice, "you and yours become subjects of His Majesty King Charles, and I, in his name, take you under his protection. From today, Potonchán is land of the Crown, and your people must obey the king, pay the tributes that are assigned to you, and receive the word of God."

And after his words were translated, Cortés extended his hand toward Tabscoob. The Maya cacique hesitated for an instant, then took the Spaniard's hand. It was a strange gesture for both: the firm handshake of a conqueror and the hand of a vanquished man. The two men looked into each other's eyes. In Tabscoob's gaze there was no hatred, but a deep sadness. In Cortés's, satisfaction, but also a spark of something that might have been respect.

"Let provisions be prepared for these men," Cortés ordered his captains. "And let the wounded receive attention. They are now vassals of the King of Spain."

The soldiers moved to carry out the order. The wounded Maya were led to the outskirts of the plaza, where they received bandages and ointments. Tabscoob and his followers withdrew slowly, without looking back. The ceremony was over.

---

As soon as Tabscoob and his retinue disappeared, Cortés turned to Aguilar.

"Father," said Cortés, his voice firm, "the women. The twenty women they gave us. Tabscoob has left with his people. Take care of them: give them water and food, and then separate them and distribute them among the captains and the troops."

At that moment, Fray Bartolomé de Olmedo, who had remained silent throughout the ceremony, stepped forward. The friar's face was furrowed by the wrinkles of sun and penance, and his eyes, of a pale blue, shone with the intensity of one who has spent too many nights awake praying. His Franciscan habit, threadbare and patched, contrasted with the chainmail and swords of the soldiers surrounding him. He crossed himself slowly, with a trembling hand, before speaking.

"Sir Cortés," said the friar, "before distributing these women, should we not baptize them first? They have lived in idolatry. If we hand them over like this, without the grace of baptism, their souls could be lost forever."

Cortés looked at him with contained exasperation.

"Fray Bartolomé, we will have time to baptize them later. What matters now is the morale of the troops. The men have bled, they have seen their comrades die. They need something to remind them why they are here."

The friar insisted, his voice firmer though his fingers still tangled in the cord of his habit.

"But the salvation of these souls cannot wait, sir. The devil has woven his nets in these lands for centuries. Every lost soul is a victory for him."

Cortés sighed and brought his hand to his face, rubbing his forehead as if to erase fatigue. When he spoke, his voice had a sharp edge.

"Fray Bartolomé, I tell you with all the respect your office deserves: they are part of the tribute. They will be distributed among my captains and the troops. They will know what to do with them. And if they need to be baptized, they will do so when they see fit."

The friar opened his mouth to reply, but Cortés raised a hand, cutting off any attempt at argument. His eyes fell on Aguilar, who was still standing by the entrance, watching the scene.

"Aguilar," said Cortés, gesturing toward him, "you understand the language of these Indians. You will take charge of the women. Give them water and food, and then separate them. The youngest for the captains. The rest for the troops. And let Melchor help you. He understands the language of Cuba and something of that of these Indians."

Aguilar felt a knot in his stomach. Fray Bartolomé's gaze fixed on him, laden with silent reproach. The friar said nothing more, but his lips moved in a prayer only he could hear. Then he withdrew a few steps, with hands clasped, as if praying for those women who had just been delivered to the soldiers' lust.

"Take Melchor," Cortés added. "He will help you. You understand his language. He understands the language of Cuba. Together, you will separate them."

Melchor was an Indian from Cuba whom the Spaniards had brought as an interpreter. He spoke Maya with difficulty—the Chontal Maya of Potonchán—but understood enough to help. Aguilar looked for him and together they went to where the women waited.

As they walked away, Aguilar heard behind him the soft voice of Fray Bartolomé de Olmedo, muttering a prayer in Latin. The words were lost in the wind, but the tone was that of one imploring for souls not yet saved.

The twenty women were still sitting on the ground, in the same corner of the plaza, under the shade of the ceiba tree. Barely an hour had passed since Tabscoob had left. They had not eaten. They had not drunk. They had not wept.

Aguilar stopped in front of them. He looked at them one by one. They were young, most of them. Some barely girls, fifteen or sixteen years old. They wore white cotton huipiles, embroidered with red and blue flowers. Some wore necklaces of shells and jade beads. Their eyes were dry. Their faces were empty.

Aguilar knew they would not cry. The Maya did not cry in front of enemies.

"Melchor," he said in a low voice, "we are going to separate them. The youngest for the captains. The rest for the troops."

Melchor nodded. Together, they walked among the women. Aguilar spoke in Maya, in the language of the Chontal he had learned during his captivity. He asked their names, their ages, where they came from. Some answered in barely audible voices. Others remained silent. Melchor pointed and nodded. They separated the women into two groups: those of more noble appearance, the youngest, for the captains; the rest, for the soldiers.

"That one," said Melchor, pointing to a young woman with dark hair and fine features, "that one is the most beautiful. Captain Alvarado..."

"We set her aside for the captains," said Aguilar. "But not for Alvarado. For Cortés."

Melchor looked at him in surprise.

"Cortés?"

"Yes. He will accept her."

Aguilar turned to continue the distribution, but one of the women, the youngest, grabbed his arm. She spoke in a low voice, in a language Aguilar did not recognize. It was not Chontal Maya. It was something else.

"Melchor," said Aguilar, "do you understand this?"

Melchor listened. His face changed.

"It's not Maya," he said. "It's Nahuatl. The language of the empire. Of the highlands."

Aguilar felt a chill.

"Nahuatl? Are you sure?"

"Yes, father. I have heard merchants. It is the language of the great lord."

Aguilar turned to the woman. He looked into her eyes. She did not look away.

"Ask her what her name is," he said.

Melchor spoke with her. The woman answered in her language, with a firm voice. Then Melchor translated:

"She says her name is Malintzin. But that her name doesn't matter. She says that if the white men want to reach the empire, they will need someone who speaks like her."

Aguilar fell silent. The young woman did not let go of his arm. Her eyes did not look at the ground. She looked at him.

"Where does she come from?" asked Aguilar.

Melchor spoke with her again. The woman pointed east, toward the mountains, and said something more. Melchor translated:

"She says she comes from far away. From the interior. From where the great lord lives. The one they call Moctezuma."

Aguilar felt the ground move beneath his feet.

"Moctezuma?"

"Yes, father. She says she was taken by merchants. That they sold her to the Maya. But that she speaks the sacred language. That of the priests."

Aguilar looked at her for a long moment. Then he made a decision.

"Come with me," he said in Maya.

The young woman followed him. Aguilar led her back to Cortés's tent. When he entered, the captain looked up.

"Sir," said Aguilar, his voice barely a whisper, "this woman speaks the language of the empire. That of Moctezuma. Her name is Malintzin."

Cortés stood up with a start. His face, which moments before had shown weariness, transformed into an expression of alertness and greed.

"Are you sure?"

"Melchor has confirmed it. She says she comes from the highlands. That she was sold to the Maya."

Cortés approached the young woman. He examined her from head to toe. She did not lower her gaze.

"Bring her to me," he said. "And let no one touch her. She is more valuable than gold."

Aguilar felt a knot in his stomach. He knew what was coming.

"Sir," he said, "and the other women?"

Cortés looked at him with impatience.

"The others are for the troops. Distribute them among the captains and soldiers. They are part of the booty."

Aguilar wanted to say something. That they were not booty. That they were people. But the words did not come out. He saw the soldiers descend upon the women, heard their laughter, and stepped aside.

Malintzin, meanwhile, walked behind Cortés toward the tent. Before entering, the captain turned to Aguilar:

"Father, tonight I will spend with her. But not for what you think. To talk. To learn. So that she teaches me her language. Understood?"

"Understood, sir."

Cortés entered. The door closed behind him.

Aguilar stood outside, listening to the murmur of the tent, the voices of the soldiers, the moans of the women. He did not know if what he felt was shame, guilt, or fear. Perhaps all three.

Behind him, Fray Bartolomé de Olmedo remained standing by the temple, contemplating the scene with narrowed eyes. The afternoon sun cast long shadows across the plaza, and the wind swayed his threadbare habit as if wanting to tear it from his shoulders. His lips moved in silence, tracing a prayer only the wind could hear. In his hand, a worn wooden rosary turned between his fingers, bead by bead, as if each Hail Mary could wash away the guilt already beginning to accumulate on that newly conquered land. But his eyes, fixed on Cortés's tent, expressed not pity. They expressed a cold certainty, that of one who knows the Evil One hides in every corner of those lands, and that the only way to defeat him is with fire and sword, with the cross held high and the word of God on his lips, even if the souls that are saved must pay the price of their salvation with their flesh.

jueves, 16 de julio de 2026

CAPITULO VI Potonchán Nahuatl VI



CAPÍTULO IV: LA DECISIÓN DE CORTÉS

Durante dos días navegaron pegados a la costa, tan cerca que el olor a podredumbre de los manglares se mezclaba con el salitre. Las aguas turquesas lamían playas de arena blanca; bajo su brillo, los filos de coral esperaban el casco de la primera nave distraída. Antón de Alaminos, con la mirada clavada en la sonda de plomo que colgaba húmeda sobre la borda, no cesaba de murmurar advertencias: "Bajos, más bajos… arrecife a babor…". Llevaba en los ojos la memoria de su primer viaje, cuando la nave en la que viajaba rasgó el fondo contra un arrecife y el agua negra entró a borbotones, hundiendo el navío en pocos instantes.

Fue al tercer día, cuando la línea de la costa se aplastó contra el horizonte en una mancha parda y fétida, que Pedro de Alvarado, con el rostro aún amoratado por una fiebre contraída en Cozumel, buscó a Cortés. En la mano derecha crispaba un mapa mal trazado sobre piel de venado cruda; el pergamino aún conservaba el olor a sebo y sangre, que había comprado a un pescador maya a cambio de tres cuentas de vidrio. Sus dedos, manchados de tinta y sudor, señalaron un entrante en la costa.

—Capitán —dijo Alvarado, y su voz sonó más ronca que de costumbre—. Más adelante, está la Bahía de la Mala Pelea. Allí, en el río Champotón, sucedió la desgracia. Córdoba y los suyos, costeando la península, llegaron a aquella desembocadura buscando agua. Los indios, desde la orilla, les hicieron señas de que se fueran, pero ellos desembarcaron igual; entonces los mayas les salieron por centenares. Aquel día murieron más de veinte hombres en la playa, y a Córdoba lo hirieron de muerte, antes siquiera de que pudiera formar a los hombres en la orilla. Los que sobrevivieron, heridos y maltrechos, lograron reembarcar, pero él falleció pocos días después a causa de sus heridas. La misma suerte corrió la expedición de mi primo Grijalva; creímos que, con más precaución y conociendo el peligro, aquella vez sería distinto, pero al desembarcar en la playa, los indios nos salieron de nuevo por centenares, y el desastre se repitió: nosotros perdimos siete hombres y a mi primo Grijalva le rompieron dos costillas antes de lograr levar anclas. Ahora los vientos nos son favorables. Mejor será pasar de largo sin fondear allí; ya hemos visto lo suficiente de esa costa para saber que no trae sino malas peleas. En dos jornadas podemos estar en Potonchán.

Cortés no respondió de inmediato. Conocía la historia. La había escuchado decenas de veces en las tabernas de La Habana, mientras los supervivientes de aquella expedición repetían los detalles con la voz quebrada: los hombres de Córdoba, tendidos en la orilla de Champotón, algunos con el vientre abierto, otros con las flechas aún clavadas en la garganta, hinchados por el sol. Y sabía también que el propio Córdoba había logrado llegar a La Habana, pero que las heridas recibidas en aquella playa le consumieron lentamente hasta que, diez días después de su regreso, entregó el alma lejos de su madre y de su tierra, con el rostro tan destrozado que apenas si sus propios hombres pudieron reconocerlo antes de enterrarlo.

—Los mayas de Champotón —prosiguió Alvarado, bajando la voz para que solo el capitán lo oyera— ya han probado nuestro acero. Ya saben que los arcabuces hacen ruido y humo, pero que tardan en recargar. Si desembarcamos allí, perderemos la mitad de la tropa antes del mediodía. Y si Velázquez —mascó el nombre— ya ha zarpado de Cuba con órdenes de ahorcarnos por desobedientes, no podemos llegar cojos a la batalla que nos espera.

El viento arreció. Cortés sintió cómo las salpicaduras le helaban las pestañas. Se volvió hacia el este, donde el cielo comenzaba a oscurecerse con nubes de tormenta, y luego hacia el oeste, donde el mapa de Alvarado señalaba una tierra de la que solo sabían rumores. Alvarado, viendo que Cortés no respondía, dio un paso al frente y apoyó ambas manos en la borda.

—Capitán, ya estuve aquí. Con Grijalva, hace apenas un año —su voz se endureció, como si el recuerdo le raspara la garganta—. Más al sureste hay un río ancho, de agua dulce, que los indios llaman Tabasco. Los chontales que viven en sus orillas no son como los de Champotón. Negociaron con nosotros como si fuéramos mercaderes. Nos ofrecieron mantas de algodón, plumas de guacamaya y cestos de cacao. Hizo una pausa y bajó el tono. Y además, uno de sus caciques nos habló de un gran imperio hacia el oeste. Un imperio de ciudades blancas y oro. Dijo que se llamaban mexicas. Eso fue lo que Grijalva me encargó que te contara si alguna vez nos encontrábamos.

Cortés entrecerró los ojos. No miró a Alvarado, sino al punto del horizonte que este había señalado.

—¿Y tú les creíste?

Alvarado se encogió de hombros.

—Les creí lo suficiente como para que aún hoy, un año después, siga soñando con esas ciudades. Se volvió y encaró a Cortés. Lo que encontramos en Potonchán no era una aldea de pescadores. Era un puerto. Comerciaban con gente del interior. Había caminos, mensajeros, tributos. Eso no lo improvisa un pueblo que solo sabe guerrear. Esa es la ruta que deberíamos tomar.

Cortés guardó silencio. El viento le movía el cabello oscuro mientras sus dedos golpeaban el borde de la borda, pero ya no meditaba: escuchaba. Alvarado había visto ese río con sus propios ojos. Había respirado el aire de Potonchán. Había hablado con sus gentes. Cortés no tenía mapas, ni informes, ni espías. Solo tenía a aquel hombre rubio y febril que lo miraba con la certeza de quien ya había estado allí.

—Entonces —dijo al fin, clavando los ojos en los de Alvarado—, si tú has visto ese río y has negociado con esos indios, dime: ¿podemos desembarcar allí sin que nos degüellen al amanecer?

Alvarado sonrió por primera vez en todo el día. Era una sonrisa seca, de dientes apretados.

—Podemos desembarcar. Pero si quieres que nos reciban con mantas y no con flechas, tendrás que dejar que hable yo primero. Ellos me recuerdan. Y recuerdan que no les robamos nada.

Cortés asintió lentamente. Luego, con un gesto seco, llamó a Alaminos.

—Girad proa al sureste. Dejad Champotón a estribor. No pienso dejar los huesos de mis hombres en la misma playa donde los de Córdoba se pudrieron al sol. Llevaremos el combate a tierra más fértil, donde los mayas no hayan visto aún el humo de nuestros arcabuces.

La flota viró lentamente. Los timoneros tiraron de las brassas, y las once naves se escoraron al mismo tiempo, como una bandada de pájaros que cambia de rumbo ante la tormenta. Pero desde tierra, el movimiento no pasó desapercibido. Los vigías mayas apostados en la espesura habían visto las velas desde primera hora de la mañana. En lo alto de un cerro cubierto de ceibas, un grupo de guerreros de piel oscura tatuada con líneas rojas observaba cómo aquellas once naves, con sus cascos oscuros y sus mástiles altos como árboles de madera muerta, se movían contra el viento con una lentitud que no parecía natural. Los pescadores que remaban cerca de la orilla habían huido abandonando sus redes. Los guerreros contemplaban cómo aquellas casas flotantes se deslizaban paralelas a la costa. Habían visto aquella flota antes, un año atrás. Y esta vez, como la anterior, las naves giraban y se marchaban sin intentar el desembarco. El jefe de los vigías contempló la aldea que se extendía al pie del cerro. Allí, en la playa, estaban preparados. Los guerreros habían afilado sus lanzas de pedernal y sus hachas de obsidiana; los niños y las mujeres habían sido enviados al interior. Las velas se empequeñecieron hasta ser puntos blancos en el horizonte. Luego, nada. El mar volvió a estar vacío. Los guerreros guardaron sus lanzas. Los ancianos apagaron las antorchas que habían preparado para la inmolación. Y en la orilla, donde la marea lamía la arena, un niño recogió un anillo semienterrado que había quedado desde la masacre de los barbudos. Lo apretó en su puño y lo guardó, sin saber que aquel objeto valía más que todo el pescado que su padre pescaría en un año.

Pero los españoles no se marchaban. Solo buscaban otra entrada. Al amanecer del día siguiente, las naves fondearon frente a la desembocadura del río Grijalva. Cortés había observado las mareas durante dos días y sabía que la pleamar empujaría desde el mar, doblando la corriente que tres años atrás había escupido a Grijalva. No era un arrebato de valor, sino un cálculo frío. Las barcas fueron descendidas al agua. Los soldados, armados hasta los dientes, ocuparon sus puestos. Los remeros hundieron los remos en el agua turbia. La corriente, esta vez, se doblegaba. Remontaron el río con decisión, venciendo la fuerza que antes había humillado a los españoles.

El paisaje se abría a ambos lados: una llanura verde y líquida, surcada por canales que se perdían entre islotes de vegetación tan tupida que parecían flotar. A la derecha, el Grijalva se desangraba en brazos menores; a la izquierda, más allá de la niebla, se adivinaba otro río, más ancho, que venía a fundirse con aquel laberinto de agua y barro. Los mayas, pensó Cortés, debían conocer cada uno de esos senderos como la palma de su mano, y él estaba entrando en su territorio sin conocer ni el primero. De repente, el río se abrió. Llegaron a una zona más ancha, donde la corriente se ralentizaba. Y allí, en la orilla, los vieron. Cientos de guerreros mayas estaban alineados en la ribera. Llevaban penachos de plumas rojas y verdes, escudos de madera adornados con pieles de jaguar, lanzas largas con puntas de obsidiana. Su piel estaba pintada de rojo y negro. Golpeaban los escudos con las manos, un ritmo que sonaba como el de la lluvia sobre una techumbre de palma. Sus gritos resonaron en el agua. Entre ellos, Aguilar distinguió algunas figuras de menor estatura, pero igualmente feroces. Eran mujeres. Llevaban el pecho desnudo, pintado con rayas rojas y negras, y sus cabellos recogidos en trenzas apretadas. Empuñaban lanzas cortas y hondas, y sus rostros mostraban la misma determinación que la de los hombres.

Pero no eran solo los guerreros de la orilla lo que preocupaba a Cortés. Desde los canales laterales, entre los manglares, comenzaron a aparecer canoas. Primero una, luego otra, luego decenas, luego cientos. Eran embarcaciones de madera tallada, algunas tan grandes que podían llevar veinte o treinta hombres. Los remeros movían los remos con precisión, y los guerreros que iban en pie en las proas alzaban lanzas y arcos. Las canoas se desplegaron en el río, formando una barrera que bloqueaba el paso hacia el interior. No atacaban. Solo se colocaban frente a las barcas españolas, impidiendo el avance. Los guerreros mayas golpeaban sus escudos y lanzaban gritos de advertencia.

Cortés ordenó el alto. Las barcas se detuvieron, meciéndose suavemente en la corriente. La barca de Cortés se adelantó unas brazas. Él se puso en pie. Llevaba la armadura reluciente y el yelmo con plumas blancas. Sostenía una espada en una mano y un crucifijo en la otra.

—Aguilar —dijo—. Tradúceme.

Aguilar asintió. Se adelantó en la barca, alzó la voz y habló en maya:

—¡Hombres de esta tierra! ¡Nuestro capitán viene en son de paz! ¡Solo desea hablar con vuestro cacique! ¡No venimos a haceros daño!

Los mayas no respondieron. Solo golpeaban los escudos. El ritmo se hacía más rápido. Más fuerte. El sonido llenaba el río como un trueno continuo. Las mujeres también golpeaban sus escudos, y sus voces se unían al grito de guerra, agudas y penetrantes. Alvarado, en la barca de junto, observaba la orilla con atención. Reconoció a Tabscoob al frente de sus guerreros. El cacique de los mayas-chontales estaba en el centro de la formación, con su penacho de plumas de quetzal y su collar de jade. Su rostro, pintado de rojo, no mostraba emoción. Solo observaba.

—Señor —dijo Alvarado a Cortés—. Ese es Tabscoob. Lo conocí el año pasado. Nos dejó tomar agua y marcharnos, pero nos hizo jurar que no volveríamos.

—Pues hemos vuelto —dijo Cortés con una sonrisa fría—. Y no hemos venido a pedir agua.

Aguilar volvió a hablar en maya:

—¡Nuestro capitán os pide que le dejéis desembarcar! ¡Quiere ofreceros regalos! ¡Quiere hablar de paz!

Tabscoob dio un paso al frente. Sus guerreros enmudecieron. El cacique levantó la lanza y señaló a los españoles. Habló en maya, con voz grave y firme:

—El año pasado vinieron otros hombres blancos. Les dejamos tomar agua y comida, y ellos juraron que no volverían. Nosotros confiamos en su juramento y los dejamos ir. Pero ahora habéis vuelto. Y no os quedáis en la desembocadura ni pedís provisiones. Remontáis el río, avanzáis hacia el interior. No venís en son de paz. Venís a quedaros, y a tomar nuestra tierra. ¡No os dejaremos pasar!

Aguilar tradujo. Cortés escuchó en silencio.

—Dile —respondió— que esta tierra y todo lo que hay en ellas es, por la gracia de Dios, de Su Majestad el rey de España. Que si nos dejan desembarcar en paz, no haremos daño a nadie.

Aguilar tradujo. Los mayas rieron. Un grito de burla se alzó desde la orilla. Luego comenzaron a agitar las lanzas y a golpear los escudos con las manos. El ruido era ensordecedor. Tabscoob habló de nuevo:

—¡No os dejaremos desembarcar! ¡Esta es nuestra tierra! ¡Iros ahora o moriréis!

—Señor —dijo Aguilar—, no van a negociar.

—No —respondió Cortés, con los dientes apretados—. Lo veo.

Observó las canoas que bloqueaban el paso. Eran cientos. Detrás de ellas, en la orilla, los guerreros se movían, preparados para atacar. No había manera de pasar. Los mayas no iban a permitirles llegar a su ciudad. Entonces, Cortés tomó una decisión. Se volvió hacia el escribano que viajaba en la barca con él. Era un hombre flaco, con tintero y pluma en la mano, que escribía en un gran libro de cuero.

—Escribano —dijo Cortés—. Haced el requerimiento.

El escribano se puso en pie. Desplegó un pergamino y comenzó a leer en voz alta. Era el requerimiento que la Corona exigía hacer antes de cualquier combate: una declaración formal de que los españoles venían a traer la fe cristiana y la autoridad del rey, y que si los nativos se negaban a aceptarla, la guerra sería justa. El escribano leyó en castellano. Sus palabras resonaron sobre el agua, pero los mayas no entendieron una palabra. Solo vieron el pergamino, vieron la pluma, vieron el tintero. Y rieron de nuevo.

Un guerrero maya de la primera fila, un hombre de unos cuarenta años con cicatrices en el pecho, se adelantó y señaló el río que se perdía hacia el interior. Habló en maya, dirigiéndose a Tabscoob, pero lo suficientemente alto para que Aguilar lo oyera:

—Cacique, esos hombres no se detienen. Si siguen remontando, en pocas horas alcanzarán Potonchán. No podemos permitir que lleguen a nuestra ciudad. Hay que detenerlos aquí, en el agua, antes de que pongan pie en tierra firme.

Tabscoob asintió sin apartar la mirada de los españoles.

—¡Firmad! —gritó el escribano, agitando el pergamino—. ¡Aceptad la autoridad de Su Majestad!

Los mayas no respondieron. Solo golpeaban los escudos. El ritmo se hacía más rápido. Más fuerte. El sonido llenaba el río como un trueno continuo. Las mujeres también golpeaban sus escudos, y sus voces se unían al grito, agudas y feroces. Cortés observó la escena. Vio las canoas, los guerreros, las mujeres con sus lanzas. Vio la determinación en sus rostros. Vio cómo el escribano agitaba el pergamino en vano.

—Ya oísteis —dijo al escribano, con voz fría—. Han rechazado el requerimiento. La guerra es justa.

Luego, en voz baja, casi para sí mismo: —Pero no aquí. No en el agua. Y alzando la voz: —¡Regresad! ¡Volvemos a las naves!

El chapoteo de los remos al hundirse en el agua turbia y el crujido de la madera contra la corriente acompañaron la maniobra. Las barcas giraron lentamente, protegiéndose unas a otras, y comenzaron a retroceder río abajo. Los mayas no las persiguieron; se quedaron en sus posiciones, observando, golpeando los escudos y lanzando gritos de triunfo, cuyo eco rebotaba en la espesura de la selva.

De vuelta en las naves, Cortés convocó a sus capitanes en la cámara de la capitana. El reducido espacio, alumbrado por una lámpara de aceite que danzaba al compás del balanceo, olía a pólvora seca, a cuero sudado y a vela derretida. Estaban todos: Pedro de Alvarado, con su barba rojiza y el ceño fruncido; su hermano Jorge, más silencioso, junto a la pared; Alonso de Ávila, el tesorero; el viejo Juan de Escalante; y Francisco de Montejo, que no dejaba de mirar el mapa, trazando sobre él rutas invisibles con la yema del dedo. Sobre la mesa, Cortés colocó el pergamino del requerimiento.

—Han rechazado el requerimiento —dijo—. La guerra es justa.

—Pero no podemos pasar —dijo Montejo—. Las canoas bloquean el río. Si forzamos el avance, nos masacrarán en el agua.

—Lo sé —respondió Cortés—. Por eso no vamos a remontar el río. Vamos a desembarcar.

Los capitanes se miraron.

—¿Desembarcar? —preguntó Alvarado—. ¿Dónde?

—Aquí —dijo Cortés, señalando un punto en la costa, al este de la desembocadura—. Hay una playa abierta, entre los manglares. Los indígenas no esperan que desembarquemos allí. Es tierra firme, no hay pantanos. Podemos poner pie en tierra y avanzar hacia el interior. Los indígenas creen que estamos atrapados en el río. No esperan un ataque por tierra.

—Pero si desembarcamos allí —objetó Montejo—, los indígenas nos verán. Nos atacarán en cuanto pongamos pie en la playa.

—Por eso desembarcaremos al amanecer —respondió Cortés—. Mañana, antes del alba, cuando los indígenas estén descansando. Las barcas nos llevarán a la playa en silencio. Una vez en tierra, formaremos las líneas y avanzaremos hacia el interior. En campo abierto, nuestros caballos y nuestras armaduras serán decisivos. Los indígenas no tienen caballos. No tienen acero. No tienen arcabuces. En tierra firme, les venceremos.

Alvarado sonrió lentamente. —Y cuando los tengamos en campo abierto, los masacraremos.

—Exacto —dijo Cortés.

Escalante asintió, lento, con la experiencia de quien ha visto a muchos capitanes fracasar por impaciencia.

—Desembarcaremos al amanecer —dijo el viejo—. Pero si los indígenas nos esperan en la playa, tendremos que luchar desde el momento en que pisemos la arena.

—No hará falta —respondió Cortés, y en la penumbra del camarote, sus ojos brillaron con la seguridad de quien ya ha visto el futuro—. Mañana desembarcaremos, y mañana los venceremos.

Alonso de Ávila, el tesorero, había permanecido en silencio durante toda la discusión, escuchando con sus ojos fríos y calculadores. Era un hombre de pocas palabras, pero cuando hablaba, todos escuchaban. Sus manos, callosas de contar monedas y manejar espadas, descansaban sobre la mesa.

—Hernán —dijo, con su voz seca y pausada—. He contado las provisiones. Tenemos comida para tres semanas, si racionamos. Agua para diez días. Si nos quedamos aquí, esperando, moriremos de hambre o de sed antes de que los indios nos ataquen.

Cortés lo miró. —¿Y qué sugieres?

Ávila se inclinó sobre el mapa y señaló la costa. —Desembarcar. No hay otra opción. Si remontamos el río, nos masacran en el agua. Si nos quedamos, nos morimos de hambre. Si desembarcamos, tenemos una oportunidad. Una sola. —¿Y si nos atacan en la playa? —preguntó Montejo. Ávila sonrió, una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos. —Entonces luchamos. Prefiero morir con los pies en tierra firme que ahogarme en un río de mierda.

Cortés asintió lentamente. —Ávila tiene razón. Desembarcaremos.

Terminada la reunión, los capitanes regresaron a sus barcos, cruzando sus barcas en la oscuridad que ya cubría la desembocadura. Las once naves permanecieron fondeadas, meciéndose en la espera, mientras la noche se cerraba sobre el manglar. Solo se oía el crujir de la madera, el chapoteo del agua contra los costados, el zumbido de los mosquitos. Los indígenas, desde la orilla, seguían observando. No se movían. No atacaban. Esperaban.

CAPÍTULO V: EL DESEMBARCO Y LA ESCARAMUZA EN LA PLAYA

A la mañana siguiente, cuando el cielo comenzaba a clarear, Cortés dio la orden. Las barcas fueron descendidas al agua en silencio. Los soldados, armados y preparados, ocuparon sus puestos. Los remeros hundieron los remos en el agua con cuidado, evitando los chapoteos que pudieran alertar a los indígenas. —¡Adelante! —ordenó Cortés en voz baja—. ¡Vamos a desembarcar! Las barcas avanzaron hacia la playa que Cortés había señalado en el mapa. Era una franja de arena entre dos extensiones de manglar, apenas visible desde el río. La marea estaba baja, y la playa se extendía más de lo que parecía desde las naves.

Los soldados saltaron al agua. La arena era firme bajo sus pies. Las armaduras los hacían pesados, pero lograron alcanzar la orilla y formar una línea. Pero la maniobra más delicada y temida era el desembarco de los caballos. De los treinta que habían salido de Cuba, nueve habían muerto durante la travesía. El viaje había sido largo, las tormentas habían zarandeado las naves, y los animales, colgados en sus hamacas de cuero para proteger las patas, no resistieron todos. Veintiún caballos llegaron a la costa de Potonchán. Pero veintiuno eran más que suficientes. —¡Los caballos! —gritó el capitán de la nao. La maniobra era lenta y peligrosa. Los caballos se izaban uno a uno con poleas y cuerdas. Los colgaban de las vergas, los bajaban hasta las lanchas que esperaban abajo. Algunos se encabritaban. Relinchaban, pataleaban en el aire, los ojos en blanco. Un caballo se soltó de la cincha y cayó al mar con un golpe sordo. Lo sacaron a remos, resoplando y lleno de espuma. Otro, al tocar la lancha, se asustó y saltó al agua. Los soldados lo sujetaron por las riendas mientras nadaba hacia la orilla, arrastrando la lancha detrás. Alvarado, a caballo ya en la playa, observó cómo los animales tocaban tierra. Uno a uno. Contó veintiuno. Asintió.

En la playa, los mayas vieron aquel espectáculo con desconcierto. No entendían qué estaban bajando aquellos hombres blancos. Pero cuando el primer caballo tocó tierra firme, cuando los cascos se hundieron en la arena, cuando el animal sacudió la cabeza y relinchó, los mayas dieron un paso atrás. Nunca habían visto un caballo. No sabían que un animal podía ser tan grande. No sabían que un animal podía llevar a un hombre encima. Para ellos, el hombre y la bestia eran una sola criatura. Un monstruo. Los jinetes montaron. Veintiún caballos se alinearon en la playa. Las crines al viento, los ojos en blanco, los cascos marcando la arena. Los soldados alzaron las espadas. La luz del sol se reflejó en el acero. Los mayas, que hasta entonces habían gritado y golpeado los escudos, enmudecieron. Uno de ellos se arrodilló.

—Señor —dijo Aguilar—, creen que sois dioses.

—Que lo crean —respondió Cortés—. Es mejor que nos teman a que nos odien.

—A veces es lo mismo —dijo Aguilar en voz baja. Cortés no lo oyó. O no quiso oírlo.

Los mayas se reagruparon. El miedo a los caballos duró poco. Eran guerreros. Conocían la muerte. Tabscoob, al frente, arengó a sus hombres. Se colocaron en formación, con las lanzas hacia adelante. Sus armas eran de piedra y madera: mazos de obsidiana, espadas de sílex, lanzas con puntas de pedernal. Habían visto el acero de los cuchillos que los españoles les habían regalado, pero no sabían que el acero podía ser una espada. —¡Fuego! —ordenó Cortés. Desde las naves, los cañoneros encendieron las mechas. Los cañones eran pequeños, de hierro forjado, montados sobre cureñas de madera. Disparaban balas de piedra del tamaño de un puño. El primer disparo sonó como un trueno. La bala surcó el aire y cayó en medio de los mayas, levantando un chorro de arena y sangre. Los mayas no sabían lo que era un cañón. No sabían que aquel ruido podía matar. Se quedaron paralizados un instante, mirando el agujero humeante en el suelo. Tabscoob, que nunca había visto un cañón, sintió el temblor en el pecho. Oyó el silbido de la bala. Vio caer a sus guerreros. Pero no huyó. Levantó la lanza y gritó: —¡No huyáis! ¡Son hombres como nosotros! El segundo cañón disparó. El tercero. El cuarto. Las balas no alcanzaban a muchos, pero el estruendo era aterrador. Los caballos se encabritaron. Los soldados taparon los oídos con las manos. Los mayas, que no tenían nada con qué taparse, sintieron el trueno en los huesos. Algunos huyeron. Tabscoob los arengó, pero ya era tarde. El miedo al trueno era más fuerte que el miedo a la muerte.

Cortés dio la orden de avanzar. Los caballos cargaron primero. Veintiuna bestias de guerra, con jinetes de hierro, se lanzaron contra la línea maya. Alvarado iba al frente, su caballo negro abriendo la brecha. Los mayas levantaron las lanzas. Las puntas de obsidiana chocaron contra las armaduras de acero y se astillaron. Las lanzas de madera se rompieron contra los petos de los caballos. Los mazos de piedra golpearon los yelmos y no hicieron más que sonar. Las espadas de sílex, afiladas como cuchillos, no pudieron cortar el metal. Los mayas no estaban preparados para aquello. Sus armas, que habían matado a otros mayas durante siglos, no servían contra aquellos hombres de hierro. Sus lanzas no llegaban a las carnes. Sus flechas rebotaban en las corazas. Sus escudos de madera se astillaban como ramas secas. Los españoles, en cambio, cargaban con espadas de acero forjado en Toledo. Las hojas eran largas, rectas, con un filo que cortaba. Cada golpe de la espada abría un tajo. Cada estocada atravesaba un pecho. Los cascos de los caballos aplastaban cuerpos. Los jinetes cortaban cabezas. La sangre manchaba la arena y la espuma de las olas.

Alvarado, con su caballo negro, se abría paso entre los mayas como una cuchilla entre la fruta. Su espada se levantaba y bajaba sin descanso. No miraba a quién hería. Solo segaba. El caballo negro, entrenado para la guerra, mordía y pateaba. Sus cascos aplastaban cráneos. Sus dientes desgarraban brazos. Aguilar no participó. Cortés lo había dejado atrás, en la retaguardia, con los arcabuceros. —No puedo perder a mi intérprete en el primer combate —le había dicho. Aguilar se quedó en la arena, viendo cómo los caballos derribaban a los hombres. Cómo los mayas caían y no se levantaban. Cómo el acero español se abría paso a través de la madera y la carne. Vio a Alvarado, con su caballo negro, abriendo un surco de muerte. Vio cómo el rubio sonreía mientras cortaba.

Los mayas se retiraron a la selva. No todos. Muchos quedaron muertos ese día. Tabscoob, el cacique, fue de los últimos en retirarse. Arrastraba a un guerrero herido. Antes de desaparecer entre los árboles, se volvió. Miró a Cortés. Miró a Alvarado. Miró a los caballos. Luego se fue. Otros huyeron arrastrando a los heridos. Los que pudieron, desaparecieron entre los árboles. La playa quedó sembrada de cuerpos: algunos aún se movían, otros yacían inmóviles, y el agua teñida de rojo lamía la arena con cada ola. Cortés ordenó el alto. Los caballos estaban agotados. El caballo negro de Alvarado temblaba, cubierto de espuma y sangre. No era su sangre. Era la de los mayas.

—¿Cuántos muertos? —preguntó Cortés, sin apartar la mirada del campo de batalla.

—Hemos hecho una masacre, señor —respondió un capitán, secándose el sudor y la sangre que salpicaba su rostro—. Hemos contado más de doscientos cuerpos en la playa y en el agua. Quizá se acerquen a los trescientos. Los mayas lucharon con fiereza, pero nuestras armas y los caballos han hecho estragos. De los nuestros, hemos perdido a seis hombres: tres arcabuceros alcanzados por flechas en la garganta, dos soldados que cayeron al agua y se ahogaron con el peso de la armadura, y uno más que recibió una lanzada en el ojo. Hay unos veinte heridos, la mayoría leves, aunque algunos de gravedad.

Cortés asintió lentamente. Miró la playa. Los cuerpos mayas flotaban en el agua, mecidos por la marea. Las lanzas rotas sobresalían de la arena como ramas muertas. El olor a sangre y pólvora se mezclaba con el salitre y el hedor a manglar. Vio a un maya abrazado a su escudo partido, los ojos abiertos mirando al cielo. Vio a otro, un muchacho de apenas diecisiete años, con el rostro hundido en la arena mojada y una mano aún aferrada a su lanza de obsidiana. —Bien —dijo Cortés al cabo de un largo silencio—. Que los heridos graves sean trasladados a las naves. Los leves, que se curen aquí. Acamparemos en la playa esta noche.

CAPÍTULO VI: LA BATALLA CAMPAL EN LOS LLANOS DE POTONCHÁN

Mientras los españoles acampaban en la playa, Cortés envió exploradores hacia el interior. Regresaron al cabo de una hora, jadeando y con los ojos brillantes de emoción. —Señor —dijo el sargento, señalando hacia el oeste—. Hay una ciudad. A unas tres leguas de aquí. Es grande. Tiene casas de piedra y una pirámide. Y está llena de gente. Cortés montó en su caballo y se adelantó unos cientos de pasos, hasta una elevación desde donde podía ver el horizonte. Allí, entre la niebla que se alzaba de la selva, divisó las primeras construcciones: tejados de palma, muros de cal, y en el centro, una estructura piramidal que se alzaba por encima de los árboles. Potonchán. Cortés sonrió. —No es un simple poblado —dijo, volviéndose hacia Ávila, que lo había acompañado—. Es la capital de un señorío. Y ahora es nuestra. Bajó la mirada hacia la llanura que se extendía entre ellos y la ciudad. Era un terreno abierto, perfecto para la caballería. —Allí —dijo, señalando la llanura—. Allí les esperaremos. Mañana, al amanecer, cargaremos.

Aguilar estaba en la retaguardia, con los sirvientes y los heridos. Observaba la selva que se alzaba frente a ellos, una pared verde que ocultaba quién sabe qué peligros. —Señor —dijo Aguilar—, ¿cómo sabemos que los indígenas no nos han visto? —Lo sabremos pronto —respondió Cortés. Los españoles pasaron la noche en la llanura, acampados junto a la selva, con los caballos ensillados y las armas listas. No encendieron hogueras. No hablaron en voz alta. Esperaron el amanecer.

Pero los mayas tampoco habían permanecido ociosos. Tras la derrota en la playa, Tabscoob había retrocedido hacia Potonchán con los supervivientes. Su rostro, pintado de rojo, estaba tenso. No mostraba miedo, pero sus ojos se movían rápidamente, contando, evaluando. Demasiados jóvenes. Demasiados muchachos que aún no habían visto la muerte de cerca. En el claro de la selva, a pocas leguas de la playa, los guerreros mayas se preparaban. No había arengas grandiosas ni discursos solemnes. Solo el sonido de las lanzas siendo afiladas, el crujir de las cuerdas de los arcos, el murmullo de los hombres que sabían que muchos de ellos no verían el sol poniente. Tabscoob caminaba entre ellos. Un guerrero viejo se acercó. —Cacique, los hombres blancos han desembarcado. Están a una jornada de aquí. Vienen hacia nosotros. —Lo sé —respondió Tabscoob—. Los he visto desde la colina. —¿Y qué haremos? Tabscoob se detuvo. Miró al viejo. Luego miró a los guerreros que los rodeaban, esperando sus palabras. —Lucharemos —dijo—. No tenemos otro camino.

Un guerrero joven, de rostro aún sin cicatrices, dio un paso al frente. Sus manos temblaban. —Cacique... he oído que sus bestias son monstruos. Que sus armas matan con truenos. ¿Cómo podemos luchar contra eso? Tabscoob lo miró. Vio el miedo en sus ojos. Vio la misma pregunta que todos se hacían. —¿Tienes miedo? —preguntó. El joven bajó la mirada. —Sí, cacique. Tabscoob asintió lentamente. Luego alzó la voz para que todos lo oyeran. —Yo también tengo miedo. Cualquiera que diga lo contrario miente. Pero el miedo no nos salvará. La huida no nos salvará. ¿Sabes lo que nos salvará? El joven levantó la mirada. —¿Qué, cacique? —Luchar. Luchar hasta que no quede aire en nuestros pulmones. Porque si no luchamos, no tendremos nada. Ni tierra, ni hogar, ni hijos libres. Seremos como los perros que mendigan en las puertas de los extraños. El joven tragó saliva. Luego asintió. —Lucharé, cacique. Tabscoob puso una mano en su hombro. —Lo sé. Eres joven, pero eres fuerte. Y mañana, cuando veas a los hombres blancos, no pienses en sus bestias. Piensa en tu madre. Piensa en tu hermano pequeño. Piensa en la casa donde naciste. Y entonces sabrás por qué luchas. El joven asintió de nuevo. Tabscoob se alejó, continuando su ronda.

Una mujer, Xochitl, se acercó a él. Su rostro estaba pintado de negro, y en su mano sostenía una lanza corta. —Cacique —dijo—. Las mujeres están listas. Lucharemos a tu lado. Tabscoob la miró. Había visto a Xochitl en batalla antes. Sabía que era más feroz que muchos de sus guerreros. —Lo sé —respondió—. Y me alegra. —¿Crees que venceremos? Tabscoob guardó silencio. La pregunta era la misma que todos se hacían, pero nadie se atrevía a formular en voz alta. —No lo sé —respondió al fin—. Pero no importa. Vencer o morir. No hay otra opción. Xochitl lo miró a los ojos. Luego asintió, sin decir nada más, y se alejó hacia el grupo de mujeres que la esperaban. Tabscoob se quedó solo. Por un momento, su rostro se relajó. El cansancio se dibujó en sus ojos. Cerró los párpados un instante, y en la oscuridad de su mente, vio a su hija pequeña, la que había muerto de fiebre dos años atrás. Vio su rostro, su sonrisa. Y supo que lucharía por ella, por su memoria, por el mundo que ella nunca llegaría a ver. Abrió los ojos. Tomó su lanza. Y se dirigió al frente de sus guerreros, donde el sol comenzaba a asomar entre los árboles. —¡Preparaos! —gritó—. Vienen. Y nosotros los esperamos.

Al amanecer del día siguiente, la batalla comenzó. El sol se levantó sobre la selva, y sus primeros rayos quemaron la niebla que se alzaba del suelo, como si la luz misma quisiera borrar los rastros de la noche. Los españoles avanzaron en formación. Los veintiún caballos al frente, la infantería detrás, los arcabuceros en los flancos. —¡Caballería! —gritó Cortés—. ¡Cargad! Los veintiún caballos se lanzaron al galope. El suelo tembló. Los cascos de los caballos golpeaban la tierra como un martillo. Los jinetes alzaron las espadas, que brillaron al sol. Alvarado iba al frente. Su caballo negro parecía una sombra sobre la hierba. La luz del sol, que se reflejaba en su armadura, lo convertía en una figura cegadora. —¡Santiago! —gritó—. ¡Santiago! Los mayas vieron a los jinetes cargando. Vieron a los caballos, bestias enormes que nunca antes habían visto, con hombres de acero montados encima. Para ellos, no eran dos criaturas. Eran una sola. Un monstruo. Algunos guerreros huyeron. Otros se quedaron, alzando las lanzas. Las puntas de obsidiana chocaron contra las armaduras y se astillaron. Los mazos de piedra golpearon los petos de los caballos y no hicieron más que sonar. Las mujeres también resistieron. Una mujer de unos cuarenta años, con el rostro pintado de negro, se plantó frente al caballo de Alvarado y lanzó su lanza. La punta de obsidiana chocó contra el peto del jinete y se rompió. Alvarado, sin inmutarse, hundió su espada en el pecho de la mujer. Ella cayó al suelo sin un grito. Otra mujer, más joven, corrió hacia el caballo y clavó su cuchillo en la pata del animal. El caballo relinchó de dolor y se encabritó, derribando al jinete. El soldado cayó al suelo, aturdido. La mujer se abalanzó sobre él con el cuchillo en alto. Pero un segundo jinete la alcanzó con su lanza, atravesándole el costado. La mujer cayó junto al soldado, su sangre mezclándose con la de su enemigo.

Los caballos aplastaban cuerpos. Los jinetes cortaban cabezas. La sangre manchaba la hierba. Alvarado, con su caballo negro, se abría paso entre los mayas como una hoz entre el trigo. Su espada se levantaba y bajaba sin descanso. No miraba a quién hería. Solo segaba. El caballo negro, entrenado para la guerra, mordía y pateaba. Entre los mayas, el pánico comenzaba a extenderse. Un guerrero de mediana edad, que llevaba en el pecho las cicatrices de batallas anteriores, vio cómo el caballo negro derribaba a tres de sus compañeros en un solo embiste. Sintió que las piernas le temblaban. Pero se obligó a permanecer firme. —¡No corráis! —gritó a los jóvenes que lo rodeaban—. ¡Si corréis, os alcanzan! ¡Firmes! ¡Alzad las lanzas! Los jóvenes lo miraron. Algunos obedecieron. Otros echaron a correr.

Un joven maya, de apenas dieciocho años, se arrodilló y levantó las manos. Gritó algo en su lengua. Aguilar, desde la retaguardia, oyó la palabra: —¡Basta! Alvarado no entendió. O no quiso entender. Frenó el caballo negro, que se detuvo en seco, resoplando. El maya seguía con las manos levantadas, suplicando. Alvarado lo miró un instante. Su mirada, clara y fría, no mostró piedad. Luego hundió la espada en su garganta. El muchacho cayó de rodillas. La sangre le brotaba entre los dedos mientras se llevaba las manos al cuello. Alvarado no esperó a que cayera. Dio la vuelta al caballo negro y siguió cargando. Más tarde, Aguilar vería a Alvarado descabezar a un maya herido que yacía en el suelo. Vería cómo reía mientras lo hacía. Vería cómo su caballo negro pisoteaba los cuerpos sin inmutarse.

Aguilar sintió el vómito en la garganta. Se obligó a tragar. Pero esta vez, la náusea no se fue. Se quedó allí, en el fondo de su estómago, como un animal encerrado. Miró sus propias manos, las mismas que habían traducido las palabras de paz a los mayas, las mismas que habían señalado el pergamino del requerimiento. Ahora estaban manchadas, no de sangre, sino de complicidad. No había empuñado una espada, pero había sido la voz que permitió que aquellas espadas se desenvainaran. Había traducido el requerimiento. Había dicho "paz" mientras los cañones se cargaban. Y ahora veía a Alvarado reír mientras decapitaba a un hombre herido.

—Dios mío —murmuró, con la voz quebrada—. ¿Estás de verdad de nuestro lado? ¿Cómo puede estar Dios del lado de esto? Cerró los ojos un instante. En la oscuridad de sus párpados, vio el rostro del joven suplicante. Vio sus manos levantadas. Vio la espada de Alvarado hundirse en su garganta. Y supo que no podría borrar esa imagen, que la llevaría consigo todos los días de su vida, aunque viviera cien años. Abrió los ojos. La batalla seguía. Los caballos seguían cargando. Los mayas seguían cayendo. Y Aguilar supo que, aunque sobreviviera a aquel día, algo dentro de él había muerto para siempre.

Mientras la caballería cargaba, la infantería avanzaba. Los soldados de a pie, con sus espadas de acero, se enfrentaron a los mayas que lograban esquivar a los caballos. Los arcabuceros dispararon. El humo de la pólvora se alzó en nubes blancas. Los mayas que nunca habían oído un arcabuz cayeron al suelo, aterrados por el trueno. Los ballesteros lanzaron sus virotes. Las flechas de acero atravesaron los escudos de madera. Los mayas gritaron al sentir el dolor. Pero no huían. Luchaban. Un guerrero maya, con el pecho abierto por una espada, siguió luchando hasta que cayó. Otro, con una flecha clavada en el hombro, arrancó el virote y siguió avanzando. Una mujer, con una pierna destrozada, se arrastró hacia un soldado español y le clavó un cuchillo en la pantorrilla antes de morir.

Entre los mayas, un guerrero viejo se mantenía firme. Había visto caer a sus compañeros. Había visto a los jóvenes huir. Pero él seguía en pie, con su lanza alzada. —¡No huyáis! —gritó—. ¡Yo he visto cosas peores! ¡He visto a nuestros abuelos luchar contra los toltecas! ¡Y ganaron! ¡Podemos ganar! Su voz era ronca, pero tenía autoridad. Algunos guerreros que habían comenzado a retroceder se detuvieron. Miraron al viejo. Miraron a los españoles. Algunos volvieron a sus posiciones. Pero no fueron suficientes.

Cortés observó desde su caballo. Vio cómo sus hombres masacraban a los mayas. Vio cómo los cuerpos caían. Vio cómo la sangre manchaba la hierba. Vio a las mujeres, caídas entre los hombres, con sus lanzas aún en la mano. —Son valientes —repitió. Luego dio otra orden: —¡Cañones! Desde las naves, ancladas en la desembocadura del río, los cañoneros encendieron las mechas. Los cañones dispararon. Las balas de piedra surcaron el aire y cayeron entre los mayas, levantando chorros de tierra y sangre. Los mayas no sabían lo que era un cañón. No sabían que aquel ruido podía matar. Se quedaron paralizados un instante, mirando los agujeros humeantes en el suelo. Tabscoob, que nunca había visto un cañón, sintió el temblor en el pecho. Oyó el silbido de las balas. Vio caer a sus guerreros y a sus mujeres. Una bala de cañón cayó cerca de él, levantando tierra y sangre. Varios guerreros cayeron. Una mujer, que estaba a su lado, fue alcanzada por la metralla y cayó sin vida. Pero no huyó. Levantó la lanza y gritó: —¡No huyáis! ¡Son hombres como nosotros!

Los mayas resistieron, pero el miedo se apoderaba de ellos. Los caballos los atropellaban, las armaduras burlaban sus lanzas, las flechas silbaban en vano, el ruido de la pólvora de los arcabuces les ensordecía, y los cañones, desde lejos, mandaban sus obuses a la lucha, despedazándolos sin siquiera saber de dónde venía el golpe. Luchaban contra cosas que no entendían. Los caballos seguían cargando. Alvarado, con su caballo negro, abría un surco de muerte. Su espada se levantaba y bajaba. Los mayas caían a su paso. Las mujeres caían también, sus lanzas rotas junto a ellas.

Un guerrero joven, el mismo que había hablado con Tabscoob la noche anterior, sintió que algo se rompía dentro de él. Vio caer al viejo que los había arengado. Vio cómo un caballo le pisaba el pecho. Oyó el crujido de los huesos. Entonces vio a Xochitl. La guerrera estaba rodeada por tres soldados españoles. Su rostro, pintado de negro, estaba cubierto de sangre y barro. Su lanza estaba rotа, pero aún sostenía un cuchillo de sílex en la mano derecha. Había matado a dos soldados. El tercero, con la espada alzada, se abalanzó sobre ella. Xochitl no huyó. No gritó. Se lanzó hacia adelante, con el cuchillo en alto, y lo clavó en la garganta del soldado antes de que la espada la alcanzara. El soldado cayó, pero la espada, en su caída, abrió un tajo profundo en el costado de Xochitl. La guerrera cayó de rodillas. La sangre brotaba de su herida y empapaba la hierba. El guerrero joven corrió hacia ella. La agarró por los hombros, tratando de levantarla. —Xochitl —dijo, con la voz quebrada—. Levántate. Vamos. Podemos huir. Xochitl levantó la mirada. Sus ojos, brillantes de dolor y de rabia, se fijaron en los soldados que se acercaban. —Huye —dijo, con voz apenas audible—. Yo me quedo. —No. No te dejo. —¡Huye! —gritó, empujándolo con la poca fuerza que le quedaba—. Cuenta nuestra historia. No dejes que nos olviden. El joven dudó un instante. Luego, con lágrimas en los ojos, soltó a Xochitl y corrió hacia la selva. Xochitl se puso en pie, tambaleándose. La sangre brotaba de su herida y manchaba su pecho. Tomó un cuchillo caído en el suelo y se plantó frente a los soldados que se acercaban. No dijo nada. Solo los miró, con sus ojos de odio y de fuego, y alzó el cuchillo. Los soldados dudaron un instante. Luego, uno de ellos, un hombre joven con el rostro cubierto de polvo y sangre, avanzó hacia ella. Xochitl alzó el cuchillo. Pero antes de que pudiera atacar, el soldado la atravesó con su espada. La guerrera cayó de rodillas, luego hacia atrás, con los ojos abiertos mirando al cielo. El joven maya, desde la orilla de la selva, vio caer a Xochitl. Quiso gritar, pero el sonido no salió de su garganta. Solo pudo correr, correr hacia la oscuridad de los árboles, mientras las lágrimas borraban la pintura de su rostro. —¡Huid! —gritó, cuando por fin encontró la voz—. ¡Huid! Los guerreros comenzaron a retirarse. No todos. Algunos siguieron luchando. Pero la mayoría huyó hacia la selva. Las mujeres también huyeron. Algunas arrastrando a sus heridas. Otras ayudando a sus compañeras. Pero algunas se quedaron, luchando hasta el final. Una de ellas, la que había lanzado la lanza al caballo de Alvarado, fue rodeada por tres soldados. Luchó con su cuchillo hasta que la derribaron. Cayó sin un grito, con los ojos abiertos.

Tabscoob, herido y cubierto de sangre, vio que su ejército se desmoronaba. Vio a sus guerreros caer, a sus mujeres morir, a los jóvenes huir. Dio la orden de retirada. Los mayas que pudieron escapar huyeron hacia la selva. Los que no, quedaron tendidos en la hierba, mezclados con los caballos muertos y las lanzas rotas. Tabscoob, antes de desaparecer entre los árboles por segunda y última vez, miró la llanura cubierta de cadáveres. Miró las humaredas de los arcabuces. Miró la silueta de Alvarado sobre su caballo negro. Y supo que su mundo, el que había conocido desde niño, ya no existía. Esta vez no eran cientos los muertos. Eran miles.

CAPÍTULO VII: LA CAÍDA DE POTONCHÁN Y EL BOTÍN

Los soldados españoles avanzaron hacia Potonchán. Las calles de tierra apisonada estaban desiertas. Las casas de madera y paja, con techos de palma, permanecían vacías. Los habitantes habían huido al bosque llevándose lo que podían. Solo algunos ancianos y enfermos, demasiado débiles para escapar, permanecían en sus viviendas, observando con ojos asustados el paso de los hombres blancos. Un soldado joven, empuñando su espada, se detuvo frente a una casa de la que salía un humo tenue. Dentro, un viejo maya de pelo cano y rostro arrugado estaba sentado junto al hogar, sin moverse, sin mirar. El soldado levantó la espada. —¡Alto! —gritó Cortés desde su caballo—. No toquéis a los que no oponen resistencia. Buscad víveres y armas. Pero no matéis sin necesidad. El soldado bajó la espada, no sin antes escupir al suelo frente a la puerta de la casa.

Cortés recorrió las calles de Potonchán con Aguilar a su lado. El fraile observaba las construcciones con una mezcla de curiosidad y desasosiego. Las casas eran de madera y barro, con techos de palma cuidadosamente trenzados. Algunas tenían paredes de caña entretejida, cubiertas con una capa de cal que las hacía brillar bajo el sol. En los dinteles de las puertas, se veían tallas de serpientes y figuras humanas, restos de una devoción que Aguilar no alcanzaba a comprender. —Es una ciudad ordenada —dijo Aguilar, casi para sí mismo—. No es un simple poblado. —No —respondió Cortés—. Es la capital de un señorío. Y ahora es nuestra. Llegaron a la plaza central. Era un espacio amplio, de tierra apisonada, rodeado de construcciones más grandes. Al fondo, una estructura piramidal se alzaba unos quince metros sobre el suelo. Tenía escalinatas de piedra caliza y, en la cima, una pequeña construcción con techo de palma. —Eso —dijo Cortés, señalando la pirámide—. Ese será mi cuartel. Desde lo alto dominaremos la ciudad y cualquier ataque. Sus dioses han caído, y desde su templo gobernaremos. Acompañado por una docena de soldados, Cortés subió las escalinatas. En la cima, el templo era pequeño. Sus paredes interiores estaban decoradas con relieves de serpientes emplumadas y figuras humanas con tocados elaborados. En el centro, una piedra plana servía de altar, cubierta con manchas oscuras y restos de resina.

Cortés la miró un instante. No dijo nada. Pero Aguilar, que lo observaba desde atrás, vio algo en sus ojos: no era desprecio por aquel altar pagano, no era repulsa. Era una especie de reconocimiento, como si Cortés viera en aquella piedra manchada de sangre el reflejo de algo que también llevaba dentro. Aguilar sintió un escalofrío. No supo si lo que había visto era respeto o identificación, pero supo que aquel hombre no era un simple soldado de la fe.

—Aquí es donde sus sacerdotes paganos hacían sus sacrificios —dijo Cortés al fin—. Ahora habrá una cruz cristiana y el estandarte real, y los indios sabrán que ahora hay un nuevo Dios y un nuevo rey. Los soldados comenzaron a clavar la cruz y a desplegar el estandarte. El pendón de Castilla se agitó con la brisa.

En ese momento, un soldado subió jadeando los últimos escalones y se plantó frente a Cortés. —Señor —dijo—. Hemos encontrado el palacio del señor de la ciudad. Bajaron de la pirámide y cruzaron la plaza hasta una construcción más grande que las demás, con un pórtico de madera tallada. Era la residencia de Tabscoob. En su interior, las paredes estaban cubiertas de esteras de junco y telas de algodón finamente tejidas. En el suelo, yacían varias cestas de mimbre y cofres de madera. —Mirad esto, señor —dijo el soldado, abriendo uno de los cofres. Dentro, brillaban objetos de oro: pequeñas figuras antropomorfas, discos decorados con relieves, collares de cuentas, diademas. Junto a las piezas de oro, había montones de plumas de quetzal, de un verde profundo como el de la selva después de la lluvia. También había cuentas de jade, pulidas y ensartadas, y algunas piedras verdes más oscuras que los soldados no supieron identificar, pero que los mayas valoraban como el oro. —Esto vale una fortuna —murmuró un soldado. Cortés se arrodilló junto al cofre. Tomó una de las figuras de oro, la sopesó en la mano, observó sus detalles. Luego la dejó y tomó un puñado de plumas de quetzal, acariciándolas con los dedos. —Guardadlo todo —ordenó—. Todo el oro, las plumas y las piedras preciosas serán registrados por el escribano. Esto ahora pertenece a Su Majestad. Nada se repartirá sin mi autorización. Los soldados obedecieron, aunque algunos cambiaron miradas de descontento. Cortés lo notó, pero no hizo comentarios. —Y buscad en el resto de la ciudad —añadió—. Puede haber más.


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