jueves, 16 de julio de 2026

CAPITULO VI Potonchán Nahuatl VI



CAPÍTULO IV: LA DECISIÓN DE CORTÉS

Durante dos días navegaron pegados a la costa, tan cerca que el olor a podredumbre de los manglares se mezclaba con el salitre. Las aguas turquesas lamían playas de arena blanca; bajo su brillo, los filos de coral esperaban el casco de la primera nave distraída. Antón de Alaminos, con la mirada clavada en la sonda de plomo que colgaba húmeda sobre la borda, no cesaba de murmurar advertencias: "Bajos, más bajos… arrecife a babor…". Llevaba en los ojos la memoria de su primer viaje, cuando la nave en la que viajaba rasgó el fondo contra un arrecife y el agua negra entró a borbotones, hundiendo el navío en pocos instantes.

Fue al tercer día, cuando la línea de la costa se aplastó contra el horizonte en una mancha parda y fétida, que Pedro de Alvarado, con el rostro aún amoratado por una fiebre contraída en Cozumel, buscó a Cortés. En la mano derecha crispaba un mapa mal trazado sobre piel de venado cruda; el pergamino aún conservaba el olor a sebo y sangre, que había comprado a un pescador maya a cambio de tres cuentas de vidrio. Sus dedos, manchados de tinta y sudor, señalaron un entrante en la costa.

—Capitán —dijo Alvarado, y su voz sonó más ronca que de costumbre—. Más adelante, está la Bahía de la Mala Pelea. Allí, en el río Champotón, sucedió la desgracia. Córdoba y los suyos, costeando la península, llegaron a aquella desembocadura buscando agua. Los indios, desde la orilla, les hicieron señas de que se fueran, pero ellos desembarcaron igual; entonces los mayas les salieron por centenares. Aquel día murieron más de veinte hombres en la playa, y a Córdoba lo hirieron de muerte, antes siquiera de que pudiera formar a los hombres en la orilla. Los que sobrevivieron, heridos y maltrechos, lograron reembarcar, pero él falleció pocos días después a causa de sus heridas. La misma suerte corrió la expedición de mi primo Grijalva; creímos que, con más precaución y conociendo el peligro, aquella vez sería distinto, pero al desembarcar en la playa, los indios nos salieron de nuevo por centenares, y el desastre se repitió: nosotros perdimos siete hombres y a mi primo Grijalva le rompieron dos costillas antes de lograr levar anclas. Ahora los vientos nos son favorables. Mejor será pasar de largo sin fondear allí; ya hemos visto lo suficiente de esa costa para saber que no trae sino malas peleas. En dos jornadas podemos estar en Potonchán.

Cortés no respondió de inmediato. Conocía la historia. La había escuchado decenas de veces en las tabernas de La Habana, mientras los supervivientes de aquella expedición repetían los detalles con la voz quebrada: los hombres de Córdoba, tendidos en la orilla de Champotón, algunos con el vientre abierto, otros con las flechas aún clavadas en la garganta, hinchados por el sol. Y sabía también que el propio Córdoba había logrado llegar a La Habana, pero que las heridas recibidas en aquella playa le consumieron lentamente hasta que, diez días después de su regreso, entregó el alma lejos de su madre y de su tierra, con el rostro tan destrozado que apenas si sus propios hombres pudieron reconocerlo antes de enterrarlo.

—Los mayas de Champotón —prosiguió Alvarado, bajando la voz para que solo el capitán lo oyera— ya han probado nuestro acero. Ya saben que los arcabuces hacen ruido y humo, pero que tardan en recargar. Si desembarcamos allí, perderemos la mitad de la tropa antes del mediodía. Y si Velázquez —mascó el nombre— ya ha zarpado de Cuba con órdenes de ahorcarnos por desobedientes, no podemos llegar cojos a la batalla que nos espera.

El viento arreció. Cortés sintió cómo las salpicaduras le helaban las pestañas. Se volvió hacia el este, donde el cielo comenzaba a oscurecerse con nubes de tormenta, y luego hacia el oeste, donde el mapa de Alvarado señalaba una tierra de la que solo sabían rumores. Alvarado, viendo que Cortés no respondía, dio un paso al frente y apoyó ambas manos en la borda.

—Capitán, ya estuve aquí. Con Grijalva, hace apenas un año —su voz se endureció, como si el recuerdo le raspara la garganta—. Más al sureste hay un río ancho, de agua dulce, que los indios llaman Tabasco. Los chontales que viven en sus orillas no son como los de Champotón. Negociaron con nosotros como si fuéramos mercaderes. Nos ofrecieron mantas de algodón, plumas de guacamaya y cestos de cacao. Hizo una pausa y bajó el tono. Y además, uno de sus caciques nos habló de un gran imperio hacia el oeste. Un imperio de ciudades blancas y oro. Dijo que se llamaban mexicas. Eso fue lo que Grijalva me encargó que te contara si alguna vez nos encontrábamos.

Cortés entrecerró los ojos. No miró a Alvarado, sino al punto del horizonte que este había señalado.

—¿Y tú les creíste?

Alvarado se encogió de hombros.

—Les creí lo suficiente como para que aún hoy, un año después, siga soñando con esas ciudades. Se volvió y encaró a Cortés. Lo que encontramos en Potonchán no era una aldea de pescadores. Era un puerto. Comerciaban con gente del interior. Había caminos, mensajeros, tributos. Eso no lo improvisa un pueblo que solo sabe guerrear. Esa es la ruta que deberíamos tomar.

Cortés guardó silencio. El viento le movía el cabello oscuro mientras sus dedos golpeaban el borde de la borda, pero ya no meditaba: escuchaba. Alvarado había visto ese río con sus propios ojos. Había respirado el aire de Potonchán. Había hablado con sus gentes. Cortés no tenía mapas, ni informes, ni espías. Solo tenía a aquel hombre rubio y febril que lo miraba con la certeza de quien ya había estado allí.

—Entonces —dijo al fin, clavando los ojos en los de Alvarado—, si tú has visto ese río y has negociado con esos indios, dime: ¿podemos desembarcar allí sin que nos degüellen al amanecer?

Alvarado sonrió por primera vez en todo el día. Era una sonrisa seca, de dientes apretados.

—Podemos desembarcar. Pero si quieres que nos reciban con mantas y no con flechas, tendrás que dejar que hable yo primero. Ellos me recuerdan. Y recuerdan que no les robamos nada.

Cortés asintió lentamente. Luego, con un gesto seco, llamó a Alaminos.

—Girad proa al sureste. Dejad Champotón a estribor. No pienso dejar los huesos de mis hombres en la misma playa donde los de Córdoba se pudrieron al sol. Llevaremos el combate a tierra más fértil, donde los mayas no hayan visto aún el humo de nuestros arcabuces.

La flota viró lentamente. Los timoneros tiraron de las brassas, y las once naves se escoraron al mismo tiempo, como una bandada de pájaros que cambia de rumbo ante la tormenta. Pero desde tierra, el movimiento no pasó desapercibido. Los vigías mayas apostados en la espesura habían visto las velas desde primera hora de la mañana. En lo alto de un cerro cubierto de ceibas, un grupo de guerreros de piel oscura tatuada con líneas rojas observaba cómo aquellas once naves, con sus cascos oscuros y sus mástiles altos como árboles de madera muerta, se movían contra el viento con una lentitud que no parecía natural. Los pescadores que remaban cerca de la orilla habían huido abandonando sus redes. Los guerreros contemplaban cómo aquellas casas flotantes se deslizaban paralelas a la costa. Habían visto aquella flota antes, un año atrás. Y esta vez, como la anterior, las naves giraban y se marchaban sin intentar el desembarco. El jefe de los vigías contempló la aldea que se extendía al pie del cerro. Allí, en la playa, estaban preparados. Los guerreros habían afilado sus lanzas de pedernal y sus hachas de obsidiana; los niños y las mujeres habían sido enviados al interior. Las velas se empequeñecieron hasta ser puntos blancos en el horizonte. Luego, nada. El mar volvió a estar vacío. Los guerreros guardaron sus lanzas. Los ancianos apagaron las antorchas que habían preparado para la inmolación. Y en la orilla, donde la marea lamía la arena, un niño recogió un anillo semienterrado que había quedado desde la masacre de los barbudos. Lo apretó en su puño y lo guardó, sin saber que aquel objeto valía más que todo el pescado que su padre pescaría en un año.

Pero los españoles no se marchaban. Solo buscaban otra entrada. Al amanecer del día siguiente, las naves fondearon frente a la desembocadura del río Grijalva. Cortés había observado las mareas durante dos días y sabía que la pleamar empujaría desde el mar, doblando la corriente que tres años atrás había escupido a Grijalva. No era un arrebato de valor, sino un cálculo frío. Las barcas fueron descendidas al agua. Los soldados, armados hasta los dientes, ocuparon sus puestos. Los remeros hundieron los remos en el agua turbia. La corriente, esta vez, se doblegaba. Remontaron el río con decisión, venciendo la fuerza que antes había humillado a los españoles.

El paisaje se abría a ambos lados: una llanura verde y líquida, surcada por canales que se perdían entre islotes de vegetación tan tupida que parecían flotar. A la derecha, el Grijalva se desangraba en brazos menores; a la izquierda, más allá de la niebla, se adivinaba otro río, más ancho, que venía a fundirse con aquel laberinto de agua y barro. Los mayas, pensó Cortés, debían conocer cada uno de esos senderos como la palma de su mano, y él estaba entrando en su territorio sin conocer ni el primero. De repente, el río se abrió. Llegaron a una zona más ancha, donde la corriente se ralentizaba. Y allí, en la orilla, los vieron. Cientos de guerreros mayas estaban alineados en la ribera. Llevaban penachos de plumas rojas y verdes, escudos de madera adornados con pieles de jaguar, lanzas largas con puntas de obsidiana. Su piel estaba pintada de rojo y negro. Golpeaban los escudos con las manos, un ritmo que sonaba como el de la lluvia sobre una techumbre de palma. Sus gritos resonaron en el agua. Entre ellos, Aguilar distinguió algunas figuras de menor estatura, pero igualmente feroces. Eran mujeres. Llevaban el pecho desnudo, pintado con rayas rojas y negras, y sus cabellos recogidos en trenzas apretadas. Empuñaban lanzas cortas y hondas, y sus rostros mostraban la misma determinación que la de los hombres.

Pero no eran solo los guerreros de la orilla lo que preocupaba a Cortés. Desde los canales laterales, entre los manglares, comenzaron a aparecer canoas. Primero una, luego otra, luego decenas, luego cientos. Eran embarcaciones de madera tallada, algunas tan grandes que podían llevar veinte o treinta hombres. Los remeros movían los remos con precisión, y los guerreros que iban en pie en las proas alzaban lanzas y arcos. Las canoas se desplegaron en el río, formando una barrera que bloqueaba el paso hacia el interior. No atacaban. Solo se colocaban frente a las barcas españolas, impidiendo el avance. Los guerreros mayas golpeaban sus escudos y lanzaban gritos de advertencia.

Cortés ordenó el alto. Las barcas se detuvieron, meciéndose suavemente en la corriente. La barca de Cortés se adelantó unas brazas. Él se puso en pie. Llevaba la armadura reluciente y el yelmo con plumas blancas. Sostenía una espada en una mano y un crucifijo en la otra.

—Aguilar —dijo—. Tradúceme.

Aguilar asintió. Se adelantó en la barca, alzó la voz y habló en maya:

—¡Hombres de esta tierra! ¡Nuestro capitán viene en son de paz! ¡Solo desea hablar con vuestro cacique! ¡No venimos a haceros daño!

Los mayas no respondieron. Solo golpeaban los escudos. El ritmo se hacía más rápido. Más fuerte. El sonido llenaba el río como un trueno continuo. Las mujeres también golpeaban sus escudos, y sus voces se unían al grito de guerra, agudas y penetrantes. Alvarado, en la barca de junto, observaba la orilla con atención. Reconoció a Tabscoob al frente de sus guerreros. El cacique de los mayas-chontales estaba en el centro de la formación, con su penacho de plumas de quetzal y su collar de jade. Su rostro, pintado de rojo, no mostraba emoción. Solo observaba.

—Señor —dijo Alvarado a Cortés—. Ese es Tabscoob. Lo conocí el año pasado. Nos dejó tomar agua y marcharnos, pero nos hizo jurar que no volveríamos.

—Pues hemos vuelto —dijo Cortés con una sonrisa fría—. Y no hemos venido a pedir agua.

Aguilar volvió a hablar en maya:

—¡Nuestro capitán os pide que le dejéis desembarcar! ¡Quiere ofreceros regalos! ¡Quiere hablar de paz!

Tabscoob dio un paso al frente. Sus guerreros enmudecieron. El cacique levantó la lanza y señaló a los españoles. Habló en maya, con voz grave y firme:

—El año pasado vinieron otros hombres blancos. Les dejamos tomar agua y comida, y ellos juraron que no volverían. Nosotros confiamos en su juramento y los dejamos ir. Pero ahora habéis vuelto. Y no os quedáis en la desembocadura ni pedís provisiones. Remontáis el río, avanzáis hacia el interior. No venís en son de paz. Venís a quedaros, y a tomar nuestra tierra. ¡No os dejaremos pasar!

Aguilar tradujo. Cortés escuchó en silencio.

—Dile —respondió— que esta tierra y todo lo que hay en ellas es, por la gracia de Dios, de Su Majestad el rey de España. Que si nos dejan desembarcar en paz, no haremos daño a nadie.

Aguilar tradujo. Los mayas rieron. Un grito de burla se alzó desde la orilla. Luego comenzaron a agitar las lanzas y a golpear los escudos con las manos. El ruido era ensordecedor. Tabscoob habló de nuevo:

—¡No os dejaremos desembarcar! ¡Esta es nuestra tierra! ¡Iros ahora o moriréis!

—Señor —dijo Aguilar—, no van a negociar.

—No —respondió Cortés, con los dientes apretados—. Lo veo.

Observó las canoas que bloqueaban el paso. Eran cientos. Detrás de ellas, en la orilla, los guerreros se movían, preparados para atacar. No había manera de pasar. Los mayas no iban a permitirles llegar a su ciudad. Entonces, Cortés tomó una decisión. Se volvió hacia el escribano que viajaba en la barca con él. Era un hombre flaco, con tintero y pluma en la mano, que escribía en un gran libro de cuero.

—Escribano —dijo Cortés—. Haced el requerimiento.

El escribano se puso en pie. Desplegó un pergamino y comenzó a leer en voz alta. Era el requerimiento que la Corona exigía hacer antes de cualquier combate: una declaración formal de que los españoles venían a traer la fe cristiana y la autoridad del rey, y que si los nativos se negaban a aceptarla, la guerra sería justa. El escribano leyó en castellano. Sus palabras resonaron sobre el agua, pero los mayas no entendieron una palabra. Solo vieron el pergamino, vieron la pluma, vieron el tintero. Y rieron de nuevo.

Un guerrero maya de la primera fila, un hombre de unos cuarenta años con cicatrices en el pecho, se adelantó y señaló el río que se perdía hacia el interior. Habló en maya, dirigiéndose a Tabscoob, pero lo suficientemente alto para que Aguilar lo oyera:

—Cacique, esos hombres no se detienen. Si siguen remontando, en pocas horas alcanzarán Potonchán. No podemos permitir que lleguen a nuestra ciudad. Hay que detenerlos aquí, en el agua, antes de que pongan pie en tierra firme.

Tabscoob asintió sin apartar la mirada de los españoles.

—¡Firmad! —gritó el escribano, agitando el pergamino—. ¡Aceptad la autoridad de Su Majestad!

Los mayas no respondieron. Solo golpeaban los escudos. El ritmo se hacía más rápido. Más fuerte. El sonido llenaba el río como un trueno continuo. Las mujeres también golpeaban sus escudos, y sus voces se unían al grito, agudas y feroces. Cortés observó la escena. Vio las canoas, los guerreros, las mujeres con sus lanzas. Vio la determinación en sus rostros. Vio cómo el escribano agitaba el pergamino en vano.

—Ya oísteis —dijo al escribano, con voz fría—. Han rechazado el requerimiento. La guerra es justa.

Luego, en voz baja, casi para sí mismo: —Pero no aquí. No en el agua. Y alzando la voz: —¡Regresad! ¡Volvemos a las naves!

El chapoteo de los remos al hundirse en el agua turbia y el crujido de la madera contra la corriente acompañaron la maniobra. Las barcas giraron lentamente, protegiéndose unas a otras, y comenzaron a retroceder río abajo. Los mayas no las persiguieron; se quedaron en sus posiciones, observando, golpeando los escudos y lanzando gritos de triunfo, cuyo eco rebotaba en la espesura de la selva.

De vuelta en las naves, Cortés convocó a sus capitanes en la cámara de la capitana. El reducido espacio, alumbrado por una lámpara de aceite que danzaba al compás del balanceo, olía a pólvora seca, a cuero sudado y a vela derretida. Estaban todos: Pedro de Alvarado, con su barba rojiza y el ceño fruncido; su hermano Jorge, más silencioso, junto a la pared; Alonso de Ávila, el tesorero; el viejo Juan de Escalante; y Francisco de Montejo, que no dejaba de mirar el mapa, trazando sobre él rutas invisibles con la yema del dedo. Sobre la mesa, Cortés colocó el pergamino del requerimiento.

—Han rechazado el requerimiento —dijo—. La guerra es justa.

—Pero no podemos pasar —dijo Montejo—. Las canoas bloquean el río. Si forzamos el avance, nos masacrarán en el agua.

—Lo sé —respondió Cortés—. Por eso no vamos a remontar el río. Vamos a desembarcar.

Los capitanes se miraron.

—¿Desembarcar? —preguntó Alvarado—. ¿Dónde?

—Aquí —dijo Cortés, señalando un punto en la costa, al este de la desembocadura—. Hay una playa abierta, entre los manglares. Los indígenas no esperan que desembarquemos allí. Es tierra firme, no hay pantanos. Podemos poner pie en tierra y avanzar hacia el interior. Los indígenas creen que estamos atrapados en el río. No esperan un ataque por tierra.

—Pero si desembarcamos allí —objetó Montejo—, los indígenas nos verán. Nos atacarán en cuanto pongamos pie en la playa.

—Por eso desembarcaremos al amanecer —respondió Cortés—. Mañana, antes del alba, cuando los indígenas estén descansando. Las barcas nos llevarán a la playa en silencio. Una vez en tierra, formaremos las líneas y avanzaremos hacia el interior. En campo abierto, nuestros caballos y nuestras armaduras serán decisivos. Los indígenas no tienen caballos. No tienen acero. No tienen arcabuces. En tierra firme, les venceremos.

Alvarado sonrió lentamente. —Y cuando los tengamos en campo abierto, los masacraremos.

—Exacto —dijo Cortés.

Escalante asintió, lento, con la experiencia de quien ha visto a muchos capitanes fracasar por impaciencia.

—Desembarcaremos al amanecer —dijo el viejo—. Pero si los indígenas nos esperan en la playa, tendremos que luchar desde el momento en que pisemos la arena.

—No hará falta —respondió Cortés, y en la penumbra del camarote, sus ojos brillaron con la seguridad de quien ya ha visto el futuro—. Mañana desembarcaremos, y mañana los venceremos.

Alonso de Ávila, el tesorero, había permanecido en silencio durante toda la discusión, escuchando con sus ojos fríos y calculadores. Era un hombre de pocas palabras, pero cuando hablaba, todos escuchaban. Sus manos, callosas de contar monedas y manejar espadas, descansaban sobre la mesa.

—Hernán —dijo, con su voz seca y pausada—. He contado las provisiones. Tenemos comida para tres semanas, si racionamos. Agua para diez días. Si nos quedamos aquí, esperando, moriremos de hambre o de sed antes de que los indios nos ataquen.

Cortés lo miró. —¿Y qué sugieres?

Ávila se inclinó sobre el mapa y señaló la costa. —Desembarcar. No hay otra opción. Si remontamos el río, nos masacran en el agua. Si nos quedamos, nos morimos de hambre. Si desembarcamos, tenemos una oportunidad. Una sola. —¿Y si nos atacan en la playa? —preguntó Montejo. Ávila sonrió, una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos. —Entonces luchamos. Prefiero morir con los pies en tierra firme que ahogarme en un río de mierda.

Cortés asintió lentamente. —Ávila tiene razón. Desembarcaremos.

Terminada la reunión, los capitanes regresaron a sus barcos, cruzando sus barcas en la oscuridad que ya cubría la desembocadura. Las once naves permanecieron fondeadas, meciéndose en la espera, mientras la noche se cerraba sobre el manglar. Solo se oía el crujir de la madera, el chapoteo del agua contra los costados, el zumbido de los mosquitos. Los indígenas, desde la orilla, seguían observando. No se movían. No atacaban. Esperaban.

CAPÍTULO V: EL DESEMBARCO Y LA ESCARAMUZA EN LA PLAYA

A la mañana siguiente, cuando el cielo comenzaba a clarear, Cortés dio la orden. Las barcas fueron descendidas al agua en silencio. Los soldados, armados y preparados, ocuparon sus puestos. Los remeros hundieron los remos en el agua con cuidado, evitando los chapoteos que pudieran alertar a los indígenas. —¡Adelante! —ordenó Cortés en voz baja—. ¡Vamos a desembarcar! Las barcas avanzaron hacia la playa que Cortés había señalado en el mapa. Era una franja de arena entre dos extensiones de manglar, apenas visible desde el río. La marea estaba baja, y la playa se extendía más de lo que parecía desde las naves.

Los soldados saltaron al agua. La arena era firme bajo sus pies. Las armaduras los hacían pesados, pero lograron alcanzar la orilla y formar una línea. Pero la maniobra más delicada y temida era el desembarco de los caballos. De los treinta que habían salido de Cuba, nueve habían muerto durante la travesía. El viaje había sido largo, las tormentas habían zarandeado las naves, y los animales, colgados en sus hamacas de cuero para proteger las patas, no resistieron todos. Veintiún caballos llegaron a la costa de Potonchán. Pero veintiuno eran más que suficientes. —¡Los caballos! —gritó el capitán de la nao. La maniobra era lenta y peligrosa. Los caballos se izaban uno a uno con poleas y cuerdas. Los colgaban de las vergas, los bajaban hasta las lanchas que esperaban abajo. Algunos se encabritaban. Relinchaban, pataleaban en el aire, los ojos en blanco. Un caballo se soltó de la cincha y cayó al mar con un golpe sordo. Lo sacaron a remos, resoplando y lleno de espuma. Otro, al tocar la lancha, se asustó y saltó al agua. Los soldados lo sujetaron por las riendas mientras nadaba hacia la orilla, arrastrando la lancha detrás. Alvarado, a caballo ya en la playa, observó cómo los animales tocaban tierra. Uno a uno. Contó veintiuno. Asintió.

En la playa, los mayas vieron aquel espectáculo con desconcierto. No entendían qué estaban bajando aquellos hombres blancos. Pero cuando el primer caballo tocó tierra firme, cuando los cascos se hundieron en la arena, cuando el animal sacudió la cabeza y relinchó, los mayas dieron un paso atrás. Nunca habían visto un caballo. No sabían que un animal podía ser tan grande. No sabían que un animal podía llevar a un hombre encima. Para ellos, el hombre y la bestia eran una sola criatura. Un monstruo. Los jinetes montaron. Veintiún caballos se alinearon en la playa. Las crines al viento, los ojos en blanco, los cascos marcando la arena. Los soldados alzaron las espadas. La luz del sol se reflejó en el acero. Los mayas, que hasta entonces habían gritado y golpeado los escudos, enmudecieron. Uno de ellos se arrodilló.

—Señor —dijo Aguilar—, creen que sois dioses.

—Que lo crean —respondió Cortés—. Es mejor que nos teman a que nos odien.

—A veces es lo mismo —dijo Aguilar en voz baja. Cortés no lo oyó. O no quiso oírlo.

Los mayas se reagruparon. El miedo a los caballos duró poco. Eran guerreros. Conocían la muerte. Tabscoob, al frente, arengó a sus hombres. Se colocaron en formación, con las lanzas hacia adelante. Sus armas eran de piedra y madera: mazos de obsidiana, espadas de sílex, lanzas con puntas de pedernal. Habían visto el acero de los cuchillos que los españoles les habían regalado, pero no sabían que el acero podía ser una espada. —¡Fuego! —ordenó Cortés. Desde las naves, los cañoneros encendieron las mechas. Los cañones eran pequeños, de hierro forjado, montados sobre cureñas de madera. Disparaban balas de piedra del tamaño de un puño. El primer disparo sonó como un trueno. La bala surcó el aire y cayó en medio de los mayas, levantando un chorro de arena y sangre. Los mayas no sabían lo que era un cañón. No sabían que aquel ruido podía matar. Se quedaron paralizados un instante, mirando el agujero humeante en el suelo. Tabscoob, que nunca había visto un cañón, sintió el temblor en el pecho. Oyó el silbido de la bala. Vio caer a sus guerreros. Pero no huyó. Levantó la lanza y gritó: —¡No huyáis! ¡Son hombres como nosotros! El segundo cañón disparó. El tercero. El cuarto. Las balas no alcanzaban a muchos, pero el estruendo era aterrador. Los caballos se encabritaron. Los soldados taparon los oídos con las manos. Los mayas, que no tenían nada con qué taparse, sintieron el trueno en los huesos. Algunos huyeron. Tabscoob los arengó, pero ya era tarde. El miedo al trueno era más fuerte que el miedo a la muerte.

Cortés dio la orden de avanzar. Los caballos cargaron primero. Veintiuna bestias de guerra, con jinetes de hierro, se lanzaron contra la línea maya. Alvarado iba al frente, su caballo negro abriendo la brecha. Los mayas levantaron las lanzas. Las puntas de obsidiana chocaron contra las armaduras de acero y se astillaron. Las lanzas de madera se rompieron contra los petos de los caballos. Los mazos de piedra golpearon los yelmos y no hicieron más que sonar. Las espadas de sílex, afiladas como cuchillos, no pudieron cortar el metal. Los mayas no estaban preparados para aquello. Sus armas, que habían matado a otros mayas durante siglos, no servían contra aquellos hombres de hierro. Sus lanzas no llegaban a las carnes. Sus flechas rebotaban en las corazas. Sus escudos de madera se astillaban como ramas secas. Los españoles, en cambio, cargaban con espadas de acero forjado en Toledo. Las hojas eran largas, rectas, con un filo que cortaba. Cada golpe de la espada abría un tajo. Cada estocada atravesaba un pecho. Los cascos de los caballos aplastaban cuerpos. Los jinetes cortaban cabezas. La sangre manchaba la arena y la espuma de las olas.

Alvarado, con su caballo negro, se abría paso entre los mayas como una cuchilla entre la fruta. Su espada se levantaba y bajaba sin descanso. No miraba a quién hería. Solo segaba. El caballo negro, entrenado para la guerra, mordía y pateaba. Sus cascos aplastaban cráneos. Sus dientes desgarraban brazos. Aguilar no participó. Cortés lo había dejado atrás, en la retaguardia, con los arcabuceros. —No puedo perder a mi intérprete en el primer combate —le había dicho. Aguilar se quedó en la arena, viendo cómo los caballos derribaban a los hombres. Cómo los mayas caían y no se levantaban. Cómo el acero español se abría paso a través de la madera y la carne. Vio a Alvarado, con su caballo negro, abriendo un surco de muerte. Vio cómo el rubio sonreía mientras cortaba.

Los mayas se retiraron a la selva. No todos. Muchos quedaron muertos ese día. Tabscoob, el cacique, fue de los últimos en retirarse. Arrastraba a un guerrero herido. Antes de desaparecer entre los árboles, se volvió. Miró a Cortés. Miró a Alvarado. Miró a los caballos. Luego se fue. Otros huyeron arrastrando a los heridos. Los que pudieron, desaparecieron entre los árboles. La playa quedó sembrada de cuerpos: algunos aún se movían, otros yacían inmóviles, y el agua teñida de rojo lamía la arena con cada ola. Cortés ordenó el alto. Los caballos estaban agotados. El caballo negro de Alvarado temblaba, cubierto de espuma y sangre. No era su sangre. Era la de los mayas.

—¿Cuántos muertos? —preguntó Cortés, sin apartar la mirada del campo de batalla.

—Hemos hecho una masacre, señor —respondió un capitán, secándose el sudor y la sangre que salpicaba su rostro—. Hemos contado más de doscientos cuerpos en la playa y en el agua. Quizá se acerquen a los trescientos. Los mayas lucharon con fiereza, pero nuestras armas y los caballos han hecho estragos. De los nuestros, hemos perdido a seis hombres: tres arcabuceros alcanzados por flechas en la garganta, dos soldados que cayeron al agua y se ahogaron con el peso de la armadura, y uno más que recibió una lanzada en el ojo. Hay unos veinte heridos, la mayoría leves, aunque algunos de gravedad.

Cortés asintió lentamente. Miró la playa. Los cuerpos mayas flotaban en el agua, mecidos por la marea. Las lanzas rotas sobresalían de la arena como ramas muertas. El olor a sangre y pólvora se mezclaba con el salitre y el hedor a manglar. Vio a un maya abrazado a su escudo partido, los ojos abiertos mirando al cielo. Vio a otro, un muchacho de apenas diecisiete años, con el rostro hundido en la arena mojada y una mano aún aferrada a su lanza de obsidiana. —Bien —dijo Cortés al cabo de un largo silencio—. Que los heridos graves sean trasladados a las naves. Los leves, que se curen aquí. Acamparemos en la playa esta noche.

CAPÍTULO VI: LA BATALLA CAMPAL EN LOS LLANOS DE POTONCHÁN

Mientras los españoles acampaban en la playa, Cortés envió exploradores hacia el interior. Regresaron al cabo de una hora, jadeando y con los ojos brillantes de emoción. —Señor —dijo el sargento, señalando hacia el oeste—. Hay una ciudad. A unas tres leguas de aquí. Es grande. Tiene casas de piedra y una pirámide. Y está llena de gente. Cortés montó en su caballo y se adelantó unos cientos de pasos, hasta una elevación desde donde podía ver el horizonte. Allí, entre la niebla que se alzaba de la selva, divisó las primeras construcciones: tejados de palma, muros de cal, y en el centro, una estructura piramidal que se alzaba por encima de los árboles. Potonchán. Cortés sonrió. —No es un simple poblado —dijo, volviéndose hacia Ávila, que lo había acompañado—. Es la capital de un señorío. Y ahora es nuestra. Bajó la mirada hacia la llanura que se extendía entre ellos y la ciudad. Era un terreno abierto, perfecto para la caballería. —Allí —dijo, señalando la llanura—. Allí les esperaremos. Mañana, al amanecer, cargaremos.

Aguilar estaba en la retaguardia, con los sirvientes y los heridos. Observaba la selva que se alzaba frente a ellos, una pared verde que ocultaba quién sabe qué peligros. —Señor —dijo Aguilar—, ¿cómo sabemos que los indígenas no nos han visto? —Lo sabremos pronto —respondió Cortés. Los españoles pasaron la noche en la llanura, acampados junto a la selva, con los caballos ensillados y las armas listas. No encendieron hogueras. No hablaron en voz alta. Esperaron el amanecer.

Pero los mayas tampoco habían permanecido ociosos. Tras la derrota en la playa, Tabscoob había retrocedido hacia Potonchán con los supervivientes. Su rostro, pintado de rojo, estaba tenso. No mostraba miedo, pero sus ojos se movían rápidamente, contando, evaluando. Demasiados jóvenes. Demasiados muchachos que aún no habían visto la muerte de cerca. En el claro de la selva, a pocas leguas de la playa, los guerreros mayas se preparaban. No había arengas grandiosas ni discursos solemnes. Solo el sonido de las lanzas siendo afiladas, el crujir de las cuerdas de los arcos, el murmullo de los hombres que sabían que muchos de ellos no verían el sol poniente. Tabscoob caminaba entre ellos. Un guerrero viejo se acercó. —Cacique, los hombres blancos han desembarcado. Están a una jornada de aquí. Vienen hacia nosotros. —Lo sé —respondió Tabscoob—. Los he visto desde la colina. —¿Y qué haremos? Tabscoob se detuvo. Miró al viejo. Luego miró a los guerreros que los rodeaban, esperando sus palabras. —Lucharemos —dijo—. No tenemos otro camino.

Un guerrero joven, de rostro aún sin cicatrices, dio un paso al frente. Sus manos temblaban. —Cacique... he oído que sus bestias son monstruos. Que sus armas matan con truenos. ¿Cómo podemos luchar contra eso? Tabscoob lo miró. Vio el miedo en sus ojos. Vio la misma pregunta que todos se hacían. —¿Tienes miedo? —preguntó. El joven bajó la mirada. —Sí, cacique. Tabscoob asintió lentamente. Luego alzó la voz para que todos lo oyeran. —Yo también tengo miedo. Cualquiera que diga lo contrario miente. Pero el miedo no nos salvará. La huida no nos salvará. ¿Sabes lo que nos salvará? El joven levantó la mirada. —¿Qué, cacique? —Luchar. Luchar hasta que no quede aire en nuestros pulmones. Porque si no luchamos, no tendremos nada. Ni tierra, ni hogar, ni hijos libres. Seremos como los perros que mendigan en las puertas de los extraños. El joven tragó saliva. Luego asintió. —Lucharé, cacique. Tabscoob puso una mano en su hombro. —Lo sé. Eres joven, pero eres fuerte. Y mañana, cuando veas a los hombres blancos, no pienses en sus bestias. Piensa en tu madre. Piensa en tu hermano pequeño. Piensa en la casa donde naciste. Y entonces sabrás por qué luchas. El joven asintió de nuevo. Tabscoob se alejó, continuando su ronda.

Una mujer, Xochitl, se acercó a él. Su rostro estaba pintado de negro, y en su mano sostenía una lanza corta. —Cacique —dijo—. Las mujeres están listas. Lucharemos a tu lado. Tabscoob la miró. Había visto a Xochitl en batalla antes. Sabía que era más feroz que muchos de sus guerreros. —Lo sé —respondió—. Y me alegra. —¿Crees que venceremos? Tabscoob guardó silencio. La pregunta era la misma que todos se hacían, pero nadie se atrevía a formular en voz alta. —No lo sé —respondió al fin—. Pero no importa. Vencer o morir. No hay otra opción. Xochitl lo miró a los ojos. Luego asintió, sin decir nada más, y se alejó hacia el grupo de mujeres que la esperaban. Tabscoob se quedó solo. Por un momento, su rostro se relajó. El cansancio se dibujó en sus ojos. Cerró los párpados un instante, y en la oscuridad de su mente, vio a su hija pequeña, la que había muerto de fiebre dos años atrás. Vio su rostro, su sonrisa. Y supo que lucharía por ella, por su memoria, por el mundo que ella nunca llegaría a ver. Abrió los ojos. Tomó su lanza. Y se dirigió al frente de sus guerreros, donde el sol comenzaba a asomar entre los árboles. —¡Preparaos! —gritó—. Vienen. Y nosotros los esperamos.

Al amanecer del día siguiente, la batalla comenzó. El sol se levantó sobre la selva, y sus primeros rayos quemaron la niebla que se alzaba del suelo, como si la luz misma quisiera borrar los rastros de la noche. Los españoles avanzaron en formación. Los veintiún caballos al frente, la infantería detrás, los arcabuceros en los flancos. —¡Caballería! —gritó Cortés—. ¡Cargad! Los veintiún caballos se lanzaron al galope. El suelo tembló. Los cascos de los caballos golpeaban la tierra como un martillo. Los jinetes alzaron las espadas, que brillaron al sol. Alvarado iba al frente. Su caballo negro parecía una sombra sobre la hierba. La luz del sol, que se reflejaba en su armadura, lo convertía en una figura cegadora. —¡Santiago! —gritó—. ¡Santiago! Los mayas vieron a los jinetes cargando. Vieron a los caballos, bestias enormes que nunca antes habían visto, con hombres de acero montados encima. Para ellos, no eran dos criaturas. Eran una sola. Un monstruo. Algunos guerreros huyeron. Otros se quedaron, alzando las lanzas. Las puntas de obsidiana chocaron contra las armaduras y se astillaron. Los mazos de piedra golpearon los petos de los caballos y no hicieron más que sonar. Las mujeres también resistieron. Una mujer de unos cuarenta años, con el rostro pintado de negro, se plantó frente al caballo de Alvarado y lanzó su lanza. La punta de obsidiana chocó contra el peto del jinete y se rompió. Alvarado, sin inmutarse, hundió su espada en el pecho de la mujer. Ella cayó al suelo sin un grito. Otra mujer, más joven, corrió hacia el caballo y clavó su cuchillo en la pata del animal. El caballo relinchó de dolor y se encabritó, derribando al jinete. El soldado cayó al suelo, aturdido. La mujer se abalanzó sobre él con el cuchillo en alto. Pero un segundo jinete la alcanzó con su lanza, atravesándole el costado. La mujer cayó junto al soldado, su sangre mezclándose con la de su enemigo.

Los caballos aplastaban cuerpos. Los jinetes cortaban cabezas. La sangre manchaba la hierba. Alvarado, con su caballo negro, se abría paso entre los mayas como una hoz entre el trigo. Su espada se levantaba y bajaba sin descanso. No miraba a quién hería. Solo segaba. El caballo negro, entrenado para la guerra, mordía y pateaba. Entre los mayas, el pánico comenzaba a extenderse. Un guerrero de mediana edad, que llevaba en el pecho las cicatrices de batallas anteriores, vio cómo el caballo negro derribaba a tres de sus compañeros en un solo embiste. Sintió que las piernas le temblaban. Pero se obligó a permanecer firme. —¡No corráis! —gritó a los jóvenes que lo rodeaban—. ¡Si corréis, os alcanzan! ¡Firmes! ¡Alzad las lanzas! Los jóvenes lo miraron. Algunos obedecieron. Otros echaron a correr.

Un joven maya, de apenas dieciocho años, se arrodilló y levantó las manos. Gritó algo en su lengua. Aguilar, desde la retaguardia, oyó la palabra: —¡Basta! Alvarado no entendió. O no quiso entender. Frenó el caballo negro, que se detuvo en seco, resoplando. El maya seguía con las manos levantadas, suplicando. Alvarado lo miró un instante. Su mirada, clara y fría, no mostró piedad. Luego hundió la espada en su garganta. El muchacho cayó de rodillas. La sangre le brotaba entre los dedos mientras se llevaba las manos al cuello. Alvarado no esperó a que cayera. Dio la vuelta al caballo negro y siguió cargando. Más tarde, Aguilar vería a Alvarado descabezar a un maya herido que yacía en el suelo. Vería cómo reía mientras lo hacía. Vería cómo su caballo negro pisoteaba los cuerpos sin inmutarse.

Aguilar sintió el vómito en la garganta. Se obligó a tragar. Pero esta vez, la náusea no se fue. Se quedó allí, en el fondo de su estómago, como un animal encerrado. Miró sus propias manos, las mismas que habían traducido las palabras de paz a los mayas, las mismas que habían señalado el pergamino del requerimiento. Ahora estaban manchadas, no de sangre, sino de complicidad. No había empuñado una espada, pero había sido la voz que permitió que aquellas espadas se desenvainaran. Había traducido el requerimiento. Había dicho "paz" mientras los cañones se cargaban. Y ahora veía a Alvarado reír mientras decapitaba a un hombre herido.

—Dios mío —murmuró, con la voz quebrada—. ¿Estás de verdad de nuestro lado? ¿Cómo puede estar Dios del lado de esto? Cerró los ojos un instante. En la oscuridad de sus párpados, vio el rostro del joven suplicante. Vio sus manos levantadas. Vio la espada de Alvarado hundirse en su garganta. Y supo que no podría borrar esa imagen, que la llevaría consigo todos los días de su vida, aunque viviera cien años. Abrió los ojos. La batalla seguía. Los caballos seguían cargando. Los mayas seguían cayendo. Y Aguilar supo que, aunque sobreviviera a aquel día, algo dentro de él había muerto para siempre.

Mientras la caballería cargaba, la infantería avanzaba. Los soldados de a pie, con sus espadas de acero, se enfrentaron a los mayas que lograban esquivar a los caballos. Los arcabuceros dispararon. El humo de la pólvora se alzó en nubes blancas. Los mayas que nunca habían oído un arcabuz cayeron al suelo, aterrados por el trueno. Los ballesteros lanzaron sus virotes. Las flechas de acero atravesaron los escudos de madera. Los mayas gritaron al sentir el dolor. Pero no huían. Luchaban. Un guerrero maya, con el pecho abierto por una espada, siguió luchando hasta que cayó. Otro, con una flecha clavada en el hombro, arrancó el virote y siguió avanzando. Una mujer, con una pierna destrozada, se arrastró hacia un soldado español y le clavó un cuchillo en la pantorrilla antes de morir.

Entre los mayas, un guerrero viejo se mantenía firme. Había visto caer a sus compañeros. Había visto a los jóvenes huir. Pero él seguía en pie, con su lanza alzada. —¡No huyáis! —gritó—. ¡Yo he visto cosas peores! ¡He visto a nuestros abuelos luchar contra los toltecas! ¡Y ganaron! ¡Podemos ganar! Su voz era ronca, pero tenía autoridad. Algunos guerreros que habían comenzado a retroceder se detuvieron. Miraron al viejo. Miraron a los españoles. Algunos volvieron a sus posiciones. Pero no fueron suficientes.

Cortés observó desde su caballo. Vio cómo sus hombres masacraban a los mayas. Vio cómo los cuerpos caían. Vio cómo la sangre manchaba la hierba. Vio a las mujeres, caídas entre los hombres, con sus lanzas aún en la mano. —Son valientes —repitió. Luego dio otra orden: —¡Cañones! Desde las naves, ancladas en la desembocadura del río, los cañoneros encendieron las mechas. Los cañones dispararon. Las balas de piedra surcaron el aire y cayeron entre los mayas, levantando chorros de tierra y sangre. Los mayas no sabían lo que era un cañón. No sabían que aquel ruido podía matar. Se quedaron paralizados un instante, mirando los agujeros humeantes en el suelo. Tabscoob, que nunca había visto un cañón, sintió el temblor en el pecho. Oyó el silbido de las balas. Vio caer a sus guerreros y a sus mujeres. Una bala de cañón cayó cerca de él, levantando tierra y sangre. Varios guerreros cayeron. Una mujer, que estaba a su lado, fue alcanzada por la metralla y cayó sin vida. Pero no huyó. Levantó la lanza y gritó: —¡No huyáis! ¡Son hombres como nosotros!

Los mayas resistieron, pero el miedo se apoderaba de ellos. Los caballos los atropellaban, las armaduras burlaban sus lanzas, las flechas silbaban en vano, el ruido de la pólvora de los arcabuces les ensordecía, y los cañones, desde lejos, mandaban sus obuses a la lucha, despedazándolos sin siquiera saber de dónde venía el golpe. Luchaban contra cosas que no entendían. Los caballos seguían cargando. Alvarado, con su caballo negro, abría un surco de muerte. Su espada se levantaba y bajaba. Los mayas caían a su paso. Las mujeres caían también, sus lanzas rotas junto a ellas.

Un guerrero joven, el mismo que había hablado con Tabscoob la noche anterior, sintió que algo se rompía dentro de él. Vio caer al viejo que los había arengado. Vio cómo un caballo le pisaba el pecho. Oyó el crujido de los huesos. Entonces vio a Xochitl. La guerrera estaba rodeada por tres soldados españoles. Su rostro, pintado de negro, estaba cubierto de sangre y barro. Su lanza estaba rotа, pero aún sostenía un cuchillo de sílex en la mano derecha. Había matado a dos soldados. El tercero, con la espada alzada, se abalanzó sobre ella. Xochitl no huyó. No gritó. Se lanzó hacia adelante, con el cuchillo en alto, y lo clavó en la garganta del soldado antes de que la espada la alcanzara. El soldado cayó, pero la espada, en su caída, abrió un tajo profundo en el costado de Xochitl. La guerrera cayó de rodillas. La sangre brotaba de su herida y empapaba la hierba. El guerrero joven corrió hacia ella. La agarró por los hombros, tratando de levantarla. —Xochitl —dijo, con la voz quebrada—. Levántate. Vamos. Podemos huir. Xochitl levantó la mirada. Sus ojos, brillantes de dolor y de rabia, se fijaron en los soldados que se acercaban. —Huye —dijo, con voz apenas audible—. Yo me quedo. —No. No te dejo. —¡Huye! —gritó, empujándolo con la poca fuerza que le quedaba—. Cuenta nuestra historia. No dejes que nos olviden. El joven dudó un instante. Luego, con lágrimas en los ojos, soltó a Xochitl y corrió hacia la selva. Xochitl se puso en pie, tambaleándose. La sangre brotaba de su herida y manchaba su pecho. Tomó un cuchillo caído en el suelo y se plantó frente a los soldados que se acercaban. No dijo nada. Solo los miró, con sus ojos de odio y de fuego, y alzó el cuchillo. Los soldados dudaron un instante. Luego, uno de ellos, un hombre joven con el rostro cubierto de polvo y sangre, avanzó hacia ella. Xochitl alzó el cuchillo. Pero antes de que pudiera atacar, el soldado la atravesó con su espada. La guerrera cayó de rodillas, luego hacia atrás, con los ojos abiertos mirando al cielo. El joven maya, desde la orilla de la selva, vio caer a Xochitl. Quiso gritar, pero el sonido no salió de su garganta. Solo pudo correr, correr hacia la oscuridad de los árboles, mientras las lágrimas borraban la pintura de su rostro. —¡Huid! —gritó, cuando por fin encontró la voz—. ¡Huid! Los guerreros comenzaron a retirarse. No todos. Algunos siguieron luchando. Pero la mayoría huyó hacia la selva. Las mujeres también huyeron. Algunas arrastrando a sus heridas. Otras ayudando a sus compañeras. Pero algunas se quedaron, luchando hasta el final. Una de ellas, la que había lanzado la lanza al caballo de Alvarado, fue rodeada por tres soldados. Luchó con su cuchillo hasta que la derribaron. Cayó sin un grito, con los ojos abiertos.

Tabscoob, herido y cubierto de sangre, vio que su ejército se desmoronaba. Vio a sus guerreros caer, a sus mujeres morir, a los jóvenes huir. Dio la orden de retirada. Los mayas que pudieron escapar huyeron hacia la selva. Los que no, quedaron tendidos en la hierba, mezclados con los caballos muertos y las lanzas rotas. Tabscoob, antes de desaparecer entre los árboles por segunda y última vez, miró la llanura cubierta de cadáveres. Miró las humaredas de los arcabuces. Miró la silueta de Alvarado sobre su caballo negro. Y supo que su mundo, el que había conocido desde niño, ya no existía. Esta vez no eran cientos los muertos. Eran miles.

CAPÍTULO VII: LA CAÍDA DE POTONCHÁN Y EL BOTÍN

Los soldados españoles avanzaron hacia Potonchán. Las calles de tierra apisonada estaban desiertas. Las casas de madera y paja, con techos de palma, permanecían vacías. Los habitantes habían huido al bosque llevándose lo que podían. Solo algunos ancianos y enfermos, demasiado débiles para escapar, permanecían en sus viviendas, observando con ojos asustados el paso de los hombres blancos. Un soldado joven, empuñando su espada, se detuvo frente a una casa de la que salía un humo tenue. Dentro, un viejo maya de pelo cano y rostro arrugado estaba sentado junto al hogar, sin moverse, sin mirar. El soldado levantó la espada. —¡Alto! —gritó Cortés desde su caballo—. No toquéis a los que no oponen resistencia. Buscad víveres y armas. Pero no matéis sin necesidad. El soldado bajó la espada, no sin antes escupir al suelo frente a la puerta de la casa.

Cortés recorrió las calles de Potonchán con Aguilar a su lado. El fraile observaba las construcciones con una mezcla de curiosidad y desasosiego. Las casas eran de madera y barro, con techos de palma cuidadosamente trenzados. Algunas tenían paredes de caña entretejida, cubiertas con una capa de cal que las hacía brillar bajo el sol. En los dinteles de las puertas, se veían tallas de serpientes y figuras humanas, restos de una devoción que Aguilar no alcanzaba a comprender. —Es una ciudad ordenada —dijo Aguilar, casi para sí mismo—. No es un simple poblado. —No —respondió Cortés—. Es la capital de un señorío. Y ahora es nuestra. Llegaron a la plaza central. Era un espacio amplio, de tierra apisonada, rodeado de construcciones más grandes. Al fondo, una estructura piramidal se alzaba unos quince metros sobre el suelo. Tenía escalinatas de piedra caliza y, en la cima, una pequeña construcción con techo de palma. —Eso —dijo Cortés, señalando la pirámide—. Ese será mi cuartel. Desde lo alto dominaremos la ciudad y cualquier ataque. Sus dioses han caído, y desde su templo gobernaremos. Acompañado por una docena de soldados, Cortés subió las escalinatas. En la cima, el templo era pequeño. Sus paredes interiores estaban decoradas con relieves de serpientes emplumadas y figuras humanas con tocados elaborados. En el centro, una piedra plana servía de altar, cubierta con manchas oscuras y restos de resina.

Cortés la miró un instante. No dijo nada. Pero Aguilar, que lo observaba desde atrás, vio algo en sus ojos: no era desprecio por aquel altar pagano, no era repulsa. Era una especie de reconocimiento, como si Cortés viera en aquella piedra manchada de sangre el reflejo de algo que también llevaba dentro. Aguilar sintió un escalofrío. No supo si lo que había visto era respeto o identificación, pero supo que aquel hombre no era un simple soldado de la fe.

—Aquí es donde sus sacerdotes paganos hacían sus sacrificios —dijo Cortés al fin—. Ahora habrá una cruz cristiana y el estandarte real, y los indios sabrán que ahora hay un nuevo Dios y un nuevo rey. Los soldados comenzaron a clavar la cruz y a desplegar el estandarte. El pendón de Castilla se agitó con la brisa.

En ese momento, un soldado subió jadeando los últimos escalones y se plantó frente a Cortés. —Señor —dijo—. Hemos encontrado el palacio del señor de la ciudad. Bajaron de la pirámide y cruzaron la plaza hasta una construcción más grande que las demás, con un pórtico de madera tallada. Era la residencia de Tabscoob. En su interior, las paredes estaban cubiertas de esteras de junco y telas de algodón finamente tejidas. En el suelo, yacían varias cestas de mimbre y cofres de madera. —Mirad esto, señor —dijo el soldado, abriendo uno de los cofres. Dentro, brillaban objetos de oro: pequeñas figuras antropomorfas, discos decorados con relieves, collares de cuentas, diademas. Junto a las piezas de oro, había montones de plumas de quetzal, de un verde profundo como el de la selva después de la lluvia. También había cuentas de jade, pulidas y ensartadas, y algunas piedras verdes más oscuras que los soldados no supieron identificar, pero que los mayas valoraban como el oro. —Esto vale una fortuna —murmuró un soldado. Cortés se arrodilló junto al cofre. Tomó una de las figuras de oro, la sopesó en la mano, observó sus detalles. Luego la dejó y tomó un puñado de plumas de quetzal, acariciándolas con los dedos. —Guardadlo todo —ordenó—. Todo el oro, las plumas y las piedras preciosas serán registrados por el escribano. Esto ahora pertenece a Su Majestad. Nada se repartirá sin mi autorización. Los soldados obedecieron, aunque algunos cambiaron miradas de descontento. Cortés lo notó, pero no hizo comentarios. —Y buscad en el resto de la ciudad —añadió—. Puede haber más.


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CAPITULO VI Potonchán Nahuatl VI english version




CHAPTER IV: CORTÉS'S DECISION

For two days they sailed hugging the coast, so close that the stench of rotting mangroves mixed with the salt spray. The turquoise waters lapped at beaches of white sand; beneath their gleam, the edges of coral waited for the hull of the first distracted ship. Antón de Alaminos, his gaze fixed on the lead sounding line hanging wet over the gunwale, never ceased murmuring warnings: "Shallows, more shallows... reef to port..." He carried in his eyes the memory of his first voyage, when the ship he was traveling on tore its bottom against a reef and black water gushed in, sinking the vessel in a few moments.

It was on the third day, when the coastline flattened against the horizon into a brown and fetid smear, that Pedro de Alvarado, his face still bruised purple from a fever contracted in Cozumel, sought out Cortés. In his right hand, he clutched a poorly drawn map on raw deerskin; the parchment still held the smell of tallow and blood, which he had bought from a Maya fisherman in exchange for three glass beads. His fingers, stained with ink and sweat, pointed to an indentation on the coast.

—Captain —said Alvarado, his voice hoarser than usual—. Further ahead lies the Bay of the Bad Fight. There, at the Champotón River, the disaster happened. Córdoba and his men, skirting the peninsula, reached that mouth looking for water. The Indians, from the shore, signaled them to leave, but they disembarked anyway; then the Mayas came out by the hundreds. That day, more than twenty men died on the beach, and Córdoba was mortally wounded, even before he could form the men on the shore. Those who survived, wounded and battered, managed to re-embark, but he died a few days later from his wounds. The same fate befell my cousin Grijalva's expedition; we thought that, with more caution and knowing the danger, that time would be different, but upon disembarking on the beach, the Indians came out against us again by the hundreds, and the disaster repeated: we lost seven men and my cousin Grijalva had two ribs broken before we could weigh anchor. Now the winds are in our favor. It will be better to pass by without anchoring there; we have already seen enough of that coast to know it brings nothing but bad fights. In two days we can be at Potonchán.

Cortés did not answer immediately. He knew the story. He had heard it dozens of times in the taverns of Havana, while the survivors of that expedition repeated the details in broken voices: Córdoba's men, lying on the shore of Champotón, some with their bellies opened, others with arrows still stuck in their throats, swollen by the sun. And he also knew that Córdoba himself had managed to reach Havana, but that the wounds received on that beach consumed him slowly until, ten days after his return, he gave up his soul far from his mother and his homeland, his face so destroyed that his own men could barely recognize him before burying him.

—The Mayas of Champotón —continued Alvarado, lowering his voice so that only the captain could hear— have already tasted our steel. They already know that the arquebuses make noise and smoke, but that they take time to reload. If we disembark there, we will lose half the troop before noon. And if Velázquez —he chewed the name— has already set sail from Cuba with orders to hang us for disobedience, we cannot arrive limping to the battle that awaits us.

The wind picked up. Cortés felt the spray freeze his eyelashes. He turned east, where the sky began to darken with storm clouds, and then west, where Alvarado's map marked a land of which they only knew rumors. Alvarado, seeing that Cortés did not respond, stepped forward and placed both hands on the gunwale.

—Captain, I was already here. With Grijalva, barely a year ago —his voice hardened, as if the memory scraped his throat—. Further southeast there is a wide river, of fresh water, which the Indians call Tabasco. The Chontal who live on its banks are not like those of Champotón. They negotiated with us as if we were merchants. They offered us cotton blankets, macaw feathers, and baskets of cacao. He paused and lowered his tone. And besides, one of their chiefs told us of a great empire to the west. An empire of white cities and gold. He said they were called Mexica. That is what Grijalva asked me to tell you if we ever met.

Cortés narrowed his eyes. He did not look at Alvarado, but at the point on the horizon he had pointed to.

—And did you believe them?

Alvarado shrugged.

—I believed them enough that even today, a year later, I still dream of those cities. He turned and faced Cortés. What we found in Potonchán was not a fishing village. It was a port. They traded with people from the interior. There were roads, messengers, tributes. That is not improvised by a people who only know how to wage war. That is the route we should take.

Cortés fell silent. The wind moved his dark hair while his fingers tapped the edge of the gunwale, but he was no longer meditating: he was listening. Alvarado had seen that river with his own eyes. He had breathed the air of Potonchán. He had spoken with its people. Cortés had no maps, no reports, no spies. He only had that blond, feverish man who looked at him with the certainty of one who had already been there.

—Then —he said at last, fixing his eyes on Alvarado's—, if you have seen that river and have negotiated with those Indians, tell me: can we disembark there without them cutting our throats at dawn?

Alvarado smiled for the first time all day. It was a dry smile, with teeth clenched.

—We can disembark. But if you want them to receive us with blankets and not arrows, you will have to let me speak first. They remember me. And they remember that we did not rob them.

Cortés nodded slowly. Then, with a sharp gesture, he called Alaminos.

—Turn the prow southeast. Leave Champotón to starboard. I do not intend to leave my men's bones on the same beach where Córdoba's rotted in the sun. We will take the fight to more fertile ground, where the Mayas have not yet seen the smoke of our arquebuses.

The fleet turned slowly. The helmsmen pulled on the braces, and the eleven ships heeled at the same time, like a flock of birds changing course before the storm. But from the land, the movement did not go unnoticed. The Maya lookouts stationed in the thicket had seen the sails since early morning. On top of a hill covered in ceiba trees, a group of warriors with dark skin tattooed with red lines watched how those eleven ships, with their dark hulls and masts tall as deadwood trees, moved against the wind with a slowness that did not seem natural. The fishermen paddling near the shore had fled, abandoning their nets. The warriors watched how those floating houses glided parallel to the coast. They had seen that fleet before, a year ago. And this time, like the last, the ships turned and sailed away without attempting to land. The chief of the lookouts contemplated the village that stretched at the foot of the hill. There, on the beach, they were ready. The warriors had sharpened their flint spears and obsidian axes; the children and women had been sent inland. The sails shrank until they were white dots on the horizon. Then, nothing. The sea was empty again. The warriors put away their spears. The elders extinguished the torches they had prepared for self-immolation. And on the shore, where the tide licked the sand, a boy picked up a half-buried ring left over from the massacre of the bearded ones. He clutched it in his fist and kept it, not knowing that that object was worth more than all the fish his father would catch in a year.

But the Spaniards were not leaving. They were only looking for another entrance. At dawn the next day, the ships anchored off the mouth of the Grijalva River. Cortés had observed the tides for two days and knew that high tide would push in from the sea, bending the current that three years earlier had spit Grijalva out. It was not a burst of courage, but a cold calculation. The boats were lowered into the water. The soldiers, armed to the teeth, took their positions. The rowers sank their oars into the murky water. This time, the current yielded. They rowed up the river with determination, overcoming the force that had previously humiliated the Spaniards.

The landscape opened on both sides: a green and liquid plain, crisscrossed by channels that disappeared among islets of vegetation so dense they seemed to float. To the right, the Grijalva bled into smaller branches; to the left, beyond the mist, another river, wider, could be glimpsed, coming to merge with that labyrinth of water and mud. The Mayas, Cortés thought, must know each of those paths like the palm of their hand, and he was entering their territory without knowing even the first one. Suddenly, the river opened up. They reached a wider area, where the current slowed. And there, on the bank, they saw them. Hundreds of Maya warriors were lined up on the shore. They wore headdresses of red and green feathers, wooden shields adorned with jaguar skins, long spears with obsidian tips. Their skin was painted red and black. They beat their shields with their hands, a rhythm that sounded like rain on a palm roof. Their shouts echoed over the water. Among them, Aguilar distinguished some figures of shorter stature, but equally fierce. They were women. They had bare chests, painted with red and black stripes, and their hair was gathered in tight braids. They wielded short spears and slings, and their faces showed the same determination as the men's.

But it was not only the warriors on the shore that worried Cortés. From the side channels, among the mangroves, canoes began to appear. First one, then another, then dozens, then hundreds. They were carved wooden vessels, some so large they could carry twenty or thirty men. The rowers moved the oars with precision, and the warriors standing on the prows raised spears and bows. The canoes deployed on the river, forming a barrier that blocked the passage inland. They did not attack. They only placed themselves in front of the Spanish boats, blocking their advance. The Maya warriors beat their shields and let out warning shouts.

Cortés ordered a halt. The boats stopped, rocking gently in the current. Cortés's boat advanced a few fathoms. He stood up. He wore his shining armor and the helmet with white feathers. He held a sword in one hand and a crucifix in the other.

—Aguilar —he said—. Translate for me.

Aguilar nodded. He stepped forward in the boat, raised his voice, and spoke in Maya:

—Men of this land! Our captain comes in peace! He only wishes to speak with your chief! We have not come to harm you!

The Mayas did not respond. They only beat their shields. The rhythm grew faster. Louder. The sound filled the river like a continuous thunder. The women also beat their shields, and their voices joined the war cry, shrill and piercing. Alvarado, in the boat alongside, watched the shore carefully. He recognized Tabscoob at the head of his warriors. The chief of the Chontal Maya was in the center of the formation, with his quetzal feather headdress and his jade collar. His face, painted red, showed no emotion. He only observed.

—Sir —said Alvarado to Cortés—. That is Tabscoob. I met him last year. He let us take water and leave, but he made us swear we would not return.

—Well, we have returned —said Cortés with a cold smile—. And we have not come to ask for water.

Aguilar spoke again in Maya:

—Our captain asks you to let him disembark! He wants to offer you gifts! He wants to speak of peace!

Tabscoob stepped forward. His warriors fell silent. The chief raised his spear and pointed at the Spaniards. He spoke in Maya, with a deep and firm voice:

—Last year other white men came. We let them take water and food, and they swore they would not return. We trusted their oath and let them go. But now you have returned. And you do not stay at the mouth nor ask for provisions. You row up the river, you advance inland. You do not come in peace. You come to stay, and to take our land. We will not let you pass!

Aguilar translated. Cortés listened in silence.

—Tell him —he replied— that this land and everything in it is, by the grace of God, of His Majesty the King of Spain. That if they let us disembark in peace, we will harm no one.

Aguilar translated. The Mayas laughed. A shout of mockery rose from the shore. Then they began to shake their spears and beat their shields with their hands. The noise was deafening. Tabscoob spoke again:

—We will not let you disembark! This is our land! Leave now or you will die!

—Sir —said Aguilar—, they are not going to negotiate.

—No —replied Cortés, through clenched teeth—. I see that.

He observed the canoes blocking the way. There were hundreds. Behind them, on the shore, the warriors moved, ready to attack. There was no way through. The Mayas were not going to allow them to reach their city. Then, Cortés made a decision. He turned to the notary traveling in the boat with him. He was a thin man, with an inkwell and quill in his hand, writing in a large leather book.

—Notary —said Cortés—. Perform the Requerimiento.

The notary stood up. He unfolded a parchment and began to read aloud. It was the Requerimiento that the Crown required before any combat: a formal declaration that the Spaniards came to bring the Christian faith and the authority of the king, and that if the natives refused to accept it, the war would be just. The notary read in Spanish. His words echoed over the water, but the Mayas did not understand a single word. They only saw the parchment, saw the quill, saw the inkwell. And they laughed again.

A Maya warrior in the front row, a man of about forty with scars on his chest, stepped forward and pointed to the river that disappeared inland. He spoke in Maya, addressing Tabscoob, but loud enough for Aguilar to hear:

—Chief, those men do not stop. If they keep rowing upstream, in a few hours they will reach Potonchán. We cannot allow them to reach our city. We must stop them here, in the water, before they set foot on dry land.

Tabscoob nodded without taking his eyes off the Spaniards.

—Sign! —shouted the notary, waving the parchment—. Accept the authority of His Majesty!

The Mayas did not respond. They only beat their shields. The rhythm grew faster. Louder. The sound filled the river like a continuous thunder. The women also beat their shields, and their voices joined the cry, shrill and fierce. Cortés observed the scene. He saw the canoes, the warriors, the women with their spears. He saw the determination on their faces. He saw how the notary waved the parchment in vain.

—You heard them —he said to the notary, in a cold voice—. They have rejected the Requerimiento. The war is just.

Then, in a low voice, almost to himself: —But not here. Not in the water. And raising his voice: —Turn back! We return to the ships!

The splashing of the oars sinking into the murky water and the creaking of wood against the current accompanied the maneuver. The boats turned slowly, protecting one another, and began to retreat downstream. The Mayas did not pursue them; they stayed in their positions, watching, beating their shields and shouting cries of triumph, whose echo bounced off the thick jungle.

Back on the ships, Cortés summoned his captains to the captain's cabin. The cramped space, lit by an oil lamp that danced with the rocking, smelled of dry gunpowder, sweaty leather, and melted wax. They were all there: Pedro de Alvarado, with his reddish beard and furrowed brow; his brother Jorge, more silent, against the wall; Alonso de Ávila, the treasurer; old Juan de Escalante; and Francisco de Montejo, who kept looking at the map, tracing invisible routes on it with his fingertip. On the table, Cortés placed the parchment of the Requerimiento.

—They have rejected the Requerimiento —he said—. The war is just.

—But we cannot get through —said Montejo—. The canoes block the river. If we force our way forward, they will massacre us in the water.

—I know —replied Cortés—. That is why we are not going to row up the river. We are going to disembark.

The captains looked at each other.

—Disembark? —asked Alvarado—. Where?

—Here —said Cortés, pointing to a point on the coast, east of the mouth—. There is an open beach, between the mangroves. The Indians do not expect us to land there. It is firm ground, no swamps. We can set foot on land and advance inland. The Indians think we are trapped in the river. They do not expect an attack by land.

—But if we land there —objected Montejo—, the Indians will see us. They will attack us as soon as we set foot on the beach.

—That is why we will land at dawn —replied Cortés—. Tomorrow, before daybreak, while the Indians are resting. The boats will take us to the beach in silence. Once on land, we will form the lines and advance inland. In the open field, our horses and our armor will be decisive. The Indians have no horses. They have no steel. They have no arquebuses. On firm ground, we will defeat them.

Alvarado smiled slowly. —And when we have them in the open field, we will massacre them.

—Exactly —said Cortés.

Escalante nodded, slowly, with the experience of one who has seen many captains fail through impatience.

—We will disembark at dawn —said the old man—. But if the Indians are waiting for us on the beach, we will have to fight from the moment we step on the sand.

—That will not be necessary —replied Cortés, and in the gloom of the cabin, his eyes shone with the certainty of one who has already seen the future—. Tomorrow we will disembark, and tomorrow we will defeat them.

Alonso de Ávila, the treasurer, had remained silent throughout the discussion, listening with his cold, calculating eyes. He was a man of few words, but when he spoke, everyone listened. His hands, calloused from counting coins and handling swords, rested on the table.

—Hernán —he said, in his dry, measured voice—. I have counted the provisions. We have food for three weeks, if we ration. Water for ten days. If we stay here, waiting, we will die of hunger or thirst before the Indians attack us.

Cortés looked at him. —And what do you suggest?

Ávila leaned over the map and pointed to the coast. —Disembark. There is no other choice. If we row up the river, they massacre us in the water. If we stay, we starve. If we disembark, we have one chance. Only one. —And if they attack us on the beach? —asked Montejo. Ávila smiled, a cold smile that did not reach his eyes. —Then we fight. I would rather die with my feet on dry land than drown in a river of shit.

Cortés nodded slowly. —Ávila is right. We will disembark.

The meeting over, the captains returned to their ships, crossing their boats in the darkness that already covered the mouth. The eleven ships remained anchored, rocking in the wait, while the night closed in over the mangrove. Only the creaking of wood, the lapping of water against the hulls, and the buzzing of mosquitoes could be heard. The Indians, from the shore, kept watching. They did not move. They did not attack. They waited.


 

CHAPTER V: THE LANDING AND THE SKIRMISH ON THE BEACH

The next morning, as the sky began to lighten, Cortés gave the order. The boats were lowered into the water in silence. The soldiers, armed and ready, took their positions. The rowers sank their oars into the water carefully, avoiding splashes that might alert the Indians. —Forward! —ordered Cortés in a low voice—. We are going to disembark! The boats advanced toward the beach that Cortés had pointed out on the map. It was a strip of sand between two stretches of mangrove, barely visible from the river. The tide was low, and the beach extended further than it seemed from the ships.

The soldiers jumped into the water. The sand was firm under their feet. The armor made them heavy, but they managed to reach the shore and form a line. But the most delicate and feared maneuver was the landing of the horses. Of the thirty that had left Cuba, nine had died during the crossing. The voyage had been long, the storms had battered the ships, and the animals, hung in their leather hammocks to protect their legs, did not all survive. Twenty-one horses reached the coast of Potonchán. But twenty-one were more than enough. —The horses! —shouted the captain of the nau. The maneuver was slow and dangerous. The horses were hoisted one by one with pulleys and ropes. They hung them from the yards, lowered them to the launches waiting below. Some reared. They neighed, kicked in the air, eyes rolling. One horse broke free from the girth and fell into the sea with a dull thud. They pulled him out with oars, snorting and covered in foam. Another, upon touching the launch, got frightened and jumped into the water. The soldiers held him by the reins as he swam toward the shore, dragging the launch behind. Alvarado, already on horseback on the beach, watched how the animals touched land. One by one. He counted twenty-one. He nodded.

On the beach, the Mayas watched the spectacle with bewilderment. They did not understand what those white men were lowering. But when the first horse touched firm ground, when the hooves sank into the sand, when the animal shook its head and neighed, the Mayas stepped back. They had never seen a horse. They did not know that an animal could be so big. They did not know that an animal could carry a man on top. For them, the man and the beast were a single creature. A monster. The riders mounted. Twenty-one horses lined up on the beach. Manes in the wind, eyes rolling, hooves marking the sand. The soldiers raised their swords. The sunlight reflected off the steel. The Mayas, who until then had been shouting and beating their shields, fell silent. One of them knelt.

—Sir —said Aguilar—, they think you are gods.

—Let them think so —replied Cortés—. It is better that they fear us than that they hate us.

—Sometimes it is the same —said Aguilar in a low voice. Cortés did not hear him. Or did not want to.

The Mayas regrouped. The fear of the horses did not last long. They were warriors. They knew death. Tabscoob, at the front, harangued his men. They formed up, with their spears forward. Their weapons were of stone and wood: obsidian clubs, flint swords, spears with flint tips. They had seen the steel of the knives the Spaniards had given them, but they did not know that steel could be a sword. —Fire! —ordered Cortés. From the ships, the gunners lit their matches. The cannons were small, of wrought iron, mounted on wooden carriages. They fired stone balls the size of a fist. The first shot sounded like thunder. The ball sliced through the air and fell among the Mayas, throwing up a spray of sand and blood. The Mayas did not know what a cannon was. They did not know that that noise could kill. They stood paralyzed for an instant, looking at the smoking hole in the ground. Tabscoob, who had never seen a cannon, felt the tremor in his chest. He heard the whistle of the ball. He saw his warriors fall. But he did not flee. He raised his spear and shouted: —Do not flee! They are men like us! The second cannon fired. The third. The fourth. The balls did not hit many, but the roar was terrifying. The horses reared. The soldiers covered their ears with their hands. The Mayas, who had nothing to cover themselves with, felt the thunder in their bones. Some fled. Tabscoob harangued them, but it was too late. The fear of the thunder was stronger than the fear of death.

Cortés gave the order to advance. The horses charged first. Twenty-one beasts of war, with riders of iron, hurled themselves against the Maya line. Alvarado was at the front, his black horse opening the breach. The Mayas raised their spears. The obsidian tips crashed against the steel armor and shattered. The wooden spears broke against the horses' breastplates. The stone clubs struck the helmets and only rang out. The flint swords, sharp as knives, could not cut the metal. The Mayas were not prepared for that. Their weapons, which had killed other Mayas for centuries, were useless against those men of iron. Their spears did not reach the flesh. Their arrows bounced off the breastplates. Their wooden shields splintered like dry branches. The Spaniards, on the other hand, charged with steel swords forged in Toledo. The blades were long, straight, with a cutting edge. Each blow of the sword opened a gash. Each thrust pierced a chest. The horses' hooves crushed bodies. The riders cut off heads. The blood stained the sand and the sea foam.

Alvarado, on his black horse, cut through the Mayas like a blade through fruit. His sword rose and fell without rest. He did not look at whom he wounded. He only reaped. The black horse, trained for war, bit and kicked. Its hooves crushed skulls. Its teeth tore arms. Aguilar did not participate. Cortés had left him behind, in the rear, with the arquebusiers. —I cannot lose my interpreter in the first fight —he had told him. Aguilar stayed on the sand, watching the horses knock down the men. How the Mayas fell and did not get up. How Spanish steel cut through wood and flesh. He saw Alvarado, on his black horse, opening a furrow of death. He saw how the blond man smiled as he cut.

The Mayas retreated into the jungle. Not all. Many died that day. Tabscoob, the chief, was one of the last to retreat. He was dragging a wounded warrior. Before disappearing among the trees, he turned. He looked at Cortés. He looked at Alvarado. He looked at the horses. Then he left. Others fled, dragging the wounded. Those who could, vanished into the trees. The beach was strewn with bodies: some still moved, others lay motionless, and the red-tinged water licked the sand with each wave. Cortés ordered a halt. The horses were exhausted. Alvarado's black horse trembled, covered in foam and blood. It was not its blood. It was the Mayas'.

—How many dead? —asked Cortés, without taking his eyes off the battlefield.

—We have carried out a massacre, sir —replied a captain, wiping the sweat and blood splattered on his face—. We have counted more than two hundred bodies on the beach and in the water. Perhaps they number close to three hundred. The Mayas fought fiercely, but our weapons and the horses have wreaked havoc. Of our men, we have lost six: three arquebusiers hit by arrows in the throat, two soldiers who fell into the water and drowned under the weight of their armor, and one more who received a spear thrust in the eye. There are about twenty wounded, most minor, although some are serious.

Cortés nodded slowly. He looked at the beach. The Maya bodies floated in the water, rocked by the tide. Broken spears stuck out of the sand like dead branches. The smell of blood and gunpowder mixed with the salt and the stench of the mangrove. He saw a Maya clutching his broken shield, eyes open staring at the sky. He saw another, a boy of barely seventeen, his face buried in the wet sand and a hand still gripping his obsidian spear. —Good —said Cortés after a long silence—. Have the seriously wounded transferred to the ships. The slightly wounded, let them be treated here. We will camp on the beach tonight.


CHAPTER VI: THE OPEN FIELD BATTLE IN THE PLAINS OF POTONCHÁN

While the Spaniards camped on the beach, Cortés sent scouts inland. They returned after an hour, panting and with their eyes bright with excitement. —Sir —said the sergeant, pointing west—. There is a city. About three leagues from here. It is large. It has stone houses and a pyramid. And it is full of people. Cortés mounted his horse and rode ahead a few hundred paces, to a rise from where he could see the horizon. There, among the mist rising from the jungle, he made out the first structures: palm roofs, lime walls, and in the center, a pyramidal structure that rose above the trees. Potonchán. Cortés smiled. —It is not a simple village —he said, turning to Ávila, who had accompanied him—. It is the capital of a lordship. And now it is ours. He lowered his gaze to the plain that stretched between them and the city. It was open ground, perfect for cavalry. —There —he said, pointing to the plain—. There we will wait for them. Tomorrow, at dawn, we will charge.

Aguilar was in the rear, with the servants and the wounded. He watched the jungle rising before them, a green wall hiding who knows what dangers. —Sir —said Aguilar—, how do we know the Indians have not seen us? —We will know soon —replied Cortés. The Spaniards spent the night on the plain, camped next to the jungle, with the horses saddled and weapons ready. They did not light fires. They did not speak loudly. They waited for dawn.

But the Mayas had not remained idle either. After the defeat on the beach, Tabscoob had retreated toward Potonchán with the survivors. His face, painted red, was tense. He did not show fear, but his eyes moved quickly, counting, evaluating. Too many young men. Too many boys who had not yet seen death up close. In the jungle clearing, a few leagues from the beach, the Maya warriors prepared. There were no grand harangues or solemn speeches. Only the sound of spears being sharpened, the creaking of bowstrings, the murmuring of men who knew that many of them would not see the setting sun. Tabscoob walked among them. An old warrior approached. —Chief, the white men have landed. They are a day's journey from here. They are coming toward us. —I know —replied Tabscoob—. I have seen them from the hill. —And what will we do? Tabscoob stopped. He looked at the old man. Then he looked at the warriors surrounding them, waiting for his words. —We will fight —he said—. We have no other way.

A young warrior, his face still without scars, stepped forward. His hands trembled. —Chief... I have heard that their beasts are monsters. That their weapons kill with thunder. How can we fight against that? Tabscoob looked at him. He saw the fear in his eyes. He saw the same question everyone was asking. —Are you afraid? —he asked. The young man lowered his gaze. —Yes, chief. Tabscoob nodded slowly. Then he raised his voice so that all could hear. —I am also afraid. Anyone who says otherwise lies. But fear will not save us. Flight will not save us. Do you know what will save us? The young man raised his gaze. —What, chief? —To fight. To fight until there is no air left in our lungs. Because if we do not fight, we will have nothing. Neither land, nor home, nor free children. We will be like dogs begging at the doors of strangers. The young man swallowed. Then he nodded. —I will fight, chief. Tabscoob placed a hand on his shoulder. —I know. You are young, but you are strong. And tomorrow, when you see the white men, do not think of their beasts. Think of your mother. Think of your little brother. Think of the house where you were born. And then you will know why you fight. The young man nodded again. Tabscoob walked away, continuing his rounds.

A woman, Xochitl, approached him. Her face was painted black, and in her hand she held a short spear. —Chief —she said—. The women are ready. We will fight by your side. Tabscoob looked at her. He had seen Xochitl in battle before. He knew she was fiercer than many of his warriors. —I know —he replied—. And I am glad. —Do you think we will win? Tabscoob fell silent. The question was the same one everyone was asking, but no one dared to voice it aloud. —I do not know —he replied at last—. But it does not matter. Win or die. There is no other choice. Xochitl looked into his eyes. Then she nodded, without saying anything more, and walked away toward the group of women waiting for her. Tabscoob was left alone. For a moment, his face relaxed. Weariness showed in his eyes. He closed his eyelids for an instant, and in the darkness of his mind, he saw his little daughter, the one who had died of fever two years earlier. He saw her face, her smile. And he knew he would fight for her, for her memory, for the world she would never get to see. He opened his eyes. He took up his spear. And he headed to the front of his warriors, where the sun was beginning to peek through the trees. —Prepare yourselves! —he shouted—. They are coming. And we will wait for them.

At dawn the next day, the battle began. The sun rose over the jungle, and its first rays burned the mist rising from the ground, as if the light itself wanted to erase the traces of the night. The Spaniards advanced in formation. The twenty-one horses at the front, the infantry behind, the arquebusiers on the flanks. —Cavalry! —shouted Cortés—. Charge! The twenty-one horses galloped forward. The ground trembled. The horses' hooves pounded the earth like a hammer. The riders raised their swords, which gleamed in the sun. Alvarado was at the front. His black horse looked like a shadow on the grass. The sunlight, reflecting off his armor, turned him into a dazzling figure. —Santiago! —he shouted—. Santiago! The Mayas saw the riders charging. They saw the horses, huge beasts they had never seen before, with men of steel mounted on top. For them, they were not two creatures. They were one. A monster. Some warriors fled. Others stood their ground, raising their spears. The obsidian tips crashed against the armor and shattered. The stone clubs struck the horses' breastplates and only rang out. The women also resisted. A woman of about forty, her face painted black, stood in front of Alvarado's horse and threw her spear. The obsidian tip struck the rider's breastplate and broke. Alvarado, without flinching, plunged his sword into the woman's chest. She fell to the ground without a cry. Another woman, younger, ran toward the horse and drove her knife into the animal's leg. The horse neighed in pain and reared, throwing the rider. The soldier fell to the ground, dazed. The woman threw herself on him with her knife raised. But a second rider reached her with his lance, piercing her side. The woman fell next to the soldier, her blood mingling with that of her enemy.

The horses crushed bodies. The riders cut off heads. The blood stained the grass. Alvarado, on his black horse, cut through the Mayas like a scythe through wheat. His sword rose and fell without rest. He did not look at whom he wounded. He only reaped. The black horse, trained for war, bit and kicked. Among the Mayas, panic began to spread. A middle-aged warrior, who bore the scars of previous battles on his chest, saw how the black horse knocked down three of his companions in a single charge. He felt his legs tremble. But he forced himself to stand firm. —Do not run! —he shouted to the young men around him—. If you run, they will catch you! Stand firm! Raise your spears! The young men looked at him. Some obeyed. Others ran.

A young Maya, barely eighteen years old, knelt and raised his hands. He shouted something in his language. Aguilar, from the rear, heard the word: —Enough! Alvarado did not understand. Or did not want to. He reined in the black horse, which stopped short, snorting. The Maya still had his hands raised, pleading. Alvarado looked at him for an instant. His gaze, clear and cold, showed no mercy. Then he drove his sword into his throat. The boy fell to his knees. The blood gushed between his fingers as he brought his hands to his neck. Alvarado did not wait for him to fall. He turned the black horse and continued charging. Later, Aguilar would see Alvarado behead a wounded Maya lying on the ground. He would see how he laughed as he did it. He would see how his black horse trampled the bodies without flinching.

Aguilar felt the vomit in his throat. He forced himself to swallow. But this time, the nausea did not go away. It stayed there, at the bottom of his stomach, like a caged animal. He looked at his own hands, the same ones that had translated the words of peace to the Mayas, the same ones that had pointed to the parchment of the Requerimiento. Now they were stained, not with blood, but with complicity. He had not wielded a sword, but he had been the voice that allowed those swords to be drawn. He had translated the Requerimiento. He had said "peace" while the cannons were being loaded. And now he saw Alvarado laughing as he beheaded a wounded man.

—My God —he murmured, in a broken voice—. Are you truly on our side? How can God be on the side of this? He closed his eyes for an instant. In the darkness of his eyelids, he saw the face of the pleading youth. He saw his raised hands. He saw Alvarado's sword sink into his throat. And he knew he could not erase that image, that he would carry it with him every day of his life, even if he lived a hundred years. He opened his eyes. The battle continued. The horses kept charging. The Mayas kept falling. And Aguilar knew that, even if he survived that day, something inside him had died forever.

While the cavalry charged, the infantry advanced. The foot soldiers, with their steel swords, faced the Mayas who managed to dodge the horses. The arquebusiers fired. The smoke of gunpowder rose in white clouds. The Mayas, who had never heard an arquebus, fell to the ground, terrified by the thunder. The crossbowmen loosed their bolts. The steel arrows pierced the wooden shields. The Mayas screamed in pain. But they did not flee. They fought. A Maya warrior, his chest opened by a sword, kept fighting until he fell. Another, with an arrow lodged in his shoulder, tore out the bolt and kept advancing. A woman, with a shattered leg, crawled toward a Spanish soldier and stabbed him in the calf before dying.

Among the Mayas, an old warrior stood firm. He had seen his companions fall. He had seen the young flee. But he remained standing, his spear raised. —Do not flee! —he shouted—. I have seen worse things! I have seen our grandfathers fight against the Toltecs! And they won! We can win! His voice was hoarse, but it had authority. Some warriors who had begun to retreat stopped. They looked at the old man. They looked at the Spaniards. Some returned to their positions. But it was not enough.

Cortés watched from his horse. He saw his men massacre the Mayas. He saw the bodies fall. He saw the blood stain the grass. He saw the women, fallen among the men, their spears still in their hands. —They are brave —he repeated. Then he gave another order: —Cannons! From the ships, anchored at the mouth of the river, the gunners lit their matches. The cannons fired. The stone balls sliced through the air and fell among the Mayas, throwing up sprays of earth and blood. The Mayas did not know what a cannon was. They did not know that that noise could kill. They stood paralyzed for an instant, looking at the smoking holes in the ground. Tabscoob, who had never seen a cannon, felt the tremor in his chest. He heard the whistle of the balls. He saw his warriors and his women fall. A cannonball landed near him, throwing up earth and blood. Several warriors fell. A woman, who was at his side, was hit by the shrapnel and fell dead. But he did not flee. He raised his spear and shouted: —Do not flee! They are men like us!

The Mayas resisted, but fear took hold of them. The horses trampled them, the armor defied their spears, the arrows whistled in vain, the noise of the arquebus gunpowder deafened them, and the cannons, from afar, sent their shells into the fight, tearing them apart without them even knowing where the blow came from. They fought against things they did not understand. The horses kept charging. Alvarado, on his black horse, opened a furrow of death. His sword rose and fell. The Mayas fell in his path. The women fell too, their broken spears beside them.

A young warrior, the same one who had spoken with Tabscoob the night before, felt something break inside him. He saw the old man who had harangued them fall. He saw a horse step on his chest. He heard the crunch of bones. Then he saw Xochitl. The warrior woman was surrounded by three Spanish soldiers. Her face, painted black, was covered in blood and mud. Her spear was broken, but she still held a flint knife in her right hand. She had killed two soldiers. The third, his sword raised, lunged at her. Xochitl did not flee. She did not scream. She lunged forward, her knife raised, and drove it into the soldier's throat before the sword could reach her. The soldier fell, but the sword, in its fall, opened a deep gash in Xochitl's side. The warrior woman fell to her knees. The blood gushed from her wound and soaked the grass. The young warrior ran to her. He grabbed her by the shoulders, trying to lift her. —Xochitl —he said, in a broken voice—. Get up. Come on. We can flee. Xochitl raised her gaze. Her eyes, bright with pain and rage, fixed on the approaching soldiers. —Flee —she said, in a barely audible voice—. I will stay. —No. I will not leave you. —Flee! —she shouted, pushing him with the little strength she had left—. Tell our story. Do not let them forget us. The young man hesitated for an instant. Then, with tears in his eyes, he released Xochitl and ran toward the jungle. Xochitl stood up, staggering. The blood gushed from her wound and stained her chest. She picked up a fallen knife from the ground and stood facing the approaching soldiers. She said nothing. She only looked at them, with her eyes of hatred and fire, and raised the knife. The soldiers hesitated for an instant. Then, one of them, a young man with a face covered in dust and blood, advanced toward her. Xochitl raised the knife. But before she could attack, the soldier ran her through with his sword. The warrior woman fell to her knees, then backward, her eyes open staring at the sky. The young Maya, from the edge of the jungle, saw Xochitl fall. He wanted to scream, but the sound would not leave his throat. He could only run, run toward the darkness of the trees, while the tears erased the paint from his face. —Flee! —he shouted, when he finally found his voice—. Flee! The warriors began to retreat. Not all. Some kept fighting. But most fled into the jungle. The women also fled. Some dragging their wounded. Others helping their companions. But some stayed, fighting to the end. One of them, the one who had thrown the spear at Alvarado's horse, was surrounded by three soldiers. She fought with her knife until they brought her down. She fell without a cry, her eyes open.

Tabscoob, wounded and covered in blood, saw his army crumble. He saw his warriors fall, his women die, the young flee. He gave the order to retreat. The Mayas who could escape fled into the jungle. Those who could not lay stretched out on the grass, mixed with the dead horses and broken spears. Tabscoob, before disappearing among the trees for the second and last time, looked at the plain covered in corpses. He looked at the smoke of the arquebuses. He looked at the silhouette of Alvarado on his black horse. And he knew that his world, the one he had known since childhood, no longer existed. This time, it was not hundreds dead. It was thousands.
 

 

CHAPTER VII: THE FALL OF POTONCHÁN AND THE BOOTY


The Spanish soldiers advanced toward Potonchán. The streets of compacted earth were deserted. The houses of wood and thatch, with palm roofs, remained empty. The inhabitants had fled into the forest, taking what they could. Only some elderly and sick people, too weak to escape, remained in their dwellings, watching with frightened eyes the passage of the white men. A young soldier, gripping his sword, stopped in front of a house from which a thin smoke rose. Inside, an old Maya with white hair and a wrinkled face sat by the hearth, motionless, not looking. The soldier raised his sword. —Halt! —shouted Cortés from his horse—. Do not touch those who offer no resistance. Look for provisions and weapons. But do not kill unnecessarily. The soldier lowered his sword, not without first spitting on the ground in front of the house's door.

Cortés walked through the streets of Potonchán with Aguilar at his side. The friar observed the buildings with a mixture of curiosity and unease. The houses were of wood and mud, with palm roofs carefully woven. Some had walls of interwoven reeds, covered with a layer of lime that made them shine under the sun. On the door lintels, carvings of serpents and human figures could be seen, remnants of a devotion that Aguilar could not comprehend. —It is an orderly city —said Aguilar, almost to himself—. It is not a simple village. —No —replied Cortés—. It is the capital of a lordship. And now it is ours. They reached the central plaza. It was a wide space, of compacted earth, surrounded by larger buildings. At the back, a pyramidal structure rose about fifteen meters above the ground. It had limestone stairways and, at the top, a small building with a palm roof. —That —said Cortés, pointing to the pyramid—. That will be my quarters. From the top we will dominate the city and any attack. Their gods have fallen, and from their temple we will rule. Accompanied by a dozen soldiers, Cortés climbed the stairways. At the top, the temple was small. Its interior walls were decorated with reliefs of feathered serpents and human figures with elaborate headdresses. In the center, a flat stone served as an altar, covered with dark stains and resin remains.

Cortés looked at it for an instant. He said nothing. But Aguilar, watching from behind, saw something in his eyes: it was not contempt for that pagan altar, it was not revulsion. It was a kind of recognition, as if Cortés saw in that bloodstained stone the reflection of something he also carried within. Aguilar felt a chill. He did not know if what he had seen was respect or identification, but he knew that that man was not a simple soldier of the faith.

—This is where their pagan priests made their sacrifices —said Cortés at last—. Now there will be a Christian cross and the royal standard, and the Indians will know that there is now a new God and a new king. The soldiers began to nail the cross and unfurl the standard. The banner of Castile fluttered in the breeze.

At that moment, a soldier climbed panting up the last steps and stood before Cortés. —Sir —he said—. We have found the palace of the lord of the city. They came down from the pyramid and crossed the plaza to a building larger than the rest, with a porch of carved wood. It was Tabscoob's residence. Inside, the walls were covered with rush mats and finely woven cotton cloths. On the floor lay several wicker baskets and wooden chests. —Look at this, sir —said the soldier, opening one of the chests. Inside, gold objects gleamed: small anthropomorphic figures, decorated disks with reliefs, bead necklaces, diadems. Alongside the gold pieces were piles of quetzal feathers, a deep green like that of the jungle after rain. There were also jade beads, polished and strung, and some darker green stones that the soldiers could not identify, but which the Mayas valued like gold. —This is worth a fortune —murmured a soldier. Cortés knelt beside the chest. He took one of the gold figures, weighed it in his hand, observed its details. Then he put it down and took a handful of quetzal feathers, stroking them with his fingers. —Guard it all —he ordered—. All the gold, the feathers, and the precious stones will be recorded by the notary. This now belongs to His Majesty. Nothing will be distributed without my authorization. The soldiers obeyed, although some exchanged glances of discontent. Cortés noticed it, but made no comment. —And search the rest of the city —he added—. There may be more..

 

mvf 

viernes, 3 de julio de 2026

Cozumel, 1519 - Nahuatl V


 Capítulo I: El encargo

El despacho del gobernador Diego Velázquez olía a cera, a papel viejo y a mar. Afuera, el sol caribeño abrasaba las calles de La Habana, pero dentro, la penumbra de las velas creaba un ambiente íntimo y tenso. Velázquez, hombre de rostro ancho y mirada desconfiada, observaba el exterior a través del ventanal. Sus dedos golpeteaban el marco de madera, un tic nervioso que delataba su inquietud.

Hernán Cortés esperaba en silencio. Estaba de pie, con la espalda recta, las manos entrelazadas a la espalda y sin despegar la vista de don Diego. Llevaba su mejor jubón, una capa de terciopelo oscuro y las botas relucientes. Sabía que aquella reunión era importante, aunque no sabía exactamente por qué.

Velázquez se volvió y caminó hacia la mesa. Se sentó, y señaló la silla frente a él. Cortés ocupó el asiento con parsimonia.

—Hernán —dijo el gobernador—. He tomado una decisión.

—Decídmela, don Diego.

Velázquez desplegó un mapa sobre la mesa. Señaló una línea de costa dibujada a mano, con anotaciones al margen.

—La corona nos ha concedido permiso para organizar una nueva expedición hacia el poniente. Las costas del continente. Quiero que lideres la expedición.

Cortés levantó una ceja. No esperaba aquello.

—¿Yo, don Diego? ¿No hay otros más adecuados? Hombres más jóvenes, más leales...

Velázquez sonrió con amargura. La humildad de Cortés era una máscara, y ambos lo sabían.

—Tienes experiencia, Hernán. Conoces estas tierras, conoces el mar, conoces la guerra. Los soldados te respetan. Eres el mejor para el cargo.

Cortés inclinó la cabeza, aceptando.

Velázquez se recostó en la silla y clavó los ojos en él. Su voz se volvió más grave, más medida, como quien advierte sin gritar.

—Pero hay otro asunto, Hernán. Un asunto que quiero que quede muy claro antes de que aceptes el mando.

—Decídmelo.

—Si encontráis riquezas —dijo Velázquez, pronunciando cada palabra con lentitud—, si encontráis oro, plata, joyas o cualquier cosa de valor, serán traídas a mí personalmente. Después para el rey. ¿Estamos de acuerdo?

—Perfectamente, don Diego —respondió Cortés.

—Lo digo en serio, Hernán. No quiero que quebrantes mis órdenes. Si intentas obrar por tu cuenta, no tendré más remedio que tomar cartas en el asunto.

—Haré lo que me pedís —respondió Cortés—. No os defraudaré.

Se levantaron. Velázquez extendió la mano, y Cortés la estrechó con firmeza.

—Prepara tus naves, tus hombres, tus provisiones. Cuando estés listo, zarpa. Dios te acompañe.

—Y a vos, don Diego.

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Apenas unas semanas después, el puerto de Santiago de Cuba se había convertido en un hervidero de actividad. Cortés reclutaba hombres, reunía naves, almacenaba provisiones y pólvora. Pero también hacía algo más: hablaba.

—Amigos —decía a los soldados, en las tabernas de Santiago—. Al oeste hay tierras nuevas, costas vírgenes. Habrá oro, habrá riquezas, habrá algo que merezca la pena. Y nosotros, los españoles, somos los únicos con el valor para ir a buscarlo.

No solo soldados escuchaban sus palabras. En el rincón de la taberna, junto a la puerta que daba a la calle, un grupo de mujeres seguía la conversación con los brazos cruzados y la mirada dura.

Una de ellas, de unos cuarenta años, con el pelo recogido bajo una toca y las manos callosas de tantos años de cuerda y sal, escupió al suelo cuando Cortés mencionó el oro.

—Oro —dijo, en voz baja pero lo bastante clara para que los de la mesa de al lado la oyeran—. Eso mismo decía el otro, el del año pasado. ¿Cómo se llamaba? Ponce de León. Y volvió con los huesos más flacos que cuando se fue. Y sin oro.

El soldado que tenía al lado, un joven con la camisa abierta y el pecho sudoroso, se rió.

—Doña Isabel, siempre tan amarga. Usted no ha visto lo que hay al oeste.

—Ni vos tampoco, rapaz —respondió ella, sin inmutarse—. Pero yo he visto volver a los que fueron. He visto las caras con que vuelven. Y no son caras de hombres ricos.

La mujer se levantó, cogió un jarro de la mesa y lo llenó de vino sin preguntar a quién pertenecía. Bebió un trago y devolvió el jarro con un golpe seco.

—A mí no me vengan con cuentos de imperios —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Yo he visto a mi marido embarcar en una carabela con la promesa de oro y volver en una tabla, sin piernas. El oro no entiende de sexos, pero la muerte tampoco. Y la muerte no pregunta si sois hombre o mujer. Solo llega.

El joven soldado enmudeció. No supo qué responder.

Isabel se sentó de nuevo, cruzó los brazos y clavó la mirada en Cortés, que seguía hablando en su mesa.

—Ese —dijo, señalándolo con un movimiento de barbilla—, ese no va a volver con las manos vacías. Y no porque vaya a encontrar oro, sino porque es de los que no saben volver sin haber tomado algo. Aunque sea la vida de otros.

Una mujer más joven, sentada a su lado, tocó su brazo.

—¿Y si tiene razón, doña Isabel? ¿Y si hay oro de verdad?

Isabel la miró con una mezcla de lástima y dureza.

—Si lo hay, hija, no será para nosotras. Será para ellos. Para los que tienen espada y caballo. Para los que pueden matar sin temblar. Nosotras nos quedamos aquí, esperando a que vuelvan. O a que no vuelvan.

—¿Y el gobernador? —preguntaba algún soldado, escéptico—. ¿Qué dice él?

Cortés sonreía.

—El gobernador quiere que exploremos y comerciemos. Pero nosotros, los soldados, queremos riquezas. Y las riquezas no se consiguen esperando órdenes. Se consiguen yendo a buscarlas.

Los soldados lo miraban con atención, pero sin el brillo que aún no podían tener. Cortés no les había dado motivos concretos para creer, solo promesas vagas.

Pero entonces, la puerta de la taberna se abrió y entró un hombre alto, de pelo rubio y sonrisa fácil. Llevaba colgando del cuello un collar de piedras verdes y en el cinturón una daga con empuñadura de oro.

—¡Pedro de Alvarado! —exclamó alguien.

Cortés lo reconoció al instante. Había oído hablar de él: el capitán que había vuelto antes que la flota de Grijalva, el que traía noticias frescas del continente.

—Dejadnos —dijo Cortés a los soldados—. Volveremos a hablar mañana.

Los hombres se dispersaron, aunque algunos miraron con envidia el collar de Alvarado. Alvarado se sentó frente a Cortés, pidió una jarra y bebió un largo trago antes de hablar.

—Ya sé que te han dado el mando, Hernán —dijo, secándose la boca—. Lo he oído en el puerto.

—Así es —respondió Cortés—. El gobernador quiere que explore y comercie. Nada más.

Alvarado soltó una risa corta.

—¿Eso te ha dicho?

—Sí.

—Pues te ha mentido por omisión —dijo Alvarado, inclinándose sobre la mesa—. O, al menos, no te ha contado toda la verdad.

—¿A qué te refieres?

Alvarado apoyó los brazos sobre la mesa y bajó la voz.

—Yo he estado allí, Hernán. He visto lo que hay. Salimos con cuatro naves, mi primo Grijalva al mando. Bordeamos Yucatán, pasamos por un río caudaloso que bautizamos con su apellido. Pero lo gordo vino después. Llegamos a una isla, San Juan de Ulúa, y allí nos salieron al encuentro unos indios que decían ser emisarios de un gran señor del altiplano. Un imperio, Hernán. Una ciudad de oro construida sobre un lago.

Cortés se quedó inmóvil, escuchando.

—Salieron en canoas —continuó Alvarado—, con mantas de algodón tan finas que parecían seda, plumas de quetzal, collares de piedras verdes. Y oro, Hernán. Mucho oro. Diademas, brazaletes, placas para el pecho. Piezas tan gruesas que podías sentir el peso en la mano. Y todo lo ofrecieron sin pedir nada a cambio. Solo querían conocernos.

Cortés sintió un cosquilleo en la nuca. Las palabras de Alvarado encendían algo en su interior: imperio, ciudad, oro. Todo lo que había prometido a los soldados sin saber si era verdad, resultaba ser real.

—¿Y qué hizo Grijalva?

Alvarado hizo una pausa, dejando que la pregunta flotara en el aire.

—Mi primo, el buen Grijalva, se limitó a observar, a tomar notas. Cuando le dije que debíamos fundar un asentamiento, que aquellas tierras estaban vacías de españoles, me respondió que no tenía autorización. Recogió los regalos, los metió en las bodegas de su nave, y dio la orden de regresar. Ni una cruz, ni una bandera, ni un solo hombre dejamos en tierra.

—¿Y las riquezas? —preguntó Cortés, con la voz tensa.

—Las ha guardado en las bodegas de la nave capitana. Dice que las entregará personalmente a la corona. Que no quiere que nadie toque nada hasta que el rey decida. Ni siquiera su tío, el gobernador, ha visto las piezas.

Cortés se recostó en la silla. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa. Ahora lo entendía todo. Velázquez le había hablado de exploración y comercio, pero le había ocultado lo esencial: que al otro lado del mar había un imperio con oro suficiente para hacer ricos a todos los que se atrevieran a tomarlo. Y su sobrino, Grijalva, había sido tan estúpido de dejarlo escapar.

—Entonces Grijalva tiene en sus bodegas todo ese oro —dijo, lentamente—. Y Velázquez no ha visto ni una pieza.

—Así es —confirmó Alvarado—. Y no creo que le haga gracia. Financió la expedición con su propio dinero, y su sobrino le ha escamoteado la recompensa. Por eso no te ha contado nada. Si te hubiera dicho que hay un imperio, que hay una ciudad de oro, sabía que no te habrías conformado con explorar.

Cortés guardó silencio un momento. Su mente trabajaba rápido. Si aquellos indios ofrecían oro sin pedir nada a cambio, era porque tenían mucho más. Si Grijalva había sido tan tonto de no reclamar nada, él no cometería el mismo error.

—Dime, Pedro —preguntó Cortés, con voz baja—. ¿Volverías a esas tierras?

Alvarado alzó la jarra.

—Por supuesto.

Cortés se levantó, dejó unas monedas sobre la mesa y miró a Alvarado desde arriba.

—Entonces prepárate. Vamos a hacer lo que Grijalva no supo hacer.

Alvarado no preguntó más. Sabía que Cortés, a diferencia de su primo, no se detendría ante ninguna orden.

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En otra mesa de la misma taberna, un joven soldado de bigote mal afeitado miraba su jarra vacía.

—¿Y vos creéis que hay oro de verdad? —preguntó al hombre sentado frente a él.

Bernal Díaz del Castillo se encogió de hombros y dio un trago.

—Alvarado lo dice. Y Alvarado no es mentiroso.

—Pero ¿y si nos mandan de vuelta? —insistió el muchacho—. El gobernador no quiere que fundemos nada. Solo comerciar.

Bernal soltó una risa áspera.

—Mira, rapaz. El capitán Cortés no lleva en su expedición cañones para comerciar. Ni ha embarcado caballos para hacer trueques con mantas. ¿Entiendes lo que te digo?

El muchacho asintió lentamente.

—Así que guarda silencio y afila tu espada. Y cuando veas a los indios, no les preguntes cuánto valen sus collares. Cógelos. Que después ya habrá tiempo para regatear.

El muchacho se quedó callado, mirando el fondo de su jarra. No sabía si lo que sentía era miedo o emoción. Quizá las dos cosas.

Afuera, en el puerto, las once naves esperaban con las velas recogidas, como bestias dormidas que pronto despertarían.

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Los rumores, como un reguero de pólvora, llegaron hasta La Habana.

—Gobernador —dijo el secretario, entrando en el despacho con el rostro pálido—. Hay noticias.

—¿De qué clase?

—Los soldados hablan. Dicen que Cortés les promete tierras y riquezas. Que les habla de un imperio al oeste, de una ciudad de oro. Que está reuniendo cañones, no baratijas. He oído que ha embarcado diez cañones de bronce y cuatro falconetes, y que lleva treinta y dos caballos.

Velázquez se levantó de un salto. Su rostro se enrojeció de ira.

—¡Ese traidor! —gritó—. ¡Le di unas órdenes claras y las está desobedeciendo!

Caminó de un lado a otro, golpeando las paredes con el puño. Sus dedos se cerraron sobre un pergamino, y lo arrojó contra la pared.

—Después de todo —murmuró—. Después de todo lo que le di, de todo lo que hice por él... Conozco su lengua viperina desde que pisó estas islas, y aun así confié en él. ¿Así me paga?

—¿Qué hacemos, don Diego? —preguntó el secretario.

Velázquez se detuvo. Su respiración era entrecortada, sus ojos inyectados en sangre.

—Enviad una orden de destitución —dijo, con voz ronca—. Que releven a Cortés del mando. Que lo detengan. Ahora.

El secretario asintió y salió corriendo. Velázquez se quedó solo, mirando el mar a través de la ventana.

—Te advertí, Hernán —susurró—. Te advertí que no desobedecieras. Y lo has hecho. Te enteraste del oro, y ahora crees que puedes quedártelo todo. Pero no será así. No mientras yo sea gobernador.

Pero el mensajero llegó demasiado tarde.

Cortés ya lo sabía. Tenía espías en la corte del gobernador, amigos en los muelles, hombres que le avisaban de cada movimiento de Velázquez. Cuando la orden de destitución estaba siendo escrita, Cortés ya había dado la orden de zarpar.

—¡Levad anclas! —gritó desde la popa, de su nave la Santa María de la Concepción—. ¡Rumbo al oeste!

Los marineros obedecieron. Once naves, quinientos soldados, caballos, cañones y una voluntad de hierro se hicieron a la mar. La costa de Cuba se desvaneció en la distancia, y con ella, la autoridad de Velázquez.

Cortés miraba el horizonte. No pensaba en el descubrimiento de nuevas tierras, ni en la gloria. Pensaba en lo que Alvarado le había contado: los regalos de oro, los emisarios, la ciudad del lago. Pensaba en las riquezas que había esperado toda su vida y que harían olvidar en España su origen de hidalgo pobre.

—¿Y si nos persiguen? —preguntó su segundo, Diego de Ordaz.

Cortés se volvió hacia él. Sus ojos no brillaban con fuego épico, sino con la fría determinación de quien sabe que ha cruzado una línea y que no hay vuelta atrás.

—Que nos persigan —respondió—. Adonde vamos seremos nosotros quienes decidamos qué hacemos. Y lo que haremos es simple: tomar todo lo que podamos para regresar a España.

Ordaz asintió, sin necesidad de más explicaciones. Ambos sabían que aquella expedición no era para explorar, sino para saquear. Y ambos estaban dispuestos a hacerlo.

Velázquez, al recibir la noticia de que las naves habían zarpado, arrojó el pergamino contra la pared y gritó el nombre de Cortés al vacío. Pero ya era tarde. El lobo había escapado, y el gobernador supo, en ese instante, que había cometido un error: no por haberle dado el mando, sino por no haberle dicho la verdad desde el principio. Porque si Cortés hubiera sabido lo del oro desde el primer día, podría haber llegado a algún acuerdo con él. Ahora, el oro y el poder serían para un hombre que no pensaba compartirlos con nadie.

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Capítulo II: Cozumel y los presagios

Desde la popa de la capitana, la Santa María, Hernán Cortés se mantenía erguido, con las piernas abiertas para contrarrestar el balanceo del casco. El viento salobre le azotaba el rostro, enredándose en su barba oscura y arrancándole el aliento en cada ráfaga. Su mirada barría el horizonte una y otra vez. Los dedos de su mano derecha tamborileaban sobre el pasamano de madera, un gesto nervioso que solo él sabía que existía. Llevaba semanas preparando aquella expedición, y esperaba regresar cargado de oro.

A su alrededor, la cubierta era un hervidero de actividad. Los marineros trepaban por las jarcias, sus pies descalzos aferrados a los cabos de cáñamo, mientras las velas de lona se hinchaban con el viento. El sol de la mañana se filtraba a través de los obenques, dibujando sombras alargadas sobre los tablones, donde los soldados afilaban espadas y revisaban sus arcabuces con dedos callosos. Los ballesteros tensaban cuerdas, probando la elasticidad de sus armas, y el olor a brea, a sudor y a hierro se mezclaba con el aire marino.

—Capitán —dijo Pedro de Alvarado, acercándose a la popa con su andar arrogante y jugando con el puñal que siempre llevaba en el cinto—. Los vigías divisan tierra.

Cortés no respondió de inmediato. Se limitó a asentir, mientras sus dedos dejaban de tamborilear y se aferraban al pasamano. Aspiró hondo, llenando sus pulmones de aquel aire que olía a sal, a algas y a promesa.

Cozumel emergió de la bruma como una hoja de obsidiana rota. Cortés sintió que el viento cambiaba de olor: ya no era sal y algas, sino tierra húmeda, verde y agua dulce.

Cuando las chalupas tocaron la arena blanca, los soldados saltaron al agua tibia con los arcabuces en alto, protegiendo las mechas de la humedad. Pero Cortés los detuvo con un gesto. Bajó el primero, descalzo, con las manos vacías.

Al borde de la selva, una hilera de guerreros mayas los observaba en silencio. No llevaban los arcos tensos, sino bajos, en señal de espera. El que mandaba era un hombre macizo, con el pecho surcado por cicatrices viejas y un collar de dientes de jaguar. A su lado, una mujer de mirada afilada sostenía una lanza corta. No era una acompañante; era una comandante.

Cortés ordenó a los intérpretes que dejaran los objetos de trueque en la arena: cuchillos de hierro, tijeras, cuentas de vidrio. Luego dio dos pasos atrás.

El guerrero de las cicatrices avanzó, y la mujer lo siguió como su sombra. El maya cogió un cuchillo, lo sopesó, lo acercó a su rostro y exhaló sobre el acero. No mostró asombro. Mostró cálculo. La mujer, en cambio, no miró los cuchillos; miró a Alvarado. Lo estudió como se estudia a un adversario. Alvarado desenvainó su espada y se la ofreció para que la tocara. Ella rozó el filo con la yema del pulgar y, al ver la gota de sangre, sonrió. No era una sonrisa amistosa. Era la sonrisa de quien ha encontrado un buen metal para forjar puntas de flecha.

Cortés vio aquella sonrisa y supo que aquellos indios no eran salvajes asustados. Eran estrategas.


La bahía de Cozumel se extendía, mansa y brillante, bajo el sol de la mañana. Las once naves descansaban ancladas frente a la costa, con las velas recogidas y los remos sujetos a las bordas. Desde la playa, el oeste era solo una línea difusa en el horizonte: allí, más allá del canal, se adivinaba la masa verde del continente. La isla era un punto en el mar, un lugar de paso, pero Cortés intuía que las respuestas definitivas que buscaba no estaban en sus playas, sino al otro lado del agua.

Entre los primeros desembarcos, un grupo de mujeres —españolas y nativas de estas tierras recién descubiertas— saltaron a la orilla con cántaros de barro, hatillos de ropa y sacos de harina de maíz. Eran las soldaderas: cocineras, lavanderas, enfermeras, y empuñaban armas si era necesario. Mujeres que seguían a sus hombres, o que no eran de nadie y cuyo único oficio era acompañar la expedición. Entre ellas había algunas que ya tenían fama entre los soldados antes de pisar tierra firme.

Una de esas era Clarisa de Jerez. Se plantó en la orilla con una ballesta al hombro. Era una mujer de unos treinta años, curtida por el sol y el viento, con el cabello recogido en una trenza apretada y una cicatriz que le cruzaba el antebrazo. Se la veía tensar la cuerda de la ballesta con la misma naturalidad con que otras mujeres amasaban la masa.

—¡Aquí no hay tiempo para rezos, soldados! —gritó con voz ronca—. Bajad los barriles de agua antes de que el sol nos tueste los sesos.

—Clarisa, deja el arma y ayuda con las mantas —le dijo un soldado.

Ella le lanzó una mirada de fuego.

—Te he visto llorar por una mordedura de mosquito, Pedro. Yo he matado a dos indios en la isla de las mujeres, cuando exploramos la costa. Cuando quieras, comparamos cicatrices.

Pedro calló y se alejó. Clarisa escupió en la arena y siguió tensando su ballesta, vigilando la línea de árboles. Nadie discutía a esa mujer. Sabían que, si la batalla llegaba, ella estaría en primera fila, como lo había estado en todas las escaramuzas desde que embarcaron en Cuba.

Mientras los soldados organizaban el campamento, los pescadores de la costa —distintos a los guerreros que habían recibido a Cortés en el desembarco— comenzaron a acercarse. Eran isleños, acostumbrados al comercio con el continente, y no mostraban la misma cautela que los hombres del interior. Primero llegaron unos cuantos, que dejaron sus arcos junto a los troncos, al pie de la playa, para que los españoles les permitiesen moverse sin recelo. Observaban los caballos con asombro y los arcabuces con desconfianza. Luego se acercaron las mujeres, ofreciendo frutas y pescado a cambio de cuentas de vidrio y cascabeles. Y al final, los niños, curiosos y risueños, se asomaban detrás de los árboles.

Durante los tres días que siguieron al primer trueque, el intercambio se hizo rutina. Un soldado llamado Rodrigo cambió un espejo pequeño por una cesta de miel. El maya que se la entregó, un hombre de cara ancha y pelo negro, dio varias vueltas al espejo, miró su propio rostro y soltó una risa que hizo volverse a varios soldados. A cambio, el soldado mojó un dedo en la miel y lo probó, y asintió con satisfacción.

Al tercer día, cuando el trueque ya era costumbre, un maya alto y delgado, de rostro anguloso y pintura negra en los pómulos, cruzó el campamento sin mirar a nadie. Caminaba con la seguridad de quien conoce el terreno y no teme a las bestias. Se dirigió directamente a la tienda de Cortés y, sin pedir permiso, levantó la lona. El intérprete —un indio caribeño que los españoles habían traído desde Cuba y que chapurreaba algunas palabras de maya— se levantó de inmediato. El maya, sin inmutarse, entró y se plantó frente al capitán. Un soldado de guardia lo apartó de un empujón; el maya dio dos pasos atrás, alzó las manos y pronunció unas palabras rápidas, con un tono que no era de disculpa, sino de advertencia. El soldado no entendió y le puso el arcabuz en el pecho. Cortés, que vio la escena, alzó la mano, ordenó que se calmaran y lo observó con atención. El indio no llevaba armas: solo una capa de algodón grueso y un collar de caracolas. Se detuvo frente al capitán, lo miró a los ojos y habló en maya. El intérprete tradujo:

—Dice, capitán, que no vayáis a Chactemal. Que si vais, no volveréis.

Luego, sin añadir una palabra más, el maya se dio la vuelta y desapareció entre la maleza. Cortés se quedó mirando el lugar por donde había salido, con el ceño fruncido y los dedos tamborileando sobre la mesa. No supo qué hacer con aquella advertencia, pero la guardó en un rincón de su memoria, como se guarda una espina que no termina de clavarse.


El sol de Yucatán era una lámina de hierro candente sobre la nuca de Jerónimo de Aguilar. Llevaba ocho años sintiendo ese peso. Ocho cosechas de maíz, ocho sequías, ocho veces que la lluvia llegaba tarde y el cacique le golpeaba las costillas con un palo para que trabajara más rápido. Sus manos, antaño hábiles para la pluma y el rosario, ahora eran solo callos y grietas llenas de tierra.

Arrancaba malas hierbas de la milpa cuando oyó voces extrañas. No eran mayas. Eran más guturales, más rápidas, y llevaban un acento que le arañó la memoria. Levantó la cabeza, entornando los ojos contra la claridad, y vio a tres indígenas con collares de cuentas de vidrio que no eran de la región. Portaban pequeñas campanillas de bronce que tintineaban al andar.

El corazón de Aguilar dio un vuelco. Cuentas de vidrio. Bronce. Hierro. Esos objetos que llevaban no eran mayas.

—¡Aguilar! —la voz del cacique cortó el aire como un machete—. ¡Ven aquí, perro!

Dejó la azada y caminó con la cabeza gacha, los hombros encorvados, la postura de ocho años de sumisión. Al llegar a la choza del señor, vio sobre una piedra plana un objeto que le hizo contener la respiración: un pliego de papel doblado, sellado con cera roja.

El cacique se lo arrojó a los pies.

—Estos hombres dicen que vienen de la isla del este. Que hay otros barbados como tú. Que pagan por tu libertad.

Aguilar recogió el pliego con manos que empezaban a temblar. La cera tenía grabada una cruz y una letra "C" entrelazada. Rompió el sello con los dientes, porque sus dedos ya no le obedecían, y desplegó el papel. Las palabras bailaron ante sus ojos.

*Hermano en Cristo...*

Las letras eran firmes, seguras, de un hombre que sabía lo que quería. Aguilar las leyó en voz baja, y su voz se quebró en la segunda línea. Las lágrimas caían sobre el papel y emborronaban la tinta, pero él no podía detenerlas. Olía el papel, aquel olor a lino y a cola que había creído olvidado. Olía a España.

—¿Qué dice? —insistió el cacique, con desconfianza.

Aguilar levantó la vista. Sabía que su vida dependía de lo que dijera a continuación. Si mostraba demasiado entusiasmo, su amo se negaría por orgullo. Si mostraba indiferencia, quizá lo retuviera por utilidad. Había aprendido a leer los ojos de los mayas como se lee un mapa de tormentas.

—Dice, señor —respondió en maya perfecto, con la voz medida—, que esos hombres ofrecen estas mercancías por mí. Pero yo soy vuestro. Si queréis que me quede, me quedo. Si queréis que me vaya, me voy.

El cacique lo observó en silencio. Aguilar sabía que aquel hombre no era tonto. Sabía que el hierro valía más que cualquier esclavo. Pero también sabía que el orgullo del cacique era frágil como la obsidiana.

—¿Y qué más ofrecen? —preguntó el cacique, señalando a los mensajeros.

Los mensajeros depositaron el resto del trueque: dos hachas de hierro, un espejo de metal pulido y tres tijeras. El cacique cogió una hacha, la sopesó, y cortó una rama de un solo tajo. La madera cayó al suelo con un golpe seco. Sus ojos se iluminaron con codicia.

—Tres hachas más —dijo el cacique, sin mirar a Aguilar—, y es tuyo.

Los mensajeros se consultaron en voz baja. Finalmente, asintieron.

—Trato hecho —dijo uno de ellos.

Aguilar sintió que las piernas se le aflojaban. Pero no dio muestras de alivio. Se limitó a inclinar la cabeza y, cuando el cacique le hizo un gesto de despedida, se retiró a la choza que había sido su hogar durante ocho años. No tenía nada que recoger. Solo una manta deshilachada y el remo que llevaba siempre al hombro.

Mientras caminaba hacia la canoa, una mujer maya de cabello gris escupió a sus pies.

—Te vas con los extranjeros —dijo, con desprecio—. Los que hablan con la boca llena de truenos. Los que no saben sembrar. ¿Crees que ellos te querrán? Tienes la piel más oscura que la de ellos. Tienes la lengua más torcida. No eres de ellos. Ya no eres de nadie.

Aguilar no respondió. Pero al mirar su reflejo en el agua del pozo, sintió un escalofrío. La mujer tenía razón. Su rostro, tostado por el sol, estaba surcado por arrugas que no tenían nada de español. Su pelo, cortado al estilo maya, le caía sobre los hombros como una melena de animal. Llevaba el puyut y la manta. ¿Reconocerían los soldados de Cortés a un español disfrazado de indio?

Subió a la canoa. Los seis remeros empujaron la embarcación mar adentro. El viento soplaba en contra, y el mar se encrespó con olas traicioneras. Aguilar, sentado en la popa, apretaba el remo contra el pecho y no dejaba de mirar el horizonte. Al cabo de unas horas, el cielo se oscureció y una tormenta los azotó. El agua entraba en la canoa, y los remeros gritaban en maya, maldiciendo a los dioses del mar.

—¡Más rápido! —gritó Aguilar, con la voz ronca—. ¡Si volcamos, morimos todos!

Pero la corriente los desvió, y cuando la tormenta amainó, la canoa no se dirigía al puerto principal de Cozumel, sino a una playa desierta, bordeada de manglares. Aguilar saltó al agua tibia y echó a correr hacia la línea de árboles.

Entonces los vio. Un grupo de hombres, con armaduras oxidadas, que caminaban por la orilla con arcabuces en ristre. Eran españoles. Aguilar quiso gritar, pero su garganta se cerró. Ocho años sin hablar su lengua, y ahora las palabras se le atascaban como espinas.

El que parecía mandar el grupo, un hombre de rostro curtido llamado Andrés de Tapia, levantó la mano y ordenó alto.

—¡Quietos! ¿Quiénes sois?

Aguilar dio un paso adelante. Su cuerpo, acostumbrado a la sumisión, quiso encorvarse. Pero algo en su interior se rebeló. Enderezó la espalda, alzó la barbilla, y habló:

—¿Sois cristianos que me entiendan?

Los soldados se miraron entre sí, incrédulos. Tapia se acercó con cautela y examinó al hombre: la manta, el puyut, la piel quemada, el pelo indígena. Pero los ojos... los ojos tenían una luz distinta.

—Yo soy Jerónimo de Aguilar —dijo el hombre, y su voz ya no temblaba—. Naufragué en estas costas hace ocho años. He sido esclavo. He vivido entre ellos. Pero soy cristiano, fraile de Écija y soy español. Llevadme ante Cortés.

Tapia sonrió y le dio una palmada en el hombro.

—¡Por todos los santos, sois castellano! ¡Vamos, hombre, que el Cortés os espera!

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El campamento español bullía de actividad cuando Aguilar llegó, escoltado por Tapia y sus soldados. Las tiendas de campaña se alineaban en la playa, y los hombres, morenos y barbudos, se movían con la disciplina de un ejército. Aguilar observaba todo con asombro, como un niño que ve su primer juguete. La ropa, las armas, los caballos, los perros de caza. Todo era tan familiar y tan extraño a la vez.

Pero al llegar al campamento, Aguilar se detuvo al ver el estandarte de Castilla ondeando sobre la tienda principal. La tela carmesí y oro le produjo una sensación extraña: no era orgullo, ni alivio. Era una náusea sorda, el vértigo de quien ha olvidado el color de su propia sangre y ahora lo reconoce como un objeto ajeno. Se arrodilló, no para orar, sino para no caer.

Cortés, al oír el alboroto que se había armado en el campamento con la llegada de la expedición y el hombre que traían, salió a su encuentro y lo abrazó con fuerza. Pero Aguilar, en ese abrazo, sintió la rigidez de dos desconocidos que no saben si pueden confiar el uno en el otro.

—¿Quién sois? —preguntó Cortés, con la mirada escrutadora.

—Yo soy, señor —dijo Aguilar, poniéndose en pie lentamente—. Jerónimo de Aguilar, fraile de Écija. Naufragué en Yucatán en 1511. He servido a un cacique maya durante ocho años. Conozco sus lenguas y sus costumbres.

Cortés lo observó en silencio. Luego, su rostro se iluminó con una sonrisa amplia y genuina.

—¡Vos! —exclamó, dando un paso adelante—. ¡Jerónimo de Aguilar! ¡Vestíos, hermano! Habéis sufrido bastante. De ahora en adelante, estaréis a mi lado. Vuestra lengua y vuestro conocimiento son un tesoro para esta expedición.

Hizo un gesto a sus soldados, que trajeron ropa limpia: una camisa de lino, un jubón, calzones, alpargates y una montera para cubrir la cabeza. Aguilar se vistió con manos temblorosas, sintiendo la tela sobre su piel por primera vez en ocho años. Cuando se hubo vestido, Cortés lo abrazó de nuevo, y en ese segundo abrazo Aguilar notó algo distinto: no era calor fraternal, sino el cálculo de quien ha encontrado una herramienta útil. Pero Aguilar no dijo nada. Había aprendido, en ocho años de esclavitud, que a veces es mejor callar y esperar.

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La tarde caía sobre el campamento cuando Jerónimo de Aguilar, ya limpio, afeitado y con el cabello cortado al ras, caminó hacia la tienda de Hernán Cortés. Vestía por primera vez en ocho años ropas españolas: la camisa de lino le rozaba la piel con una suavidad casi dolorosa, y los calzones y el jubón le ceñían el cuerpo como un recuerdo de quién había sido. La montera, calada hasta las cejas, le daba un aspecto que no reconocía en su propio reflejo. Cada paso que daba hacia la carpa del capitán era un paso hacia un mundo que había creído perdido para siempre.

Al llegar, dos soldados le franquearon la entrada sin inmutarse. Dentro, Cortés estaba inclinado sobre un mapa rudimentario, acompañado de Pedro de Alvarado y los frailes Bartolomé de Olmedo y Juan Díaz. El capitán alzó la vista al verle entrar, y sus ojos recorrieron la figura transformada de Aguilar con una mezcla de curiosidad y satisfacción.

—Ya parecéis hombre, y no fantasma —dijo Cortés, dejando el mapa—. Acercaos, Aguilar. Tenemos que hablar.

Aguilar se adelantó, sintiendo aún el peso extraño de la ropa sobre sus hombros. Antes de que pudiera decir nada, el fraile Juan Díaz, de rostro severo y mirada inquisitiva, se adelantó con el dedo extendido.

—Antes de nada, Aguilar —dijo el fraile con voz cortante—, decidnos: ¿qué hay en esta isla? He visto humo de sacrificios en la costa, he oído cantos que no son cristianos. ¿Qué dioses adoran estos indios?

Aguilar sostuvo la mirada del fraile. Había visto demasiado como para intimidarse ante un hombre de hábito.

—Estamos en Cozumel, padre —respondió con calma—. Y esta isla es sagrada para los mayas. Es tierra de peregrinación, un lugar donde acuden desde todas las provincias para honrar a sus dioses. Pero hay un templo en particular que debéis conocer.

Cortés se inclinó sobre la mesa, interesado.

—¿Qué templo?

—El templo de Ixchel —dijo Aguilar, y su voz adquirió un tono grave, como quien habla de algo que ha visto con sus propios ojos—. Ixchel es la diosa de la fertilidad, de las aguas, de la luna y del parto. Las mujeres mayas acuden a este templo desde tierras lejanas para ofrecer ofrendas y pedir su bendición. Allí se realizan sacrificios, no siempre de sangre, sino de objetos preciosos, de incienso, de alimentos. Pero también...

Hizo una pausa, y Alvarado, impaciente, dio un paso al frente.

—¿También qué?

—También se ofrecen doncellas —dijo Aguilar en voz baja—. Se las considera esposas de la diosa. El templo está lleno de ídolos de barro y piedra, de figuras que representan a la diosa con su tocado de serpiente y su falda de estrellas. Y en las cuevas cercanas, hay pinturas que narran historias de dioses que yo mismo he visto, capitán. He entrado en esos lugares.

El fraile Bartolomé de Olmedo, de carácter más templado, levantó una mano para calmar a su compañero.

—Hermano Juan —dijo con suavidad—, escuchemos al hombre.

Pero Juan Díaz no se calmó. Sus ojos ardían con el fuego de la rectitud.

—¿Y permitiréis que esa abominación permanezca en pie, capitán? ¿Que estas almas vivan en la oscuridad del demonio mientras nosotros, que traemos la luz de Cristo, nos hacemos a la mar como si nada hubiéramos visto?

Cortés alzó una mano para imponer silencio. Miró a Aguilar con atención.

—¿Qué opináis vos? Conocéis la tierra y sus gentes mejor que ninguno de nosotros.

Aguilar meditó la respuesta. Durante ocho años había aprendido a medir cada palabra, a conocer el peso de lo que se dice y lo que se calla.

—La isla es sagrada para ellos, capitán. Si profanáis el templo de Ixchel sin más, os ganaréis su odio para siempre. Pero si lo hacéis con cuidado, si mostráis vuestra fe sin humillar la suya, quizá podáis sembrar algo que no sea rencor.

—¿Y qué proponéis? —preguntó Cortés.

—Destruid los ídolos —dijo Aguilar—, pero no matéis a los sacerdotes. Alzad una cruz donde ellos colocaron sus ofrendas. Mostrad que vuestro dios es más poderoso, pero no que sois crueles. Así, cuando partáis, ellos recordarán que los españoles vinieron, quemaron sus dioses de barro y pusieron una cruz de madera en su lugar. Y esa cruz, capitán, será una semilla.

Juan Díaz se llevó la mano al pecho, ofendido.

—¿Una semilla? ¡No venimos a sembrar, venimos a conquistar! La fe no se negocia, Aguilar. El demonio no se convence con cortesías, se expulsa con fuego.

—Y también con ejemplo —respondió Aguilar con firmeza—. He visto a sacerdotes mayas arrancar el corazón de hombres vivos en la cima de sus pirámides, padre. He visto el humo de los sacrificios alzarse al cielo. Y también he visto la fe de estos indios, una fe sincera, aunque equivocada. Si les mostráis que vuestra fe es más poderosa porque da vida y no la quita, quizá ellos mismos derriben sus propios ídolos.

Olmedo asintió lentamente.

—El hermano Aguilar tiene razón en algo —dijo—. La fe se demuestra con obras, no con violencia ciega. Si quemamos el templo y dejamos una cruz en su lugar, estaremos diciendo: "Nuestro Dios ha vencido al vuestro, pero no os mataremos por ello." Eso, capitán, es más poderoso que mil espadas.

Cortés permaneció en silencio, tamborileando los dedos sobre el mapa. Alvarado, que había escuchado sin intervenir, se encogió de hombros.

—Quememos el maldito templo y pongamos la cruz —dijo con desdén—. Si los indios se enfadan, ya nos encargaremos de ellos después. Pero yo no perdería el tiempo en teologías.

Cortés alzó la vista y tomó una decisión.

—Haremos lo que dice Aguilar —sentenció—. Mañana, antes de levar anclas, enviaré una partida al templo de Ixchel. Quemarán los ídolos, derribarán las estatuas y alzarán una cruz en el lugar más alto. Y lo harán sin matar a nadie, sin violar a ninguna mujer, sin robar nada. ¿Entendido, Pedro?

Alvarado asintió con una sonrisa burlona.

—Como ordenéis, capitán. Pero no prometo que a los soldados les guste llevar la espada para plantar cruces en lugar de cortar cabezas.

—Que les guste o no —respondió Cortés con frialdad—, se hará así. No quiero dejar tras de mí una estela de sangre que nos persiga tierra adentro.

Juan Díaz frunció el ceño, pero no se atrevió a replicar. Olmedo, en cambio, sonrió con aprobación.

—Hacéis bien, capitán. La cruz es más fuerte que la espada cuando se planta en tierra fértil.

Cortés asintió y volvió a mirar a Aguilar, que aún permanecía en pie, con la manta sobre los hombros, como si no pudiera desprenderse del todo de ella.

—Y ahora —dijo el capitán—, hablemos de lo que realmente me inquieta. Hace unos días, antes incluso de que tuviera noticia de vos y os mandara rescatar, un indio vino a mi tienda. Llegó sigiloso, como una sombra, y me dijo una sola cosa: que no fuera a Chactemal. Nada más. Luego desapareció entre la maleza. No sé quién lo enviaba, ni por qué. Pero me dejó inquieto. ¿Qué sabéis vos de eso, Aguilar? ¿Por qué un maya vendría a advertirme que no vaya a ese lugar?

Aguilar no se sorprendió. Durante aquellos días había oído rumores entre los soldados, había visto el rostro preocupado de Cortés, y había comprendido que aquella advertencia no era un simple aviso. Era una pieza más en el tablero de una tierra que él conocía mejor que ningún otro español.

El silencio se hizo en la tienda. Alvarado y los frailes intercambiaron una mirada, pero Aguilar permaneció inmóvil. Lentamente, como quien ha aprendido a medir cada gesto, se adelantó frente al capitán. Y entonces habló, con la voz grave y pausada de quien ha atravesado el infierno.

—Jerónimo de Aguilar, capitán. Y os digo una cosa: no vayáis a Chactemal sin mí. Hablo su lengua. Conozco sus costumbres. Pero también os advierto: hay otro español al este, Gonzalo Guerrero. Y él no volverá con vosotros. Se ha tatuado el rostro, ha perforado las orejas, ha tomado esposa y tiene hijos. Si lo encontráis, no será vuestro aliado. Será vuestro enemigo.

Cortés sostuvo su mirada durante un largo silencio. Alvarado se removió incómodo, y Olmedo murmuró una oración en voz baja. El capitán, sin embargo, no apartó los ojos de Aguilar.

—Entonces necesito que estéis a mi lado —dijo al fin—. Como intérprete. Como consejero. ¿Aceptáis?

Aguilar miró sus propias manos callosas, la manta que aún vestía sobre los hombros porque no podía desprenderse del todo de ella, como si fuera su última piel de esclavo. Luego alzó la vista y respondió con una verdad que ni siquiera él mismo había articulado hasta ese momento.

—No sé si soy español o maya —respondió en voz baja—. Pero sé que no quiero volver a ser esclavo. Estoy con vos.

Y por primera vez en ocho años, Jerónimo de Aguilar sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas un gesto, pero en ella había algo más que alivio: había la certeza de haber elegido su propio camino, aunque no supiera aún adónde lo llevaba.

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 Capítulo III: El templo de Ixchel

Al día siguiente, antes de que el sol se alzara sobre Cozumel, Cortés cumplió su promesa. Una partida de soldados, encabezada por Alvarado y acompañada por el fraile Juan Díaz, se adentró en la isla hasta llegar al templo de Ixchel.

Los soldados se detuvieron en seco al contemplar el templo vacío. Alvarado frunció el ceño y escudriñó el recinto con la mano apoyada en el pomo de su espada.

—¡Está desierto! —exclamó, volviéndose hacia el fraile—. No hay sacerdotes. No hay nadie.

Los hombres intercambiaron miradas de desconcierto. Algunos empuñaron sus arcabuces, temiendo una emboscada oculta entre la maleza, pero la selva permanecía inmóvil y silenciosa, como si los árboles mismos contuvieran la respiración.

—¿Cómo es posible que supieran que veníamos? —preguntó un soldado, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su voz temblaba más de lo que él hubiera querido.

Juan Díaz avanzó hacia el altar vacío y se detuvo. Sus dedos rozaron la piedra aún tibia, donde las ofrendas habían ardido no hacía mucho. Luego bajó la mirada al suelo. Las huellas eran nítidas, recientes, un rastro de sandalias que se perdía hacia la espesura.

—No es que supieran que vendríamos —dijo, y su voz sonó extrañamente baja, como si hablara consigo mismo—. Es que supieron que íbamos a venir antes de que nosotros mismos partiésemos. Estas pisadas son de esta mañana, del amanecer. Huyeron con la luz. Alguien en el campamento supo nuestros planes y les mandó un aviso. Un mensajero a través de la selva, más rápido que nosotros. Por eso nos encontramos con el templo vacío.

Se volvió hacia los hombres, y en sus ojos ya no había fervor. Había algo más frío, algo que los soldados no estaban acostumbrados a ver en un fraile.

—¿Y quién, padre? —preguntó otro soldado, escupiendo al suelo—. ¿Quién de los nuestros?

Juan Díaz no respondió. Su silencio fue más elocuente que cualquier acusación.

Alvarado soltó un bufido y dio un paso al frente. Su mano golpeó el pomo de la espada con un golpe seco.

—No importa quién —dijo, y su voz era un látigo—. Nos espían desde que pusimos pie en esta tierra. Nos acechan en cada sendero, nos miran desde cada árbol. Alguien en nuestra propia gente les contó nuestros planes. Lo único que no saben es lo que les espera.

Se detuvo y recorrió con la mirada el rostro de sus hombres.

—Así que dejad de temblar y haced lo que vinimos a hacer. Si los ídolos están vacíos, los llenaremos con nuestro fuego. Si los sacerdotes huyen, les quemaremos los caminos. ¿Entendido?

Un murmullo de afirmación recorrió la tropa. No era entusiasmo. Era obediencia.

Nadie respondió. Pero los soldados se movieron. Derribaron los ídolos de barro y piedra que aún permanecían en sus pedestales, rompieron las estatuas de la diosa con sus tocados de serpiente y sus faldas de estrellas, y arrojaron las ofrendas al fuego. El humo se alzó hacia el cielo, gris y denso. No hubo bendiciones ni rezos. Aquello no era una ceremonia, sino una ejecución. Los soldados, con la frente sudorosa, izaron una gran cruz de madera en el lugar más alto del templo, hincándola en la tierra con golpes secos y firmes, como quien clava una estaca en el costado de un animal herido.

Cuando la cruz quedó erguida, Alvarado paseó la mirada por el recinto con una expresión de descontento. No había conseguido lo que buscaba: sacerdotes a los que ajusticiar, oro que confiscar, un mensaje de sumisión que llevar de vuelta al gobernador. El templo vacío era una victoria hueca, y eso le ardía por dentro.

—Volvamos —ordenó, y su voz sonó seca, sin concesiones—. Aquí no hay nada más que hacer.

No dijo nada durante el camino de vuelta, pero sus ojos se posaban de vez en cuando en cada uno de sus hombres, como si buscara entre ellos una cara que no encajara. Juan Díaz caminaba a su lado, en silencio, con el rostro aún encendido por el esfuerzo. La inquietud que le había dejado aquel silencio se había convertido en un peso en el pecho.

Los soldados, sudorosos y cansados, arrastraban los pies sobre la tierra húmeda, sin mirar atrás, mientras la columna se adentraba de nuevo en la selva camino del campamento.

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Cuando el último de ellos desapareció entre la maleza, la selva tardó unos minutos en recuperar su rumor. Luego, desde la espesura, los sacerdotes mayas emergieron lentamente. No se habían ido del todo. Se habían retirado lo justo para no ser vistos, pero no lo bastante lejos como para no ver. Habían observado en silencio, ocultos entre las ramas, mientras los hombres barbudos destrozaban el altar de la diosa. No intervinieron. No alzaron la voz ni empuñaron sus lanzas. Se limitaron a mirar cómo aquella extraña cruz de madera se alzaba donde antes había estado el altar de Ixchel.

Aguardaron a que los intrusos se marcharan para recuperar lo que aún pudieran salvar: las plumas del tocado de la diosa, los fragmentos de jade que no se hubieran roto, el fuego sagrado si aún ardía en algún rincón.

Uno de ellos, el más anciano, se detuvo frente a la cruz y alzó la mano, pero no la tocó. Sus dedos se detuvieron a un palmo de la madera, como si aquel objeto extraño fuera a quemarle. Luego, sin una palabra, se arrodilló y comenzó a recoger los fragmentos de jade esparcidos entre las cenizas, uno a uno, con la paciencia de quien sabe que el tiempo está de su lado. Sus dedos tocaron el collar de jade que colgaba de su cuello mientras murmuraba algo en voz baja. No era una maldición, ni una súplica. Era una pregunta dirigida a los dioses que ya no estaban allí.

—¿Por qué no respondisteis? —susurró, y el viento se llevó sus palabras como si nunca hubieran sido dichas.

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Mientras tanto, la partida de Alvarado llegaba al campamento. Los soldados se dispersaron entre las tiendas, dejando atrás el olor a humo y ceniza que se les había pegado a la ropa. Alvarado desmontó de un salto y caminó directamente hacia la tienda de Cortés, con el ceño fruncido y la mano aún apoyada en el pomo de su espada. No llevaba oro. No llevaba prisioneros. Solo llevaba la noticia de que los sacerdotes habían huido y la certeza de que alguien, desde el propio campamento, les había advertido.

Juan Díaz se quedó unos pasos atrás, mirando hacia el horizonte de árboles. Por un instante, creyó ver una columna de humo que se elevaba desde el lugar donde habían estado, pero podía ser el reflejo del sol poniente entre las hojas. Se dio la vuelta y entró en su tienda sin decir una palabra.

Cuando Cortés recibió el informe, asintió sin entusiasmo. Había hecho lo que consideraba necesario, pero su mente ya estaba en otro lugar. En el continente. En las ciudades de oro que Grijalva no había sabido tomar. En los imperios que aún esperaban ser conquistados.

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En la selva, el anciano apretó un fragmento de jade contra su pecho y volvió a hablar, esta vez con la voz más firme:

—Todavía no. Todavía no habéis respondido.

El viento movió las hojas secas a su alrededor, y la selva volvió a quedar en silencio.

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Antes de que el sol se alzara por completo, las once naves habían izado velas. Cortés dio la orden desde el alcázar con la voz firme de quien ha quemado todos los puentes. La isla se empequeñecía en el horizonte, y el mar se abría ante ellos como una promesa vacía.

Alvarado, con el cabello rubio revuelto por el viento, se acercó al capitán.

—Capitán —dijo en voz baja—, ¿qué cree que estará haciendo el gobernador Velázquez al ver nuestra desobediencia?

Cortés no se giró. Mantenía la mirada fija en el poniente, en la línea tenue donde el mar se fundía con el cielo.

—Habrá maldecido mil veces mi nombre, llamándome traidor. Pero cuando la noticia de que once naves han desaparecido sin su permiso llegue a la Corte, el gobernador tendrá que dar explicaciones. Una flota de ese tamaño no se pierde sin que alguien rinda cuentas. El rey no castiga a quien le trae oro y tierras nuevas, Pedro. Castiga a quien vuelve con las manos vacías. Y Velázquez lo sabe. Por eso, para salvar su cargo, no le quedará otra que perseguirnos. Reunirá barcos y hombres, y jurará que actuó por orden real.

—¿Y cuándo cree que ocurrirá eso?

Cortés se volvió lentamente. Sus ojos grises brillaban con la frialdad de un cuchillo recién afilado.

—No lo sé. Quizá en seis meses. Quizá en un año. Pero cuando ocurra, Pedro, yo ya estaré dentro de ese imperio que Grijalva no supo tomar. Y cuando lleguen los barcos de Velázquez, no encontrarán a un capitán rebelde. Encontrarán a un conquistador con un ejército a sus espaldas y una ciudad de oro a sus pies.

Alvarado sonrió, mostrando los dientes.

—Entonces tendremos que darnos prisa.

—Sí —respondió Cortés, volviendo la mirada al horizonte—. Mucha prisa.

Detrás quedaba Cozumel, con su templo quemado y su cruz en pie. Y al frente, el continente. Oscuro. Desconocido. Lleno de dioses, de sacrificios y de un imperio que aún no sabía que le llegaba su final.

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