jueves, 6 de junio de 2019

los regresados

Regresaron la primera semana de octubre, en un turismo azul cargado de maletas.

—¡Por fin llegamos! —exclamó la hija cuando se detuvieron delante de la casa de la ministra, después de dar varios rodeos para llegar allí.

Bajaron del coche.

—¡Hija, la casa está como siempre! —exclamó la madre.

El hijo abrió el maletero para sacar un par de pesadas maletas y siguió detrás de su madre y su hermana, que caminaban en dirección a la casa.

Al abrir la vieja puerta de la entrada, un aire gélido les dio en la cara.

—¡Lo primero, abrir todas las ventanas para que se airee la casa! —dijo la hija, sorprendida por el olor rancio y mohoso de la corriente de aire que acababa de recibir.

Al día siguiente llegó un camión cargado de muebles viejos con dos hombres fornidos que pasaron todo el día descargando y metiendo los muebles dentro de la casa. Dejaron enterados a los curiosos de que tanto ajetreo se debía a que los nuevos vecinos venían de La Coruña, eran del pueblo y habían regresado para quedarse.

Al cabo de unos días, el panadero, mientras hacía el reparto matutino con su furgoneta, se detuvo frente a varias casas del pueblo y no pudo evitar compartir lo que había descubierto. Los recién llegados le habían pedido expresamente que dejara pan cada día en casa de la ministra. Fue entonces cuando aprovechó para preguntar y acabó enterándose de todo: los de La Coruña eran familia de la ministra, y habían vuelto al pueblo para quedarse a vivir; la casa había quedado libre justo después de que la antigua inquilina se marchara porque había comprado una casa nueva. Así lo fue contando a sus clientes, entre entrega y entrega, mientras el rumor se extendía por las calles del pueblo.

Resumiendo: la madre de los regresados era hija de la ministra. El mote le venía a la familia, porque la ministra había sido sirvienta en la casa del cura, donde se encargaba de los conejos y las ovejas de la rectoral; y alguien había comentado que todo iba muy bien hasta que, llegado un tiempo y para evitar habladurías, el cabeza de familia de la parroquia había tenido que deshacerse de la gobernantaduría* de la rectoral abriendo una mercería en La Coruña.

La hija de la ministra había sido la última regenta del negocio puesto por su tío abuelo, y al haberse jubilado, traspasó la mercería y decidieron venirse a vivir al pueblo, porque la hija de la bruja, que les tenía la casa de la ministra alquilada, se había mudado a la casa nueva que había comprado.

Las zarzas se pasaron toda una tarde sentadas en el banco del cruce que está al lado del puente; porque después de su llegada se vio pasear por allí, con las manos cogidas por detrás de la espalda y la cabeza gacha y cejijunta, al hijo, es decir, al nieto de la ministra. Y aunque pasó varias veces por delante de donde estaban ellas, sin pararse para hablar ni saludar a las decanas de la región, las zarzas confirmaron que este tenía la misma nariz y un peculiar andar, ladeando la cadera a los lados, idéntico al andar del antiguo cura del pueblo; aunque se veía que le faltaba un soplo.




continuara.

No rae. La uso como trajimaneje o trapicheo que desgobierna.






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