El Último Discurso
El profesor Emilio Santos, de setenta y ocho años, contemplaba el retrato de Sócrates que presidía su biblioteca. La jubilación, aquel “destierro dorado” como él lo llamaba, lo había alejado de su ágora natural: las aulas. Sus únicos interlocutores ahora eran Platón, Aristóteles, Séneca y los demás moradores de los estantes polvorientos. Su hija Clara, preocupada por su creciente aislamiento, había tomado una decisión drástica.
Un martes por la tarde llegó con un paquete rectangular.
—Padre,
esto es para que te mantengas en contacto con el mundo —anunció,
colocando sobre la mesa de roble un ordenador portátil reluciente.
Emilio arqueó una ceja, mirando el aparato como si fuera un artefacto alienígena.
—El mundo, hija mía, cabe en estos libros. No necesita pilas.
—Necesita
que hables con alguien más que con Montaigne. Aquí podrás escribir,
leer noticias, y hasta tenemos videollamadas los domingos.
Tras una semana de resistencia, la curiosidad del filósofo pudo más. Encendió la máquina. La pantalla se iluminó con un azul profundo, un “cielo lógico”, pensó. Clara le había dejado unas notas: “Click aquí para el buscador”, “Esto es el correo”.
Su primer acto fue buscar “diálogos socráticos contemporáneos”. Luego, “ética en la era digital”. Cada clic era una puerta que se abría a un mundo infinito. Emilio se maravillaba y a la vez desconfiaba. Escribió en un cuaderno de notas: “¿Puede la verdad ser encontrada mediante un algoritmo?”.
Mientras el profesor navegaba, en la oscuridad silenciosa del portátil, pequeñas entidades despertaban. Las cookies, como se les llamaba, comenzaron su labor de rastreo. Un archivo de texto bautizado como “tracker_philo78.log” empezó a llenarse de líneas de código.
Fragmento del registro (traducido del lenguaje máquina):Usuario:
ESantos. Búsqueda: “¿Tiene la vida moderna un telos aristotélico?”.
Anuncios sugeridos: Retiros espirituales en Costa Rica. Suplementos
vitamínicos para la memoria.Usuario:
ESantos. Lectura prolongada en artículo: “La vigilancia panóptica de
Foucault y las redes sociales”. Segmentación actualizada: Interés en
filosofía crítica, escepticismo institucional. Perfil demográfico: mayor
de 75 años, alto poder adquisitivo estimado (zona residencial).
Una tarde, Emilio estaba leyendo un ensayo sobre la privacidad.
—Clara, este artículo habla de que nos vigilan a través de estos aparatos —comentó durante una videollamada.
—¿Vigilar a usted, padre? ¿Para qué? Lo máximo que hace es buscar ediciones críticas de “La República”.
—Eso creemos —murmuró Emilio, con una inquietud que no había sentido desde que discutía los sofismas con sus alumnos.
Al día siguiente, una ventana emergente apareció en su pantalla: “¿Cansado de preguntas sin respuesta? Descubre el sentido de la vida en 10 pasos. ¡Haz clic aquí!”.
Emilio frunció el ceño. No hizo clic. En su lugar, abrió su cuaderno y escribió: “El nuevo sofista no está en el ágora. Está en la ventana emergente. Ofrece certezas a cambio de atención, que es la moneda del reino.”
Pero la invasión era persistente. Los anuncios se volvieron más personales, más insidiosos. Comenzaron a aparecer banners sobre jubilación activa en residencias de lisco, medicamentos para la artrosis, y, un día, un perturbador anuncio de un servicio de funerarias con el eslogan: “Planifique con serenidad su último viaje”.
Emilio se quedó helado, la mirada fija en la pantalla. No era paranoia. Era un mensaje demasiado específico, demasiado cruel. Sintió el frío del cristal de la pantalla como si fuera el de un acuario en el que él era el pez observado.
Fue entonces cuando decidió actuar. No con rabia, sino con método. Llamó a su ex alumno favorito, Carlos, ahora ingeniero informático.
—Carlos, necesito que me expliques el mecanismo de estos vigilantes silenciosos.
—Profesor, son cookies, rastreadores. Recogen sus hábitos para venderle cosas.
—¿Vender? A mí me están susurrando sobre mi propia mortalidad. Esto no es comercio, Carlos. Es un diálogo perverso.
Con la ayuda de Carlos, Emilio instaló herramientas de privacidad. Pero no se detuvo allí. Comenzó a navegar de forma deliberada y caótica. Un día buscaba “viajes en motocicleta para mayores de 70”, al siguiente “cursos de heavy metal para principiantes” y luego “la ontología de los memes de gatos”. Su perfil digital se volvió esquizofrénico, incomprensible.
Nuevo fragmento del registro:Usuario: ESantos. Búsqueda: “Fórmula para convertir agua en vino, método científico”.Usuario: ESantos. Visita a página: “Cómo construir un cohete casero”.Perfil en revisión. Segmentación fallida. Anomalía detectada. Valor de usuario: en descenso.
La máquina, confundida, empezó a mostrar anuncios absurdos: ofertas de motos Harley Davidson, guitarras eléctricas, kits de alquimia.
Una
noche, frente a la pantalla, Emilio sonrió por primera vez desde que
comenzó su exilio. Tomó su pluma estilográfica y escribió la conclusión
de su private investigación:
“Sócrates
fue condenado por corromper a la juventud. Hoy, el pensamiento crítico
corrompe los algoritmos. He logrado, creo, ser un mal dato. Un párrafo
incomprensible en el gran libro de la vigilancia. He recuperado, en este
pequeño ágora digital, mi autonomía. No me vigilan. Ahora los confundo.
Y en esa confusión, hay un destello de libertad.”
Decidió entonces escribir un último mensaje en un foro filosófico que frecuentaba. Un diálogo, al fin y al cabo.
Usuario: El_Sofista_Revenge escribió:
“Nos observan para predecirnos, para modelar nuestros deseos. Sugiero, como ejercicio de libertad, desear lo impredecible. Busquen lo que no les interesa. Pregunten lo que no quieren saber. Sean un enigma para el oráculo de silicio. La última frontera de la privacidad no está en la criptografía, sino en la caprichosa e inalienable voluntad de ser inescrutables.”
Abajo, en la oscuridad del sistema, el archivo de registro intentó, por última vez, categorizarlo:Usuario: Anónimo. Comportamiento: errático. Intención: no clasificable. Conclusión: Ruido. Descartar.
Emilio apagó el portátil. La pantalla se volvió negra, reflejando su rostro cansado pero sereno. Afuera, anochecía. Mañana, pensó, volvería a sus libros. Pero ya no se sentiría encerrado. Había, después de todo, encontrado una nueva forma de enseñar. Aunque sus alumnos fueran, esta vez, invisibles máquinas que aprendían, por primera vez, la lección de la incertidumbre humana.
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