Capítulo I: El encargo
El despacho del gobernador Diego Velázquez olía a cera, a papel viejo y a mar. Afuera, el sol caribeño abrasaba las calles de La Habana, pero dentro, la penumbra de las velas creaba un ambiente íntimo y tenso. Velázquez, hombre de rostro ancho y mirada desconfiada, observaba el exterior a través del ventanal. Sus dedos golpeteaban el marco de madera, un tic nervioso que delataba su inquietud.
Hernán Cortés esperaba en silencio. Estaba de pie, con la espalda recta, las manos entrelazadas a la espalda y sin despegar la vista de don Diego. Llevaba su mejor jubón, una capa de terciopelo oscuro y las botas relucientes. Sabía que aquella reunión era importante, aunque no sabía exactamente por qué.
Velázquez se volvió y caminó hacia la mesa. Se sentó, y señaló la silla frente a él. Cortés ocupó el asiento con parsimonia.
—Hernán —dijo el gobernador—. He tomado una decisión.
—Decídmela, don Diego.
Velázquez desplegó un mapa sobre la mesa. Señaló una línea de costa dibujada a mano, con anotaciones al margen.
—La corona nos ha concedido permiso para organizar una nueva expedición hacia el poniente. Las costas del continente. Quiero que lideres la expedición.
Cortés levantó una ceja. No esperaba aquello.
—¿Yo, don Diego? ¿No hay otros más adecuados? Hombres más jóvenes, más leales...
Velázquez sonrió con amargura. La humildad de Cortés era una máscara, y ambos lo sabían.
—Tienes experiencia, Hernán. Conoces estas tierras, conoces el mar, conoces la guerra. Los soldados te respetan. Eres el mejor para el cargo.
Cortés inclinó la cabeza, aceptando.
Velázquez se recostó en la silla y clavó los ojos en él. Su voz se volvió más grave, más medida, como quien advierte sin gritar.
—Pero hay otro asunto, Hernán. Un asunto que quiero que quede muy claro antes de que aceptes el mando.
—Decídmelo.
—Si encontráis riquezas —dijo Velázquez, pronunciando cada palabra con lentitud—, si encontráis oro, plata, joyas o cualquier cosa de valor, serán traídas a mí personalmente. Después para el rey. ¿Estamos de acuerdo?
—Perfectamente, don Diego —respondió Cortés.
—Lo digo en serio, Hernán. No quiero que quebrantes mis órdenes. Si intentas obrar por tu cuenta, no tendré más remedio que tomar cartas en el asunto.
—Haré lo que me pedís —respondió Cortés—. No os defraudaré.
Se levantaron. Velázquez extendió la mano, y Cortés la estrechó con firmeza.
—Prepara tus naves, tus hombres, tus provisiones. Cuando estés listo, zarpa. Dios te acompañe.
—Y a vos, don Diego.
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Apenas unas semanas después, el puerto de Santiago de Cuba se había convertido en un hervidero de actividad. Cortés reclutaba hombres, reunía naves, almacenaba provisiones y pólvora. Pero también hacía algo más: hablaba.
—Amigos —decía a los soldados, en las tabernas de Santiago—. Al oeste hay tierras nuevas, costas vírgenes. Habrá oro, habrá riquezas, habrá algo que merezca la pena. Y nosotros, los españoles, somos los únicos con el valor para ir a buscarlo.
No solo soldados escuchaban sus palabras. En el rincón de la taberna, junto a la puerta que daba a la calle, un grupo de mujeres seguía la conversación con los brazos cruzados y la mirada dura.
Una de ellas, de unos cuarenta años, con el pelo recogido bajo una toca y las manos callosas de tantos años de cuerda y sal, escupió al suelo cuando Cortés mencionó el oro.
—Oro —dijo, en voz baja pero lo bastante clara para que los de la mesa de al lado la oyeran—. Eso mismo decía el otro, el del año pasado. ¿Cómo se llamaba? Ponce de León. Y volvió con los huesos más flacos que cuando se fue. Y sin oro.
El soldado que tenía al lado, un joven con la camisa abierta y el pecho sudoroso, se rió.
—Doña Isabel, siempre tan amarga. Usted no ha visto lo que hay al oeste.
—Ni vos tampoco, rapaz —respondió ella, sin inmutarse—. Pero yo he visto volver a los que fueron. He visto las caras con que vuelven. Y no son caras de hombres ricos.
La mujer se levantó, cogió un jarro de la mesa y lo llenó de vino sin preguntar a quién pertenecía. Bebió un trago y devolvió el jarro con un golpe seco.
—A mí no me vengan con cuentos de imperios —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Yo he visto a mi marido embarcar en una carabela con la promesa de oro y volver en una tabla, sin piernas. El oro no entiende de sexos, pero la muerte tampoco. Y la muerte no pregunta si sois hombre o mujer. Solo llega.
El joven soldado enmudeció. No supo qué responder.
Isabel se sentó de nuevo, cruzó los brazos y clavó la mirada en Cortés, que seguía hablando en su mesa.
—Ese —dijo, señalándolo con un movimiento de barbilla—, ese no va a volver con las manos vacías. Y no porque vaya a encontrar oro, sino porque es de los que no saben volver sin haber tomado algo. Aunque sea la vida de otros.
Una mujer más joven, sentada a su lado, tocó su brazo.
—¿Y si tiene razón, doña Isabel? ¿Y si hay oro de verdad?
Isabel la miró con una mezcla de lástima y dureza.
—Si lo hay, hija, no será para nosotras. Será para ellos. Para los que tienen espada y caballo. Para los que pueden matar sin temblar. Nosotras nos quedamos aquí, esperando a que vuelvan. O a que no vuelvan.
—¿Y el gobernador? —preguntaba algún soldado, escéptico—. ¿Qué dice él?
Cortés sonreía.
—El gobernador quiere que exploremos y comerciemos. Pero nosotros, los soldados, queremos riquezas. Y las riquezas no se consiguen esperando órdenes. Se consiguen yendo a buscarlas.
Los soldados lo miraban con atención, pero sin el brillo que aún no podían tener. Cortés no les había dado motivos concretos para creer, solo promesas vagas.
Pero entonces, la puerta de la taberna se abrió y entró un hombre alto, de pelo rubio y sonrisa fácil. Llevaba colgando del cuello un collar de piedras verdes y en el cinturón una daga con empuñadura de oro.
—¡Pedro de Alvarado! —exclamó alguien.
Cortés lo reconoció al instante. Había oído hablar de él: el capitán que había vuelto antes que la flota de Grijalva, el que traía noticias frescas del continente.
—Dejadnos —dijo Cortés a los soldados—. Volveremos a hablar mañana.
Los hombres se dispersaron, aunque algunos miraron con envidia el collar de Alvarado. Alvarado se sentó frente a Cortés, pidió una jarra y bebió un largo trago antes de hablar.
—Ya sé que te han dado el mando, Hernán —dijo, secándose la boca—. Lo he oído en el puerto.
—Así es —respondió Cortés—. El gobernador quiere que explore y comercie. Nada más.
Alvarado soltó una risa corta.
—¿Eso te ha dicho?
—Sí.
—Pues te ha mentido por omisión —dijo Alvarado, inclinándose sobre la mesa—. O, al menos, no te ha contado toda la verdad.
—¿A qué te refieres?
Alvarado apoyó los brazos sobre la mesa y bajó la voz.
—Yo he estado allí, Hernán. He visto lo que hay. Salimos con cuatro naves, mi primo Grijalva al mando. Bordeamos Yucatán, pasamos por un río caudaloso que bautizamos con su apellido. Pero lo gordo vino después. Llegamos a una isla, San Juan de Ulúa, y allí nos salieron al encuentro unos indios que decían ser emisarios de un gran señor del altiplano. Un imperio, Hernán. Una ciudad de oro construida sobre un lago.
Cortés se quedó inmóvil, escuchando.
—Salieron en canoas —continuó Alvarado—, con mantas de algodón tan finas que parecían seda, plumas de quetzal, collares de piedras verdes. Y oro, Hernán. Mucho oro. Diademas, brazaletes, placas para el pecho. Piezas tan gruesas que podías sentir el peso en la mano. Y todo lo ofrecieron sin pedir nada a cambio. Solo querían conocernos.
Cortés sintió un cosquilleo en la nuca. Las palabras de Alvarado encendían algo en su interior: imperio, ciudad, oro. Todo lo que había prometido a los soldados sin saber si era verdad, resultaba ser real.
—¿Y qué hizo Grijalva?
Alvarado hizo una pausa, dejando que la pregunta flotara en el aire.
—Mi primo, el buen Grijalva, se limitó a observar, a tomar notas. Cuando le dije que debíamos fundar un asentamiento, que aquellas tierras estaban vacías de españoles, me respondió que no tenía autorización. Recogió los regalos, los metió en las bodegas de su nave, y dio la orden de regresar. Ni una cruz, ni una bandera, ni un solo hombre dejamos en tierra.
—¿Y las riquezas? —preguntó Cortés, con la voz tensa.
—Las ha guardado en las bodegas de la nave capitana. Dice que las entregará personalmente a la corona. Que no quiere que nadie toque nada hasta que el rey decida. Ni siquiera su tío, el gobernador, ha visto las piezas.
Cortés se recostó en la silla. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa. Ahora lo entendía todo. Velázquez le había hablado de exploración y comercio, pero le había ocultado lo esencial: que al otro lado del mar había un imperio con oro suficiente para hacer ricos a todos los que se atrevieran a tomarlo. Y su sobrino, Grijalva, había sido tan estúpido de dejarlo escapar.
—Entonces Grijalva tiene en sus bodegas todo ese oro —dijo, lentamente—. Y Velázquez no ha visto ni una pieza.
—Así es —confirmó Alvarado—. Y no creo que le haga gracia. Financió la expedición con su propio dinero, y su sobrino le ha escamoteado la recompensa. Por eso no te ha contado nada. Si te hubiera dicho que hay un imperio, que hay una ciudad de oro, sabía que no te habrías conformado con explorar.
Cortés guardó silencio un momento. Su mente trabajaba rápido. Si aquellos indios ofrecían oro sin pedir nada a cambio, era porque tenían mucho más. Si Grijalva había sido tan tonto de no reclamar nada, él no cometería el mismo error.
—Dime, Pedro —preguntó Cortés, con voz baja—. ¿Volverías a esas tierras?
Alvarado alzó la jarra.
—Por supuesto.
Cortés se levantó, dejó unas monedas sobre la mesa y miró a Alvarado desde arriba.
—Entonces prepárate. Vamos a hacer lo que Grijalva no supo hacer.
Alvarado no preguntó más. Sabía que Cortés, a diferencia de su primo, no se detendría ante ninguna orden.
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En otra mesa de la misma taberna, un joven soldado de bigote mal afeitado miraba su jarra vacía.
—¿Y vos creéis que hay oro de verdad? —preguntó al hombre sentado frente a él.
Bernal Díaz del Castillo se encogió de hombros y dio un trago.
—Alvarado lo dice. Y Alvarado no es mentiroso.
—Pero ¿y si nos mandan de vuelta? —insistió el muchacho—. El gobernador no quiere que fundemos nada. Solo comerciar.
Bernal soltó una risa áspera.
—Mira, rapaz. El capitán Cortés no lleva en su expedición cañones para comerciar. Ni ha embarcado caballos para hacer trueques con mantas. ¿Entiendes lo que te digo?
El muchacho asintió lentamente.
—Así que guarda silencio y afila tu espada. Y cuando veas a los indios, no les preguntes cuánto valen sus collares. Cógelos. Que después ya habrá tiempo para regatear.
El muchacho se quedó callado, mirando el fondo de su jarra. No sabía si lo que sentía era miedo o emoción. Quizá las dos cosas.
Afuera, en el puerto, las once naves esperaban con las velas recogidas, como bestias dormidas que pronto despertarían.
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Los rumores, como un reguero de pólvora, llegaron hasta La Habana.
—Gobernador —dijo el secretario, entrando en el despacho con el rostro pálido—. Hay noticias.
—¿De qué clase?
—Los soldados hablan. Dicen que Cortés les promete tierras y riquezas. Que les habla de un imperio al oeste, de una ciudad de oro. Que está reuniendo cañones, no baratijas. He oído que ha embarcado diez cañones de bronce y cuatro falconetes, y que lleva treinta y dos caballos.
Velázquez se levantó de un salto. Su rostro se enrojeció de ira.
—¡Ese traidor! —gritó—. ¡Le di unas órdenes claras y las está desobedeciendo!
Caminó de un lado a otro, golpeando las paredes con el puño. Sus dedos se cerraron sobre un pergamino, y lo arrojó contra la pared.
—Después de todo —murmuró—. Después de todo lo que le di, de todo lo que hice por él... Conozco su lengua viperina desde que pisó estas islas, y aun así confié en él. ¿Así me paga?
—¿Qué hacemos, don Diego? —preguntó el secretario.
Velázquez se detuvo. Su respiración era entrecortada, sus ojos inyectados en sangre.
—Enviad una orden de destitución —dijo, con voz ronca—. Que releven a Cortés del mando. Que lo detengan. Ahora.
El secretario asintió y salió corriendo. Velázquez se quedó solo, mirando el mar a través de la ventana.
—Te advertí, Hernán —susurró—. Te advertí que no desobedecieras. Y lo has hecho. Te enteraste del oro, y ahora crees que puedes quedártelo todo. Pero no será así. No mientras yo sea gobernador.
Pero el mensajero llegó demasiado tarde.
Cortés ya lo sabía. Tenía espías en la corte del gobernador, amigos en los muelles, hombres que le avisaban de cada movimiento de Velázquez. Cuando la orden de destitución estaba siendo escrita, Cortés ya había dado la orden de zarpar.
—¡Levad anclas! —gritó desde la popa, de su nave la Santa María de la Concepción—. ¡Rumbo al oeste!
Los marineros obedecieron. Once naves, quinientos soldados, caballos, cañones y una voluntad de hierro se hicieron a la mar. La costa de Cuba se desvaneció en la distancia, y con ella, la autoridad de Velázquez.
Cortés miraba el horizonte. No pensaba en el descubrimiento de nuevas tierras, ni en la gloria. Pensaba en lo que Alvarado le había contado: los regalos de oro, los emisarios, la ciudad del lago. Pensaba en las riquezas que había esperado toda su vida y que harían olvidar en España su origen de hidalgo pobre.
—¿Y si nos persiguen? —preguntó su segundo, Diego de Ordaz.
Cortés se volvió hacia él. Sus ojos no brillaban con fuego épico, sino con la fría determinación de quien sabe que ha cruzado una línea y que no hay vuelta atrás.
—Que nos persigan —respondió—. Adonde vamos seremos nosotros quienes decidamos qué hacemos. Y lo que haremos es simple: tomar todo lo que podamos para regresar a España.
Ordaz asintió, sin necesidad de más explicaciones. Ambos sabían que aquella expedición no era para explorar, sino para saquear. Y ambos estaban dispuestos a hacerlo.
Velázquez, al recibir la noticia de que las naves habían zarpado, arrojó el pergamino contra la pared y gritó el nombre de Cortés al vacío. Pero ya era tarde. El lobo había escapado, y el gobernador supo, en ese instante, que había cometido un error: no por haberle dado el mando, sino por no haberle dicho la verdad desde el principio. Porque si Cortés hubiera sabido lo del oro desde el primer día, podría haber llegado a algún acuerdo con él. Ahora, el oro y el poder serían para un hombre que no pensaba compartirlos con nadie.
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Capítulo II: Cozumel y los presagios
Desde la popa de la capitana, la Santa María, Hernán Cortés se mantenía erguido, con las piernas abiertas para contrarrestar el balanceo del casco. El viento salobre le azotaba el rostro, enredándose en su barba oscura y arrancándole el aliento en cada ráfaga. Su mirada barría el horizonte una y otra vez. Los dedos de su mano derecha tamborileaban sobre el pasamano de madera, un gesto nervioso que solo él sabía que existía. Llevaba semanas preparando aquella expedición, y esperaba regresar cargado de oro.
A su alrededor, la cubierta era un hervidero de actividad. Los marineros trepaban por las jarcias, sus pies descalzos aferrados a los cabos de cáñamo, mientras las velas de lona se hinchaban con el viento. El sol de la mañana se filtraba a través de los obenques, dibujando sombras alargadas sobre los tablones, donde los soldados afilaban espadas y revisaban sus arcabuces con dedos callosos. Los ballesteros tensaban cuerdas, probando la elasticidad de sus armas, y el olor a brea, a sudor y a hierro se mezclaba con el aire marino.
—Capitán —dijo Pedro de Alvarado, acercándose a la popa con su andar arrogante y jugando con el puñal que siempre llevaba en el cinto—. Los vigías divisan tierra.
Cortés no respondió de inmediato. Se limitó a asentir, mientras sus dedos dejaban de tamborilear y se aferraban al pasamano. Aspiró hondo, llenando sus pulmones de aquel aire que olía a sal, a algas y a promesa.
Cozumel emergió de la bruma como una hoja de obsidiana rota. Cortés sintió que el viento cambiaba de olor: ya no era sal y algas, sino tierra húmeda, verde y agua dulce.
Cuando las chalupas tocaron la arena blanca, los soldados saltaron al agua tibia con los arcabuces en alto, protegiendo las mechas de la humedad. Pero Cortés los detuvo con un gesto. Bajó el primero, descalzo, con las manos vacías.
Al borde de la selva, una hilera de guerreros mayas los observaba en silencio. No llevaban los arcos tensos, sino bajos, en señal de espera. El que mandaba era un hombre macizo, con el pecho surcado por cicatrices viejas y un collar de dientes de jaguar. A su lado, una mujer de mirada afilada sostenía una lanza corta. No era una acompañante; era una comandante.
Cortés ordenó a los intérpretes que dejaran los objetos de trueque en la arena: cuchillos de hierro, tijeras, cuentas de vidrio. Luego dio dos pasos atrás.
El guerrero de las cicatrices avanzó, y la mujer lo siguió como su sombra. El maya cogió un cuchillo, lo sopesó, lo acercó a su rostro y exhaló sobre el acero. No mostró asombro. Mostró cálculo. La mujer, en cambio, no miró los cuchillos; miró a Alvarado. Lo estudió como se estudia a un adversario. Alvarado desenvainó su espada y se la ofreció para que la tocara. Ella rozó el filo con la yema del pulgar y, al ver la gota de sangre, sonrió. No era una sonrisa amistosa. Era la sonrisa de quien ha encontrado un buen metal para forjar puntas de flecha.
Cortés vio aquella sonrisa y supo que aquellos indios no eran salvajes asustados. Eran estrategas.
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Al tercer día de trueques y regateos, un maya alto y delgado, de rostro anguloso y pintura negra en los pómulos, cruzó el campamento sin mirar a nadie. Caminaba con la seguridad de quien conoce el terreno y no teme a las bestias. Se dirigió directamente a la tienda de Cortés y, sin pedir permiso, entró.
Cortés levantó la vista del mapa y lo observó con atención. El indio no llevaba armas. Llevaba una capa de algodón grueso y un collar de caracolas. Se detuvo frente al capitán, lo miró a los ojos y habló en maya. El intérprete que acompañaba a Cortés tradujo:
—Dice, capitán, que no vayáis a Chactemal. Que si vais, no volveréis.
Luego, sin añadir una palabra más, el maya se dio la vuelta y desapareció entre la maleza. Cortés se quedó mirando el lugar por donde había salido, con el ceño fruncido y los dedos tamborileando sobre la mesa. No supo qué hacer con aquella advertencia, pero la guardó en un rincón de su memoria, como se guarda una espina que no termina de clavarse.
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El sol de Yucatán era una lámina de hierro candente sobre la nuca de Jerónimo de Aguilar. Llevaba ocho años sintiendo ese peso. Ocho cosechas de maíz, ocho sequías, ocho veces que la lluvia llegaba tarde y el cacique le golpeaba las costillas con un palo para que trabajara más rápido. Sus manos, antaño hábiles para la pluma y el rosario, ahora eran solo callos y grietas llenas de tierra.
Arrancaba malas hierbas de la milpa cuando oyó voces extrañas. No eran mayas. Eran más guturales, más rápidas, y llevaban un acento que le arañó la memoria. Levantó la cabeza, entornando los ojos contra la claridad, y vio a tres indígenas con collares de cuentas de vidrio que no eran de la región. Portaban pequeñas campanillas de bronce que tintineaban al andar.
El corazón de Aguilar dio un vuelco. Cuentas de vidrio. Bronce. Hierro. Esos objetos que llevaban no eran mayas.
—¡Aguilar! —la voz del cacique cortó el aire como un machete—. ¡Ven aquí, perro!
Dejó la azada y caminó con la cabeza gacha, los hombros encorvados, la postura de ocho años de sumisión. Al llegar a la choza del señor, vio sobre una piedra plana un objeto que le hizo contener la respiración: un pliego de papel doblado, sellado con cera roja.
El cacique se lo arrojó a los pies.
—Estos hombres dicen que vienen de la isla del este. Que hay otros barbados como tú. Que pagan por tu libertad.
Aguilar recogió el pliego con manos que empezaban a temblar. La cera tenía grabada una cruz y una letra "C" entrelazada. Rompió el sello con los dientes, porque sus dedos ya no le obedecían, y desplegó el papel. Las palabras bailaron ante sus ojos.
*Hermano en Cristo...*
Las letras eran firmes, seguras, de un hombre que sabía lo que quería. Aguilar las leyó en voz baja, y su voz se quebró en la segunda línea. Las lágrimas caían sobre el papel y emborronaban la tinta, pero él no podía detenerlas. Olía el papel, aquel olor a lino y a cola que había creído olvidado. Olía a España.
—¿Qué dice? —insistió el cacique, con desconfianza.
Aguilar levantó la vista. Sabía que su vida dependía de lo que dijera a continuación. Si mostraba demasiado entusiasmo, su amo se negaría por orgullo. Si mostraba indiferencia, quizá lo retuviera por utilidad. Había aprendido a leer los ojos de los mayas como se lee un mapa de tormentas.
—Dice, señor —respondió en maya perfecto, con la voz medida—, que esos hombres ofrecen estas mercancías por mí. Pero yo soy vuestro. Si queréis que me quede, me quedo. Si queréis que me vaya, me voy.
El cacique lo observó en silencio. Aguilar sabía que aquel hombre no era tonto. Sabía que el hierro valía más que cualquier esclavo. Pero también sabía que el orgullo del cacique era frágil como la obsidiana.
—¿Y qué más ofrecen? —preguntó el cacique, señalando a los mensajeros.
Los mensajeros depositaron el resto del trueque: dos hachas de hierro, un espejo de metal pulido y tres tijeras. El cacique cogió una hacha, la sopesó, y cortó una rama de un solo tajo. La madera cayó al suelo con un golpe seco. Sus ojos se iluminaron con codicia.
—Tres hachas más —dijo el cacique, sin mirar a Aguilar—, y es tuyo.
Los mensajeros se consultaron en voz baja. Finalmente, asintieron.
—Trato hecho —dijo uno de ellos.
Aguilar sintió que las piernas se le aflojaban. Pero no dio muestras de alivio. Se limitó a inclinar la cabeza y, cuando el cacique le hizo un gesto de despedida, se retiró a la choza que había sido su hogar durante ocho años. No tenía nada que recoger. Solo una manta deshilachada y el remo que llevaba siempre al hombro.
Mientras caminaba hacia la canoa, una mujer maya de cabello gris escupió a sus pies.
—Te vas con los extranjeros —dijo, con desprecio—. Los que hablan con la boca llena de truenos. Los que no saben sembrar. ¿Crees que ellos te querrán? Tienes la piel más oscura que la de ellos. Tienes la lengua más torcida. No eres de ellos. Ya no eres de nadie.
Aguilar no respondió. Pero al mirar su reflejo en el agua del pozo, sintió un escalofrío. La mujer tenía razón. Su rostro, tostado por el sol, estaba surcado por arrugas que no tenían nada de español. Su pelo, cortado al estilo maya, le caía sobre los hombros como una melena de animal. Llevaba el puyut y la manta. ¿Reconocerían los soldados de Cortés a un español disfrazado de indio?
Subió a la canoa. Los seis remeros empujaron la embarcación mar adentro. El viento soplaba en contra, y el mar se encrespó con olas traicioneras. Aguilar, sentado en la popa, apretaba el remo contra el pecho y no dejaba de mirar el horizonte. Al cabo de unas horas, el cielo se oscureció y una tormenta los azotó. El agua entraba en la canoa, y los remeros gritaban en maya, maldiciendo a los dioses del mar.
—¡Más rápido! —gritó Aguilar, con la voz ronca—. ¡Si volcamos, morimos todos!
Pero la corriente los desvió, y cuando la tormenta amainó, la canoa no se dirigía al puerto principal de Cozumel, sino a una playa desierta, bordeada de manglares. Aguilar saltó al agua tibia y echó a correr hacia la línea de árboles.
Entonces los vio. Un grupo de hombres, con armaduras oxidadas, que caminaban por la orilla con arcabuces en ristre. Eran españoles. Aguilar quiso gritar, pero su garganta se cerró. Ocho años sin hablar su lengua, y ahora las palabras se le atascaban como espinas.
El que parecía mandar el grupo, un hombre de rostro curtido llamado Andrés de Tapia, levantó la mano y ordenó alto.
—¡Quietos! ¿Quiénes sois?
Aguilar dio un paso adelante. Su cuerpo, acostumbrado a la sumisión, quiso encorvarse. Pero algo en su interior se rebeló. Enderezó la espalda, alzó la barbilla, y habló:
—¿Sois cristianos que me entiendan?
Los soldados se miraron entre sí, incrédulos. Tapia se acercó con cautela y examinó al hombre: la manta, el puyut, la piel quemada, el pelo indígena. Pero los ojos... los ojos tenían una luz distinta.
—Yo soy Jerónimo de Aguilar —dijo el hombre, y su voz ya no temblaba—. Naufragué en estas costas hace ocho años. He sido esclavo. He vivido entre ellos. Pero soy cristiano, fraile de Écija y soy español. Llevadme ante Cortés.
Tapia sonrió y le dio una palmada en el hombro.
—¡Por todos los santos, sois castellano! ¡Vamos, hombre, que el Cortés os espera!
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El campamento español bullía de actividad cuando Aguilar llegó, escoltado por Tapia y sus soldados. Las tiendas de campaña se alineaban en la playa, y los hombres, morenos y barbudos, se movían con la disciplina de un ejército. Aguilar observaba todo con asombro, como un niño que ve su primer juguete. La ropa, las armas, los caballos, los perros de caza. Todo era tan familiar y tan extraño a la vez.
Pero al llegar al campamento, Aguilar se detuvo al ver el estandarte de Castilla ondeando sobre la tienda principal. La tela carmesí y oro le produjo una sensación extraña: no era orgullo, ni alivio. Era una náusea sorda, el vértigo de quien ha olvidado el color de su propia sangre y ahora lo reconoce como un objeto ajeno. Se arrodilló, no para orar, sino para no caer.
Cortés, al oír el alboroto que se había armado en el campamento con la llegada de la expedición y el hombre que traían, salió a su encuentro y lo abrazó con fuerza. Pero Aguilar, en ese abrazo, sintió la rigidez de dos desconocidos que no saben si pueden confiar el uno en el otro.
—¿Quién sois? —preguntó Cortés, con la mirada escrutadora.
—Yo soy, señor —dijo Aguilar, poniéndose en pie lentamente—. Jerónimo de Aguilar, fraile de Écija. Naufragué en Yucatán en 1511. He servido a un cacique maya durante ocho años. Conozco sus lenguas y sus costumbres.
Cortés lo observó en silencio. Luego, su rostro se iluminó con una sonrisa amplia y genuina.
—¡Vos! —exclamó, dando un paso adelante—. ¡Jerónimo de Aguilar! ¡Vestíos, hermano! Habéis sufrido bastante. De ahora en adelante, estaréis a mi lado. Vuestra lengua y vuestro conocimiento son un tesoro para esta expedición.
Hizo un gesto a sus soldados, que trajeron ropa limpia: una camisa de lino, un jubón, calzones, alpargates y una montera para cubrir la cabeza. Aguilar se vistió con manos temblorosas, sintiendo la tela sobre su piel por primera vez en ocho años. Cuando se hubo vestido, Cortés lo abrazó de nuevo, y en ese segundo abrazo Aguilar notó algo distinto: no era calor fraternal, sino el cálculo de quien ha encontrado una herramienta útil. Pero Aguilar no dijo nada. Había aprendido, en ocho años de esclavitud, que a veces es mejor callar y esperar.
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La tarde caía sobre el campamento cuando Jerónimo de Aguilar, ya limpio, afeitado y con el cabello cortado al ras, caminó hacia la tienda de Hernán Cortés. Vestía por primera vez en ocho años ropas españolas: la camisa de lino le rozaba la piel con una suavidad casi dolorosa, y los calzones y el jubón le ceñían el cuerpo como un recuerdo de quién había sido. La montera, calada hasta las cejas, le daba un aspecto que no reconocía en su propio reflejo. Cada paso que daba hacia la carpa del capitán era un paso hacia un mundo que había creído perdido para siempre.
Al llegar, dos soldados le franquearon la entrada sin inmutarse. Dentro, Cortés estaba inclinado sobre un mapa rudimentario, acompañado de Pedro de Alvarado y los frailes Bartolomé de Olmedo y Juan Díaz. El capitán alzó la vista al verle entrar, y sus ojos recorrieron la figura transformada de Aguilar con una mezcla de curiosidad y satisfacción.
—Ya parecéis hombre, y no fantasma —dijo Cortés, dejando el mapa—. Acercaos, Aguilar. Tenemos que hablar.
Aguilar se adelantó, sintiendo aún el peso extraño de la ropa sobre sus hombros. Antes de que pudiera decir nada, el fraile Juan Díaz, de rostro severo y mirada inquisitiva, se adelantó con el dedo extendido.
—Antes de nada, Aguilar —dijo el fraile con voz cortante—, decidnos: ¿qué hay en esta isla? He visto humo de sacrificios en la costa, he oído cantos que no son cristianos. ¿Qué dioses adoran estos indios?
Aguilar sostuvo la mirada del fraile. Había visto demasiado como para intimidarse ante un hombre de hábito.
—Estamos en Cozumel, padre —respondió con calma—. Y esta isla es sagrada para los mayas. Es tierra de peregrinación, un lugar donde acuden desde todas las provincias para honrar a sus dioses. Pero hay un templo en particular que debéis conocer.
Cortés se inclinó sobre la mesa, interesado.
—¿Qué templo?
—El templo de Ixchel —dijo Aguilar, y su voz adquirió un tono grave, como quien habla de algo que ha visto con sus propios ojos—. Ixchel es la diosa de la fertilidad, de las aguas, de la luna y del parto. Las mujeres mayas acuden a este templo desde tierras lejanas para ofrecer ofrendas y pedir su bendición. Allí se realizan sacrificios, no siempre de sangre, sino de objetos preciosos, de incienso, de alimentos. Pero también...
Hizo una pausa, y Alvarado, impaciente, dio un paso al frente.
—¿También qué?
—También se ofrecen doncellas —dijo Aguilar en voz baja—. Se las considera esposas de la diosa. El templo está lleno de ídolos de barro y piedra, de figuras que representan a la diosa con su tocado de serpiente y su falda de estrellas. Y en las cuevas cercanas, hay pinturas que narran historias de dioses que yo mismo he visto, capitán. He entrado en esos lugares.
El fraile Bartolomé de Olmedo, de carácter más templado, levantó una mano para calmar a su compañero.
—Hermano Juan —dijo con suavidad—, escuchemos al hombre.
Pero Juan Díaz no se calmó. Sus ojos ardían con el fuego de la rectitud.
—¿Y permitiréis que esa abominación permanezca en pie, capitán? ¿Que estas almas vivan en la oscuridad del demonio mientras nosotros, que traemos la luz de Cristo, nos hacemos a la mar como si nada hubiéramos visto?
Cortés alzó una mano para imponer silencio. Miró a Aguilar con atención.
—¿Qué opináis vos? Conocéis la tierra y sus gentes mejor que ninguno de nosotros.
Aguilar meditó la respuesta. Durante ocho años había aprendido a medir cada palabra, a conocer el peso de lo que se dice y lo que se calla.
—La isla es sagrada para ellos, capitán. Si profanáis el templo de Ixchel sin más, os ganaréis su odio para siempre. Pero si lo hacéis con cuidado, si mostráis vuestra fe sin humillar la suya, quizá podáis sembrar algo que no sea rencor.
—¿Y qué proponéis? —preguntó Cortés.
—Destruid los ídolos —dijo Aguilar—, pero no matéis a los sacerdotes. Alzad una cruz donde ellos colocaron sus ofrendas. Mostrad que vuestro dios es más poderoso, pero no que sois crueles. Así, cuando partáis, ellos recordarán que los españoles vinieron, quemaron sus dioses de barro y pusieron una cruz de madera en su lugar. Y esa cruz, capitán, será una semilla.
Juan Díaz se llevó la mano al pecho, ofendido.
—¿Una semilla? ¡No venimos a sembrar, venimos a conquistar! La fe no se negocia, Aguilar. El demonio no se convence con cortesías, se expulsa con fuego.
—Y también con ejemplo —respondió Aguilar con firmeza—. He visto a sacerdotes mayas arrancar el corazón de hombres vivos en la cima de sus pirámides, padre. He visto el humo de los sacrificios alzarse al cielo. Y también he visto la fe de estos indios, una fe sincera, aunque equivocada. Si les mostráis que vuestra fe es más poderosa porque da vida y no la quita, quizá ellos mismos derriben sus propios ídolos.
Olmedo asintió lentamente.
—El hermano Aguilar tiene razón en algo —dijo—. La fe se demuestra con obras, no con violencia ciega. Si quemamos el templo y dejamos una cruz en su lugar, estaremos diciendo: "Nuestro Dios ha vencido al vuestro, pero no os mataremos por ello." Eso, capitán, es más poderoso que mil espadas.
Cortés permaneció en silencio, tamborileando los dedos sobre el mapa. Alvarado, que había escuchado sin intervenir, se encogió de hombros.
—Quememos el maldito templo y pongamos la cruz —dijo con desdén—. Si los indios se enfadan, ya nos encargaremos de ellos después. Pero yo no perdería el tiempo en teologías.
Cortés alzó la vista y tomó una decisión.
—Haremos lo que dice Aguilar —sentenció—. Mañana, antes de levar anclas, enviaré una partida al templo de Ixchel. Quemarán los ídolos, derribarán las estatuas y alzarán una cruz en el lugar más alto. Y lo harán sin matar a nadie, sin violar a ninguna mujer, sin robar nada. ¿Entendido, Pedro?
Alvarado asintió con una sonrisa burlona.
—Como ordenéis, capitán. Pero no prometo que a los soldados les guste llevar la espada para plantar cruces en lugar de cortar cabezas.
—Que les guste o no —respondió Cortés con frialdad—, se hará así. No quiero dejar tras de mí una estela de sangre que nos persiga tierra adentro.
Juan Díaz frunció el ceño, pero no se atrevió a replicar. Olmedo, en cambio, sonrió con aprobación.
—Hacéis bien, capitán. La cruz es más fuerte que la espada cuando se planta en tierra fértil.
Cortés asintió y volvió a mirar a Aguilar, que aún permanecía en pie, con la manta sobre los hombros, como si no pudiera desprenderse del todo de ella.
—Y ahora —dijo el capitán—, hablemos de lo que realmente me inquieta. Hace unos días, antes incluso de que tuviera noticia de vos y os mandara rescatar, un indio vino a mi tienda. Llegó sigiloso, como una sombra, y me dijo una sola cosa: que no fuera a Chactemal. Nada más. Luego desapareció entre la maleza. No sé quién lo enviaba, ni por qué. Pero me dejó inquieto. ¿Qué sabéis vos de eso, Aguilar? ¿Por qué un maya vendría a advertirme que no vaya a ese lugar?
Aguilar no se sorprendió. Durante aquellos días había oído rumores entre los soldados, había visto el rostro preocupado de Cortés, y había comprendido que aquella advertencia no era un simple aviso. Era una pieza más en el tablero de una tierra que él conocía mejor que ningún otro español.
El silencio se hizo en la tienda. Alvarado y los frailes intercambiaron una mirada, pero Aguilar permaneció inmóvil. Lentamente, como quien ha aprendido a medir cada gesto, se adelantó frente al capitán. Y entonces habló, con la voz grave y pausada de quien ha atravesado el infierno.
—Jerónimo de Aguilar, capitán. Y os digo una cosa: no vayáis a Chactemal sin mí. Hablo su lengua. Conozco sus costumbres. Pero también os advierto: hay otro español al este, Gonzalo Guerrero. Y él no volverá con vosotros. Se ha tatuado el rostro, ha perforado las orejas, ha tomado esposa y tiene hijos. Si lo encontráis, no será vuestro aliado. Será vuestro enemigo.
Cortés sostuvo su mirada durante un largo silencio. Alvarado se removió incómodo, y Olmedo murmuró una oración en voz baja. El capitán, sin embargo, no apartó los ojos de Aguilar.
—Entonces necesito que estéis a mi lado —dijo al fin—. Como intérprete. Como consejero. ¿Aceptáis?
Aguilar miró sus propias manos callosas, la manta que aún vestía sobre los hombros porque no podía desprenderse del todo de ella, como si fuera su última piel de esclavo. Luego alzó la vista y respondió con una verdad que ni siquiera él mismo había articulado hasta ese momento.
—No sé si soy español o maya —respondió en voz baja—. Pero sé que no quiero volver a ser esclavo. Estoy con vos.
Y por primera vez en ocho años, Jerónimo de Aguilar sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas un gesto, pero en ella había algo más que alivio: había la certeza de haber elegido su propio camino, aunque no supiera aún adónde lo llevaba.
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Capítulo III: El templo de Ixchel
Al día siguiente, antes de que el sol se alzara sobre Cozumel, Cortés cumplió su promesa. Una partida de soldados, encabezada por Alvarado y acompañada por el fraile Juan Díaz, se adentró en la isla hasta llegar al templo de Ixchel.
Los soldados se detuvieron en seco al contemplar el templo vacío. Alvarado frunció el ceño y escudriñó el recinto con la mano apoyada en el pomo de su espada.
—¡Está desierto! —exclamó, volviéndose hacia el fraile—. No hay sacerdotes. No hay nadie.
Los hombres intercambiaron miradas de desconcierto. Algunos empuñaron sus arcabuces, temiendo una emboscada oculta entre la maleza, pero la selva permanecía inmóvil y silenciosa, como si los árboles mismos contuvieran la respiración.
—¿Cómo es posible que supieran que veníamos? —preguntó un soldado, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su voz temblaba más de lo que él hubiera querido.
Juan Díaz avanzó hacia el altar vacío y se detuvo. Sus dedos rozaron la piedra aún tibia, donde las ofrendas habían ardido no hacía mucho. Luego bajó la mirada al suelo. Las huellas eran nítidas, recientes, un rastro de sandalias que se perdía hacia la espesura.
—No es que supieran que vendríamos —dijo, y su voz sonó extrañamente baja, como si hablara consigo mismo—. Es que supieron que íbamos a venir antes de que nosotros mismos partiésemos. Estas pisadas son de esta mañana, del amanecer. Huyeron con la luz. Alguien en el campamento supo nuestros planes y les mandó un aviso. Un mensajero a través de la selva, más rápido que nosotros. Por eso nos encontramos con el templo vacío.
Se volvió hacia los hombres, y en sus ojos ya no había fervor. Había algo más frío, algo que los soldados no estaban acostumbrados a ver en un fraile.
—¿Y quién, padre? —preguntó otro soldado, escupiendo al suelo—. ¿Quién de los nuestros?
Juan Díaz no respondió. Su silencio fue más elocuente que cualquier acusación.
Alvarado soltó un bufido y dio un paso al frente. Su mano golpeó el pomo de la espada con un golpe seco.
—No importa quién —dijo, y su voz era un látigo—. Nos espían desde que pusimos pie en esta tierra. Nos acechan en cada sendero, nos miran desde cada árbol. Alguien en nuestra propia gente les contó nuestros planes. Lo único que no saben es lo que les espera.
Se detuvo y recorrió con la mirada el rostro de sus hombres.
—Así que dejad de temblar y haced lo que vinimos a hacer. Si los ídolos están vacíos, los llenaremos con nuestro fuego. Si los sacerdotes huyen, les quemaremos los caminos. ¿Entendido?
Un murmullo de afirmación recorrió la tropa. No era entusiasmo. Era obediencia.
Nadie respondió. Pero los soldados se movieron. Derribaron los ídolos de barro y piedra que aún permanecían en sus pedestales, rompieron las estatuas de la diosa con sus tocados de serpiente y sus faldas de estrellas, y arrojaron las ofrendas al fuego. El humo se alzó hacia el cielo, gris y denso. No hubo bendiciones ni rezos. Aquello no era una ceremonia, sino una ejecución. Los soldados, con la frente sudorosa, izaron una gran cruz de madera en el lugar más alto del templo, hincándola en la tierra con golpes secos y firmes, como quien clava una estaca en el costado de un animal herido.
Cuando la cruz quedó erguida, Alvarado paseó la mirada por el recinto con una expresión de descontento. No había conseguido lo que buscaba: sacerdotes a los que ajusticiar, oro que confiscar, un mensaje de sumisión que llevar de vuelta al gobernador. El templo vacío era una victoria hueca, y eso le ardía por dentro.
—Volvamos —ordenó, y su voz sonó seca, sin concesiones—. Aquí no hay nada más que hacer.
No dijo nada durante el camino de vuelta, pero sus ojos se posaban de vez en cuando en cada uno de sus hombres, como si buscara entre ellos una cara que no encajara. Juan Díaz caminaba a su lado, en silencio, con el rostro aún encendido por el esfuerzo. La inquietud que le había dejado aquel silencio se había convertido en un peso en el pecho.
Los soldados, sudorosos y cansados, arrastraban los pies sobre la tierra húmeda, sin mirar atrás, mientras la columna se adentraba de nuevo en la selva camino del campamento.
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Cuando el último de ellos desapareció entre la maleza, la selva tardó unos minutos en recuperar su rumor. Luego, desde la espesura, los sacerdotes mayas emergieron lentamente. No se habían ido del todo. Se habían retirado lo justo para no ser vistos, pero no lo bastante lejos como para no ver. Habían observado en silencio, ocultos entre las ramas, mientras los hombres barbudos destrozaban el altar de la diosa. No intervinieron. No alzaron la voz ni empuñaron sus lanzas. Se limitaron a mirar cómo aquella extraña cruz de madera se alzaba donde antes había estado el altar de Ixchel.
Aguardaron a que los intrusos se marcharan para recuperar lo que aún pudieran salvar: las plumas del tocado de la diosa, los fragmentos de jade que no se hubieran roto, el fuego sagrado si aún ardía en algún rincón.
Uno de ellos, el más anciano, se detuvo frente a la cruz y alzó la mano, pero no la tocó. Sus dedos se detuvieron a un palmo de la madera, como si aquel objeto extraño fuera a quemarle. Luego, sin una palabra, se arrodilló y comenzó a recoger los fragmentos de jade esparcidos entre las cenizas, uno a uno, con la paciencia de quien sabe que el tiempo está de su lado. Sus dedos tocaron el collar de jade que colgaba de su cuello mientras murmuraba algo en voz baja. No era una maldición, ni una súplica. Era una pregunta dirigida a los dioses que ya no estaban allí.
—¿Por qué no respondisteis? —susurró, y el viento se llevó sus palabras como si nunca hubieran sido dichas.
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Mientras tanto, la partida de Alvarado llegaba al campamento. Los soldados se dispersaron entre las tiendas, dejando atrás el olor a humo y ceniza que se les había pegado a la ropa. Alvarado desmontó de un salto y caminó directamente hacia la tienda de Cortés, con el ceño fruncido y la mano aún apoyada en el pomo de su espada. No llevaba oro. No llevaba prisioneros. Solo llevaba la noticia de que los sacerdotes habían huido y la certeza de que alguien, desde el propio campamento, les había advertido.
Juan Díaz se quedó unos pasos atrás, mirando hacia el horizonte de árboles. Por un instante, creyó ver una columna de humo que se elevaba desde el lugar donde habían estado, pero podía ser el reflejo del sol poniente entre las hojas. Se dio la vuelta y entró en su tienda sin decir una palabra.
Cuando Cortés recibió el informe, asintió sin entusiasmo. Había hecho lo que consideraba necesario, pero su mente ya estaba en otro lugar. En el continente. En las ciudades de oro que Grijalva no había sabido tomar. En los imperios que aún esperaban ser conquistados.
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En la selva, el anciano apretó un fragmento de jade contra su pecho y volvió a hablar, esta vez con la voz más firme:
—Todavía no. Todavía no habéis respondido.
El viento movió las hojas secas a su alrededor, y la selva volvió a quedar en silencio.
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Antes de que el sol se alzara por completo, las once naves habían izado velas. Cortés dio la orden desde el alcázar con la voz firme de quien ha quemado todos los puentes. La isla se empequeñecía en el horizonte, y el mar se abría ante ellos como una promesa vacía.
Alvarado, con el cabello rubio revuelto por el viento, se acercó al capitán.
—Capitán —dijo en voz baja—, ¿qué cree que estará haciendo el gobernador Velázquez al ver nuestra desobediencia?
Cortés no se giró. Mantenía la mirada fija en el poniente, en la línea tenue donde el mar se fundía con el cielo.
—Habrá maldecido mil veces mi nombre, llamándome traidor. Pero cuando la noticia de que once naves han desaparecido sin su permiso llegue a la Corte, el gobernador tendrá que dar explicaciones. Una flota de ese tamaño no se pierde sin que alguien rinda cuentas. El rey no castiga a quien le trae oro y tierras nuevas, Pedro. Castiga a quien vuelve con las manos vacías. Y Velázquez lo sabe. Por eso, para salvar su cargo, no le quedará otra que perseguirnos. Reunirá barcos y hombres, y jurará que actuó por orden real.
—¿Y cuándo cree que ocurrirá eso?
Cortés se volvió lentamente. Sus ojos grises brillaban con la frialdad de un cuchillo recién afilado.
—No lo sé. Quizá en seis meses. Quizá en un año. Pero cuando ocurra, Pedro, yo ya estaré dentro de ese imperio que Grijalva no supo tomar. Y cuando lleguen los barcos de Velázquez, no encontrarán a un capitán rebelde. Encontrarán a un conquistador con un ejército a sus espaldas y una ciudad de oro a sus pies.
Alvarado sonrió, mostrando los dientes.
—Entonces tendremos que darnos prisa.
—Sí —respondió Cortés, volviendo la mirada al horizonte—. Mucha prisa.
Detrás quedaba Cozumel, con su templo quemado y su cruz en pie. Y al frente, el continente. Oscuro. Desconocido. Lleno de dioses, de sacrificios y de un imperio que aún no sabía que le llegaba su final.
mvf.
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