Las nueve de la mañana en la estación de autobuses de Pontevedra olía a café de máquina, a gasoil y a ese perfume agridulce de las despedidas que nadie ha pedido. Marisé llevaba una mochila verde de lona desgastada colgada de un hombro y una bolsa de tela con tres naranjas que le había metido su madre "por si el viaje se hace largo".
Comprobó el billete. Vigo. Planta baja, asiento 14B.
La cola avanzaba con esa lentitud resignada propia de los viajeros de media mañana. Delante de ella, un hombre de unos sesenta años con una chaqueta de pana marrón leía un periódico doblado en cuatro. Detrás, una chica joven no dejaba de mirar el móvil con el ceño fruncido, los pulgares volando sobre la pantalla como dos colibríes atareados.
—Siguiente —dijo el conductor sin levantar la vista.
Marisé mostró su billete, subió los dos escalones de la puerta y recorrió el estrecho pasillo buscando su sitio. El autobús olía a ambientador de pino, a cuero envejecido y a ese leve tufillo a humanidad apretada que acompaña a todos los viajes de más de una hora.
En la fila de asientos de la derecha, junto a la ventanilla que daba a los andenes, ya estaba sentado un hombre de pelo cano, de anchas espaldas y manos grandes apoyadas sobre los muslos. Vestía una camisa azul claro mal planchada y pantalones de vestir gastados en las rodillas. Cuando Marisé se detuvo frente al asiento 14B, él levantó la cabeza, la miró durante un segundo sin expresión y luego dirigió la vista al frente con la incomodidad justa que provoca un extraño que va a compartir contigo dos horas de carretera.
Marisé iba a decir algo. Un "buenos días", quizá, o "¿le importa si me siento aquí?" a pesar de que era su sitio y ambos lo sabían. Pero el hombre ya había girado ligeramente el cuerpo hacia la ventanilla, el hombro derecho puesto como una barrera silenciosa. Un gesto aprendido, automático, de quien lleva décadas viajando solo y ha convertido la cortesía en un arte de la evasión.
Así que Marisé no dijo nada. Dejó la mochila en el maletero superior, se sentó, se ajustó el cinturón que no usaba nadie y sacó su teléfono.
El conductor cerró las puertas con un silbido hidráulico. El autobús tosió, rugió y comenzó a moverse.
La ciudad se fue quedando atrás, reemplazada primero por naves industriales, luego por campos verdes y húmedos, por casas de piedra con hórreos, por el gris perla del cielo gallego que amenazaba llovizna sin decidirse.
Marisé sacó sus cascos bluetooth, la pequeña caja blanca que llevaba siempre en el bolsillo derecho de la chaqueta. Los colocó con cuidado, ajustó la cancelación de ruido y abrió la conversación con Dani.
Marisé [09:17]: Ya en el bus. Rumbo a Vigo.
Dani [09:17]: ¿Ya? ¿Tan temprano? Pensaba que salías a las diez.
Marisé [09:18]: Me lié con el horario. He llegado corriendo y casi me lo pierdo.
Dani [09:18]: ¿Y eso te pasa por darle a la tecla hasta las tantas con el blog?
Marisé [09:18]: Calla. Precisamente anoche lo publiqué.
Dani [09:19]: ¿El post ese de la claridad? ¿El de amor líquido yo me lo guiso?
Marisé [09:19]: Ese.
Dani [09:19]: ¿Y qué tal? ¿Mucha acogida?
Marisé [09:20]: No he mirado. He dormido fatal. No sé si fue la cerveza o los mensajes.
Dani [09:20]: ¿Mensajes? ¿De quién?
Marisé sonrió a solas. A su izquierda, el hombre de la camisa azul estaba leyendo algo en su teléfono también, el pulgar deslizándose lento, la cara iluminada por el resplandor azulado de la pantalla. No había vuelto a mirarla desde que ella se sentó.
Marisé [09:21]: De Iván.
Dani [09:21]: ¿IVÁN? ¿El de la cena? ¿El que desapareció seis horas?
Marisé [09:21]: El mismo.
Dani [09:21]: No me jodas. ¿Qué decía?
Marisé [09:22]: Pues mira, anoche, sobre la una, me llega un audio. Yo estaba ya en la cama. No lo escuché hasta esta mañana mientras desayunaba.
Dani [09:22]: ¿Y? No me tengas en vilo, mujer.
Marisé [09:23]: Que ha leído el blog. El post entero. Y que se sentía identificado. Que era un cobarde. Que la ambigüedad le había parecido siempre la forma educada de no herir a nadie, pero que en realidad era la forma cómoda de no mojarse.
Dani [09:23]: Vaya por Dios. El pavo se ha vuelto psicólogo de repente.
Marisé [09:24]: Lo peor es que sonaba sincero. La voz se le quebraba un poco. Decía: "Marisé, tienes razón en todo. Yo soy de los que se quedan en la superficie porque el fondo da miedo. ¿Podemos hablar?"
Dani [09:24]: ¿Y tú qué le has dicho?
Marisé [09:25]: Nada todavía. Quería pensarlo. Por eso estoy en este puto bus a las nueve de la mañana, para despejarme.
El autobús tomó una curva y el sol se coló de refilón por la ventanilla. El hombre de al lado entrecerró los ojos y cambió ligeramente de postura, pero no dijo nada. Ni un comentario sobre el tiempo. Ni una queja sobre el sol. Nada.
Marisé se ajustó un mechón de pelo oscuro detrás de la oreja y siguió tecleando.
Dani [09:26]: ¿Y el otro? ¿El de los mensajes cada dos días? ¿Ese al que ibas a decir que no te gustaba jugar a adivinar si existía?
Marisé [09:26]: Ah, ese. También escribió.
Dani [09:26]: No me digas.
Marisé [09:27]: Puso: "He visto tu post. Qué valiente eres. Me pasa lo mismo. La gente se asusta si eres clara. A mí también me ha pasado. ¿Hablamos?".
Dani [09:27]: Increíble. El mismo comodín. "A mí también me pasa".
Marisé [09:28]: Da igual. Ese ya no me interesa. Pero Iván… no sé. Es raro. Porque cuando está, está bien. De verdad bien. Se ríe de mis chistes malos. Le gusta mi forma de hablar alto. Dice que le recuerda al mar cuando está revuelto.
Dani [09:28]: Qué cursi. Pero bueno, si te gusta…
Marisé [09:29]: El problema soy yo, Dani. Que en cuanto alguien se acerca, ya quiero poner las reglas. La tapa del zumo. Los tiempos de respuesta. Los gatos enfadados.
Dani [09:29]: Eso no es un problema. Eso es saber lo que quieres.
Marisé [09:30]: ¿O es que no soporto la incertidumbre? Porque el artículo ese, el de la psicóloga, decía que la gente que pide claridad inmediata en realidad lo que tiene es ansiedad. Que no sabe esperar. Que confunde intensidad con seguridad.
Dani [09:30]: Y ese artículo, ¿quién lo pagó? ¿Algún gurú de las relaciones que vende humo por internet?
Marisé soltó una carcajada silenciosa. El hombre de al lado la miró de reojo, un segundo, y volvió a su teléfono. Ella no se dio cuenta. Sus ojos estaban pegados a la pantalla, los dedos volando, los cascos filtrando el rumor del motor y la carretera.
Marisé [09:31]: Pues probablemente sí. Pero a veces pienso que igual tiene razón.
Dani [09:31]: Mira, Marisé, déjame decirte algo. Tú eres intensa. Eres bruta. Hablas a gritos cuando te emocionas. Pones las toallas mojadas encima de la cama. Te ríes como una foca. Y todo eso está bien. El que no lo aguante, que no se suba al tren.
Marisé [09:32]: ¿Y si no se sube nadie?
Dani [09:32]: ¿Nadie? ¿Y yo qué soy? ¿Un holograma?
Marisé [09:33]: Tú eres mi amigo. No mi novio. No es lo mismo.
Dani [09:33]: Ay, hija. Pues mira, los novios van y vienen. Los amigos nos quedamos. Y te voy a decir algo más: ese tío que aparezca y aguante tu primera ronda de normas… ese es el bueno. El que se queda a pesar de la tapa del zumo.
Marisé [09:34]: ¿Y si Iván resulta ser ese?
Dani [09:34]: Pues dale una oportunidad. Pero sin miedo. Y sin leer más artículos de psicólogos de Instagram.
La carretera se había vuelto más ancha, más rápida. Un cartel decía "Vigo - 25 km". Marisé miró por la ventanilla. El paisaje era hermoso: colinas verdes, eucaliptos meciéndose con el viento, algún granero de piedra oxidada por la humedad. El hombre de al lado seguía con el teléfono. No había mirado el paisaje ni una sola vez.
Marisé [09:36]: Estoy pensando que desde que me he montado en el autobús no he hablado con nadie.
Dani [09:36]: ¿Cómo que con nadie? Estás hablando conmigo.
Marisé [09:36]: Me refiero en persona. El de al lado lleva media hora con el móvil. Ni un buenos días me ha dado.
Dani [09:37]: ¿Y tú se lo has dado?
Marisé se quedó mirando la frase. Parpadeó. Su dedo dudó sobre la pantalla.
Marisé [09:37]: Bueno, no. Pero es que él iba con la cara girada.
Dani [09:37]: Anda, no me jodas. Tú, que te quejas de que la gente no se comunica, que pones a parir a los que desaparecen seis horas, y eres incapaz de decirle "buenos días" al que tienes al lado.
Marisé [09:38]: Mira, no es lo mismo. Una cosa es una cita y otra es un señor mayor en un autobús.
Dani [09:38]: ¿Y por qué no es lo mismo? Ambas son personas. Ambas están ahí. La diferencia es que a una la quieres para algo y al otro no, así que ni te molestas.
El mensaje la golpeó como un puñeteco. Marisé levantó la vista del teléfono. El hombre seguía ahí, a menos de medio metro, las manos grandes reposando ahora sobre el teléfono oscuro, la mirada perdida en el respaldo del asiento de delante. Tenía arrugas alrededor de los ojos, profundas, de las que hacen el sol y la risa. O el sol y la tristeza, nunca se sabe.
Podía decir algo. Ahora mismo. "¿Qué tal el viaje?" "Hace buena mañana para ir a Vigo." "Perdone, ¿son las once ya?" Cualquier cosa.
Pero entonces el teléfono vibró.
Dani [09:40]: ¿Sigues ahí o te has quedado pensando?
Marisé [09:40]: Estoy aquí. He mirado al de al lado.
Dani [09:40]: ¿Y? ¿Le has dicho algo?
Marisé [09:41]: No. Ha mirado para otro lado.
Dani [09:41]: Claro, porque la gente ahora mira para otro lado. Y luego escribimos posts en blogs diciendo "la claridad espanta" y "el amor líquido". La claridad no espanta, Marisé. Lo que espanta es que estemos todos mirando el móvil mientras el de al lado se muere de ganas de que alguien le diga "buenos días".
Marisé [09:42]: ¿Y si no quiere que le digan nada? ¿Y si va a lo suyo?
Dani [09:42]: Ya. Y Iván igual "va a lo suyo" cuando no contesta en seis horas. Y tú te comes la cabeza. Somos todos iguales: queremos claridad de los demás y ofrecemos silencio a cambio.
El autobús aminoró la velocidad. "Vigo - Próxima parada", anunció una voz metálica. El hombre de la camisa azul empezó a recoger sus cosas: una mochila pequeña marrón, un abrigo de paño doblado con esmero, un bastón plegable que había estado apoyado entre el asiento y la ventanilla.
Marisé lo vio moverse con parsimonia, con esa calma de quien ha hecho este gesto mil veces. Y sintió un impulso. Abrió la boca.
—¿Le ayudo con el abrigo?
Las palabras salieron más bajas de lo que esperaba. El hombre giró la cabeza. Sus ojos eran de un azul cansado, como el cielo después de una tormenta.
—¿Cómo dice?
—El abrigo —repitió Marisé, más fuerte—. ¿Se lo sujeto mientras saca el bastón?
El hombre la miró un instante. Luego esbozó una sonrisa pequeña, apenas un tic en la comisura de los labios.
—No hace falta, hija. Gracias. Llevo muchos años viajando solo.
Cogió su bastón, su mochila, su abrigo. Se puso de pie con dificultad, apoyándose en el respaldo del asiento de delante. Marisé se movió para dejarle paso.
—Que tenga un buen día —dijo ella.
—Igualmente. Y cuídese, que estos trayectos se hacen largos si no se habla con nadie —contestó él, y bajó del autobús con pasos cortos y seguros.
La puerta se cerró. El autobús volvió a rugir. Marisé se quedó mirando el asiento vacío, luego el teléfono, luego el asiento vacío otra vez.
Marisé [09:48]: Se ha bajado.
Dani [09:48]: ¿Quién?
Marisé [09:48]: El de al lado. El señor mayor. Me ha despedido y todo.
Dani [09:48]: ¿Ves? No muerden.
Marisé [09:49]: He llegado tarde. Hemos hablado solo cuando se bajaba.
Dani [09:49]: Bueno, algo es algo. A la próxima, a la primera. Que el viaje es largo y la vida corta, y los móviles nos están robando hasta las despedidas.
El autobús enfiló la entrada a Vigo. Marisé guardó los cascos en su estuche, apagó la pantalla, guardó el teléfono en el bolsillo. Se estiró, bostezó, pasó una mano por su melena oscura. Las naranjas de su madre seguían en la bolsa, intactas.
El frenazo final. El silbido de las puertas al abrirse.
Marisé cogió su mochila, se levantó y caminó hacia la salida. En la puerta, justo antes de bajar, se volvió. El autobús estaba casi vacío. En la fila de atrás, una chica seguía con el móvil. En la delantera, un hombre de mediana edad hablaba por teléfono en voz baja. Nadie la miró. Nadie le devolvió el saludo.
Bajó los escalones, pisó el asfalto de Vigo, y el autobús cerró las puertas a sus espaldas. Mientras se alejaba, Marisé sintió que algo se cerraba también dentro de ella. Una oportunidad. Un "buenos días" que no llegó a tiempo. Una conversación que nunca existió.
Sacó el teléfono. Dani ya había escrito.
Dani [09:55]: ¿Has llegado?
Marisé [09:55]: Sí. Ya estoy en Vigo.
Dani [09:55]: ¿Y? ¿Qué tal el viaje?
Marisé levantó la vista. La estación estaba llena de gente moviéndose en todas direcciones, cada uno con su teléfono en la mano, sus cascos puestos, su mundo privado a cuestas. Nadie la miraba. Nadie la veía.
Guardó el teléfono sin contestar.
Cogió la bolsa de las naranjas, ajustó la mochila en el hombro y caminó hacia la salida. A su paso, una mujer casi choca con ella porque no levantaba la vista de la pantalla.
—Perdón —dijo Marisé.
La mujer no la oyó. Llevaba cascos.
Más tarde, ya en algún lugar de la ciudad, en la entrada de su edificio, el hombre —un profesor jubilado de lengua española— abrió la puerta, se dirigió al ascensor y, ante este, plegó del todo el bastón. Pensó que, igual, el viaje no había estado tan mal después de todo.. Alguien le había ofrecido ayuda. Alguien le había dicho "que tenga un buen día". Una larga conversación en autobús, si se piensa bien. Y eso, en estos tiempos donde todo el mundo va con los ojos pegados a una pantalla, ya es un milagro.
mvf
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