martes, 24 de marzo de 2026

El sueño eterno



Garbancito, el sobrino de la bruja, llegaba cada mañana al tanatorio «El Sueño Eterno» con su maletín de madera, el de siempre, desgastado por los años pero firme en su agarre. Caminaba despacio, con la parsimonia de quien no tiene prisa por llegar a ningún sitio que no conozca ya de memoria. Su enorme figura contrastaba con la penumbra cálida del edificio.

Atravesó la puerta principal, y el aire cambió. Afuera quedaban el bullicio de la ciudad y la mañana titubeante; adentro lo aguardaban el silencio acolchado y la penumbra verde que filtraban los vitrales art déco del vestíbulo. El suelo de mármol blanco y negro, pulido hasta el espejo, devolvía el eco leve de sus pasos con una fidelidad casi impía. No se detuvo ante la recepción, donde el libro de registro permanecía abierto como una vigilia interminable. Tan solo asintió con la cabeza en dirección a la encargada, una mujer de rostro afable y ojos de quien ha visto demasiados adioses, y continuó su camino por el pasillo lateral. Sus dedos, acostumbrados a la ruta, rozaron la pared de piedra arenisca mientras doblaba hacia la zona privada del personal.

Allí, al fondo, se alineaban las taquillas metálicas en una hornacina iluminada por una luz tenue que parecía no tener prisa por disipar las sombras. La suya era la tercera empezando por la izquierda. La reconoció sin mirar el número: una pequeña muesca en el marco, hecha quién sabe cuándo, y una fina capa de polvo en la parte superior que ninguna empleada de limpieza se atrevía a remover, como si aquel pequeño descuido formara parte ya del orden sagrado de las cosas.

Giró la combinación con la parsimonia de quien ejecuta un ritual. El mecanismo cedió con un clic seco, y la puerta de acero se abrió con un suspiro contenido. En el interior, colgada de una percha de madera pulida, esperaba su bata. No era una bata cualquiera: el algodón, grueso y tupido, había sido planchado con almidón hasta formar una coraza suave, y en el bolsillo izquierdo, junto al corazón, alguien había bordado con hilo gris su nombre.

Se quitó su chaqueta de lana con movimientos lentos, casi ceremoniosos, y la colgó junto al maletín de madera, donde aguardaba su comida para el descanso, que depositó en el fondo del casillero,  Luego tomó la bata. La tela crujió al extenderla, un sonido limpio que le recordó a las sábanas recién puestas de la infancia. Se la puso con cuidado, ajustándose los puños uno a uno, y abrochó los botones de nácar desde el cuello hasta la cintura con una precisión que no admitía prisas.

Antes de cerrar la taquilla, su mano buscó por inercia el pequeño frasco de esencia de azahar que guardaba en el estante superior. Se humedeció las sienes con una gota, apenas un susurro de perfume que lo acompañaría durante las horas siguientes.

Cerró la puerta metálica con suavidad, comprobó dos veces que quedaba bien sellada, y se encaminó hacia la sala de velatorio. Cada botón de su bata brillaba tenuemente bajo la luz mortecina. Garbancito caminaba ahora con la seguridad de quien, habiendo dejado atrás lo profano, está listo para cumplir con lo único que importa: cuidar a los que han emprendido el viaje sin retorno para su última despedida.

Si no había servicio, no se le veía rondar las salas ni molestar a los compañeros. Simplemente se sentaba en su silla de mimbre, la que nadie más ocupaba por respeto o por costumbre, junto a la ventana que daba al jardín. Allí, con el periódico desplegado sobre las rodillas, dejaba pasar las horas muertas mientras la luz tamizada por los visillos le dibujaba sombras suaves en el rostro.

Pero lo suyo no era solo estar. Garbancito era un artesano de las últimas apariencias, un hombre que había hecho de la dignidad póstuma su oficio. Conocía los trucos como otros conocen los secretos de la tierra o los vicios de la ciudad. Sabía, por ejemplo, que no todos los difuntos merecían el mismo traje.

—Si era agricultor —decía con media sonrisa mientras planchaba con las yemas de los dedos una solapa—, nada de ponérselo muy elegante. Lo vistes de traje y parece que va a una boda, y entonces se nos enfada, se le nota en el gesto. A un hombre del campo, chaqueta de pana y camisa sin corbata. Que se vaya como era, no como otros quisieron que fuese.

También dominaba el arte sutil de borrar el paso del tiempo. Con la yema de los dedos humedecida en una crema especial, iba deshaciendo esas arrugas profundas que la preocupación había labrado en vida. No se trataba de rejuvenecer, sino de devolverles la paz que quizá nunca tuvieron. Como si alisando la frente les recordara que ya todo había pasado.

Y luego estaba el secreto de las manos. Eso era lo más difícil. Las manos, decía, son lo último que se entrega. Si no se trataban bien, quedaban como garras, rígidas y acusadoras. Garbancito las masajeaba con paciencia, dedo por dedo, hasta que lograba que reposaran sobre el pecho con naturalidad, como si aún pudieran acariciar o sostener.

Pero Garbancito guardaba un as en la manga que nadie conocía. Mientras los demás iban con prisas, él se sentaba un rato con los deudos, les ofrecía un caramelo de menta que siempre llevaba en el bolsillo y escuchaba. Escuchaba sus recuerdos, sus anécdotas, sus silencios. Pero lo que nadie sabía es que, por las noches, Garbancito hablaba con los difuntos. Ellos se le aparecían en sueños y le contaban lo que nunca dijeron en vida.

—A mí me gustaba madrugar, pero mi mujer se enfadaba si hacía ruido —le confesó una vez un caballero en sueños.

Y Garbancito, al día siguiente, le dejó una ligera inclinación hacia la ventana por donde entraba el sol de la mañana. Otra noche soñó con una anciana que siempre andaba con su manojo de llaves, que guardaba en el bolsillo delantal como quien guarda un tesoro. Y al prepararla, le colocó una mano cerca del bolsillo, como si aún acariciara sus llaves. Cosas sutiles, casi imperceptibles, pero que las familias notaban.

—Pero si parece que huele a café recién hecho —decían los hijos de aquel madrugador.

O: —Miren, parece que aún guarda las llaves de la alacena, donde metía el chocolate—susurraban los nietos de la señora.

Y lloraban, pero de emoción, porque en esos pequeños gestos reconocían a su familiar, al de verdad, al que ellos querían.

Un día llegó un encargo complicado. Un hombre joven, muy serio, con bigote bien recortado y traje caro, quería que su padre, don Eleuterio, un antiguo feriante, quedase presentable, pero sin exagerar. Nada de sonrisas forzadas ni posturas raras.

—Mi padre era serio, de pocas palabras —dijo el hijo, pasándose un dedo por el bigote mientras miraba el reloj con impaciencia.

Garbancito asintió. No dijo nada, pero mientras el hijo se alejaba, se quedó un momento mirando el rostro de don Eleuterio. "Ya hablaremos", pensó.

Esa noche, Garbancito soñó con ferias. Con casetas de tiro y barquilleros, con niños que reían y madres que compraban globos. Y en medio de todo, sentado en una sillita plegable, estaba don Eleuterio. No decía nada. Solo doblaba servilletas de papel con una paciencia infinita. Hacía pájaros, hacía flores, hacía abanicos. Y cuando terminaba, se los regalaba a los niños que pasaban. Los niños sonreían. Don Eleuterio, no. Pero sus manos sí.

A la mañana siguiente, Garbancito se presentó en el tanatorio antes que nadie. Cuando el hijo llegó para ver el resultado, su padre vestía un traje oscuro impecable, con las manos cruzadas y una expresión neutra, casi adusta. El hijo asintió satisfecho. Iba a dar las gracias cuando, de repente, se fijó en un detalle. En el bolsillo superior de la chaqueta asomaba el borde de algo blanco, doblado en forma de una pequeña flor.

El hijo frunció el ceño.

—Mi padre nunca llevó pañuelo —dijo, y se acercó más.

Garbancito, que lo observaba desde la puerta, se acercó despacio.

—Disculpe, joven —dijo en voz baja—. Eso no es un pañuelo.

—¿Cómo?

—Son servilletas de papel.

El hijo se inclinó. Efectivamente, no era tela, sino tres servilletas blancas dobladas con maestría, imitando un clavel.

—¿Servilletas? —preguntó desconcertado—. ¿Por qué?

Garbancito sonrió con ternura.

—Usted dijo que su padre era serio, de pocas palabras. Y es cierto. Pero anoche lo vi. Y en el sueño, su padre estaba en una feria, apoyado en la barraca, doblando servilletas. Hacía flores, pájaros, abanicos… Se las regalaba a los niños. Pasó cincuenta años en las ferias, y cuando se tomaba un descanso en la caseta, eso era lo que hacía. Doblar servilletas. Su alegría secreta.

El hijo se quedó en silencio. Miró a su padre, luego la flor de servilletas en su bolsillo. Sus ojos se humedecieron.

—Pero… ¿cómo puede saber eso? —atinó a preguntar.

—Los muertos, joven —dijo Garbancito—  se acercan para contarnos cosas desde el más allá, mientras dormimos

El hijo no supo qué decir. Solo miró la flor de papel y, por primera vez, le pareció que su padre, aquel hombre serio de pocas palabras, sonreía.

Cuando la familia apareció en la sala, Garbancito se apartó un momento y observó su obra en silencio. Asintió una vez, satisfecho, y se guardó las manos en los bolsillos de la bata.

Luego regresó al interior del edificio para volver a su silla de mimbre junto a la ventana. Se ajustó las gafas, y allí, con el periódico otra vez sobre las rodillas, dejó que la luz del día se fuera apagando poco a poco. Como todo lo demás.

                                                                                                                                                                        mvf
 



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