lunes, 25 de mayo de 2026

Besame, por favor ...

 




El autobús dejó a los nueve amigos en el arcén de una carretera de tierra, justo donde el asfalto se rendía ante la maleza. El conductor les deseó buen día con un gesto perezoso y arrancó entre una nube de polvo, dejándolos con las mochilas a cuestas y el ruido del motor perdiéndose tras la colina.

—¡Por aquí! —gritó Javier, que ya había consultado el mapa tres veces durante el viaje y se sentía investido de una autoridad momentánea.

El sendero descendía entre pinos y madroños. El sol de la mañana se filtraba a rayos entre las copas, dibujando escaleras de luz en el suelo de hojarasca. Marise cerraba el grupo, detrás de Clara y Pablo, que iban de la mano y se empujaban el uno al otro con inocencia, como dos niños que acaban de aprender a jugar. Más adelante, Ana reía por compromiso mientras David le ajustaba la mochila.

Luis iba en medio, solo. Llevaba la mochila mal ajustada y la cabeza ligeramente inclinada, como si escuchara una canción que solo él podía oír. Iba con una piedra de cuarzo que acababa de recoger del sendero porque le llamó la atención su blancura entre la tierra oscura, jugando con ella, moviéndola y moviéndola entre los dedos, ajeno por completo al rumor del grupo. Marise lo miraba de reojo. Lo hacía siempre. Desde que en septiembre los sentaron juntos en clase de Literatura, su mirada había aprendido a encontrarle entre cualquier multitud.

—¿Vas a venir o te quedas pensando en las musarañas? —le dijo Elena, que caminaba a su lado, y le dio un codazo cómplice.

Marise sonrió sin responder. Elena lo sabía. Todos lo sabían, en realidad, aunque nadie lo dijera en voz alta.

El río apareció de pronto, delante de ellos, como una herida de luz entre los árboles. El camino desembocaba en una pradera de hierba alta y flores amarillas, y más allá, la corriente bajaba clara y viva sobre un lecho de piedras blancas. El agua sonaba como un rumor constante, limpio, que borraba cualquier otra palabra.

—¡Esto es precioso! —gritó Ana, dejó caer su mochila y salió corriendo hacia la orilla.

En cinco segundos todos habían soltado las mochilas sobre una roca grande y plana. Javier y David ya se quitaban las camisetas para meterse en una poza profunda que había bajo un sauce. Elena extendió una toalla sobre la hierba y se tumbó boca arriba, los brazos bajo la nuca. Clara y Pablo se alejaron río abajo, cogidos de la mano, buscando su propio trozo de intimidad.  Santi se sentaba en el tronco de un árbol caído y empezó a pelar una naranja con una navaja pequeña. 

—¿Luis, me acompañas a explorar un poco más arriba? —preguntó Marise. No lo pensó. Las palabras salieron solas, como si alguien las hubiera estado ensayando en su interior desde hacía meses.

Luis levantó la vista. Durante un segundo, sus ojos se encontraron. Él dudó, solo un instante, y luego asintió sin decir nada.

Se alejaron de los demás, bordeando la orilla, pisando la hierba húmeda y las piedras sueltas. El ruido del grupo se fue haciendo pequeño, como el zumbido de un mosquito que se pierde en el aire. Pronto solo quedó el agua, el viento entre los sauces y el roce de sus pasos sobre la tierra.

Luis caminaba medio paso por delante, y Marise observaba la curva de sus hombros bajo la camiseta blanca, el cabello oscuro que le caía sobre la nuca, la forma en que apartaba las ramas de los arbustos para dejarle paso. Pensó que aquello era como caminar dentro de un cuadro, o dentro de un recuerdo que aún no había sucedido.

Iban a lo largo del río por una senda donde los árboles, a veces, formaban un túnel verde. Por sus grietas, entre las ramas, se filtraba la luz, suave y amarilla, que dibujaba hilos de oro sobre la corriente. Finalmente llegaron a un claro donde el río se despejaba: el agua allí bailaba con un rumor constante de reflejos de plata, y corría clara sobre arena fina y piedras blancas.

Marise se detuvo. Sintió el corazón golpeándole en el pecho, contra las costillas, como un pájaro atrapado. Se giró hacia Luis.


Él estaba a un par de pasos, rígido, jadeando. La miraba con una expresión extraña, mitad curiosidad, mitad miedo. Como si supiera lo que iba a pasar y no supiera si debía quedarse o salir corriendo."

—Luis —dijo Marise, y su nombre sonó distinto en aquel lugar, más hondo, más verdadero—. Tengo que decirte algo.

Él no respondió. Solo la miró, y en sus ojos había un temblor pequeño, apenas visible.
—Dilo —susurró, y la voz le salió más áspera de lo que quería.

—Me gustas —dijo ella, y las palabras salieron limpias, sin temblor—. Me gustas desde que te vi sacar aquel libro de poemas en clase, desde que me dejaste tus apuntes cuando falté dos semanas, desde que te ríes con esa risa tuya que parece que te da vergüenza. Me gustas, Luis. Y ya no podía seguir sin decírtelo.

Luis bajó la mirada al suelo. Sus manos se abrieron y se cerraron a los lados, como si buscaran algo a lo que agarrarse. Movió la cabeza, apenas un gesto, un temblor.

—Marise… —dijo. Su voz era casi un susurro—. No sé. Somos amigos. Y esto… esto es…

—No pasa nada —cortó ella, y dio un paso hacia él. La distancia se hizo tan pequeña que podía oler su cuerpo, aquel olor que siempre la distraía en clase.

Luis levantó los ojos otra vez. Algo se rompió dentro de él, o algo se venció, y entonces dio un paso atrás. Un solo paso.

Marise cerró la distancia que él había abierto, inclinó la cabeza y dijo muy despacio, con la voz hecha de algo más frágil que el aire:
 

—Bésame, por favor… antes de que despierte de mi sueño.


mvf

 

 

 

 

 

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