martes, 8 de abril de 2014

COMBATIENDO LA IGNORANCIA DERROTAREIS EL FASCISMO

Los criados que don Agustín había mandado para ayudar a Abelarda a instalarse con su hijo en la casa empezaron a primera hora de la mañana. Tan pronto llegaron, abrieron todas las ventanas para que entrara el aire fresco de la primavera y saliera la humedad del largo invierno que se había adueñado del caserón. Retiraron las sábanas que cubrían los muebles, limpiaron el polvo envejecido y después comenzaron a abrir los armarios de todas las habitaciones, sacando toda la ropa que había en ellos.

Estuvieron media mañana tratando de encender la cocina de leña. Habían hecho astillas de pino con una vieja hacha que reposaba en el suelo de la carbonera, y las metieron en el interior de la cocina de hierro gris, sobre unos papeles arrugados. Eran trozos rotos de un cartel de propaganda en el que se podía ver dibujada una mano que entregaba un libro de historia a otras manos anhelantes de recibirlo. Sobre el dibujo, unas letras decían: "Leed, combatiendo la ignorancia derrotaréis el fascismo".

Ya habían hecho varios intentos de encender la cocina sin conseguirlo. Entonces alguien sugirió meter más papeles y prender fuego por el tiro de la chimenea para calentar un poco el interior negro y lúgubre del conducto. Lo hicieron así, y al acercar nuevamente la cerilla encendida, se prendió una llama firme y persistente. Con la ayuda del respiradero, por el que pudo escapar el humo, el fuego se extendió a la madera. Los criados fueron metiendo rápidamente los troncos por la boca de la cocina, encima de las astillas, con cuidado de no ahogar el fuego naciente.

Fuera, los vecinos torcían la cabeza, sorprendidos por el trajín que se producía en la casa —hasta ahora cerrada a cal y canto— y por el humo espeso que empezaba a salir por la chimenea.

Cuando Abelarda se asomó al balcón, algunas vecinas hicieron ademán de santiguarse. Ella, sin embargo, no pareció reparar en ellas. 

Don Agustín puso a su servicio dos sirvientas para que le ayudasen en los quehaceres de la casa, y dos veces por semana las mandaba ir al puerto para comprar a los pescadores el pescado recién capturado.

El Sisa no tardó en ir a la escuela para aprender a leer y a escribir. Era la única escuela del pueblo, a la que acudían niños de todas las edades. Llevaba una libreta de muestras que tenía, en la parte de atrás, la tabla de multiplicar, y una pequeña enciclopedia del mundo, un libro que habían encontrado en la casa y al que tuvieron que pintar con lápiz rojo por encima del color morado de la bandera republicana, para convertirla en la bandera nacional.

El párroco, que sabía en confesión la vida de Abelarda y cómo se había engendrado un hijo de don Sebastián, y que pronto se enteró de que en América había contraído matrimonio con un criollo, recibió a Abelarda como si fuera el regreso del hijo pródigo. Poco a poco, a medida que iban pasando las semanas y los meses en la vida rutinaria del pueblo, fue insinuándole que había que educar a ese niño y mandarlo a estudiar al seminario, para que le preparasen y, en su vida adulta, tomase los hábitos y sirviese a Dios. Así, al hacer de él un hombre de Dios, purgaría su nacimiento, fruto de un horroroso pecado, y quedaría en las manos del Señor.

El párroco también pensaba que, aunque Dios no quisiera dar hijos a don Sebastián dentro de la Iglesia, algún día le heredaría, y que sus tierras y pertenencias acabarían en la Iglesia. O si no fuese así, o como fuese, algo de todo ello recibiría la Iglesia, porque alguna renta tendría que pagar su progenitor.

Los servidores de Dios piensan en la eternidad de la Iglesia, y así, cuando a un mortal no le importaría perder un vaso de agua al día de su pozo, visto desde la eternidad, ganar ese vaso de agua al día sumaría un río tan grande que no se detendría hasta llegar al mar, inundando campos y valles.

Abelarda, aunque fuerte y dura por lo que había padecido, era una mujer sencilla cuyo único deseo era llevar una vida normal en medio del anonimato, en aquella España nacional de los cuarenta, llena de claroscuros.

 

mvf 

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