Todo empezó el día en que la hija de la bruja se encontró con su primo, Garbancito. Como solían hacer cuando tenían tiempo, se pararon a charlar y él le contó que Berrocán, un vecino del pueblo, había muerto en un accidente, al caer con el coche por un barranco. Lo curioso era que, solo unos días antes, Berrocán había visitado a su madre, la bruja, para que le leyera la mano, y ella le había vaticinado una vida muy larga.
Al día siguiente, al dejar a su hijo en el colegio, fue a visitar a su madre.
La casa de la bruja, como de costumbre, estaba desordenada y sucia.
—Madre, el Berrocán vino estos días a hacerte alguna visita?
—Si, hace un par de semanas vino a que le leyera la mano. Quería comprar un coche sin carnet. Porque como ya esta entrado en años le iban a retirar el carnet e conducir, y quería saber si era buena idea.
—¿Y que le dijiste?
—Que la linea de la vida en la mano era muy larga, y que sin duda era buena idea.
—¿Sabías que el Berrocán se mató al caer con el coche sin carnet por el barranco del molino? ¿Estas segura, que viste bien su mano?—Qué extraño —respondió la bruja, sorprendida—Me pareció ver que tenía la línea de la vida muy larga.
—Mamá, tienes que ir al médico para que te vea un oculista.—soltó la hija, tras probar con un gesto de desagrado el café salado.
La bruja no quería que su hija se diera cuenta de que apenas veía a causa de las cataratas, pero no pudo disimularlo cuando confundió la sal con el azúcar y echó un buen puñado en el café de su hija.
—¡En noventa años nadie ha tenido que verme nada y no pienso empezar ahora —dijo, enderezando su cuerpo huesudo para mostrar su fortaleza!
En realidad, a pesar de su edad, la bruja estaba más fuerte que una vara de tejo, y aunque no paraba de quejarse de diversos achaques, estos eran triquiñuelas para que su hija la visitara con frecuencia.
—Tenemos que ir al centro de salud para que te hagan una revisión y pedir que te den cita para el oculista.
—Nunca he tenido problemas de salud, y si algo hay ya sabes que en esta familia lo resolvemos en casa—replicó la bruja.
Hablaron un rato más y, al terminar el café, esta vez con azúcar, se despidieron con un beso.
Frente a la mesa del médico había dos sillas vacías. Las esperaba la doctora asignada, una mujer de no más de treinta y cinco años, con pelo castaño y una bata blanca de la que asomaban un termómetro y varios lápices en el bolsillo superior.
Las observó por encima de sus gafas de pasta negra, detrás del monitor del ordenador.
—Bueno ¿qué le pasa? —preguntó cuando se sentaron.
—Es por mi madre.
—¿Usted es Ursulina Expósito?
—Sí —asintió la bruja.
—Y bien, ¿qué le ocurre a su madre? —preguntó la doctora, mirando para ambas.
—¡Yo no tengo nada! —protestó la bruja.
—La he traído para que le hagan una revisión, aunque ella no quería. Además, está perdiendo vista; por eso hemos venido, para que nos den un volante para el especialista —explicó la hija.
La doctora, ya acostumbrada a personas mayores que se resistían a acudir al médico, sonrió con paciencia.
—Pues vamos a comprobarlo —dijo.
—A ver, Ursulina, acuéstese en la camilla y desabroche la blusa.
Mientras la bruja se desabrochaba, miraba de reojo para la mesa de la doctora, al monitor encendido, del ordenador.
Ella había aprendido a leer de niña, cuando la llevaron al bosque a casa de una tatarabuela. Allí le enseñaron a descifrar los signos garabateados en un viejo libro apergaminado que contenía la historia de la familia, las propiedades de las plantas y los seres vivos, y todo tipo de remedios y conjuros
La hija de la bruja, en cambio, fue educada en un colegio de monjas, …allí permaneció interna los siete años que duraba el bachillerato. Aquel encierro lo propició la mujer de Don Sebastián, el cacique que no se quería morir. La llamada "tía rica" se vengó así de la hechicera por un rencor doble: mientras que la bruja preparaba infusiones efectivas para que las criadas no engendraran hijos del señor, era incapaz de dar con la poción adecuada para que ella quedara embarazada.
La doctora se acercó a la camilla.
—Diga treinta y tres.
La anciana obedeció de mala gana mientras la doctora le apoyaba el frío estetoscopio en la espalda.
—¿Y eso para qué es? —preguntó la bruja cuando la doctora sacó un otoscopio.
—Para ver cuanta cera tiene en los oídos.
Mientras se dejaba tirar de las orejas por la medica, la bruja se preguntaba si la doctora podría estar adivinando lo que pensaba de ella en ese momento.
—¿Oye bien?
—¡Perfectamente!
Después de limpiar el estetoscopio, la doctora cogió una lengüeta de madera.
—Abra la boca.
—¡Ah…!
—Bien, ya puede vestirse.
La doctora regresó a su mesa y escribió algo en el ordenador. Al momento, una impresora junto a ella escupió unos papeles que recogió y entregó a la hija de la bruja.
—Al salir, pidan cita en enfermería para una extracción de sangre y lleven este bote para recoger orina mañanera.
—¿Cómo dice? ¡Ni pienso volver aquí, ni voy a dejar que alguien me quite una gota de sangre! —exclamó la anciana, abriendo mucho los ojos.
Pero la doctora continuó impasible:
—Después de la extracción, pidan cita para dentro de una semana, para ver los resultados. Y cuando venga, podemos quitarle esa verruga de la cara, que la afea bastante.
Al oír esto, la bruja sintió que se mareaba y tuvo que agarrarse al brazo de su hija para no caerse. En voz baja, maldijo a la doctora:
—¡Que el cristal que tienes encima de la mesa se ponga a arder y os queméis todos en el infierno!
Cuando salieron de la consulta, con los volantes para las citas - la doctora le había regalado una agenda para anotar las citas medicas, que algún visitador medico había dejado en la consulta- se dirigieron al mostrador para pedir cita para enfermería y para el oculista. La bruja, aún afectada, por su visita a la consulta, caminaba apoyada en su hija.
—¿Cómo se llama la doctora? —preguntó.
El hombre del mostrador, que la oyó, al entregarles los papeles, respondió:
—La doctora se llama Grimelda Belladona.
—Mamá, qué casualidad, la doctora se llama Grimelda, como la madrastra de Blancanieves.
—Pues ahora que lo pienso estoy contenta de tu idea de venir al centro de salud —dijo, la bruja, reponiéndose de su estancia en la consulta, y su tono tenía una mezcla de admiración y morbo—. Si no hubiésemos venido, no habría conocido a la doctora Lagrimeada. ¡Vaya mujer!
La joven la miró confundida, pero su madre continuó, bajando la voz como si compartiera un secreto de familia:
—Quiero venir más veces. Me ha encantado esa mujer. La quiero conocer mejor —afirmó, y luego añadió con una risa estentórea—: ¡Es más mala que la lana de gato! Seguro que si nos conocemos, ella y yo vamos a ser buenas amigas. la tengo que invitar a venir a casa y a probar mi café salado.
mvf
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