jueves, 22 de enero de 2026

El regalo - Tracker Philo78

El profesor Emilio Santos, de setenta y ocho años, contemplaba el retrato de Sócrates que presidía su biblioteca. La jubilación, hacía años, lo había alejado de su ágora natural: las aulas. Sus únicos interlocutores eran ahora las *Obras Completas* de Lacan, los volúmenes subrayados de Althusser y los restantes moradores de los estantes de caoba oscura, cuyo brillo opaco solo perturbaba el lento girar de la pila de discos en su viejo tocadiscos automático Garrard. El aparato, con su brazo que se levantaba y volvía a posarse con meticulosa paciencia, mantenía un ciclo de repetición continua de sus músicos favoritos —Schoenberg, Berg, Stockhausen, Martinu— que acompañaban su soledad. Hasta que un martes, Clara, la asistenta que lo visitaba todas las mañanas —preocupada por su aislamiento—, colocó sobre la mesa de roble de la biblioteca un reluciente ordenador portátil.

—Para que te mantengas en contacto con el mundo. Hay más gente como tú con la que tienes que seguir en contacto.

Aquel día, al marcharse Clara, se quedó contemplando el portátil. Era un objeto liso, frío, con la luz que entraba por la ventana deslizándose sobre su carcasa como sobre la superficie de un lago ajeno. Un dedo indeciso buscó el botón de encendido y lo pulsó. Un zumbido suave, un pitido, y luego la pantalla se iluminó. Vio iconos y ventanas que no entendía. Se sintió perdido, como en un país cuyo idioma no hablaba. Le daba un poco de miedo pulsar las teclas, como si las letras en ellas escritas tuvieran resultados desconocidos.

Con un suspiro, movió el cursor poco a poco hacia un icono. Era como dar el primer paso en un camino nuevo. De pronto, todo se volvió rápido, silencioso y demasiado perfecto. Aunque no sabía bien a dónde lo llevaría, decidió navegar por internet; al fin y al cabo, el aprender nunca termina. Y aquel era un terreno virgen para él.

Al principio, fue una ventana al mundo: revistas digitalizadas, encuentros con viejos colegas, partidas de ajedrez online… hasta podía escuchar gratis obras de música de sus autores favoritos, que desconocía.

Emilio, feliz, anotó en su cuaderno: —¿Puede la verdad ser encontrada en internet?

Pero una tarde de lluvia, mientras conversaba con Alberto, un viejo amigo del instituto, este mencionó que tenía dolores en las rodillas al caminar y que le anunciaban cambio de tiempo. Al minuto, un anuncio de crema para las articulaciones surgió en la pantalla.

—Vaya, qué coincidencia —murmuró.

Pero la coincidencia no se detuvo ahí. Otro día comentó, frente a la pantalla, que añoraba el pan que le hacía su abuela en la infancia, y al día siguiente su correo se llenó de recetas de pan artesanal.

La intrusión se volvió más sutil, más profunda. Una noche, en una videollamada con su hija en el extranjero, ella le mostró un jarrón de cerámica azul que acababa de comprar en un mercadillo. A la mañana siguiente, entre los resultados de noticias sugeridas, un artículo destacaba: “El valor oculto de la cerámica vintage: la moda de los jarrones de los años 50”. Y la imagen principal era un jarrón casi idéntico al que había visto la noche anterior.

Emilio cerró el portátil lentamente y sintió un escalofrío. Sin lugar a dudas, a través del portátil espiaban sus conversaciones privadas, buscando saber todo sobre él, cosechando nombres, deseos… Pero la verdad más aterradora cayó sobre él como una losa: a través del portátil podrían estar conociendo incluso sus pensamientos.

Mientras tanto, en la oscuridad silenciosa de la máquina, las cookies tejían su red. Un archivo llamado `tracker_philo78.log` registraba cada movimiento:
Usuario: ESantos. Búsqueda: “ética en la era digital”. Anuncios sugeridos: Retiros espirituales, suplementos para la memoria.*  
*Usuario: ESantos. Lectura prolongada: “La vigilancia panóptica de Foucault”. Segmentación: escepticismo institucional, perfil mayor de 75 años.*

En los días siguientes, Emilio empezó a fijarse en pequeños detalles. La pequeña luz verde de la cámara parpadeaba, o eso le parecía, cuando él no la tocaba. La cubrió con cinta adhesiva gruesa, pero la sensación persistió.

Hablando por teléfono junto al ordenador, mencionó a un viejo editor amigo, “Ramón Gutiérrez”, del que no tenía noticias desde hacía años. No lo escribió en ningún sitio. Esa misma tarde, la red social que apenas usaba le sugirió, con una inquietante precisión: “¿Quieres agregar a Ramón Gutiérrez?”.

Dejó de usar el teléfono con el portátil encendido.

Clara, al conocer la angustia que había producido su regalo, llegó una mañana acompañada de un amigo que instaló en el ordenador software de seguridad y privacidad: antivirus y *firewall*, bloqueador de anuncios y rastreadores, y hasta un programa para encriptar su tráfico en internet.

Todo fue bien durante unos días. Pero una noche, el sistema operativo de su portátil se actualizó.

Al día siguiente, a Emilio le llegó un correo electrónico con anuncios de funerarias: "Planifique con serenidad su último viaje". Minutos después, una notificación grotesca apareció en su teléfono: "¿Quieres etiquetar a Clara… en esta foto?" Clara era la asistenta del ayuntamiento que lo visitaba cada mañana… Pero no había usado nunca el portatil, cuando estaba Clara haciendole compañia. ¿Cómo podían saber algo así? ¿Cómo conectaban esos datos con él?



Emilio se sintió derrotado por el portátil, por su pantalla fría y su mundo infinito. Durante días lo evitó, dejando que el polvo se posara sobre la tapa como una losa. Pero la paz llegó una noche en que, levantándose para beber un vaso de agua, encontró el portátil encendido, instalando una nueva actualización. La pantalla decía: “No apague su ordenador”. Entonces, con una determinación radical, Emilio desconectó el portátil de la corriente.

Por la mañana, el ordenador trataba de arrancar, pero al haber sido apagado mientras se actualizaba, el sistema operativo se había dañado y no encendía.

—Esta es la mía —se dijo.

Lo envolvió en varias capas de papel de aluminio —como un sarcófago contra espectros digitales— 
había leído en un foro dudoso que bloqueaba las señales, y cuando le abrió la puerta a Clara para su visita matutina, se lo entregó para que se lo llevase al marchar.

 

Por la tarde, de nuevo solo, sentado, rodeado de sus libros, en el silencio sagrado de su biblioteca, Emilio lo comprendió, con un libro de poesía de Marcos Ana que tenía una nota escrita por su difunta esposa:
 

“Para mi Emilio, porque las palabras escritas nunca se las lleva el viento.”

No había vencido a la tecnología, ni descubierto una conspiración. Había, simplemente, regresado a su mundo natural, de silencio y papel, donde los únicos espías eran los recuerdos que vivían en él. Y desde ese refugio, podía volver a ser generoso.

Por eso, cuando llegó el cumpleaños de Clara, le entregó un regalo inesperado con una nota de agradecimiento: un gato tuerto y callejero. Un ser vivo, tangible, lleno de misterios silenciosos. Clara sonrió, perpleja. Y el animal, como si supiera que su destino no era otro, se instaló en el sofá de su nueva ama y, desde allí, no tardó en adueñarse de toda la casa.


mvf 

 


 

 

 


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