viernes, 8 de junio de 2018

El gaitero del molino

Al ver la gaita frente a él, los ojos de Max se iluminaron por completo. Entonces se irguió de la silla y, esbozando una amplia sonrisa, cogió la gaita, colocándosela con el roncón por encima del hombro y el odre bajo el brazo, tal como había visto hacer al gaitero de la feria. Después, tapando los agujeros del puntero con sus dedos, metió el soplete en la boca y sopló, sin obtener apenas sonido.

Sorprendido, lo volvió a intentar, soplando ahora con más fuerza, pero la gaita se le resistió de nuevo y, para su decepción, dejó escapar únicamente un ruido ronco y sordo por el roncón.

—Esto —se dijo para sí— era más difícil de lo que creía.

Volvió a llenar de aire sus pulmones y sopló con todas sus fuerzas; sus carrillos se hincharon con el esfuerzo y el odre que sujetaba bajo el brazo se llenó medianamente, consiguiendo que la gaita produjera un sonido agudo que apenas se mantuvo en el tiempo.

Max no estaba dispuesto a rendirse. Volvió a soplar fuertemente por el soplete, pero esta vez no paró hasta llenar el odre de aire. Lo colocó entre su brazo y su costado, apretó contra su cuerpo y el puntero de la gaita empezó a sonar con un sonido agudo semejante al que hacían las ruedas de madera de los viejos carros de bueyes. El sonido se mantuvo durante un tiempo, hasta que el odre se deshinchó. Acababa de descubrir cómo funcionaba el instrumento.

Acompañado del sonido del triquitraque del molino, que repiqueteaba como un tambor mientras iba empujando el grano para que cayera entre las dos piedras, Max no tardó en coger el ritmo y en sacar las distintas notas de los agujeros del puntero con sus dedos.

Al oírle tocar la gaita, la gente que venía a moler el grano —mientras esperaban que se hiciera la molienda— empezó a pedirle que se uniera a ellos a la hora de la comida o la merienda. Después, él tocaría la gaita y, juntos, bailarían o cantarían, haciendo así más grato esperar a que el molino hiciera su trabajo.


El rumor del triquitraque del molino, junto con el sonido del agua que lo movía, bien podía bastar en aquel tiempo para hacer feliz a cualquiera de pocas necesidades y escasos vicios. Pero la gente, admirada de la rapidez con que Max aprendía a tocar la gaita y viendo cómo su repertorio crecía con las muñeiras gallegas —que aprendía por completo con solo oírlas tararear—, fue extendiendo su fama por los distintos lugares de donde ellos venían con el grano para moler. Hasta que llegó un momento en que comenzaron a animarlo para que fuese al pueblo a tocar la gaita en la feria de San Isidro, y así pudieran escucharlo quienes aún no lo habían oído.


mvf.

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